(Para ansiosos: se puede mirar un poco el vídeo y saltar a 02:50 para ver cómo funciona y en 05:10 el efecto).
Estos colegas aprovecharon un trabajo que tenían que hacer para montarse una especie de mini-habitación giratoria. Lo complicado del asunto fue hacer que la estructura fuera suficientemente rígida, luego disponer de las carretillas elevadoras (con motor giratorio) y algunos detalles. La decoración interior fue relativamente fácil, aunque parte del truco es que hubo que pegarlo todo para que no se moviera en absoluto.
Se pone una cámara a grabar en el centro estratégico del eje y hala, a disfrutar con sensaciones y escenas raras.
Dicen en Hack a day que Virgin Galactic construyó un «simulador» parecido por 250.000 dólares; el gigantesco decorado rotatorio de 2001: una odisea del espacio de Kubrick costó 750.000 dólares de la época; tenía 12 metros de diámetro y podía girar a unos 5 km/h. Por 350 dólares que les ha costado a ellos no está nada mal.
There’s nothing on earth like a genuine, bonafide, electrified six-car monorail. Or a one-car monorail with a propeller, or a high-speed rail plane, or even an amphibious monorail that can go from the elevated track right into the water. Some of these concepts were doomed from the start, some never got enough support to get off the ground and others still stand today.
Mountain Monorail with Propeller, 1936
This fanciful concept illustrated by Kikuzo Ito in 1936, was invented by an American. The airplane propeller and tailfin keep the small car upright as it rides along the track in the mountains. An extra set of wheels extend from the sides to provide stability when it comes to a stop.
Wuppertal Schwebebahn, 1901-Present
While most early monorail systems either never made it past testing stages or were dismantled soon after construction, the Wuppertal Suspension Railway in Wuppertal, Germany remains in operation after over a century. It was initially designed to be sold to the city of Berlin; the first track opened in 1901. The cars have been replaced over the decades, but since then, the monorail line has been closed just once. It moves 25 million passengers each year.
Bennie Railplane, 1930
The propeller-driven Bennie Railplane, designed in 1930 by George Bennie, was a prototype that aimed to solve the problem of more economical and rapid transport via a high-speed monorail link from London to Paris. A short test track was built in Glasgow, Scotland, but the economic troubles of the ’30s doomed the project. The test track hung around, rusting and abandoned, through the 1950s.
Boyes Monorail, 1911
The test track for the William H. Boyes Monorail was built and demonstrated in 1911 in Seattle, Washington, with wood rails and an estimated cost of about $3,000 per mile. When it opened, the Seattle Times proclaimed, “The time may come when these wooden monorail lines, like high fences, will go straggling across country, carrying their burden of cars that will develop a speed of about 20 miles per hour.”
Amphibious Monorail, 1934
Twin amphibian cars zoom from the desert into the open sea in this concept, dreamed up by the Soviet Government and featured in Popular Science in 1934. The idea was that the cars, which could reach up to 180 miles per hour, could travel three monorail lines totaling 332 miles in length in order to tap mineral wealth in Turkestan. They were reportedly tested in Moscow.
“The cars would be equipped with Diesel-electric drive, and each would carry forty passengers or an equivalent freight load,” explained Popular Science. “Where the longest of the projected routes crosses the river Amu-Daria, a mile and a quarter wide, it is proposed that amphibian cars be used. On arriving at the shore the cars would leave the overhead rail and cross the river as a boat. Soviet engineers are reported already surveying the route.”
«Si se me permite robar una frase de la película… “la Fuerza está con nosotros”». Ronald Reagan.
«SDI fue la mayor operación de engaño de la historia» Robert McFarlane, consejero de Seguridad Nacional 1983-1985.
Imagínese el lector en medio de una de esas escenas de Tarantino en la que se encuentra apuntando a otra persona con una pistola, quien a su vez está apuntándole a usted. Tenemos ahí una disuasión mutua: él no disparará mientras usted no dispare, porque en el tiempo en el que tarde en apretar el gatillo puede que a usted también le de tiempo a hacerlo como represalia. Así que ahí están encañonándose mutuamente sin quitarse ojo de encima, con cara de póquer mientras el sudor corre por su frente rodado en primerísimos planos y dispuestos a aguantar el tiempo que sea necesario. Entonces su rival comienza a caminar hacia un lugar en el que podrá ponerse a cubierto y seguir apuntándole. ¿Qué demonios hace? ¿Por qué no se está quieto? ¿Significa eso que tiene intención de matarlo? Si usted le dispara antes de llegar se arriesga a que él también lo haga. Pero si no lo hace, cuando él llegue a su improvisado parapeto entonces quedará usted en sus manos, será completamente vulnerable. ¿Qué hacer entonces? ¿Es él un loco temerario o un tipo astuto? ¿Al intentar ponerse a salvo no estaría precisamente poniéndose más en peligro o bien le forzaría a usted a aceptar un desarme mutuo? ¿Y si en vez de pistolas tuvieran varios miles de misiles balísticos intercontinentales con múltiples ojivas nucleares y el parapeto resultara ser una red de satélites espaciales equipados con rayos láser y cañones de partículas para destruir los misiles enemigos?
En tal caso ya estaríamos hablando de la SDI (Strategic Defense Initiative). El asombroso proyecto que anunció Ronald Reagan el veintitrés de marzo de 1983 en una solemne intervención televisada desde el Despacho Oval ante la perplejidad de expertos militares y científicos. Requería una red de más de dos mil doscientos satélites militares equipados con unas armas que aún no habían sido inventadas y cuyo coste estimado sobrepasaría el billón y medio de dólares (o trillion, según la escala norteamericana), el equivalente a casi la mitad todo el PIB estadounidense de aquel año. Así que no es de extrañar que fuera considerado de inmediato una pura fantasía de ciencia-ficción y rebautizado como Star Wars. ¿Pero qué parte de realidad y de fantasía contenía el sistema SDI? ¿Cuales fueron sus orígenes y sus consecuencias? ¿Era casual que se identificara tanto con la película de George Lucas? Para saberlo tendremos que remontarnos unos años atrás.
Ronald Regan nació en el estado de Ilinois en 1911 y desde muy joven advirtió sus aptitudes para las relaciones públicas. Tenía buena planta, era carismático y aprendió de su padre la habilidad de contar historias que atraparan la atención de la gente. Así que tras un breve paso por la radio acabó en Hollywood, donde llegó a convertirse en un actor de cierto renombre. En 1940 rodó Murder in the air, donde interpretaba a un agente secreto que debía proteger los planos de una nueva superarma llamada «El Proyector de Inercia» que, de acuerdo una línea del guión, «no solo hará de Estados Unidos invencible en la guerra, sino que promete convertirlo en la mayor fuerza jamás descubierta para la paz mundial». Según la ganadora del Pulitzer Frances Fitzgerald, en su libro Way Out There In The Blue, esta película se convirtió en una evidente influencia ideológica del SDI que propondría el futuro presidente. Al fin y al cabo se trataba de un hombre poco aficionado a la lectura (durante su estancia en la Casa Blanca pedía que los informes que elaboraban para él no superaran una o dos páginas) y cuya visión del mundo estaba moldeada por el cine y por sus fuertes convicciones religiosas. Tenía por costumbre citar diálogos de películas en sus discursos políticos, como cuando dijo «yo estoy pagando por este micrófono» durante su debate contra George Bush en New Hampshire para las elecciones primarias, que aprendió en la película State of the Union. Posteriormente durante un discurso ante la Asociación de la Medalla de Honor del Congreso narró una heroica historia de un soldado americano durante la Segunda Guerra Mundial como si hubiera ocurrido verdaderamente… y que en realidad había visto en A Wing and a Prayer. En otra ocasión retó al Congreso para que le aprobasen los presupuestos con un «Alégrame el día» sacado de Harry el Sucio. Y cuando unos rehenes americanos fueron liberados en el Líbano afirmó «anoche vi Rambo… ahora ya sé lo que hay que hacer la próxima vez que esto ocurra». El film El día después, que narra las consecuencias de una guerra nuclear, le dejó profundamente conmocionado e incrementó su interés por la seguridad nacional, según afirmaría posteriormente. En definitiva, sus referencias cinematográficas eran constantes porque era al cine a lo que dedicó buena parte de su vida y porque sabía que el público americano compartía esas referencias… incluso el mismísimo Gorbachov admiraba en él que hubiera llegado a conocer en persona a James Stewart, John Wayne y Humphrey Bogart.
Pero no adelantemos acontecimientos; tras rodar la mencionada Murder in the air Reagan continuó su carrera con otras películas de bajo presupuesto hasta que fue elegido como presidente del Sindicato de Actores. Allí durante los años 50, en pleno auge de la Guerra Fría comenzó a desarrollar un discurso ardientemente anticomunista. Los comunistas, decía, «creen en la traición, el engaño, la destrucción y el derramamiento de sangre», los comunistas eran «el enemigo más malvado que la humanidad haya conocido», querían dominar el mundo para traer «mil años de tinieblas» y la Unión Soviética era, en definitiva, «El Imperio del Mal». Vamos, que no era partidario.
Mientras tanto el enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética pasaba a estar marcado por la amenaza nuclear. Esta última ya dispuso de su primera bomba en 1949, aunque Estados Unidos tomó la delantera durante los años 50 para compensar la aplastante superioridad de fuerzas convencionales rusas en territorio europeo. En los años 60, la ubicación de misiles nucleares en Cuba provocó la conocida crisis que casi se lleva el planeta por delante y que se saldó con la retirada estadounidense de los suyos en Turquía. Pero la distancia a la que uno de los contendientes colocara sus armas pronto dejó de ser un problema con el desarrollo de los misiles balísticos intercontinentales o ICBM, capaces de recorrer distancias de más de diez mil kilómetros gracias a una trayectoria que los situaba en el espacio antes de reentrar en la atmósfera para caer encima de su objetivo. Ambos países llegaron a construir miles de ellos, equipados con múltiples cabezas nucleares para incrementar su efectividad. Esto llevó a la estrategia conocida como MAD (Mutually Assured Destruction) en la que ningún contendiente atacaba dado que eso supondría una completa aniquilación mutua. Este equilibrio de terror causaba un gran desasosiego a Reagan, que lo veía como «dos hombres con armas cargadas apuntándose uno a la cabeza del otro». Si el contendiente disparaba no había protección, solo la posibilidad de venganza. Esta sensación de indefensión se incrementó cuando visitó en 1979, poco antes de ser presidente, el centro NORAD. Se trataba de una base militar situada en las montañas Cheyenne en Colorado que los lectores recordarán de la película Juegos de Guerra, rodada en parte allí (aunque por desgracia no tenía una sala de control tan vistosa). En ella se realizaba un seguimiento continuado del espacio aéreo y de las tropas y misiles soviéticos para detectar inmediatamente un ataque. Pero la respuesta que daban a los visitantes cuando preguntaban qué podía hacer entonces Estados Unidos era siempre la misma: nada. De hecho en 1972 el tratado ABM entre ambas superpotencias limitó el uso de medidas antimisiles para que la carrera armamentística no se desbocase y uno pudiera ser rehén del otro. Reagan estaba dispuesto a cambiar ese equilibrio. Según escribió posteriormente en su autobiografía:
En algún lugar del Kremlin debía haber alguien que fuera consciente del peligro letal que para la supervivencia del mundo comunista y para la del mundo libre suponía seguir apostados como dos vaqueros, apuntándonos el uno al otro a la cabeza.
Ya empezó a mostrar indicios de ello durante campaña electoral de 1980 para la presidencia de Estados Unidos. La confluencia de su anticomunismo y su interés por la estrategia nuclear le llevaban siempre a señalar la debilidad militar y moral de Estados Unidos frente a su rival, sobre el que nunca desaprovechaba la ocasión de hacer chistes y criticar abiertamente:
En una larga entrevista concedida a Los Ángeles Times aquel año rememoraba su visita al NORAD, «un lugar asombroso en el que hacen un seguimiento continuado de todo tipo de objetos en el espacio pero que, irónicamente, con toda su tecnología no puede hacer nada para detener los misiles que vengan hacia nosotros». Habló además del peligro que representaba la Unión Soviética, de la que afirmaba que parte de su industria estaba bajo tierra para que siguiera funcionando tras una guerra nuclear. También sostenía que cada verano veinte millones de jóvenes rusos eran entrenados para vivir en el campo en un entorno postapocalíptico. Datos que nadie supo de donde sacó. Pero encajaban en el clima de miedo imperante y eso bastaba para darles credibilidad. Habló en sus discursos sobre las políticas de apaciguamiento de Chamberlain frente a Hitler y que el peligro y la vulnerabilidad era ahora mayor que en Pearl Harbor. Según su consejero de Seguridad Nacional, Robert McFarlane: «Él estaba convencido de que íbamos dirigidos hacia el Armagedón, la batalla final entre el bien y el mal. “Te lo advierto, está viniendo” —me decía— “ve a leer las Escrituras”».
Fue un discurso que caló en el electorado y una vez en el poder en enero de 1981 dio comienzo la «revolución conservadora»: bajar impuestos, cortar el gasto social e incrementar considerablemente el gasto militar (aunque luego el Congreso no se lo pondría fácil). Al boicot estadounidense de los Juegos Olímpicos de Moscú 80, le siguió el soviético a Los Ángeles 84. Un desgraciado incidente en agosto de 1983 con el derribo de un avión de pasajeros surcoreano que había entrado en el espacio aéreo soviético hizo temer a algunos que fuera la mecha. Mientras tanto esa radicalización en la hostilidad hacia la URSS comenzó a generar un movimiento pacifista en Europa y Estados Unidos. El apocalipsis nuclear parecía una posibilidad real y la cultura popular lo explotaba con películas, videoclips, libros o cómics. La retórica de los políticos y los informativos giraba en torno al despliegue de misiles de alcance medio, intercontinentales, misiles con ojivas múltiples, invierno nuclear, búnkers… en Nueva York hubo una manifestación de tres cuartos de millón de personas contra la carrera armamentística mientras que a las bases europeas de la OTAN acudían pacifistas pidiendo el fin de esa escalada. Eran, en definitiva, tiempos felices en los que la mayor preocupación de la gente era una guerra nuclear global. Paradójicamente todo ese movimiento pacifista contribuyó a darle más credibilidad a la retórica incendiaria de la administración Reagan ante los ojos de la cúpula soviética. Una gerontocracia en la que a comienzos de la década se sucedieron varios secretarios generales, dado que se morían al cabo de unos meses de llegar al cargo. Brézhnev, Andrópov, Chernenko… Pertenecían a otra generación, otra manera de hacer las cosas, y aparte de preocuparse por sus achaques de salud su prioridad era afrontar el estancamiento económico soviético. Así que este recrudecimiento de la Guerra Fría inicialmente los dejó aterrorizados ante la posibilidad de que Estados Unidos estuviera preparando un ataque. Hasta que llegó Gorbachov. Como veremos.
Armamento futurista
El mando militar compartía los temores de Reagan, ante lo que llamaban la «ventana de vulnerabilidad» estadounidense, por la que hipotéticamente un ataque soviético fulminante podría destruir los misiles americanos antes de que despegasen de sus silos. Así que desde el comienzo de esta nueva administración barajaron varias opciones, como bases subterráneas de gran profundidad, aviones cargados con ICBM en vuelo continuo e incluso la posibilidad de dejar misiles en boyas flotantes a la deriva. Fue entonces cuando aparecieron en escena el Proyecto BAMBI y el Proyecto Excalibur. Qué bien saben bautizar a sus inventos los americanos, por cierto.
La Agencia DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency, dependiente del Pentágono) estaba comenzando a tantear la posibilidad de destruir los misiles enemigos apenas fueran lanzados, utilizando para ello satélites situados en órbitas encima de los silos que serían sus objetivos. Eso era el Proyecto BAMBI (Ballistic-Missile Boost Intercept). El Proyecto Excalibur por su parte experimentaba con rayos láser de alta potencia que podrían ser disparados desde el espacio y destruir sus objetivos a la velocidad de la luz, pues alcanzar a un misil en movimiento no es nada fácil para un proyectil convencional.
Representación de la época con el sistema SDI en funcionamiento.
Un eminente físico teórico llamado Edward Teller, miembro del equipo que desarrolló el Proyecto Manhattan, fue uno de los líderes de la Fundación Hig Frontier (aquí un curioso anuncio que hicieron digno de Lost) y aunando las investigaciones citadas creó el proyecto SDI. Era un hombre de ideas poco convencionales, por decirlo así, dado que otra propuesta suya de estrategia geopolítica era evitar la dependencia del canal de Panamá. Concretamente abriendo otro canal en Centroamérica mediante el lanzamiento de una bomba de hidrógeno lo suficientemente potente. También propuso crear un puerto artificial en Alaska excavado a base de explosiones atómicas, el Proyecto Chariot. Intuyo que era de las personas que no detectan el sarcasmo.
La cuestión es que en 1982 pudo presentar a Reagan su proyecto. El enamoramiento fue instantáneo. Esa debía ser la superarma secreta, su particular Proyector de Inercia. Justo lo que Reagan andaba buscando para romper ese delicado equilibrio de amenaza mutua en el que estaban instalados los dos bloques mundiales desde hace décadas. De esa manera llevaría la carrera armamentística a un terreno donde Estados Unidos contaba con ventaja: la alta tecnología. Estaba tan emocionado con esta iniciativa —le llegaba en un momento en el que su popularidad en las encuestas estaba menguando de forma preocupante— que no quiso presentarla primero al Congreso o a sus socios de la OTAN. El veintitrés de marzo de 1983 se dirigió a sus compatriotas en un discurso de grandes palabras sobre la humanidad, el futuro y la paz mundial que aspiraba a cambiar el curso de la historia. Conectando con los anhelos pacifistas que estaban haciendo oír en Europa y América, en el dijo que las armas nucleares pasarían a ser «impotentes y obsoletas» gracias a esta tecnología futurista. Aquí podemos verlo íntegro:
Hay que decir que El retorno del Jedi iba a estrenarse en los cines dentro de dos meses, cerrando así una trilogía cuyas dos primeras partes habían tenido un éxito sensacional en los años precedentes. A Reagan siempre le preocupó mucho dirigirse al americano medio mediante un lenguaje sencillo y aludiendo a sus referentes culturales. El uso de rayos láser como armas tenía un inequívoco tono de ciencia-ficción y su discurso comenzaba con la expresión «Una nueva esperanza», que es precisamente el subtítulo de la primera película y su expresión Imperio del Mal para denominar a la URSS remitía directamente al Imperio Galáctico de Darth Vader. El término battle stations para referirse a los satélites dotados de cañones láser era usado también en las películas. En definitiva, había que potenciar ese paralelismo entre la opinión pública, en palabras de su asesor de Defensa, Richard Perle: «¿Por qué no? Es una buena película. Además, los tipos buenos ganan».
Precisamente desde el primer momento sus críticos incidieron en las similitudes —esperando así desacreditar el proyecto— aunque quizá a los ojos de muchos solo conseguían hacerlo más atractivo. El congresista demócrata Tom Downey replicó de inmediato al anuncio de Reagan «la única cosa que el presidente no nos dijo anoche es que el Imperio del Mal va a lanzar una Estrella de la Muerte contra los Estados Unidos». Un sistema así además para ser eficaz debía responder de inmediato, de manera que la decisión debía corresponder a un ordenador (que a ser posible no tomase conciencia de sí mismo), lo que llevaba al senador demócrata Paul Tsongas a preguntarse si para la siguiente década entonces no tendrían a R2D2 de presidente. Respecto a la prensa, las caricaturas y bromas usando referencias de las películas fueron innumerables. Costaba mucho tomárselo en serio… y sin embargo la popularidad del presidente se disparó en las encuestas. Por mucho que los expertos hablaran de su inviabilidad técnica, sus entusiastas defensores tenían en mente la promesa cumplida de Kennedy de llegar a la Luna, también en otro tiempo considerado algo inviable. Se discutía qué porcentaje de efectividad podría tener y nada por debajo del 99% servía cuando en 1982 la URSS contaba nada menos que con diez mil misiles nucleares. Pero la confianza en la propia superioridad tecnológica era para muchos ilimitada, lo contrario sería caer en el derrotismo. Y qué demonios, la idea estimulaba mucho la imaginación, qué importaba lo demás.
La reelección de Reagan al año siguiente estaba cantada. Uno de sus ayudantes, Richard Darman, escribió en un documento interno que debía ser mostrado en campaña como la encarnación de Estados Unidos, de manera que votar contra Reagan fuera, en cierto sentido subliminal, como votar contra Estados Unidos. Una estrategia utilizada tantas veces en tantos países… y que siempre parece funcionar. Pero su segundo mandato traería cambios significativos en la relaciones bilaterales con la Unión Soviética. El principal motivo de ello fue la llegada al poder de Gorbachov en 1985. Apenas un mes después de haber sido designado, estableció una moratoria unilateral en el despliegue de misiles en Europa. No estaba interesado en ninguna carrera armamentística y logró ganarse con inusitada rapidez la confianza de los países occidentales. Por supuesto le preocupaba, como a sus predecesores, el desarrollo de la Iniciativa de Defensa Estratégica. ¿Qué otra cosa podía significar si no que en un escenario de disuasión mutua uno quisiera protegerse de la potencial represalia de su adversario? No obstante los soviéticos comenzaron a sospechar que burlar el sistema con contramedidas sería relativamente fácil y barato. De manera que tras una cumbre con Reagan en Ginebra en mayo de 1986 aceptó que la SDI quedara fuera de las negociaciones de desarme. Pero fue una consecuencia inesperada de la Glasnost, la nueva política de transparencia de Gorbachov lo que acabó definitivamente con su aura de superarma definitiva.
Andrei Sajarov era un brillante físico cuya importancia fue crucial en el desarrollo de la capacidad nuclear soviética, pero a partir de los años 70 comenzó a preocuparse por las consecuencias de lo que tanto había contribuido a crear. Naturalmente, sus inquietudes pacifistas fueron castigadas por el régimen, se le prohibió seguir con sus investigaciones y finalmente fue desterrado a la localidad de Gorky. Tuvo que esperar a la amnistía para los disidentes políticos que trajo consigo la Glasnost para regresar a Moscú a finales de 1986. En febrero del año siguiente fue invitado a un foro internacional sobre desarme y allí describió la SDI como «una Línea Maginot en el espacio». Se trataba de una eminencia en el ámbito de las armas nucleares que había acreditado sobradamente su libertad de pensamiento. Así que su análisis estaba bien fundamentado y no buscaba agradar al régimen. Su influencia en el resto de sus colegas era notable y, por extensión, en Gorbachov. Quien se vio entonces con las manos libres para continuar con sus reuniones para el desarme mutuo con Reagan. Dice la periodista Frances Fitgerald que en la mitología es aquel de corazón puro el que acaba con el dragón, y fue Sajarov quien acabó definitivamente con el miedo a la guerra de las galaxias de Reagan.
Gastarse un billón y medio de dólares en un arma que no logra asustar al enemigo y en un contexto en el que el enemigo está dejando de serlo, no es algo que tuviera mucho sentido. Así que como cualquier otro producto pop que cautiva inicialmente la atención de la gente pero rápidamente deja de estar de moda, la Iniciativa de Defensa Estratégica fue quedando relegada. Pasó a ser interpretada entonces como un órdago que habría forzado a los soviéticos a negociar el desarme. Sin duda tuvo una parte considerable de espectáculo, aunque sus promotores realmente se lo tomaron en serio y de hecho el desarrollo de un escudo antimisiles a menor escala continuó por parte de las administraciones que le siguieron. Aunque la historia posterior haya demostrado que no hay escudo antimisiles que pueda proteger a un país de ser atacado.
Reentrada en la atmósfera de las cabezas múltiples de un misil Peacekeeper.
“-Veo en su curriculum que domina usted varios idiomas…
-Si, mi padre es ingles y mi madre española. Los veranos los pasaba en Alemania con mi abuela. Complete mis estudios universitarios en Italia donde vivi 5 años, y tuve una novia francesa…
-¿Y con tanto idioma usted en que piensa?
-Pues en follar, como todo el mundo
-Contratado”
At least in Europe. An EU-wide study group called Cycle Logistics crunched the data and found we really only need half as many polluting and dangerous trucks in our cities.
Todo el despliegue de tecnología que adorna a este prototipo de Ford para hacer que el coche sea capaz de aparcar sólo una vez que el conductor y los pasajeros se han bajado del vehículo podría terminar para siempre uno de los mayores males: los golpecitos que hacen en el coche de al lado los gañanes que abren las puertas sin cuidado.
Thank you for trusting us enough to click on that title, knowing it was probably a joke. That’s definitely not the direction Antiquiet is heading. I just wanted to share this email exchange, to help publicly establish our stance on this sort of thing.
You know, Bill, there's one thing I learned in all my years. Sometimes you just gotta say, "What the fuck, make your move."
Tom Cruise en Risky Business (1983)
Como cualquier chico de mi generación, lo poco que sé de la vida lo aprendí de las películas de los años 80.
Soy consciente de que quedaría mucho mejor dejando aquí por escrito que fue una visita a la Basílica de Santa Croce en Florencia lo que cambió mi vida, como le pasó a Stendhal, cuando casi le da un pasmo por una "sobredosis de belleza". O que descubrir la singularidad de los números primos supuso un punto de inflexión en mi vida. O que fueron los años 60, un disco de Grateful Dead y un viaje iniciático por California a base de ácido lo que me hizo abrir los ojos.
Pero les estaría mintiendo. Porque yo aprendí de la vida con las películas ochenteras.
Aprendí el valor de la amistad y de la lealtad con Los Goonies (róbame la novia, quema mi coche o desvélame el final de Breaking Bad, pero jamás te metas con Los Goonies). Michael J. Fox, Charlie Sheen y Tom Cruise fueron los hermanos mayores que nunca tuve. Jugábamos a Tiburón en la playa y le cogía la cajetilla de tabaco a mi padre para ponérmela en el hombro, por debajo de mi camiseta blanca Ferry's, tal y como hacía River Phoenix en Cuenta Conmigo.
Soñaba con fundar El Club de los Poetas Muertos Santanderinos y como primer paso le pedí a mi pobre madre que me comprara la antología de poemas de John Keats (yo creo que fue cuando empezó a darse cuenta de que tenía un hijo medio tarado). Deseaba ser castigado por el director de mi colegio y conspirar contra él formando nuestro propio Club de los Cinco. Sleep all day. Party all night. Never grow old. Never die era nuestro lema.
Algunos días quería ser un caballero Jedi y otros, un cazafantasmas, y en cuanto mi hermano se despistaba le propinaba mi mortífera Patada de la Grulla, inspirada en Karate Kid. Top Secret nos mataba de la risa -y sigue haciéndolo- y aprendí lo que era enamorarse de una femme fatale con la mujer de Roger Rabitt, que no era mala sino que la habían dibujado así.
Pero si tuviera que elegir una película, una sola película de los años 80, escogería Risky Business.
Sin ninguna duda.
Y no me juzguen, listillos, que ayer el vídeo en el que Miley Cyrus aparece lamiendo un martillo llevaba 107.464.511 reproducciones en Youtube y sé que más de uno de ustedes lo habrá visto. Y no es que estemos hablando precisamente de Shakespeare.
Les cuento toda esto porque ayer leí una noticia haciéndose eco de la decisión de Tom Cruise de pedir ayuda a la iglesia de la Cienciología para encontrar a su futura mujer.
En fin. Tom Cruise pidiendo ayuda para ligar. Ya lo que me faltaba.
zil se va al Arsenal, Harrison Ford está rodando una película con el cafre de Schwarzenegger y ahora Tom Cruise me sale con esto. Corren malos tiempos para mis mitos.
Tratando de quitarme de la cabeza esta imagen de un Tom Cruise cincuentón arrastrándose por conseguir una novia, volví a acudir a mi DVD de Risky Business y di al play a esta joya atemporal.
Y volví a reírme.
No creo que el cine de hoy en día sea peor. Ni la música. Ni el fútbol. Ese argumento ad antiquitatem de que cualquier tiempo pasado fue mejor es algo que no comparto. Porque simplemente estamos comparando lo mejor y lo más brillante que ha sobrevivido a una época con lo bueno, lo malo y lo espantoso de ahora. Es una comparación sesgada.
Pero sí que hay ciertas cosas que me impactaban más hace tiempo. Tal vez sea cierto lo que decía The Economist el otro día acerca de que lo peor que perdemos con la edad es la curiosidad.
Una de mis escenas favoritas de Risky Business (y de la historia del cine) es cuando Joel, interpretado por un jovencísmo Tom Cruise, se queda solo en casa, abre la botella de Chivas de su padre, lo mezcla con Coca-Cola y se pone a bailar en gayumbos por el salón de su casa.
Es un baile icónico. Representa a una generación, como los patos de Holden Caulfield.
Era cuando Tom Cruise el rey del mambo. Cuando lo petaba antes de que el concepto 'petarlo' existiera. Cuando puso de moda las Wayfarer. Cuando era un seispesetas, más chulo que un ocho y jugaba al billar con Paul Newman, buscando nuevos Gordos de Minnesota a los que batir sobre el tapete verde por un puñado de dólares.
Es decir, antes de meterse en toda esa historia de la Cienciología dando pábulo a turbios e inquietantes rumores de come-placentas.
Aquel baile fue imitado hasta la saciedad por cualquier adolescente en cuanto sus padres salían por la puerta de casa para irse de viaje. El baile de la libertad. El baile de los viernes. El baile de la victoria. El baile que no precisaba saber bailar bien. Míranos, no bailamos tan mal, son los demás los que no saben. Solo necesitabas poner algo de música a todo volumen y unos calzoncillos.
Hasta Heidi Klum lo baila.
Vaya si lo baila.
O mi añorado ALF, ese alienígena de alarmante pilosidad, napia en forma de croissant y flequillo mod, poseedor de 7 estómagos y cierta debilidad gastronómica por los gatos.
¿Cómo no amar a un bicho así?
O en Scrubs, una de las series más desternillantes de los últimos años.
Aquel baile marcó una época.
Recuerdo perfectamente que mi amiga Cris, la chica más guapa de mi clase, tenía en su carpeta una foto de Tom Cruise, y yo solo deseaba que ese retaco ardiera en el infierno.
Pero luego vi Top Gun y le tuve que perdonar. Era Maverick. El puto Maverick.
Ay, Tom. Lo tenías todo. Eras Maverick, cobrabas cientos de millones de dólares y tenías a la chica más guapa de mi clase. Y te acabaste casando con la insulsa e hierática Nicole Kidman. Normal que terminases metido en una secta.
Pero siempre nos quedará aquel baile, como el París de Casablanca.
Ese baile reservado para las ocasiones especiales, como cuando llega el viernes, o vuelves de cenar con una chica fascinante, o viene tu grupo favorito a tocar a tu ciudad, o sacas la nota que quieres en el MIR, o gana tu equipo de fútbol a domicilio, o llega el tío de la pizza una mañana de resaca o te hacen esa oferta justo en el trabajo que quieres.
Ya saben, esos momentos en los que uno solo desea quitarse los pantalones, resbalar sobre el parquet y empezar a gritar el "Old time rock and roll" de Bob Seger.
Porque hay veces en las que uno simplemente tiene que decir "what the fuck".
Ya lo sabéis. Creo. Lo importante que es para mí -que ha sido siempre- The Godfather. Siempre ha estado ahí. Siempre. Desde las primeras veces (inolvidables) junto a mi padre en los cines de reestreno del ensanche hasta las últimas (inolvidables), eternas ya. Imposible no creer (cada vez, cada una de las veces) de nuevo en el cine, el genio, la sangre y la vida. 434 minutos tan míos que no hay manera de arrancar el pudor de este teclado. No recuerdo las veces (¿50?) pero sí la emoción que me rompe en dos (cada maldita vez) ante la solemne oscuridad y ese inmenso “I believe in America” de Bonasera.
Si alguien fue capaz de levantar este monumento (Coppola, Willis, Puzo, Rota, Brando, De Niro, Duvall, Keaton, Caan, Cazale) no hace tanto -no fue hace tanto- cómo no tener fe en algo mejor, más grande. Más nuestro. Taschen me escribe hoy. Reeditan The Godfather Family Album, el libro de Steve Schapiro. 600 páginas. 400 fotografías.
Qué mejor momento para elegir mis tres escenas imprescindibles:
1) Siempre he pensado que El Padrino no es una obra sobre la mafia, ni sobre América ni siquiera sobre la fatalidad o la familia. No. La soledad de un hombre. Y aquí, en este fotograma -en este final- está todo.
2) Don Vito y Mickey. El padre y el hijo. La familia. La tierra. La piel. El compromiso. La verdad: “I never wanted this for you. I work my whole life – I don’t apologize – to take care of my family, and I refused to be a fool, dancing on the string held by all those bigshots. I don’t apologize. That’s my life“. “Well, this wasn’t enough time, Michael. It wasn’t enough time“.
3) “Look how they massacred my boy…”
Sé que no es la mejor escena, que no hay más misterio que Brando y la luz de Gordon Willis. Pero esto -esto- es el cine. Imposible más dolor con menos recursos. Profundo. Seco. Inmenso.
Tras Pink Floyd, Queen o The Who, esta vez repasaremos la discografía de otra de las más grandes bandas de rock: Led Zeppelin. Según las certificaciones oficiales, son los quintos en la lista de artistas más vendedores de todos los tiempos, únicamente por detrás de Beatles, Elvis, Michael Jackson y Madonna. De hecho fueron la franquicia musical más exitosa de los años 70. Pero sobre todo se convirtieron en una influencia fundamental para incontables bandas posteriores, aunque no siempre su recuerdo gozó del prestigio del que goza hoy.
Tras su etapa como músico de sesión y guitarrista en The Yardbirds, el guitarrista Jimmy Page forma una banda con la intención de interpretar un rock duro basado en las estructuras del blues. Fue bautizada como «zepelín de plomo», nombre nacido de una ocurrencia de Keith Moon, batería de The Who (quien por cierto era el ídolo de John Bonham, batería de los propios Zeppelin). En realidad, puede decirse que Page copió el concepto de grupo de su antiguo amigo Jeff Beck, quien ya había puesto a funcionar un proyecto similar. Hasta una de las versiones incluidas en este primer disco de Zeppelin, You shook me, es una canción que también Jeff Beck Group solían tocar en directo por entonces. Además de esto, es sabido que Page robó o tomó prestados numerosos riffs a lo largo de aquellos años, aunque esto no puede nunca desmerecer la calidad intrínseca de la banda ni de los arreglos con los que Page vestía esos riffs ajenos. Pero bueno, polémicas aparte, el disco es buenísimo: un blues-rock bastante heavy para la época, adornado con pasajes psicodélicos aquí y allá, especialmente reforzado por la batería de John Bonham, cuya labor rítmica será siempre importantísima en la banda, pero que en aquellos primeros tiempos —sobre todo en directo— destacaba por encima de sus compañeros. Por lo demás, también es muy importante el trabajo del propio Jimmy Page como productor: podrá haber sido un gran guitarrista, que lo fue, pero creo que entre lo más valioso de su aportación a la banda están los arreglos, ambientes y sonidos que creaba en el estudio. También estaban los arreglos aportados por el bajista y teclista John Paul Jones, no siempre reconocidos en los créditos. Otro rasgo característico era la aguda voz de Robert Plant, quien algo más adelante adoptaría una estética similar a la que Roger Daltrey había mostrado en Woodstock, ayudando a crear una iconografía característica. El álbum obtuvo un respetable éxito y los dio a conocer en numerosos países, preparando el terreno para la explosión comercial del segundo disco.
Good times, bad times: El primer tema del primer disco. Lo que el oyente se encontraba al poner la aguja sobre el vinilo era un grupo que basaba su rock guitarrero en los riffs propios del blues, aunque de manera menos libertina y anárquica que por ejemplo un Jimi Hendrix. La batería era menos jazzy y más orientada a la potencia (aunque justamente en este tema Bonham juega bastante con los redobles), los riffs de guitarra y bajo estaban más encorsetados para conseguir una sensación de solidez… esta era la penúltima relectura del rhythm & blues potente que los británicos llevaban un tiempo cultivando, desde la aparición de Cream y bandas similares. El mismo estilo que Jeff Beck Group habían destilado y que Led Zeppelin terminarían haciendo suyo, influyendo de paso a grupos como Queen, Aerosmith y un largo etcétera:
Baby I’m gonna leave you: La faceta acústica tendría siempre una cuota en los primeros álbumes de la banda. En esta ocasión toman una canción que había popularizado Joan Baez y aprovechan para mostrar su faceta más melódica… eso sí, salpicada por repentinas explosiones que levuelan los sesos al oyente a base de altibajos épicos, una de las grandes especialidades del grupo:
Your time is gonna come: Un pacífico tema de reminiscencias hippies —aunque la letra habla con rencor de una mujer a la que «le llegará su hora»— que abre con una improvisación de órgano interpretada por John Paul Jones, el miembro con una formación musical más completa en Led Zeppelin. Es una canción tranquila, de estructura sencilla y con una muy bella melodía:
Communication breakdown: Uno de los pocos temas veloces que Led Zeppelin grabaron por aquella época, basado en un riff de guitarra cortante como un hachazo y acompañado por los berridos de Robert Plant. La velocidad casi nunca sería la marca de fábrica de esta banda, más acostumbrada a apoyarse en el groove cadencioso característico de Bonham, pero aquí se dejan llevar por un rock más desenfadado en el que podemos reconocer varios de los elementos del futuro heavy metal:
Dazed and confused: La ración de psicodelia del álbum, un tema largo, atmosférico y oscuro dividido en varias partes, incluidos los típicos arrebatos tormentosos que aparecían repentinamente en mitad de la calma. Se convertiría en una pieza indispensable en sus directos, donde dejaba espacio para que experimentasen con aquellos sonidos extraños que tanto le gustaban a Jimmy Page (como el theremin o la guitarra eléctrica tocada con un arco de violín). Aunque, como de costumbre, es la batería de Bonham el auténtico corazón de todo lo que suena.
El álbum que los hizo grandes. Grabado en diferentes estudios durante la gira de presentación del primer disco y publicado a finales de aquel mismo año, fue impulsado hacia la parte alta de las listas de éxitos por la enorme repercusión del single Whole lotta love, que hizo empuñar una guitarra a miles de chavales para intentar reproducir el riff principal. Aunque el primer disco ya había estado muy elaborado, aquí daba la sensación de que el grupo seguía refinando su estilo, puliendo aquellos riffs que se estaban convirtiendo en su marca de fábrica. Con este disco consiguieron el número uno en muchos países, incluidos los Estados Unidos: a partir de aquí se convertirían en la banda más exitosa de los años 70, ya que cada uno de sus posteriores discos iba a ser número uno en el Reino Unido y —exceptuando solamente uno— también serían número uno en América. Aquello no solo les serviría para iniciar un tren de vida propio de príncipes medievales, sino también para que su mánager Peter Grant empezase a reclamar unas condiciones económicas inéditas a la hora de salir de gira: los promotores interesados en contratar al grupo debían someterse a unas condiciones que ni los Beatles se habían atrevido a pedir. De hecho habría que estudiar la influencia que Grant tuvo en la evolución del negocio del espectáculo en vivo, potenciando la sensación de que los Zeppelin se estaban transformando en unos gigantes. Pero bueno, volviendo a lo estrictamente musical, este disco seguía completamente la senda del primer álbum. Eso sí, se nota que el grupo está de gira y todo suena más compenetrado. Lo cierto es que el disco roza la perfección en su género y no hay ningún tema de relleno. No tiene desperdicio, no sobra nada. El hard blues va perdiendo —muy lentamente— su peso específico, mientras se refuerza la vertiente más hard rock.
Whole lotta love: Mucha gente asocia a Led Zeppelin con Stairway to heaven, pero fue Whole lotta love la primera canción que los hizo realmente grandes y sobre todo la que mejor resume la esencia de la banda. Un riff de guitarra —prestado— donde el grupo apoya su cadencia casi sexual, con la batería de Bonham siempre tirando ligeramente hacia atrás pero también aportando contundencia. Y un solo de guitarra sencillo pero memorable, probablemente uno de los más distintivos de Page. En su día, muchas emisoras de radio tuvieron la ocurrencia de recortar el tema para eliminar la parte central donde el grupo se abandonaba a una improvisación psicodélica. Aquello enfurecía al grupo, que no había planeado la canción como un single de tres minutos. Hoy, naturalmente, ya no concebimos Whole lotta love sin los gemidos orgásmicos y los extraños sonidos del interludio. Con permiso de la mencionada Stairway to heaven, cabría decir que a la hora de hablar de Led Zeppelin, esta es la canción:
Ramble on: Para mi gusto, la gran joya del álbum junto a Whole lotta love, una maravilla de canción donde se combinan a la perfección las dos facetas del grupo —acústica y eléctrica— y que presenta una melodía inolvidable, un estribillo aún más inolvidable y todo un festival de arreglos a cargo de un Jimmy Page en estado de gracia como guitarrista, como compositor y como productor. La letra de Robert Plant, por cierto, gira en torno a las aventuras de Frodo, el protagonista de El señor de los anillos.
Thank you: Un tema relajado en la onda de aquella Your time is gonna come del primer disco, que demuestra que a los Zeppelin también se les daba maravillosamente bien este tipo de melodías más relajadas y llenas de matices. Pese a ser una banda británica, su sonido era muy americano y no hubiera resultado sorprendente si esto lo hubiese grabado algún grupo californiano de la época.
Living loving maid: Otro ejemplo del sonido característico del grupo, con un riff tenso y enérgico, y con esa sección rítmica que nunca pierde el pulso. Destacar el sucinto pero delicioso solo de guitarra de Page, quien muy a menudo seguía una regla sagrada que le funcionaba a la perfección: menos es más.
Después de una increíblemente exitosa gira por Estados Unidos y habiendo vendido cantidades ingentes de su segundo álbum, la banda disponía ahora de dinero para comprarse o alquilar mansiones a su antojo. Así que, a la hora de componer y grabar su tercer trabajo, el grupo se retira a Bron-Yr-Aur, una dieciochesca casa de campo en el arbolado corazón de Gales. Allí, inspirados por la tranquilidad de los bosques circundantes, graban su disco más reposado hasta la fecha (sobre todo en la segunda cara, porque la primera sigue los patrones más o menos habituales). El predominio de la faceta acústica en aquella cara B sorprendió e incluso molestó a algunos fans, y especialmente a los críticos, que en muchos casos no supieron encajar bien el cambio. Pero eso no impidió que Led Zeppelin III se convirtiese en un nuevo gran éxito de ventas. En mi opinión es un fantástico disco donde el grupo añade nuevos clásicos a su repertorio, aunque me consta que hay quien lo suele considerar un escalón por debajo de su antecesor y predecesor. A mí, en cambio, la mitad acústica me parece casi tan buena como la eléctrica. Pero bueno, matices aparte, la banda sigue estando en una fantástica forma y este disco es también absolutamente imprescindible.
Immigrant song: El disco se abre con guitarrazos marca de la casa. Se trata de un contundente obstinato con temática vikinga que en su momento cierta parte de la crítica se empeñó en comparar desfavorablemente con Whole lotta love (¡como si hubiera necesidad de comparar!). Lo cierto es que sirve como potente obertura al disco y pone de manifiesto el inimitable timbre de voz de Robert Plant. No en vano este tema, con el que en una ocasión Queen juguetearon relajadamente durante un concierto, es una de las poquísimas cosas en las que he escuchado a Freddie Mercury teniendo problemas para cantar:
Celebration day: Un alegre tema que mucha gente suele pasar por alto, o que al menos no es una de las canciones más celebres de su repertorio, pese a que tiene un contagioso estribillo, un interesante entrelazado de guitarras y uno de esos solos simples de Jimmy Page en donde se vale de unas pocas notas para crear un punto álgido. Esos solos sencillos y melódicos son, a mi parecer, casi siempre más efectivos que sus solos más rápidos y rockeros (aunque veremos que en este mismo disco hay una excepción a esa regla). Lo dicho, una pequeña y agradable gema de su repertorio:
Since I’ve loving you: Otro de los grandes momentos del disco, en especial para lucimiento de la guitarra de Page, quien hace aquí una de sus más brillantes e inspiradas demostraciones como instrumentista. Un blues en acordes menores modulado mediante varias subidas y bajadas en intensidad, con el órgano de Jones aportando matices envolventes, la batería de Bonham tirando para atrás —para variar— y la voz de Plant sonando particularmente afilada y efectiva. El grupo cultiva un dramatismo épico que es otra de las herramientas de su cada vez más amplio arsenal de sonoridades.
Gallows Pole: Decíamos que la cara B de este álbum, más acústica, no fue especialmente apreciada por parte de los fans del grupo, y ni siquiera hoy es especialmente recordada. Posiblemente la excepción sea este tema folk que los exmiembros de la banda han recuperado en diversas ocasiones posteriores, y que para mí es la auténtica cumbre de la parte acústica del disco:
Bron-y-Aur Stomp: Otro tema acústico que bien sirve para revindicar la faceta más folk del grupo. Aunque en el futuro el grupo casi no volvió a explorar estos derroteros, a mí no me hubiese disgustado que los Zeppelin de esta misma época hubiesen grabado un álbum totalmente acústico, porque es un terreno donde se mueven como peces en el agua:
Zeppelin ya eran una banda tremendamente popular cuando editaron este disco, probablemente en grupo de rock más de moda. Pero con Led Zeppelin IV llegó la consagración absoluta entre todo tipo de público. Baste decir que ha llegado a vender más que cualquier álbum de los Beatles. Varios de los temas más famosos del grupo están aquí, aunque buena culpa de la descomunal magnitud comercial de este trabajo la tiene sobre todo el mítico single Stairway to heaven. El LP se publicó con una portada que no tenía título (lo de Led Zeppelin IV es una mera convención, ya que no existe un título oficial) y que simplemente mostraba un cuadro representando a un hombre con un hato de leña a las espaldas. También dentro de la carpeta podía verse una figura del tarot y varios símbolos rúnicos que representaban a los cuatro miembros del grupo (por eso a veces se conoce este disco como «Zoso», a causa de la similitud de estas letras con el símbolo elegido por Page). De repente, Led Zeppelin se revestían con aires de simbolismo y misterio que dispararon toda clase de habladurías —a veces ciertas— sobre los contactos del grupo con la magia negra: Jimmy Page, especialmente, estaba interesado por asuntos de ocultismo. Eso y los rumores —también ciertos en algunos casos— sobre sus perversiones sexuales hicieron que Led Zeppelin empezase a cultivar una imagen de grupo «peligroso». El público terminaría empeñándose en buscar significados ocultos e incluso mensajes grabados al revés en algunas canciones, como la citada Stairway to heaven. Toda esta nueva aureola de enigma malévolo favoreció mucho a la popularidad del grupo y a su transformación en iconos culturales: eran los años 70, no lo olvidemos. Sea como fuere, musicalmente era quizá su disco más conseguido hasta la fecha (por lo menos en cuestión de sonido, porque los tres primeros también son impecables cada uno a su manera). En todo caso, el retorno a un concepto de rock más compacto y la reducción de la faceta folk sirvió para paliar la fría acogida de la crítica hacia su álbum anterior, volviéndolos a situar a ojos del mundo como la punta de lanza del nuevo hard rock que estaba arrasando en las listas.
Stairway to heaven: La gran joya del repertorio de la banda, en cuyos arreglos y estructura Jimmy Page estuvo trabajando obsesivamente hasta obtener el resultado que tenía en mente. Es una canción perfecta, fascinante y absorbente, probablemente la más inspirada de su discografía. Esta canción les abrió las puertas de un público más amplio, inicialmente ajeno a la música rock, ayudando a cimentar un estatus comercial que amenazaba con dejar pequeño al de cualquier otro artista de cualquier estilo que existiese en aquellos años (Pete Townshend, líder de The Who, ha comentado medio en broma, medio en serio que llegó a detestar a los Zeppelin por convertirse «más grande en muchos aspectos»). Pero bueno, la verdad es que esta es la típica canción que casi todo el mundo ha escuchado en recopilatorios y emisoras nostálgicas, cuyas primeras notas podrían reconocer al instante oyentes ajenos al rock incluso sin saber que se trata de un tema de Led Zeppelin. Expresado de otro modo: hablamos de un clásico universal. De hecho es tan universal que mucha gente exclama «¡oh no, esa canción otra vez no!» en cuanto suena el arpegio inicial e incluso hay películas donde se ha llegado a hacer chistes al respecto (como aquella, creo que era Wayne’s world, donde una tienda de guitarras lucía un cartel que decía «prohibido tocar Stairway to Heaven»). Pero por muy típica y tópica que parezca, por muchas veces que la hayan emitido por radio y por mucho que se haya abusado de ella poniéndola en todas partes, su grandeza no disminuye un ápice. Merece la pena cerrar los ojos e intentar volver a escucharla como si nunca la hubiésemos oído, porque evidentemente nos hallamos ante un trabajo descomunal:
Black dog: El tema que abría el disco se convertiría en uno de los grandes caballos de batalla de sus conciertos y en una de sus canciones más conocidas, instantáneamente reconocible por ese riff de guitarra que debieron de imitar miles de adolescentes por todo el mundo, aquellos aprendices de Jimmy Page que usaban la música de Zeppelin para intentar dominar las seis cuerdas. El grupo retorna a las estructuras de Led Zeppelin II, que era lo que mucha gente demandaba de ellos:
Rock and roll: Otro de los himnos universalmente conocidos de los Zeppelin, nacido sobre la marcha en el estudio cuando John Bonham empezó a tocar la batería inicial de un clásico de Little Richard, Keep a knockin’. Prácticamente cualquier persona que haya pisado un local donde el DJ ponga música rock habrá escuchado alguna vez a la gente coreando aquel estribillo memorable de «lonely lonely lonely lonely lonely time». Un tema sencillo y directo que solían emplear para abrir sus conciertos, con el que homenajeaban al rock and roll, la música de los años 50 con la que ellos —como tantos otros compañeros de generación— habían crecido y de la que bebían directamente:
The battle of Evermore: Plant sigue poniendo de manifiesto su obsesión con El señor de los anillos en esta melodía con aires medievales. Jimmy Page se empeñó en componer con una mandolina pese a que apenas sabía tocarla, encaprichado después de verla por el local de ensayo (el instrumento pertenecía a John Paul Jones). Lo más interesante es escuchar el dueto de voces entre Plant y Sandy Denny, cantante de Fairport Convention, algo realmente insólito en un disco de Zeppelin, ya que casi nunca aparece ninguna voz que no sea la de Plant:
Misty mountain hop: Una canción vitalista y luminosa que parte de un sencillísimo riff repetitivo y que, aun así, produce una impresión caleidoscópica y multicolor. La producción de Page se las arregla para, con poca cosa, llenar de matices lo que es una estructura muy simple. Robert Plant hace otra referencia más a la obra de Tolkien y a las «montañas nubladas» de El señor de los anillos:
Sumidos ya en una espiral de excesos pero también en plena vorágine de conciertos y grabaciones —lo cual les mantenía en forma— Led Zeppelin se las arreglaron para seguir produciendo música de gran calidad. En este disco comenzaron a adentrarse en otros terrenos que, cabe decir, no siempre dominaban del todo. Caso del funk de The Crunge, un tema con el que rendían homenaje a James Brown, pero que suena infinitamente menos convincente que verdaderas bandas de funk de la época. O el reggae, con esa D’yer Maker que es una canción simpática pero que no me parece especialmente brillante, aunque sé que a mucha gente sí le gusta mucho. Pero bueno, el disco era una vez más prácticamente impecable. Aunque seguía habiendo evolución: todo sonaba menos áspero, con más hincapié en las melodías y armonías (sin embargo, curiosamente, la faceta acústica irá quedando cada vez más aparcada). Una vez más, la portada del disco carecía de título y referencias al grupo, mostrando únicamente a unos niños en una imagen inspirada por el relato El fin de la infancia de Arthur C. Clarke (no sería la última referencia al escritor en una de sus portadas). El álbum no decepcionó a sus seguidores, algo difícil después de haber editado algo como Led Zeppelin IV, y fue número uno en ambos lados del Atlántico, confirmando al grupo en el trono de la industria musical. Sus conciertos eran multitudinarios —durante esta gira de presentación batieron el record de recaudación que hasta entonces mantenían los Beatles— y todo lo relacionado con ellos se estaba tornando monumental: las cantidades de dinero que manejaban, los escándalos y un estatus auténticamente bigger than life.
The song remains the same: El disco se abría con los aires de grandilocuencia marcial, pero The song remains the same pronto cambiaba de registro. Aquella tendencia a los cambios por momentos los acercaba tímidamente a terrenos más propios del rock progresivo (por aquel entonces, en sus directos, Led Zeppelin alargaban los temas y experimentaban bastante). Una tendencia a un sonido más monumental que será ampliamente explorada en el futuro:
Over the hills and far away: Canción que perfectamente podría haber estado incluida en el Led Zeppelin III. Comienza con aires folk —excepción en este álbum— y termina sonando a los Zeppelin eléctricos de costumbre. Una vez más, destacar la habilidad de Page para revestir las canciones con arreglos de guitarra que parecen ser mejores y más bellos cuanto más simples (¡ese magnífico break que da paso al solo!). Otra muestra del sonido Zeppelin en todo su esplendor
The rain song: Esta bellísima The rain song es una canción atmosférica y sutil que contiene bastantes guiños beatleianos. Era el segundo tema del disco, justo después de The song remains the same, mostrando que Zeppelin ya no abrían los álbumes con sus singles más directos:
Dancing days: Un tema sencillo y poco pretencioso que por algún motivo siempre me ha fascinado particularmente, con ese riff inicial de aires orientales, esos curiosos arreglos de teclado y la vivaz pero al mismo tiempo melancólica melodía:
The ocean: Otra canción que podría haber encajado perfectamente en la primera cara, la más eléctrica, de Led Zeppelin III. En un principio puede sonar a ejercicio rutinario, la «típica canción Zeppelin»… hasta que empiezan a entrar los «uh-uhhh» de los coros (increíble cómo el detalle más nimio le da nueva vida a una canción), los breaks instrumentales de mitad de canción, los «la la la» de Robert Plant, y sobre todo ese épico final casi en plan boogie… una canción que de verdad merece varias escuchas:
El grupo, que ya nada en millones, abandona Atlantic Records y crea su propia compañía discográfica para poder grabar lo que les venga en gana. Con el control total en sus manos, Jimmy Page se enfrasca en la composición de su primer álbum doble en estudio, decidido a levantar la obra más ambiciosa y grandilocuente de Zeppelin. Grabado en dos sesiones en mitad de ciertas tensiones —por aquel entonces John Paul Jones había amenazado con dejar el grupo—, el resultado mostraba a unos Zeppelin más solemnes que de costumbre. La voz de Robert Plant era menos chillona y el sonido era, por lo general, más oscuro (una tendencia que conservarían durante la segunda mitad de su carrera). Casi todas las canciones son menos distintivas desde el punto de vista melódico, pero en cambio contienen muchos más matices instrumentales que las de discos anteriores, con estructuras más elaboradas y complejas. Ya casi no hay himnos en plan Whole lotta love, pero los detalles interesantes están por todas partes y este doble álbum es como un retablo barroco donde siempre nos quedarán rincones que observar. Physical Graffiti fue otro enorme éxito y las críticas fueron entusiastas, hasta el punto de que algunos lo consideran la obra maestra de la banda. El estatus del grupo era tan grande a esas alturas que todos sus anteriores discos reentraron en las listas de éxitos coincidiendo con su publicación, con lo que tenían seis LP a la vez entre los 200 discos más vendidos, marca que superarían más adelante.
Kashmir: El momento álgido del álbum, la nueva joya en la que Page había estado trabajando obsesivamente y seguramente la canción más «monumental» en la historia de Led Zeppelin, con permiso de Stairway to heaven. Es un tema largo y dividido en varias partes, donde predominan las influencias orientales, los arreglos orquestales y una exótica aureola onírica cuya letra está inspirada por los viajes de Plant al desierto marroquí. Sus ocho minutos y medio son verdaderamente fascinantes:
Houses of the holy: Canción que, como puede deducirse por el título, fue elaborada durante las sesiones del disco anterior, aunque al final habían decidido no incluirla. La recuperan para este disco usando exactamente la misma grabación de dos años antes, y de hecho su sonido vibrante encajaría mucho más en el álbum del mismo título. Su alegre melodía, sus contagiosos coros («uh! uh! uh!») y un sonido bastante más luminoso son como un oasis de luz en la oscuridad predominante en Physical Graffiti:
In the light: Un tema sorprendente, que se abre con sintetizadores y unas voces más bien siniestras para que después entren unos hipnóticos riffs de guitarra que abiertamente emparientan a la banda con estilos posteriores como el heavy metal o incluso el stoner rock. Hay un breve y magnífico interludio central con el clavicordio de Jones y los sencillos fraseos-fanfarria de la guitarra de Page. Una canción muy larga y extraña, que probablemente necesite varias escuchas por parte de algunos oyentes para terminar de apreciarla, pero que es una auténtica delicia cuando uno consigue sumergirse en ella:
The rover: Hard rock a la americana, donde —como casi siempre en este álbum— la melodía vocal principal cede el protagonismo a la sólida base instrumental, al contrario de lo que sucedía en anteriores discos de la banda.
Trampled underfoot: Un tema seudofunkbasado en un ritmo de teclado que John Paul Jones tocó durante una improvisación, inspirándose directamente en Superstition de Stevie Wonder. Eso sí, la batería de Bonham es bastante poco funky. Con todo, un tema rítmico y (casi) bailable, bastante más logrado que aquel The Crunge de Houses of the Holy. Los mejores momentos, y los más soul, provienen por cierto de ese teclado de Jones.
BSO de la película The song remains the same (1976)
Aunque estrenada en 1976, esta filmación recoge un concierto grabado en 1973 en el Madison Square Garden de Nueva York. Es decir, cuando la banda estaba en su momento álgido en vivo y únicamente interpretaba temas de los cuatro primeros discos. La película no fue demasiado bien recibida más que nada por su caótica estructura: imágenes narrativas añadidas sin demasiado tino y por los evidentes parches en playback (en lo visual, no en lo musical) destinados a tapar huecos en el metraje, ya que las cámaras no habían podido filmarlo todo. Con todo, la parte musical era fantástica y el álbum de la banda sonora sí que fue tuvo una entusiasta bienvenida. Led Zeppelin, muy acordes con la época, se enfrascaban ocasionalmente en largos desarrollos instrumentales y pasajes con aire de jam en los que combinaban diversas canciones. Esta película fue durante muchos años la gran (y única) referencia para quienes nunca habían podido ver a la banda en vivo.
Rock and roll: Enérgica interpretación en vivo del tema que abría su cuarto álbum y que como decíamos también utilizaban para comenzar sus actuaciones. Probablemente una gran muestra del poder de seducción de Led Zeppelin para su público: sonido duro pero insinuante y, no menos importante, una imagen llamativa e icónica:
Boogie mama (shake it one time for Elvis): El grupo homenajea una vez más al rock and roll de los 50 con esta especie de improvisación que comienza con la voz de Plant dialogando con la guitarra, pero que realmente explota cuando todo el grupo se lanza al unísono a interpretar un rock directo y aplastante. Jimmy Page se luce recreando los sonidos de algunos de sus ídolos de infancia, como Scotty Moore, guitarrista de la primera banda de Elvis Presley o algunos bluesmen estilo B.B. King. Todo cimentado, como siempre, en la apabullante batería de Bonham.
Since I’ve loving you: Más de lo mismo; Led Zeppelin en vivo rodeados de aquel aura especial que parecía encubrir sus posibles defectos como banda. Aquí los tenemos en una fantástica interpretación de su blues lento más estelar, en el que Jimmy Page se muestra en sus plenas facultades como instrumentista y la banda en un momento álgido de compenetración.
Después de un breve descanso forzado por el accidente de automóvil sufrido por Robert Plant en Grecia, donde tuvo que ser hospitalizado y donde su mujer sufrió heridas graves, regresan al estudio. Quizá apremiados por el tiempo, graban un disco mucho más sencillo y directo, sin la experimentación de Physical Graffiti, ni siquiera la versatilidad de Houses of the Holy o Led Zeppelin IV. El resultado empieza a dividir a los críticos; para algunos será un disco brillante, pero para otros han empezado a perder la inspiración. A mí personalmente me parece un buen disco, aunque en cierto modo resulta comprensible que fuese visto como un bajón en su día: melodías menos vivas, un sonido más homogéneo y sin un ápice de la naturaleza caleidoscópica de aquellos otros discos. Suenan más desvaídos y rutinarios, sin el brillo y la vibración de otros tiempos. Aquí hay buenos temas pero no hay una Whole lotta love, por ejemplo, ni una Kashmir ni ninguno de aquellos himnos que resultaban tan característicos.
Nobody’s Fault But Mine: Uno de las mejores canciones de Presence. Comienza con un riff de guitarra evocador (a su manera, claro) del antiguo blues del delta, pero rápidamente se transforma en un tema contundente típicamente «zeppeliniano». El sonido, como todo en este álbum, es muy seco, directo y grave —de hecho esta canción fue grabada con los instrumentos afinados un tono por debajo de lo normal— y como decíamos con bastantes menos matices que en los discos anteriores. Lo mejor, el impresionante momento en que entra la armónica, aunque todo el minutaje de la canción muestra a unos Zeppelin todavía en bastante buena forma.
Royal Orleans: Un muy buen riff principal y como de costumbre un fantástico trabajo de Bonham a la batería. Probablemente otro de los temas más inspirados del álbum, reincidiendo en un ritmo contundente que acentúa la impresión de que en este disco han buscado más la solidez que la variedad:
Hots on for nowhere: Una canción en la misma onda que Royal Orleans, aunque con una mayor —eso sí, sutil— influencia del funk que se hacía por aquellos años. Apoyada en el groove de John Bonham, es el tema más vitalista de un disco que por lo demás tiende un tanto a la oscuridad.
Led Zeppelin eran por entonces la banda más grande sobre la faz de la Tierra. Sus conciertos reunían a multitudes nunca vistas y el gobierno británico los había incluido en la lista de mayores exportaciones de la nación: vendían tantos discos que tenían un efecto sobre la balanza de pagos de la nación. Pero internamente la banda estaba plagada por problemas de todo tipo: Robert Plant, tras el accidente que casi mata a su mujer, perdió a su hijo de cinco años en 1977 a causa de una infección de estómago y su estado de ánimo era comprensiblemente bajo, incluso revolviéndose contra Page (todas aquellas desgracias mezcladas, cómo no, con la creciente leyenda de que Led Zeppelin se habían vendido al diablo para obtener su descomunal éxito). John Bonham estaba sumido en una espiral de alcoholismo creciente; pese a su carácter afable cuando estaba sobrio, tenía tendencia a ponerse violento durante las borracheras y eso le pudo causar más de un serio problema a él y a quienes lo rodeaban (en una ocasión, al parecer, su mánager —el corpulento Peter Grant— logró evitar que asaltase sexualmente a una azafata de su avión privado). Jimmy Page se había embarcado en una adicción a la heroína que, unida al alcohol, arruinaba algunos de sus conciertos en vivo y que hacía que Zeppelin tan pronto podían ser una banda brillante sobre el escenario como, no pocas veces, un auténtico desastre. El guitarrista ni siquiera se mostraba interesado o preparado para componer nuevo material y estaba más ocupado drogándose y pasando el rato con chicas adolescentes, así que John Paul Jones —que era el único miembro que parecía más o menos en sus cabales— tomó las riendas musicales en este nuevo trabajo. El resultado, In through the out door, es un disco cuyo sonido seco y oscuro recuerda a Presence, aunque las canciones parecen ir en otra onda, con una mayor presencia de los teclados y con un nivel de composición —al menos en mi opinión— notablemente por debajo, con alguna que otra canción que verdaderamente sobra (esa mediocre Fool in the rain, por ejemplo) o que se alarga bastante más de la cuenta (como Carouselambra). Los sintetizadores, aquí, no le sientan nada bien al sonido Zeppelin. La crítica recibió este irregular disco con mucha frialdad, aunque como de costumbre vendió una barbaridad y fue número uno en Europa y en el Reino Unido. Esta vez, todos sus álbumes volvían a venderse y Led Zeppelin lograron la rara hazaña de tener sus ocho primeros discos dentro del Billboard 200, ¡al mismo tiempo!
In the evening: Vuelven a iniciar un disco con una canción larga y épica. In the evening se abre con una intro atmosférica que da paso a un riff bastante bueno, sobre el que sin embargo no hay una melodía vocal demasiado reconocible ni cambios que eleven el tema o lo articulen a la manera característica del grupo. Led Zeppelin están sonando cada vez menos como ellos mismos, y el resultado no es necesariamente malo, pero tampoco resulta arrebatador.
Hot dog: A algunos les podrá parecer una broma, pero a mí es un tema que me gusta bastante; una combinación entre country y rockabilly que es la canción más orgánica y menos forzada del disco. Eso sí, la guitarra de Page suena flagrantemente torpe y eso que estamos en un disco de estudio, con lo que cabe suponer que esta fue su mejor toma de entre otras varias: esto da una idea del estado en que se encontraba el líder de Led Zeppelin por entonces. Con todo, una canción divertida que al menos pone algo de vidilla y buen humor en un álbum por lo demás bastante desangelado.
I’m gonna crawl: Tras una inesperada intro melódica, un tema lento y melancólico con subidas y bajadas que también está entre lo mejor del disco. Por una vez, la tendencia de Jones a inundar todo con sintetizadores no termina chirriando aunque como en el resto del álbum, queda un tanto artificial, como a modo de parche. El tema está muy influido por el soul de los años 70 y funciona bien de principio a fin.
En septiembre de 1980, termina la historia de Led Zeppelin: el alcoholismo de John Bonham se lo lleva por delante a los treinta y dos años, después de haberse bebido cuarenta vodkas en veinticuatro horas. El batería se quedó dormido cuando estaba tan ebrio que vomitó sin despertarse, quedando sus vías respiratorias obstruidas y produciéndole la muerte por asfixia. Sin Bonham y con el resto de miembros sin demasiado interés por permanecer juntos, la «banda más grande sobre la faz de la Tierra» se disolvió. Un par de años después, salió a la venta un álbum póstumo con parte del escaso material de estudio no publicado aún y algunas tomas en directo, con especial énfasis en resaltar la batería del difunto Bonham. El disco —publicado más que nada para saldar el contrato con Atlantic Records— fue un regalo del cielo para los fans, ya que Zeppelin nunca habían publicado rarezas, no existía más material que sus álbumes oficiales y algunos piratas que circulaban con mucho éxito. Aquí había varios temas que traían a la memoria mejores tiempos. No todas las canciones son de la misma magnitud —de hecho varias pueden ser consideradas obras menores— pero era una buena forma de echar el cierre a su discografía clásica y despedir una historia de poco más de una década.
We’re gonna groove: Quizá el tema inédito más destacado del Coda, grabado en directo durante los primeros y gloriosos años del grupo, recordándonos cuando todavía sonaban frescos. Lo más destacado de la canción es la extraordinaria batería de Bonham. Las guitarras originales del concierto —bastante caóticas— fueron retiradas y sustituidas por pistas de estudio añadidas, aunque la posterior edición de la filmación del concierto en Londres de aquella época nos permitiría contemplar el tema tal y como lo tocaban por entonces:
Wearing and tearing: Una curiosidad, un tema potente y muy rápido para lo acostumbrado en ellos. La oportunidad de escuchar a la banda en un registro mucho más feroz y agresivo, bastante sorprendente en su día.
Travelling riverside blues: No estaba en el disco original de Coda, pero apareció durante los años 90 en la versión en CD y recopilatorios, era una de las últimas joyas rescatadas los primeros años de la banda. Se trata de una versión de la canción de Robert Johnson, aunque como de costumbre Led Zeppelin se la llevan a su terreno:
Como sabemos, el legado de Led Zeppelin ha pasado por bastantes altibajos después de su separación. Durante los 80, muchos críticos —particularmente en la prensa más orientada al pop— despreciaban a la banda considerándola un «dinosaurio» del pasado. No ayudó la desastrosa reunión de los miembros supervivientes en el concierto benéfico Live Aid, con un Plant con la voz cascada, un Page que de repente parecía un amateur y a duras penas podía tocar sus propios solos como era debido, un mal sonido general y un Phil Collins a la batería que admitió después haber sentido deseos de marcharse del escenario ante la debacle. Mucho más digna fue la reunión para el Unplugged (o UnLedded) de MTV, con buenos momentos como la fantástica recreación de Kashmir con una auténtica sección de cuerda y músicos marroquíes… ¡una pena que no hicieran algo así cuando Bonham estaba vivo! Ni siquiera me atrevo a imaginar cómo podría haber sonado:
En fin, una banda con una historia relativamente breve, de la que «quedaba mal» hablar con entusiasmo en los 80, pero que hoy nadie en su sano juicio se atreve a menospreciar y cuyo recuerdo se ha convertido en lo que siempre tenía que haber sido: el de una institución legendaria. Sí, me hubiese gustado incluir más canciones… de hecho, ¡hubiese incluido discos enteros!
Ay, vídeos grabados a alta velocidad... nos gustan más que a un tonto un lápiz. En este caso grabados a un velocidad de hasta 39.000 fotogramas por segundo. Al reproducirlos la acción transcurre 1625 veces más lento que en tiempo real. Vía Geeks are Sexy.
Si a uno le trasladaran a este lugar de repente, podría pensar que está en la superficie de la Luna. Estamos a 2.300 metros de altitud, en el Macizo Central de los Picos de Europa, a escasos metros de la cima del Pico Tesorero. La estructura metálica de la imagen es una de las cúpulas antiaéreas del portaaviones estadounidense USS Palau y brilla como un extraño diamante entre las rocas. ¿Qué hace este artefacto bélico aquí arriba? Su traslado a la montaña fue el empeño del ingeniero Conrado Sentíes, quien en 1961 se topó con el desguace del barco y decidió darle un nuevo uso a la estructura. Después de una tortuosa ascensión con mulas durante nueve días, instaló la cúpula en este lugar y la bautizó con el nombre de su hija Verónica.
Desde entonces, Cabaña Verónica ha servido de refugio y se ha convertido en un lugar mítico del montañismo, clave para realizar algunas rutas de la zona y un salvavidas para quienes se ven sorprendidos por las cambiantes condiciones meteorológicas. A principios de septiembre, Adriano Morán, Javier Álvarez y yo ascendimos hasta el refugio en busca de esta extraña historia. Aquí conocimos la vida de Mariano- el hombre que dio su vida por recuperar este lugar -, y de Javi y de José, los actuales guardas. El resultado de nuestra experiencia es un minidocumental y un reportaje multimedia producido por 93 metros que presentaremos en unas semanas. Aquí os dejamos un avance:
Considera que puedes ver menos del 1 por ciento del espectro electromagnético y escuchar menos del 1% del espectro acústico. Mientras lees esto estás viajando a 220 kilómetros por segundo a través de la galaxia. El 90% de tu cuerpo tiene su propio ADN microbiano y no es realmente «tú». Y los átomos en tu cuerpo son en un 99,9999999999999999% espacio vacío y ni siquiera son los mismos con los que naciste, aunque todos se originaron en la barriga de una estrella (…)
Hace unos meses se supo que The IT Crowd volvería este año para despedirse como merece y, según anunciaba Graham Linehan en Twitterese momento estaría tan cerca como finales de este mismo mes de septiembre, con un capítulo doble de cuarenta minutos de duración que sería ya el último definitivamente.
La película de animación Akira acertó con la predicción de los Juegos Olímpicos de Tokio del 2020. En este cartel se lee “147 días para que den comiendo las Olimpiadas”:
Akira transcurre en el año 2019 y las escenas del final sitúan la acción en el estadio olímpico que han construido para el 2020.
Esperemos que no acierte también en lo de la tercera guerra mundial y que Akira no destruya el estadio. Aunque también acierta con el tema de la radiación, pero no por una guerra sino como consecuencia del Tsunami que nos ha dejado Fukushima renqueante.
Un par de remixes de fans de Akira con la temática de Tokio 2020.