Aventuras, ciencia ficción post apocalíptica, romance juvenil, distopía política, amén de numerosas referencias al Imperio Romano y una clara inspiración en Battle Royale de Koushun Takami. La trilogía de Suzanne Collins no solo ha batido numerosos records de ventas y taquilla y se ha convertido en todo un fenómeno pop, también contiene una lectura subversiva de temas actuales.

El aprendizaje basado en modelos, en la repetición de conductas observadas previamente, es tan importante en los primeros años y en la conducta social como masivo es el bombardeo de la imagen como concepto inefable en nuestra sociedad. No es difícil concluir que si en este aprendizaje no intervienen diferentes modelos sino siempre el mismo maquillado con diferentes tonos de rosa, si no hay alternativas, si la imagen proyectada de las mujeres es siempre la misma -una limitada, subordinada, mermada y estratégicamente colocada a la sombra de la igualmente irreal imagen del varón- el aprendizaje no es tal, sino adoctrinamiento. Del mismo modo, el juego y el ocio son dos importantes factores para un saludable desarrollo psicológico y una correcta educación durante la infancia y la adolescencia, y están, también, estrechamente ligados a los modelos representacionales culturales que se tienen a mano para construir, a partir de ellos, las fantasías individuales.
Este modelo, esta figura educacional, extrapolada al terreno del ocio y de ahí, dos pasos más allá, a la ficción, no es otra cosa que la figura del héroe. Todos los niños tienen un héroe, todos los niños quieren tener un héroe. Niños, Héroe. Exacto. Un héroe para los niños. ¿Qué hay, entonces, de las niñas? ¿No tienen derecho a una heroína en los mismos términos? ¿Acaso ellas no tienen interés? ¿De verdad alguien piensa que peinar muñecas y el maquillaje les resulta divertido por cuestiones genéticas? ¿Por qué no hay referentes para ellas, para que al menos puedan decidir si prefieren jugar a ser princesas o a ser heroínas?
¿Por qué no hay referentes para ellas, para que al menos puedan decidir si prefieren jugar a ser princesas o a ser heroínas?
Hay representación femenina en el territorio de lo heroico coral, tanto en su vertiente humana como en el ámbito de los superhéroes. El primer grupo podría englobar todas esas novelas, películas, sagas o series de aventuras protagonizadas por un grupo de chicos y chicas, desde Los Cinco de Enid Blyton, Los Goonies, hasta Harry Potter (J.K. Rowling). Aquellas historias en las que un grupo de jóvenes tiene que deshacer una serie de entuertos y escapar de situaciones conflictivas o terrores, ya sean cotidianos o sobrenaturales. El segundo grupo, el de los superhéroes, no necesita presentación. En los últimos años han llegado al cine (y hablo casi exclusivamente de cine por ser la fuente de ocio más extendida y accesible entre niños y adolescentes) varias películas de superhéroes en pandilla. Ahí están Los 4 Fantásticos (la de 2005, a la espera del estreno del reboot este mismo año), el puñado de entregas de X-Men, Los Vengadores, y Guardianes de la Galaxia, por citar las más conocidas.
En todas ellas hay representación femenina, y de ello puede desprenderse una falsa noción de igualdad. Pero más que igualdad, lo que parece haber es un cierto compromiso, una condición aceptada de buen grado pero sin demasiado entusiasmo, un “dejemos que las chicas también jueguen que de lo contrario nos pueden regañar”. En ambos modelos, héroes humanos y superhéroes, a las mujeres se les permite un cierto grado de arrojo, un nivel medio de relevancia, un despliegue de aptitudes o técnicas de acción lo suficientemente cool como para que el graderío quede satisfecho porque mira-las-tías-cómo-reparten-también, pero que en ningún caso eclipse el poderío, la épica protagonista y las hazañas definitivas de los dos o tres héroes alfa.
En la heroica coral hay espacio para las mujeres porque tiene que haber mujeres y también, por qué no, porque queda vistoso, porque un reclamo femenino con curvas que sabe pelear y no es del todo tonta parece más personaje que reclamo. Pero lo cierto es que lo heroico, al menos en el lenguaje del que se sirve generalmente para elaborar su discurso, no necesita a las mujeres. Y la prueba está en la casi total y absoluta ausencia de mujeres como superheroínas, heroínas independientes y protagonistas en solitario.
El héroe, el único, el elegido, the special one, es siempre un niño, un joven, o un hombre adulto. Las niñas, las jóvenes, las mujeres adultas, pivotan en la esfera de lo secundario. Las excepciones a esta regla son tan escasas que no sería significativo siquiera mencionarlas. Al otro lado de la pantalla, o de las hojas de un tebeo, se encuentran generaciones enteras de niñas que acabaron por prestar atención a otras cosas. La insistencia, el persistente subrayado del varón como figura principal, protagonista absoluto y eje central de la aventura, dejaba claro que la cosa no iba con ellas, además de remarcar, indirectamente, el papel auxiliar de la mujer, dentro y fuera de la ficción. La necesidad de la presencia femenina como sujeto heroico, independiente y protagonista, es una cuestión de igualdad, de ética y de higiene mental. Pero incluso si decidiéramos obviar los efectos ejemplarizantes y el papel que la ficción tiene como educador social, es una cuestión también de higiene para la propia ficción. ¿No sería enriquecedor construir personajes femeninos interesantes, en vez de siempre el mismo repetido?
Katniss Everdeen, su heroína, ha llegado a serlo de la única forma posible: enfrentándose al sistema
Por ello Los Juegos del hambre, la distopía política de Suzanne Collins, es tan importante en tanto se ha convertido en fenómeno adolescente. Por eso y porque Katniss Everdeen, su heroína, ha llegado a serlo de la única forma posible: enfrentándose al sistema. Y ese movimiento antisistema se lleva a cabo tanto dentro de la ficción, con su lucha contra el Capitolio en un proceso de conversión en líder político, como fuera de ella, con su configuración como heroína en solitario.
Encontramos varios lugares comunes entre la historia de Katniss y la que el imaginario colectivo tiene de la forja de un héroe más o menos prototípico. Por ejemplo, el punto mismo de partida, que suele remontarse a la tierna infancia. En este caso, el origen lo encontramos en una niña de once años reconvertida en cabeza de familia tras la muerte del padre y en ausencia de una madre incapacitada por la depresión. Otro ítem destacable sería su vivencia en una situación de opresión y el sacrificio por un ser querido.
La situación sociopolítica de Panem puede resumirse, como bien explica Plutarch en el tercer volumen, con la locución latina panem et circenses, que en política refiere aquella práctica de gobierno que consiste en mantener a la población cebada y entretenida para desviar su atención de una realidad desagradable y, en última instancia, hacerle renunciar a su derecho a participar en la política. El Capitolio (capital de lo que parecen ser los últimos vestigios de la humanidad futura en alguna zona de los antiguos EEUU) exprime los recursos de los doce distritos sobre los que asienta su poder y su opulento estilo de vida, mientras éstos viven sumidos en diferentes grados de pobreza, represión y miedo. De tal capitalismo radical sale el pan. El circo, por su parte, tiene lugar en las pantallas, un circo mediático que está bajo el control estricto del gobierno, hasta tal punto que la guerra, cuando estalla, también se lleva a cabo a través de esas pantallas. En este panorama, que igual nos suena de algo, Katniss pasa rápidamente de mártir a ídolo de masas, de amenaza potencial a líder político, en un proceso que parte de una serie de desafortunadas casualidades, que se desarrolla a merced de fuerzas incontrolables y superiores a ella, y desemboca en un estado de autoconsciencia y lucidez acompañada de un profundo pesimismo.
La procesión se lleva por dentro, suele decirse. Podríamos decir que la procesión de Katniss, su rebelión, comienza mucho antes de los acontecimientos disruptivos de la trama. El relato en primera persona por parte de la protagonista, con el que Collins nos narra la historia, es una pieza clave para entender sus pulsiones, sus motivaciones, y su particular visión de la realidad política, que se va forjando de manera progresiva en una escalada de descubrimiento y construcción cada vez más autoconsciente. El hermetismo de nuestra heroína constituye una barrera infranqueable para todos aquellos que se aproximen a la saga sólo mediante las películas. De la rebelión de Katniss, o la de la propia Collins, no diremos que tiene una intencionalidad feminista como discurso único, pero desde luego tiene una importante lectura feminista, una a la que no estamos acostumbrados en la literatura juvenil.
Tiene una importante lectura feminista, algo a lo que no estamos acostumbrados en la literatura juvenil.
Como heroína en principio involuntaria, Katniss parte de un apoliticismo por obligación, de ese individualismo del que debe destinar todo su tiempo y recursos para asegurar la supervivencia, la suya y la de su familia. Su conocimiento de las estructuras jerárquicas, políticas y de poder se limita a lo estrictamente pertinente y necesario para su subsistencia, una inopia que se sitúa justo en el otro extremo del pan y el circo; hay un desapego por la concienciación social, allí por exceso, aquí por defecto. Las dos caras de una misma moneda en el control de la población. Los Juegos del hambre suponen la introducción de Katniss en el feroz engranaje que sustenta Panem: el control social mediante el miedo para unos, la diversión para otros, y la mediatización del proceso como método de hacerlo efectivo. La toma de conciencia, aunque no está exenta de dificultades y de cierta tendencia a culpabilizar a quien se tiene más a mano al darse de bruces con una sociedad tan diferente a la suya, finalmente se produce en la dirección correcta. Lo mismo ocurre con los rebeldes del Distrito 13: cuando el Sinsajo es creado como instrumento propagandístico, Katniss tarda poco en darse cuenta de que la guerra es una lucha de dos poderes políticos para los que el pueblo es instrumento, no el bien a proteger.
Con las mentes de todo un pueblo bajo el control de los mass media, la mediatización social del culto a la imagen pasa, inevitablemente, por el control del cuerpo, especialmente el de las mujeres. Vaya, seguro que esto tampoco nos suena de nada. La pantalla no hace justicia a la impotencia con que Katniss nos cuenta en las páginas del libro cómo es escrutada, manipulada, depilada, peinada, maquillada, disfrazada y obligada a actuar por y para aquellos que dicen “ponerla decente” para poder salir por la tele. El cuerpo es controlado, moldeado y exhibido de la única manera que el sistema tolera, del mismo modo que la rebelión final pasa por la destrucción de ese mismo cuerpo. Mientras la ficción mainstream nos enseña mujeres que, como mucho, evolucionan de una forma a otra dentro del espectro de lo mediáticamente aceptable, la Katniss final se despoja del cuerpo como objeto y abraza el cuerpo como rúbrica y estigma, dinamitando una de las piezas icónicas de la servidumbre, que tanto allí como aquí es la esclavitud de la imagen. Especialmente la de las mujeres.
También el romance tiene un papel protagonista, como historia destinada fundamentalmente (aunque no en exclusiva) al público joven, y protagonizada por jóvenes, pero también aquí se produce un movimiento subversivo, en el momento mismo en que no se mantienen los dictatoriales roles de género típicos del romance cinematográfico adolescente, pero tampoco se invierten forzando la maquinaria. En su lugar, se deja paso a la coherencia; una mujer joven acostumbrada al sufrimiento, al hambre, a la pérdida y a la enfermedad, responsable de la subsistencia de su familia, que además sabe moverse por la espesura de los bosques y es experta cazadora con arco, mostrará más arrojo en el campo de batalla, y un talante mucho más recio y hosco que el acomodado chico del pan. Lejos de querer erigir una heroína desde la inverosimilitud, Collins ha efectuado el movimiento más inteligente posible, aquél que hace de Los Juegos del hambre una serie a reivindicar, a regalar a hijos e hijas, a sobrinas y sobrinos: su protagonista habla en un lenguaje que todos entendemos, desde la correlación entre crisis e ideología, y para la construcción de una heroína completa, con identidad propia.










[Courtesy of the George Eastman House]































I just shovel salt into my mouth like some kind of alien monster, so
A celebrity dermatologist that inspired a character on Tina Fey's Unbreakable Kimmy Schmidt has committed suicide.