
La Pagina de Medabuenrollo
Nadie dice lo contrario, así que no se escandalice. Las continuaciones de The Matrix desmerecieron mucho a la película original y relegaron a los hermanos Wachowski, otrora grandes promesas de lo suyo, a la condición de one hit wonders. En eso estamos de acuerdo, porque solo faltaba que nos volviéramos todos locos. Donde no lo estamos es en meter la segunda y la tercera película en el mismo saco, como se suele al glosar el derrumbe estrepitoso del fenómeno Matrix. ¿Acaso no hace The Matrix Reloaded méritos para distinguirse de aquella calamidad titulada The Matrix Revolutions? ¿No merece la segunda entrega figurar en la lista de las peores secuelas de la historia del cine, vale, pero quizá con un asterisco? Porque no hay catálogo de estas catástrofes en el que la segunda cinta de la trilogía no comparta su deshonra con el Batman de Joel Schumacher, Instinto Básico II o La reina de los condenados, por ejemplo. Y de verdad que no nos parece para tanto.
Es precisamente lo que aquí vamos a razonar, no para intentar descubrir a estas alturas las carreras de carretillos sino porque desde 2003 ha llovido lo suficiente como para templar los ánimos, que The Matrix Reloaded prendió como ningunos desde lo de Star Wars. Por eso y porque, pese a patinar en algunos puntos, la película consiguió elevarse muy bien en otros y darle continuidad con dignidad al universo de Matrix, una historia que sin universo se queda en nada. Si es usted de aquellos que solo rescatan de la cinta sus secuencias de acción y aquella fabulosa persecución por la autovía, le pedimos que haga un esfuerzo y que se quede, porque The Matrix Reloaded también ofrece aquello de lo que presumía la primera: algo de chicha en las referencias filosóficas —y solo algo, porque esto es cine y los olmos tampoco dan peras— y mucha simbología. Y además era muy bonita de ver, qué carajo. Ya verá que, con solo un pequeño esfuerzo, es una película más sencilla de perdonar que de condenar.
Merovingio y Morfeo o Hume vs. Santo Tomás
Para empezar, porque esta segunda entrega no solo obra en continuidad con la aplaudida parábola cosmogónica que la primera planteó, sino que le pone solución. Parece que no, porque los Wachowski situaron este desenlace filosófico en la segunda película y después hicieron una tercera vete tú a saber por qué, pero así es.
Recordará el lector lo que es la conjunción constante, pero por si acaso lo resumimos en un momento —y le recomendamos este resumen de Francesc Llorens, que está muy bien—. Según Hume, el filósofo que observó el fenómeno y acuñó el término para designarlo, esta conjunción constante es la relación de causalidad aparente —y solo aparente— que une dos acontecimientos, haciendo que percibamos uno devenido del otro cuando en realidad no tiene por qué serlo. Se trata de una crítica empirista a la causalidad, descrita siglos antes por Santo Tomás en sus célebres cinco vías y elevada a lógica cosmogónica por la teología, que reza —y estamos resumiendo mucho, vaya eso por delante— que todo lo que acontece en la existencia son efectos de unas causas, cuya causa primera es necesariamente Dios.
Les sonará. Es el mismo debate que sostienen el Merovingio y Morfeo en The Matrix Reloaded, por supuesto expresado de forma muy concisa y necesariamente cinematográfica:
—Solo hay una constante, una sola verdad universal, es la única certeza real: causalidad. Acción, reacción. Causa y efecto —sostiene el Merovingio.
—Todo comienza con la elección —replica Morfeo.
—No. Error. La elección es una ilusión creada entre aquellos que tienen poder y aquellos que no.
El giro político que adquiere así el discurso del Merovingio no es gratuito, ya que esta crítica de Hume a la causalidad y su idea de la conjunción constante sería retomada más tarde por ciertos pensadores marxistas para depurar su concepto de la alienación, una idea ubicua en The Matrix. Por esta misma razón es también lo propio que un programa como él —el opresor— encarne precisamente la opción escolástica de la causalidad, mientras que el ser humano —el oprimido— defiende la capacidad de decisión y el libre albedrío que garantiza el empirismo: convicciones aparte, al programa le interesa expresamente que el ser humano crea en la causalidad, ilusión que obra su sumisión a Matrix.
Igual que en la primera película los Wachowski expusieron las condiciones platónicas y racionalistas de su fábula —recordemos la caverna de Platón o que los enchufes con los que los humanos se conectan a Matrix parecen conectarse a la glándula pineal, aquella en la que se conjugan res cogitans y rex extensa según Descartes—, en la segunda los cineastas escenifican el progreso mismo de la filosofía y encarnan el debate que sostienen la escolástica y la moderna filosofía empirista a partir del siglo XVII. Suena muy pomposo pero así es, y lo es para conferir un valor singular a la cinta: sin ella, sabríamos cuál es el concepto que los cineastas tienen del mundo pero no cuál es la solución política que proponen. Y ahí es cuando entra el Arquitecto.
El Arquitecto y la parte contratante de la primera parte
Viste de blanco, tiene el pelo y las barbas beatíficamente canas y es tan soberbio como solo podría serlo un dios o un gilipollas. ¿Es Dios, acaso? ¿Es el Demiurgo del que habló Platón? ¿Es el Gran Arquitecto del Universo que la masonería recicló de Pitágoras? Un poco los tres y seguramente más el último que los otros dos, o no se llamaría como se llama ni se jactaría de haber creado un mundo que es «una armonía de precisión matemática».
El Arquitecto creó Matrix después de varios intentos fallidos —incluyendo aquel que Smith menciona de pasada en la primera película, un edén de felicidad del que el «primitivo cerebro» humano, sin embargo, «intentaba despertar»—, igual que el mundo conoció varias edades del hombre antes de alcanzar la actual, según la mitología griega. Cinematográficamente, tan divino es este demiurgo que lo ve todo, como Dios, a través de sus monitores. Hasta la detención del protagonista en la primera película, aunque entonces nadie se diese cuenta. ¿Les suenan estas pantallas?
Muchos espectadores no entendieron el discurso que da este Arquitecto cuando se entrevista con Neo en el clímax de The Matrix Reloaded, pero eso tiene una explicación: es precisamente lo que quieren los Wachowski. Que no le entendamos y nos demos cuenta de que entre las máquinas manda un programa cuya inteligencia es muy superior a la nuestra, o si no a ver de qué iban a estar ganando la guerra. «Tienes muchas preguntas», le dice a Neo al arrancar su conversación, «y aunque el proceso ha alterado tu conciencia sigues siendo irrevocablemente humano, ergo entenderás algunas de mis respuestas y otras no las entenderás». Los directores no podían dejárselo más claro al espectador, que es tan impepinablemente humano como el propio Neo. Eso y que las enrevesadas palabras del Arquitecto van a ser de naturaleza fundamentalmente filosófica. Ese «ergo» tan oportuno no está ahí por nada.
Lamentablemente solo es una ilusión. Buena parte del discurso del Arquitecto es mero palique salpicado de latinajos y tecnicismos matemáticos, morralla sin un mensaje ulterior destinada solo a que nos perdamos. ¿Podría ser de otra manera? Quizá no. No al menos sin violar los códigos cinematográficos y repetir el debate que mantuvieron Morfeo y el Merovingio. De hecho, el Arquitecto aparece para zanjarlo cuando nos explica cómo consiguió crear un Matrix viable después varios fracasos, algo que la primera película de la trilogía cita pero cuyo desarrollo se deja en el tintero. Cerrando muy bien esta cuestión, resulta que la naturaleza técnica del Matrix y su naturaleza filosófica tienen ambas la misma solución.
Según explica el Arquitecto, el Oráculo, «creado inicialmente para investigar ciertos aspectos de la psique humana», descubrió que «cerca del noventa y nueve por cierto de los sujetos aceptaba el programa siempre y cuando tuvieran una elección, aunque solo supieran de esta elección a un nivel subconsciente». En Matrix, en otras palabras, no impera ni la causalidad ni la elección, sino ambas. Y la inmensa mayoría de los humanos recurre a su poder de decisión —a su libertad— para elegir, contradictoriamente, la causalidad —la esclavitud—. Solo introduciendo esta doble naturaleza el Arquitecto consiguió que su realidad artificial se pareciera a la verdadera, y solo pareciéndose a la verdadera consiguió que los seres humanos sobrevivieran en ella. La idea que los Wachowski tienen de la esencia del mundo queda muy clara. Y también el pobre papel que los humanos jugamos en ella.
Perséfone o el cielo en un infierno cabe
Perséfone es el tercer gran secundario en The Matrix Reloaded, aunque por su número de palabras no se diría tal cosa. El guión no le reserva demasiadas funciones ni un papel memorable, pero sí una identidad que reviste de significado el universo simbólico de toda la película, que no es poco. Y resulta que este universo del que Perséfone es clave no es exactamente el mismo que aquel que los Wachowski construyeron con gran aplauso en la primera cinta. Se parece, pero no es igual.
Recordarán que en la mitología griega Perséfone era la diosa reina del inframundo, raptada por Hades para convertirla en su esposa y liberada después del infierno aunque solo seis meses al año —los que corresponden a la primavera y el verano, cuando su madre Deméter hace florecer la naturaleza—. La Perséfone de The Matrix Reloaded, del mismo modo, es un programa exiliado en Matrix junto a su marido, el Merovingio, que ejerce como virtual gobernador de la realidad artificial, nunca mejor dicho lo de virtual. Él es un «traficante de información», recurriendo a sus propias palabras, y uno de los programas más antiguos que existen en Matrix, recurriendo a las del Oráculo. Ella no se sabe muy bien a qué se dedica pero lleva el vestido de látex bien prieto y compone un bonito florero en las comidas de negocios de su marido. Será también quien nos dé un pequeño paseo por la château del Merovingio y quien nos presente algunas de las furias de este infierno figurado, entre ellas un par de hombres lobo que, cuando los protagonistas encuentran, estaban viendo una película de vampiros. Hay quien ha querido detectar aquí un homenaje a la primera cinta en la que Monica Bellucci y Keanu Reeves compartieron secuencia, por cierto.
Cuando The Matrix Reloaded salió en cines algunas mentes calenturientas afines al MIAM —la especulación fallida del Matrix in a Matrix, que proponía que Zion y el mundo real eran una segunda simulación, tan virtual como el propio Matrix— encontraron un filón en Perséfone o, dicho con más precisión, en las lecturas infernalistas a las que invitaba su presencia. Hasta que aparece, el mundo parido por los Wachowski se dividía en una primera realidad aprehensible —Matrix— y una segunda y opuesta —Zion y el mundo real— que presentaba un grado mayor de realidad, ya que revestía las mismas propiedades que el mundo de las ideas platónico o la res cogitans cartesiana: era inaprehensible, pero era la verdadera.
Desde que irrumpe Perséfone, en cambio, Matrix tiene por seudorreina a la diosa del infierno griego y resulta que a su lado todos los demás personajes —el Merovingio como Hades y sus matones de cualidades sobrenaturales como sus furias— adquieren esa misma dimensión, que además confirman con sus papeles. Un infierno metafórico se opone necesariamente a un cielo, que es Zion, pero tiene su mismo grado de realidad, ya que ambas son instancias de la ultratumba y se oponen a una tercera dimensión, el mundo de los vivos.
¿Estaban los Wachowski reelaborando la parábola? Ojalá, pero no, como sabrá cualquiera que haya visto la trilogía completa y que conozca su final, que descarta esta teoría del MIAM y tira por un final espantosamente convencional. Estaban dándole vueltas y confiriéndole magnitud al Matrix más allá de las lecturas vertidas en la primera película, que trataban más sobre la naturaleza del mundo y su doble cosmogonía que acerca de la simulación en sí. Y eso era necesario para trazar el camino de Neo, que por cierto ya no es un camino: ahora es un descenso.
Neo u Orfeo en los infiernos
A lo mejor no ha caído en la cuenta, pero en el infierno se baila y no de cualquier manera. Al menos en los infiernos metafóricos, donde el baile suele ser en multitud y juntando mucho los cachetes, los pechitos y los ombligos. Se bailaba así en aquel que dibujó Camus en Orfeu Negro, por ejemplo, en el parisién de Moulin Rouge! o en Orphée aux enfers, la ópera bufa de Offenbach, entre otros. Muchos de los autores que han recurrido en sus tragedias al prototipo del héroe órfico —aquel que acomete una catábasis, un descenso a los infiernos, para rescatar a alguien y fracasar de forma absurda en el último momento— lo han hecho evocando los símbolos del mito original, el de Orfeo y Eurídice, para vincular expresamente su obra con el referente heleno. La inmersión del pseudo Orfeo en una gran rave es uno de los más frecuentes y no solo porque esta escena de lujuria y desenfreno pinte un infierno reconocible para el espectador; también porque evoca a las bacantes que acabaron con la vida del músico en el mito y las liturgias que posteriormente ritualizaron esta muerte mediante la orgía, como las bacanales romanas.
La trilogía presenta varias secuencias de este baile pseudoinfernal, entre ellas aquella de la primera película en la que Neo y Trinity se encontraron por primera vez y aquella otra en The Matrix Revolutions que acontecía en un club reveladoramente llamado «Hel». La película que nos ocupa cuenta con la que resulta estéticamente más infernal de las tres: la de los habitantes de Zion bailando como descosidos en una inmensa cueva mientras Neo y Trinity consuman a cámara lenta para que no parezca que como conejos. Fue uno de los puntos que menos gustó a los espectadores y con razón, porque la secuencia es espantosa. En Entertaiment Weeekly, para hacernos una idea, la describieron como «un videoclip de Lenny Kravitz dirigido por Bob Guccione». Y con más razón que un santo.
Cualquiera que solo haya visto la primera película de la trilogía diría que le estamos buscando los tres pies gato, que los símbolos que reviste Neo hablan de su paralelismo con Jesucristo y que cualquier parecido con el músico legendario es solo de rebote. En The Matrix Reloaded, sin embargo, la historia de Neo comienza a presentar los giros del mito de Orfeo. Su entrevista con Perséfone y Merovingio es el más evidente, y no solo por el papel que juegan —el uno de rescatador de un tercero, los otros de reyes—. También porque, al igual que en el mito, es el rey quien niega al rescatador su solicitud y la reina quien se lo concede, haciéndolo además con una condición: Perséfone le pide a Neo un beso igual que la diosa homónima le pedía a Orfeo que no se volviese para contemplar a Eurídice.
En The Matrix Revolutions, las referencias al mito continuarán cuando Neo atraviesa una estación de metro que lleva del mundo de las máquinas a Matrix y se las tiene que ver con su particular guía y guardián –el Ferroviario–, como Orfeo tuvo que conmover al barquero Caronte para atravesar la laguna Estigia y acceder al Hades. Y por si el paralelismo no era evidente, esta estación aparece solo caracterizada con la leyenda «Mobil Ave». «Mobil» es un acrónimo de «limbo», una instancia de la teología cristiana a medio camino entre lo terrenal y lo sobrenatural, asociada a veces con el cielo y otras con el infierno. En la Divina Comedia, por ejemplo, Dante describió el limbo como el primero de los nueve círculos concéntricos del inframundo, el primero que hay que atravesar para acceder al infierno.
Así las cosas, ¿The Matrix Reloaded convierte la de Neo en una historia órfica? Tampoco. La reviste con sus símbolos pero se queda en la intentona. Aunque los referentes puedan variar y lo puedan hacer incluso los sexos involucrados en el cuento, los términos estructurales de la narración —que muchos paleolingüistas e historiadores creen haber rastreado también en otros textos teológicos de origen indoeuropeo, por cierto, como el Poema de Gilgamesh y el Mahábharata hindú— están muy claros: chico conoce a chica, chica muere, chico acomete una odisea sobrenatural para rescatarla, chico triunfa sobre los rigores más elementales de la existencia pero chico fracasa al final de la forma más tonta porque el mundo —y esta es la moraleja necesaria del mito— es una mierda. La historia de Orfeo es el cuento nihilista por excelencia y si no hay fracaso absurdo al final, no hay mito de Orfeo. Para que así fuese, los Wachowski debieron haberlo dejado en este punto y que Neo triunfase aparentemente pero que fracasase al final de una forma estúpida, y además sobreviviendo.
No fue así, como todo el mundo sabe, y la trilogía se quedó solo una historia ornamentada bellamente con los símbolos de lo órfico, pero no órfica en última instancia. Los cineastas decidieron prolongar la narración, hicieron una película más cuando no hacía falta y la cagaron de una forma más bien tonta al final, je, como el mismo Orfeo. Como dijo Morfeo en la primera película, «el destino no está exento de cierta ironía».
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Son situaciones que odiamos, que siempre intentamos evitar, pero… estos chicos han encontrado una nueva forma de masoquismo…
Enviado por xurum.
Es cierto que tienen horarios 24/7, que te lo llevan a casa y que puedes comprar en cualquier parte del mundo. Pero las tiendas online carecen del encanto de las de toda la vida. Sobre todo a la hora de robar. Esa aceleración del ritmo cardíaco justo antes de atravesar el arco de seguridad, el subidón de adrenalina al verse ya fuera del establecimiento, con el objeto hurtado en el bolsillo y sin que ninguna alarma haya saltado… Eran sensaciones que solo se podían experimentar en comercios reales. Hasta que llegó Moonrocks.es.
La noticia saltó como un rumor en distinto foros: había una tienda de ropa online con un fallo de seguridad. Al parecer, al acceder por un enlace secreto, la web te dejaba, tras añadir una prenda al carrito, sumar la siguiente al precio de 0 euros. La bloguera Ladanena también descubrió el error… Y se aprovechó de él.
El vídeo de la bloguera sirvió de efecto llamada. La picaresca española en versión online hizo caer el servidor de Moonrocks.es, que no daba abasto a tanto curioso y amigo de lo ajeno. Aunque muchos de los ladrones no pudieron con el peso de su conciencia y alertaban del supuesto fallo de seguridad por mail o en el buzón de incidencias.
Porque, efectivamente, el error era intencionado.
Después de desvelarse la trama, Moonrocks.es decidió facilitar un poco más los hurtos. Ahora se pueden perpetrar directamente desde la home. Y para aquellos cuyos principios le impidan llevarse algo sin pasar por caja, la web ofrece la posibilidad de que paguen ‘la voluntad’, sabiendo, además, que ese dinero irá destinado a uno de los proyectos educativos de la ONG Harapan Project de Indonesia.
Porque aunque el fundador de Moonrocks.es, Alain Arretxea es donostiarra, es en Bali donde la tienda tiene su sede. Allí, la marca ha acabado de empaparse del espíritu surfero y algo hippie de la isla. Aunque sin olvidarse de las leyes del mercado. Porque aunque una promo que arengue a los clientes a robar suene a descabellada, La Despensa, agencia responsable de la misma, no lo ve así. De hecho, dicen que solo la gente aburrida la considerará un 2×1: “Nosotros preferimos llamarla una estrategia win, win, win porque con cada robo todos ganan: la gente que se lleva prendas gratis; Alain, que da a conocer su marca de ropa y vende camisetas; y la competencia, que puede descargarse las pegatinas y a animar a los cacos a que roben en moonrocks.es y no en su tienda”.
Lo dice Javier Carrasco, el dueño de la agencia, y explica que llegaron a la conclusión de que el robo podía ser un buen concepto para la campaña porque si hay algo que nos gusta más a los españoles que algo gratis, es pensar que lo hemos conseguido por nosotros mismos: “Cuando consigues algo por la jeta estás deseando contárselo a tus amigos, y nosotros queríamos potenciar eso, el boca-oreja”.
Aunque el mundo de los pequeños hurtos es algo que desborda nuestras fronteras. Y eso es algo que resulta evidente en internet, donde los foros o incluso los movimientos sociales especializados en el tema, como Yomango, cada vez son más habituales.
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Sergioski02gran recopilacion
Cuando comienza el año todos tenemos buenos propósitos, pero en mi caso voy a ir más allá. Con estas diez acciones confío en entrar en el sistema y en recuperar la ilusión, aunque no va a ser fácil. No sé cómo he podido llegar hasta estos extremos, pero lo importante es haberlo detectado a tiempo. Es hora de volver al redil o, al menos, intentarlo.
1) Me sacaré el carnet de conducir. Ya está bien de presumir de no ser un chófer y de que todos mis amigos y conocidos tengan carnet y coche, pero yo no. El seguro, las gasolineras, el taller, los radares, las multas y los parquímetros entrarán a formar parte de mi vida.
2) Voy a empezar a ver la televisión. Como no tengo, deberé conectar al Mac un aparatito de esos que subvierten el ordenador y le hacen dar un paso atrás evolutivo. Pero quiero llegar a casa y tirarme en el sofá y hacer zapping.
3) Voy a empezar a fumar. Ahora casi no tengo vida social, por lo que así saldré a la puerta de los restaurantes y entablaré fugaces pero prometedoras relaciones con desconocidos también entregados a las delicias del humo.
4) Me voy a aficionar al fútbol. Me tragaré todo lo que he dicho y escrito al respecto, y abrazaré sin reservas la que parece ser la única fuente de felicidad de muchas personas que veo cada día. Memorizaré la alineación de dos o tres equipos de primera, y trataré de involucrarme emocionalmente con uno de ellos. Defenderé sus colores.
5) Voy a jugar a la ONCE, y de vez en cuando a la Lotería Nacional. Sentiré cómo palpitan en mi cartera los boletos adquiridos, como vísceras prometedoras de un futuro mejor.
6) Voy a ahorrar para largarme unos días a Punta Cana a uno de esos resorts con pulserita “todo incluido”, para ponerme ciego a cinco mil kilómetros de casa y regresar después con redoblada furia y unos kilos de más.
7) Voy a ir a IKEA y a empezar algo nuevo en ese cuarto que no utilizo en casa más que como trastero. Pasaré una deliciosa tarde de sábado eligiendo muebles impronunciables y comiendo albóndigas de reno.
8) Elegiré una ONG con un logotipo chulo, y que acepte cuotas razonables, y me haré socio. No soy un activista, pero tengo buen corazón, y si todos ponemos un granito de arena, el mundo puede ser un lugar mejor.
9) Me sé de memoria la letra de La abeja Maya, las ideas de Vickie el Vikingo me parecieron siempre estupendas y me emocioné cuando Marco encontró a su madre, así que voy a contratar un plan de pensiones, uno modesto, pero por algo se empieza.
10) Y por último, pero no por ello menos importante, voy a buscar un empleo, a ser posible remunerado, o si no, tendré difícil cumplir los nueve puntos anteriores.
Deséenme suerte.
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Sergioski02Ver el primer video, es lo mas antiherotico que he visto en mi vida. Tamaño friki debe haberlo editado.
¿Te imaginas poder practicar sexo con una persona que está en la otra punta del mundo? ¿Y participar en orgías con personas que no están en la misma habitación que tú? El sexo a distancia puede parecer algo de ciencia ficción, pero en realidad está a la vuelta de la esquina y promete cambiar el concepto de relaciones sexuales como hasta ahora las conocemos.
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Pero si no te comes un rosco, crees que pronto volverá a crecerte la virginidad y quieres llenar de pasión a tu moribunda vida sexual, FriXion también te ayudará a satisfacer tus necesidades más humanas mediante vídeos, juegos y otro tipo de herramientas sincronizadas para una perfecta experiencia en solitario.
Y lo mismo que FriXion hace desaparecer las barreras físicas del sexo para hacerlo más libre y accesible, la API de FriXion también es abierta para que cualquier desarrollador pueda crear nuevos pluggins que soporten nuevos dispositivos o nuevas funcionalidades en los ya existentes.
Pero FriXion solo será posible si logra encontrar socios para que con sus aportaciones puedan lograr lanzar el producto en 2014. Además, por si la duda os ronda por la mente, sus desarrolladores dicen que estos dispositivos son perfectamente seguros y han sido probados para evitar situaciones como esta:
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El sonido de la cortina del vestuario al cerrarse es la señal. A partir de ahí comienza la agonía del Miserable Man. Su labor, esperar fuera, cargado con el abrigo, el bolso y las bolsas de compras anteriores de su acompañante. Su cara lo dice todo.
Matt vio la suya reflejada en un espejo de la tienda donde esperaba a que su novia se probase el enésimo conjunto de la tarde. Fue justo después de darse cuenta de que no estaba solo. Allí, sentados en butacas, apoyados en un mostrador, o deambulando de un lado para otro, había muchos más como él.
“Llevaba dos años acompañando a mi novia a hacer sus compras, viendo a otros hombres dormidos, jugueteando con el móvil, aburridos y respondiendo constantemente a la pregunta “¿Qué tal me queda?”. Entonces me pregunté cómo se me vería a mí”.
Matt decidió tomar fotos de otros en su misma situación para demostrar a su novia que lo de ir de shopping no le resulta divertido a todo el mundo.
“Empecé a publicar las fotos en Instagram hace un año y ahora me he dado cuenta de que se trata de un problema global, lo cual resulta divertido y a la vez deprimente”.
A Matt su labor de documentación le sirve, al menos, de distracción. Porque a su novia no la llegó a convencer: “Sí, sigo estando en las trincheras junto al resto de Miserable Men. Lo odio”.
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“La artista holandesa Will Beckers crea mágicas instalaciones que exploran nuestra relación con el mundo natural. Utiliza materiales naturales vivos y no piensa en sí misma como una “artista a tiempo parcial”, ya que su arte siempre se termina por la propia Naturaleza. Sus esculturas caprichosas se hacen para que la gente disfrute, pero también sirven como refugios para animales del bosque y los insectos.”
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Con este frío un té calentito es una de las cosas que mejor entra. A mi personalmente me hace recordar lugares especiales, sitios a los que me gustaría teletransportarme al momento con una taza humeante en la mano y buena compañía. A Eric Rieger, el té caliente también le trae memorias de su familia, pero además es como hace llamar a su proyecto cuando realiza sus intervenciones artísticas.
HOT+TEA son trabajadas instalaciones con hilos de colores y tipografías con curiosas perspectivas. “Hago arte urbano no destructivo, una combinación de todo lo que me interesa, instalaciones, stencil y grafiti”, explica el artista de Mineápolis.
Antes de trabajar con hilos Eric escribía grafiti por las ciudades a las que iba, pero aquello le causó algún contratiempo. Para no generar problemas a su familia, tras graduarse en la universidad y sentir el vacío que le había dejado salir a la calle a pintar, tuvo la idea de crearse un alter ego y realizar su obra con otro material.
“Me inspiran las posibilidades que ofrecen los lugares abandonados y trabajar con el entorno. Me gusta mucho solucionar problemas y romperme el coco para ver cómo puedo instalar algo que acompañe al lugar sin destruirlo. Siempre me ha gustado el grafiti tradicional y escritores como SLEJ o CRISPO. Pero ahora me fijo más en artistas que utilizan tecnología en sus obras, un buen ejemplo es Kit Webster y su trabajo experiencial”, comenta.
A Eric Rieger, le encanta viajar y la posibilidad de conocer nuevos lugares y gente. “Suelo viajar antes de llegar a los sitios a través de Google, desde allí investigo lugares en los que podría hacer algo, luego busco los materiales que necesito y me pongo manos a la obra, a veces me ayuda otra gente en algunas de las instalaciones”, añade el artista.
Hace poco cubrió parte del puente de Williamsburg en Nueva York con un arco iris de hilo para deleite de los peatones, y más recientemente ha viajado a San Francisco y Oakland para montar otras exposiones efímeras y seguir decorando las calles con sus hilos de colores.
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Son años de reformas en la sanidad. A ambos lados del Atlántico tenemos gobiernos hablando de cambiar sistemas, buscar ahorros, conseguir eficiencias, dar mejor servicio y atención al paciente y hacer que todos estemos un poco más sanos. En España el debate ha girado, como de costumbre, entre la privatización de servicios sanitarios. En Estados Unidos, sobre cómo universalizar la cobertura médica a la vez que se reduce el nivel de gasto.
Como de costumbre, el debate ha sido un poco confuso —la mayoría de periodistas y políticos no tienen demasiado contacto directo con los sistemas de otros países, y cualquier reforma tiene una fuerte carga ideológica—. La sanidad es una de las principales partidas de gasto público en los países desarrollados. Es también una de las más redistributivas. Una reforma del sistema dirigida a reducir el gasto puede acabar por excluir gente del sistema, o dificultar el acceso a servicios esenciales. Cualquier intento de hacer el sistema más eficiente inevitablemente será recibido con sanas dosis de escepticismo.
Antes de hablar sobre qué reformas estamos viendo, por lo tanto, creo que es una buena idea repasar los modelos de sanidad pública existentes ahí fuera en países desarrollados. Aunque los detalles de la implementación son muy distintos en cada estado, o incluso a veces de una región a otra, los sistemas de salud se dividen básicamente en cuatro categorías distintas: estrictamente públicos, pagos a cargo del sector público, mercados de seguros regulados y sálvese quien pueda (la única forma de definir a Estados Unidos prerreforma). Empezaré dando una pequeña explicación sobre cómo funciona cada uno, y después me meteré en sus costes, calidad de servicio y resultados, tanto en lo que respecta a la salud como a la igualdad. Los datos, si no digo lo contrario, están todos extraídos del último informe sobre salud de la OCDE.
1. Sanidad estrictamente pública
De todos los modelos, el más fácil de entender (y el más familiar) es el de propiedad pública del sistema de sanidad. Básicamente el estado tiene hospitales públicos, contrata médicos y enfermeras, y paga todo el tinglado directamente. Es el modelo digamos soviético de cobertura sanitaria: todo es propiedad del gobierno y listos. España es uno de los ejemplos clásicos de este modelo de organización sanitaria; el National Health Service en el Reino Unido es el ejemplo más antiguo. A pesar de su simplicidad, hay relativamente pocos países que siguen este modelo de forma estricta.
El modelo soviético tiene varias ventajas claras: primero, es muy barato. Tanto España como el Reino Unido gastan relativamente poco dinero en sanidad comparado con otros países con niveles de renta parecidos (sobre un 9,3% del PIB); Italia, que utiliza un sistema parecido, incluso gasta un poco menos. Este ahorro se consigue utilizando dos métodos muy sencillos. Primero, pagando poco a los médicos. El estado, como monopsonio en la demanda de profesionales de salud (esto es, el único comprador) puede ofrecer salarios relativamente bajos. Segundo, mediante simple racionamiento. Dado que el sistema público de salud es el único proveedor, puede escoger libremente qué servicios da a los clientes. Los hospitales públicos son, por tanto, funcionales, eficientes y prácticos, pero no están para lujos como habitaciones individuales, atención al cliente, o tratamientos caros de efectividad dudosa. Esto de escoger médico o tener un parto a tu medida es para burgueses; en un sistema público serio tu harás lo que te diga el médico y punto.
Lo más divertido de todo este asunto, por cierto, es que funcionan bien. España e Italia tienen excelentes indicadores de salud, un acceso a médicos tremendamente igualitario y unos resultados comparables a otros sistemas más caros. No estoy hablando solo de esperanza de vida (larguísima en ambos casos), sino también de tasas de supervivencia a cáncer, infartos, errores médicos hospitalarios, diabetes y demás tratamientos médicos. Italia y España están o en la media o por encima de la media en casi todos los casos (aunque España es bastante mala tratando infartos cerebrales, todo sea dicho), el Reino Unido está en la media o un poquito peor. En los tres casos los resultados son iguales o mejores que otros países con gasto sanitario per cápita bastante más elevado. El acceso a a servicios no es siempre completamente igualitario, sin embargo; el planificador central puede a veces permitir que las zonas con bajos ingresos tengan peores servicios, como sucede en Italia. Supongo que la ausencia de lujos y la necesidad de colectivizar los medios de producción evita que sean más populares, pero no son un mal modelo.
2. Pagos a cargo del sector público (single payer)
Los sistemas single payer son una variación híbrida del modelo anterior, y también tienen la virtud de la sencillez. En este modelo el Estado no es el propietario de los hospitales y no emplea a los médicos directamente; simplemente, es quien paga las facturas. En single payer el estado es una compañía de seguros universal y de pertenencia obligatoria, y es quien procesa los pagos de todo el sistema. Eso no quiere decir que pague absolutamente cualquier cosa que le pidan, por supuesto; en la mayoría de casos la agencia aseguradora tienen una lista de procedimientos médicos cubiertos, un sistema de copagos asociado para disuadir uso excesivo, y en ocasiones una lista de médicos y hospitales que forman parte del plan. Los usuarios pueden contratar si así lo desean pólizas privadas para complementar el seguro universal básico público cubriendo parte de los copagos, el coste de los medicamentos o algunos servicios que no estén cubiertos.
El modelo clásico de pagos a cargo del sector público es Francia, aunque muchos países tienen elementos similares. Algunas comunidades autónomas, sin ir más lejos, tienen muchos elementos parecidos; Canadá tiene gran parte del sistema bajo este modelo también, y Medicare, en Estados Unidos (el programa público de sanidad para jubilados) es también single payer. Comparado con el sistema de propiedad estatal, el modelo francés es considerablemente más caro (un 11,3% del PIB en gasto sanitario) pero el paciente recibe una atención mejor. Los hospitales son más cómodos, las listas de espera más cortas, uno puede escoger médico fácilmente y en general recibe mejor trato. Los resultados en términos de salud de los pacientes, al menos en el caso francés, son excelentes, con buenos datos de esperanza de vida, mortalidad infantil, tasas de mortalidad para cáncer e infartos, prevención de enfermedades y demás. No es el mejor sistema en todas las categorías (el cáncer de mama, por ejemplo, parece ser un problema para los franceses, y sus cirujanos parecen ser propensos a dejarse cosas dentro de los pacientes o tener complicaciones postoperatorias) pero tienen resultados excelentes.
El pequeño problema, claro está, es que es caro. Controlar costes es más complicado cuando no eres quien pagas los sueldos a los médicos, e integrar el sistema para conseguir economías de escala y reducir costes es difícil solo emitiendo facturas. Te tratan bien, eso sí.
3. Mercado de seguros regulado
Este es probablemente el modelo más complicado, y donde generalizar es más difícil. La idea básica es que el Estado no se encarga de la sanidad directamente, sino que confía en compañías de seguros o mutuas privadas bien reguladas para gestionar el sistema. La cobertura sigue siendo universal (con contadas excepciones) gracias a una combinación de subvenciones directas para pagar primas, legislación obligando a empresas y/o sindicatos a extender cobertura médica a empleados/afiliados, seguros gratuitos para aquellos que no tienen ingresos y a menudo un mandato legal de contratar cobertura sanitaria. Los elementos básicos del sistema varían mucho de un país a otro, pero la idea general es crear unos intermediarios que se encarguen de gestionar la cobertura médica, y dejar al gobierno la tarea de evitar abusos y garantizar la universalidad del sistema.
Variaciones de este modelo están presentes en Alemania, Holanda, Suiza o Singapur, aunque la regulación es a menudo bastante distinta. El sistema alemán (una evolución del modelo de Bismarck) consiste en cooperativas reguladas; Holanda tiene compañías privadas, un mandato individual y subvenciones; Suiza tiene aseguradoras sin ánimo de lucro también con mandato individual; Singapur cuentas de ahorro obligatorias, seguros supletorios y el estado como pagador de último recurso. Con la excepción de Singapur (que tiene un sistema extraordinariamente barato), los países con este modelos gastan un poco menos que los franceses (11% del PIB para Suiza, 11,3% en Alemania), y tienen resultados bastante parecidos. Los indicadores de salud son en general similares, con algunos resultados mejores (cáncer de mama, complicaciones posoperatorias) y otras peores (a los alemanes se le dan especialmente mal los infartos, cosa de las salchichas, supongo).
El nivel del servicio es comparable al francés, aunque de nuevo hay bastante variación entre países. Holanda, por ejemplo, es mucho mejor que Francia (o incluso España) en garantizar acceso a servicios y no dejar enfermedades sin tratar; Alemania es ligeramente peor. La regulación específica de cada país puede hacer de un sistema de seguros privados más igualitario incluso que los sistemas de propiedad pública, o dejar que sean un poco peores que los modelos de pagador único.
4. El galimatías americano
Estados Unidos tiene de muy lejos el sistema sanitario más caro del mundo (un 17,7% del PIB en ello), y el menos igualitario. A pesar de gastarse cantidades obscenas de dinero, un porcentaje nada trivial de la población (sobre un 15%) no tiene seguro médico. Para acabarlo de rematar, los indicadores de salud americanos son, con contadas excepciones (cáncer de mama, misteriosamente, tiene resultados excelentes) entre mediocres o francamente malos, y el sistema es tan torpe que se las arregla para que incluso la gente con seguro vaya menos al médico y tenga que esperar más para tener acceso a especialistas que en otros países. Gastan más que nadie, dejan gente sin cuidar, y encima no viven mejor o durante más años. ¿Qué están haciendo mal?
Parte del problema es que en Estados Unidos conviven los tres sistemas mencionados anteriormente. La Veteran’s Administration, el sistema de salud para veteranos de las fuerzas armadas, es propiedad del gobierno federal, y está organizado siguiendo un modelo burocrático puro. Es efectivo, barato y eficiente, aunque os costará encontrar hospitales más cutres y menos lujosos que los de la VA. Medicare (seguro público universal para jubilados, federal) y Medicaid (ídem para gente de renta muy baja, mixto federal/estatal) son sistemas de single payer, el primero muy generoso, el segundo relativamente tacaño pero con buena cobertura. La mayoría de empleados en el sector privado tienen seguros de empresa, una versión torpe y mal regulada del modelo alemán. Aquellos fuera de seguros de empresa viven en una parodia de mal gusto de un sistema médico occidental, con una regulación pésima, problemas horrendos de selección adversa y costes desorbitados. Por añadido, los médicos americanos tienen de muy, muy lejos los mayores salarios del mundo, en gran medida porque controlan directamente el número de nuevos licenciados, manteniéndolo artificialmente bajo.
La reforma de la sanidad de Obama deja la VA y Medicare esencialmente intactos, extiende la cobertura de Medicaid un poco, y básicamente adopta el modelo suizo/holandés para el resto del sistema. También incluye un número considerable de cambios para intentar controlar el desorbitado coste del sistema, de momento con cierto éxito. De todos los sistemas de sanidad del mundo, era el que necesitaba una reforma en profundidad con más urgencia. La Affordable Care Act es un primer paso, y a pesar de los problemas iniciales, probablemente acabará funcionando bien.
5. Conclusiones: ¿qué sanidad queremos?
Si algo debería quedar claro de la explicación anterior, es que primero, nunca debemos copiar a Estados Unidos en este aspecto, y segundo, la elección entre los otros tres sistemas es menos importante de lo que parece. Si miramos las cifras de la OCDE el patrón en los datos es bastante claro: por un lado tenemos Estados Unidos, que es un horror, y por otro tenemos los países europeos, todos con costes de sanidad y resultados más o menos comparables. Podemos gastar sobre un 9-10% del PIB y tener una sanidad un poco incómoda y con resultados marginalmente peores que Suiza u Holanda, o gastar un 11-12% del PIB y tener hospitales más bonitos, médicos mejores pagados y algo más de flexibilidad.
La tasa de cobertura, igualdad de acceso a servicios y capacidad redistributiva no es demasiado distinta entre los tres modelos europeos, y depende más de implementaciones concretas que de la estructura del modelo. Del mismo modo los resultados tratando enfermedades específicas, servicios de medicina preventiva o la calidad de los procedimientos médicos depende más del talento y las prácticas organizativas de cada país que de cómo pagan por los servicios de salud.
Esto no quiere decir, por cierto, que las privatizaciones de la sanidad en Madrid u otras comunidades autónomas sean inofensivos o estén bien diseñados. Si algo debe quedar claro al repasar los datos de la OCDE es que no hay soluciones mágicas para reducir el gasto en sanidad, por un lado, y que cómo se implementa un sistema realmente importa bastante. Tener un sistema privatizado no es necesariamente peor o más injusto que uno completamente público; la cuestión principal es saber cómo esta regulado, no quién da el servicio.
A pocos días de que acabe el año, hay a mi alrededor parejas que pasan por los rescoldos de una ruptura sentimental. ¿Acaso hay una epidemia que lleva a las parejas a romper en estas fechas? ¿O quizá las redes sociales ponen de manifiesto lo que décadas atrás era un asunto ‘manejado’ por unos pocos? Porque antes de que aparecieran los móviles e Internet, sabías que una pareja conocida había acabado por cotilleos de conocidos comunes o encuentros casuales con algún miembro de la pareja. Y casi siempre de manera tardía.
Quizá un día cualquiera en el centro te topabas con Fulanito, le preguntabas por la familia y luego por Menganita y te soltaba:
—Hace seis meses que lo dejamos.
—No puede ser.
Y Fulanito contaba por qué se había llegado a la ruptura, a veces con detalles, otras de manera discreta. Finalmente, si Menganito era un amigo íntimo y tenías constancia de que la relación con Menganita había sido un ‘rollo prolongado’ preguntabas sin reparo:
—¿Te importa si llamo a Menganita un día…?
—Sin problema —respondía Fulanito—. Yo paso de Menganita.
Durante esos seis meses, Fulanito y Menganita pasaron por un protocolo de ruptura que comenzó con las llamadas al teléfono de la que había sido la suegra sin matrimonio por una temporada:
—Mi hija o mi hijo no está —decía la madre de la persona requerida.
—Mira, no llames más, porque mi hija (o mi hijo) no quiere saber de ti —decía la madre después de una docena de llamadas.
Las madres ejercían como perfectos filtros. Aunque, por lo general, las llamadas acababan con un grito pelado del padre del que llamaba:
—¿Tú sabes lo que hemos pagado de teléfono este mes? —las tarifas planas no existían—. Como sigas llamando a Menganita te voy a dar una ostia que te va doler hasta el cielo de la boca.
Fulanito o Menganita escribía cartas que nunca eran respondidas.
—El correo tarda —decía el amante desesperado después de dos semanas.
Y trataba de recordar que alguna vez llegó a casa una carta con un mes de retraso.
—La madre se queda las cartas, seguro —era la respuesta cuando la semana se convirtió en un mes.
Las madres no se quedaban las cartas. Fulanito o Menganita las quemaba, si no las devolvía.
—Me las ha devuelto, no las ha roto —era un pensamiento esperanzador que duraba lo que una estación del año.
Fulanito salía con su amigote de fútbol de los domingos a tomar cervezas y a intentar pillar cacho con unas francesas con las que se había topado en el centro, y Menganita iba con dos amigas a bailar Lesson in Love de Level 42 o Venus de Bananarama en una discoteca donde todo el mundo se conocía o hacían cola para ver Indiana Jones con James Bond. No había más distracciones en los 80 y principios de los 90 que la música y el cine, y a ratos, la televisión.
Con el teléfono filtrado y el correo ‘de toda la vida’, el desapego por la otra persona se cultivaba a fuego lento, decrecía sin altibajos. El resto de armamento para salir de la ruptura lo ponía uno o dos amigos los fines de semana con su “tienes que salir más”.
El punto álgido de la ruptura en el siglo pasado llegaba cuando Menganita o Fulanito rompía las fotos por la mitad. El acto simbólico suponía un antes y un después: no más llamadas ni cartas ni esperar a la salida de la universidad o de la fábrica de maquinillas de afeitar.
Romper las fotos era un acto poderoso, casi mágico.
—Qué gustazo daba coger la foto y partirla por la mitad —me confesó hace poco una amiga mirando su móvil—. Ahora le das a un botón y borras las fotos. No es lo mismo.
Poco después de las fotos rotas llegaba el intercambio de regalos. Devuélveme los patines, devuélveme el libro, no quiero tu jersey, se rompieron tus gafas… Ahora se cortan los lazos en el Candy Crush Saga y dejan de compartirse canciones en Youtube.
La aparición de internet, primero, y la telefonía móvil abrieron nuevas posibilidades a Fulanito y Menganita. Las madres seguían filtrando llamadas de teléfono en los 90, pero el correo electrónico sustituyó al cartero.
En el presente de alguna manera hemos convenido que un correo electrónico no tiene por qué ser respondido de inmediato, pero en los primeros años, un mensaje no respondido al poco de enviarlo era considerado una tragedia.
—Se habrá quedado sin internet —pensaba Fulanito—. Se habrá perdido. Dicen que algunos mensaje se pierden.
Y reenviaba los correos electrónicos ‘por si acaso’, pero nunca llegaban las respuestas. Quien los recibía los eliminaba en cuanto llegaban.
—Lo odio —decía Menganita a su amiga—. Me llena el buzón hasta arriba, me lo bloquea. No quiero ver ni su nombre.
“No me escribas más. No quiero saber de ti”…
…era en más de una ocasión el único mensaje de correo que escribía la persona requerida para retomar la relación. Si la otra parte insistía, la persona agobiada creaba otra cuenta de correo en Yahoo o Lycos “solo para los amigos”. (Ahora se crean nuevas cuentas de Facebook y Twitter para personas de confianza).
Con la llegada de los teléfonos móviles, las madres ya no filtran llamadas. Las rupturas se aceleran un poco más.
Ya en el siglo XXI cada nueva tecnología es incorporada al arsenal que utilizan los amantes rotos. Una ruptura deja de ser el tema de unos pocos —los padres, los hermanos y el amigo de las cervezas— a convertirse en un tema de conocimiento público. Trescientas, cuatrocientas o más personas, unas más cercanas que otras, saben en el intervalo de unas pocas horas que Fulanito y Menganita rompieron, y a menudo por qué. Poco después, la comunidad es testigo del duelo de cada miembro de la pareja rota: fotos de antes y de ahora; comentarios de “me siento triste” con enlaces a música y videoclips; mensajes de dolor incrustados en fotografías; “perdón por no estar tan atento a vosotros”. Quizá Fulanito y Menganita siguen en los mismos grupos. Si uno dice que le gusta la última película de J. J. Abraham, el otro también.
Otras veces, una pareja que rompe también rompe lazos virtuales. Igualmente documentan su dolor. Y los amigos y conocidos dan sus “me gusta” a las canciones de dolor de ella y de él.
En otros casos, la tecnología ayuda a los suplicantes y amarga a los reclamados. Los suplicantes envían veinticinco mensajes de Whatsapps de un vez. Es lo que trae lo gratis. WhatsApp significa “respóndeme ahora”. Quién envía mensaje no atiende a razones como “se acabó el saldo” o “no tengo tarifa plana de datos”. Localiza a su expareja gracias a servicios de geolocalización, a las fotos del muro de Facebook, a comentarios en Twitter de amigos más o menos “virtuales” comunes…
—¡Pero por qué no me responde Menganita! —dice Fulanito—. Si está con la amigas, que Zetanita acaba de etiquetarla en Instagram.
En ocasiones, la documentación de la ruptura puede conducir a una situación cercana al acoso. Los que reclaman atención parecen ignorar que, el alejamiento de la expareja aumenta proporcionalmente al número de mensajes de Whatsapp enviados. Esto, por suerte para los que quieren alejarse, provoca el aceleramiento de la ruptura.
La carta que tardaba cuatro o cinco días y que a veces extraviaba el cartero provocaba una ruptura lenta, aunque casi indolora. El WhatsApp, que viene sin excusas en las instrucciones, provoca la ira de quien envía —que desea una respuesta inmediata— y de quien recibe —que se siente asfixiado—. Por lo general, la situación concluye pasadas unas semanas, cuando quien reclama comprende que sin respuestas, no hay posibilidades.
Poco después, Fulanita y Menganito, cada uno por su cuenta, salen a cenar. Comida pre-año nuevo. Fulanito con un grupo de antiguos alumnos creado en Facebook (ha visto el perfil de una antigua compañera de clase y sabe que lleva seis meses divorciada). Menganita ha quedado con las amigas con las que bailaba Lesson in Love de Level 42 en los 80 o Freed from desire de Gala en los 90 o Feel this moment de Pitbull & Christina Aguilera en el siglo XXI. Ellas se saben estupendas. Realmente lo son, entre otras cosas porque las modas de los 80 y los 90 fueron nefastas.
Así Menganita y Fulanito empiezan un nuevo ciclo, con nuevas personas o redescubren las que estaban allí, las que daban a ‘Me gusta’ en los estados de Facebook. Un ciclo donde Twitter, WhatsApp, Instagram… de nuevo se convierten en inventos maravillosos.
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¿Tenemos lo que nos merecemos? Esa es la pregunta en torno a la que todo el mundo debate incesantemente a cada nuevo escándalo de corrupción, despropósito legislativo o declaración campanuda de algún dirigente político con escaso sentido del ridículo. Lamentablemente carezco de una respuesta categórica al respecto, pero creo que puede resultar interesante echar un vistazo al pensamiento de los ilustrados del siglo XVIII, más concretamente a los fundadores de Estados Unidos y, centrando aún más el foco, al principal ideólogo y redactor de la Declaración de Independencia y posterior presidente del nuevo país.
Ante dicha pregunta suele haber dos posiciones enfrentadas: la «clase política» formaría una especie de casta que mantendría sometida al pueblo, o bien sería un mero reflejo de este, que es la quien mantiene culpablemente en el poder con su obediencia o con sus votos. Pero si preguntásemos a Thomas Jefferson o a otros ilustrados de su tiempo quién es entonces el malo de la película, la respuesta que probablemente nos darían es que todos lo son. Desconfiaban tanto del pueblo como de sus gobernantes. Así que a medida que fue cobrando fuerza la idea de la independencia entre las trece colonias inglesas en Norteamérica —hartas de pagar impuestos a la Corona pero carentes de representación en el Parlamento— ya solo quedaba un pequeño detalle: decidir cómo debía ser ese nuevo país. Pretendiendo huir de una tiranía podían estar dando lugar a otra bajo la que vivir igualmente sometidos. Para evitarlo podían seguir el ejemplo de las antiguas ciudades griegas y crear un sistema en el que se hiciera lo que quisiera la mayoría… ¿Pero si lo que quería era por ejemplo perseguir y aniquilar a la minoría? Así que hubo muchos debates y la respuesta que finalmente dieron fue un sistema de división de poderes y contrapesos que minimizase el daño que unos u otros pudieran hacer.
La tiranía de los gobernantes
Jefferson era por entonces un terrateniente virginiano que había adquirido «fama de literato, científico y un feliz talento para la redacción» por lo que fue escogido para redactar «la carta de ruptura definitiva», como ha sido descrita. La escribió de pie ante un pupitre a lo largo de dos semanas y cuya inspiración estuvo en los sentimientos armonizados de la época, decía, expresados por sus coetáneos en conversaciones, cartas o ensayos. En ella explica que los gobiernos «derivan sus justos poderes del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se torna destructiva para estos fines, el pueblo tiene derecho a alterarla o abolirla, así como a instituir un nuevo gobierno». Dado que estaban enfrentándose a la tiranía de un rey, el énfasis en aquel momento estaba en la soberanía popular. El pueblo debía rebelarse contra gobiernos opresivos para instaurar otros, contra los que volver a rebelarse con cierta regularidad —nunca dejando pasar más de veinte años, calculaba en una de sus cartas— para recordarles quién manda, pues como diría más adelante «el árbol de la libertad debe regarse de vez en cuando con la sangre de patriotas y tiranos». Los estados, por su parte, debían tener derecho a separarse de la Unión si el gobierno federal se volvía abusivo (lo que más adelante daría lugar a una guerra civil). Además estimaba que ninguna constitución debía tener una vigencia de más de diecinueve años, puesto que en ese periodo ya había crecido una nueva generación que no había participado en su aprobación y habían muerto parte de los que sí y el mundo, enfatizaba, es de los vivos. También consideraba que el país debía organizarse en pequeños distritos con un alto grado de autonomía, organizados en condados, que a su vez se reunían en estados, y estos en la unión federal. La inclusión de cada ciudadano en la actividad pública no solo era buena por sí misma, al resultar más democrática, era también una garantía contra la tiranía:
Ahí donde cada hombre tome parte en la dirección de su república de distrito, o de algunas de las de nivel superior, y sienta que es partícipe del gobierno de las cosas no solamente un día de elecciones al año, sino cada día; cuando no haya ni un hombre en el Estado que no sea un miembro de sus consejos, mayores o menores, antes se dejará arrancar el corazón del cuerpo que dejarse arrebatar el poder por un César o un Bonaparte.
De manera que cuanto mayor fuera la adhesión por parte del mayor número de gente, más sólido resultaría el nuevo régimen. Por ello, dado que el derecho al sufragio era solo para varones libres con tierras, Jefferson era partidario de ampliar el censo electoral otorgando tierras a quien no las tuviera. Dado que uno de los objetivos principales era la expansión del nuevo país hacia el oeste, existía el peligro de que esos nuevos territorios se convirtieran en colonias a las que explotar, a la manera de aquel imperio contra el que se habían rebelado. Así que el Comité de 1784 del que nuestro virginiano formaba parte reconoció el derecho a organizarse en asambleas libres en los nuevos territorios, que una vez hubieran alcanzado una población equivalente a la de la más pequeña de las primeras trece colonias, podría constituirse en un nuevo estado de la unión. A quien haya visto la imprescindible Deadwood le sonará este proceso.
La tiranía del pueblo
Como vemos, la preocupación por evitar una nueva tiranía era constante, casi obsesiva, pero en su ilustrado escepticismo eran conscientes de que la democracia era una manta muy pequeña y si te arropas mucho el cuello puede dejarte los pies fríos. Queriendo conjurar un peligro podría acabar generando otro. Tal como Jefferson proclamó en 1801, durante el discurso inaugural de su primer mandato como presidente de los Estados Unidos:
Todos tendrán en mente el sagrado principio de que si bien ha de prevalecer siempre la voluntad de la mayoría, esa voluntad ha de ser razonable para ser legítima, pues la minoría posee derechos iguales, que leyes iguales deben proteger, y violar esto sería opresión.
Por ello, además de basarse en la división de poderes —ejecutivo, legislativo y judicial— ideada por Montesquieu, el sistema debía ser representativo. Consideraban que los representantes electos, aunque solo fuera por su plena dedicación a la política, supondrían un filtro para las causas y pasiones del ignorante pueblo llano. James Madison, otro de los denominados Padres Fundadores y sucesor en la presidencia de Jefferson, lo expresaba así: «bajo tal regulación bien puede ocurrir que la voz pública, pronunciada por los representantes del pueblo, sea más consonante con el bien común que si fuera pronunciada por el pueblo mismo, convocado para tal propósito». También consideraban importante para ese fin que la república fuera de gran tamaño —de ahí su interés en expandirse al oeste— para contar así con una población más heterogénea e impedir la formación de una mayoría abusiva.
Pero si la soberanía pasaba a recaer en el pueblo, la mejor manera de que la administrara con buen juicio estaba en que ese pueblo fuera ilustrado. Nada parecía preocupar más a los Padres Fundadores en general y a Jefferson en concreto que la educación: «Ilústrese al pueblo en general, y la tiranía y la opresión del cuerpo y el espíritu se desvanecerán como los fantasmas al alborear el día». Él fundó la Universidad de Virginia, lo que consideraba uno de los tres mayores logros de su vida. Pero más importante aún que la educación universitaria para unos pocos, creía fundamental la educación primaria y secundaria para todos «porque es más seguro tener a todo un pueblo respetablemente ilustrado que a unos pocos en un elevado nivel científico y a muchos en la ignorancia. Esta última es la situación más peligrosa en que puede encontrarse una nación». Consideraba que todo el mundo debía tener acceso a la educación, por pobre que fuera, para que el país se conformase como una aristocracia basada en el talento y no en la herencia, por lo que se mostró siempre como un ferviente defensor de la educación pública laica. Siempre fue tajante respecto a sacar la religión de las escuelas.
Y aquí llegamos a otro punto importante, el laicismo, pues otro de esos tres grandes logros vitales que le enorgullecían (el tercero fue la propia Declaración de Independencia, claro) fue la separación iglesia-estado. Sin ella no podría haber libertad de pensamiento y por extensión libertad de expresión, que es la base de la deliberación pública. El citado Madison consideraba que había libertad de expresión y de prensa en una sociedad si eran sus oponentes quienes tenían la posibilidad de exponer sus puntos de vista, y si además podían hacerlo en momentos de tensión o sobre asuntos de la mayor gravedad. Es decir, entendía la libertad de expresión como libertad para discrepar de la opinión dominante. Jefferson por su parte decía preferir unos periódicos sin gobierno que un gobierno sin periódicos y se opuso en su momento a la llamada Ley de Sedición porque veía tras ella un intento de censura. Atribuía a la prensa un papel muy importante en el sostenimiento la democracia, pues a partir de información errónea difícilmente podrá la ciudadanía tomar decisiones correctas. Por ello le disgustaba profundamente el bajo nivel que a menudo mostraba:
Nada se puede creer de lo que se lee ahora en un periódico. La verdad misma se convierte en sospechosa al ser colocada en ese instrumento contaminado. La verdadera extensión de semejante estado de mal información solo es conocida por aquellos que están en disposición de confrontar los hechos que conocen bien con las mentiras del día. Mira con verdadera conmiseración a la mayor parte de mis conciudadanos, los cuales, leyendo los periódicos, viven y mueren en la creencia de que han conocido algo de lo que está pasando en el mundo de su época (…) Quiero añadir que la persona que nunca echa una mirada al periódico está mejor informada que aquella que los lee; por cuanto que el que nada sabe está más cerca de la verdad que aquel cuya mente se ha llenado de falsedades y errores.
Nadie es perfecto
Jefferson decía que la política era su deber, pero la ciencia su pasión. Tuvo siempre un gran interés por la biología, la meteorología y la paleontología. Durante su presidencia llegó a tener el esqueleto de un mamut en la Casa Blanca, cuya subespecie norteamericana fue bautizada en su honor Mammuthus Jeffersonii. No sé si puede haber mayor signo de distinción en este mundo, quizá solo que pongan tu nombre a un dinosaurio. Además creó un nuevo tipo de arado, entre otros artefactos, y se le atribuye a él o a su cocinero la invención de un postre. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, defendía una convivencia pacífica con los indios, a los que consideraba iguales a los blancos y deseaba ver integrados como ciudadanos de pleno derecho en el país. También quiso ver abolida la esclavitud, de hecho en su primera redacción de la Declaración de Independencia quedaba expresamente prohibida, pero el Congreso de las colonias eliminó esa parte para lograr el apoyo de las zonas esclavistas. Sin embargo él nunca llegó a prescindir de los que tenía en propiedad y es aquí donde llega su lado menos amable.
Llegó a poseer doscientos sesenta esclavos y, según afirmaba, usaba las patatas y la alfalfa «para alimentar a todos los animales de mi granja excepto a mis negros». En su libro Notas sobre el estado de Virginia, tras hablar sobre «la preferencia de los orangutanes por las mujeres negras por encima de las de su propia especie» (una preferencia compartida por el propio Jefferson, al parecer, dado que tuvo un hijo con una de sus esclavas), continúa explayándose sobre dicha raza:
En general, su existencia parece participar más de la sensación que de la reflexión. Ello debe atribuirse a su disposición a dormir cuando están abstraídos de sus diversiones y carentes de trabajo. (…) Si los comparamos por sus facultades de memoria, raciocinio e imaginación, me parece que en memoria son iguales a los blancos; en raciocinio, muy inferiores, ya que creo que raramente puede encontrarse uno capaz de examinar y comprender las investigaciones de Euclides; y que en imaginación son simples, carentes de gusto y anómalos.
Un momento, esto no parece muy ilustrado precisamente… Parece que hasta las mentes más ágiles pueden de vez en cuando tropezarse estrepitosamente. Pero lo interesante de este asunto es la respuesta que provocó en un curioso personaje llamado Benjamin Banneker. Nacido en 1731, era un descendiente de esclavos africanos liberado que tuvo la suerte de contar con un vecino cuáquero de fuertes convicciones humanistas, que le proporcionó una educación escolar y compartió con él su biblioteca. Banneker, gracias a su talento innato, sacó un gran provecho de ello y se convirtió en un astrónomo, matemático, relojero, editor y granjero que —ya en su edad adulta— mantendría correspondencia con nuestro protagonista para mostrarle lo equivocado que estaba en torno a sus prejuicios raciales. Jefferson, por su parte, le respondió con su característica buena educación, expresando que «nadie quiere observar tanto como yo las pruebas que exponéis de que la naturaleza ha otorgado a nuestros hermanos negros unos talentos iguales a los hombres de otra coloración y que la apariencia de una falta de aquellos se debe meramente a la degradada condición de su existencia». De manera que compartía algunas de las creencias comunes en su tiempo pero al menos parecía dispuesto a cuestionárselas. Lamentablemente no dejó ninguna constancia por escrito de que efectivamente llegara a cambiar dicha opinión durante su vida posterior.
Esto nos demuestra paradójicamente lo cierto que era el pesimismo antropológico que tanto Jefferson como otros ilustrados sostenían. Y también, más allá de sus torpezas y debilidades, lo verdaderamente relevante: tal como señalan Acemoglu y Robinson en el excelente libro Por qué fracasan los países, los Padres Fundadores fueron capaces de crear un sistema que, aunque inicialmente estaba al servicio de los hombres blancos de clase alta como ellos, los trascendió. Al fundarse sobre unos principios universales, el sistema acababa obligándose a sí mismo a incluir tarde o temprano a todos los demás. Así que poco importa plantearse si Jefferson pensaba o no en «sus negros» cuando escribió:
Mantenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de determinados derechos inalienables; que entre estos se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
En una especie de círculo virtuoso, ese discurso —arrastrado por su propia inercia— obligó con el paso del tiempo a extender el sufragio y los derechos civiles a hombres y mujeres, a blancos y negros y a ser replicado, con más o menos acierto, en otros muchos países. Y es solo entonces, cuando se ha distribuido el poder entre todos los miembros de la sociedad, cuando pasa a tener sentido preguntarse quién es más tonto, si los gobernantes o sus gobernados.
Sergioski02a que puto genio del entertainment se le ha ocurrido esa version del puente sobre el rio Kwai?????!!
Aquí el vídeo del año pasado.
Sergioski02habeis jugado alguna vez a esto, yo si, es divertido.
El Geocaching es el juego de búsqueda del tesoro de toda la vida, pero con la utilización de dispositivos de GPS. Requiere suscribirse (gratuitamente) en la web oficial, donde los jugadores registran sus geocaches.