
Una escena de Los Tramposos, de 1959.
Lo que peor llevo de nuestro colectivo irse todo a tomar por culo, aparte del propio irse, es tener que hacerlo oyendo el asunto machacón de la picaresca española. Es que no puedo, miren.
La picaresca española, aclarando el concepto un poco para aquellos que nos lean desde fuera de nuestras fronteras, es un corpus de teorías con el que los españoles definimos nuestra condición e intentamos descifrar el problema inherente a serlo, a la vista está que sin cosechar demasiado éxito. Es una explicación transversal, como el marxismo, que bebe de diversas tradiciones intelectuales entre las que destacan la Escuela de Salamanca, el larrismo, el landismo, los cuplés, Españoles por el mundo y los chistes de Chiquito sobre uno que entra en un bar. Su tesis principal sería la de que en cualquier español, por razón de su condición, existe naturalmente la pulsión de querer llevárselo muerto, actuando siempre con esta motivación en la interacción social y erigiéndose así en un chorizo de mayor o menor estofa, eso depende ya de los posibles de cada cual y de si lo hace por activa y a lo grande —robando, timando, estafando y defraudando— o por pasiva y como quien no quiere la cosa —dejando de pagar lo que le toca o, al contrario, cobrando lo que no le corresponde—. Dicho de otra manera: que el español que no incurre en el incivismo para granjearse un beneficio no es porque no quiere, sino porque no puede o porque no se le presenta la ocasión. Y que quien diga que no, miente.
Lo tenemos incrustado en la cabeza, no me digan que no. El español debidamente socializado asume que la falta de escrúpulo en su relación con los demás le es tan connatural como la habilidad de reconocerse ante un espejo, la función refleja o nacer con pezones, y la concibe así como una graduación que afecta por igual a ministros, CEOs de Telefónica y señoras mayores que viven en Cuenca. No en vano, los grandes protagonistas de este género picaresco suelen ser fontaneros, alicatadores y taxistas, ya que el asalariado por cuenta propia cumple en esta tradición la función paradigmática que el pastor, por ejemplo, desempeña en la bucólica. Igual que la égloga pastoril comienza normalmente con dos cabreros tocando la flauta de Pan sobre una colina soleada, la anécdota picaresca comienza con un fontanero que le pregunta al cliente, palillo en diente, que si el latiguillo del bidé quiere que se lo cobre en B, señora, y acaba con la señora en cuestión respondiendo invariablemente que sí. Como Esopo, que contó la realidad reduciéndola a fábulas de liebres y tortugas, los españoles sintetizamos la propia reduciéndola a taxistas y fontaneros porque creemos, vete tú a saber por qué, que lo mismo es cobrar cincuenta euros en B para ahorrarse el pico del IVA que acumular cincuenta millones de euros en dinero negro en Suiza. A través de la nacionalidad de quien lo haga, que es la española, y no por su condición, que es la de miserable. No por nada a esto lo llamamos «picaresca española», ojo, y no «picaresca» a secas. Porque, como pueblo, los hispanos definimos con frecuencia nuestro papel en el concierto de las naciones a través de esta misma mitología y junto a los otros dos pilares de nuestro ser-en-el-mundo: la identidad meteorológica —«en Suecia se vivirá muy bien, pero como el sol de España no hay nada»— y la gastronómica —«en Suecia se vivirá muy bien, pero como en España no se come en ningún sitio».
Lo llevo mal, insisto, y no se crean que es tanto por razones personales. Pese a ser español —nótese la adversativa— en mi vida he dejado de pagar un triste café con leche con su correspondiente carga fiscal y juraría que lo más cerca que estuve jamás de robar fue en una ocasión en la que compré unos calcetines y me pitaron al salir porque a la cajera, en su espabile, se le olvidó quitarles la alarma. Es lo de menos, sin embargo, como lo es cualquier ejemplo singular, para empezar porque habría que estar gilipollas para presentar la propia virtud moral porque pagas el IVA y no robas calcetines. Si lo llevo mal es porque tengo la sensación de que en todo esto hay, porque aquí siempre lo hay, alguien sacando tajada. Y de que nos están vendiendo, para variar, la burra pintada de verde.
Tenemos un ejemplo, por ejemplo, en la brillante reflexión que hace no tanto lanzó a la opinión pública una diputada del Partido Popular, Beatriz Escudero, en el Congreso de los Ídem. El pasado diciembre, enconadas las protestas contra la privatización de los servicios sanitarios en Madrid, con las calles de la capital anegadas de médicos dando gritos y de viejos en manada con la pancarta en una mano y el gotero en la otra, no se le ocurrió a Escudero otra más redonda que denunciar públicamente y en sede parlamentaria que es que los españoles, eh, defraudan a Hacienda casi tanto como cuesta mantener la sanidad pública, urgiendo a imaginar «la cantidad de hospitales, escuelas, profesores y demás servicios que se podrían pagar con setenta mil millones de euros». Establecido así que si se privatizan hospitales y se desinvierte en educación es porque los españoles somos unos canallas, Escudero no aclaró si su partido piensa también poner freno al disparate abyecto de que el Pisuerga pase por Valladolid y el diario de sesiones no recoge tampoco que alguien subiera después al estrado para preguntarle a la diputada qué significa «cum hoc ergo propter hoc» o a qué conclusión llevaría el supuesto, por ponernos en supuestos, de que su abuela tuviese ruedas.
Para nuestra desgracia, sin embargo, el problema más frecuente no es que nuestros políticos razonen de esta forma tan creativa, sino que mientan a conciencia. En 2010, el flamante ministro de Trabajo de entonces, don Celestino Corbacho, se plantó ante los tres millones de parados que empezaban ya a escandalizar al país y les escupió que «hay gente en paro que no está en paro de verdad», argumentando que uno de los motivos de las cifras que estaban ya hundiendo a su Gobierno —después incluso de que se las maquillase otro flamante del ramo, Jesús Caldera— era, por qué no decirlo, que el fraude en la percepción del cobro por desempleo se había convertido, y cito, en una «práctica generalizada» en España. Cabe notar sobre esta supuesta generalidad, por si acaso hiciera falta, que cuando el Partido Popular llegó al Gobierno y se propuso atajar este problema presuntamente sistémico encontró a cuatro mil quinientos defraudadores que trabajaban pese a cobrar el paro entre algo más de cuatro millones seiscientos mil desempleados. Algo así como el 0,097 por ciento de los mismos.
El último ejemplo y a la postre el más grave —porque España va en crescendo, no sé si habían dado cuenta— lo protagonizó hace una semana la plenipotenciaria vicetodo del país, Soraya Sáenz de Santamaría, y a propósito, por cierto, de este mismo colectivo, que se conoce que es un filón. Pese a que en 2012 fue ella misma, en su misma mismidad, quien le enmendó personalmente la plana a Caldera y anunció ante los medios que los defraudadores en la percepción del cobro por desempleo eran solo cuatro mil quinientos, hace una semana llegó rumbosa a la comparecencia de prensa que sigue al Consejo de ministros y aseguró con grande pajarraca que este mismo grupo ha crecido enigmáticamente, fíjate tú, hasta superar el medio millón de españoles, cuidado. Por el país campan medio millón de granujas, nada menos, «que cobran prestación por desempleo y que, sin embargo, trabajan fraudulentamente, trabajan en B», costándole «más de tres mil millones de euros» al Gobierno del que Sáenz de Santamaría es supremo nazgûl, el mismo que hace un año y pico —cuando los sondeos electorales le iban bastante mejor y los parados eran aún culpa de Zapatero—, hablaba solo de cuatro mil quinientos. Lógicamente lo desmintieron poco después fuentes del ministerio de Empleo, pero es que casi no hacía ni falta: que tamaña cantidad de parados defraude a la Seguridad Social es tan absolutamente falso como solo puede serlo un aumento tan delirante en su número o simplemente la proporción que representa en el total —serían el veinte por ciento de los que tienen derecho a cobrar o uno de cada cinco, si prefieren—. Eso sí: la rectificación de Sáenz de Santamaría, no digamos ya una disculpa por falsear de forma tan patatera las cifras en su propio provecho político, ni ha llegado ni se espera. Hace solo un par de días, y momentos antes de quedarse tan ancha, aseguró cuando se la pidieron que no tenía por qué. «Yo no he ofendido a los parados», espetó en sede parlamentaria para aplauso bovino de los suyos y elocuente bajada posterior, clic, del micrófonito. Lo dijo Blas, punto rendondo.
Y tiene razón, miren. A quien ha equiparado con sinvergüenzas no es a los parados, sino a los españoles, y lo ha hecho por enésima vez, aunque de esto último es probable, pobrecita mía, que ni se haya dado cuenta. No es que sorprenda, claro, porque solo faltaba caernos del guindo a estas alturas del carrete. De una clase política en general tan pobre como la nuestra no puede sorprender que criminalice a sus ciudadanos para disimular sus numerosas miserias, no cuando lleva haciéndolo toda la vida gratis. Pero sí debería extrañarnos eso mismo, que no paguen ningún precio por ello. La facilidad con la que consigue trasladar el mensaje y la consecuente impunidad con la que aquí mujeres y hombres de Estado vomitan regularmente tópicos españolistas de auténtica barra de bar al tercer vermú, cuando no números tan falsos como lo son solo los números, sin que nadie les replique un triste oiga usted, haga el favor de hablar con un ministro. Una impunidad que proviene —o me lo parece a mí, tampoco hace falta que estemos de acuerdo en todo— de la profundidad a la que tenemos enterrada nuestra propia leyenda negra, en la universalidad de esta presunta picaresca española que nos atribuimos y que ellos han aprendido a explotar hasta conseguir que rente y así, sacarle tajada. Acuérdense la próxima vez que quieran reverberar eso de la picaresca y pregúntense, ya puestos a dedicarle cinco minutos a la cuestión, si ustedes mismos, quienes lo dicen, han robado alguna vez o han incurrido en fraude. A lo mejor se dan cuenta hasta de que no, fíjense lo que les digo. Lo mismo hasta son ustedes personas honradas.