Rosa Benito es una estrella televisa tan honorable como Walter White de Breaking Bad o Daenerys de Juego de tronos. Ahora, para el español medio con estudios, cercano a los treinta y con look copiado Girls, es mucho más cool declararse seguidor de cualquier serie yankee que de la no-ficción española. Los motivos son legítimos, a cada uno le puede gustar lo que le dé la gana. El problema viene cuando al margen de ellos se arremete contra los productos de la familia Mediaset.
Calificar de telebasura a Sálvame es catalogarlo dentro de un respetable género autóctono –por cierto, no significa que sea basura literal, del mismo modo que los perroflautas no tienen por qué tocar la travesera y los pagafantas pueden invitar también a coca colas-; de hecho, el que alaba a las producciones de la HBO por su calidad técnica y guiones, debería reconocer que Quién quiere casarse con mi hijo no tiene nada que envidiar al respecto. El universo de Telecinco constituye una serie de televisión infinita minuciosamente planeada y mucho más compleja que cualquier final season de Mad Men; en él se fabrican personajes en Mujeres y Hombres y Viceversa, luego se encumbran en el Deluxe, los amortizan en el Diario y los acaban matando en Qué tiempo tan feliz. Si dan un poco de juego en la ultratumba quizás los resucitan en Supervivientes, si no, vuelta a empezar. Y este es el ciclo de la vida más perfecto jamás concebido en una obra hecha por el ser humano.
La vida de Belén Esteban, en la que se entremezclan los Episodios con los Comentarios del director, invita a una reflexión sobre los límites de la realidad televisiva. Nos otorga la oportunidad de seguir a nuestro personaje fetiche y tener la certeza de que, además, nos lo podemos cruzar cualquier noche en la discoteca de moda de Madrid. La mentira guionizada de la HBO, que limita a trece episodios por temporada de Don Draper y compañía, se queda corta ante el enjuague cartesiano de Basile, que nos regala las 24 horas del día de un puñado de personajes que transcienden a los guiones y que nos entregan su vida en bandeja; y la magia reside en que en la calle te puedes cruzar a Jon Hamm, pero nunca al fúcker publicista de Madison Avenue.