
Accidente de tráfico en algún país con nombre acabado en -istán.

Accidente de tráfico en algún país con nombre acabado en -istán.
Sergioski02pues lo que decia pako, no?

Fotografía: Stuart Caie (CC).
Es raro que la actualidad brinde a los aficionados a la filosofía moral la oportunidad de movilizar sus oscuras pasiones, pero el caso de Excalibur, el perro potencialmente afectado por ébola tal vez sea una de ellas. A pesar de que —notablemente, en relación con la tauromaquia— el debate sobre los derechos de los animales sale de forma recurrente a la escena pública, en la historia reciente de nuestro país nunca se había puesto tan de relieve la posibilidad de que exista un conflicto entre la vida humana y la de un animal.
Ridiculizar la expresión pública de ciertas posiciones «animalistas» es bastante sencillo y cuesta bien poco, posiblemente porque hasta el momento no ha habido una articulación de sus planteamientos coherente dentro del debate público en España. Sin embargo, el laberinto sobre el estatus moral de los animales, y por extensión el de los humanos, es muy oscuro (una revisión aquí ) y es fácil perderse en él (el catedrático de filosofía Jesús Zamora Bonilla escribió hace tiempo una serie defendiendo el toreo con ideas que merece repasar: I, II, III, IV, para ver las sutilezas del problema). En este artículo intentaré articular por qué la crítica especista de la ética estándar tiene sentido y cuáles son sus límites. Además, propondré un marco para estructurar el debate.
¿Qué hace a los humanos únicos desde el punto de vista moral? Había una época en la que esta era una pregunta sencilla de responder. La metafísica cristiana, o de inspiración cristiana, como la de Descartes, nos sugería que los humanos teníamos un alma inmaterial, y del alma pendían la voluntad y el sentido moral; los animales en cambio carecían de ella. El dualismo mente-cuerpo es hoy una filosofía desacreditada bajo el influjo de la ciencia moderna, que ha sido reemplazada entre los filósofos por alguna variedad de funcionalismo o monismo. Hoy sabemos que los estados cerebrales afectan a los estados psicológicos, que la fisionomía y la psicología están íntimamente ligadas y que las depresiones se pueden curar con medicación. Todo esto hace difícil sostener la existencia de un alma inmaterial.
Esto ha llevado a las ciencias cognitivas a descubrir que las diferencias que existen a un nivel físico y biológico entre los humanos y otras especies son en realidad mucho más pequeñas de lo que creíamos. Por ejemplo, es posible que, para una definición razonable de intencionalidad, muchas otras especies tengan alguna forma de ella. Todo esto nos deja una muy fea conclusión para nuestra intuición moral de que los seres humanos tenemos un claro estatus de superioridad moral frente al resto de especies.
Si el lector no está aún persuadido de lo insatisfactorio de la ética simplemente basada en el sentido común, vale la pena mirar esta idea con un poco de perspectiva histórica. El filósofo Peter Singer revolucionó la filosofía moral moderna cuando planteó en su Expandiendo el círculo una perspectiva evolucionista de la ética. Desde su punto de vista, las sociedades humanas habríamos evolucionado hacia una mayor complejidad para actuar de forma cada vez más inclusiva, cada vez más compleja y, desde ese punto de vista, la extensión del reconocimiento moral (el «círculo de reconocimiento») es una ventaja moral evolutiva. Habríamos por tanto ido desde incluir solo personas de nuestras familia, miembros de la misma tribu, de la misma comunidad, el mismo país, hacia las mujeres, hacia los esclavos y finalmente hacia alguna concepción más o menos universalista de los derechos «humanos». En retrospectiva, estas extensiones nos parecen de cajón, pero es importante subrayar que en el origen no lo eran en absoluto. El paso siguiente parece obvio: el reconocimiento de cierto estatus moral para los animales, y en particular para los grandes simios que, por su cercanía evolutiva, probablemente tienen facultades cognitivas (para sufrir o sentir) no muy distintas de las de los humanos.
Estamos, como anticipamos, en un laberinto en el que las personas con una cosmovisión materialista —por oposición a animista o espiritual— necesitamos encontrar una forma de reconstruir nuestras intuiciones morales de una forma que sea compatible con esa cosmovisión. Empezamos el artículo con la promesa de una propuesta para estructurar el debate y aquí va: la forma razonable de entender la ética es como una forma de emotivismo moral, basado en la empatía. El argumento es como sigue: los humanos tenemos capacidad de empatizar, («ponernos en la piel de») de otros seres, una capacidad emotiva que hemos desarrollado gracias a muchos condicionantes y que normalmente disciplinamos gracias a nuestro raciocinio. Esta capacidad de empatía es precisamente el «círculo expansivo» del que habla Singer: nuestra capacidad para considerar a cada vez más seres como nuestros iguales no ha hecho más que crecer evolutivamente. Lo que hace acreedores a otros seres de reconocimiento es la empatía que hemos desarrollado, intersubjetivamente, hacia ellos. Esto es en esencia una reinterpretación «naturalizada”» del imperativo categórico kantiano o el argumento del velo de la ignorancia rawlsiano, como la que plantea el matemático Ken Binmore , donde conseguimos resolver el problema del perímetro en el que se puede incluir.
Entender la ética así puede plantear ciertos problemas internos a las concepciones morales establecidas. Si lo que rige las convicciones morales es la capacidad, subjetiva, de empatizar o simpatizar, entonces es necesario olvidarse de ningún tipo de absoluto moral externo universalmente aplicable. En particular, es imposible no tomarse en serio los afectos personales de cada uno como algo que debe tenerse en cuenta, una idea que ha sido defendida recientemente por el filósofo Stephen Asma en un libro con un título muy provocador Against fairness. Este sistema de gradaciones morales puede llegar a ser problemático, porque pone sobre la mesa la posibilidad de que no todas las vidas merezcan la misma consideración. Pero, nos replicaría Asma, se trata de un hecho real en la vida: todos damos más valor a nuestros amigos cercanos que a los desconocidos; reaccionamos de forma distinta cuando muere en un accidente aéreo un nacional que un extranjero, o consideramos de forma distinta las desgracias ajenas según lo cercanas que nos queden. Lo único que estaríamos haciendo es traer los criterios que rigen este tipo de afectos dentro de la discusión.
Si traemos un criterio de este tipo al problema del estatus moral de los animales, el caso de Excalibur es especialmente interesante porque posiblemente los animales de compañía son las especies hacia las que los humanos desarrollamos mayor simpatía. Los dueños de gatos o perros desarrollan relaciones de empatía y de interacción directas con ellos, se sienten unidos a ellos de una forma muy cercana a como lo harían con muchos seres humanos. Como diría Samuel L. Jackson en Pulp Fiction «los perros tienen personalidad, la personalidad debería contar». No parece entonces del todo descabellado que desde su perspectiva estos animales merezcan algún tipo de reconocimiento moral.
Todo esto nos sitúa en las incómodas coordenadas de las zonas grises, donde nuestra intuición moral parece indicarnos que las vidas humanas merecen una consideración mayor que las de otras especies, pero donde, a la vez, la posición según la que existe una ruptura tan radical de la continuidad de la topología moral entre especies parece difícil de sostener. Entre ambos puntos, existe un compromiso de posturas en cuya identificación posiblemente debe situarse el debate.
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Sergioski02venga ahi, las pandemias de moda otra vez, aprovechen que no volverán hasta dentro de unos años.

Si te dicen que un filme está basado en hechos reales, seguramente tu morbo se despierte. La acción suele estar garantizada en este tipo de películas en las que al protagonista le van a hacer pasar las de Caín.
En esta que se presentó ayer simultáneamente en el Pequeño Cine Estudio de Madrid y en internet, el protagonista sufre mucho. Muchísimo. Durante 24 horas de proyección. Sí, estas leyendo bien. Es una peli de 24 horas de duración basada en la vida de un hombre anónimo pero real. 24 lentas, agónicas horas que muestran sin filtros, sin cortes y descarnadamente la rutina de un enfermo de cáncer terminal. 1.500 minutos, uno detrás de otro, inexorables. Aunque, en realidad, no es un película. Es un anuncio. El anuncio más largo del mundo.
La intención de esta campaña publicitaria que ha realizado La Despensa para la Asociación Federal Derecho a Morir Dignamente no es solo batir un récord como el spot de más duración. Su objetivo es más importante: movilizar a la opinión pública y conseguir que se regule la eutanasia en nuestro país, el derecho a que toda persona decida sobre su muerte y pueda optar a acabar con su sufrimiento con dignidad.
La campaña incluye además la recogida de firmas, a través de la plataforma Change.org, a favor de una futura ley que regule este derecho, tanto a nivel nacional como internacional.
La cinta ha sido realizada por la productora Attic Films con la dirección creativa de La Despensa, y ha contado con el actor Juan Carlos Catalá como protagonista. El rodaje, nos cuenta Harold Vas, supervisor de cuentas de La Despensa, fue «un experimento». «Nos planteamos que teníamos que hacer un rodaje de 24 horas en la vida de un enfermo terminal y junto con la productora vimos cuál era la mejor alternativa y más viable, teniendo en cuenta que no había presupuesto».
Porque esta acción para DMD forma parte de algo parecido a un proyecto solidario que La Despensa pone al servicio de clientes que ellos mismos escogen. «Acciones o ideas que nos hagan sentir mejor», explica Vas. «La realidad es que vemos o detectamos alertas sociales a las que aplicamos una idea creativa para que más gente pueda ser consciente de ello, y les llegue y les mueva».
«Buscamos llegarles de otra manera, que les despierte. Así surgió la campaña de 016 para el Ministerio de Igualdad o el de Ropa Comprometida para Amnistía Internacional, o la campaña gráfica, también para Amnistía, de su campaña de Stop Tortura, con la que hemos conseguido que el gobierno de Marruecos revise el caso de un preso de conciencia y finalmente le liberen».
Y como todo experimento, no salió bien a la primera. Fueron, en realidad, 48 horas de rodaje, ya que hubo que repetir la grabación por algunos errores. Afortunadamente, «el ingenio español soluciona muchas cosas», comenta divertido Harold Vas. «Es cierto que se podría cuidar mucho más la producción, que se podrían haber hecho muchas cosas más, pero lo importante era transmitir el concepto y concienciar a la gente, hacerles ver la importancia de promulgar una ley para una Muerte Digna».
Eso sí, lejos del morbo, tan solo mostrando el hastío, la agonía, el lentísimo y desesperante transcurrir de las horas y los días de personas como Ramón Sampedro, el tetrapléjico que inspiró la película Mar adentro, de Amenábar, por poner solo un ejemplo de los más conocidos. «Nosotros podemos parar el vídeo en cualquier momento», afirma Vas, «pero ellos tienen que mantenerse postrados durante semanas, meses e incluso años».
La película está rodada desde el ángulo de vista del enfermo, a quien nunca vemos su rostro, pero sí sus manos o sus piernas. Todo lo que se muestra es lo que ve desde su cama. Una horrible rutina de inmovilidad y sufrimiento, de escaras y deterioro progresivo, de insomnio, de infecciones y depresión. Y con una única banda sonora: una respiración agónica que transmite todo el dolor y la angustia que viven estos enfermos sin solución médica, sabiendo que van a morir, pero sin poder darle al fast forward de su vida para adelantar su final.
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Sergioski02esta fiebre de carteles siempre me hace pensar en que hemos perdido la habilidad para decirnos las cosas a la cara.
Las mujeres del 2º puerta A y 2º puerta B «de esta nuestra comunidad», tienen sus diferencias con respecto a quién folla haciendo una serie de ruidos, onomatopeyas y exclamaciones varias y quién no.
La discusión lleva un mensaje claro: «No me despiertes al niño de la siesta, que le rompes el ciclo del sueño». Vamos, hombre, con lo que cuesta que un bebé se duerma a veces y encima lo despiertan de la siesta los gritos tan sexuales como profesionales de la vecina pared con pared, que más bien parecen voces de una profesional del porno.
Pero que quede claro, según el testimonio gráfico que atestigua Parece del Mundo Today, que la vecina del 2º puerta A no pone reparos en que su vecina practique el deporte en horizontal –por lo general- más querido y extendido en el planeta; es solo por su bebé. Además, añade en una posdata -P.D. es posdata, Mariló-, que ella también folla, pero «no se entera ni Dios». Ahí, dejando alto el pabellón español del folleteo.
Al otro lado está la vecina del 2º puerta B, que recibe un regalo a modo de lubricante en la misma nota pegado con celo estilo cutre, pero un regalo no se debe criticar y menos rechazar. La vecina, extrañada porque está en el trabajo a esas horas, y después de caer en la cuenta de quién está en casa entonces –«¡mi novio el folleitor!»-, rechaza el regalo-lubricante y le devuelve la misiva con otra con un comienzo más frío que una sonrisa de Fernando Alonso: «Aquí tienes tu lubricante, no lo necesito».
Con una nota aclaratoria que seguirían el resto de los vecinos con suma atención, como La que se avecina en sus mejores tiempos, la vecina corneada explica a su querida vecina –recordemos que puerta con puerta- que su novio está «en la casa de la hija de puta de su madre». Aquí la madre no sabemos qué papel juega; de momento se lleva una bofetada en forma de calificativo, que no sabemos si merece.
Señoras vecinas del 2º puerta A y puerta B, les reemplazo a que dialoguen entre sí en casa de una u otra o, de lo contrario, monten una junta para explicarlo con lupa de 500 aumentos a los vecinos, porque esta intriga deja con mal sabor de boca al resto de «esta nuestra comunidad». Si necesitan un representante llamen al timbre del 2º puerta C. Allí les atenderé gustosamente.
Estos artículos, escritos por PARECE DEL MUNDO TODAY, son interpretaciones ficticias y humorísticas de noticias reales que aparecen en medios de comunicación.
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Vladimir Lenin, leader of the Bolshevik Revolution, founder of Russia's Communist Party, and premier of the Soviet Union, has been dead since 1924, but his image has lived on worldwide for nearly a century. With the backing of the Soviet government, tens of thousands of statues, busts, and monuments to Lenin were erected in former Soviet states and allied nations. These likenesses became worldwide symbols of communism and the Soviet Union, and they have ridden the tides of fortune and disfavor over the decades. Dismantling Lenin statues is a symbolic act that goes back to World War II, and continues through the present day; last week, protestors in Ukraine tore down their country's largest Lenin monument. Collected here are photos of Lenin monuments from across the world, including Lithuania, Latvia, Mongolia, Ghana, Ukraine, Cuba, Russia, Romania, Vietnam, Georgia, Svalbard, Chechnya, Tajikistan, Ethiopia, Bulgaria—and Seattle. [36 photos]

Sergioski02anda mira, como anillo al dedo para mi sensacion de que la prensa es una mierda
Como lector me llaman la atención los titulares sobre la sanitaria afectada: titulares confusos, con falta de tacto, con fallidas intenciones literarias… Escribir un buen titular es más complicado que hacer Donuts (que siguen una receta), dice el periodista Carlos Salas. Pero un mal titular también requiere práctica, como se verá.
EL TITULAR QUE QUISO SER POE
El titular de Las Provincias carece de tacto.

Parece que el redactor quiso con «la sanitaria que amortajó a un religioso», imitar títulos de Poe como El entierro prematuro y La máscara de la muerte roja.
«La sanitaria que cuidó a un religioso, primer caso de ébola en Europa», hubiera sido un titular correcto. La palabra «amortajó» es un detalle tan morboso como innecesario, y que debería aparecer en el cuerpo de la noticia.
LA NOTICIA QUE NUNCA FUE
Uno imagina al redactor de La Voz de Galicia gritando: «Joder, esta tía es gallega, mira que si llega a venir… ¡Titular!»

Si este titular creara escuela, podríamos toparnos con frases como «El Real Madrid estuvo a punto de ganar la liga» o «La cifra de parados estuvo a punto de congelarse».
El titular de La voz de Galicia es habitual en revistas de cotilleos: «Angelina Jolie y Jennifer Aniston casi coinciden en…»
UNA EXPERIENCIA RELIGIOSA O EL PROBLEMA DE LAS MAYÚSCULAS
El redactor de HOY ofrece información sin contexto, parece que movido por el gusanillo literario.

¿La única solución para la curación de la afectada por ébola es rezar?, pienso. Leo el titular en voz alta.
«¿El santo Job no estaba disponible y tuvieron que buscar a la hermana paciencia?», dice mi mujer, a bote pronto.
Coincidimos: el titular se presta a malentendidos. Parte de culpa está en LAS MAYÚSCULAS: no aclaran que HERMANA PACIENCIA es una misionera. En combinación con FÍAN LA SALVACIÓN, se sugiere que la afectada está a punto de recibir la extremaunción.
Un titular claro, el de Público: «La auxiliar contagiada recibe suero de la hermana Paciencia, que superó la enfermedad».
EL HOMBRE QUE NO ESTUVO ALLÍ O PABLO IGLESIAS, QUE ALGO QUEDA
Pablo Iglesias se ha convertido en un filón para los periódicos. Uno imagina al redactor de Vozpopuli dando un salto de su silla y corriendo al despacho del director: «Metemos en un mismo titular ébola y Pablo Iglesias y lo petamos».

No debería extrañarnos si en adelante encontramos titulares como «asesinan a un hombre cerca de la cafetería en la que Pablo Iglesias compra pasteles» o «La lluvia inundó el aparcamiento del Alcampo donde Pablo Iglesias compra».
EL TITULAR QUE QUISO SER APOCALÍPTICO
El editor de La Nueva España quiso ser creativo y mezcló las palabras «ébola» y «vigilancia» con una imagen de la policía nacional con perros (que pertenece a otra noticia).

La maquetación no parece casual y a primera vista, choca: ¿Policías con perros vigilando a personas que pudieran estar contagiadas por ébola? Si una de estas personas quiere cruzar al otro lado del Ebro, ¿los perros irán tras su rastro? ¿Para cuándo los monos naranjas? Este es un escenario propio de una película de terror, inconcebible, pero que viene a la memoria con la extravagante maquetación.
SÁLVATE COMO PUEDAS
La maquetación de El diario montañés tampoco parece casual. Sugiere a la imaginación que las personas vigiladas han sido reunidas; unas recibieron máscaras y otras, no.

La imagen, de alguna manera, es jocosa: trae a la memoria la saga «como puedas» protagonizada por Leslie Nielsen. El título sería «Sálvate como puedas» y los personajes tendrían máscaras para pintar a pistola compradas en un chino.
PARECÍA UNA PERSONA NORMAL
El redactor de El País parece que ha hablado con demasiadas señoras mayores que conocen criminales. Estas señoras suelen decir a los periódicos: «Parecía una buena persona…»

Profesionales de la sanidad culpan al Gobierno y a los medios de criminalizar a la auxiliar que se recupera de ébola. Muchos periódicos han utilizado imágenes de Teresa R. extraídas de las redes sociales (como reflejan los pies). Sobre ellas:
SOSPECHOSA DE ÉBOLA
«Sospechosa» en lugar de «posible afectada» u otro término con tacto. El titular de El País, de alguna manera, ahonda —por libre asociación mental— con la criminalidad.
El periodista Carlos Salas dice que es más difícil crear un buen titular que hacer Donuts (que siguen una receta). Al parecer, los malos titulares también requieren esfuerzo.
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Portadas de periódicos en kiosko.net
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En el país E hay un conflicto social en una región determinada llamada C.
Este conflicto es muy curioso, porque no está claro si hay una mayoría a favor de la solución A o la solución B. La característica principal del conflicto es precisamente esa incertidumbre.
El gobierno de E habitualmente realiza encuestas mensuales llamando por teléfono a 3000 personas. El resultado no es concluyente. Curiosamente, se niega a preguntar a la región C qué opina sobre el conflicto. Ni siquiera a preguntarlo a todo el país. Más curioso aún porque el gobierno de E permite que ciudades de C realicen encuestas a nivel municipal en caso de conflicto. Esperad, el gobierno de E incluso permitió en 2006 una encuesta muy similar a la actual sobre el estatuto de C. ¿Por qué ahora no?
El poder judicial de E… bueno, una aclaración primero. El poder judicial de E está nombrado por el poder político de E. El poder judicial decide interpretar las leyes según le conviene; son conocidos varios casos en que regiones como A se les permiten cosas que a C no. Esto sólo contribuye a aumentar la fricción en vez de ofrecer una solución al conflicto.
Lo que es peor, seguimos sin saber si es mejor la solución A o la B. Quién sabe, quizá la Z. No lo sabremos porque el gobierno de E niega el debate y la posibilidad de solución.
La única vía de escape es consultar a los ciudadanos de C mediante unas elecciones regionales. Pero entonces, ¿qué consecuencias habría? El gobierno resultante de las elecciones de C habría sido elegido específicamente con un objetivo. Y si ese gobierno regional representara una mayoría favorable a la solución A, ¿no tendrían la responsabilidad de ejecutar A? Legalidad aparte, ¿es esto lo mejor para todos?
*****
El gobierno de E afirma “lo que tiene que hacer la rueda es desinflarse” mientras el poder judicial de E añade “debe desinflarse porque lo pone en el manual de instrucciones”, mientras con la otra mano aumentan la fuerza de la bomba de inflado.
Mirar a otro lado no hace que se desinfle. Señalar con el dedo al manual y decirle “debes desinflarte” no hace que se desinfle. Estamos hablando de hechos consumados. Ya ha pasado el tiempo de debatir sobre si la rueda tal o la rueda cual.
Si yo fuera ciudadano de E, no sólo de C, estaría enfurecido con mis instituciones. La única solución que han permitido es que la rueda reviente. Y no sabremos si cuando reviente saldrá disparada hacia la carretera o hacia la carrocería del camión.
Cuando estemos volando por los aires, pensaremos, ojalá se lo hubiéramos preguntado cuando estábamos a tiempo.
Gol en Las Gaunas. El ébola ya está aquí y nosotros sin comprar rifles. Antes de nada, que no cunda el pánico. El Ministerio de Sanidad, con Ana Mato a la cabeza, se ha puesto a trabajar para gestionar esta crisis.

Por si aún no saben quién es Ana Mato, es la Ministra de Sanidad del Gobierno de España. Si vieron la rueda de prensa de ayer por la tarde, era la presentadora del acto, la que sale junto a las imágenes de los extraterrestres amarillos.

Bien. Todo comienza cuando el pasado mes de agosto se identifica un caso de contagio por el virus del Ébola en Liberia. Se trata del misionero Miguel Pajares y se decide que lo suyo es traerlo a España, en un avión con los sillones forrados de plástico.
Por estas cosas que tiene la vida, se le ingresa en el Hospital Carlos III, un hospital que poco antes había visto cómo se desmantelaba la unidad de enfermedades infecciosas que albergaba habitaciones aisladas adecuadas para estos menesteres. Una pena, la crisis nos golpea a todos y el personal del hospital ya se quejaba por ello.
Lamentablemente, Miguel Pajares fallece y poco más de un mes después llega otro misionero, esta vez desde Sierra Leona. Manuel García Viejo fallece a final de septiembre.
Ahora viene la parte divertida.

La enfermera se sintió regulín y se acercó a ver si podían hacerle un análisis, que con esto del Ébola nunca se sabe. Efectivamente, se confirmó que tenía algo de fiebre pero no la suficiente como para no dejarla marchar a casa. ¿Por qué iba a resultar sospechoso que una enfermera que había tratado a un paciente de Ébola tuviera fiebre?

Ayer mismo se confirmó que la enfermera tiene el ‘bisho’ dentro. Maldita sea. ¿Cómo es posible que haya ocurrido? ¿Cómo ha llegado el virus a España? ¿Cómo ha podido escapar del control en un hospital que, quizás y solo quizá, no estaba completamente preparado? ¿Cómo es posible que haya resultado ineficaz el protocolo diseñado por el Ministerio de Sanidad? Un protocolo que, no olvidemos, descartaba el riesgo de contagio según la propia ministra.

Hoy, poco menos de 24 horas después, para una buena parte de la prensa, la culpa es de la propia enfermera que, es de suponer, trajo el virus a España, lo metió en el hospital y se contagió a propósito solo para fastidiar a una ministra cuya gestión había sido intachable hasta el lunes por la mañana.
Llegados a este punto, con tres pacientes más aislados en el hospital Carlos III y 52 vigilados, con el personal sanitario avisando de que lo peor está por llegar, con Europa pidiendo explicaciones de por qué España es así de cenutria, y con España diciendo que ya casi que se pasan otro día, que hoy no nos viene bien, nos queda encontrar a los culpables.
Descartados la ministra Mato y el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, porque uno no puede estar en todos los detalles nimios que afectan a la cotidianeidad de un ministerio o una consejería, nos queda un único culpable.

OLA K ASE. Foto de Love Will Tear Us Aznar
Pero tranquilos, Ana Mato y su equipo están al mando de la situación. Nada malo puede ocurrir. Nosotros, intentando anticiparnos a los hechos, hemos recopilado una serie de inputs basados en la trayectoria de los responsables de gestionar esta crisis y los hemos sumado a unas variables hipotéticas que pueden ocurrir a raíz de esa gestión de los acontecimientos. Hemos introducido todos esos datos en nuestro Ordenador 2000, que es como se llama el ingenio de inteligencia artificial que barajamos para estos casos, y estos son los resultados.
Esta es la reconstrucción del mejor escenario posible en 96 horas en la capital madrileña. Sábado, Plaza del Dos de Mayo. Malasaña. Podríais pensar que esto es un after cualquier del madrileño barrio, pero no. Es el ébola.

El after, de hecho, es esto.

La obligación de los medios es, por un lado, escribir posts graciosos -sabemos que aquí estamos fracasando- y, por otro, transmitir tranquilidad a la ciudadanía a través de la rigurosidad en la información. Por eso, queridos ciudadanos, debéis saber que el ébola se transmite de la siguiente manera:
Ahora, queridos cuñaos, ya tenéis información suficiente para bajar al bar a pontificar. Solo recordad una cosa: si vuestro compañero de vinos vomita sangre y sabéis que no tiene una úlcera, es ébola. Huid.

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Sergioski02joder que moda, os acordais, fue el puto enrique iglesias quien la creo, no?
Sergioski02Jur, esto si es una verdad incomoda. Me gustan los textos que se meten ente mas cuantitativos, y nos e quedan en temas cualitativos. Porque ahi empieza a escocer la efectividad de los actos.

¿Acaso alguna persona en su sano juicio se lanzaría de cabeza al cubo de la basura para parar a Hitler? ¿O creería que el hacer compost habría acabado con la esclavitud o lograría la jornada de ocho horas de trabajo? ¿Se creería que cortar leña y acarrear agua habría sacado a los presos de las cárceles zaristas, o que bailar desnudo alrededor del fuego ayudaría a elaborar la ley de derecho al voto de 1957 o la ley de derechos civiles de 1964? Entonces, ¿por qué ahora, con el mundo entero en juego, hay tanta gente que se retrotrae a las “soluciones personales”?
Una parte del problema es que hemos sido víctimas de una campaña sistemática de desorientación. La cultura del consumo y el pensamiento capitalista nos han enseñado a sustituir por actos de consumo individual la resistencia política organizada. “Una verdad incómoda” ayudó a elevar la conciencia sobre el calentamiento global. Pero ¿se dieron ustedes cuenta de que todas las soluciones que presentaba tenían que ver con el consumo personal, con cambiar las bombillas a bajo consumo, inflar las ruedas, conducir la mitad, etc. y que no tenían nada que ver con quitar el poder a las grandes empresas o parar el crecimiento económico que está destruyendo el planeta? Si cada persona en los EE. UU. hubiese hecho lo que la película sugería, las emisiones de carbono de los EE. UU. se habrían reducido apenas un 22%. El consenso científico es que hay que reducir al menos el 75% de las emisiones.
O hablemos del agua. Oímos con mucha frecuencia que el agua empieza a escasear en el mundo. Hay gente que muere por falta de agua. Los ríos se van secando por falta de agua. Es por ello por lo que tenemos que darnos duchas más cortas. ¿Ven la desconexión? ¿Soy acaso responsable del agotamiento de los acuíferos por darme duchas? Pues no, porque más del 90% del agua que utilizan los seres humanos la consume la agricultura y la industria. Y el 10 por ciento restante se divide entre los usos municipales y el consumo humano real. En general, los campos de golf municipales consumen tanta agua como los habitantes de los municipio. Los seres vivos (humanos y peces) no se están muriendo porque el mundo se esté quedando sin agua, sino porque el agua se está robando.
Hablemos de energía. Kirkpatrick Sale lo resumió con acierto: La historia se ha repetido en los últimos 15 años: el consumo residencial individual en coche privado es apenas un cuarto de todo el consumo; la gran mayoría del consumo (energético) es comercial, industrial, corporativo de la agricultura mecanizada y gubernamental (olvidó mencionar el militar). Por tanto, incluso aunque todos nosotros fuésemos en bicicleta y nos calentásemos con estufas de leña, ello supondría un impacto inapreciable en el uso energético, en el calentamiento global y en la contaminación atmosférica”.
O hablemos de desechos. En 2005, la producción municipal de basura fue de unos 705 kilos per capita (en realidad, lo que ponemos en el cubo de la basura) en los EE. UU. Supongamos que es usted un activista muy exigente y con una forma de vida muy sencilla y reduce esto a cero. Recicla todo. Lleva las bolsas de la ropa para hacer compras. Arregla el tostador, sus dedos sobresalen por la puntera de sus zapatillas. Pues aún así, no es suficiente. Dado que la basura municipal no sólo incluye a la residencial sino también la que emana de las oficinas públicas y de los negocios, se va en manifestación a estas oficinas, con los panfletos de reducción de desechos en la mano y les convence para eliminar la parte de la basura que a usted le corresponde. Vaya, hay malas noticias: la basura municipal apenas supone el 3 por ciento de toda la producción de residuos en los EE. UU.
Trataré de explicarme. No estoy diciendo que no debamos vivir de forma más sencilla. Yo mismo vivo de forma razonablemente sencilla, pero no creo que el no comprar mucho (o no conducir mucho o no tener hijos) sea un poderoso acto político o que sea profundamente revolucionario. No lo es. Los cambios personales no significan cambios sociales.
Por tanto ¿cómo es que ahora y especialmente con el mundo en una encrucijada, hemos llegado a aceptar estas respuestas absolutamente insuficientes? Creo que en parte es porque estamos en un doble aprieto. Y un doble aprieto es cuando se ofrecen varias opciones, pero sea cual fuere la escogida, siempre se pierde y no es posible retirarse.
A estas alturas, debería resultar bastante fácil reconocer que cada acción que implica a la economía industrial es destructiva (y no deberíamos pretender que la energía solar fotovoltaica, por ejemplo, nos sacará de esto, ya que también exige minería e infraestructuras de transporte en cada punto del proceso de producción; y lo mismo puede decirse de cualquier otra tecnología de las llamadas “verdes”. Por tanto, si elegimos esta opción, si participamos ávidamente en la economía industrial, podemos creer a corto plazo que ganaremos, porque acumulamos riqueza, que es el signo del “éxito” en esta cultura. Pero, en realidad, perdemos, porque la civilización industrial está acabando con el planeta, lo que significa que todo el mundo pierde. Si elegimos la otra opción, la de vivir de manera más sencilla, esto causa menos daño, pero no se consigue evitar que la economía industrial acabe con el planeta y podemos llegar a pensar a corto plazo que ganamos, porque nos sentimos más puros e incluso no tenemos que dar todo de nosotros (apenas lo suficiente para justificar que no se pare el horror), pero también en este caso realmente perdemos, porque la civilización industrial sigue cargándose el planeta, lo que significa que todos perdemos.
La tercera opción, que consiste en actuar de forma decisiva para frenar la economía industrial, produce mucho miedo por varias razones, incluyendo alguna, aunque no sólo esa, de que perdemos algunos de los lujos (como la electricidad) a los que nos hemos acostumbrado desde que nacimos y por el hecho de que aquellos que están en el poder pueden intentar matarnos si impedimos, de forma seria, su capacidad de explotar al mundo, aunque ninguna de estas razones altera el hecho de que sea una opción mejor que la de un planeta muerto. Cualquier opción es mejor que la de un planeta muerto.
Además de lo improbable de promover los tipos de cambios necesarios para evitar que esta cultura termine aniquilando el planeta, hay al menos otros cuatro problemas al considerar los sencillos modos de vida como un acto político (contrariamente a vivir de forma sencilla porque es lo que uno desea hacer). El primero es que se postula sobre la errónea noción de que los seres humanos necesariamente dañan su entorno. Vivir de forma simple como un acto político, consiste solamente en reducir el daño, ignorando que los seres humanos pueden ayudar a la Tierra tanto como pueden dañarla. Podemos rehabilitar los cauces, podemos eliminar los afluentes invasivos, podemos eliminar las (re)presas, podemos trastocar el sistema político inclinado hacia los ricos y hacia un sistema económico extractivo, podemos destruir el sistema económico que es destruir el mundo real y físico.
El segundo problema, y éste es considerable, es que asigna la culpabilidad a las personas (y muy especialmente a los más desfavorecidos), en vez de adjudicarla a aquellos que realmente detentan el poder en este sistema y al sistema en sí. Kirkpatrick de nuevo: “La culpabilización absolutamente individualista del qué-puedes-hacer-tú-para-salvar-la-tierra es un mito. Nosotros, como individuos, no hemos creado la crisis y no podemos resolverla”
El tercer problema es que aceptamos la redefinición capitalista que nos convierte de ciudadanos en consumidores. Al aceptar esta redefinición, reducimos nuestras posibles formas de resistencia a consumir o a no consumir. Los ciudadanos tienen muchas más tácticas de resistencia a su disposición, incluyendo el votar, o no votar, postularnos, hacer panfletos, boicotear, organizarnos, agruparnos, protestar y cuando un gobierno atente contra la vida o la libertad y contra la búsqueda de la felicidad, tenemos el derecho de alterarlo o abolirlo.
El cuarto problema es que el punto final de la lógica que subyace bajo las formas de vida sencillas, entendidas como un acto político, es suicida. Si cada acto en una economía industrial es destructivo; si deseamos frenar esa destrucción y si no tenemos voluntad o somos incapaces de preguntarnos (y mucho menos de destruir) las infraestructuras intelectuales, morales, económicas o físicas que hacen que cada acto de la economía industrial sea destructivo, entonces se puede llegar a creer que causaremos la menor destrucción posible si morimos.
La buena noticia es que hay otras opciones. Podemos seguir los ejemplos de los valientes activistas que vivieron en tiempos difíciles. He mencionado la Alemania nazi, la Rusia zarista, a los pacifistas estadounidenses que hicieron mucho más que manifestar su pureza moral; se opusieron activamente a las injusticias que les rodeaban. Podemos seguir el ejemplo de aquellos que recordaron que el papel de un activista no consiste en navegar en los sistemas opresivos con tanta integridad como sea posible, sino más bien en enfrentarse y derribar estos sistemas.
Publicado en Orión Magazine http://www.orionmagazine.org/index.php/articles/article/4801
Sergioski02puta, que acojone


Afiliado al PP, aunque nunca lo hubieras imaginado, detrás de esa Estelada puede encontrarse tu media naranja. Y sí, votante de la CUP, quizá esa chica de mechas rubias que cada noche electoral salta y jalea bajo el balcón de Génova sea la mujer de tu vida. Debatinder es una app para ligar cuyo algoritmo conecta usuarios políticamente incompatibles para que ‘el roce’ los haga compatibles.
«No, de momento no está desarrollada, pero no descartamos hacerlo». Lo asegura Ignasi Giró, que junto con el resto del equipo de Honest&Smile están detrás de esta iniciativa «sonriente, ‘cataleña’ y algo bipolar».
«En la agencia tenemos gente tanto en Madrid como en Barcelona, con visiones del tema muy distintos, pero siempre sobre una base de cariño que es lo que creemos que se está perdiendo».
Por eso, y aprovechando el tirón de Tinder, decidieron tratar de quitar dramatismo al asunto con Debatinder. «No tenemos ninguna pretensión en concreto y no queremos enfadar a nadie. Todo lo contrario, nuestro tono y nuestro propósito es conciliador». E insiste, «de momento solo vamos a compartirla con amigos, algún medio de comunicación… No tenemos intención de enviársela a Rajoy ni a Mas, ni nada por el estilo. Queremos que llegue hasta donde tenga que llegar de forma natural. Y, quién sabe, si tiene una buena acogida lo mismo nos planteamos desarrollarla…».
Sergioski02estoy muy pornohypster ultimamente

Erika Lust, Joel Tomás y Noel Hortas. Making of de Meet me in the stockroom (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.
Uno se pasa la mitad de la vida delante de una pantalla y la otra mitad delante de otra pantalla. El tamaño aquí sí que no importa. Probablemente es el artefacto cotidiano más dado por hecho en estos tiempos y sociedades en las que vivimos. En el trabajo y en el ocio. En cualquier soporte. De ordenador, de móvil, de televisión, de lector de libros. Y si esto es así, por su pronta accesibilidad, entonces el porno podría ser el nuevo sexo. ¿Se ve más porno que se folla? Soy incapaz de decirlo. Pero sí que es cierto que la pornografía parece haber alcanzado las cotas de aceptación en la cultura de masas más altas de su propia historia. Hablamos de porno con los amigos con mucho menos rubor que antaño y seguimos en redes sociales a nuestra actriz o actor favorito de una forma ya no totalmente natural —equiparable a hacer lo propio con tu cantante o futbolista favorito— sino quizás incluso trendy. Así, el porno, un recurso de la autosexualidad habitualmente referenciado a la soledad y a lo raruno, va dando pasos hacia un fenómeno compartido, incluso de comunidad, fuera de oscuros foros de internet. Pierda o no algo de su potencial para el morbo en el proceso.
Consecuentemente, el feedback del público respecto de la producción pornográfica es cada vez mayor. ¿Tenemos el porno que queremos? ¿Basta solo con lo que nos ofrecen los pornógrafos habituales? ¿Queremos un acercamiento a la realidad? ¿Queremos una fantasía exacerbada que jamás seríamos capaces de llevar a nuestras camas? ¿Queremos quince minutos de plano fijo ginecológico? ¿Necesitamos realmente que un actor porno, además de follar, cante?
Un proyecto que se ha planteado tener en cuenta este nuevo paradigma de interconectividad y de cercanía entre espectador y pornógrafo es el que propuso Erika Lust con la serie de escenas cortas arropadas bajo el título XConfessions. Adalid del porno para mujeres, la directora sueca afincada en Barcelona se dirigió a su comunidad de seguidores —labrada durante años a base de compartir con el público su visión particular de la pornografía, dirigida especialmente a mujeres— y les pidió una confesión de su intimidad o de sus fantasías, en el formato de un breve texto publicado en una web con registro creada para el caso. Erika se comprometía a rodar cortometrajes a partir de esas escuetas ideas —a razón de uno o dos al mes— y dar salida así a las lúbricas ficciones —o realidades— ajenas. De esta forma, el espectador se convertía en la chispa inicial de la inspiración erótica y sexual, dejando luego en las manos y la mirada de la directora la materialización de la misma.
Lo que la pornografía de Lust es y lo que no es
Antes de profundizar un poco más en lo que se ha producido a partir de este proyecto, me parece imprescindible hacer una limpieza de preconceptos establecidos que he podido observar navegando entre comentarios y reacciones a la filmografía de la directora. Porque uno de los aspectos que más me llama la atención de la obra de Erika Lust son las reacciones que a veces provoca entre los espectadores de pornografía convencional. Mi suposición es que buena parte de ellas provienen de espectadores que han visto sus películas de forma parcial o en un día peculiarmente malo. Porque uno no entiende, por ejemplo, la especie de histeria que lleva a pensar que de la aparición de un porno idealmente dirigido a mujeres todo el porno rodado hasta ahora vaya a ser rodado así, como si de una moda totalizadora se tratara y fuera a dejar al público masculino sin sus pajas. Más absurda me parece esta reacción si además tenemos en cuenta que este tipo de producciones siguen siendo un pequeño islote comparado con el océano de porno pensado específicamente para un público masculino, que es lo que ha abundado en la historia del género.
No, Erika Lust hace su pornografía desde su punto de vista particular y difícilmente Brazzers, Reality Kings, Cumlouder o Torbe van a dejar de hacer lo suyo o irse a la ruina por ello. Lo que tenemos aquí es una forma diferente de hacer las cosas que atraerá —o que más correctamente se podría decir que ya ha atraído— a una parte concreta del público consumidor de pornografía. Cierto es que ha habido un surgimiento —quizás sería más correcto decir una visibilización del público femenino espectador de este género— que ha aumentado la demanda, pero difícilmente esto irá en detrimento de la pornografía mainstream que ya se venía haciendo.
Dicho lo cual, vale la pena señalar, a raíz de varios comentarios leídos en lo ancho y largo de internet, lo que la pornografía de Erika Lust —y en concreto la de este reciente XConfessions— es y lo que no es:
—No es X-Art o Hegré-Art o cualquier otra forma de porno o erotismo esteta rodado en camas, sofás o camillas de masaje, con luz matutina y música de intro estilo chill-out ibicenco. Y digo todo esto, aunque no lo parezca, con todo mi respeto para ese tipo de producciones. Lust busca crear piezas bellas y estéticas, sí, pero hay dos razones que lo diferencian de lo anterior. La primera es que nunca rueda dos veces en el mismo sitio. Evita, de esta forma, la repetición y el abuso de los mismos espacios que desvirtualizarían cualquier fantasía rodada, haciéndola largamente aburrida. Es más, quitando el hecho de que casi todo lo rueda en el formato de escenas cortas —no ha trabajado el largometraje todavía— ninguna de sus producciones se parecen entre ellas e incluso apenas repite actores (siendo la excepción, ahora sí, en estas últimas producciones). La segunda diferencia esencial con estas producciones «blancas» es que las escenas de Lust siempre llevan algún componente argumental, por mínimo que este sea. Y en XConfessions esto es más que evidente en tanto que parten de las historias de los espectadores. Es por ello que los comentarios o críticas que asemejan unas y otras producciones se me antojan provenientes de espectadores que confunden el ver toneladas de porno con no ya saber de porno, sino entender lo que tienen delante de sus narices, para poder sentenciar una similitud de estilos y sus técnicas cinematográficas. Es más elaborado y menos industrial hacer lo que hace Lust. Pero algunos, para saber verlo, deberían devolver las neuronas al cerebro un rato.
—No tardan horas en ponerse a follar. Porque precisamente, una de las grandes virtudes de Lust es dibujar la historia con unos cuantos planos. Con unas pocas acciones, en apenas un minuto o dos, nos marca quién son los personajes, donde están y lo que va a suceder. A veces incluso lo hace con la pareja de actores ya en faena. Por lo cual, ni la historia será completamente anónima y aséptica, ni tendremos que esperar mucho a que el sexo empiece.

Sexo desde el minuto cero entre Amarna Miller y Kristopher Kodjoe en Before the guests arrive (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films
—Es porno para mujeres, sí, pero también lo es para hombres. De hecho, aunque la perspectiva de Lust es feminista y su constante manifiesto lo es, yo señalaría que su punto de vista es un punto de anclaje que le sirve para arrastrar la pornografía convencional rodada para un público masculino hacia un punto más intermedio, más ecuánime, que dignifica un poco más tanto la figura actoral femenina, como la masculina. La actriz ya no es solo un objeto sobre un sofá que va a ser follada por uno o más agujeros y el actor ya no es un pene ambulante de cabeza cortada. De esta forma, vuelve Lust a los inicios «ingenuos» de la pornografía donde la voluntad, más que filmar solo a la fémina, era rodar «el sexo», el encuentro de la pareja en el momento de cama. En sus escenas tanto hombres como mujeres espectadores, podrán disfrutar de cuotas de cámara mejor repartidas para ambos sexos.
—Y, por favor, no es softcore. Toda la filmografía de Lust contiene escenas de sexo explícito. En XConfessions, además hay varios polvazos de los de quitar el sentido. Porque la oferta es variada: tanto a los que gustan del juego erótico suave como a los que buscan ver un buen empotramiento furtivo verán su necesidad satisfecha.
Con lo que fantaseamos
Los microrrelatos del público fueron la materia prima para estas escenas, pues. Una materia prima muy variada que acabó reflejándose en la selección hecha por la directora para los rodajes; también lo ha sido la selección de cortos que se usaron para editar los dos volúmenes en DVD hasta la fecha. Erika no parece haber tirado hacia lo fácil, si bien no ha descartado los fetiches más comunes que pueden funcionar de cara a un amplio público. Muchas de las escenas podrían etiquetarse, como se hace habitualmente con el porno al por mayor: couple, bondage, amateur, voyeur, footfetish, oral sex, milf, threesome, sex at work… Todas esas denominaciones ya frecuentes en el mercado común del porno podrían aplicarse a una u otras escenas que integran en estos volúmenes. Sin embargo, la traslación de estas fantasías del público al corto pornográfico están aquí tan limpias de los vicios y lugares comunes habituales del género —y de eso hay que atribuir una parte del mérito a su origen en los relatos ajenos— que realmente parece algo nuevo, casi ingenuo, como si la pornografía pudiera esquivar los años que estuvo discriminada y se rodaba en feos camastros, se compraba en oscuras tiendas y se visionaba en salas marcadas con una letra escarlata. Como si solo se tratara de rodar y mostrar un aspecto más de la vida, narrar una historia de corte sexual, sí con morbosidad y picardía, pero sin cortapisas y prejuicios. Lo que tendría que haber sido.
Los temas a los que se ha dado ventaja casan perfectamente con las mejores especialidades de Lust como el costumbrismo aplicado al sexo o la fantasía de tinte onírico. Por un lado, destaca la cotidianía erotizada: un polvo en el almacén del curro, una pareja montando muebles en casa a los que les entra una urgencia inesperada de follarse el uno al otro, unos vecinos que se espían mientras se lo montan… son historias con tal plausibilidad que permiten emplazarlas en tonos casi costumbristas: algo que nos podría haber pasado alguna vez o que nos han contado y que nos gustaría que pasara. El otro tema recurrente —algo menos usado que el anterior— es un cierto onirismo, donde los propios protagonistas, en algunas situaciones parecen imaginar o soñar con lo que desean, interviniendo aquí fantasías de rol donde se juega a la persecución, a la dominación, a la sumisión o al voyeurismo. Y el tercer tema que me parece propio a destacar es el de la inversión de roles. Lust juega la carta feminista dándole la vuelta a ciertas cuestiones habituales en la fantasía masculina heterosexual. Por ejemplo, si a un chico le puede resultar erótico una chica en ropa masculina —una camisa o incluso ropa interior—, ¿por qué no un chico al que su pareja lo viste con su ropa, mientras se enrollan?

Alexa Tomás y Joel Tomás jugándose el despido en Meet me at the stockroom (XConfessions). Imagen: Erika Lust Films.
Finalmente, cabe mencionar el casting de actores y actrices seleccionados. Puede decirse claramente, que Lust parece contar ya —como ha sucedido con anterioridad con otros pornógrafos célebres— con su propio casting de referencia. Así como hasta la fecha había rodado muy puntualmente con diversas actrices y actores, apenas sin repetir, aquí cuenta ya con un plantel que le ha funcionado tremendamente bien. Por la parte masculina, se diría que ha encontrado ese modelo de chico alternativo y bello que andaba buscando y que se distancia de los cánones más comunes del género, buena parte de ellos definidos por el exceso de musculación y tatuajes. Bien es cierto que seguramente los actores de esta serie de cortos se pasen alguna que otra hora en el gimnasio, pero Joel Tomas, Kristopher Kodjoe y Maximiliano Gamberro —por decir tres nombres— pasarían perfectamente por modelos de ropa interior masculina o por ese guapo camarero de discoteca. Igualmente, remarcar que no estamos hablando de «niños bonitos» cuando cumplen —y con creces— su función de actores porno. Para las actrices ha habido un tono variado, pero también alternativo. Y esto va a parecer un comentario altamente superficial, pero Erika ha evitado casi totalmente a las rubias, de bote o de cualquier otro tipo. Sí que ha recurrido a actrices ya estrellas del porno mainstream, como la española Carol Vega o la polaca Misha Cross, que han dejado grandes escenas, han entendido bien el tipo de pornografía de Lust y han demostrado tener tanto tablas sexuales como interpretativas, por escasa que sea la interpretación solicitada. Mención especial debo hacer a la pelirroja Amarna Miller que sorprenderá gratamente al público tanto por la forma en que la cámara la adora como por su entrega al sexo de una forma espontánea y bastante salvaje, con una naturalidad desmedida. Y nota también buena para la excelente química entre Joel Tomás y Alexa Tomás y su versatilidad como pareja porno artística. Lust los ha usado hasta en tres escenas con roles y entornos completamente diferentes, por lo que sus escenas difícilmente resultarán repetitivas al espectador.
Cortos recomendados
Para finalizar este artículo selecciono cuatro cortos que, en mi opinión, son excelentes; eso sí, sin querer quitarle mérito al resto.
I fucking love Ikea – Escena que abre el primer volumen, muy bien seleccionada para prender la mecha de la serie de forma divertida, desenfadada y un poco gamberra. El cóctel lo compone un amago de parodia de la pornografía mainstream, un saque de ingenio en la «pornificación» de los catálogos de la célebre marca de mobiliario doméstico —nótese el guiño a la popular relación de amor/odio del público hacia la misma en el título— y mucho mucho sexo sin freno. Carol Vega está en su salsa en esta pieza, precisamente al recordar a estas escenas de corte más convencional. Sin embargo hay que destacar también la versatilidad de la actriz para muy sutilmente interpretar distintos personajes, sin mediar apenas palabra, en otros cortos de XConfessions como We know you are watching o The art of spanking.
Before the guests arrive – En toda serie de cortos o de películas porno de escenas cortas, todo buen amante del porno acaba por señalar su escena favorita. Una a la que vuelve con frecuencia. Muchas de las escenas de XConfessions me han gustado bastante. Pero creo que mi favorita —por la de veces que he vuelto a ella— de toda la serie es esta brevísima pieza de apenas cinco minutos. La situación que ilustra es la de una pareja que empieza a follar en la cocina de su piso, con los fogones en marcha y los invitados llamando a la puerta. La escena empieza ya tórrida desde el primer segundo y el ritmo con el que se desarrolla es perfecto para la idea que busca. Los elementos de la cocina en marcha, la presión del reloj que va marcando los segundos, los súbitos cambios de postura de Kristopher Kodjoe y Amarna Miller, montándoselo por toda la encimera, la premura del timbre de la puerta que suena con los invitados esperando fuera… Es el proverbial «quiqui rápido» materializado en escena porno. La pieza parece sencilla pero entraña una calidad técnica y de montaje excelente. Servidor la ha visto varias veces en bucle. Desnudo de cintura para abajo; ¿o acaso los críticos de música escuchan los discos con tapones en los oídos? De nuevo, quiero distinguir a Amarna Miller : es fascinante cómo clava la mirada en su pareja de baile, todo el morbo que destila y su forma de dejarse llevar hacia auténticos orgasmos ante la cámara. Su talento, además, le ha valido un Premio Ninfa a la mejor actriz en la edición de este mismo año. Sin duda alguna seguiremos su carrera con gran interés.
Lets make a porno – Escena que es una deliciosa contradicción. ¿Cómo le damos la vuelta a una escena amateur? ¿Cómo dotamos de calidad a algo amateur sin que se pierda su esencia? La directora se propuso grabar una escena con una pareja que no habían rodado jamás porno en su vida y cuya fantasía —confesión— era precisamente eso. Pero esta pieza no se queda solo en rodar una escena amateur, sino que Lust la aprovecha para jugar al metacine o más bien dicho en este caso, al metaporno. Porque crea dos universos simbólicos. Uno es el de la escena rodada donde invita a dos personas «reales» a follar en un entorno donde la única realidad existente es la pareja retozando en la cama. El otro universo es el de la misma escena, vista desde fuera donde —como en las escenas amateurs— se revela el acto de la filmación del coito casi a modo de documental behind the scenes, con todos sus integrantes, cámaras, ayudantes y la propia Erika alrededor —que parecen casi como silenciosos duendes escondidos en el set—. En el proceso se van recogiendo infinidad de detalles, de pequeñas bellas imperfecciones, casi como las que aparecen en los vídeos amateur, pero cuyos directores no destacan o no saben destacar. Lust lo hace y va alternando uno y otro universo en el montaje final de la escena dando como resultado una reverencia tanto al sexo en sí mismo —con todos sus besos, sudor y orgasmos— como a la pornografía bien hecha.
A blowjob is always a great last-minute gift idea! – Esta escena parece haber quedado fuera de la selección dirigida a las películas, pero puede contemplarse en la página web de XConfessions. La destaco aquí primero por su tremenda capacidad cómica —pude verla en una de las presentaciones de la serie en un cine en Barcelona y el público disfrutó ampliamente con ella— y por lo irreverente que resulta; también por ser una de las pocas piezas homoeróticas. Demuestra un conocimiento total de todos los vídeos de mamadas habidos y por haber y de sus respectivos clichés filmados en primer plano: el juego con la saliva, el lametón de arriba abajo, el agolpamiento del miembro en la cara interna de la mejilla, el deepthroat. La escena empieza casi de forma inocente y poco a poco va aumentando su tono para convertirse tanto en parodia de las escenas habituales de mamadas como en un gran vídeo de temática toy. Y todo ello en un espacio público. Independientemente de la orientación sexual de cada uno, esta escena hay que verla. A quien no le ponga cachondo, una sonrisa al menos le sacará.
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Hubo dos momentos llamativos en la entrevista de Ana Pastor a Artur Mas del pasado domingo en La Sexta. Y eso a pesar de esa cansina matraca televisiva que obliga a los presentadores a forzar el titular viral en cada frase. O a interrumpir al entrevistado a las bravas cuando la histeria espasmódica que ellos llaman «ritmo» decae. En breve las entrevistas en televisión las hará un mono con una ametralladora. Para mantener la tensión y tal. A fin de cuentas, la televisión española es entretenimiento, no periodismo, y ese libro de (mal) estilo audiovisual que la tele ha copiado de internet y que internet heredó de la tele en una espiral de chorrez que desemboca en la más absoluta gansada no se lo ha inventado Ana Pastor. Que, por otro lado, parece una buena periodista infiltrada en territorio enemigo.
El primero de esos momentos llamativos es cuando Pastor charla con Javier Sardà en el AVE como prólogo a la entrevista a Artur Mas. Durante esa charla, Sardà pilla por sorpresa a la presentadora y le pregunta si ella tiene un «gran sentimiento patriótico». La respuesta de Pastor es la de muchos ciudadanos españoles cuando se les pregunta por sus vínculos sentimentales con España: el «paso turno». «Yo tengo sentimiento… hacia mi hijo», dice ella. En términos toreros, eso es una chicuelina de manual: el matador se enrosca en el mismo capote con el que acaba de azuzar al toro.
El segundo momento son en realidad tres momentos. Ana Pastor le pregunta a Javier Sardà si en Cataluña se ha «medio manipulado» a los catalanes. Me gusta mucho eso de «medio manipulado». Así se le pone el condón a una palabra, con desparpajo. Pero a Sardà no le gusta la pregunta y le sugiere a Pastor «ponerlo bonito» y decir más bien que a los catalanes «los han convencido». Pocos minutos después, Julia Otero suplica un poco más de respeto por la inteligencia de los ciudadanos. Dice Otero que «uno no puede ir por ahí diciendo que los que salen a la calle son manipulados, que es una masa aborregada y adocenada, y que la culpa es de Mas. Eso no se sostiene ni aquí ni en ningún sitio. No podemos considerar que el votante es imbécil». A pesar del afán pedagógico de Sardà y Otero, a Pastor le falta tiempo para soltarle a Mas la expresión «calentar a la gente». Mas se pone firme ante lo que sugiere el término —que los catalanes son gilipollas y que él se ha aprovechado de ello— y la presentadora se ofrece, educada, a «cambiar el verbo».
El caso es que Ana Pastor insiste hasta tres veces en poco más de diez minutos en el argumento de la manipulación. Una manipulación que habría conducido a unos catalanes anteriormente reacios o indiferentes a la idea del independentismo a pedir ahora la separación de un país… por el que Ana Pastor es incapaz de demostrar el más mínimo sentimiento incluso en el contexto de una charla informal. Fíjense bien. Antes incluso de empezar la entrevista, Ana Pastor ya se ha quedado sin ella. El titular se lo doy yo: «Una atea le reprocha a un ateo su indiferencia frente a la idea de dios».
En otras palabras. Cuando un español siente indiferencia hacia la idea de España, está ejerciendo su libertad personal a sentir lo que le sale de las gónadas. Cuando es un catalán el que siente exactamente esa misma indiferencia, está siendo manipulado.
Siendo los catalanes tan fácilmente manipulables, digo yo que todo lo que deberían hacer los españoles para acabar de un plumazo con el soberanismo es demostrar un poco de entusiasmo por su propio país cuando son preguntados al respecto. Eso no requiere que los españoles respondan a la pregunta de Sardà levitando al oír la palabra «España», pero no estaría mal un sencillo «no entiendo qué quieres decir con “gran sentimiento patriótico” pero creo que vale la pena conservar buena parte de lo conseguido por los ciudadanos españoles a lo largo de los últimos cuarenta años». Con esa frase, tan pragmática ella, no puede sentirse ofendido ni uno de ERC, oigan. Pero si ni de eso somos capaces, ¿cómo esperamos que los catalanes dubitativos se suban al carro de la españolidad? Javier Marías decía hace unos días en La Vanguardia que «si saliera la independencia, a mí personalmente tampoco es que me importase demasiado». Pues si a él le toca un pie, imagínense a Pilar Rahola y compañía.
El caso es que yo también opino, supongo que al igual que Ana Pastor, que los afectos personales son los únicos realmente merecedores de atención. Y eso es perfectamente compatible con el reconocimiento de la existencia de otro tipo de afectos. Son los afectos que no se dirigen hacia las personas sino hacia determinadas abstracciones, como la de dios o la de la nación. Pero no son afectos excesivamente importantes y yo aconsejaría esquivar en la medida de lo posible a cualquier persona que insistiera más de lo razonable en ellos o que no estuviera dispuesta a traicionarlos por una buena causa. Por mi parte ni los considero. Si se quemara mi casa y solo pudiera escoger un objeto que salvar, escogería el iPhone antes que la unidad de España. Al menos el iPhone ha sido fabricado por artesanos con cariño por su propio producto.
Hablando de cariño. Creo que no soy el primer catalán al que le merecen mucho más cariño los españoles, y especialmente aquellos a los que conozco personalmente, que la idea de la nación española. Aunque solo sea porque los primeros son reales y la segunda una ficción administrativa. Como la de Cataluña, por supuesto. ¿O se creían que este era un artículo partidista?
Es por eso que me sorprende la insistencia de algunas personas, por otro lado perfectamente sensatas, en esa «trama de afectos» que en teoría va a quedar aniquilada si los catalanes se independizan.
Porque yo entiendo los argumentos económicos. Y muy bien que los entiendo. Tengo por ejemplo meridianamente claro que Cataluña quiebra a los cinco minutos de independizarse de España y que España lo hace solo dos o tres minutos más tarde.
Pero… ¿las tramas afectivas? ¿Cómo es de ceniza la vida de las personas que sostienen ese argumento para que su trama de afectos dependa de los vínculos administrativos que los ciudadanos establecen o dejan de establecer con el funcionariado de turno?
—Lo nuestro es imposible, tú estás empadronada en el distrito de Poble Sec y yo en el de Ciutat Vella.
—¿Te has sacado el carnet de conducir? Pues que te follen.
—Hijo mío, estás desheredado: haberlo pensado antes de darte de alta como autónomo.
—¿Cómo que esto no es lo que parece? ¡Eso que asoma debajo de las sábanas es una cédula de habitabilidad como un campanario!.
—Pe… pe… pero, ¿la doble nacionalidad? ¿Y desde cuándo conoces a esa zorra?
En realidad, la idea más interesante de la entrevista de Ana Pastor a Artur Mas es de Julia Otero cuando dice —cito de memoria— que en Madrid «se está haciendo un mal diagnóstico de la situación». Ya sé que resulta difícil de creer fuera de estos pagos, pero Otero lo niquela.
En Madrid, sí, no se ha entendido nada de lo que ocurre en Cataluña. Tampoco es tan extraño: lo de Podemos también les pilló en Babia. A esta gente le hace falta ayuda porque no da para mucho más y la intelectualidad unionista catalana, que la hay y por cierto bastante inteligente en todos aquellos temas que no les rozan los callos de sus neurosis, está haciéndole un flaco servicio al perseverar machaconamente en el equívoco de que este es un conflicto de identidades provocado por un nacionalismo periférico al que debe responderse jurídicamente. Y ahí anda España, esperando en el campo de batalla equivocado a que aparezca un ejército catalán que no va a hacer acto de presencia porque anda desfilando tan campante en dirección contraria.
Porque el campo de batalla no es el de la legalidad. Si me apuran, ni siquiera el de la legitimidad. Tampoco es el de la identidad, o el de la historia, o el de la economía, o el de la pertenencia a Europa. Sino el de la incapacidad de las elites castellanas para construir un relato atractivo de país que incruste la idea de la nación española en el imaginario colectivo de todos los ciudadanos y no solo en el de los ya convencidos de antemano. Y menciono a las elites castellanas porque yo a la España de la que se habla en las calles de Jerez de la Frontera, Oviedo o San Sebastián me apunto sin demasiados reparos. Pero a la España de la Corte no la rozo ni con un palo de pinchar nubes.
Tampoco me estoy inventando nada nuevo. David Gistau escribía el miércoles en ABC que «la simpatía nacionalista era una piedra pómez para sacarse España de la piel como Camba pedía en las saunas turcas que le rascaran el catolicismo». Y remataba luego: «En España solo se trató de fabricar orgullo con la coartada inocua, infantil, del deporte, aunque fuera rebajando el concepto español, igual que se rebaja el vino demasiado fuerte con agua, con eufemismos como “La Roja” y “La Eñe”. Años después de semejante fracaso pedagógico, nos encontramos con que España no dispone de una emoción con la que hacer contrapeso a la del independentismo, que firma sus papeles con los ojos anegados de lágrimas». El diario El País editorializaba al día siguiente esto: «Hay ataques [del Gobierno central] que son encajados con regocijo por quienes los reciben y eso es lo que ha producido la escasa y triste comunicación gubernamental que ha intentado contrarrestar el torrente propagandístico de Mas. Frente a un conjunto compacto e insistente, omnipresente y persuasivo, que vende la idea de independencia como la panacea para todos los males, el Gobierno ha erigido —sobre la base de la inconstitucionalidad indiscutible del proyecto— un sencillo e inútil conjunto vacío: nada (…) ¿Qué rendimiento político obtendrá si ni siquiera se ha planteado ganarse los corazones y las mentes de la mayoría de los catalanes?».
Supongo que la respuesta de un salvapatrias a eso sería que a España no le hace falta construir un relato de nación, una épica, porque España ya existe. Quizá eso sea cierto. Quizá a este país le baste y le sobre con un ordenamiento jurídico similar al de sus vecinos europeos para seguir existiendo, incólume y eterno, hasta el fin de la historia. Es un argumento circular: como la España democrática moderna es y nace de ese ordenamiento jurídico, y ese ordenamiento jurídico impide en la práctica que España sea otra cosa, España es eterna. Una nación perpetuum mobile que funcionará para siempre a partir de un impulso inicial —la Constitución— y sin necesidad de aporte externo alguno de energía. Es decir sin necesidad de la convicción de sus ciudadanos, que por lo visto están ahí a mayor gloria de LA IDEA. «Gran idea, especie equivocada» decía E. O. Wilson del socialismo, ese sistema político maravillosamente diseñado… para las hormigas.
Yo es que no creo en las hadas: España no existe allí donde sus ciudadanos no creen en ella. En este sentido, Cataluña es independiente desde hace años.
España, en definitiva, es en la actualidad poco más que un ordenamiento jurídico granítico bajo el ala de una monarquía medieval defendida por un ejército de abogados del Estado dispuestos a tirar del campanario a la primera cabra que se salga del rebaño. Del Tribunal Constitucional ni hablo que me entra la risa tonta.
¿Pero cómo pueden no verlo? El positivismo jurídico al que tanto se aferra el unionismo —aquí también hay una disputa secundaria, y muy interesante por cierto, entre positivismo y iusnaturalismo— no tiene sentido si no tiene en cuenta la existencia de los mitos y su impacto en la realidad. Que lean a Karen Armstrong: Una historia de dios. Ahí está todo.
Dice Armstrong que cuando una determinada idea de dios ya no sirve a los fines para los que fue creada es sustituida por una nueva idea de dios más atractiva. También más joven, mucho más agresiva y extraordinariamente más contagiosa. Es lo que ocurrió cuando el monoteísmo aplastó en las sociedades más avanzadas de la época al politeísmo. Es lo que ocurre con las lenguas. Es Uber contra el sector del taxi y Airbnb contra el lobby hotelero. Es Podemos, por supuesto. También lo es el independentismo catalán, aunque joda leerlo. Solo hay que atender al poder de convocatoria en las calles de la idea Cataluña y al de la idea España. Las calles no son urnas, cierto, pero a partir de determinado quórum se le parecen bastante.
La nación catalana es una fábula, sí. Pero se trata de una fábula especialmente resiliente y que se las ha arreglado para renovar de forma periódica el sentimiento de pertenencia de una amplia mayoría de sus ciudadanos. Al contrario de lo que ha hecho España, especialista en boicotearse a sí misma —«España es un concepto discutido y discutible»— y a la que ya no defienden ni los propios españoles en horario de máxima audiencia.
Y por eso me sorprende la obesidad mórbida de los argumentos que tachan de prehistórico al catalanismo oponiéndolo a una supuesta modernidad europea en la que el concepto de nación ha quedado definitivamente diluido y bla, blu, bla. Aquí somos europeos solo para lo que nos conviene: el referéndum de independencia escocés lo debieron de celebrar en Papúa Nueva Guinea, por lo visto.
Por suerte o por desgracia, las ideas —las buenas, las malas y las peores— no son realidades objetivas que mueren cuando la historia las demuestra racionalmente falsas. Son memes. Entes que mutan y pulen aristas. Virus susceptibles de reactivación que permanecen congelados durante decenas de años hasta que las condiciones externas favorecen su deshielo. Y al virus del catalanismo le está cayendo encima una solana de justicia mientras al mamut del españolismo se le anda protegiendo en su permafrost de los rayos del sol con una muralla de ejemplares de la Constitución.
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Belén Barreiro: «Podemos se ha sentado en la silla del PSOE y el PSOE de momento se ha quedado de pie»
Xavier Vidal-Folch: «El mundo del estado-nación independiente en Europa es el mundo de la barbarie»
Juan Abreu: Hacia Cuba
¿Cómo es el día a día en un pueblo de Oriente Medio? ¿Qué ocurre un día cualquiera en un barrio residencial de Beirut, en las montañas del Rif marroquí o en un café cosmopolita de Irán?
Una pareja se da la mano contemplando la puesta de sol. Unas jóvenes con velo montan en bici en Turquía. Una niña de tres años sujeta con cara de susto la langosta que su familia va a comprar en el mercado de Abu Dhabi.
Desde hace poco menos de un año, 24 fotógrafos independientes residentes en países como Egipto, Irán, Turquía, Arabia Saudí, Marruecos o Argelia (Oriente Medio y el Norte de África) alimentan el espacio fotográfico común ‘@Everydaymiddleeast’ en Instagram; en él dibujan los países donde viven en su diversa multiplicidad. Armados con imágenes de lo cotidiano, la normalidad se presenta en todas sus caras: exotismo, pobreza, luminosidad, ostentación, abandono, belleza…
La fotógrafa canadiense Lindsay Mackenzie, ahora residente en España, comenzó a coordinar este proyecto hace meses con el propósito de ser una alternativa al interés «único» de los medios de comunicación tradicionales de publicar fotografías de situaciones «extremas».
«El hilo [de Instagram] es un lugar donde establecer lo normal. Es un sitio donde mostrar fotos cuyos sujetos no han sido predeterminados, solo lo que vemos cuando estamos por ahí en nuestro “cada día”. Publicando estas imágenes esperamos que la colección pueda ayudar a contrarrestar los estereotipos y los tropos visuales que son tan predominantes sobre Oriente Medio. No digo que vayamos a revolucionar la forma en que el resto del mundo vea esta región. Pero creo que la plataforma ofrece una interesante oportunidad de alcanzar nuevas audiencias mediante una nueva narrativa», explicó Mackenzie hace algunos meses en una entrevista concedida al diario egipcio independiente Mada Masr.
Los estereotipos a los que se refiere son múltiples, pero Mackenzie señala uno que recuerda con particular significado «aquella portada de Newsweek, en Septiembre de 2012, en la que aparecía un egipcio con barba bajo el titular “MUSLIM RAGE” (“Furia musulmana”), lo decía todo».
Durante el tiempo que ejerció como reportera freelance cubriendo las revueltas árabes en Túnez, Mackenzie sentía que el trabajo que ella y otros muchos fotógrafos estaban llevando a cabo no contribuía a generar una imagen completa de la realidad que presenciaban. «Encontré aquello perturbador. Yo misma era parte del problema, de la deshumanización de la región. Si nosotros, en los medios de comunicación occidentales, ignoramos todo excepto la gente más extrema y los problemas, la imagen general que reciben los de fuera no es precisa, está desequilibrada y refuerza los estereotipos. Eso va en contra de lo que se supone que estamos haciendo», explicaba recientemente en el espacio fotográfico Lightbox, de la revista Time.
Los fotógrafos que forman parte de #Everydaymiddleeast son tanto locales como extranjeros, con lo que se busca un equilibrio entre las distintas perspectivas que pueden obtenerse de una misma realidad. Entre los componentes del equipo hay gente con tanto talento como el español Samuel Aranda, colaborador habitual de The New York Times, que en 2012 recibió el premio World Press Photo por su retrato de una mujer con su hijo herido en Yemen.
Pese a ser un grupo cerrado de profesionales, #Everydaymiddleeast presenta también imágenes aleatorias que suelen ser seleccionadas por los propios miembros del equipo para aparecer en la colección los viernes.

Adolescentes en la zona de P’sagot después de ‘hacer dedo’ o lo que los israelíes denominan “tremping”, una forma habitual de moverse en los terriorios ocupados para los que no quieren esperar o pagar un autobús israelí. Foto: Tanya Habjouqa, @habjouqa

Yasmine y el poeta palestino Mahmoud Darwish (En esta tierra qué le da valor a la vida) en la Universidad de Bellas Artes de Túnez. Foto: Laura Boushnak @lauraboushnak.

Chapoteando en la piscina en el barrio de Maadi, El Cairo, Egipto. Foto: Christina Rizk, @christinarizk

Un grupo internacional de jóvenes y expatriados en los Emiratos Árabes escala en roca durante su viaje por aguas profundas a la Península Musandam en Omán. Agosto de 2014. Foto: @SilviaRazgova.
El día a día de aquí y de acullá
Poco menos que el hueco del bolsillo. Eso es lo que ocupan físicamente hoy las enciclopedias visuales de nuestro tiempo, esas que nos permiten echar un vistazo al mundo con un simple movimiento del dedo índice. Un ‘clic’ que nos puede adentrar en otros mundos, ya no solo a través de imágenes estereotípicas, sino con vistazos cercanos, crudos, personales y casi íntimos de lo que viven otros seres humanos al lado opuesto del planeta.
En la orilla oeste de Brooklyn, en Nueva York, se ha hablado mucho estos días de lo cotidiano. Se ha discutido sobre el poder de las imágenes, y de cómo la tecnología móvil ha abierto las puertas a otras formas de fotografía y de interacción a través de la misma. Entre la multitud de exposiciones, talleres y fórums de ‘Photoville’, un encuentro fotográfico que este año ha acogido el trabajo de más de 400 fotógrafos de todo el mundo, Instagram ha puesto el foco en la comunidad ‘The Everyday projects’, la suma de corrientes que utilizan la fotografía para enriquecer el entendimiento de lugares, gentes y temáticas, a la vez que construyen una comunidad global de narradores.
La fuerza de las imágenes recopiladas en montones de #everydays es ya una corriente mundial que se expande por distintos continentes, desde @EverydayUSA a @Everydaylatinamerica, de @Everydayegypt a @Everydayeasterneurope, desde @EverydayBronx a @EverydaySriLanka.
Lindsay Mackenzie recuerda que la primera de todas estas colecciones, de la cual obtuvo su primera inspiración para crear Everydaymiddleeast, nació en África. El fotógrafo Peter DiCampo y el escritor Austin Merril fueron quienes lanzaron el movimiento en 2012 con la intención de convertirlo en una tendencia internacional, y su plataforma cuenta ya con 104.000 seguidores en todo el mundo.
Reunidos por primera vez en la exposición Photoville de Nueva York, los integrantes de varias de las cuentas «everyday» de todo el mundo, y conscientes de que los periodistas y fotógrafos profesionales no pueden estar en todas partes, el grupo invita «a todo el mundo, todos los días, en todas partes» a contribuir con el proyecto subiendo sus fotografías a Instagram detrás de la almohadilla #everydayeverywhere.
«Inspirar y enseñar a otros las historias del mundo a su alrededor», dice el motto del grupo.
Las imágenes del día a día cuentan historias. Mira afuera, más allá de ti mismo. O mira dentro de ti y dentro de los que te rodean. ¿Qué es lo que hace el día a día donde estás?
Son muchos los horizontes que Mackenzie, su equipo de fotógrafos y todos los que forman parte de los ‘Everyday Projects’ quieren alcanzar con esta iniciativa. Por el momento, las ventanas que han abierto a los rincones más «normales» de Oriente Medio y de otros puntos del planeta, desde lo tradicional a lo íntimo, están disponibles para quien quiera asomarse a ver, o participar.

La Orquesta Sinfónica actúa en el Teatro Nacional durante el Día Internacional de la Paz. Badgad, foto:Ahmad Mousa, @ahmadmousa

Por la mañana en el Nilo, Umm Mahmud y su hijo se han levantado temprano para pescar. Foto reposteada de @aniakrukowska
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Foto: HBO
—Aquí, la esperanza es lo único que nos queda.
—No. Lo único que me queda es Oz.
Hablar de Oz es hablar nada menos que del pistoletazo de salida oficial de lo que podríamos llamar «era HBO», o la nueva edad de oro de las series. Fue la primera producción dramática de larga duración de esa cadena y se empezó a emitir dos años antes que The Sopranos. Gracias a ella HBO empezó a cimentar su ahora enorme reputación como meca de la ficción televisiva. Es cierto que el reconocimiento masivo internacional y los premios le llegaron a HBO con The Sopranos, ya que —por algún motivo que se me escapa— los premios fueron incomprensiblemente esquivos con Oz (por ejemplo, en sus seis temporadas recibió solamente ¡dos nominaciones a los Emmy!). La crítica, eso sí, se mostró generalmente entusiasta, si bien ocasionalmente reticente a una dureza temática que hoy ya no nos asusta pero que a finales de los noventa era prácticamente inédita en televisión. Oz ocupó un lugar muy importante en la historia de la ficción televisiva, como ya comentamos en el artículo donde hablábamos de la evolución de las series de TV a lo largo del tiempo.
Las seis temporadas de Oz giran en torno a las vidas y desventuras de los internos de una prisión ficticia, el correccional Oswald. Esto es, que tenemos ficción carcelaria con sus peleas entre bandas, abusos, violaciones, traiciones, motines… todo el repertorio de tópicos que podemos imaginar. Sin embargo, hay como mínimo un par de aspectos que convirtieron esta serie en un hito. Primero, que en su momento traspasó bastantes límites en cuanto a lo que podía o no ser mostrado en una serie de TV, porque iba mucho más allá de lo que otras series se habían aventurado a enseñar en cuanto a violencia, sexualidad (casi siempre entre varones), lenguaje explícito y realismo sucio. Al tratarse de una emisión por cable, HBO se tomó licencias que las grandes potencias tradicionales (ABC, NBC, CBS) no podían permitirse. Otro aspecto importante fue el extraordinario cuidado que se puso desde el inicio en varios aspectos de la producción. Aunque HBO era un canal relativamente pequeño y hasta entonces nada destacado en cuanto a ficción de elaboración propia, decidieron ser ambiciosos. En vez de afrontar su primera serie dramática larga como una tentativa, decidieron echar el resto para conseguir un producto de calidad. Lo más llamativo en este aspecto fue el proceso de casting: salvo raras excepciones, la práctica totalidad de los actores involucrados son de primerísimo nivel. Y no necesariamente por su fama, sino por su calidad. Una buena demostración de ello es que el reparto de Oz sirvió para nutrir de actores a otros importantes programas y el espectador avezado podrá reconocer muchos rostros que terminarían apareciendo en The Sopranos, The Wire, Damages, Dexter, Fringe, Sons of Anarchy, Band of Brothers, Being Human… una lista bastante impresionante. Algunos de los actores de Oz, incluso, se ha convertido en figuras populares de la publicidad en los Estados Unidos. Como podemos ver, fue una de las grandes canteras de actores de las últimas décadas sin discusión alguna.
«Nada cambia. Nada cambia nunca»
El título de la serie es el diminutivo del nombre de la prisión donde ocurre la acción («Oz», de Oswald Correctional Facility), y es una metáfora sarcástica que sirve como resumen de las intenciones con que fue escrita. El mundo de Oz —en la novela infantil de L. Frank Baum, la del célebre mago— es un universo de magia y fantasía donde todo resulta posible. Pero Oz, la cárcel, es exactamente todo lo contrario: un lugar donde el espectador se topa de frente con el realismo más crudo. HBO no se cortó un pelo a la hora de dificultar que el espectador se sintiera cómodo. En 1997, cuando comenzó a emitirse, no solamente rompía barreras en cuanto a censura sino que subvertía algunas leyes no escritas de la ficción televisiva. Por ejemplo: en las series suele planear una especie de Deus ex machina invisible que sirve para que se haga justicia, para que los personajes malvados reciban algún merecido castigo y los buenos alguna recompensa. Esto es un mecanismo de guión para que el espectador se tranquilice sintiendo que de uno u otro modo el karma siempre equilibra las cosas, o al menos parte de ellas. Pero en Oz no existe esta especie de justicia universal. En ese sentido es una serie «atea», donde los guionistas no ejercen de Dios para arreglar las cosas. En Oz no existen la justicia ni la compensación. Sus personajes sobreviven como pueden en mitad de unas circunstancias adversas, y el espectador no puede esperar recompensas gratuitas para los buenos ni castigos fáciles para los malos. Esto, dicho así, puede parecer una reflexión abstracta… pero quien haya visto la serie sabrá que puede llegar a producir momentos de verdadera inquietud cuando el espectador se ve privado de los habituales mecanismos de compensación de la ficción televisiva. Una cosa es ver un largometraje en el que no haya justicia, y otra muy distinta ver toda una serie de seis temporadas en la que, capítulo tras capítulo, a la gente le suceden cosas sin mediación alguna de la noción que podamos tener de justicia. La sensación final siempre es que esta serie es como la vida misma: hay cosas buenas y cosas malas, y rara vez se puede elegir cuándo han de suceder unas u otras. Esto, en 1997, era revolucionario en el formato serie. Es más, sigue siéndolo hoy y más en una serie coral con tantos personajes, donde resulta fácil equilibrar la balanza con unos para compensar que se desequilibre con otros. No se me ocurre otra serie tan despiadada en este aspecto.
También es notable la ausencia de un héroe, o siquiera de un antihéroe, que focalice las simpatías o emociones del público. Hay algunos personajes principales que protagonizan la acción más que el resto, pero los guionistas no se lo ponen fácil al espectador a la hora de quedarse con un referente claro. Lo más parecido es el personaje del narrador: uno de los presos, que en determinadas secuencias nos habla de la cárcel y de lo que en ella sucede como si no estuviese allí. Estas secuencias de narración omnisciente contienen algunos de los mejores momentos en cuanto a escritura de guión, con reflexiones breves pero interesantes y profundas sobre diferentes aspectos de la existencia, estableciendo hábiles paralelismos entre la vida carcelaria y la vida convencional. Reflexiones que, además, van siendo más brillantes conforme avanza la serie. Lo cierto es que, cosa poco habitual, las seis temporadas tienen un nivel similar en cuanto a guiones. Siempre se percibe la idiosincrasia de su creador, Tom Fontana, quien a través de ese narrador y del resto de personajes desgrana una visión del mundo que es a la vez humanista y bastante cínica.
Esto no significa que los guiones sean siempre perfectos. Los argumentos tienen un estilo televisivo «clásico» y eso implica que en cada episodio han de suceder muchas cosas para entretener al espectador, al contrario que en muchas series más recientes donde por lo general la acción se desarrolla más lentamente. Por ello, a lo largo de seis años de emisión hay ocasiones en que alguna línea argumental puede parecer exagerada o inconsistente. Pero Oz a menudo se corrige sobre la marcha y algunas de sus tramas más discutibles son rápidamente abandonadas (algunos recordarán por ejemplo lo de las píldoras de envejecimiento, idea nefasta que por fortuna los guionistas supieron cortar a tiempo). Sucediendo tantas cosas como suceden durante seis años resulta inevitable que tengamos la sensación final de que algunas tramas han sido poco consistentes o incluso contradictorias, pero eso no es un defecto grave sino más bien una consecuencia lógica del alto ritmo de sucesos por episodio, que como consecuencia positiva provoca que el espectador jamás, nunca, puede aburrirse viendo Oz. Siempre sucede algo y siempre hay algo a lo que atender. Es una serie dura, pero también con un valor de entretenimiento altísimo. Además, pese a tener tantas tramas y subtramas a lo largo del tiempo, cabe recalcar que la evolución de los personajes resulta casi siempre consistente y natural. Incluso los más extremos tienen buenos motivos para ser como son, y a veces se nos muestra la faceta más humana de los individuos más desagradables, o la faceta más oscura de individuos más normales. Si argumentalmente los guiones no son siempre consistentes con lo que ha ocurrido en temporadas anteriores y Oz puede pecar de cierta amnesia, sí puede decirse que los personajes, por fortuna, no se desdibujan nunca.
Hablábamos de la idiosincrasia de su creador Tom Fontana. Bien, la serie tiene un sesgo ideológico claro, que podríamos denominar progresista. Por ejemplo, es claramente contraria a la pena de muerte. Pero, por seguir con el ejemplo, muestra su postura haciéndonos partícipes de los horrores de la pena capital, aunque de manera honesta, sin olvidar necesariamente los horrores que los propios criminales condenados hayan podido cometer. Y también sin olvidar cómo el sistema recurre a mecanismos injustos simplemente porque a quienes gobiernan les interesa, no porque sean los mecanismos más correctos. Esta visión cínica sobre la sociedad y particularmente sobre la política la hemos visto después en otras series de HBO, sobre todo en The Wire. Sin embargo el juicio moral o político no es lo que impera aquí, como sí sucede en The Wire. En Oz predomina el entretenimiento y una detallada atención a lo que les sucede a las personas que están ligadas a la prisión, bien porque están allí encerradas, bien porque trabajan allí. El drama y la acción son los resortes principales. Aquí hay humor, a veces, pero mucho más dosificado que en The Sopranos o The Wire. Hay que tener en cuenta que Oz está a caballo entre las series de los ochenta-noventa y las del siglo XXI. Es una serie pionera dentro de la factoría HBO, la que abrió camino para las demás, y como tal cabe esperar que no tenga todavía el 100% de las características de la marca, aunque sí las suficientes como para hacerla reconocible.
Los límites de atrevimiento que traspasó Oz a finales de los noventa han sido superados ya con mucho, después de ella se han estrenado otras series donde hay incluso más sexo y violencia. Y en cuanto a contenido moral y social, la propia cadena refinó y mejoró este tipo de narración con The Wire. Pero no solamente hablamos de una serie imprescindible para entender de dónde surgió el fenómeno HBO, sino también de una serie imprescindible porque incluso con sus perdonables defectos, es de una calidad sobresaliente. Hay quien comete el error de ignorarla; yo estoy convencido de que si se estrenase hoy mismo muchos más espectadores se acercarían a ella. Oz no tiene nada que envidiar a algunas series actuales ensalzadas por público y crítica. Es más, incluso diría que sigue siendo superior a varias de ellas.
A continuación, como hacíamos con otras series corales, una selección de personajes. Es una selección incompleta, ya que en Oz aparecen muchísimos personajes y enumerarlos a todos alargaría muchísimo el artículo, pero sirva como muestra de la variedad de caracteres y de la riqueza en cuanto a intérpretes. Ahí van sin ningún orden en particular:
Augustus Hill: Es el único personaje que ejerce dos funciones distintas. Por un lado es un preso más, inmerso en la trama, un antiguo criminal a quien la vida sobre una silla de ruedas le hace pensar las cosas de otro modo y que de hecho ni siquiera está entre los protagonistas absolutos, si podemos hablar de tal cosa. Pero también es el narrador omnisciente que nos habla directamente a los espectadores, que nos presenta a los demás personajes y que nos hace partícipes de las reflexiones filosóficas —casi siempre brillantes, como decía— del autor de la serie. Es Augustus Hill quien más nos hace pensar, señalando connotaciones de la acción en las que de otro modo quizá no habríamos reparado. Esa función de narrador es uno de los rasgos más peculiares y originales de Oz y está fantásticamente desempeñada por el actor Harold Perrineau, que se las arregla para que las dos facetas de su personaje nunca se mezclen y que al final se convierte en un elemento imprescindible en cada episodio, porque resulta imposible concebir Oz sin su narrador. Sería otra serie completamente distinta.
Tim McManus: Director de una de las galerías de Oswald, apodada Emerald City, donde trata de imponer un sistema experimental con el que busca mejorar la vida de los presos. Tim McManus es, junto al narrador y algún otro personaje como Tobías Beecher, lo más parecido que Oz tiene a un personaje protagonista. Aunque es inteligente, de ideología progresista y buenas intenciones, rara vez consigue lo que pretende. Su obstinado realismo y su innata necesidad de confiar en el lado bueno de las personas choca una y otra vez con la cruda realidad cotidiana de la cárcel. Otro aspecto que le causa quebraderos de cabeza es su tendencia a llevarse a la cama cualquier cosa que vista faldas. Magníficamente interpretado por el actor de teatro Terry Kinney, a quien la televisión debería haber explotado más, a mi modo de ver, porque aquí hace un trabajo soberbio.
Tobías Beecher: Un abogado de éxito y con problemas de alcoholismo que es encarcelado por atropellar y matar a una niña mientras conducía ebrio. Beecher, otra especie de pseudoprotagonista, ejemplifica lo que puede sucederle a una persona convencional que nunca tuvo contacto alguno con el mundo delictivo y que carece de astucia callejera, cuando se ve repentinamente encerrado en una cárcel de alta seguridad junto a asesinos, violadores y pandilleros de toda índole. Su evolución es una de las más interesantes de la serie, porque nos muestra a un ciudadano común descubriendo facetas de sí mismo que desconocía completamente, viendo cómo el núcleo emocional que él creía que constituía su verdadera personalidad es cuidadosamente triturado por el sistema carcelario. El actor Lee Tergesen hace un trabajo sutil y elegante para huir de los tópicos y las sobreactuaciones, trabajo que es mejor apreciado conforme avanzan las temporadas.
Vern Schillinger: El líder de los neonazis de la cárcel es un individuo retorcido e inescrutable que se las arregla para aparecer ante los demás de una pieza, cuando en realidad posee una personalidad poliédrica con facetas muy contradictorias. Es la perfecta encarnación de la hipocresía y la doble moral, ya que por un lado representa una ideología supuestamente rígida pero por otro suele actuar por motivaciones más bien personales que rara vez responden a lo que esa ideología le dicta. Es un tipo ladino y nunca podemos estar seguros de lo que realmente piensa. Aunque el personaje no es particularmente expresivo, lo cual forma parte de su forma de ser, está fabulosamente interpretado por J. K. Simmons (quien hoy, por cierto, se ha hecho célebre en USA gracias a la publicidad, interpretando a un académico que da consejos a los granjeros sobre seguros… ¡un personaje bastante distinto a Vernon Schillinger!).
Kareem Said: Jefe de los musulmanes negros de la prisión y no un criminal al uso, sino un conocido líder social y respetado escritor que fue encarcelado por prender fuego a un edificio durante una protesta. Es miembro de la Nación del Islam —aunque no se nombra la organización como tal, exactamente como sucedía con el hermano Mouzone de The Wire— y posee principios rígidos, un afán casi fanático de honestidad y una implacable conciencia que le tortura cada vez que cree haber cometido un error o que cree haber sido débil traicionando sus ideales, especialmente cuando se deja llevar por el ego. Además de su carisma de líder y su preclara inteligencia, Kareem Said es un hombre que roza lo ejemplar pero que cuando se descuida descubre que también es humano y por lo tanto imperfecto. Al igual que en Oz no hay casi ningún criminal que no tenga un lado positivo, tampoco hay individuos que carezcan de lado oscuro. Muy interesante personaje, interpretado con bastante fuerza por el actor Eamonn Walker. que es británico, por cierto, mostrando la temprana tendencia de HBO a hacer cambiar de acento a sus intérpretes.
Leo Glynn: El alcaide de la prisión es por naturaleza un hombre honrado y de principios, pero a quien largos años de ejercicio en su puesto han enseñado a moverse de acuerdo con las circunstancias y especialmente con el capricho de los políticos. Lejos del estereotipo de alcaide corrupto o malvado, Leo Glynn es de los pocos individuos que con frecuencia parece saber dónde está pisando y cuándo conviene tomar un atajo desde el punto de vista moral. Su presencia ejerce como contraste para el desbocado idealismo de Tim McManus, y también ejemplifica la dificultad que para un gobernante supone intentar mantener un punto de vista siempre justo. Interpretado por Ernie Hudson, al que algunos recordarán de la película Los cazafantasmas.
Simon Adebisi: Matón nigeriano que lidera la banda de los gangsta y traficantes de drogas. Es un tipo duro y peligroso, que suele parecer indiferente a todo cuanto le rodea pero que por momentos también hace gala de un carácter estrafalario que puede rayar incluso en la locura religiosa. Su personalidad agresiva y dominante lo convierte en un adversario temible para cualquiera que pretenda arrebatarle sus negocios carcelarios, ya que además carece completamente de escrúpulos. Pese a su fuerte acento africano, está interpretado por un actor británico, Adewale Akinnuoye-Agbaje, quien no tuvo demasiados problemas para reproducir ese acento porque —como podemos deducir de sus apellidos— tenía padres nigerianos y por si fuera poco domina idiomas como el yoruba y el swahili.
Peter Marie Reimondo: Una monja licenciada en psiquiatría que se encarga de las evaluaciones psicológicas en la cárcel. Es una mujer firme en sus convicciones y que en algunos aspectos representa la vertiente más progresista del catolicismo, como su oposición visceral a la pena de muerte. Racional y temperamental a un mismo tiempo, es magníficamente encarnada por la que —antes de la emisión de Oz— era sin duda el gran nombre del reparto: Rita Moreno, leyenda del espectáculo estadounidense y una de las pocas personas que a título individual ha ganado los cuatro grandes premios (Oscar, Grammy, Emmy y Tony). Un personaje más complejo de lo que parece a primera vista, que se desarrolla lentamente pero que termina dando mucho más de sí de lo que podría anticipar el estereotipo de la «monja buena que trabaja con presos».
Gloria Nathan: La jefa del hospital de la prisión es una mujer abnegada que se toma el juramento hipocrático muy en serio y que intenta tratar a todos los presos con respeto, lo cual, previsiblemente, acaba provocándole más de un serio quebradero de cabeza. La doctora Nathan intenta mantener una actitud racional pero frecuentemente termina dejándose llevar por su vertiente más emocional. Interpretada de manera convincente por Lauren Vélez, a quien muchos recordarán como la jefa de policía María LaGuerta en la serie Dexter.
Ryan O’ Reily: Un superviviente nato, hijo de un padre violento y psicopático, que tuvo una durísima infancia y que está dispuesto a casi cualquier cosa con tal de hacerse respetar en el peligroso ambiente carcelario. De hecho es tan duro e implacable que llega a parecer un sociópata robótico. Y sin embargo es una persona profundamente emocional cuya esencia oculta emerge cuando se da el raro caso de que sienta afecto hacia alguien. Particularmente hacia su hermano pequeño Cyril, probablemente el único que consigue que por momentos Ryan tenga algo parecido a una vida emocional funcional. El actor Dean Winters hace un trabajo muy de fondo con este personaje y solamente después de las seis temporadas llegamos a darnos cuenta de lo bueno que es encarnando a tan complejo individuo (quien haya visto la sexta temporada recordará alguna secuencia junto a su hermano en la que, francamente, hay que tener el corazón de piedra para no sentir un nudo en el estómago). Personaje shakesperiano donde los haya, que según Tom Fontana está directamente inspirado en el Yago de Otelo.
Cyril O’Reily: El hermano menor de Ryan O’Reily tiene también un tremebundo pasado criminal, pero tras recibir un golpe en la cabeza su cerebro quedó seriamente dañado hasta el punto de hacerlo retroceder a la edad mental de un niño pequeño. Cyril no es un personaje particularmente interesante en sí mismo —posee una mente preescolar— pero sirve de necesaria piedra de toque para que Ryan O’Reily muestre su faceta más humana. Como decía ambos protagonizan algunas de las secuencias más enternecedoras de la serie y la relación entre los dos hermanos O’Reily es una de las pocas que termina siendo verdaderamente auténtica. Bien interpretado por Scott William Winters, quien evita hábilmente que su personaje de retrasado mental se convierta en una parodia. Como podemos deducir del apellido, los dos actores que interpretan a los hermanos O’Reily son hermanos en la vida real, lo cual contribuye enormemente a que se perciba en pantalla una verdadera química fraternal que difícilmente se hubiera obtenido de otra manera.
Nino Schibetta: Es el líder de los presos italoamericanos, lo cual significa que es un miembro de la Cosa Nostra y por ello teóricamente intocable. Es el típico mafioso que esperaríamos ver en una serie, un personaje que podría haber estado en The Sopranos sin ningún problema. Le gusta manejar sus negocios al mejor estilo de los jefes mafiosos clásicos, con una mezcla de buenas maneras y puño de hierro, sin levantar la voz y haciendo que un apretón de manos valga tanto o más que una firma sobre papel. Interpretado por Tony Musante, actor poco conocido pero con amplísima experiencia dentro del mundillo televisivo estadounidense y que, como digo, bien podría haber militado junto a James Gandolfini en la famosa serie de gángsters.
Diane Whittlesey: Una de las guardianas de la cárcel, que tiene poca o ninguna vocación por ese puesto y que admite sin tapujos que trabaja como funcionaria en Oswald porque tiene una hija a la que alimentar y no hay otro empleo disponible. Aun así, suele esforzarse por cumplir con su tarea de manera lo más eficiente posible. Desencantada, realista, con los pies en el suelo y una constante expresión de aburrimiento y agobio, es un personaje que por desgracia no terminó de desarrollarse del todo ya que la actriz Edie Falco abandonó el barco para interpretar el papel con el que se hizo célebre, Carmela Soprano. No obstante, cuando aparece sabemos que Edie Falco es garantía de un trabajo fantástico.
Bob Rebadow: Un hombre que lleva décadas en la cárcel sabiendo que nunca saldrá de allí —cumple cadena perpetua— y que ha desarrollado curiosos mecanismos psicológicos para aceptar esa realidad, desde un absoluto despego hacia sus semejantes hasta la curiosa creencia de que Dios le habla directamente para revelarle secretos de la prisión (y, en uno de los detalles más socarrones de la serie, ¡a veces llegamos a dudar de si Dios realmente no le estará hablando!).
Ray Mukada: El sacerdote católico de la prisión es un hombre devoto, comprensivo y bastante ingenuo, que era prometedor en el escalafón eclesiástico pero a quien la diócesis ha enviado a trabajar en la cárcel como «castigo» por haber tenido discusiones con su obispo. Pese a ello, y pese a que a veces le cuesta admitir la magnitud de los horrores que lo rodean a diario en la dura y violenta vida en Oswald, se entrega en su trabajo con abnegación e intenta realizarlo de manera honesta y sin discriminar a unos presos de otros. Es de lo más parecido a un personaje bondadoso que tenemos aquí, aunque como todo el mundo en esta serie está lastrado por defectos personales que irán surgiendo con el tiempo.
Miguel Álvarez: Probablemente el personaje más complejo de toda la serie y con el que los guionistas decidieron ir más lejos a la hora de forzar los límites. La forma más breve de describirlo sería decir que es un hombre que tiene algo parecido a un fondo noble y que en otras circunstancias pudo haber sido una buena persona, pero a quien la vida criminal ha transformado en un peligro para los demás y para sí mismo. Miguel Álvarez es prácticamente incapaz de controlar sus impulsos en determinados momentos, lo cual es producto de una constante lucha interior que siempre parece a punto de conducirlo directamente a la autodestrucción o la locura. Otro personaje shakesperiano, muy brillantemente encarnado por el magnífico actor Kirk Acevedo, a quienes algunos habrán visto interpretando a Charlie Francis en Fringe o a Bob Toye en Band of Brothers, y que aquí se las arregla sin problemas para sacar adelante tan difícil y complicado papel.
Chris Keller: Un depredador sexual, seductor nato que no distingue entre hombres o mujeres y que utiliza sus habilidades de encantamiento no solamente para satisfacer su apetito sexual (y asesino) fuera de la prisión —donde mantenía una engañosa imagen de Don Juan heterosexual— sino también para manejar a cuantos le rodean entre rejas y hacerse así una vida más cómoda. Con amplia experiencia carcelaria, es un perfecto ejemplo de psicópata manipulador acostumbrado a moverse a su antojo por cualquier entorno por desfavorable que a priori nos pueda parecer, y cuyos inescrutables mecanismos emocionales dejarán perplejo al espectador más de una vez.
Claire Howell: Guardiana de la prisión que, al contrario que Diane Whittlesey, hace bien poco por intentar realizar su trabajo de manera justa y equilibrada. Malhumorada, violenta, disfuncional y poseedora de un carácter más bien desagradable, es además un curioso caso de inversión del abuso sexual en el cine carcelario —donde por lo general los guardias varones se aprovechan de presas femeninas—, ya que aquí es ella la que mira a los presos como si fuesen meros pedazos de carne. Un ejemplo de funcionaria corrupta con un trasfondo ético no muy diferente al de algunos de sus peores prisioneros.
James Devlin: El gobernador del estado donde se encuentra el centro correccional Oswald (creo que nunca se llega a mencionar qué estado, pero se deduce fácilmente que es Nueva York). Perfecta representación del político sin escrúpulos que solamente piensa en las encuestas y los votos, y que toma sus decisiones teniendo en cuenta su imagen pública y sin importarle lo más mínimo cuáles puedan ser las consecuencias que esas decisiones puedan tener sobre otros seres humanos, y preocupándose todavía menos de si responden a un ideal de justicia. Un personaje un tanto estereotipado quizá, pero como era de suponer muy bien encarnado por Zeljko Ivanek, el mismo actor a quien vimos dar un auténtico recital en la memorable primera temporada de Damages, donde siendo secundario llegaba a mirar de tú a tú y pelearle el protagonismo a una Glenn Close en el papel de su vida.
Chucky Pancamo: Otro de los líderes del grupo de presos italoamericanos, un tipo duro e inflexible que no parece tenerle miedo a nada ni nadie, pero que pese a su engañoso aspecto de matón sin cerebro es inteligente y está dotado de una considerable capacidad para analizar minuciosamente cada situación y actuar estratégicamente en consecuencia. Como curiosidad, está interpretado por Chuck Zito, antiguo líder neoyorquino de los Hells Angels. Sí, el tipo era un matón de verdad y es uno de los únicos dos actores principales de Oz que habíaan estado en la cárcel en la vida real. Ha aparecido también en Sons of Anarchy, no obstante haber acusado previamente a la cadena FX de robarle la idea de una serie sobre un grupo de moteros. Sea como fuere, el tipo es razonablemente buen actor, no desentona junto al resto del reparto y desde luego carisma no le falta.
Jaz Hoyt: Pertenece al grupo de los moteros y no es uno de los presos más brillantes de Oswald; de hecho es bastante obtuso, de cortas miras y motivaciones bastante básicas. Aunque en realidad es un personaje muy secundario, resulta interesante comentarlo porque lo encarna Evan Seinfeld, a quien algunos reconocerán como cantante y bajista de la banda de rock Biohazard, cuyos tatuajes ayudaron sin duda a que formase parte del proceso de casting. Un músico metido a actor que, por cierto, hoy se ha reconvertido en ¡actor porno!
Arnold «Poet» Jackson: Un gangsta prototípico que tiene la habilidad de rapear y escribir poesías rítmicas (y bastante logradas, he de decir), las cuales recita en cualquier ocasión donde haya gente escuchando, ya sea en el comedor a la hora del almuerzo o cuando se junta un grupo de presos afines. Su personaje da algún giro bastante interesante a mediados de la serie. Es interpretado por muMs da Schemer (no es una errata, lo escribe así, con la mayúscula en medio), que es poeta y rapero en la vida real y que, con Huck Zito, es el otro actor que de verdad había experimentado de primera mano una estancia en prisión.
Jeremiah Cloutier: Un telepredicador convicto por estafa que, en contra de lo que pudiéramos pensar, da la impresión de tomarse sus creencias cristianas bastante en serio. Es uno de los personajes más peculiares de Oz no tanto por su forma de ser, sino porque protagoniza algunos momentos fascinantes e inexplicables que rozan el realismo mágico. Momentos que no voy a narrar aquí, pero que pese a escapar un poco del tono general de la serie, me gustaron mucho y me parecieron muy conseguidos. Está interpretado por nada menos que por (¡cuerpo a tierra!) Luke Perry. Sí, el de Sensación de vivir. Pero hay que reconocer que el trabajo de Perry no es del todo malo, que defiende bastante bien el papel —dentro de lo que cabe al menos, porque predicando no resulta particularmente convincente— y los extraños sucesos relacionados con su personaje añaden una nota de color a la serie.
Shirley Bellinger: La única presa femenina que aparece en toda la serie. Aunque Oswald es una prisión masculina, ella está allí ocupando una celda en el corredor de la muerte, ya que espera la ejecución por haber asesinado a su propia hija. Es un personaje tan interesante como inquietante. Infantilizada, seductora y ninfómana, con una extraña actitud de ignorar la situación en que está metida, como si estar en el corredor de la muerte fuese una agradable vacación. Un personaje que parece difícil de sacar adelante pero que está muy bien interpretado por Kathryn Erbe, quien se dio a conocer en la serie Law & Order y que era pareja en la vida real de Terry Kinney, el actor que interpreta a Tim McManus (aunque apenas llegan a compartir escenas en Oz).
Lo dicho; hay otros muchos personajes, pero nombrarlos a todos ocuparía demasiado espacio y estos sirven perfectamente como una muestra representativa. Ya saben, si todavía no han tenido ocasión de ver Oz, la serie que inauguró la edad de oro de la HBO, ya están tardando de darle una oportunidad. Dudo mucho que se arrepientan de ello.
Hubo un tiempo en que el éxito de un artículo se medía por los comentarios que generaba. A más comentarios, más lecturas. El índice era casi siempre sinónimo de éxito. Hoy, artículos con miles de lecturas tienen el contador de comentarios a cero. La forma de medir el éxito de un artículo ha cambiado, y la forma del lector de expresarse, también. La explicación de por qué eso es así es sencilla, pero la lección es terrible: tu opinión nunca fue importante.
Año 2005. Las webs todavía se diseñaban a menos de 1024 píxeles, salvo las más audaces. Las redes sociales eran proyectos incipientes que empezaban a enseñar la patita por España. Los medios digitales se debatían entre regalar su producto o cerrarlo todo para que el lector pagara. YouTube y Blogger eran lo más. La industria del contenido en internet empezaba a moverse confiando en que «el año que viene sí» la inversión publicitaria desembarcaría de lleno, en detrimento del papel.
Como ves, algunas cosas no han cambiado tanto en esta última década. Sin embargo una (y mil más) sí: la forma de valorar la interacción del usuario.
Por aquel entonces una de las fórmulas de éxito de los artículos era la de los comentarios. Si un artículo tenía muchos, entonces es que era bueno. Lo que no importaba tanto es qué se entendía por ‘bueno’. Las webs se concebían como lugares donde la gente descubría que podía verter sus opiniones, en muchos casos sin revelar su identidad, lo que dio lugar a un problema común que pervive hoy en día: el troll anónimo, que destripa lo que lee, en muchas ocasiones escribiendo cosas que jamás diría dando la cara.
Pero ese ‘problema’ no era tal para los medios: el hecho de que algún polemista entrara en la sala y alterara el gallinero solía tener efectos ‘positivos’ en cascada. Casi siempre había algún lector que, soliviantado, respondía. Y otro, y otra respuesta, y una respuesta a la respuesta. Al final, el contenido del artículo no era importante: la actividad pasaba a la zona de comentarios donde se intercambiaban pocos argumentos y muchísimas descalificaciones. Cada comentarista entraba cada cierto tiempo a ver si alguien le había respondido y, quizá, volver a comentar. Así comentario tras comentario, visita tras visita.
Audiencia, al fin y al cabo
Existían por ello en las redacciones debates que ahora no existen. Se debatía, por ejemplo, acerca de cómo actuar ante los insultos, si permitirlos, ocultarlos o eliminarlos. Cualquier posibilidad era mala: la primera posibilitaba que los administradores de la página incurrieran en un delito, mientras las otras dos opciones podían volverse en su contra si se interpretaban en el foro como un ejercicio de censura.
No era raro por aquel entonces que las redacciones dedicaran parte de su equipo a gestionar los comentarios: vigilarlos, si era necesario eliminarlos, a veces contestar… y en muchas ocasiones, crearlos. Sí, muchos medios deslizaban comentarios ficticios, a veces incendiarios aunque controlados, con la esperanza de que prendiera la mecha. Regularmente se creaban equipos de ‘participación’ o similares, a veces numerosos, con labores terroríficas según los casos. Hubo medios que incluso editaban los comentarios para dotarlos de una correcta ortografía, y turnos rotativos de 24 horas diarias para mantener el gallinero lo más controlado posible.
A fin de cuentas, el negocio estaba ahí.

Por aquel entonces el medidor oficial de audiencia en España era OJD Interactiva y llegaba a otorgar audiencias de hasta 40 millones de usuarios porque se hacían con unos criterios muy diferentes a los actuales. Luego vino Nielsen, y ahora ComScore. La cosa ha cambiado tanto que, pese a tener internet mayor penetración que entonces, el medio más importante de España no supera los seis millones de usuarios únicos. Aquellos días valía todo: desde ‘comprar’ audiencia de otros sites de forma poco transparente hasta computar páginas vistas como usuarios. Ahora cada día hay más control aunque, como todo, según el medidor utilizado la audiencia será una u otra (si usas Google Analytics y otro medidor seguramente asentirás con la cabeza).
De aquellos polvos vinieron muchos lodos. Aún es común enseñar el número de comentarios de un artículo tanto en la parte alta del mismo como en la portada, pero ahora las cifras son mucho menores. Hay artículos con miles de visitas que tienen pocos o ningún comentario. Los trolls no son tan indiscriminados como eran en la mayoría de medios y el éxito se mide de otras formas.
De hecho, la preocupación por vigilar y moderar comentarios dio paso a la automoderación de la comunidad: sistemas que generan que sean los propios comentaristas los que promocionen o castiguen los comentarios de otro, suponiéndose así que los propios interesados mantendrían limpia la casa de insultos y barbaridades. El efecto, sin embargo, no solo es ese (que un poco también), sino que se imponga una ideología al resto, haciendo que comentarios no ofensivos aunque discrepantes sean rápidamente enterrados.
El cambio en todo el esquema vino claro con las redes sociales. Ellas ‘robaron’ el negocio de la participación de los medios cuando lograron tener masa crítica: la gente ya no comenta en la web donde lee, sino directamente en su red social de cabecera al compartir dicho artículo. Los medios estuvieron rápidos al reaccionar y cambiaron la ponderación: si no puedo competir por traerme los comentarios de vuelta, enseñaré junto con el número de comentarios las veces que mi contenido se comparte en dichos entornos, porque cuando alguien vea que un artículo tiene centenares de retuits indicará que efectivamente es importante.
Y, a la vez, los medios fueron a buscar temas a esas redes sociales con la esperanza de traer de vuelta a los lectores. Era la lógica de «arde Twitter», el vídeo «más viral del momento» o que algo sea «trending topic mundial».
Ese salto trajo cosas malas para los medios en cuanto a calidad de contenido o foco temático, pero también trajo cosas buenas.
Por una parte, les liberó de responsabilidad, porque ahora las barbaridades se decían en otro entorno, desde perfiles personales de cada cual, con lo que el esfuerzo que se hacía por moderar la comunidad ahora era distinto. Ya no se necesitaba a gente de ‘participación’, sino a un ‘gestor de redes’ (el tan cacareado community manager, que debería ser más comunicador que moderador) para controlar nuestros gallineros deslocalizados y conseguir maximizar las cifras.
Por otra parte, externalizar la participación traía otra cosa buena: visibilizaba los contenidos de la web. Cuando alguien comparte un post o un artículo o en su perfil de forma pública, otros que quizá no son lectores nuestros pueden leerlo y, quizá, convertirse en lectores, aunque sea de forma coyuntural. El ejemplo vale igual, aunque de distinta forma, a través de portales sociales del estilo de Menéame, que suponen importantes empujones de audiencia para las webs, aunque sean en su mayoría ‘turistas’ que visitan hoy tu página y seguramente no volverán jamás (por no hablar del ya mencionado sesgo ideológico, tan presente en portales de ese estilo).
También hubo contrapartidas. Los medios tuvieron que hacer un hueco en su chiringuito a las redes sociales para que estas les permitieran pescar en sus cotos: las cajas de Facebook o Twitter, sus iconos y el flujo de usuarios de un portal a su red social para poder montar comunidad son norma de obligado cumplimiento. Al final también los medios tuvieron que crearse canales en las redes sociales para hacer que su contenido estuviera disponible allí donde estaban los usuarios… que ya no era en sus páginas, o no de la misma forma.
Pero los trolls no desaparecieron, sino que se reconvirtieron. Muchas veces ya no hay anonimato, o no tanto, pero el hecho de que uno pueda comentar sin estar delante físicamente de la persona a la que alude desinhibe a más de uno. Ahora, eso sí, existe software capaz de limpiar eficientemente el spam, dejando como único ruido a esos comentaristas agresivos (o tuiteros y otras masas enfurecidas) al descubierto. Suelen argumentar más que golpear, pero siempre bajo su propia cosmovisión, a veces sin juzgar lo que cuenta el artículo y en cualquier caso descalificando al discrepante.
Decía Enric González que una de las peores cosas del periodismo son los lectores, y coincidía José A. Pérez que «tener la posiblidad de decir no implica tener algo que decir». Duele cuando uno lee críticas sangrantes a algo que ha escrito, duele cuando tienen razón (aunque las formas sean las propias de un troll) y duelen cuando no se tiene por la impotencia que genera. Desde ese lejano 2005 el esquema de participación ha cambiado, pero ha dejado al autor (periodista o no) más expuesto ante todos: un error -o ni siquiera, una discrepancia- basta para que arrecien los golpes. La misma exposición que hace que un artículo pueda alcanzar a miles de lectores es la que hace que puedas ser insultado miles de veces. Y en el insulto, en cualquier caso, nunca hay justicia aunque la exposición implique éxito.
Las redes sociales, al final, son una expresión más de por qué los medios ya no son imprescindibles: en lugar de para escuchar al lector e interactuar con él, se usan como una ametralladora de contenido con la esperanza de que alguna de las balas impacte en el objetivo. Y en el contenido, lo mismo: no importa contar algo interesante, útil y necesario, sino convertir las cosas en virales, hacer listas y vender contenido que pueda ser consumido y compartido. Hay productos enteros concebidos así en un momento en el que el modelo BuzzFeed se enseña como paradigma de éxito. El mal gana al bien, y al final quien pierde es el objetivo mismo de crear contenido: el contenido en sí.
En todo el esquema solo hay una clave: monetización. Cuando un artículo funciona bien, las cosas marchan… al menos para el medio. Antes era que tuviera muchos comentarios; ahora, que se comparta miles de veces en las redes sociales. En ambos momentos, que tuviera audiencia, aunque ni los comentarios ni la exposición en redes sociales implique audiencia.
Porque no, que tu artículo sea ‘viral’ no implica que sea leído. ¿Acaso nunca has hecho retuit en algo sin pinchar el enlace? ¿O nunca has dado a ‘me gusta’ sin haber visto el vídeo que compartían? Un día me atreveré a hacer un experimento a ver qué tal: un tuit suficientemente atractivo para ser retuiteable con un enlace acortado de algo totalmente diferente, a ver cuánta gente pica el anzuelo. Bueno, no, no lo haré nunca, no sea cosa que pierda seguidores.
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Sergioski02Casas rurales gratis!!! No tenia ni idea de esta movida
Esta web recopila toda la información posible sobre refugios de montaña libres en España. Son gratuitos, y se rigen por el conocido principio "deja el sitio mejor de lo que lo encontraste".
Sergioski02very interesting

Manifestantes anarquistas durante una concentración contra el G20 en Londres. Fotografía: Kashfi Halford (CC).
Aprovechando que la actualidad está llena de todo lo relacionado con el derecho a decidir quién ha de gobernarnos, quizá no sea mal momento para hablar del derecho a que no nos gobierne nadie. Aunque en España hemos tenido una relación algo compleja con el anarquismo, quizá en parte por tener una de las más altas tasas de defunción de jefes de gobierno y políticos a causa de este movimiento, se trata de una historia circunscrita sobre todo a la primera mitad del siglo XX. Con el fin de la República y la publicación de Homenaje a Cataluña, se apagan los focos. Hoy en día, el interés por el tema reside sobre todo más allá de nuestras fronteras.
Uno de sus exponentes más famosos es el profesor James Scott, antropólogo y politólogo que desde la Costa Este de EE. UU. ha dedicado su vida al estudio del anarquismo. A Scott se le conoce sobre todo por sus estudios sobre las sociedades del sudeste asiático, y en concreto de la muy debatida Zomia, una zona que se expande desde las montañas del suroeste de China, Laos, Myanmar y el norte de Vietnam hasta Nepal y el Tíbet; debido a su orografía particular, sus habitantes han conseguido escapar del control estatal —léase, de cualquier Estado— durante siglos, aunque las características de esas sociedades darían para otra historia.
Más recientemente, Scott nos ofrece un resumen ameno de su pensamiento en Two cheers for anarchism, donde trata anécdotas, historias y fragmentos que le han ayudado a definirse ideológicamente. En la taxonomía tradicional, Scott es un tanto difícil de posicionar, aunque quizás una forma de describirle sería una adaptación del dicho de Bakunin: la libertad sin socialismo es una farsa, y el socialismo sin libertad una tiranía. Por ello, una de las ideas principales de su libro es la de que algunas leyes se aprueban con el entendimiento de todos los autores involucrados de que jamás se van a cumplir. Como ejemplo el autor utiliza una peripecia que vivió en Alemania Oriental al poco de caer el Muro. Para mejorar su inglés unas semanas antes de empezar como profesor visitante en el Instituto de Estudios Avanzados de Berlín y a la vez satisfacer su deformación profesional de antropólogo, Scott decidió unirse a una de las últimas granjas colectivizadas (landwirtschaftliche Produktionsgenossenschaft, si les interesa el tema) cerca de un pequeño pueblo llamado Neubrandenburg. A pesar de sus buenísimas intenciones y credenciales, sus camaradas no le tenían en demasiada estima porque pensaban que era, o un oficial del Gobierno buscando irregularidades, o un agente de los granjeros holandeses listos para lanzarse a la compra de propiedades en el este.
El caso es que Scott, una vez a la semana, escapaba al pueblo de Neubrandenburg para huir de las miradas suspicaces de sus camaradas de la granja y tomarse un respiro. Allí, observó que en la intersección principal de la aldea, pasado el anochecer, ocurría un acontecimiento social un tanto kafkiano. A pesar de la ausencia de tráfico (como mucho un Trabant cada media hora), los peatones esperaban pacientemente a que los semáforos cambiaran de rojo a verde para cruzar, lo cual a menudo significaba una espera de cuatro o cinco minutos. Al intentar cruzar Scott la calle, un aluvión de advertencias y aspavientos en un idioma que no acababa de entender le hizo desistir de su intento, a pesar de su convencimiento de lo absurdo del comportamiento observado. Un atónito Scott se dio cuenta de que esta gente tenía una falta de lo que él llama calistenia anarquista, o la voluntad de rebelarse ante reglas y leyes llegado cierto punto.
La rebeldía que interesa a Scott no son las grandes revoluciones ni los golpes de Estado, generalmente impulsados por facciones más o menos organizadas y con recursos. Se trata, por el contrario, de los pequeños actos de rebelión, a menudo anónima, de los sectores más pobres de la sociedad, los que no se pueden permitir el lujo de participar en política. El más simbólico, quizá, sea el del soldado desertor, que decide no luchar una guerra de la que los ricos se pueden evadir fácilmente (como ocurría en la Guerra de Secesión americana), pero otro ejemplo histórico es el de la caza furtiva de animales o la tala de árboles en tierras de la Corona de los siglos XVII a XIX, o el de la familia que ocupa terreno público para construir una chabola en zonas urbanas de Brasil. La coordinación informal que existe entre conductores para mantenerse por encima del límite de velocidad pero no lo suficiente para destacar y convertirse en diana del policía más cercano es otro ejemplo, si bien mucho más banal.
Es lo que llama Scott la política subalterna, y lo que un economista quizá llamaría el mercado informal de política, que se torna especialmente valiosa en regímenes autoritarios, donde las formas de protesta formales, como la huelga, las manifestaciones, o los movimientos sociales, están prohibidos. La importancia que le da Scott a esta calistenia anarquista es doble: primero, es un canal de comunicación directo para que los gobiernos estén informados de la opinión de los ciudadanos, y segundo, es el canal que históricamente han utilizado los sectores más desfavorecidos para hacer llegar sus preferencias al Estado.
Todo esto me lleva a un tema clave para Evgeny Morozov en su libro To solve everything click here. Morozov nos cuenta que según el sociólogo Brownsword, existen tres tipos de formas, o registros, que el Estado utiliza para hacer que sus ciudadanos cumplan una ley o reglamento. El primero es el moral (usted no debería hacer esto porque es éticamente reprochable), el segundo es el del interés propio (usted no debería hacer esto porque sufrirá un coste, sea o no económico), y el tercero es el de la practicabilidad (usted no puede hacer esto porque es físicamente imposible). Por supuesto todos estos registros son a menudo compatibles entre sí. Un ejemplo en el que prima el registro moral pero aparece el registro del interés propio es el metro de Berlín, que carece de torniquetes. Si uno pregunta a los usuarios por qué pagan los billetes, le podrían responder que es lo correcto, pero también que tiene un coste social el no hacerlo, o quizá que el revisor podría pillarles.
Evidentemente, es prerrogativa de cada sociedad elegir qué van a utilizar para regular cada cosa, y aun en el mundo occidental observamos actitudes muy distintas. Europa Occidental, por ejemplo, tiende a apelar al registro del interés propio para regular la libertad de expresión, con leyes restrictivas sobre tabúes como el nazismo o el genocidio, por ejemplo. En cambio, Estados Unidos opta por el registro moral, en el que se espera que nadie exprese opiniones filototalitarias porque son un tanto repugnantes, pero el Estado no va (generalmente) a castigar a nadie por hacerlo. Quizá lo más cercano al registro práctico en términos de libertad de expresión sea la suerte del pobre John Stubbs, escritor y panfletista inglés de los tiempos de Isabel I, que tuvo la mala idea de criticar por escrito los planes de matrimonio de la reina. Le cortaron la mano (aunque cuentan que pudo seguir escribiendo con la izquierda).
Ya pueden imaginarse hacia dónde me estoy dirigiendo. La diferencia entre estos tres registros parecería inofensiva en casos como los del torniquete de metro, pero las consecuencias pueden ser muy distintas, especialmente en lo que respecta a la capacidad para desobedecer. Un elemento básico de nuestros sistemas democráticos, como decía John Dewey hace más de un siglo, es la capacidad para reexaminar a menudo nuestras leyes y reglamentos, desechando aquellas que se han vuelto injustas o irrelevantes (lo cual es cierto que ocurre menos de lo que a uno le gustaría) y adoptando nuevas más acorde con las preferencias actuales de los ciudadanos.
Aquí vuelve la calistenia anarquista. La desobediencia, anónima o no, de estas leyes es un canal vital para expresar las preferencias de los ciudadanos y hacerlas llegar a las instituciones por canales no oficiales. Tanto el registro moral como el del interés propio dan al individuo la opción de resistir o evadirse. A lo largo de la historia, esta capacidad para la desobediencia ha sido clave para acabar con no pocos sistemas políticos o legales despreciables. Un ejemplo evidente es la lucha por los derechos civiles en EE. UU., desde la acción individual de Rosa Parks pasando por las campañas de desobediencia civil que llevaron finalmente a eliminar la segregación de los colegios y demás espacios públicos en EE. UU. y a la adopción en 1964 de la Civil Rights Act. Los disturbios de Stonewall en 1969, momento clave del movimiento por los derechos homosexuales (LGBTQ realmente), son una instancia similar. Es la ineficiencia de las propias leyes la que permite que estén sometidas a evaluación constante.
En cambio, el registro práctico, por su propia definición, es ineludible y 100% eficiente. No hay forma de desobedecer una ley que es físicamente imposible incumplir. Aunque esto pueda ser extremadamente útil para garantizar que los usuarios del transporte público se comporten, en otros aspectos reduce radicalmente el espacio de la política subalterna de Scott y la capacidad para reexaminar nuestras reglas como sociedad. En los últimos años el abaratamiento de ciertas tecnologías y la facilidad con la que muchos gobiernos parecen aprovecharlo sugiere la proliferación del registro práctico en ámbitos que anteriormente no ocupaba. Casos como el de la vigilancia policial predictiva, que aspira a identificar a criminales antes de que lo sean, constituyen un ejemplo claro y algo inquietante. Otros no lo son tanto.
En cualquier caso se trata de pensar y debatir el cómo queremos controlar, además del qué. Aunque por una parte los avances tecnológicos puedan ayudarnos a reducir el incumplimiento de leyes, es importante ser consciente de que a menudo la ineficiencia y la fricción son virtudes. Intentar suprimir toda anarquía y desorden, como diría Jane Jacobs, es taxidermia social.

Una manifestación anarquista en Nueva York en 1914. Fotografía: Bain News Service / Library of Congress (DP).