
Fotografía: Cristina Durán.
(English version)
Reportaje realizado con el apoyo de Oxfam Intermón
Son cerca de veinte y la mayoría son niñas. También hay niños, pero menos y más pequeños. Pintan sobre unas grandes cartulinas mientras el monitor, un muchacho joven, recorta pedacitos de cinta adhesiva para pegarlas más tarde en las paredes del centro. Cuando nos interesamos por la razón de que sea un hombre y no una mujer quien dirige las manualidades, la respuesta es casi tan obvia como la pregunta:
—Tienen que acostumbrarse a la presencia del varón.
Estamos en la costa del Caribe, en Bilwi, aunque en el resto de Nicaragua se suele denominar a esta ciudad por su nombre en castellano, Puerto Cabezas. El cartel del centro también anuncia en tres lenguas —español, misquito y creole— que acabamos de ingresar en un refugio para mujeres víctimas de violencia, el albergue del Movimiento de Mujeres Nidia White. Violencia de todo tipo, especifican sus responsables, pero sobre todo sexual y violaciones. También aclaran que de las ciento ochenta y seis víctimas que el centro ha atendido en 2013 solo un par de docenas son adultas y apenas cuarenta son adolescentes. El resto, ciento veintidós, son niñas de menos de catorce años. Para quien no hile el silogismo, una escena reveladora tiene lugar en la mesa donde pintan las pequeñas. Una se levanta, entra al edificio del albergue y regresa con un bebé en brazos, que empieza a amamantar. A ojo, no se le calculan más de trece años.
No lo parece, pero es una afortunada. Nicaragua es uno de los únicos cinco países del mundo donde el aborto está prohibido en cualquier supuesto y muchas mujeres mueren en embarazos inviables, particularmente las niñas. No hay datos oficiales pero se pueden reconstruir. De todas las violaciones denunciadas entre 1998 y 2008, cuando la prohibición entró en vigor, más de dos tercios se perpetraron contra menores de diecisiete años y la mitad, contra niñas de menos de catorce. Hasta esa fecha, la última en la que se aportaron cifras fiables, cerca de ochocientas veinte mujeres acudían cada año al sistema de salud nicaragüense con malformaciones embrionarias y fetales incompatibles con la vida y casi seiscientas treinta lo hacían con embarazos ectópicos y molares, entre otros potencialmente mortales para la madre. Desde entonces todas deben continuar con la gestación y confiar en que un aborto espontáneo les salve la vida. Lo contrario está penado con la cárcel.
Esto no debería ocurrir en ningún lugar, pero mucho menos aquí. Según el último informe anual sobre igualdad de género del Foro Económico Mundial, Nicaragua es la décima nación del planeta que más y mejor promueve la equidad entre el hombre y la mujer, compartiendo posición en tan noble top ten con los países nórdicos, Suiza o Nueva Zelanda. El país cuenta con un marco normativo sobre igualdad como pocos tienen —empezando por la Ley 779 contra la violencia hacia las mujeres, aplaudida como una de las más completas del mundo— y unas envidiables tasas de representación femenina en las altas instituciones del Estado, donde las mujeres han llegado a superar el cincuenta por ciento de los cargos. Con estos galones en la pechera, el ministro nicaragüense de Relaciones Exteriores, Samuel Santos, declaró el pasado septiembre ante la ONU que su país ha cumplido ya el tercero de los Objetivos de Desarrollo del Milenio para 2015, el de promover efectivamente la igualdad de género y el empoderamiento de la mujer.
El Edén misquito y otras mentiras estadísticas
Y no miente, no. Simplemente habla el lenguaje de los números grandes, que no constituyen la mejor unidad para medir según qué cosas, especialmente en según qué lugares. Un ejemplo: sobre el mapa, Bilwi no dista de la comunidad misquita de Wis Wis más de ciento cuarenta kilómetros, pero eso aquí no son dos horas. En Nicaragua son seis de todoterreno por una pista forestal ruinosa y dos más en bató por el río Coco, el más grande de Centroamérica. Hay que acometer el viaje en dos jornadas para evitar que la noche se te eche encima, pagar puntualmente en los retenes ilegales que custodian el paso e invocar al nombre de las ONG ante cualquiera que pregunte, porque el narco no quiere aquí ni turistas ni extranjeros. Podríamos situarlo en los mapas, pero ninguno haría justicia al aislamiento desolador de Wis Wis, cuya magnitud trasciende cualquier escala que nos propusiésemos asignarle. Del mismo modo, la curiosidad con la que nos miran los niños misquitos al llegar es una unidad de medida más fiable que cualquier cantidad de kilómetros. Para muchos, somos los primeros blancos que ven en su vida.
Son ellos los que llegan antes a la iglesia del pueblo, primera parada para cualquiera que visita la comunidad. Poco a poco también lo hacen las mujeres y por último algunos varones jóvenes y ancianos, entre ellos los pocos que saben algo de castellano. Los demás hombres están a varias jornadas de aquí, en el llamado Triángulo Minero. Es un vasto territorio de selva montañosa entre las ciudades de Siuna, Bonanza y Rosita donde trabajan en la campaña del oro durante varios meses al año. Es también en el Triángulo, una de las zonas más deprimidas y armadas de Nicaragua, donde muchos caen en la drogodependencia, donde contraen deudas con las mafias que les obligan a regresar en la siguiente campaña y donde se contagian con las enfermedades infecciosas que luego llevan a lugares como Wis Wis.
«El VIH, la hepatitis y la tuberculosis son auténticas plagas entre las familias misquitas», explica sobre el terreno el miembro de Acción Médica Cristiana que ejerce como guía en nuestra visita a la ribera del río Coco, cuyo nombre no revelamos por razones de seguridad. También que, por ese motivo, su ONG imparte educación sexual y reproductiva entre los misquitos y trabaja para concienciar sobre el uso del preservativo, lo que le granjea la crítica de muchos de los que comparten su fe. Cuando le preguntamos por su opinión personal, el hombre nos explica que la ciudad más cercana, Waspán, queda a cinco, diez y quince días de viaje fluvial de la mayoría de estas comunidades indígenas, que se reparten por toda la extensión del río. Demasiados para ir a recoger cada tres meses los retrovirales que reparte la ONG. Muchos optan por no seguir un tratamiento y otros tantos no se pueden permitir el tiempo que exige, mucho más valioso aquí que el dinero. El cooperante se encoge de hombros y le dedica una sonrisa fugaz a los niños que se amontonan en la puerta. «Si vieran lo que nosotros vemos aquí, muchos cristianos no se opondrían al uso del preservativo», sentencia.
La resistencia es ideológica, pero tiene poco de abstracta. Según este hombre, no es excepcional convencer a los varones de un pueblo misquito sobre la necesidad de protegerse en sus relaciones para regresar y descubrir que el pastor de la iglesia les ha amenazado con el infierno. Por esa razón, explica, «el empoderamiento de la mujer es clave para frenar la epidemia». En esta cultura visceralmente patriarcal es el hombre quien decide qué, cómo y cuándo en todo lo que concierne al sexo, pero en lugares como Wis Wis eso va cambiando gracias al trabajo de las ONG y de la cooperación al desarrollo. «Ahora, cuando el marido vuelve de la mina, algunas esposas se niegan a tener relaciones si ha estado con otras mujeres y hasta le obligan a que sea con preservativo», cuenta. Otras, nos dice, empiezan concienciarse incluso con la planificación familiar. «Solo conseguir eso ha supuesto años de trabajo».

Fotografía: María Cimadevilla.
En 1641 un barco negrero procedente de África naufragó en la costa norte nicaragüense y parte de los supervivientes se mezclaron con los habitantes locales. El grupo resultante de esta singular eclosión, los misquitos, es hoy el más grande de las comunidades indígenas del país, que junto a los mayangna y otras menores suman el diez por ciento de la población nicaragüense y abarcan más del cincuenta y seis por ciento de su territorio. Desde que llegaron las misiones moravas a mediados del XIX los misquitos son también profundamente cristianos, aunque conservan una rica mitología de origen animista en la que no cuesta rastrear sus explicaciones para fenómenos como la desaparición de niños, por ejemplo. Los misquitos creen que se los llevan unas sirenas del río, las liuamairi, o en el sisimiki, un gigante que va y viene por la jungla caminando hacia atrás porque tiene los pies del revés. Lo cierto es que el corredor de la droga atraviesa estas mismas selvas del Istmo de Centroamérica, sembradas de pistas de aterrizaje ilegales, y todo lo que atraviesa la frontera con Honduras —a solo unos metros de donde nos encontramos, en la otra orilla del río— tiene pocas posibilidades de volver. Nicaragua es un importante punto de origen y tránsito de la trata de personas con fines en la explotación sexual y laboral.
La explicación sobrenatural es la que prevalece, sin embargo, incluso cuando se trata del grisi siknis o «locura de la selva», que nadie puede decir que no es un nombre revelador. Son episodios de histeria colectiva contagiosa inducida por una supuesta posesión demoníaca que afecta a grupos enteros de personas, con frecuencia mujeres jóvenes, aunque a veces a comunidades enteras. Ningún estudio científico ha sabido aún darle una explicación concluyente, aunque todos apuntan que los brotes suelen coincidir las hambrunas que siguen a los desastres naturales. Los últimos grandes episodios documentados tuvieron lugar después del paso del huracán Félix en 2007 y arreciaron hasta 2009 en diversos puntos de la costa y el norte del país. Los anteriores fueron en 2005 tras el paso del huracán Beta y sobre todo en 1998, a raíz del devastador huracán Mitch.
Cristiana, socialista y solidaria
Hambrunas, en efecto, aunque las medallas que el Gobierno de Nicaragua se granjea con tanto esfuerzo en los salones marmóreos internacionales no digan lo mismo. La misma ONU ha avalado que esta república ha satisfecho el primero de los Objetivos del Milenio —el de reducir a la mitad la cantidad de personas que padecen hambre— gracias al saneamiento de sus indicadores macroeconómicos, que de cara a la galería presentan un aspecto inmaculado. Tanto que, desde 2010, Nicaragua también recibe oficialmente la etiqueta de «país de renta media» del Banco Mundial y el pasado septiembre el jefe de la misión en el país del Fondo Monetario Internacional, Przemek Gajdeczka, confirmó que este ya no necesita asistencia financiera permanente, por lo que no firmará con el Fondo ningún programa especial más. En 2013 se espera un crecimiento económico cercano al cinco por ciento, Nicaragua exporta el doble que en 2006 y recibe el triple de inversión extranjera, que en los próximos cinco años rebasará el umbral de los diez mil millones de dólares. Gajdeczka también felicitó al Gobierno por su disciplina fiscal y por la estabilización financiera. Nicaragua, dijo, se ha «graduado» en desarrollo económico. Y lo dijo completamente en serio.
En los semáforos de Managua, sin embargo, los niños mendigan córdobas haciendo malabares ante los coches detenidos y los mares de chabolas se vierten inmensos, negros y espesos como lenguas de magma entre el lago Xolotlán y los cráteres volcánicos que picotean la urbe. También aquí las cifras integrales que luce Nicaragua se derrumban a ras de suelo como la relatividad cuando se aplica a las magnitudes subatómicas. Convencidos por estas cifras, los que solo hablan el idioma de lo grande ya han retirado sus programas de ayuda del país, entre ellos el FMI, ciertas ONG y embajadas tan involucradas en la cooperación como Suecia, Finlandia, Austria o Reino Unido. Los que se quedan denuncian que la letra pequeña del aparente progreso nicaragüense sigue diciendo lo mismo. En esta república viven seis millones de personas y casi la mitad lo hacen sumidas en la pobreza. Es el segundo país más pobre de América Latina y el último del continente en renta per cápita, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. La media de ingresos es de dos dólares y medio al día por persona, pero hasta medio millón de nicaragüenses sobrevive diariamente con menos de uno. Eso son setenta y tres céntimos de euro por jornada.
El dinero venezolano, que hasta la muerte de Hugo Chávez entraba torrencialmente en Nicaragua, también está dejando de fluir pese los esfuerzos simbolistas del Gobierno. El más grande de ellos es el gigantesco busto de Chávez que se alza desde hace unos meses en la Avenida Bolívar, en pleno centro de la capital. A su lado también lo hace el Monumento a los Próceres del Alba, unas enormes columnas de hormigón elevadas a su misma altura y coronadas con las efigies de Simón Bolívar, José Martí, Ernesto Che Guevara, Camilo Cienfuegos o Fidel Castro, entre otros héroes revolucionarios. Al final de esta misma avenida Salvador Allende ha sido elevado igualmente a las alturas desde una gran pancarta en el puerto que lleva su nombre, que de puerto no tiene nada. Es un recinto cerrado —«el único seguro para los turistas de todo Managua», ilustra el taxista que nos acerca hasta allí— concebido para que el visitante chele, como aquí se denomina a los blancos, se pueda relajar fuera de la zona de hoteles. Para ingresar en este resort ideológico del sandinismo y disfrutar de las vistas al lago tiene que pagar un precio ritual: pasar bajo las banderas de la república y del Frente Sandinista de Liberación Nacional, el partido que domina el Parlamento. Son del mismo tamaño y están izadas a la misma altura.

Fotografía: Pablo San José.
En la Nicaragua de hoy decir Parlamento es decir Gobierno, decir Gobierno es decir presidente y decir presidente es decir Daniel Ortega. El comandante presidente formó parte del Frente desde la revolución que destronó a los Somoza —la familia de dictadores que gobernaba desde 1934 con la tutela de Estados Unidos— y fue presidente de la nación en los primeros años de democracia, de 1985 a 1990. Tras un largo interludio de gobiernos liberales, el FSLN volvió al poder con Ortega en las elecciones de 2006 y repitió en 2011 pese a que la Constitución no permitía, en principio, un tercer mandato presidencial. La Corte Suprema avaló entonces su constitucionalidad y el mandatario acaba de neutralizar definitivamente el escollo con su reciente y contestadísima reforma constitucional. Entre otras medidas, permite su reelección indefinida, faculta a los militares para integrarse en los cuadros de mando del Estado y consagra Nicaragua como una república oficialmente «cristiana, socialista y solidaria».
María Teresa Blandón, del Programa Feminista La Corriente, no nos aclara cuál es la verdadera identidad ideológica del orteguismo porque en realidad, dice, no hay mucho que aclarar. «El saqueo de las ideologías forma parte de su proyecto de supervivencia política», explica. Estamos ante un Frente muy distinto de aquel que hizo la revolución y trajo la democracia a Nicaragua, empezando por la pureza orteguista en la que se sumió durante los dieciséis años de oposición a los gobiernos liberales de Violeta Chamorro, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños. Muchos de los revolucionarios que acompañaron al presidente en su primer mandato —incluyendo su vicepresidente Sergio Ramírez Mercado y otros ilustres como el cantautor Carlos Mejía Godoy o la escritora Gioconda Belli— integran hoy las filas del Movimiento Renovador Sandinista, una escisión del Frente que nunca ha pasado del estatus parlamentario. No tiene el apoyo en las urnas del que goza el Frente desde su reconversión ultracristiana ni lo tendrá, explica Blandón, «en una nación que no es de vocación laica». Además, sostiene, «el Frente ha naturalizado sus formas sui generis de hacer política».
Una expresión de estas formas son las purísimas, una interminable sucesión de vírgenes que se despliega por la Avenida Bolívar entre el 28 de noviembre y el 8 de diciembre desde la llegada del Frente al poder. «ENATREL con María electrificando Nicaragua», anuncia a nuestro paso la que ha instalado la Empresa Nacional de Transmisión Eléctrica, en la que una imagen de la Virgen preside la maqueta enorme de un pueblo surcado de postes, cables y generadores. Cada purísima ha sido instalada por una institución del Estado, cada una incorpora una escena temática y en cada una se reparte un pequeño saquito de alimentos a quien aguante unas colas que, vistas desde lejos, parecen solo fruto de la devoción.
Otra muestra son los estadios virtuales, proyecciones al aire libre de encuentros de fútbol europeo para los que el Gobierno fleta regularmente autobuses gratuitos hasta Managua. Otra, la navidad perpetua que se declaró en la capital entre 2008 y 2012, cuando se conservaron indefinidamente los árboles de navidad instalados para el alivio espiritual de sus habitantes. Otra, los llamados Árboles de la vida, esculturas metálicas de veintidós metros de altura que sustituyen a los de navidad en todas las grandes rotondas de Managua desde hace unos meses «protegiendo y promoviendo la vida en nuestra Nicaragua», según la primera dama, la compañera Rosario Murillo. A nadie se le escapa que estos árboles, inspirados en los que pintaba Klimt, aparecieron durante la ofensiva antiabortista del Frente de cara a su reforma de la constitución. Y casi nadie duda que son cosa de la primera dama, aunque esto es materia de leyenda.
De hecho, todo en torno a la Chayo, como se la conoce, es materia de leyenda. Ella es el segundo término de lo que aquí denominan «pareja presidencial», un epíteto casi más presente en las conversaciones sobre política que la alusión única al presidente. Una leyenda dice que él hace la política exterior y ella la interior, aunque su único cargo oficial sea el de Coordinadora del Consejo de Comunicación y Ciudadanía. Otra que no prestó apoyo a su hija Zoila América Narváez cuando esta denunció a su padrastro, el presidente Daniel Ortega, por abusos sexuales, zanjando una crisis que amenazó la continuidad del Gobierno mismo y granjeándose desde entonces sus poderes omnímodos en el Frente. La única certeza de la que disponemos es que su presencia es ubicua en los medios de comunicación y que acompaña a su marido en los carteles que empapelan Managua aunque no estemos en campaña electoral. Esa y la de que buena parte de los nicaragüenses no cuestiona la legitimidad de su poder. Rumbo a la Zona Franca, en las afueras de Managua, nos toca en suerte un conductor sandinista y entendemos el porqué. Cuando exponemos sutilmente que nadie ha votado a la Chayo, nos replica que quizá, pero que ella «es bien revolucionaria».
El país de las mujeres
En las oficinas de este gran polígono industrial nos recibe con amabilidad una portavoz de la Corporación Nacional de Zona Franca, una empresa pública, y nos explica con otras palabras que lo hace encantada porque no tiene nada que ocultar. Es ella quien ejerce como guía en la fábrica que visitamos, donde mil quinientas personas cosen prendas de ropa deportiva para una intermediaria taiwanesa. Aquí disfrutan de todos los derechos que garantiza la regulación laboral nicaragüense, nos dice, pero sabemos que no es así. Antes de venir nos hemos entrevistado con operarias de este mismo polígono managüense, que solo para hacerlo han tenido que alegar una visita médica inexcusable. Nos han hablado de salarios de menos de quinientos dólares al mes, del incumplimiento de horarios y de las metas, un número mínimo de piezas manufacturadas por hora que un supervisor asigna a cada operaria y que sube para disciplinarla. También de despidos ejemplares y de listas negras, razón por la que nos han pedido que no publiquemos sus nombres.

Fotografía: Oxfam / Mathieu Gagnon.
Las zonas francas son áreas industriales con un régimen laboral especial que las convierte, a todos los efectos, en limbos de mano de obra barata para inversionistas extranjeros. Fueron un proyecto del primer gobierno liberal de Violeta Chamorro para atraer la inversión internacional hacia la industria de las maquilas y transformar la economía de guerra nicaragüense en una productiva y exportadora, único destino por ley de los productos procesados en las zonas francas. Hoy trabajan en ellas más de cien mil personas, el sesenta por ciento en la industria textil, y las condiciones no han mejorado desde la llegada al poder del Frente, que solo ha cambiado el discurso que las naturaliza. Ahora esta gran fuente de riqueza que mentaban los liberales se vende como una fuente de trabajo para el pueblo.
Cuando preguntamos a estas obreras por la protección sindical, ríen y responden que acá los sindicatos —empezando por el mayor, el Frente Nacional de Trabajadores— son blancos, es decir, órganos del Frente. También son sandinistas las clínicas previsionistas —las aseguradoras médicas— y los cargos de la Corporación Nacional de Zona Franca, la empresa estatal que nos ha abierto las puertas de su fábrica modelo. La funcionaria que nos guía por ella no habla de política pero lo confirma al enseñarnos una chaqueta de esquí acabada y lista para su venta en Estados Unidos por ciento cincuenta dólares. Lleva las uñas esmaltadas en rojo y negro. Son los emblemáticos colores del Frente Sandinista de Liberación Nacional.
Algunas tabacaleras incluso realizan tests de embarazo a las mujeres que buscan trabajo. Así lo evidencia un estudio acometido por el Movimiento María Elena Cuadra, que tutela procesos de formación y capacitación laboral para mujeres desde una perspectiva feminista. «Hablamos a las trabajadoras de los derechos que tienen por ley, que muchas desconocen, y celebramos talleres sobre género y de autoestima», nos explica su directora en la ciudad de Estelí, Martha Sandino, cuando nuestro recorrido nos lleva al centro del país. Con el tiempo, algunas de estas trabajadoras se convierten también en promotoras del Movimiento en sus lugares de trabajo y acometen en cierto modo esa vigilancia sindical ausente en Nicaragua, siempre conjugada con el mensaje feminista. No debe ser de otra forma, nos dice, en una nación donde impera una poderosa división del trabajo en función del sexo que juega, por supuesto, en contra de la mujer. «Si no fuera así, ¿qué sentido tendría que existiese esa división?», se pregunta Sandino.
No es un ardid retórico. En Pueblo Nuevo, una vasta zona rural cerca de Estelí, la ganadería y el café son trabajo de hombres, pero a la postre son el único trabajo que hay. Desafiar esa convención es la única posibilidad que las mujeres de aquí tienen para prosperar más allá del entorno familiar y del trabajo agrícola informal, manera políticamente correcta de denominar la mera supervivencia.
Por eso para Isabel, que ha puesto en práctica sus principios, el feminismo no es una colección de valores abstractos sino una vía para la ejecución de realidades materiales concretas. Hace diez años esta mujer no sabía leer, confiesa, y si hubiésemos estado en su casa «habría preferido que hablase en público un varón». Ahora practica una retórica rigurosamente igualitaria y ejerce como portavoz de una cooperativa de mujeres, Las Diosas, que produce café, alubia y flor de Jamaica orgánicos para el mercado del comercio justo, en el que se venden con la etiqueta de gourmet. La cooperativa mantiene a sus integrantes y paga los estudios de sus hijas en la universidad, aunque su mayor logro es el ejemplo que sirve en el entorno rural de Pueblo Nuevo, donde cunde ya en la forma de experiencias similares.
Cuando la felicitamos, Isabel descarga sus méritos y se acuerda de la Fundación Entre Mujeres, Veterinarios sin Fronteras, Paz con Dignidad y el Gobierno Vasco, las instituciones que apoyan el proyecto. Cuando la felicitamos de nuevo y le pedimos que nos acepte el cumplido personalmente, Isabel sonríe y de nuevo delega el merecimiento. «Todo lo que ve aquí es producto del empoderamiento de la mujer», nos dice. «Yo solo hice mi pequeña parte».
La utopía en ruinas
Puede que en Nicaragua el feminismo sea una causa urgente, pero la enorme magnitud política que adquiere en esta república también se debe a un factor que nos resume Sofía Montenegro, directora del Centro de Investigaciones de la Comunicación: «Las feministas son uno de los colectivos más atacados desde 2007», sentencia.
El otro, dice, son los periodistas, un oficio que consigue practicar en el diario Confidencial, de los pocos medios de comunicación desalineados que quedan en Nicaragua. El presidente Ortega tiene muchos hijos y varios de ellos —Rafael, Juan Carlos, Daniel Edmundo y Maurice, entre otros— dirigen ya la mayoría de grandes televisiones y radios del país. Las demás obran en poder de Ángel González, un magnate mexicano afín, o han caído presa de los precios publicitarios, sostenidos artificialmente por el oligopolio de González. Los pocos medios independientes que resisten «el desmantelamiento ordenado de la prensa crítica», como lo califica Montenegro, nunca reciben el único alivio financiero posible, la contratación de publicidad pública. Esta acaba inexorablemente en diarios, televisiones y radios del Frente y contribuye al mensaje triunfalista de estos medios, que Montenegro resume con una afirmación lapidaria: «Su objetivo es hablar de un país que no existe».
Recurrimos a ella para hacer un balance de nuestras impresiones al marchar y hacerle la gran pregunta que no nos hemos atrevido a formular desde que llegamos a este país en evidente y acelerado retroceso democrático: la de si cree que alguien aquí se va a atrever a ponerle el cascabel al gato. A Sofía no le escandaliza nuestra pregunta pero replica que no, que la única solución ha de ser democrática y que prefiere ver marchitarse el sueño sandinista —el «verdadero» sueño sandinista, matiza— antes de tener que volver a empuñar un arma. Ella ya persiguió la utopía y con ella la generación entera de nicaragüenses que hoy camina entre sus ruinas. «Yo no querría que mis hijos hiciesen lo que hice yo, porque la revolución ya se hizo y la revolución acabó en esto», sentencia. «Antes que eso agarro las maletas y me voy».

Fotografía: Oxfam / Mathieu Gagnon.
Este artículo ha sido traducido al inglés por Carolina Camarmo.
Galería completa del reportaje aquí.
Oxfam Intermón trabaja en Nicaragua con especial énfasis en el liderazgo de mujeres y jóvenes, a través del apoyo a organizaciones, redes y movimientos de mujeres para conseguir una ciudadanía cada vez más activa. Si quieres más información, visita la web de Oxfam Intermón.