








Para hablar con Enrique Pinti hay que tener la orquesta, como él dice, bien afinada. Las neuronas a pleno rendimiento, los sentidos alerta y las orejas bien abiertas. La velocidad que le imprime a su discurso y la cantidad de ideas que suelta por segundo es algo digno del Guinness. El astro de la escena y el humor argentino está en Madrid para presentar Pinti Recargado, una obra sobre las crisis que se encuadra dentro del ciclo De Buenos Aires a Madrid de los Teatros del Canal, que reunirá hasta el día 13 a lo mejor del teatro porteño con nombres como Susana Rinaldi, Elena Roger, Carlos Casella y Griselda Siciliani.
Verborreico, apabullante y muy crítico. Así este hombre que reconoce no tener móvil ni email pero sí televisión. Algo que con la edad le está permitiendo estar plenamente informado de “las cagadas” que pasan en España. Y de eso, en definitiva, trata su monólogo. Una ácida visión de las crisis sociales -la argentina, pero también la española en esa “argentinización de España” que sufrimos en los últimos años- porque, en definitiva, “los hijos de puta de arriba cambian, pero la historia es la misma porque las cagadas se repiten”. Por eso, muchos españoles dirán sobre lo que cuenta de Argentina “es igual aquí… Todo, salvo del Pequeño Nicolás”, matiza.
P: ¿Las crisis como las que ha vivido Argentina o la que vive ahora España son el caldo de cultivo perfecto para hacer teatro y humor?
R: Para el humor seguro. Muchos me dicen que si hubiera nacido en Suiza no hubiera triunfado, pero no es cierto. Hay tantas maneras y motivos de los que quejarse: el aburrimiento, el excesivo orden y el florecimiento de los partidos de extrema derecha en países como Suiza, Suecia, Noruega, Dinamarca… Uno se pregunta ¿de dónde mierda salen? Porque en los países subdesarrollados o con grandes crisis económicas es lógico que las fuerzas extremas, tanto de izquierdas como de derechas, suban como posibilidad de solución. Así pasó en Alemania. Saliendo de la crisis espantosa de los años 20 de la república Weimar, estaban con una inflación que usaban los billetes para empapelar la casa, y de ahí sale el germen de Hitler. Lo mismo que en la Rusia empobrecida de los zares, con 20 millones de esclavos, sale la esencia de Lenin y la deformación de Stalin. Por eso en países como Suiza, cuando me dicen "vos te morirías de hambre", pues no. Seguramente estaría gritando y diciendo que bajo esa calma de lago suizo algo se estaba fermentando. Lo que tenemos los humoristas es que vemos bajo el agua, vemos antes de que pasen las cosas.

P: ¿Y qué pasa bajo las aguas españolas? ¿Estamos viviendo una especie de argentinización o réplica de lo que les ha pasado?
R: Totalmente. Sobre todo por la corrupción. Allá es algo bastante habitual pero yo, que vengo todos los años, veía que acá no era muy habitual. Sí había algún chorizo, algún alcalde y cosas puntuales tipo Julián Muñoz o el otro, ¿el gordo? [Jesús Gil, le recordamos] Sí, Gil. Eran personajes folclóricos pero que no afectaban al cuerpo social de la nación, y ahora parece que está por todos lados. Esta cosa me extraña. No porque sea raro. Nada es raro. Si en países tan ordenados, tan maravillosos y con tanta justicia social como los que acabamos de nombrar antes vuelve a surgir el nazimo, todo puede pasar. Pero lo que sí veo es que acá siguen teniendo una cierta definición más clara en cuanto a lo que son de derechas, los de izquierdas y la mezcla.
P: Bueno, eso puede ser una amalgama hoy un tanto confusa tras la irrupción de Podemos.
R: Sí. Ahora ha salido Podemos, que es una tendencia muy populista que nace por las frustraciones. Sube en intención de voto a medida que el español se da cuenta de que todos estos chorizos le han robado. Le robó el socialista, le robó el del PP. ¡Todo el mundo! Podemos sale por todas las barbaridades de socialistas y populares, por todas las cagadas de los demás. Uno tiene que saber la historia para saber por qué surgen las cosas y las necesidades. Es un partido interesante porque parte de una realidad que existe, no inventan nada. Lo que pasa es que esas mejoras que dicen suenan buenas pero parecen impracticables por los grupos de poder. Los grupos de poder siempre van a existir y tampoco es el caso de matarlo. Así que van saliendo opciones como esta, pero si no, en general, todo está dividido de forma medianamente clara.

P: Ha dicho que los argentinos tienen "el puñal judío, la rimbombancia italiana y el sufrir español". Ya que ustedes tiene más experiencia en las crisis, ¿qué consejos nos da a los españoles?
R: Lo único que se podría aprender, aunque es medio amargo, es que se sale. Lo que pasa es cómo se sale. Nosotros hemos salido rápido de las crisis, en general, pero se vuelve a caer porque las medidas que se implementan son buenas para un año o dos pero no en el tiempo. Cuando la crisis de Alfonsín de los asaltos a los supermercados, se arregló poniendo el peso igual al dólar y eso estaba bien para parar una inflación del 700% pero no para seguir 11 años, hacer negocio y dibujar una moneda que no es la tuya. La alianza sirvió para un año, después llegó el corralito y nos sacaron el dinero, y cuando salimos de la crisis con el kirchnerismo, las medidas eran acertadas pero si no se saca la corrupción y el mal funcionamiento, no sirven tampoco. Sólo podemos decir que de la crisis se sale pero de cada salida quedan tendales de gente que perdió su estatus, perdió educacion, perdió salud y muchas cosas más.
P: No sé si piensa que en España les vamos replicando: ese corralito que planeó aquí con los rescates a los bancos, los escraches, el fin del bipartidismo...
R: Absolutamente. El cambio allá es que todos los partidos pueden ser de izquierda, derecho o centro según les convenga. Siempre hacen enlaces y alianzas, salvo algún pequeño núcleo que es de izquierda de verdad o de ultraderecha y que no se ponen con nadie pero a los que no vota nadie. Pero ¿el resto? Allá tenemos peronismo de izquierda, peronismo de derecha, peronismo de centro, peronismo de Perón, peronismo de Menem, peronismo liberal… Esas cosas son para que todo el mundo tome nota y que no pase más en un país. Está muy mal lo del bipartidismo permanente. En Norteamérica tampoco les resulta ya. Los Demócratas se parecen tanto a los Republicanos que forman un solo partido.
P: Entonces, la réplica está en todos lados, ¿da igual dónde mires?
R: Sí. Pero al mismo tiempo uno ve las cosas maravillosas que ocurren. Actos de generosidad de ONGs, de gente que lucha contra el ébola poniendo en peligro su vida… Hay cosas fantásticas a las que agarrarse aunque estamos en un momento… Es difícil.
P: No parece un escenario muy esperanzador para las próximas elecciones del año que viene en su país y en el nuestro.
R: Se juntan los que no se juntaban, se pelean, se vuelven a amar. Allá siempre salen rápido alianzas. Y aquí ahora también lo parece. Pero allá la gente te dice: "o nos juntamos todos en la oposiciçon o el peronismo va a seguir gobernando". Hablan, se justifican, en una idea de que el peronismo ha estado gobernando toda la vida. Pero, si miramos, el peronismo gobernó de 1945 a 1955. Luego estuvo prohibido, no podías decir la palabra Perón porque los militares pensaban que al prohibir el nombre, la gente se iba a olvidar pero fue todo lo contrario.

¿Por qué no se olvidó la gente? Porque Perón, por su demagogia, por su populismo o lo que coño sea, les dio cosas que los conservadores no les habían dado. Les dio hospitales, les dio policlínicos, acceso a las escuelas… Y los demás militares no tuvieron mejor idea que ponerlo preso y, entonces, el pueblo salió a la calle porque había recibido cosas que nunca había tenido y exigió su libertad. Fue la primera vez que la gente salía a la calle y sintió que era una gesta popular propia. Ganó por poco e hizo todas estas cosas junto a prohibir todo lo que no fuera peronista, perseguir a la gente… pero se quedaron enamorados de eso. Y desde 1945 hasta 2015 son muchos años. ¿Por qué la gente sigue siendo peronista? Porque se acuerdan del bisabuelo que recibió la primera botella de sidra y el primer pan dulce gratis de Perón y eso no se lo han terminado de agradecer nunca. Por eso Borges decía que los peronistas no son ni buenos ni malos, son incorregibles. Y en frente, los radicales abandonaron todo lo social y se hicieron muy de derechas. Y la izquierda, que se dio cuenta y sabía que necesitaba una base obrera para ganar, a pesar de odiar a muerte el peronismo, se amoldó a ello.

P: Entonces somos estúpidos porque además vivimos en bucle de crisis ya sea corralito y nacionalizaciones y privatizaciones o de ladrillo.
R: ¿Somos? Son los que mandan seguro, pero los elegimos nosotros, con lo cual tenemos un grado… No hay que olvidar que todos los gobiernos tienen un relato detrás. Allá es que te quieren convencer de que no hay la inflación y hay seguridad. Hay una inflación de la puta madre, porque el Código Penal está envejecido y la policía hace la vista gorda o es cómplice. Hay un límite de inseguridad que es bravo. Y la inflación... Yo nunca me fijé en el dinero, no por desinteresado sino porque tuve la suerte de empezar desde pronto a ganar un dinero que cubría mis necesidades y después cada vez más. No soy un millonario pero vivo fenomenal. Y en esta última etapa de inflación me estoy empezando a dar cuenta del dinero. Digo: "¡No, cómo va a cobrar esto!"
P: ¿Está de acuerdo con la pesificación?
R: Es que no exisitó. Te hacen hacerla pero se decretó una inflación infernal. Ellos te dicen que es mentira, que la inflación es del 0,3% pero voy a pagar un café, y yo que nunca me fijé en el dinero, pongo un billete de 100 y me dicen 110. ¡Su puta madre! Son precios que no se pueden creer. La pesificación la defendí siempre porque si un país no tiene moneda y vive pensando permanentemente en el dólar no es un país, es un chiste. Cuando el Gobierno empezó a hablar de la pesificación me pareció muy bien, pero te tienen que dar la oportunidad de que no se te vaya el dinero de las manos como agua. Si la inflación te come la plata, toda la gente va a ir al dólar de nuevo. Ese es el relato esquizofrénico de este gobierno que te vuelve loco.

Would you like to own a sword? Of course you do! Everyone wants—shoot, everyone needs—at least one sword. This lady in the Austin, Texas area owns over 100 of them. She wants to part with this beauty because it’s haunted:
This sword is from the 1700s. I got it at an antique store in my memaw's home town back in 1984. The person who sold it to me told me to be careful because there is a 90+% chance that it is cursed. Since it's been in my house my life has descended into pure chaos. My knitting group came over and they all said they could feel a strange energy in my sword room (I have a collection of over 100 swords. This is my only haunted sword). Since i got this sword, about 3 times a week a crucifix will fall off of my wall for no reason. I am 76 years old. I cannot have this cursed item in my house anymore. Please take it off my hands!!
It’s not that bad, but she’s tired of having to perform Constitution saving rolls every 10 rounds.
-via The Mary Sue
Back in February it was announced that Seth Rogen and Evan Goldberg were developing a television adaptation of the '90s Garth Ennis comics series Preacher for AMC, and today Variety reports that the project has landed a pilot order. "Preacher has been our favorite comic since it first came out," said Rogen and Goldberg in a statement. "Garth Ennis is one of our idols and it's an incredible honor to be working on this. We promise we won’t make too many dick jokes and ruin it." In addition to writing the script, Rogen and Goldberg will also direct the pilot and serve as co-executive producers alongside former Breaking Bad EP Sam Catlin. The pilot will be produced sometime next summer and be up for series consideration at AMC in 2016.
That is a common question. I say why can't it be both? We are coming from a solid philosophy that we absolutely believe in and adhere to. This is Satanism, and to us it couldn't be called anything other than Satanism. However, our metaphor of Satan is a literary construct inspired by authors such as Anatole France and Milton—a rebel angel defiant of autocratic structure and concerned with the material world. Satanism as a rejection of superstitious supernaturalism. This Satan, of course, bears no resemblance to the embodiment of all cruelty, suffering, and negativity believed in by some apocalyptic segments of Judeo-Christian culture. The word Satan has no inherent value. If one acts with compassion in the name of Satan, one has still acted with compassion. Our very presence as civic-minded socially responsible Satanists serves to satirize the ludicrous superstitious fears that the word Satan tends to evoke.Recently, the Satanic Temple sent Satanic coloring books to the Orange County School District in Florida requesting distribution to children after a Christian organization was allowed to hand out Bibles.
So inured is the general public to the idea that there is only one monolithic voice of "the" religious agenda that any attempt at a counter-balance — or assertion of a minority voice — is often viewed as necessarily a mere targeted provocation against those who enjoy an unquestioned tacit assertion of sole squatters rights in the religio-political dialogue.
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| Ian McLagan |
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| The Small Faces |
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| Ian McLagan |
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El casu marzu, delicioso queso típico de Cerdeña, conocido por el uso de larvas vivas de mosca para su fermentación. Foto: Shardan (CC)
Antigastronomía. Apúntenlo quienes tengan unos impulsos emprendedores que ninguna práctica terapéutica seria haya sido capaz de reprimir. Y ya que resulta inevitable que estos emisarios del mal tomen posesión de bares, tascas, cantinas y restoranes —siempre atentos a la oportunidad de presentar cuentas de importes legendarios a una clientela que aún se encuentra enfrascada en una lucha sin sentido con unas vajillas de formas geométricas venidas de mucho más allá de Kandor, o de Otoh Gunga, o de donde moran y esperan Todos Aquellos—, ya que no hay manera de evitar que dilapiden parte de su capital y todo el que hayan podido reunir mediante las clásicas argucias de oveja negra de la familia, unos sablazos que incluso contabilizándolos echando mano de la notación exponencial necesitan más de un cero para ser medidos con exactitud, aconsejémosles que lo hagan a lo grande y arrasen lo que queda de nuestra empobrecida cultura occidental con este concepto ganador. La antigastronomía es la tabula rasa que llevamos esperando desde al menos 1917.
Hay quien se ríe de esa famosa máxima que cuelga en un lugar prominente de todo buen hogar cristiano y español, unas veces bordada en hilo de oro y otras grabada en mármol y otras piedras incluso preciosas, y que proclama con sano orgullo que «como en casa, no se come en ninguna parte». Otros, mucho más civilizados, más instruidos, más viajados, publican en notorias publicaciones especializadas artículos científicos combatiendo esta tradicional verdad (1), y por tanto no hay que dudar de la caída del pedestal que más pronto o más tarde va a sufrir la cocina de la abuela. Esos, los que miran con burla un plato de macarrones con tomate mientras enseñan fotos muy bien enfocadas de algún mercado de Rangún o Tegucigalpa, son el público objetivo. Los cosmopolitas, los ciudadanos del mundo, los que han sustituido la internacionalización de la lucha de clases por el ataque a las fronteras gastronómicas. Los amantes de la naturaleza monitorizada y los degustadores de tofu y sake, que a su vez son capaces de experimentar la no siempre explícita satisfacción que puede ofrecer un concierto de bongos. Esos serán los clientes potenciales en un lado del espectro social, mientras que, en el extremo opuesto, aquellos que luchan por mantener las tradiciones y se aferran a un plato de morcilla de Burgos como un zarigüeya a la entrepierna de un oso pardo tampoco podrán resistir la tentación de acudir a sus establecimientos con el ansia de reforzar su verdad. Que, como ya habrá adivinado el menos avispado de los lectores, es la misma, pues estamos afrontando las diferencias que separan un plato de escorpiones au vin de un zurullo de sangre coagulada con arroz. ¡Relativismo! Una apuesta que los consultores más cualificados no dudarán en denominar One Hundred Percent Win (OHPCW) justo antes de que mueran asfixiados al tragarse involuntariamente su propia lengua.
¿Qué debe incluir una carta de un espacio antigastronómico? ¿Qué hitos de la idiocia humana o la glotonería desmedida no deben faltar, ya sea en menús contradegustación cerrados ya en pequeños y delicados bocados —merde brûleé en miniatura, la bautizará algún crítico— que de cualquier modo bastarán para repugnar al más atrevido de estos catequistas del ecumenismo culinario? ¿Debemos seguir las pautas marcadas por un sabor u olor objetivamente repugnante? No son pocos los relativistas absolutos (2) que niegan la existencia de cosa semejante. «Gusto adquirido», proclaman ciertos antropólogos a sus auditorios en todas las universidades de la Ivy League. ¿Quizás sería necesario restringirse entonces a aquellas recetas que resultan repelentes debido a la materia prima utilizada en su elaboración? «Todo es cultural», siguen dando la tabarra los mismos eruditos ¿Debemos fijarnos en la textura? Mmmmh, eso suena a alta gastronomía. Desconfiemos ¿Y los alimentos tabú? Podría ser, pero un propuesta caníbal entraña riesgos inadmisibles tanto si resulta un éxito como si termina en fracaso, así que mientras esperamos a conseguir fondos para levantar la némesis del inefable Basque Culinary Center y fijar un programa de estudios que le dé cierta pátina científica a la cuestión, mientras diseñamos un organigrama complejísimo que impida seguir con claridad los desvíos de fondos que ya tenemos programados y buscamos una localización para levantar el horror arquitectónico de turno —un lugar que hasta el momento todos coinciden en situar en el altar mayor de la catedral de Burgos— les dejamos unas pistas sobre cómo iniciarse en este fascinante mundo y hacerse de oro y diamantes al mismo tiempo que, siguiendo una práctica comercial bien asentada, se descojonan de sus clientes.
Balut
La manera suave de describir el balut es decir que se trata de un huevo cocido fecundado, ya sea de pato o de oca. La verdad es que se trata de un huevo con un feto dentro; en todos los casos, independientemente de la latitud del sudeste asiático en la que se haya aterrizado o desembarcado, se podrán apreciar la textura y sabor de plumas, pico y huesecillos más o menos desarrollados. En las Filipinas les gusta de diecisiete días, mientras que los vietnamitas no se acercan a uno de estos manjares si no tiene al menos tres semanas de protovida. Este plato, como es natural, supone una dura prueba para los negacionistas de la perfidia característica de la mente oriental, que durante tantos y tantos años nos dio una serie de malvados inigualables en crueldad, compromiso con el mal e inefable mala leche. Ya saben, Fu Manchú, Tojo, el Doctor Infierno, el general Francisco Franco (3)… Por no hablar del cortocircuito neuronal que provoca en, por ejemplo, un proabortista vegetariano.
Los debates sobre la correcta manera de consumir este manjar son interminables. Arde tuiter en el Trópico de Capricornio defendiendo la verdad de consumir primero los jugos del huevo y después masticar el feto, para terminar con la clara y la yema, o bien seguir el orden inverso. No falta quien lo toma en adobo —el adobo es mejor, el adobo es más alegre—, frito o como relleno de unos pasteles que, suponemos, serán el elemento estrella del ágape de cumpleaños de ese hijo cabrón que antes o después siempre acaba por aparecer en todas las familias.
Así pues la mejor apuesta para darse a conocer y generar debate es servir un menú que se abra con raciones de balut en distintos estadios de gestación. Una cata de baluts con eminentes embrionistas dando las indicaciones oportunas y repartiendo tobas entre la concurrencia a diestro y siniestro, con la excusa de que se trata de una antigua tradición china bien representada en todos los jarrones policromados de la dinastía Ming, e incluso en alguno anterior. Pronto la carrera de Embriología Gastronómica será tan solicitada como la de chef, DJ, politólogo o LET, y cualquier gobierno aprenderá la lección y, del mismo modo que en los colegios de las Filipinas se obliga a los niños a diseccionar y posteriormente consumir un balut como parte de la formación del espíritu nacional y unos traumas inenarrables, aquí se gastaría el importe de varios presupuestos de sanidad en investigar y desarrollar una receta potencialmente asquerosa que deje al Misterio temblando y vertebre la identidad nacional. La gastronomía como herramienta política.
De momento en España no se encuentran baluts, al menos a un precio definido en moneda de uso corriente; quien quiera atravesar esta última frontera de la razón siempre puede desplazarse a Nueva York y apuntarse al concurso anual que organiza el restaurante Maharlika. El récord actual es zamparse veintisiete de estos fetos en cinco minutos. Corran.
Huevo centenario
Si el balut resulta asqueroso por lo que contiene, el huevo centenario —típico de la China; en algunas regiones se dan más ínfulas y lo denominan milenario— se aparece repugnante a la mente occidental tanto por su color verde parduzco, un color que le resultaría sucio a la Cosa del Pantano, como por su inconfundible aroma a pis de caballo. No es una figura retórica; durante muchas generaciones de chinos corrió el rumor de que además de enterrar durante meses los huevos de pato, gallina o codorniz bajo capas de arcilla, cal viva, cenizas, cáscaras de arroz, sal y otros minerales alcalinos, se ponía la guinda al pastel acercando un jamelgo para que rociara todo ese pifostio con varios litros de meados de distinto color, dependiendo de lo que hubiera comido el percherón y de la hora a la que le diera por aliviarse. De momento, y hasta que algún chef estrella no tome cartas en el asunto, no es verdad.
Al parecer, allá por el siglo XV, cuando un natural de la China interior encontró unos huevos enterrados bajo el mortero que estaba empleando para la construcción de su casa, comprobó que el pH había superado el 12 y se habían roto ciertas proteínas y grasas complejas e insípidas, produciendo otras más sencillas pero con un sabor y olor más fuerte, como por ejemplo a queso fuerte, amoníaco y azufre. Otra versión es que al encontrar los huevos no pudo resistir la tentación de putear a un cuñado especialmente odioso, y aprovechando que la frase «no hay huevos» le venía que ni pintada le planteó un reto que, con el paso de los años, tornó en tradición. Es el mismo mecanismo que hará que dentro de varios siglos, cuando lo único que se conserve de nuestra malhadada sociedad sean los vídeos de L.A. Beast (4), se considere el consumo del Tabasco como una delicatessen y la consecuente peritonitis endémica logre la extinción de la humanidad, planteando un dilema biológico a cualquier raza extraterrestre futura que aparezca posteriormente por aquí, quienes no tendrán más remedio que acudir a la ciencia y la caída de un meteorito compuesto por heces estelares para explicarse todo lo que encuentren bajo sus pies.
El huevo centenario se puede probar en el restaurante Royal Cantonés de Madrid, aunque no cuesta encontrarlo en cualquier restaurante chino del mundo.
Kopi luwak
A ciertas civilizaciones les atribuimos una sabiduría milenaria y un conocimiento científico incompatible con ella. Un ejemplo práctico es el de estos granos de café cagados por una especie de ardilla malaya llamada civeta. Al parecer las enzimas digestivas de la civeta, si bien no digieren el grano del café, sí lo modifican químicamente, rompiendo las proteínas que producen el amargor —recuerden, el amargor es peligroso— y añadiendo un sabor al que nadie todavía se ha atrevido a dar nombre. Los granos cagados se lavan y tuestan muy ligeramente para no estropear los sabores adquiridos por la digestión, y finalmente se ponen a la venta a un precio que nunca baja de los cuatrocientos dólares el kilo. Además, estos simpáticos animales tienen unas bolsas rebosantes de algalia alrededor del ano; la algalia es una sustancia untuosa que se utiliza como base en la perfumería más selecta y que de paso aporta una contribución impagable para el desarrollo de la humanidad al cambiar el sentido de la expresión «oler como el culo».
Como es poco probable que un indígena de Java o Sumatra de hace doce siglos intentara describir la complejidad que se encierra detrás de una enzima sin terminar él mismo dentro de una cazuela, o bien toda esta parafernalia científica que se oculta detrás de un grano de café le fue revelada por una raza alienígena, cuyos actuales descendientes serían los grandes chefs y los aficionados al yoga, o bien tenemos aquí, una vez más, una muestra de los beneficios del humor escatológico. Alguna mente preclara llevaría al extremo la sentencia «este café está hecho con mierda» para beneficio de aquella parte de la humanidad que se pueda pagar lo que le salga del ano a un bicho tropical. Bien por él.
En contra de lo que se suele discutir en los foros más exclusivos de cafeterías como Embassy o Gregory’s, el kopi luwak no es el café más caro del mundo. Semejante honor recae en el Black Ivory, que es lo mismo pero usando el tracto intestinal de un elefante como elemento modificador de las propiedades de los granos de café. Como el elefante sí mastica y machaca los granos, y como el volumen de una cagada de elefante supera en varios órdenes de magnitud el de cualquier otro animal terrestre, es fácil adivinar que el implacable funcionamiento de los mercados aprovechará las circunstancias para sacar a la venta este manjar por no menos de mil cien dólares el kilogramo.
El kopi luwak no es difícil de encontrar, y se puede comprar aquí y en otros muchos comercios especializados en café y otras incongruencias alimentarias.
Hákarl
Como el ansia de ir más allá superando retos no es exclusiva del lejano oriente, también en las latitudes nórdicas se aplican con esmero a la elaboración de alimentos repugnantes, ofreciendo así pruebas irrefutables del axioma que establece que el desarrollo social de una civilización es inversamente proporcional a su envergadura gastronómica. La gula hundió al Imperio romano, y no es fácil entender que una sociedad dedicada a profundizar en los vericuetos de la fenomenología o el idealismo no tiene tiempo de esferificar merluzas. Si prestan atención a este principio y a todo lo que hemos expuesto sobre la ciencia, las enzimas y los habitantes del Timor oriental primitivo, encontrarán no pocas contradicciones y, al mismo tiempo y dada la excelencia de la gastronomía española y el contenido de este artículo, una prueba concluyente y definitiva, iniciando un bucle infinito al que solo podemos poner fin hablando de tiburones que son sacos de uretra submarinos.
De entre todos los animales árticos, la cabezonería islandesa se propuso convertir en su plato nacional al tiburón boreal y, en caso de que semejante bicho escaseara por esas costas del fin del mundo, al tiburón peregrino. El alto contenido en ácido úrico de estos animales los hace mortalmente venenosos si se consumen frescos; es terrorífico pensar la cantidad de muertes que debió de causar su ingesta hasta que algún héroe vikingo sin cerebro pensó que puestos a morir, por qué no hacerlo con hombría y dignidad comiendo un pedazo de pescado podrido. Así que se entierra la parte oportuna del tiburón en un hoyo lo más alejado posible de cualquier asentamiento humano hasta que, después de doce semanas, se ha desecado y podrido, momento en el que se procede a colgarlo del techo durante unos cuantos meses como si fueran a formar parte del delirante atrezzo del Museo del Jamón. Todo este proceso desprende un aroma que eleva la peste que suelta una fábrica papelera a la altura del frescor de las cumbres del Tirol. La descripción más precisa del olor y sabor del hákarl listo para ser comido es aquella que lo describe como similar a un producto de limpieza industrial modificado convenientemente para desprender un olor desagradable que mantenga alejado a todo intruso sin acceso permitido a las instalaciones, como pueden ser las ratas, las cucarachas y los hijos putativos de Yog-Sothoth. Si hay un alimento en el mundo que se ajusta a los parámetros del gusto adquirido, sin duda es este. Por razones obvias, no es fácil de conseguir fuera de Islandia.
Vegemite
En el otro extremo del mundo encontramos una de las muestras más brillantes de las aptitudes del homo economicus, capaz de comercializar como alimento nacional un subproducto del proceso de fabricación de la cerveza dotado de un sabor que ni siquiera los gastrónomos más cínicos podrían apreciar. El Vegemite es un chiste, un chiste gracioso y adictivo del que, ojo, es difícil prescindir una vez que se ha experimentado. Hay gente que vuelve de Australia encandilada por maravillas naturales como la barrera del coral, Ayers Rock, Bondi Beach y los Radio Birdman, y hay quien retorna con los ojos desorbitados, ensangrentados, sin poder cerrarlos un momento ni siquiera para dormir el sueño de los justos, sin otra misión en la vida que localizar a quien le pueda proporcionar un frasquito diminuto de la repugnante pasta que en estas latitudes septentrionales ha sido imitada burdamente por asquerosidades de medio pelo como el Marmite —la metadona de los vegemitómanos, que no logra ni de lejos alcanzar ni la textura ni el sabor requeridos a la hora de untarlos sobre una tostada de mantequilla— y a los que se puede ver arrastrándose por las esquinas de los bares preferidos de la comunidad australiana de Londres, el único lugar del hemisferio norte donde se puede encontrar la preciada pasta. Oh, queremos tanto al Vegemite.
Gallinejas y entresijos
El asunto de esta especialidad ya se abordó científicamente en esta publicación. La vigencia de ese paper, merecedor de una subvención, una beca y la medalla al mérito civil y militar, no es discutible, y a él nos remitimos.
Perro
Si «hay algo intrínsecamente malo en un país que no tiene caballos», como dice Dallas en La chaqueta metálica minutos antes de que le revienten el abdomen, no queremos ni pensar los niveles de maldad o hambre que desarrolla una nación capaz de tomarse al pie de la letra la receta del perrito caliente. Todo el mundo está más o menos de acuerdo en que el afecto que muestran los perretes hacia sus amos, las muestras de amor incondicional y alegría muchas veces injustificada, son un mecanismo de autodefensa desarrollado con el propósito de generar compasión y otros sentimientos que impidan su empleo, ya sea como ingrediente principal o como guarnición, en la elaboración de un estofado, curry o algo peor aún. Comer perro denota una carencia de humanidad que automáticamente clasifica como alimento con fecha de caducidad a quienquiera que fomente esa práctica. Comer perros deja al canibalismo como una extravagancia culinaria similar a la de comer sushi. No lo hagan, por muchas ansias de multiculturalismo que se sientan obligados a fingir.
Heavy metal alemán
El peor heavy metal alemán es un alimento para el alma. Un día amargo, uno de esos días en los que te sientes solo, desgraciado y con ganas de comer perro, solamente te lo arregla una buena dosis de heroína y siete horas seguidas de Gamma Ray. Nadie te quiere porque te huele el aliento a escamoles y tienes manchurrones de Vegemite en los calzones. Te han copiado la idea del restaurante de comida nauseabunda y ahora en Madrid Fusión y otros templos de la villanía dan lecciones de cómo preparar el lutefisk más vomitivo mientras hacen rodar ejemplares de varias toneladas del queso casu marzu sardo, fermentado no con larvas de la mosca del queso, sino con auténticos tábanos de vientre multicolor, las famosísimas moscas de la mierda suelta. Por todas partes se abren cadenas de comida rápida sirviendo hamburguesas de kimchi aderezadas con tofu. Piensas en el suicidio como la única salida honorable. Y entonces descubres que si hay gente que le encuentra un sentido a la vida comprando discos de Metalium, tú bien puedes dedicarte a lo que más te apetezca; a pintarte la cara con maquillaje cadáver, a hacerte socio del Real Madrid, a socializar lobos de la estepa siberiana, a lo que sea, a lo que quieras. A tumbarte en el sofá a sobarte la entrepierna para después pasarte la mano por debajo de la nariz sin darle explicaciones a nadie y sentirte libre de toda responsabilidad, como si fueras un albatros, un guepardo, un delfín o un ministro de Sanidad. El metal alemán me hizo así.
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(1) E. Filardi, «Como en España se come en muchos sitios», Jot Down Magazine nº7, especial «derribando mitos», p. 12 y ss, Barcelona, 2014. Aunque este artículo sea el segundo en el índice de la publicación, pocos dudan de que sea el más importante de todo el número.
(2) Algún día debería tratarse el asunto de la verdad absoluta del relativismo, una cuestión obvia que sin embargo parece haber sido ignorada por todas las mentes preclaras del momento.
(3)Un viaje hacia oriente que parta de la Península ibérica terminará en El Ferrol debido a la curvatura de la superficie terrestre, definiendo este extremo del mundo como punto más oriental del planeta, y por tanto atribuyéndole al dictador un origen chino que ya todos habíamos adivinado al escuchar su voz atiplada.
(4) De este caballero pronto tendrá que hablar alguien largo y tendido en esta revista.
Hace un mes acabó ‘Naruto’, shōnen por excelencia del siglo XXI de la mano de Masashi Kishimoto. Desde septiembre de 1999, cuando se publicase el primer número en Japón de este mundo ninja basado en la época feudal, el manga comenzó a coger una relevancia sin igual, incrementada a niveles inimaginables cuando llegó a occidente, sobre todo a través del anime en 2006. Las aventuras de un grupo de tres jóvenes gennin instruidos por un sensei de cara a medio cubrir llamaron la atención de chavales (y no tan chavales) de todos los rincones del planeta, y aunque desde entonces haya sufrido una evolución que quizás no fuera la que mereciera en un principio, no cabe la menor duda de que se ha convertido en una obra maestra que nos ha dejado perlas del mayor nivel.
Recuerdo tener unos 11 años cuando vi el primer capítulo de ‘Naruto’. Por aquel entonces las únicas referencias de manga que tenía eran la colección de películas de ‘Dragon Ball’ y unos cuantos álbumes de cromos y chapas de ‘Pokémon’, ‘Digimon’ y similares. No tenía mucha idea del mundillo, pero lo disfrutaba como un niño, que al fin y al cabo es lo que era. Al ver a aquel preadolescente rubio con la bandana de Konoha en la frente, sin embargo, algo en mi se activó. Comencé a buscar de dónde provenía todo el mundo que se desarrollaba en la pantalla de mi televisión, y de pronto me vi con toda la serie descargada en japonés subtitulado español en DVD de malísima calidad.
Pronto la serie se convirtió en uno de mis referentes, pero por lo que observaba, no era el único al que le pasaba. En el instituto comenzaron las conversaciones acerca del último capítulo que habían dado y, poco después, del último manga publicado. El merchandising (en especial una colección de cartas que aún coronan mis estantes) volaba, y mis compañeros parecían absortos en el mundo que Kishimoto tanto logró estirar. Recuerdo que, por esa época, descubrí la parodia ‘Raruto‘, de Jesulink; ¿quién me diría a mi que siete años después tendría la oportunidad de entrevistarle?
Después de un fiestón, sin embargo, viene la resaca. No duró mucho en llegarle a ‘Naruto’, la verdad. Aunque los videojuegos empezaron y siguieron vendiéndose como churros (tanto los ideados para Nintendo como los de Sony y Microsoft), el manga acabó su primera parte y el anime decidió meter un relleno de 84 episodios, hecho que provocó que muchos de los que la visionaban dejaran de seguirla tan fervientemente. Las audiencias en occidente del anime bajaron estrepitosamente, aunque no es algo extraño en España ante el pésimo doblaje con el que contaba.
Pero el manga estaba en su mejor punto, y aviso de que a partir de aquí pueden haber posibles spoilers. Cuando Glénat se encargaba de publicar los ejemplares de ‘Naruto‘ en España, los fans del shinobi continuaban comprando, entrega tras entrega, los tomos de Kishimoto, en especial cuando se trataban de algunos tan especiales como el 27 (fin de la primera parte) o el 28 (inicio de la segunda tras el timeskip). Es en este momento cuando se generó el punto de inflexión que necesitaba la serie. Tras dos años y medio entrenando con Jiraiya, Naruto volvía a Konoha con más poder y descaro que nunca. No tardó en revelarse de qué iría la segunda parte, pues Akatsuki atacó sin temor a Gaara (ahora Kazekage) y así se iniciaron cinco sagas que finalizaron de forma legendaria con el enfrentamiento entre Pain y Naruto en la apocalíptica aldea natal del ninja.
Hubiera concluido con un final increíble, apoteósico, bestial. Pero quedaba mucha tela que tejer todavía y Kishimoto no es de los que deja las cosas a medias, así que estableció la Reunión de los Cinco Kages, saga a través de la cual se daba paso a la Cuarta Gran Guerra Shinobi. Y es aquí cuando llegó el declive de uno de los mejores shōnen de todos los tiempos. Complicar y enrevesar un argumento de manera innecesaria, con batallas cada vez más cansinas y retratar una guerra de tales dimensiones como un enfrentamiento entre un par de seres invencibles en ambos bandos acompañados de una maraña casi inservible, no fue la mejor idea que tuvo el autor. También me molestó la actitud secundaria que tomaron personajes que podrían haber evolucionado mucho más, ¿qué fue del espíritu de Rock Lee? y, aún peor, ¿esa era la muerte que merecía un personaje como Neji?
El planteamiento soporífero y extensísimo de la guerra provocó que mucha gente dejara de leer el manga por mero aburrimiento. Había perdido el hilo que le había caracterizado durante todo ese tiempo. Más que ninjas, los personajes se habían convertido en superhéroes que nada tenían que envidiar a La Liga de la Justicia. Muchos sufrimos una verdadera traición ante el descenso de la calidad (no solo de guion sino también de dibujo) cuando esperábamos que se nos ofreciera un colofón meritorio de lo que había llegado a ser, pero, como mínimo, hemos podido resarcirnos en las publicaciones de este mismo año. No os engaño cuando os digo que se me pusieron los vellos de punta al leer la batalla final entre Naruto y Sasuke, mucho más humana y moral de lo que me esperaba, algo que volvió a transportarme a hace un par de años, cuando cada semana esperaba ansioso a que colgaran el siguiente número traducido.
¿Y qué deciros del remate final? Esa Konoha años después de la guerra, con todos los personajes perfectamente hilados en un final Disney que buscaba dejar un buen sabor de boca después de tanto sufrimiento en la guerra. Sin duda la conclusión me pareció fantástica para lo que se había convertido la última saga del manga, y aunque un nombre como Bolt no me dice nada para el hijo de alguien como el Séptimo Hokage y Sakura merecía más que terminar limpiando estanterías, no hay mucho más que desdeñar a un autor que nos ha regalado quince años de júbilo.
Solo me queda, pues, dar las gracias. Gracias Masashi Kishimoto por habernos dado verdaderas lecciones sobre la vida a través de la fantasía. Gracias por regalarnos personajes con los que es imposible no identificarse. Gracias por hacernos creer en nosotros en los momentos más difíciles. Gracias por haber sacado adelante tu obra cuando pasaba por momentos difíciles. Gracias por habernos mostrado un mundo que solo un genio es capaz de crear. Gracias por todo, y nos vemos en las próximas adaptaciones, homenajes y mucho más que seguro surgirán de esta increíble historia.
¡Dattebayo, Naruto!
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¿Se han imaginado alguna vez a Francisco Franco, caudillo de España por la Gracia de Dios, asistiendo a alguna actividad cultural de vanguardia? «Pues sí, claro», me contestarán, «es una cosa en la que pensamos habitualmente, justo después de recoger a los niños del cole, pero antes de ver el partido de la Champions». Muy bien, pues vuélvanlo a hacer. Imagínense a Franco, qué sé yo, viendo una proyección de Los 400 Golpes de Truffaut; o deteniéndose a mirar el Lavender Mist de Jackson Pollock. Visualicen su, ejem, egregia figura sentada en la butaca de una sala de conciertos, escuchando una pieza de música experimental. A lo mejor una obra de Olivier Messiaen repleta de disonancias; quizás una composición de Karlheinz Stockhausen construida en los preceptos del serialismo más atonal. Imagínenle allí, mientras el aire se llena de instrumentos electroacústicos y armonías avanzadas, moviendo el bigotillo en un rictus de incredulidad y preguntándose: «¿Pero qué cojones es esto?»
Cuesta creer, ¿verdad? Pues sí, efectivamente, cuesta creer porque tal cosa nunca sucedió —que se sepa—. Los que sí asistieron a un concierto de música de vanguardia fueron Carmen Polo y el ministro de Información y Turismo Manuel Fraga. Un concierto financiado y promovido por el Gobierno franquista que conmemoraba, nada más y nada menos, que el veinticinco aniversario del fin de la Guerra Civil.
¿Y cómo es posible que un país a priori dominado por el folclorismo apostase, como declaración estatal, por la música de vanguardia? Bueno, pues parece ser que los americanos tuvieron algo que ver.
Sí, más o menos como esto, pero sin radiación ni Meyba.
La CIA y la Guerra Fría cultural
La CIA y la Guerra Fría cultural. No, no he escrito esta frase dos veces porque me guste mucho el concepto —que también—; es que es el título del famosísimo libro que la periodista británica Frances Stonor Saunders publicó en 2000 y que revelaba al público un brazo supuestamente oculto de la agencia de espionaje más importante de Occidente. Como imaginarán, estando la CIA de por medio, los teóricos de la conspiración se vistieron con sus más elegantes sombreros de papel de aluminio para apropiarse de las páginas de Stonor Saunders. A su vez, los defensores de la oficialidad pensaron que la cosa no sería mucho más que la colección de proclamas enloquecidas propias una escritora izquierdosa. Lo que se encontraron ambas partes fue un preciso y meticuloso tochazo de más de quinientas páginas.
El libro de Stonor Saunders desgrana las posibles causas políticas que estuvieron detrás del explosivo auge del arte moderno que conquistó el mundo tras la Segunda Guerra Mundial. Bueno, conquistar, lo que conquistó fue el mundo occidental, porque tras el telón de acero, lo que se llevaba —léase: lo único que el politburó soviético permitía— era el denominado realismo socialista. O sea, pinturas y esculturas figurativas de bravos combatientes/mecánicos/agricultores en épicas actitudes de avance y sostenimiento del paraíso comunista. Todo lo demás era arte degenerado por la infecta podredumbre del capitalismo.
Vamos, que el realismo socialista no dejaba de ser un instrumento de propaganda. De hecho, las obras del estalinismo y el maoísmo no se diferencian demasiado de las hercúleas Rosies the riveters que Norman Rockwell o J. Howard Miller pintaron en los años cuarenta, ni por supuesto de los carteles de propaganda militar que poblaron las ciudades de todo el mundo durante la guerra.
Entonces, si en Occidente existía una tradición figurativa —propagandística o no— tan fuerte como la soviética, ¿cómo es que, a partir de los cincuenta, la abstracción inundó todo como un maremoto? ¿Qué pasó con Edward Hopper? ¿Por qué casi nadie se acuerda de las primeras pinturas figurativas de Mark Rothko o Jackson Pollock? Bueno, según Stonor Saunders por la misma razón por la que existió el realismo socialista: propaganda. La cosa es que, como en el supuesto mundo libre no podía oficializarse una propaganda institucional manifiesta, los negocios se llevaron por la puerta de atrás.
De alguna manera, la guerra fría no fue solo un enfrentamiento subterráneo combatido en los terrenos de la política, el espionaje y el contraespionaje, sino que fue una contienda que se lidió en todos los fragmentos de la sociedad. Incluidas la cultura y el arte. Según la tesis de la periodista británica, la CIA, aparte de defenderse contra el KGB, financiar golpes militares y subvencionar actuaciones de dudoso cimiento moral como la Operación Gladio, también infiltró a sus agentes en los estamentos culturales —públicos y privados— de Estados Unidos y la Europa Occidental. Se trataba de oponerse al bloque soviético en todos los frentes. Así, si los rusos producían pintura y escultura realista, la CIA pondría un buen dinero, de forma más o menos indirecta, para que la revista Life escribiese un extenso reportaje y llevase a su portada de agosto de 1949 a Jackson Pollock. Un Jackson Pollock que era un perfecto desconocido para el gran público y cuya amistad con Peggy Guggenheim posiblemente también estuviese subvencionada por la Agencia.

Cape Cod Morning, de Edward Hopper y Number 1, Lavender Mist, de Jackson Pollock. Ambas de 1950. Fotos: Cliff (CC)
Y así con todo: agentes artísticos, marchantes, galerías, museos, revistas, periódicos, agregados culturales, secretariados y ministerios. Todos recibieron «incentivos» para que el arte oficial de Occidente fuese lo más distinto posible al soviético. Incluso la música, disciplina artística sin equivalencia directa con el realismo o la figuración plástica, también acabó sirviendo de línea de batalla contra el oso ruso. Frente las feroces sinfonías de Shostakovich, los delicados poemas sinfónicos de Prokofiev y los trepidantes ballets folcloristas de Khatchaturian, Occidente contraatacó con la Escuela de Darmstadt. Lo cual fue un poco putada porque no es que los pobres compositores soviéticos necesitaran ser atacados desde fuera, que ya tenían bastante con las hostias que les daban en casa. Vamos, que a ellos también les molaba eso de la experimentación y la vanguardia musical; lo malo es que, en cuanto movían un poquito la patita y metían un par de disonancias o un párrafo más o menos atonal, recibían una sonora colleja soviética en sus degeneradas nucas. En realidad, lo que recibían era una reprimenda oficial y la obligación de componer una nueva obra al gusto del politburó, so pena de ostracismo e incluso deportación. Y esto, sinceramente, no tiene ninguna gracia.
Sea como fuere, en 1946 tuvo lugar el primero de los cursos de verano de Darmstadt. En la localidad alemana se reunió la flor, la nata, la guinda y hasta el envoltorio chocolateado de la cultura musical de Occidente. Que si un día daba un curso Messiaen, que si el otro charlaba Schönberg, que si el tercero Varèse. Y ya a partir de los cincuenta comenzaron a publicarse e interpretarse obras de los propios alumnos. Gente destinada a perfilar la silueta musical del mundo: Stockhausen, Luigi Nono, Pierre Boulez o Iannis Xenakis, entre otros. Y eso es precisamente lo que sostiene Florence Stonor Saunders, que si estos compositores estaban destinados a dominar el mundo de la música culta fue porque, en efecto, la CIA soltó la pasta para ponerlos bien enfiladitos hacia su destino. Que sin la exposición pública y la connivencia institucional para programar sus obras y sus investigaciones en todos los conservatorios, festivales y auditorios del mundo occidental, el perfil de la música contemporánea podría haber sido otro bien distinto.
Es razonablemente sano, y hasta loable, discrepar de la periodista británica; no en vano, su conclusión niega prácticamente toda la capacidad de unos artistas cuya creatividad, aptitud investigativa y talento están fuera de toda duda. Con todo, el libro de Stonor Saunders cosechó un éxito notable, llegó a ser best seller del New York Times y, entre las múltiples reseñas de las que fue objeto, cabría señalar una por su especial relevancia: la que escribió Thomas M. Troy Jr. para la propia CIA. Pueden leer la reseña de Troy en este enlace, pero si el inglés no es su fuerte les adelanto que la crítica, aunque señala posibles errores y desinformaciones del texto, no es un desmentido exhaustivo ni es excesivamente beligerante. Parecería que la cosa no fuera ellos, vamos.
¿Y qué tiene que ver todo este rollo con Manuel Fraga, Carmen Polo y la España franquista? Bueno, para intentar atar los cabos, viajemos en un 600 con condensador de fluzo hasta una fecha concreta: el 16 de Junio de 1964.
El Concierto de la Paz
Son las once de la noche del 16 de junio de 1964. En el auditorio del Ministerio de Información y Turismo se han congregado un millar de espectadores. Sobre el escenario se sienta la Orquesta Nacional de España y el Orfeón Donostiarra dirigidos por Rafael Frühbek de Burgos. En los palcos asisten atentos —bueno, suponemos que atentos— el ministro Manuel Fraga Iribarne, Carmen Polo en representación de Franco, al que parece ser que la cultura le interesaba lo mismo que la política, los príncipes Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia, y un grupo bastante nutrido de personalidades oficiales. Además, el concierto va a ser retransmitido en directo por Radio Televisión Española y la cadena SER.
Las luces se atenúan y Frühbeck de Burgos alza la batuta. Cuando la baja, Juan Carlos y Sofía, Carmen Polo, Fraga, los mil espectadores y más de un millón de familias españolas en sus casas escuchan esto:
No hagan caso de la fecha que pone en el video, que la composición es de 1964.
Se trata de Secuencias, obra compuesta por Cristóbal Halffter expresamente para el evento y que, en palabras, del propio autor «[parte] del ruido sin organización rítmica alguna, para, al mismo tiempo de ir incorporando a la obra un ritmo preciso, ir transformando ese ruido en las diversas sonoridades que el conjunto instrumental de un orquesta me ofrece». Junto a la composición de Halffter, también se estrena Testimonio de Luis de Pablo, así como dos obras algo menos cercanas a la vanguardia: Cueva de Nerja de Ángel Arteaga, que había ganado el Premio Internacional de Composición organizado por el ministerio, y Visión Profética, del Padre Miguel Alonso. Completaban el programa fragmentos de La Atlántida de Manuel de Falla y el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo, piezas decididamente más tradicionales.
Si atendemos a las críticas que se publicaron en los días venideros, el concierto fue todo un éxito. «[…] las obras oídas son de interés extraordinario», escribía el musicólogo Federico Sopeña en el ABC. «Luis de Pablo ha logrado con Testimonio su más importante composición orquestal», decía Fernando Ruiz Coca en El Alcázar. «España se ha vestido de gala para asistir al concierto. En la última de las aldeas, perdidas en el valle, no huele esta noche a establo y a tomillo. Huele a noche de concierto, y los oboes salmodian con la amplia sonrisa de nuestras damas. ¡Bendita televisión de esta bendita España que goza de la paz de Dios!», exclamaba gozosamente gozoso el influyente Diego Belalcazar desde las páginas de Ya.
Sin embargo, la respuesta no había sido tan unánimemente gozosa como nos parecen decir estas críticas semioficiales —y sin el semi—. Un ciudadano anónimo escribía este texto al ministerio: «Soy un poeta y compositor por la gracia de Dios, […] El mundo pasa por unos momentos de un peligro mayor que el de una guerra,[…] La culpa de ese peligro está en la música llamada moderna que tiene la culpa del gamberrismo que existe en el mundo, […] Señor Secretario, ese concierto fue algo tan malo que daba la sensación de que era una orquesta de gamberros o de locos que se habían escapado de un manicomio». Enternecedor, ¿verdad? Pues no era cosa exclusiva del pueblo llano; el músico Óscar Esplá, a la sazón presidente de la Sección Española y miembro del Jurado Internacional de la Sociedad Internacional de Música Contemporánea consideraba que la música de vanguardia era «contra natura […] tan aberrante en la música como en el terreno biológico lo es la inversión sexual».
Entonces, ¿por qué esas encendidas críticas positivas desde los medios afines al Gobierno (o sea, todos)? ¿Por qué el ministerio encargó obras a compositores treintañeros cuya exploración era eminentemente vanguardista? Pues, sencillamente, porque el concierto formaba parte de la operación propagandística más importante que se produjo durante la dictadura de Franco.

Manuel Fraga, Carmen Polo y Francisco Franco asistiendo a una ceremonia más acorde con los gustos del dictador (DP)
El 64 marcaba el veinticinco aniversario del fin de la Guerra Civil, y el Ministerio de Información y Turismo quería conmemorarlo desmarcándose precisamente de la propia guerra. La consigna era la Paz (con mayúscula). Ni la victoria ni el alzamiento. La Paz.
Así, en una operación cosmética sin precedentes, se realizó una exposición de carteles denominada España en Paz, a la que siguió un libro llamado Viva la Paz, a la que continúo una circunvalación nombrada Avenida de la Paz, a la que prosiguió un hospital bautizado como Hospital de la Paz. Y todo ello se cerró con un concierto: el Concierto de la Paz.
Y como el precepto ministerial era desmarcarse de la guerra, los músicos elegidos para componer las obras del concierto no deberían tener nada que ver con ella. Es más, deberían haber realizado la mayor parte de su obra después del 39. Y así fue; los cuatro músicos escogidos eran menores de cuarenta años. Para ellos, la guerra solo era un recuerdo infantil. Pero había otra consigna, en este caso musical: las composiciones debían ser no programáticas. Debía ser música abstracta, música pura. Sin ninguna metáfora figurativa. Sin ninguna referencia a la realidad. Como decía Ruiz de Coca en su reseña: «Su ambición la ponen en superar la época de la música nacionalista, que, en el concierto mundial, nos relegaba al amable rincón de las curiosidades pintorescas». En definitiva, que la música debía tener que ver lo menos posible con España.
¿Y dónde encaja la CIA? Pues no hace falta ser Iker Jiménez para unir las piezas. Si el Pacto de Madrid del 53 había reiniciado las relaciones con Estados Unidos por la posición estratégica de España, esa posición no era solo militarmente estratégica, sino que iba a serlo en todos lo ámbitos. Y más después de la admisión de España como miembro de las Naciones Unidas en el 55. De esta manera, el Concierto de la Paz tenía que ver con la orientación que Fraga había querido dar a su etapa al frente del ministerio. Se trataba de desprenderse del aroma nacionalista naftalínico de la autarquía y acercarse lo máximo posible a la modernidad occidental. Como Manolo Morán en Bienvenido Mr. Marshall, España iba a demostrar que era la mejor amiga de Estados Unidos, aunque no entrase en el Plan Marshall.
¿O quizá sí que entró? De hecho, el propio Luis de Pablo había sido alumno de los cursos de Darmstadt en 1959 y Halffter sería ponente de las mismas conferencias en 1970. Sí, las que, según Frances Stonor Saunders, fueron financiadas por la CIA. ¿Hubo dinero de los contribuyentes estadounidenses, directa o indirectamente, en el Concierto de la Paz? ¿Lo hubo en la actuación de los Beatles en la plaza de toros de Las Ventas en el 65? ¿Y en los ladrillos de los hoteles que poblaron la costa mediterránea en el desarrollismo, que comenzó precisamente en 1964? Al fin y al cabo, Manuel Fraga era ministro de Información (o sea, censura) y Turismo (o sea, turismo). ¿O fue todo producto del natural discurrir de la geopolítica global? Dicho lo cual, ¿qué es exactamente el natural discurrir de la geopolítica global?
Pues qué quieren que les diga, leído así, suena a marcianada conspiranoica propia de un Cuarto Milenio. Sí, suena raro. Pero vamos, tan raro como que una dictadura decidiese que su música oficial pertenecería a la más rabiosa vanguardia cuando, hasta ese momento, había sido esencialmente tradicionalista. Y tan raro como ver a un ministro en Meyba bañándose entre aguas almerienses supuestamente radioactivas.
Ni Massiel ni Salomé ni el Dúo Dinámico, la música oficial del franquismo era esto.
Un café en Huesca
La propaganda anticomunista durante la Guerra Fría
Foxá, conde de lo mismo: el español que salía en las novelas de Malaparte
Paco Roca: «Los españoles que liberaron París te reconfortan con lo que eres, si es que ser español significa algo»
Manuel Chaves Nogales: tres escenarios y una tumba
La propaganda de Goebbels durante la Segunda Guerra Mundial
Volvemos y en el 2º programa de la 4ª temporada os regalamos el show más largo de la historia de ESTÁ PASANDO, una extensa hora y media de cháchara macarrónica acompañada de uno de los personajes “indies” del año, el sr. Victor Lenore. Victor ha escrito un libro que se llama “Indies, Hipsters y Gafapastas” y aunque a nosotros nos ha parecido la mar de entretenido, dentro del impero ibérico-indie ha causado muchas ampollas de dolor, rabia y odio. ¿Qué ha hecho Victor para que muchos de los personajes autodefinidos como indies monten en cólera? ¿qué narices ha escrito para que los timelines de nuestros facebooks se ensucien con miles de comentarios de críticos musicales enfadaditos? ¿Qué ha hecho el pobre? Pues cambiar y reflexionar en un ensayo bastante ameno. Lo escucharemos en este radioshow, Víctor entra a todos los trapos y no deja ninguna pregunta por contestar y nosotros tan felices. Ataviados con ponchos y tocando djembes y tambores recibimos al anti-héroe hipster en las oficinas de ESTÁ PASANDO y charlamos, mucho rato, quizás demasiado con él. Disfruten del resultado y no se enfaden tanto que la vida es muy corta.


En el programa de hoy suenan:
1. PEPINO DE LA SEMANA: BORNS “10.000 emerald pools”
2. ME GUSTA: GIRLPOOL “Plants & Worms”
3. ¿A QUE NO TE ACUERDAS? ANOTHER SUNNY DAY “You should all be murdered?”
4. MI QUERIDA LENGUA HISPANA: GATILLAZO “Esclavos del Siglo XXi”
5. LA VERSIONACA: KRISTY MCCOLL “A new england” de Billy Bragg
6. REEDITANDO QUE ES GERUNDIO: LOS PRISIONEROS “Muevan las industrias”
7. DELINCUENTES JUVENILES: MILAGROS “For Ever 2”
8. LA FINALÍSIMA: YUMI ZOUMA “The Brae”
Y recuerden, super-fiesta ESTÁ PASANDO NAVIDEÑA el Jueves 11 de Diciembre. ENTRADAS e INFO AQUÍ

"Debemos enseñar a nuestros hijos la importancia del placer femenino, no censurarlo”.

Por Hernán Migoya
Esta semana se estrena en España el deuvedé de Redada asesina 2 (The Raid 2: Berandal), el ambicioso peliculón que el director galés Gareth Evans rodó como secuela de su primer hit indonesio, que tan boquiabiertos nos dejó a millones de espectadores de medio mundo por los tremendos “viajes” que se daban los personajes a patada limpia.
Evans ha hecho lo que pocos se atreven: triplicar en la segunda la espectacularidad de la primera entrega, concibiendo aquélla como un “mucho más difícil todavía”. En su punto de mira está El padrino 2 y las pelis de John Woo.
A mí esto es precisamente lo que más me cansa de su propuesta: esa pretenciosidad formal con un reparto que en las secuencias “calmadas” no está a la altura. Siempre hay un dejo como de actores porno interpretando Shakespeare.
O por decirlo de otra forma: ¿no fatiga ya tanto planteamiento “operístico”?
Por suerte, a la hora de ofrecer hostias, The Raid 2 cumple con creces, sobre todo en el plano secuencia del patio de la prisión (una maravilla de orquestación de peleles peleadores que yo creo que ya supera aquel célebre plano secuencia del “todos-contra-uno” de la tailandesa The Protector) y en la increíble persecución automovilística, que nos deja confundidos y preguntándonos: “¿Cómo demonios ha filmado eso?”.
Más allá de tales hitos (más que memorables por sí solos), no me parece que sea la mejor película de acción de todos los tiempos, como se cacarea; o tal vez es que esa definición per se me parece reduccionista. Tal vez sí sea la mejor: teniendo en cuenta que los actores no exhiben mucho carisma o que a nadie le importa demasiado el diálogo, o la trama, o… O sea, es la MEJOR PELI DE ACCIÓN si creemos que los demás elementos a esa acción son secundarios o incluso perdonables. Si creemos que se puede dialogar, actuar y comunicar sentimientos de alcance de modo mediocre y aun así ganar ese estatus.
Lo mejor de esta peli es precisamente que Gareth Evans demuestra una fidelidad a la acción no reñida con una amplitud de miras como cineasta. Posee la visceralidad que Tarantino ha tardado años en adquirir o imitar. Y el tío apenas acaba de comenzar: así que, sí, ojalá el deuvedé en España sea un éxito y Evans continúe con sus propuestas demoledoras.
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It’s true, New Yorkers are crazy. We’ll pay $6 for a White Moustache yogurt—that is, if we can make it to one of the two dozen places that receive a tiny allotment each week. But you know what’s really crazy? How good it is. Like, better-than-ice-cream good.
It looks like glossy meringue and—with its plush creaminess and sweet-tart Middle Eastern flavorings like date, sour cherry, and orange-blossom honey with walnuts—tastes like heaven must taste (to paraphrase Jeffrey Steingarten). The Greeks should be nervous, except that owner Homa Dashtaki is making it in very small batches in a small, sanitized room in Red Hook, Brooklyn. And at the moment she’s more concerned with finding a way to promote her byproduct, whey, than she is with dominating a $7-billion industry.
Homa with her proud creation.“None of this is science,” said Dashtaki as she showed me a scrapbook photo of the heavy ceramic bowls she used to make it in. “The only thing that goes into it is milk and probiotics. It’s not a recipe, it’s a technique,” one that’s been around for thousands of years.
Dashtaki moved to California from Iran when she was eight, and grew up making yogurt with her mustachioed father. In Persian cuisine yogurt is on the table for breakfast, lunch, and dinner, whether it’s the pourable version, flavored with shallots or walnuts, or thick, strained labneh. (I first learned about it thanks to the delicious beet and spinach-garlic yogurt recipes that Samin Nosrat created for Bon Appétit.) Dashtaki specialized in financial law for a bit, then burned out: “I took two years to sit on an avocado farm. I taught yoga for a year…” After her uncle’s death, she thought of a way to cheer up her dad: “I was like, let’s just bottle this up and sell it!” she recalled with a laugh.
So she got a table at the Huntington Beach farmers’ market, rented space in an Egyptian restaurant, put her mother to work bottling and stationed her young cousin at the stand. Things were promising, if not profitable, for three months. Then she got a call from someone at the California Department of Food and Agriculture (milk and dairy food safety branch) who’d been tipped off by a shopper: While Dashtaki had her county permits in order, she might not have been state-approved. The woman on the phone told her that if she wasn’t gone from the market within 20 minutes, they would arrest her and fine her $10,000. “I pictured one of those raw-milk S.W.A.T.-team busts,” said Dashtaki. The story even made The Economist. They made $12.
It was then, she says, that she knew she had something special. And that she would have to move in order to make it. Oregon courted her, but she landed in New York thanks to Salvatore Bklyn’s Betsy Devine, who offered to share her (state-certified) space. Inspectors tossed her first batch, but, unlike the others, they offered to work with her to help bring it up to code.
Today, the bowls and family-made blankets that once coddled White Moustache yogurt have been put away; the “mother culture” used from batch to batch replaced by a powder made from six strains of probiotic, custom-blended with an expert in Oregon. But each vat, Dashtaki said, is “infused with so much love and paranoia.” (They keep hourly temperature recordings for the inspectors.) Instead of a resume, potential employees have to submit a batch of homemade yogurt. “You have to tell it stories and play it music,” she joked. “It likes reggae best, but sometimes it’s in the mood for Tupac.”
Dashtaki gave me instructions for how to make it at home, along with a quart of Persian yogurt for my base, plus rare samples of her Greek yogurt with a just-launched seasonal quince preserve, a shallot-spiked Persian yogurt, and some za’atar- and Aleppo pepper-spiced labneh. (An act of generosity that felt like being handed an Hermès bag.)
“Text me any time with questions,” she insisted as I filled my tote. “But not after 3 in the morning—that’s when I go home.”
That’s the stuff (and all up to code).My yogurt-making experience to date has been brief and disappointing. A Woodstock neighbor dropped off an old Salter yogurt maker after I made a joke about 70’s appliances gradually making the yard-sale rounds in our town. My first batch was good, but subsequent attempts were watery or clumpy, so I was wary. Dashtaki insisted that I didn’t need a yogurt maker or thermometer, just a heavy bowl, best-quality milk, my pinkie, a few tablespoons of yogurt, and a blanket or oven.
First, I went to Sur La Table to buy the exact bowl that she originally used—ceramic or glass holds heat longer than metal or plastic. Then I bought a gallon of the freshest, best-quality whole milk I could find. (Unhomogenized and raw are best, she said with a sigh for her dairy past.) Per her instructions, I slowly brought the milk to an active simmer over medium-low heat. Before, I’d chickened out and poured it into a bowl before it got to where Dashtaki likes it: at the point at which it looks like it’s about to boil over the edge of the pot. (I still chickened out, taking it off after an inch or so of foam had formed.)
Next, I waited until it passed “the pinkie test”: According to Dashtaki, you don’t need a thermometer to tell you when it’s between 110 and 115 degrees, you just have to be able to keep your pinkie in there for three seconds. In my case this took over an hour. I stirred three tablespoons of her Persian yogurt into a cup of the warm milk (Greek yogurt creates a more tart result), then blended it into the milk in the bowl and put a stockpot lid on top, leaving it slightly ajar.
And now for the blanket. Dashtaki believes in coddling your yogurt, so I put some newspaper on my dining table, followed by a very large, very soft blanket, the four corners of which were wrapped around the bowl. (You can also leave it in the oven—the pilot light will keep it sufficiently warm.) And then I went to bed, thinking of what I’d been taught: “Ideally, the yogurt should get as much sleep as you’re getting.”
“My favorite part when making yogurt at home is when you open the blankets,” Dashtaki told me. “Even to this day, it’s like, Did it work?!”
You’re gonna want to stock up.In the morning, the yogurt was perfectly set, as sleek and custardy as White Moustache. It would set even more during the next 12 hours in the fridge. At night, I was so proud to taste what I’d made, you’d think I’d invented the stuff. I decided to go for Greek, so I placed a colander over a bowl to catch the whey and lined it with cheesecloth. Then I put a plate on top, set it back in the fridge, and went to bed. In the morning, the yogurt was perfect with tart cherry preserves from Chez Pim. Some of the whey went into a smoothie. (With zero calories and tons of calcium and protein, it’s the original probiotic drink, and is also great for things like brining turkey and cooking potatoes. Dashtaki is smart to bottle and sell hers.)
Will I still buy $6 jars of White Moustache if and when I find it? When Dashtaki comes out with new flavors, for sure. Until then, I’ll be busy filling my own jars.
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Conferencias, exposicións e unha vintena de relatorios porán de manifesto a actividade política, intelectual e social pioneira desta muller-prodixio, nacida en 1914 e asasinada en 1933, "lonxe do sensacionalismo e da superficialidade".
Sad news for Nick Kroll fans: Kroll Show's third season premieres on Comedy Central January 13th, and in a new interview with Vulture today, Kroll officially announced that the show will end after season 3. Kroll and Comedy Central hadn't planned to end the show until, according to Kroll, "it just became clear that we wrapped up a lot of the stories and characters that we had created, and felt like we had brought a number of them to their natural conclusion. So, as opposed to stringing out more seasons, we wanted to feel like we were going out with the best work that we’ve done."
Kroll also says he considered rebooting the show for its fourth season but ultimately decided against it because he didn't want it to disappoint fans. Here's what he had to say when asked how he hopes Kroll Show will be remembered:
I think the show is a very good summation of what I was interested in on TV and the kind of people that were interesting to me. One of the things I’m proud of is we never had an agenda of, We’re going to make fun of these kinds of people. It just organically occurred without too much of a preconceived idea. So it’s a good example of whatever has been in my head for the last three or four years. It seems weird to call it "pure" because most of it feels so disgusting.
But I feel very lucky that I’ll be able to look at this show and be like, These are the people who I was friends with. I think people will look back at the show and see what an incredible cast and what a group of writers we had over the three seasons. My hope is that it’s like The Ben Stiller Show or Mr. Show, where people go on to become the most recognizable people in comedy.
Read the rest of the interview over at Vulture.
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Junto al papa Francisco han suscrito la declaración, el arzobispo de Canterbury (anglicanismo), el Gran Imán de al-Azhar; su Santidad Mata Amritanandamayi (hinduismo), el Venerable Bhikkhuni Thich Nu Chan Khong, en representación del Maestro Zen Thich Nhat Hanh (Tailandia), Venerable Datuk K Sri Dhammaratana, Sumo Sacerdote de Malasia (budismo); el Rabino Abraham Skorka y Rabino Jefe David Rosen KSG, CBE (judaísmo); Su Eminencia Emmanuel, Metropolitano de Francia (en representación del Patriarca Ecuménico Bartolomé del cristianismo ortodoxo); y Abbas Abdalla Abbas Soliman (Subsecretario de Estado de Al Azhar Alsharif) en representación de Mohamed Ahmed El-Tayeb, Gran Imán de Al Azhar; el Gran Ayatolá Mohammad Taqi al-Modarresi; el Jeque Naziyah Razzaq Jaafar, Consejero especial del Grand Ayatolá,en representación del Gran Ayatolá el Jeque Basheer Hussain al Najafi; el Jeque Omar Abboud (Islam).
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