
Fue entrañable ver a Mariano Rajoy leer su respuesta a la pregunta pactada con el diario ABC durante la rueda de prensa del pasado lunes. Ni para memorizar cuatro tópicos ajados («esto es una democracia seria» y demás festivales del humor cañí) es capaz ya este hombre de despegar la cara de la almohada. Mencionó Rajoy en su respuesta el Estado de derecho y dio lecciones a la prensa sobre lo que no hay que pedirle a un presidente del Gobierno. Básicamente, explicaciones.
Hasta a Rodríguez Zapatero, sin duda alguna el presidente con mayores sofocos intelectuales de todos los que hemos padecido en este país, se le intuía un conocimiento superficial pero firme de los fundamentos éticos de una democracia. Lo de Rajoy, un señor de provincias que a falta de talentos reseñables lleva a gala su previsibilidad, está más cerca del caciquismo autista que de Blair, Sarkozy o Merkel, tres políticos a los que, intuyo, le gustaría parecerse. Para muestra, el ostentoso desprecio del presidente del Gobierno por la prensa. Que es a fin de cuentas, y con todas sus miserias y mezquindades a cuestas, el único contrapoder eficaz que le queda al sector privado en este país. Rajoy es previsible, eso es cierto. También lo es un buzón que se traga todo lo que le echen sin moverse jamás ni un miserable centímetro de donde lo han plantado. ¡A ver si va a resultar que el presidente del Gobierno está confundiendo el Estado de derecho con el Estado de berberecho!
Berberecho es ese individuo que languidece en su mesa de trabajo como un fax obsoleto y que vegeta inadvertido a la espera del día de su anodina y mohosa jubilación. A los berberechos resulta imposible despacharlos porque, como ya sabrán ustedes, en España por ley los trabajadores no se contratan: se adoptan. Un berberecho en una empresa de tamaño mediano es un estorbo. Una docena de ellos son garantía de quiebra. Desde hace casi dos años ocupa la presidencia del Gobierno el berberecho alfa de la casta política española. En consecuencia, Rajoy no toma decisiones: las sifonea. Lo raro es que a día de hoy España no se haya desgajado espontáneamente del resto de Europa, aunque sea por vergüenza torera, para hundirse en el océano como una nueva Atlántida de la raza de los bivalvos bípedos.
El caso es que durante la última semana la palabra más repetida en la prensa española para referirse al caso Bárcenas ha sido mafia. Sobre la mafia se ha escrito con precisión en dos libros. En el clásico Historia de la mafia, de Salvatore Lupo, y en Cosa Nostra. Historia de la mafia siciliana, de John Dickie. Y digo con precisión porque sobre la mafia gravita algún que otro mito. Concretamente, dos. El primero de los mitos es el del origen de la propia mafia, ese supuesto código de honor siciliano inmortalizado por Pietro Mascagni en su ópera Cavalleria Rusticana (caballerosidad rústica). El segundo, el de su funcionamiento interno.
Del funcionamiento interno de la mafia se sabe muy poco, por no decir casi nada. Y esa minúscula nuez de conocimiento no ha salido de investigación alguna sino de la boca de los pentiti, los arrepentidos de la organización. Los pentiti hablan poco o mucho, pero lo hacen caprichosamente y desde luego no a causa de un súbito ataque de amor por la ley y el orden. En realidad nadie, ni siquiera los propios jueces, fiscales y policías italianos que llevan décadas investigando las actividades de la mafia, conoce con exactitud cuánto hay de verdad, cuánto de mentira, cuánto de distorsión y cuánto de sabotaje en las declaraciones de los pentiti. Sus informaciones suelen ser parciales, inconexas, incoherentes y alucinadas. En ocasiones, el arrepentido parece estar repitiendo los estereotipos del cine de mafiosos: una escena de El Padrino, un ajuste de cuentas sacado de Casino, un capo con los arrebatos paranoicos de James Cagney. En otras ocasiones, el pentiti dice renegar de la organización por coherencia intelectual: «No soy yo el que ha traicionado a la familia, es ella la que me ha traicionado a mí al deshonrar el código de honor». Pueden imaginarse la estratosférica confusión de los interrogadores.
Así que la duda no es ya si los pentiti mienten o dicen la verdad sino hasta qué punto han llegado a creerse ellos mismos los mitos de la cultura popular sobre la mafia. Ni siquiera la existencia de ese legendario ritual de iniciación en el que el futuro miembro de honor sostiene una estampita en llamas de la Madonna mientras jura lealtad y silencio hasta la muerte parece 100% segura. Aunque sí parece serlo el sistema de valores en el que se basa ese supuesto ritual. Como explica John Dickie en Cosa Nostra, «diversos rumores sobre la existencia de ese pintoresco ritual se habían descartado previamente considerándolos mero folclore, y todavía hay partes de las evidencias proporcionadas por Buscetta [uno de los arrepentidos más famosos de la historia –ndr] que parecen ir en contra del sentido común. Sin embargo, ha quedado muy claro a partir de los testimonios de Buscetta, de Lo Scannacristiani [Giovanni Brusca, otro conocido pentiti –ndr] y de otros que los mafiosos se toman estas cosas muy en serio, como cuestiones de honor».
La mafia de la cultura popular es una organización criminal secreta con una fuerte estructura jerárquica, regulada internamente por un código de honor centenario y a la que se le presuponen ciertos rasgos folclóricos. Pero ese es un estereotipo falso según el cual se es mafia o no se es, se pertenece a la familia o no se pertenece, se ha jurado lealtad o no se ha jurado. La realidad es que las fronteras de la mafia son mucho más borrosas que eso.
La mafia no es una banda criminal al uso. Es un paradigma. Un marco de creencias macerado durante décadas y en el que se mezclan folclore, mito y realidad. La mafia violenta y criminal de la cultura popular, la que ejecuta a traidores y trafica con drogas, sexo, juego o influencias políticas, es apenas la punta del iceberg de la mafia real. Ciertamente, al fondo a la derecha de cualquier negociado mafioso late siempre la amenaza última de la violencia física al igual que al final de la más anodina e inocua norma administrativa late el Código Penal (y esa coacción es, de hecho, lo que distingue una ley, estatal o mafiosa, de un uso o una costumbre). Pero lo cierto es que en muchos de los más rentables negociados mafiosos ni siquiera se recuerda el nombre del último finiquitado. La violencia dejó de ser necesaria cuando la mafia se infiltró con tanta eficacia en el imaginario popular que le permitió actuar incluso allí donde no llegaba el brazo de sus ejecutores. Una vez llegados a ese punto de no retorno, la mafia se convierte en el estado por defecto de la organización social. En el Estado.
Porque la mafia no es un capo, un soldado, un infiltrado, un sobornado, un corrupto o cientos de ellos. Es una niebla de contornos difusos que cala fino y que todo lo empapa dado el tiempo necesario. Y de ahí, precisamente, la ya vieja duda: ¿hasta qué punto sigue el Estado italiano siendo Estado? La mafia no tiene ningún interés en enfrentarse al Estado. Su intención es replicarlo manteniendo su arquitectura básica y usurpar sus funciones como lo haría un clon defectuoso. La mafia es al Estado lo que Bizarro a Superman, no lo que el Joker a Batman. En palabras de un amigo napolitano: «En Nápoles todo parece diseñado al revés con el único objetivo de joderle la vida a los ciudadanos».
Y es en este último punto donde pecan de inocencia los que utilizan la metáfora de la mafia para referirse al caso Bárcenas. La mafia no es un elemento extraño infiltrado en el cuerpo sano del Estado español. El Estado español, la arquitectura institucional de este país, ES mafia. No la mafia de Uno de los nuestros, sino la real. La que imita de forma zafia las funciones de los Estados democráticos de derecho llevándoselo crudo por el camino.

Lo que no suele explicarse es que si la mafia ha podido fagocitar parte del Estado italiano y Bárcenas distraer decenas de millones de euros incrustado en la sala de máquinas de uno de los dos principales partidos políticos españoles es porque ambas estructuras, la criminal y la administrativa, compiten por el control de la sociedad a partir de una misma concepción de la realidad. El virus de la corrupción no se infiltraría con tanta facilidad en la célula del Estado si ambos no compartieran la misma arquitectura genética. La mafia cobra impuestos, dice proporcionar protección a los ciudadanos, ofrece un simulacro de seguridad jurídica llamado código de honor, se regula internamente de acuerdo a una serie de reglas opacas e ininteligibles que solo conocen los iniciados y que nada tienen que ver con las de la sociedad sobre la que ejerce su poder, se arroga el monopolio de la violencia, acapara el derecho de traficar con franquicias y privilegios en función de sus intereses del momento y replica las jerarquías de la familia tradicional. Hasta Bárcenas encaja como un guante en la figura del pentiti: dice sin decir, miente, se arrepiente de sus declaraciones y las niega para luego reafirmarse añadiendo nuevos detalles, revela datos verdaderos entremezclados con datos falsos, actúa por despecho y traiciona a los que él cree que han violado el código de honor interno de la organización a la que habían jurado fidelidad. Por no hablar de la contraparte, esos mensajes de Rajoy en los que este le pide que sea fuerte, que resista, que confíe en la familia, que están en ello, que calle.
En España, el Estado se las ha apañado históricamente para lograr que cualquier actividad económica y personal, sea del tipo que sea, necesite de su previa aprobación, pase por caja y quede parcial o totalmente en sus manos. En nuestro país los sistemas políticos pasan pero la casta es eterna. A veces esa casta es la monarquía, a veces la clase política, a veces los curas, a veces el ejército, a veces la aristocracia, a veces el pueblo y frecuentemente combinaciones diversas de todos ellos. En España no hay empresa del IBEX 35 que sea estrictamente privada: todas ellas medran, sin excepción, a apenas unos palmos del Estado y en casi todos los casos de la mano del rey. Un ejército de tres millones de españoles cobran su sueldo directamente del Estado. Otro ejército de unos cuantos millones más no tiene mayor horizonte vital que llegar a formar parte algún día de esos tres millones. Un tercer ejército, también de millones, recibe algún tipo de prestación directa (pensionistas) o indirecta (estudiantes). Pero el mayor ejército de todos es el formado por las miles de empresas del sector privado que viven en exclusiva del Estado: Iberia, las eléctricas, todo Florentino Pérez, la banca. España es una nación de funcionarios de hecho.
El Estado, además, te ficha cuando naces, te educa hasta que te salen canas, te casa, recauda su parte cada vez que mueves un euro desde el punto A al punto B, obstaculiza y entierra bajo una montaña de requisitos burocráticos absurdos cualquier movimiento que tengas en mente y te esquilma hasta el tuétano cuando mueres. Su omnipotencia es total y absoluta. Pedirle educadamente a uno de los dos principales beneficiarios de ese estado de cosas, el PP, que se abstenga de actuar como el cacique Calfucurá es como pedirle a Totò Riina que se busque un trabajo honrado de reponedor de champús en el Mercadona.
La alternativa a ese estado de cosas en una democracia madura sería la sociedad civil. Pero en España la sociedad civil, como la mafia en Italia, no ha mostrado jamás el más mínimo interés en enfrentarse al Estado. Su única aspiración histórica ha sido replicarlo, pero de acuerdo a sus caprichos del momento. Su más reciente antojo ha sido el de conseguir que los zoquetes pobres puedan rascarse los cojones a dos manos en los recintos universitarios exactamente de la misma manera que lo hacen los zoquetes ricos. ¡Si supiera la comunidad educativa cuántas universidades son necesarias en España para mantener a los adolescentes en el analfabetismo más absoluto! Exactamente 79, de las que solo cuatro aparecen en el ranking de las 300 mejores del mundo y siempre más allá del puesto 200.
Conociendo el nivel no resulta extraño ver a los mejores estudiantes españoles, ese lobby carpetovetónico de la ceporrez, negarle el saludo al ministro de Educación con una mano mientras con la otra recogen los 3000 euros que ese mismo ministro les entrega junto con su premio nacional de fin de carrera. Preguntados al respecto, algunos de los estudiantes lograron balbucear un simulacro de justificación. “«Los premios no los da el ministro sino el Estado». Es una gran reflexión que no podría haber salido más que de la boca de los mejores estudiantes españoles: el Estado como una entidad espiritual que todo lo ilumina y que actúa por encima de los miembros de carne y hueso que lo componen. Entonces tampoco Al Capone mataba. Mataba la mafia, claro. Curiosamente, a la hora de embolsarse los 3000 euros ninguno de ellos se los reclamó al Estado, sino al burócrata de turno que sostenía el sobre. Debía de ser el Estado, que había descendido de las alturas y adoptado forma humana durante unos segundos para poder pagarles así a ellos la amoto pa’l verano. Como Zeus, pero en versión funcionario dadivoso.
La prueba de que en este país no hay rebelión social sino pura y simple competencia por los despojos de la rapiña estatal es que no se le conoce reivindicación alguna a los llamados movimientos sociales que no gire alrededor de la pasta. En este país todo se arregla con dinero. Sirva el ejemplo del párrafo anterior: según la mitología hispana, los malos estudiantes se convertirán en futuros premios Nobel si se les paga una beca. La confianza de los españolitos de a pie en el poder redentor del dinero es francamente entrañable. A un murciélago español cejijunto le tiras un euro y se convierte en un querubín rosadito con plumas de algodón. En España ya no hay ciudadanos: hay gremlins. Solo que en vez de agua necesitan leuros para activarse.
Por supuesto, esto no tiene ninguna solución. En la metáfora del cesto de manzanas podridas siempre queda la opción de tirar el cesto y comprarse uno nuevo. Pero no podemos comprarnos una España nueva. De lo que sí disponemos, a falta de soluciones, es de vías de escape. Vivir al margen del país y sus masas y sus neurosis, romper los lazos con cualquiera que no forme parte de tu círculo más cercano, esquivar hasta el límite de lo razonable los peajes con los que el Estado y la sociedad civil española intentan zancadillear a los ciudadanos sanos, dejar de votar cuando no hay elección posible sino tan solo un plebiscito provinciano, moverte por el subsuelo social, rechazar olímpicamente cualquier brizna de información procedente de cualquiera que no viva única y exclusivamente de su trabajo, renegar de la mitología colectivista castiza y despreciar con toda la fuerza de tu elitismo toda aquella idea defendida por más de dos españoles a la vez. Evitar a jetas, chulos, hidalgos, beatos, mediocres, mierdas y pazguatos. Huir, aislarse en el bosque, en los límites del poblado, a la manera defendida por Ernst Jünger en La emboscadura. Vivir como si fueras el último ser vivo sobre la faz de la tierra. Ser un hombre. Una mafia de uno.