Sergioski02
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Denunciamos que Bankia prepara la venta de la entidad en el mercadillo de rebajas de la especulación – Y con nuestro dinero
Las redes sociales le pasan factura a la clase privilegiada en México
Sergioski02jeje el mundo de los mireyes en mexico, un tema

Dos capturas de pantalla del video publicado en YouTube.
Hace algunos meses, en Global Voices nos referimos a los “mirrey“, término usado para nombrar un estilo de vida particular y fácilmente identificable en México:
El estilo de vida “mirrey” probablemente pueda ser comparado al de las celebridades de la cultura popular del mundo occidental, basados en el glamour, el consumismo, el exceso (o una aspiración desmedida hacia ellos) y el despotismo. Se trata quizás de una apología al clasismo, profundamente arraigado en el país […].
En una nueva muestra de esta característica clasista existente en la sociedad mexicana, han surgido ahora las llamadas ladies y los gentlemans, que Óscar Granados define:
Son una clase privilegiada en México. Su poder es inmensurable. Golpean a policías, clausuran restaurantes y agreden a las personas que no son de su misma clase. En su mayoría son hijos de políticos, personajes del espectáculo, incluso hasta legisladores que se creen diferentes por su posición social.
En un caso ocurrido en la Ciudad de México, en la zona de Polanco, una de las más exclusivas de la capital mexicana, un agente de la policía detuvo a dos mujeres luego de un accidente de tránsito en el que estuvieron involucradas. La reacción de ambas fue violenta y agresiva, y con vulgares palabras subidas de tono le hicieron saber que estaban por encima de él entre golpes y amenazas, tal como se ve en este video de YouTube:
El incidente se hizo conocido en poco tiempo, y la etiqueta #LadyPolanco ganó notoriedad en Twitter, para referirse a este caso concreto y a otros similares:
#Falta de argumentos Yo soy #LadyPolanco“, “¿Conoces al particular?… Pues es mi esposo”. (hoy una clienta a la cajera del supermercado) ja
— Verónica Gil (@la_verogil) abril 3, 2015
@Pecora_ el prefijo “lady” es empleado para zánganos sociales, ejemplos: #LadyChiles #LadyPolanco #Ladygaga — Xtian (@Xtianmx) febrero 16, 2015
#LadyIMSS #Ladypolanco #LadyÁngeles y ahora aparece …. #LadyGoliat — Dave Esparza (@DaveEsparza88) febrero 11, 2015
Benditas sean entre las mujeres #LadyChiles #LadyBoobs #LadyTlalpan #LadyIMSS #LadyPolanco #LadyChapultepec ¡Qué haríamos sin ustedes!
— Mollo Con Pole (@Rlyepops) febrero 4, 2015
Otro caso ocurrido unos meses antes involucra a Andrea Benítez, hija del entonces Procurador de la Defensa del Consumidor (Profeco), Humberto Benítez Treviño, que acudió a un restaurante sin haber hecho reserva previa:
De acuerdo a la propietaria del restaurante Gabriela López, la joven aguardó su turno durante media hora, tiempo en donde hizo patente su descontento por tener que esperar como cualquier “hijo de vecino” al apersonarse en el local sin reservación previa.
Tras rehusar una mesa en el interior del restaurante […] comenzó a amenazar a los empleados del Bristot y a “charolear” con que su papá era el Procurador General del Consumidor.
[…]
Dos horas después, efectivamente llegaron tres inspectores del Profeco al lugar y colocaron tres sellos de clausura por supuestas “irregularidades” en el sistema de reservaciones de mesas […].
Enterado del asunto, el entonces procurador se disculpó por la actitud de su hija:
A través de un comunicado reproducido por el diario Reforma, Benítez, […] dio “una sincera disculpa a quien haya resultado afectado por el inapropiado comportamiento” de su hija.
Agregó que Andrea exageró la situación y los inspectores de la Profeco sobrereaccionaron por tratarse de ella.
Señaló que se encuentra convaleciente de una operación pero que cuando se enteró de la situación ordenó que se suspendiera el operativo.
El asunto terminó con la renuncia de Benítez al puesto de titular de la Profeco. La etiqueta #LadyProfeco no tardó en aparecer, y a pesar de ser un incidente ocurrido en 2013, sigue estando vigente en Twitter:
#LadyProfeco Una muestra clara q en el México del PRI.el juego y uso del Poder y justicia es a su antojo. nunca cambiaran. cerdos.
— Luisa Andrade (@_LuisaAndrade03) abril 12, 2015
Sigan votando por el PRI , total que los hijas de papi como #LadyProfeco no usan las dependencias a su antojo.
— Lety Ramirez (@LetyRamirez_34) abril 12, 2015
La importancia de la redes sociales un arma maravillosa q tenemos los cdadanos vs los abusos llevamos 2 #LadyProfeco y #korenfeldrenuncia
— David Mtz Staines (@DMStaines) abril 9, 2015
Lamentablemente no se trata de casos circunscritos a México. En el Perú también se han presentado casos de abuso similares, aunque no necesariamente involucran a hijos o parientes de funcionarios públicos.
Escrito por Gabriela Garcia Calderon Orbe
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Una conversación
Como viene haciendo una vez al año desde 1998 la revista EDGE ha presentado al mundo su pregunta anual. La cuestión de este 2015 reza: «¿Qué piensa usted de las máquinas que piensan?». O lo que viene a ser lo mismo: «¿Qué piensa usted de la inteligencia artificial?». Ahí andan en su interesante página web un nutrido ejército de científicos, escritores y filósofos intentando descifrar la presencia del tiempo futuro, el que vendrá, en nuestro presente y movidas así.
Ha sido gracias a la pregunta de EDGE que he vuelto a revisar la mejor película que vi durante el año 2014: la genial Her, dirigida por Spike Jonze y protagonizada por Joaquim Phoenix y la voz en off de Scarlett Johansson. En Her, el protagonista, Theodore, un tipo solitario que se gana la vida escribiendo cartas para otros se enamora de Samantha, un sistema operativo programado para satisfacer todas las necesidades del usuario y al que la imaginación del director y guionista dota de conciencia y género femenino.
Sobre Her se han escrito cientos de reseñas. La mayoría de ellas teorizan sobre nuestra relación con las máquinas que piensan o hacen proyecciones sobre los cambios sociales que llegarán cuando la inteligencia artificial anegue nuestras vidas.
Sin embargo, a mí Her sigue deleitándome por lo contrario, porque es una formidable reivindicación del elemento más fieramente humano: la palabra. Y en concreto, de la palabra como pilar básico de las relaciones sentimentales. Her pregunta por el papel central que debe ocupar la conversación en las relaciones amorosas y que se ha ido esfumando. Nada más antiguo ni más eterno. Theodore, el solitario protagonista, no se enamora de la tranquila y cálida voz de Samantha. Se enamora de un diálogo, de una interpelación, de alguien que le habla y que le ayuda a superar sus conflictos emocionales. Her es, ante todo, un sonoro recuerdo de la potencia que tienen los vínculos afectivos sobre la pura atracción corporal. Porque la voz de la que se enamora Theodore carece de cuerpo pero él tiene la sensación de ser querido, escuchado y comprendido. Vivimos entre máquinas cada día más inteligentes, en ciudades cada vez más sofisticadas y con cuerpos maltratados hasta alcanzar el nivel del ébano. Pero habitamos un mundo arrasado por la incomunicación, señala Spike Jonze, por mor del antihéroe Theodore. Lo decía hace poco la escritora uruguaya Ida Vitale: «La información está sobrevalorada. La gente está dentro de sus casas pero fuera del mundo».
Así que si queremos que una relación sentimental sea posible la palabra es el cemento imprescindible para ello. Este sagrado mandamiento de la vida afectiva me lo recuerda con cierta frecuencia mi amigo el escritor José Lázaro con un aforismo de Nietzsche en Humano, demasiado humano: «A la hora de contraer matrimonio hay que hacerse esta pregunta: ¿crees poder tener una agradable conversación con esta mujer hasta la vejez? Lo demás del matrimonio es transitorio, ya que casi toda la vida en común se dedica a conversar». Una conversación. Resulta que el matrimonio se sostiene sobre una conversación cálida, pausada, interminable… Una conversación… El amor es una larga conversación. Como la que tienen Theodore y el Sistema Operativo Samantha en Her. Como la que mantuvieron durante treinta y tres años el poeta Pere Gimferrer y su esposa María Rosa Caminals hasta que ella murió y él la enterró durante un crepúsculo otoñal que pintó al gouache Arcadi Espada, el mejor cronista de Barcelona. Una conversación libre, ligera de equipaje y excitada como la del doctor Bruno Sachs con su novia, contada por el médico y escritor Martin Winckler desde los ojos de una camarera de la cafetería donde la pareja se encuentra por las tardes: «Casi siempre vienen juntos. Y cuando están juntos, hablan. Hablan mucho, a veces, durante largo rato…. A veces oigo trozos de la conversación. Empieza: “¿Sabes lo que ha pasado esta mañana?”. Y ella: “Dime…”. Están enamorados, y dura. Se ve en la manera que se hablan… Nunca miran a su alrededor cuando están sentados en la terraza; en cambio en otras parejas suele haber uno que habla y otro que mira a su alrededor, para ver si reconoce a alguien o para ver si es reconocido. Él solía ser taciturno y ahora lo es menos a medida que pasan los meses». Resulta que es una conversación lo que estabiliza nuestros amores y nos da la calma. Y eso aunque nuestro mundo tecnificado lo reclama todo rápido. Pero el amor es una mercancía que no puede comprarse hecha. Hace falta conocerse, hace falta hablarse sin prisa y durante largo tiempo para crear complicidades con el otro y sentirse acogido, comprendido y defendido.
De todo este fuego de la vida, de este homenaje a la palabra, a su capacidad para sostener las más grandes historias de amor (Jacques Lacan se excitaba sexualmente con solo hablar a sus discípulos) es de lo que trata Her, una película rara, valiente y muy emocionante. Sencillamente, una película hablada.
Floriano Lips
Directa desde el laboratorio musical presentamos Floriano Lips, canción de elogio a un fenómeno anatómico extraordinario: los labios del diputado del PP Carlos Floriano.
Dos rosadas y pulposas lonchas que seducen por igual a políticos y ciudadanía, creando un vínculo por encima de diferencias ideológicas, estéticas o de clase.
Floriano Lips
Floriano Lips
Más que un rasgo facial, un modo de vivir
Floriano Lips
Floriano Lips
Jugosos entrecots para la oposición
Floriano Lips
Floriano Lips
Mullido pedestal para el poder central
David Fernández: «La CUP estamos con los kurdos, los palestinos y los saharauis, esa es nuestra liga»
Sergioski02Joder, si pudiera votar la CUp los votaba. Jeje no recordaba la frase que le dijo a Rato «nos vemos en el infierno, ¡hasta pronto gánster!». QUE PUTO CRACK

Cuando la nueva política despertó, la CUP ya estaba allí. Y si baja la marea independentista, seguirá en el mismo sitio. En la serie de cambios políticos que se están produciendo en España en esta crisis a todos los niveles, es uno de los partidos políticos que presenta verdaderas novedades en su funcionamiento y defensa de sus principios. Sin embargo, su independentismo, otra de las claves de su éxito, frena su expansión en otras latitudes; un independentismo que aunque se puede entender fuera de Cataluña desde posiciones compartidas de izquierda, a menudo cuesta asimilarlo. De raíz municipalista, en la CUP desprecian los personalismos y no renuncian a la asamblea como método, aunque dificulte su agilidad en la toma de decisiones. Pero es que no tienen prisa. Tan poca prisa tienen que les costó casi treinta años presentarse a unas elecciones autonómicas. Y cuando lo hicieron, en 2012, irrumpieron en el Parlament con tres diputados, encabezados por el activista David Fernández Ramos (Barcelona, 1974) que ni siquiera es militante y que cuenta el tiempo que falta para volver a los ambientes alternativos de donde salió. Viene a nuestro encuentro en sandalias, vaqueros y una camiseta contra las pelotas de goma, exactamente igual que va al Parlament, y desde lejos nos pega un grito: «¡Han detenido a Rato!». El mismo Rato al que espetó «nos vemos en el infierno, ¡hasta pronto gánster!», sandalia en mano.
Cuando en 2012 asististe, para documentarte para un libro, a la asamblea de la CUP en Reus, ¿podías siquiera intuir que unos meses después tú serías su primer diputado en el Parlament?
¡Para nada! ¡Si encima allí decidieron que ya se lo pensarían, si se presentaban a las elecciones! Era marzo y entregamos el libro sobre las CUP en julio. Pero hubo la manifestación de la Diada, Mas convocó elecciones anticipadas… y escribimos hasta cinco epílogos a golpe de último acontecimiento. El último creo que es del 27 o 28 de septiembre, y escribíamos que la CUP iba a decidir si iba o no a las autonómicas, porque la editorial comunicaba que ya no podía esperar más. Y en octubre decidieron que sí. Fue entonces cuando me llamaron y me dijeron si quería estar entre los cinco primeros. Me dejaron veinticuatro horas para decidirme. Estaba en Zamora haciendo la vendimia con mis abuelos y con un amigo de Vallecas que me estaba ayudando. Me entró un colapso y me fui a dormir. Mi madre me dijo que ni en broma aceptara y ya veis que no le hice caso. Y así nos va.
Leer Cop de CUP (con Julià de Jódar, L’arquer, 2012) sabiendo lo que pasó después resulta gracioso.
Sí, de hecho circulaba el chascarrillo de que todo estaba orquestado. Pero si lo hubiésemos planificado nos habría salido todo al revés.
¿Cuál es el origen de la CUP?
Es fruto de muchas oleadas. El inicio hay que buscarlo en el año 68, bajo los rigores del franquismo, cuando nace la izquierda independentista moderna con partidos como el PSAN (Partit Socialista d’Alliberament Nacional). Se defendía que era imposible la liberación nacional sin la liberación social, por influencia de todo lo que estaba pasando en la década de los sesenta en Europa y Latinoamérica. Con la Constitución del 78 hubo un nuevo punto de inflexión. Tal vez con pocos militantes, pocas organizaciones pero muy activas denunciaron lo que tenía la Transición de hipoteca, fraude e impunidad del franquismo.
La actual CUP nace en 1986, van a hacer ahora treinta años, de modo que no se puede decir que sea nueva política, aunque sí que tenga algunos elementos. Antes, hay tres referentes ineludibles: el municipalismo alternativo —en 1979— en tres experiencias: Sant Pere de Ribes, Arbúcies y Ripollet, donde surge un municipalismo nacido de las luchas obreras autónomas. Es un periodo muy largo donde se convive con la época de Terra Lliure, con operaciones, detenciones, experiencias de violencia política por decirlo así, con atentados fundamentalmente a bienes y una víctima mortal, que concluye en 1992 con la Operación Garzón y su disolución definitiva en el 95. Esta es la historia.
Y desde principios de los noventa se consolida otro discurso. El de la juventud que ya conoce la precariedad con las ETT, las dificultades para un proyecto de vida autónoma, conocemos el precio del milagro catalán y español. Son los tiempos de ebullición de la Barcelona urbana, con la ocupación del cine Princesa, las manifestaciones contra la Europa del capital y la guerra. Éramos movimientos también muy influenciados por el zapatismo. Después ganaron las izquierdas oficiales, tanto aquí como en el Estado, y nos quedamos en la intemperie. Es decir, la socialdemocracia utiliza los movimientos sociales como una escalera para llegar al poder y en el momento en que lo alcanza te tira la escalera encima. Por eso en 2003 nos embarcamos en una búsqueda de democracia radical, de construcción de espacios autónomos y una apuesta muy clara por el municipalismo. En 2011 la CUP presentó setenta y dos candidaturas; logró cinco alcaldías, cien concejales y sesenta y cinco mil. Desde 2007 ha quintuplicado candidaturas. El 24M presenta ciento sesenta y dos.
¿Con qué programa?
Izquierda independentista catalana. Nítidamente independentista, antropológicamente anticapitalista y radicalmente democrática en las formas de hacer, basadas en patrones colectivos de asambleas y autoorganización.
Sois un partido de izquierdas con una militancia que procede de diferentes sectores, pero adolece de poca presencia en el mundo sindical.
La sociedad catalana está dividida en tres. Tenemos la sociedad del antiguo régimen, por llamarla de alguna manera, de funcionarios públicos y trabajadores de cuello azul, que está en amplio deterioro pero aún existe. Este sector tenía sus mecanismos de representación en los sindicatos de la concertación. Pero ahora hay otro sector de trabajadores, que es el de los precarios, y ahí sí que te encuentras la presencia de la CUP. Pero es que además hay otra parte de la sociedad que se debe tener en cuenta que es la de los excluidos. Necesitamos un sindicalismo del siglo XXI. Se le puede llamar de clase, pero también habría que llamarle de exclusión. Actualmente hay un 30 % de la sociedad catalana que se encuentra en diferentes formas de exclusión. Cuando el 15M decía que los sindicatos no nos representaban, no era solo una crítica frontal, es que era así. Descriptiva. Su acción sindical representa a la gente que está bajo convenio. Yo por ejemplo no sé lo que es un convenio colectivo. He estado en SEAT, en el metal, y mi primera decepción política fue con CCOO. Cuando entramos en doble escala salarial ellos pararon la lucha. Como oficiales de primera cobrábamos un 30 % menos que el compañero que teníamos al lado. Se ha hablado, con un poco de mala leche, de aristocracia obrera en el sector industrial y la función pública, pero es verdad. Es pública la desigualdad: ¿qué sueldos se han estado cobrando en SEAT cuando nosotros cobrábamos seiscientos o setecientos euros con un llamado «contrato de integración»? Aquí, o tienes un buen contrato, o eres precario o estás excluido. Y el sindicalismo tradicional solo cubre y defiende al que tiene el buen contrato, ha olvidado a los sectores más castigados, vulnerables y desposeídos. Pese a todo, hay que subrayar lo obvio: un país sin sindicalismo es un país peor, mucho menos libre y menos justo. Pero a nosotros con los grandes sindicatos es cierto que nos cuesta encontrarnos.
La «unidad popular» de vuestras siglas, pues, presenta fisuras.
Venimos de una crisis bestial de despolitización. Nos han impuesto un modelo basado en la individualización radical de nuestras vidas, la ruptura del vínculo social comunitario, que es lo que antes hacía fuertes a los barrios. Reconocernos como vecinos, como compañeros, como amigos, todo eso está roto. Por tanto, queda mucho camino para recomponer la unidad popular. La CUP es solo un embrión. Donde más golpea la crisis es donde hay más exclusión; en lugar de apoyo mutuo y solidaridad, lo que se reproduce es la ley del más fuerte, el apártate que vengo yo. Esto cuesta cambiarlo. Somos un intento y esperanza por recomponer eso.
Enric Juliana os ha llamado «franciscanos», un grupo de militantes diverso, pero unido en la «pureza».
Pacheco, el poeta mexicano, decía aquello de «ya somos todo aquello contra lo que luchamos». También lo sugería Pavese. Nosotros somos «franciscanos» en el aspecto de una búsqueda permanente, imposible y siempre inacabada, de la coherencia. No es que no nos queramos manchar porque estamos en nuestra torre de marfil, es que para mantener la coherencia la memoria política siempre resulta un problema. Y el verdadero problema de las contradicciones no es tenerlas, sino cómo las gestionas. Contradicciones tenemos todos.
Cuando creces, y lo vamos a hacer con las previsiones que tenemos, tienes que adecuar tus principios políticos para salvaguardalos. Nos pasa lo mismo en el Parlament, que no espera a que hagamos una asamblea para cada votación. Al principio creíamos que iba a haber un 90 % de votaciones en las que ya sabíamos lo que íbamos a hacer porque estaba en el programa, otro 5 % donde lo sabríamos por intuición feminista, más que femenina, y el otro 5 %, ni santa idea. Pero al final fue un 65 % con el programa, en un 30 % tenemos que hacer maravillas tecnológicas para saber qué decía cada territorio y en el resto directamente parar máquinas. La estructura de la CUP es como la de una pirámide inversa. No hay mando único, ni presidente, ni ordeno y mando. Es al contrario. Somos simples portavoces de un proyecto colectivo.
¿Cómo es esa pirámide inversa?
Son ciento sesenta asambleas locales. Trece asambleas territoriales, donde lo comarcal se agrupa, y un consejo político formado por entre tres y seis miembros de cada asamblea territorial, unos treinta, que también son puestos rotatorios y que componen el Consell Polític. Al final está la asamblea general, una persona un voto, que comprende toda la militancia y ahí se fijan las líneas políticas. De ella sale el secretariado, que coordina la aplicación del programa político aprobado.
Nos comentó un chico independentista que intentó ir a una asamblea y le dio la impresión de que todo estaba muy bien organizado para que siempre hablaran los mismos y que todo lo tenían controlado los militantes de siempre. Lo calificaba de endogámico, que costaba sumarse.
La CUP es tan compleja y tan plural como el país. La CUP es Cornellà y es Girona. Depende de a qué asamblea vayas te encuentras con unos patrones o con otros.
Fue en Barcelona.
Me lo estaba imaginando [ríe]. Seguramente por dimensión, dicho desde el cariño, es la CUP menos CUP. Además, la CUP de Barcelona funciona como una Asamblea Territorial, formada por las distintas Asambleas de distrito. La CUP en Barcelona, pues, es una suma de núcleos de distrito. Cuando te pierdes en la maraña de la metrópoli es más complicado. Pero hay otro aspecto. La asamblea es el menos malo de los sistemas de participación política. Permite, blinda y protege la participación de una persona un voto, la búsqueda de consenso sin minorías y mayorías, que existan todas las opiniones desde el respeto mutuo, pero también hay lógicas de poder. Ocurre en todos los movimientos sociales. Hay a quien se les escucha más, otros que son más pesados. Las lógicas de poder, de la condición humana, también se replican en la asamblea, siempre hay quien se pone de acuerdo antes de entrar. Una asamblea, no solo de la CUP, también es manipulable. Pero sigue siendo un sistema de una horizontalidad que permite hablar de todo.
Lo digo desde mi zapatismo más militante, reconozco que la asamblea es lenta. Escucha a todos, intenta hacer una síntesis… Es un proceso muy caro, muy lento, inviertes mucho tiempo, un recurso escaso. También no es solo decir, es escuchar. En la CUP todo esto lo hemos ido resolviendo, no con una fórmula brillante, sino afrontando las contradicciones manteniendo los principios intactos. Compaginando resistencia y flexibilidad en el día a día.

¿Nunca te ha incomodado tener que defender algo decidido por la asamblea?
Precisamente, como vengo de la tradición asamblearia, estoy acostumbrado a perder. Pero el otro día me salté la disciplina de voto en una moción sobre Grecia que presentó Iniciativa. En el debate de la reestructuración del pago de la deuda, la CUP se abstuvo: se trata de no pagar la deuda ilegítima, no de reestructurla. Sin embargo, un punto era «Manifestamos nuestra solidaridad con el pueblo de Grecia frente a la troika». Lo vi y dije: «Hombre, aquí hay que votar a favor». Pero fue entre risas, la única vez y como anécdota. Me dijeron «¡hey, que estás votando con ICV!». Pero claro que he tenido contradicciones, de cómo se hacen cosas internamente, de cómo se ha hecho lo de Barcelona, pero el ADN libertario que tiene este país lo permite. No se debe confundir la lealtad con la obediencia, ni la crítica sincera con ataques. En la contradicción, nos mejoramos.
Volviendo a la pureza, os descabalgasteis de la candidatura al ayuntamiento de Barcelona encabezada por Ada Colau por no poneros de acuerdo en el límite salarial y de mandatos. ¿No son detalles demasiado nimios?
Es que no son así. Esos fueron algunos de los debates que hubo. El primer combate fue el del código ético. Ahí chocaron diferentes culturas políticas. Nosotros somos de una sola legislatura y salarios de 2,5 veces el salario mínimo interprofesional, que es lo que cobra el 60 % de la sociedad catalana. Pero todo esto era subsanable. Podíamos autoaplicarnos esos principios a nosotros mismos y ya estaba.
¿Por qué fue entonces la ruptura?
Fundamentalmente, por Iniciativa de Barcelona. El movimiento popular de esta ciudad, que ha estado veinte años resistiendo, luchando, construyendo, abriendo Can Vies, ha tenido a Inciativa en el gobierno durante treinta años. Desde nuestra perspectiva y experiencia, son corresponsables del modelo. Los hemos tenido delante más que al lado o en medio.
¿Son antagonistas?
No somos antagonistas, para mí ICV no es mi enemigo, igual que solo me distancio del sindicalismo de concentración porque no me siento representado. Hubo tres elementos en la ruptura. La CUP es nítidamente independentista, nuestro proyecto político es de ruptura democrática. Una punta de lanza del final del régimen del 78, mucho más sólido y arraigado del proceso constituyente que puede evocar Podemos en el Estado español. En lo socioeconómico el diagnóstico con Barcelona en Comú es prácticamente el mismo.
La CUP se define como anticapitalista. Nuestra reflexión es que el mundo está enloqueciendo, que los niveles de desigualdad, de anomia ética, de violencias múltiples nos llevan a un callejón sin salida, un escenario tipo Mad Max. No admitimos por tanto la posibilidad de una izquierda que gestione el capitalismo. Eso no lo vamos a hacer nunca. Y eso no es purismo, es conciencia. Eso no significa que vayamos a acabar mañana con el capitalismo, pero muestra nuestra conciencia y voluntad. Todo esto lo comparto con Ada Colau, que nos hemos conocido en la lucha años ha y es, ante todo, una amiga.
Todo el proceso de gestación de Barcelona en Comú ha sido legítimo y democrático. Pero en el caso de Iniciativa… mira: Convergencia tiene en su haber tres personas ciegas por balas de goma, el tripartito en el que estaba Iniciativa, cuatro. Los recortes en este país empiezan en el 2010 con Iniciativa en el gobierno. Cuando yo estudiaba en este barrio en unos barracones en el 91, Iniciativa prometió el Casal del Jóvenes Municipal; bueno, se inauguró en 2010. Los pisos de protección oficial en treinta años de democracia en esta ciudad son ocho mil. En Gracia, cero. La pobreza en el 81 en Barcelona era del 16 %, en el 2009 llega al 18 %. Esa es la distancia entre una izquierda de transformación, la que pretendemos, y una de gestión.
Conozco a muchos compañeros de Inciativa, les tengo en alta estima, pero es un choque de culturas. Nosotros venimos de la precariedad de los noventa, prácticamente huérfanos. Ellos están en su derecho de reivindicar la tradición del PSUC. En todo caso, la marca Barcelona como la conocemos, la desigualdad y la pobreza, esa no la ha construido Trías en cuatro años. Pero, con permiso dialéctico, también podía haceros una contrapregunta. ¿Por qué en Badalona sí que estamos en Guayem con Podemos y EUiA? Nos llaman sectarios, pero no es así. Son culturas políticas diferentes. Aparecemos en 2012 con tres diputados sin salir en la tele. La CUP nace como una enmienda a la izquierda desde la izquierda, fundamentalmente. A una izquierda banal que ha olvidado la defensa de los más desposeídos. No vamos a asaltar el Palacio de Invierno sin retomar antes los barrios, pero somos una izquierda de sentido común, antropológica. Y eso no excluye la autocrítica y hasta el disgusto: el resultado final en Barcelona no debería complacer a nadie.
Pero, precisamente, mantener esos principios puede tener un precio muy alto para la izquierda: permitir a la derecha conservar el poder.
Desde el punto de vista de las candidaturas de unidad popular es obvio que en Barcelona no se han hecho las cosas bien. Lecciones aprendidas. El rapero Pau Llonch critica sabiamente que Fontana y yo —siento la personalización— estemos en listas separadas, cuando yo estoy al 250 % de acuerdo con todo lo que dice Josep Fontana. Personalmente, creo que la CUP debería haber estado hasta el final del debate de concreción de Barcelona en Comú, y cuando se clarificara la metodología y el contenido someterlo a consulta interna. Pero yo no soy de la CUP de Barcelona. Sugerí esa propuesta informalmente para seguir y desbloquear pero ni propios ni ajenos, ni unos u otros, la veían.
Tal vez, lo que más ha dificultado el proceso de confluencia ha sido el tiempo, en dos sentidos. La brevedad con la que se tenía que hacer el proceso, porque nuestra cultura política al final termina siendo lenta, y la urgencia del «ahora o nunca que viene la derecha». Vamos a ver, ya hemos visto a la izquierda rescatar bancos y sacar ojos. Es la derecha la que nunca decepciona. Ellos van a la suya desde los tiempos de Espartaco. Los que nos han dado las hostias sagradas en la cara, la que nos ha servido sólidas decepciones, ha sido la izquierda. Por eso, ahora de repente, lo que no acepto, es decir que aquí no ha pasado nada. No queremos que nadie renuncie a su historia ni que se den latigazos y se arrodillen, pero a la mínima que haces una visión crítica… piden silencio.
Aunque dicho todo esto, hay muchas experiencias de confluencia. Lo que pasa es que tenemos un problema entre comillas en Cataluña, que es la barcelonitis aguda. Porque si dejas Barcelona a un lado, la CUP tiene candidaturas con el Proces Constituent, con EUiA e incluso con Podemos e ICV en algunos municipios. Eso sí, nunca en casos en los que supone ir con quien lleva treinta años en el gobierno. Y el segundo factor tiempo: buscar puntos de encuentro, de reconocimiento mutuo, entre culturas políticas que han vivido de espaldas o enfrentadas no se puede hacer en seis meses. Es como girar un transatlántico.
Desde vuestra experiencia municipal, allí donde gobernáis ¿no os habéis encontrado contradicciones como le ha podido pasar a ICV?
Nosotros venimos de una realidad de movimientos sociales que ya consolida alternativas. No busques atrás a ICV promoviendo finanzas éticas, como COOP’57, que mueve ya cuarenta y tres millones de euros y ha dado mil créditos en plena crisis. Tampoco en la construcción de medios alternativos, como La Directa, donde hay casi doscientos periodistas trabajando en red. ¿Todo esto no es economía real? Ya en la primera alcaldía que tuvo la CUP, en Arenys de Munt, llegamos y municipalizamos el agua mientras el gobierno catalán la privatizaba. Nuestra gestión pública del agua, además, ha dado beneficios que se reintegraban al municipio.
Eso no quita que no haya que gestionar la cruda realidad, como la deuda que nos dejaron en Arenys mismo. La CUP es capaz de arremangarse y gobernar, digan lo que digan. De hecho, la izquierda independentista gestiona doscientos ateneos y casales desde hace veinticinco años. Eso exige mucha implicación, autogestión cooperativa y es una escuela de democracia directa, que es precisamente de donde venimos. También habría que ver hasta dónde llega la política institucional y hasta dónde no es capaz. Para nosotros esto es un largo camino, una maratón. Porque cuando hemos dicho «ahora o nunca», para nosotros siempre ha sido nunca [ríe].
Hablando con Íñigo Errejón sobre su teoría de hegemonías, le preguntamos si eso suponía cargarse el independentismo en Cataluña y contestó que, al menos una parte, sí que caería.
Creo que Errejón no descubre nada nuevo. Si en algún sitio hay hegemonía para romper con el régimen del 78, de forma transversal y para construir un nuevo relato, es en Cataluña, no en Andalucía. Vamos a decirlo así, mal que me pese. Un proyecto político compartido que ha sumado entre un 50 y un 60 % de apoyos, en un sur de Europa fragmentado y en crisis, es muchísimo. Que tengas dos millones de personas en la calle y que el españolismo rancio solo haya podido movilizar a quince mil te da una idea de cómo están las proporciones. Y lo que me sabe mal es que Podemos hable del régimen del 78 y no sean conscientes de que uno de los candados de ese régimen es la autodeterminación de los pueblos. Esto estaba en su manifiesto fundacional pero después, por una estrategia de acceso al poder, como siempre ha pasado en el Estado español, desapareció.
A ver, hay tres esquemas del Estado español con respecto a Cataluña. El golpe de regresión del PP, la recentralización. No solo prohíben la consulta, sino que tampoco nos dejan prohibir el fracking o poner un impuesto sobre pisos turísticos… No nos dejan gobernarnos, simplemente. Luego está el misterio de la Santísima Trinidad, la reforma federal del PSOE, el documento de Granada, que nadie sabe lo que es. Y, por último, la nueva hipótesis es el proceso constituyente de ámbito estatal de Podemos. Las tres opciones, aun siendo tan diferentes a la sociedad catalana, al pueblo catalán, a la nación catalana, le dicen lo mismo de una forma u otra: tiene que pasar algo en Madrid para que pase algo en Cataluña.
Las tres niegan la capacidad de sujeto autónomo que tenemos como pueblo. Aquí hay que hablar en plural, de procesos constituyentes. Como dice Jaime Pastor, no hay un solo demos en el estado español, hay diferentes sujetos: demoi. E Íñigo Errejón esto lo debería respetar, más que hablar de cantonalismo ¡madre mía! o de «quinientos años juntos» como dijo Monedero en TV3. Ha viajado mucho a Cataluña desde hace muchos años, nos conoce a todos, y su teoría de las hegemonías, de hoy estás aquí y mañana estás allí, a mí me recuerda a eso. Íñigo no estaba en esa posición hace dos años. Por otro lado, qué más quisiera yo que hubiera un proceso constituyente en el Estado español. Firmo donde quieras ahora mismo [ríe]. Pero todavía muchas izquierdas se llevan las manos a la cabeza cuando hablamos de nación catalana, de soberanía política, de proceso propio. Todavía niegan esa condición. Son rehenes del poso del nacionalismo de Estado. Me hace mucha gracia que digan que no son nacionalistas: cuando tienes un Estado acostumbras a no ser nacionalista.
Esta hegemonía en Cataluña, sin embargo, tiene una composición muy particular…
Contradictoria. Se puede decir así.
…en la que estáis en minoría.
Bueno, no creáis que tanto. La hegemonía está virando claramente a la izquierda. Nunca CiU había perdido tanto. Y las previsiones son las que son, van al mínimo histórico. Pueden perder la mitad de sus diputados. ¿No es eso un cambio de hegemonía? A ver si al PP le pasa lo mismo en Madrid, ¿no? Se han superado dos conceptos en este proceso, el historicista y el economicista. Sigue habiendo gente que se identifica con eso, pero la CUP no se identifica con el «España nos roba», para nosotros es «el Estado nos roba». Nos roba a todos, a las clases populares particularmente. De todo el Estado. También roba a Andalucía y coge recursos para transferirlos a la troika.
Al final, lo que queda es si somos un pueblo o no somos un pueblo. Y en esa ecuación nos unimos los convergentes, la izquierda radical, los socialdemócratas y la democracia cristiana y hasta los franciscanos, lo que es un auténtico milagro en un país donde siempre discutimos por todo. Cortesía de la deriva demofóbica del Estado español.
También creo que si tengo que enfrentarme a la burguesía, la independencia es el mejor terreno de juego para ganar y disputarle la hegemonía. Acorta distancias y acerca democracias. Y hay más reflexiones: ¿quién es el que más se opone a la independencia en Cataluña? ¿Quién, como para que la CUP se ponga de acuerdo con Mas?
¿Por qué es tan determinante la independencia?
Porque el factor clave es el factor democrático. Si el futuro de este pueblo lo puede decir su ciudadanía o lo deciden poderes ajenos, o suprapoderes. Esta es una lucha por la soberanía política contra un Estado demofóbico, que odia la democracia, que prohíbe las urnas; una lucha por la soberanía económica frente a mercados globales carroñeros y voraces; y una lucha política por recuperar la soberanía popular frente a unas élites cleptómanas. Y no estoy hablando solo de Rodrigo Rato, sino de las nuestras, de los Pujol o los Millet. Lo que genera incomprensión en otros compañeros del eEstado español es que siguen pensando que no somos un pueblo. Porque la cultura hegemónica o nacionalismo de Estado ha penetrado en amplias capas de la izquierda. ¿Cuánta gente sabe que en Cataluña hay un millón de pobres, que batimos récords en desahucios y ejecuciones hipotecarias, que tenemos el récord de población presa? Eso de la Cataluña rica y plena… ¡y un cuerno!
Uno de los primeros puntos del manifiesto de la CUP es la integridad territorial de los Països Catalans. Es decir, se identifica una base etnocultural, los que hablan catalán, y se demanda un Estado para ellos. Eso es nacionalismo de manual.
Yo no soy nacionalista. A mí eso de etnocultural me da hasta miedo, son términos muy aznaristas. Base cultural y social sí. Política también. Somos una comunidad política laica y civil con hechos culturales diferenciados. Eso de etno me da miedo.
Emplea otra palabra.
No, si me vale. Pero si digo que en Xátiva y Gràcia hablamos la misma lengua nos tildan de irredentos pancatalanistas enloquecidos. Y si digo que en Vallecas y El Coronil hablan la misma lengua, me dicen que digo obviedades. En fin, ridículo.
La pregunta es cuál es el motivo «no nacionalista» para poner una frontera dura entre este pueblo y los otros que hay en España.
¿Exigir democracia y soberanía es poner fronteras? Desde nuestro independentismo no renuncio a ningún internacionalismo. Las ocupaciones del SOC las siento como propias, lo mismo que la resistencia en Chiapas. Que avancemos en nuestra autodeterminación no rompe ningún vínculo ni afecto ni complicidad.
No es fácil entender cómo desde el internacionalismo tu primer objetivo es establecer una frontera donde no la hay.
Pues la defensa del derecho a la autodeterminación de los pueblos nace desde la izquierda. También nos definimos, en términos de una compañera ecofeminista, como «independentistas sin fronteras». No queremos levantar muros ni fronteras, sino respeto e igualdad entre iguales. Queremos gobernarnos a nosotros mismos, ya ves. Creo que ese tipo de preguntas son los lugares comunes de un nacionalismo de Estado difuso, hegemónico y homogeneizante. Y en el fondo es una ridiculización del proceso, una incomprensión deliberada de la realidad catalana, compleja y plural, y una manifiesta y reiterada voluntad de no resolverlo.
¿Por qué no quieres gobernarte con las otras personas que, como tus votantes catalanes, sufrirían bajo las oligarquías que hay en España?
Joseba Sarrionaindia, del que os recomiendo su ¿Somos como moros en la niebla? sobre diversidad, identidad y multiculturalidad, acierta de pleno cuando dice «España es algo prácticamente contrario a la idea en que una sociedad decide cómo organizarse». Ahí entramos en el concepto vapuleado del federalismo, que parte de la autonomía y la libertad de cada parte. Con la libertad recuperada decides con quién te federas. Los lazos culturales y afectivos… mira, yo soy de Zamora.

¿Naciste en Zamora?
No. Pero ¿por qué el Estado es lo que vincula los afectos?
Precisamente en España, al contrario que en muchas otras regiones europeas, tus antepasados pueden ser de Zamora, pero si naces en Cataluña, eres catalán. Un albanés que nace en Eslovenia, por ejemplo, sigue siendo albanés de todas, todas.
Esa es una de las cosas más emotivas, elocuentes, singulares y particulares del catalanismo político, que es absolutamente plural y complejo. Reivindicamos la diversidad de la emigración como un patrimonio cultural de este país. No basamos el reclamo de la nación en una cosa etérea, mítica y mística basada en gloriosos pasados tan criminales como la historia de otros [ríe], sino en un futuro democrático y compartido.
Pero los datos muestran que, mayoritariamente, los que piden la independencia son los que hablan catalán en casa o los que tienen la madre nacida aquí, por ejemplo. Cataluña es diversa, pero el independentismo parece que no tanto.
El cambio de rasante que vive Cataluña anula ya ese enunciado arriesgado y que es, digámoslo así, el sueño húmedo lerrouxista de Aznar. Ese falso mito distópico de dos comunidades divididas: quien lo dice desconoce brutalmente la realidad social catalana. Es un cuento del nacionalismo españolista, autodefinido kafkianamente como «no-nacionalismo». No sé si el cambio político es definitivo o no, pero su potencial es que eso precisamente quede superado. No sé, los padres de Quim Arrufat [diputado de CUP en el Parlamento catalán; NdR] son de Aragón. Igual somos lo singular, pero cuando pateas el país —de Santa Coloma a Campdevanol— me da la sensación de que, precisamente, lo novedoso es eso, que el independentismo como opción política llega a capas donde antes no llegaba.
Nosotros nos reconocemos como comunidad política y queremos segregarnos de un espacio de gestión política autoritaria y liberticida que es el Estado español. Por eso somos independentistas. Pero es una cuestión que refiere al poder político, no a los apellidos o si te gusta más el flamenco, como me gusta a mí. Es un problema político y democrático. Una cuestión de acceso a la soberanía como puede pasar en el País Vasco, que una parte importante se quiere separar. No nos ha dado una chaladura de repente y queremos independizarnos. El hartazgo respecto a unas formas de hacer del Estado español con respecto a este pueblo ha llegado a tal punto que ha generado una conciencia colectiva de que la única manera de avanzar es hacer nuestro propio camino.
No vamos en contra de nadie; nos enfrentamos a un Estado, no a ningún pueblo ni cultura. Eso no rompe ningún lazo ni con los jornaleros andaluces, con los que estamos todo el día juntos y revueltos, ni con el Madrid rebelde ni con la minería asturiana, ni con Galicia, ni con Aragón. Y nuestra condición política catalana no rompe nuestra conciencia de clase. Lo puedo preguntar al revés: ¿vais a decidir vosotros nuestro futuro? ¿Vamos a decidir nosotros el futuro de Andalucía? Ni se me pasa por la cabeza.
Pero puedes contribuir a decidir el futuro de España.
No. Porque tengo conciencia histórica, social y política. Hemos leído la historia del Estado español como prisión de pueblos y de personas. Tengo un abuelo condenado a ocho años de cárcel en el penal del Dueso con dos penas de muerte conmutadas. Fue la rojigualda la que le hizo la vida imposible, le persiguió durante cuarenta años y le arruinó la vida. En todo caso, es una pregunta clave que algunos deberían formularse: ¿por qué hemos dejado de ser españoles? Y no buscar respuestas binarias y maniqueas más bien estúpidas.
Ese crimen lo cometió el fascismo. Y sus víctimas fueron los españoles.
Y los gallegos y los vascos y los catalanes. El fascismo como dictadura de clase, pero también nacional-identitaria, contra los pueblos del Estado español, persiguiendo su cultura. Cuarenta años de dictadura y muchos más de persecución secular. No solo fue el fascismo, ahí nos equivocaríamos; son muchos, muchos años de decretos y persecuciones atávicas. Y en el 96 resurge ese nacionalismo de Estado rancio a través del aznarismo y esa permanente incomprensión que nace de una falta de voluntad política obvia, que no es genética, para entender lo plurinacional, plurilingüistico y pluricultural en el Estado español. Y más que entenderlo, disfrutarlo, porque yo disfruto con Enrique Morente.
Estas que me estáis haciendo son preguntas parecidas a las que me hace mi abuelo en Zamora, con noventa años. Que le da pena que nos vayamos, dice. El terreno de las identidades es muy complejo. ¿Yo por qué no me siento español? ¿Porque me ha manipulado TV3? No hombre, no. Además, no tengo tele. Cuando lees historia, en España te encuentras con una reiterada negación de la plurinacionalidad del Estado. Aunque mi llegada al independentismo es más política que emocional. También entiendo que, digan lo que digan los ministros del PP, la sociedad española ha cambiado. Creo que ya se reconoce más la diferencia. Sin embargo, aquí estudiamos a Machado y a Lorca, con gusto, pero te lo enseñan. ¿Y en Madrid se enseña a Ovidi, a Espriu?
Siempre me he definido como antinacionalista, porque vengo de una cultura antifascista. El fascismo no es más que una glándula hipertrofiada del nacionalismo. Y todo eso en Cataluña ha cambiado mucho. Aquí hace treinta años me llamaban charnego los nacionalistas catalanes, ahora solo me lo llaman los españolistas. Cuando veo editoriales en la prensa española en los que me llaman traidor porque por mis venas corre sangre española me digo uuuuhhhh… Así empieza todo. Eso sí que es un discurso miserablemente étnico y supremacista. Amén de impotente.
¿Qué cambios deberían darse en España para que te cuestionaras tu independentismo? ¿Para que cuando hablases de «nosotros» te refirieras a todos los pueblos del Estado?
No lo sé. No pienso en ese frame. Deseo respeto mutuo, igualdad entre iguales y relaciones confederales de buena vecindad. Pediría una salida británico-escocesa: rigor democrático, soluciones políticas, diálogo permanente. Pero en clave de futuro, ya desde otra posición: la de las relaciones fraternas y solidarias, pero desde nuestra libertad política recuperada. A eso nadie debería renunciar aunque nos parezca ucrónico, porque no ha sucedido ni parece que vaya a suceder. Pero es una pregunta bilateral que también correspondería a las élites del Estado español, que ya llegan tarde y mal a la cuestión catalana. Durante años se han burlado del proceso minimizándolo, banalizándolo o ridiculizándolo y ahora se da cuenta que media sociedad catalana ya se ha ido. Que nos estamos yendo. Y que nos vamos a ir.
De hecho, uno de los motivos del auge del independentismo es precisamente la convicción política sólida de que no hay nada que hacer, de la inexistencia arrogante de voluntad política resolutiva, de la vigencia de un prepotente españolismo en los tuétanos del Estado. Trabajamos con la estricta realidad y las posibilidades de que eso pase me quedan muy lejanas. Incluso cuando se discutió en la II República el concepto de nación compleja o unitaria, un sector de los republicanos forzó que fuera unitaria. El nacionalismo identitario español tiene sus obsesiones y la catalonofobia es una de ellas. Eso existe, mal que nos pese.
Soy nacionalista según a quien tenga delante, que diría Brecht. Si me pones a Wert lo soy, y radical. Pero a mí también me preocupa la glándula hipertrofiada de cualquier nacionalismo. La frase más estúpida del nacionalismo catalán es la de «tots els catalans són bons» [todos los catalanes son buenos]. Y un cuerno. Tenemos Angladas, Millets, Pujols… Pero entiendo el debate, ojalá se pudieran tender puentes de diálogo. Nuestro adversario no es ningún pueblo ni ninguna cultura del Estado español, con los que pensamos mantener todos los lazos. Medios como La Directa y El Diagonal, por ejemplo, tienen lazos de colaboración, no hace falta que medie ningún Estado. Creo que no hay salida en el Estado español. Se vio con el Estatut, cuando estando todo decidido y votado en Cataluña, van y te lo recortan. Pero, ¿creéis que tengo algún problema con Diego Cañamero? ¿O con los compañeros de Diagonal que hace diez años que trabajamos juntos? Para cuestionar mi independentismo, creo que tendríamos que desmentir y desmontar toda la historia de España y debería abrirse un proceso democrático que no veo, hoy por hoy.
¿Por qué incorporáis a Valencia y Baleares al mapa de los Països Catalans y no Aragón, con la que también hay un pasado común? ¿El elemento distintivo es la lengua? Al fin y al cabo, Valencia y Baleares son dos feudos tradicionales del PP y de todo aquello contra lo que os rebeláis.
Son nuestra realidad nacional, ciertamente. Y nuestros vínculos políticos, sociales y culturales. Y lingüísticos. Pero una cosa son unos gobiernos y los poderes que hayan tenido y otra cosa es la gente. Y Cataluña ha sido feudo de CiU, ¿no? Seguramente muy poca gente sabe en el Estado español que el ministro Wert ha hecho una ofensiva para decirle a la gente que quiera estudiar solo en castellano en Cataluña que puede ir a una escuela privada de manera subvencionada, con fondos públicos. Solo se han apuntado tres alumnos. Ninguno cumplía los requisitos, por cierto. Un exitazo del ministro, vaya. Pero que en Valencia hay catorce mil alumnos que se han quedado sin poder estudiar en su lengua materna, el valenciano, y en Baleares acaban de aprobar el decreto TIL y el 90 % de las familias matriculan a sus hijos en catalán, porque es lo que se habla.
¿Pero es la lengua lo que nos une? Sí y no, nos une es la libre adscripción voluntaria a un proyecto político. Y no y sí, la lengua y la cultura son un factor clave, claro está. Aquí hay independentistas que hablan en castellano y en Valencia hay zonas de interior que no hablan valenciano y no las excluimos. Reivindicamos un espacio relacional cultural y social que son los Països Catalans, que existían antes del régimen del 78, que se encarga, bajo tutela militar, de prohibir expresamente la libre federación de comunidades autónomas. Esa prohibición de los militares, el famoso motorista de Herrero de Miñón, no la hacen pensando en Navarra y el País Vasco, que es una unión que pedía hasta el PSOE y que incluso consta en las disposiciones constitucionales, sino en los Països Catalans, que son una realidad cultural compartida, del mismo modo que puedan serlo Castilla la Nueva y la Vieja. Además, hay unos lazos históricos.

El vínculo con Aragón también es histórico.
Con la Franja sí hay un vínculo.
La lengua, de nuevo. Al final, el sujeto político es etnocultural, así que extraña que no te definas como nacionalista.
Bueno: si defender que en la Franja se habla catalán, una cosa que reconoce cualquier sociolinguista, es ser nacionalista, pues dale. Es como si yo os pregunto por España. ¿Qué la identifica? ¿Por qué sois una nación y nosotros no? ¿Porque sé hablar castellano soy español? A mí entender, nuestro proyecto es de libre adscripción voluntaria. Nos hemos constituido con diferentes agregaciones migratorias, somos un nacionalismo laico y civil, en el caso de que lo seamos y en la evidencia de la tensión autodeterminista, donde no caben grandes parámetros de fe ni de identidad.
La gente no se pregunta de dónde viene sino a dónde vamos. Las naciones existen y han existido, pero al final son un plebiscito cotidiano. Aquí no pretendemos unas aznaristas krajinas balcánicas [krajina significa «fronterizo» en serbocroata, se refiere al enclave serbio en Croacia donde vivían doscientas cincuenta mil personas y que dio lugar a una guerra entre ambas repúblicas durante 1991 y 1995; NdR] donde si eres castellano ya no formas parte de la nación. Menuda barbaridad. No va por ahí.
A mí el nacionalismo catalán, desde ese punto de vista, me tranquiliza mucho. La Franja sería un enclave sociolingüistico y esto merecería otra entrevista sobre sociolingüismo, siglo XXI y respeto a las minorías. Y eso vale para los kurdos de Turquía o cualquiera de las siete mil culturas que hay en el mundo. Lo que veo muchas veces es que cuando le digo a un determinado perfil de compañero de cualquier parte de España que no me siento español, que soy catalán, que es como si fuese francés, veo que se enoja. Es él el que me niega a mí lo que soy, yo no le cuestiono a él sus sentimientos nacionales. Y ese es el trasfondo y el rayo que no cesa: la negación reiterada, aburrida y persistente de que somos un solo pueblo, plural y complejo. Puro nacionalismo español.
Cuando no ha habido mutuo acuerdo entre dos países para una independencia, siempre han surgido problemas graves. Sin agitar el monigote de la guerra, ¿no temes la aparición de un conflicto, como una ulsterización por ejemplo? ¿No hay miedo a abrir la caja de Pandora?
En este proceso, no. No lo veo. Por ninguna parte. Eso solo lo invoca la extrema derecha, que llama al «derramamiento de sangre en Cataluña» sin que la Audiencia Nacional se inmute, por cierto. O Aznar, cuando desea que se rompa Cataluña. En este país ese riesgo se hiperdimensionó para conjurarlo, para evitarlo, más aún con un proceso que es estrictamente democrático, civil y pacífico. Ese esquema es absolutamente imposible y, afortunadamente, políticamente inviable.
Es verdad que ha habido diálogo, porque la gente cuando va a Madrid habla tranquilamente, pero hay poca comprensión mutua. La política también está para evitar la locura colectiva, la crueldad, y en ese aspecto veo el peligro muy alejado. Aunque yo siempre tengo miedo. Ves la fosa común que es el Mediterráneo, lo que significa Frontex… Nuestro entorno es mediterráneo más que europeo, nos preocupa lo mismo lo que pasó en Sol como lo que pasó en Tahrir.
Pero sí, siempre me preocupa en el entorno europeo la semilla del odio chauvinista, de la barbarie xenófoba, y hay quien la está regando. No son muchos, pero el NSDAP al principio tampoco era mayoritario. Aunque no voy a hacer este tipo de comparaciones odiosas en las que tanto se recrea, vilmente, el nacionalismo españolista. La división de comunidades, la ulsterización, un conflicto, no es un riesgo ahora mismo en Cataluña porque se ha construido una identidad porosa, permeable y compartida desde la lucha antifranquista. Es un consenso que generó el PSUC, y que hay que respetar, honrar y admirar, el de hablar de un solo pueblo. El símbolo de la unidad civil, todos somos iguales en nuestras diferencias.
Venimos de Sant Ildefons, en Cornellà, y solo se ven banderas españolas.
Ya no es plausible cartografiar el «Sí» y el «No» en términos de orígenes. El sí ya es complejo, plural y transversal. Y por supuesto, se puede analizar desde parámetros de opción política, recuerdo de voto y de composición social. Pero pretender, insisto, mirarlo por los apellidos es surrealista y es el deseo del españolismo que la realidad desmiente cada día: el independentismo está lleno de Garcías, López y Fernández. Y el unionismo de grandes apellidos catalanes. Igual por áreas de influencia mediática sí que hay una fractura. Pero entiendo que haya quienes quieran seguir dentro del marco español, es absolutamente legítimo. Estamos en tiempos de contingencia, nadie sabe lo que va a pasar, y de cualquier crisis o sales un poquito para delante o para atrás. Espero que salgamos todos, incluidos nuestros vecinos, dicho con todo el cariño.
Para la tramitación de la ley de claridad canadiense se trató este tema. Se dijo que si Canadá era divisible, por qué no iba a serlo Quebec, para tener en cuenta la situación de los territorios de quebequeses que quisieran seguir siendo canadienses. ¿Tendrían pues los municipios catalanes posibilidad de seguir integrando España si así lo deciden?
El valle de Arán, por ejemplo, ya tiene reconocida su lengua propia y su autonomía política. Pero que municipios catalanes pudieran seguir siendo españoles no lo veo. Básicamente, porque no conozco esa demanda, solo alguna proclama ultra. Se lo he escuchado a alguna persona de Ciudadanos como comentario banal, pero nada más. Estando a favor de la democracia municipal, que es donde empieza todo, me parece una perversión algo retorcida en el ámbito de la soberanía nacional. En ese país diferente por el que trabajamos los municipios tendrán el máximo de competencias, pero en el ámbito de la lógica de conflicto político entre la soberanía española y la catalana, me parecería preocupante. No voy a hablar de integridad territorial porque sería reproducir discursos en los que no creo.
¿Pero no es lo mismo?
Bueno, por eso no lo repito [ríe]. Porque tampoco vamos, en un mundo de vallas, muros y fronteras, a un Estado nación decimonónico: vamos a la soberanía, cuando la soberanía de los Estados y de los mercados poco tienen ya que ver con la soberanía de los pueblos y la dignidad de las personas. Pero lo vería como un intento de división como comunidad política. El proyecto catalán no le discute a nadie la identidad. La historia es compleja y compartida. ¿Crees que le discuto a mi madre los sentimientos que tiene? Es de Zamora y ha votado Sí-Sí. En el Moianés, la nueva comarca que se acaba de aprobar en el Parlament, el Sí tenía que ganar en todos los municipios por mayoría, y ganó en todos. Si en uno no lo hacía, se quedaba en el Vallés o en Osona, a la comarca a la que perteneciera. Pero en el ámbito del conflicto —el otro día me dijeron que en Madrid en ámbitos ministeriales lo llaman «la cosa»— no lo veo.
Me parece una lógica un tanto particionista en el ámbito del conflicto que la sociología desmiente: Cataluña es y será impura, mezcla y cóctel sin identidades estancas. Esa es su identidad hoy: pluralidad y complejidad. Pero si me lo pones como hipótesis ucrónica y quieres una respuesta, pues sería traumático para unos y para otros. Aunque si sucediera, solo con un caso, tendrías un conflicto. Y deberías solucionarlo. Y democráticamente. Si, por ejemplo, medio millón de personas en el Vallés dicen que son España, habría que dialogar.
Carod Rovira ha reflexionado mucho sobre eso, sobre la doble nacionalidad, porque las identidades y cómo se construyen son un terreno resbaladizo, pero la nuestra no es ni cerrada ni compacta ni quiere ser impermeable: hoy en Cataluña hay doscientas cuarenta y dos lenguas maternas. Porque el «problema catalán», que en el fondo es un reflejo de la anomalía española, habla más de soberanía democrática y crisis social más que de cualquier otra cosa. Lo que estamos es decididos a decidirlo todo.
¿Esa cláusula nunca sería admisible entonces?
Nunca digas nunca. Es una pregunta hipotética. Muchas veces desde los medios se hacen preguntas distópicas. «Qué pasaría si…». Siempre formuladas con bastante mala leche. Y con las ganas de retroalimentar el deseo de lo que no pasa: la confrontación civil. A Aznar me remito. Me alegra poder decir que esa batalla ya está perdida. Hace años.
De ti mismo has lamentado errores del pasado y has celebrado haber llegado a ser pacifista. ¿Qué te hubiera gustado ahorrarte de tu trayectoria personal?
Más que errores, miradas críticas y aprendizajes constantes. Borraría muchos aspectos. Seguramente no habría banalizado ciertas cosas. Del horror de la violencia hay que aprender para desactivar todos los caminos políticos y filosóficos que conducen a ella y a justificar cosas que no lo son. Te hablo de cuando tenía dieciocho o diecinueve años y sí que he tirado piedras y lo volvería a hacer en las mismas circunstancias, pero con el tiempo es obvio que no existen verdades absolutas. Por eso milito en la desobediencia civil no violenta, por convicción y humanismo ético.
Antonio Ramos de Oliveira, un historiador socialista algo olvidado que murió en el exilio en México, criticaba que Cataluña al modernizarse en el siglo XIX, en lugar de luchar por modernizar España, abordara solo su desarrollo desde el regionalismo.
Si es por libros, Vicente Cacho le desmiente en El nacionalismo catalán como factor de modernización. Buen libro. Y además, ese ha sido siempre el deseo de la burguesía y la oligarquía catalana, incidir en Madrid. Ahí tienes a Duran i Lleida. Y quien ha cerrado el paso siempre ha sido el Estado español. Las élites extractivas estatales son las que lo han impedido. Desde los intentos de participar en gobiernos, desde los catalanes de Franco, que también los hubo, o desde Pujol, que es el hombre del régimen del 78 en Cataluña, que aguanta al PSOE del GAL y luego le da el poder a Aznar, lo que ha habido es una permanente expulsión del poder político de lo catalán desde el Estado español. Esa es la constante histórica.
Aprovecho para contracitar a un historiador catalán contemporáneo, Josep Fontana, que en su último libro, La formación de una identidad (Eumo, 2014) narra precisamente esto. Es una permanente impotencia, aunque la oligarquía española y la catalana tiene los mismos intereses. Quien hoy está más en contra del proceso es la Caixa, La Vanguardia y Fomento del Trabajo Nacional, la patronal más catalana que hay. Ese poder secular en Cataluña está abiertamente en contra del proceso. Y lo que no hay que olvidar es que todo el proceso surge de un deseo de democracia.

Otra crítica que se puede hacer al independentismo desde la izquierda es que Cataluña ha tenido en España un mercado cautivo del que ha drenado dos millones de trabajadores de las regiones más pobres, y ahora, cuando con la globalización ese mercado se abre y trabajadores baratos no faltan, se cortan amarras.
Me parece preocupante ese argumento, reiterado desde el falangismo. Y me harta. Y más siendo nieto de quien soy. Mis abuelos destripaterrones en Zamora fueron perseguidos y pasaron una posguerra de hambre. ¿Ese mercado «cautivo» es culpa de los catalanes? Que nos expliquen quién impidió la revolución industrial española. ¿Una Cataluña sometida? Categorizar Cataluña entera, confundiéndola con su burguesía, como «culpable» es terrible, sin ningún análisis social de clase.
¿El no desarrollo industrial castellano no será culpa de su oligarquía parasitaria, rentista, funcionarial y cruel? ¿Todo es culpa de los catalanes como enemigo interior? Tuvimos una burguesía catalana, los Samaranch y compañía por ejemplo, que formó parte del franquismo. Fueron los catalanes de Franco. Las derechas se parecen mucho en todas partes y todas usan la bandera para tapar la cartera. Eso es la sopa de ajo, aunque no creo que sea lo que esté pasando ahora. Pero eso son discursos alarmantemente étnicos. Cuando sale Monago y dice a los extremeños de Cataluña que vuelvan a Extremadura, eso es un discurso balcánico. Afortunadamente, eso no penetra en la sociedad catalana, que tiene otros ritmos.
Pero basta ya de confundir Cataluña con CiU. Cataluña es cooperativismo, un montón de izquierdas plurales, es un tejido asociativo. Y también lo que queremos es salir de la dictadura del BCE y de la troika. Me preocupa que con las tensiones políticas en el ámbito de la soberanía siempre se corra el riesgo de retroalimentar posiciones a veces muy retrógradas. Y esto no es un conflicto de catalanes contra españoles, es un debate sobre el poder político, la soberanía y la democracia en el XXI. Tenemos un espejo muy cercano: Escocia. ¿Tan difícil es? Allí el laborismo de apellido británico es quien vota a favor del sí a la independencia y en Edimburgo, la ciudad pija escocesa, sale el no, lo mismo que en Glasgow, la roja británica, sale el sí. ¿Por qué en Sant Ildefons, en Cornellá, hay una participación altísima del sí? Porque lo que nos preocupa es cómo salimos de esta crisis. Para nosotros la soberanía es la palanca al cambio político y social. Sin soberanía, ni políticas de izquierdas ni políticas de derechas. Porque no haríamos política, nos la harían a nosotros.
En algunos países del este que accedieron recientemente a su independencia hay quejas de que al final lo que sucedió es que estaban aún más sometidos a las élites locales con la pérdida del contrapoder federal. ¿Podría ocurrir en Cataluña?
Es verdad. Es un riesgo. Por supuesto. Pero será la decisión de la ciudadanía catalana, aunque nos duela. Porque el acceso a la soberanía política no es garantía de la proclamación del comunismo libertario en Cataluña. Este pueblo podrá decidir su futuro y podrá poner a un impresentable en el Gobierno. Es así. Nosotros no creemos en el independentismo de varita mágica que soluciona todos los problemas. Creo en todo caso que esta sociedad vira hacia la izquierda por nuestra tradición forjada en luchar contra el Estado sin tener un Estado. Gracias a ella tenemos mutuas, cooperativas, hasta corales, dinámicas de autonomía y autoorganización que son nuestro mayor baluarte democrático. Pero nada es para siempre, ni las victorias ni las derrotas. Como decía Espinoza: «estos no son los últimos bárbaros que vendrán». En este caso, los que dejamos atrás. Pero seguirá dependiendo de nosotros.
Del poder central español no sé qué esperar. ¿Qué es la izquierda española? Es Zapatero quien rescata la banca. Nosotros somos una política cultural alternativa. La CUP no piensa tanto en el Palacio de Invierno como en las colectivizaciones del 36. En la sociedad liberal hay tres sectores fundamentales: el mercado, el Estado y la sociedad. Con el mercado es obvio que no se puede contar. Las reglas del capital son el mundo sin reglas del Marqués de Sade. Y al Estado lo tenemos bastante en contra, hoy por hoy. Solo nos queda el tejido social. Nuestra triada, parafraseando a Alba Rico, es ser revolucionarios en lo económico, reformistas en lo institucional y conservadores en lo antropológico. Y esto pasa por ser cooperativistas, municipalistas y feministas. Ese es nuestro programa para los próximos cinco o diez años. Vamos a buscar un zapatismo del sur de Europa. A eso vamos.
Y en mi casa, la Caixa y el Santander no entran. Lo poco que hay está en finanzas éticas, está en COOP’57 y en una caja cooperativa. No verás ni a Endesa ni a Iberdrola, estoy en Som Energía. No verás ni El País, ni ABC ni La Vanguardia aquí. El Diagonal y La Directa. No verás las llaves de un coche, vamos en transporte público. La única lucha por un futuro diferente es el presente y el único territorio liberado del que realmente disponemos es el de nuestra vida cotidiana, y ahí es donde te la juegas cada día. Como decía Howard Zinn, «en cada gesto te la juegas». Seguramente sea bastante estresante [ríe]. Siempre hay contradicciones.
Las consecuencias negativas de la independencia para los españoles, ¿las tienes en cuenta? Podría suponer meter a lo que quede de España en un nuevo atolladero, condenarlo, por ejemplo, a más recortes.
Sí, por supuesto. Hablo con compañeros andaluces de todo esto. Pero tampoco lo veo. No creo que España entre en barrena o que se hunda, también es algo que lo veo como distópico. ¿Lo preguntáis como aspecto económico o político?
Económico, básicamente. Se pondría en duda, por ejemplo, la viabilidad de las pensiones, aunque suene a broma en este contexto después de lo que está haciendo Rajoy con la hucha.
Para nosotros la solidaridad con nuestro entorno es un principio básico. Y por entorno tengo en cuenta también al Magreb o Lampedusa. El nuestro no es un nacionalismo económico, hemos apoyado económicamente ocupaciones del SAT. La solidaridad de clase es imprescindible. Yo les deseo lo mejor, lo mismo que deseo para mi pueblo. Un desarrollo económico basado en criterios de justicia. ¿Si somos conscientes de que nuestra decisión puede afectar negativamente al Estado español?
Y a sus capas más débiles.
Pero eso sería como hacernos responsables de muchas de las cosas que pasan en el mundo. Que nos atañen, siempre somos corresponsables de algún modo, pero nosotros somos las capas débiles catalanas. Solo podemos desearles un proceso similar al nuestro. Pero esa teoría de «la estacada» es tanto como decirnos que debemos renunciar a la libertad política de nuestro pueblo. Amén de que la retención sería entonces puramente economicista y la justificación es simplemente nacionalista. De nacionalismo de Estado. Es el argumento final de siempre: la nación unitaria. Es decir, el nacionalismo español como justificante. Aun así, me niego a disociar libertad de solidaridad.
La libertad política no es para nosotros una balanza fiscal. Y de ahí el bloqueo habitual: el dilema español de si esto es un divorcio o una amputación, es decir, la negación de Cataluña como nación. Es grave. Es inaceptable en el siglo XXI. Pero todavía hay un segundo elemento, algo más dialéctico. Porque al fin y al cabo abre otro debate cerrado con llave; el fiscal y los modelos confederales. Lo fácil y sencillo, aquí y en Dos Hermanas, sería que nadie quisiera pagar el fraude de AVE sin pasajeros, autopistas sin coches y aeropuertos sin aviones. Pero para nosotros la libertad política es algo más, y bastante más hondo, que una simple balanza fiscal. Eudald Carbonell nos define más sabiamente como «interdependentistas»: conciencia global, de país y de clase.

¿No te da quebraderos de cabeza lo que sería el reparto del patrimonio, la caja única de las pensiones, la deuda…?
¿El divorcio?
Eso no es una distopía.
Sí, las separaciones no son festivales, precisamente. Pero libres y sin ataduras ya nos querremos más. No hay una conciencia excesiva de culpabilidad. De coresponsabilidad, sí. Y además antagónicamente recíproca: también la percepción mayoritaria es el menosprecio, maltrato y olvido de la realidad catalana por parte del Estado: un millón y medio de pobres, 25 % de paro.
Lo que tenemos más en cuenta es a los pensionistas catalanes, que trasladan preguntas imprescindibles, pero tenemos que sospesar una pregunta clave: ¿qué representa independencia en el siglo XXI en el sur de Europa? ¿Vamos a construir un Estado nación bismarkiano? ¿Un ente decimonónico? No. No es así. La Corte Suprema de Canadá fijó unos términos para la separación. Nosotros trabajamos en eso. En las pensiones o en otros esquemas que tendrán que ser compartidos. La justicia medioambiental no es solo cosa de nuestros treinta y tres mil kilómetros cuadrados.
El proceso tiene una parte, no te diría que de improvisación, pero sí que tiene un ciclo político catalán propio. CiU no se sitúa en el esquema actual de soberanismo hasta 2012. Teníamos la Comisión Nacional para la Transición, a la que luego le cambiaron el nombre porque era CNT [ríe], donde se analizaba cómo es un proceso de recuperación de la soberanía. Es un trabajo serio y riguroso. Está más avanzado en la parte que nosotros no queremos, pero este es un proceso en construcción. No venimos con un libro bajo el brazo y decimos: va a ser esto.
Según las encuestas, la posibilidad de quedar fuera de la UE es lo que más echa para atrás a los catalanes para optar definitivamente por la independencia.
Para nosotros, que pregonamos la salida urgente de esta UE, pues encantados [ríe]. Pero en Europa ha habido cambios de rasante, no visibles pero constatables. ¿Cuál es el eje al que juega Mas? Fundamentalmente, Tel Aviv-Berlín-Washington y ahora es Tel Aviv-Londres-Washington. Nosotros, la CUP, no jugamos a nada. Estamos con los kurdos, los palestinos y los saharauis, esa es nuestra liga. En la UE ahora existe el cinismo habitual, pero el cambio lo hemos visto cuando percibimos que dicen que no van a hacer nada por nosotros, pero tampoco nada en contra. Eso en diplomacia es muchísimo. Hay hasta declaraciones contradictorias. Repiten la doctrina de que hay que respetar la integridad territorial de los Estados miembros, pero luego está la sentencia. Y cito la sentencia, no el caso, del Tribunal Superior de la Haya sobre Kosovo. No estoy comparando un esquema postbélico, pero sí el que establece una nueva legalidad si surge de una irreprochable legitimidad democrática, porque ya sabemos que era un protectorado americano con todo el apoyo de todo el nuevo orden mundial.
Sí que es cierto que tenemos pocos apoyos, pero lo bueno es que tenemos tozudez democrática. El proceso catalán es tan democrático, civil y pacífico, respetuoso, que esa es la única fortaleza que tenemos. Sobre todo en un contexto de Europa donde crecen las xenofobias, los populismos identitarios y las lógicas chovinistas. Cataluña es antagónica a todo eso. Puede haber mínimas expresiones antiguas y añejas que no tienen nada que ver con el sentir más generalizado del movimiento soberanista catalán.
No sé si en el sur de Europa hay un proceso democrático que pida más democracia, de mayor calidad y extensión. Si en Grecia 2,3 millones sobre 10 millones censados votan Syriza son un cambio político impresionante, ¿qué son 2,5 en Cataluña sobre un censo de 5 que le dicen al Constitucional que no tiene autoridad política, moral o jurídica sobre este pueblo?
Isaac Rosa contaba en un artículo en eldiario.es que las mejores mentes de su generación estaban presentándose a primarais en los nuevos partidos, un fenómeno sugerente, pero inquietante, porque a la vez notaba que se enfriaba la calle, que se corría el riesgo de descabezar movimientos sociales ¿Compartes la reflexión?
Lo vivimos con miedo. Hay que ser sinceros. Miedo y un punto de vértigo. Con esperanza de hacerlo bien, pero hay que mirar cómo se hizo hace treinta años, cómo se vació el movimiento vecinal. El transvase fue lógico, porque había que recuperar las instituciones, pero ahora todos tenemos la duda de quién se quedará regando el jardín. Creemos que la clave está en nuestro «franciscanismo rotatorio». También surgirán las tensiones con los nuestros, que se lo pregunten a Evo, y hay una clave: el respeto sagrado a la autonomía de los movimientos sociales.
Pero al final lo que te hace avanzar es la contradicción, y el cambio social siempre se hará desde fuera, no dentro de las instituciones. Un «dentro» sin «fuera» es nada. Pero hasta ahora ¿por qué se prohíben las balas de goma? ¿Porque lo dice la CUP? No. ¿Por qué se prohíbe el fracking? ¿Porque lo dicen la CUP e ICV? No. Nosotros solo vehiculamos las reivindicaciones de los movimientos sociales, del territorio. Somos un altavoz de la lucha organizada fuera. El caballo de Troya. ¿Por qué Cataluña tiene la ley contra la homofobia pionera en Europa? Porque el movimiento LGTB que tenemos en este país es muy sólido. Lo mejor que tenemos son los movimientos sociales.
Hace poco decías «yo dimitiría cada día».
Si estuviese a gusto y todo fuese genial, malo. Ves de cerca la mediocridad del ejercicio del poder y no estás cómodo. El riesgo del poder es su erótica. Séneca lo decía: «¿Quieres conocer a alguien? Dale poder y verás la bestia que lleva dentro».
¿Cuál es tu bestia? ¿Se ha manifestado?
No he hecho cosas que no me agraden, pero sí que me he visto en situaciones que no me gustan. Al final el poder es una relación. Por eso en la CUP apostamos por la rotación y yo me marcho.
¿Te dejas en barbecho?
No, no me voy a tomar un descanso, no. Me voy atrás. A la retaguardia imprescindible. Vuelvo a COOP’57 y me pondré atrás, no donde estaba antes. Vuelvo a La Directa y no me veo redactando como hacía antes, me voy a ir a la sala de máquinas. Sí que descansaré por una cuestión de salud mental, pero mi intención es volver exactamente donde estaba antes y que el paso por el poder no me reporte nada. Ni en términos crematísticos, que eso es obvio, ni en términos de lo que sí que me ha pasado, que son ofertas que ya me han empezado a llegar para estar en tertulias, escribir libros, programas de televisión… A todo digo que no. Todas las invitaciones que llegan las redirijo a la CUP. Si un medio quiere un columnista, que se lo pida a la CUP.
En las radios públicas estos dos años ya nos han dicho «nos falta el tertuliano de CUP para la cuota». Y contestamos: dime de qué tema queréis hablar, si es pobreza enviamos a Manel Mora, si hablamos de pelotas de goma va David, si es el Kurdistán va Quim Arrufat, si es feminismo, Isabel Vallets o Montserrat Vinyets si hay que hablar de Caixa Catalunya. Por ejemplo, esta entrevista la podría dar a finales de año para hacer un balance, porque a partir del 1 de enero yo me apago. Si se acaba mi fase institucional en la CUP, se acaba a todos los efectos.
Me hace gracia cuando me dicen que lo dejo tan pronto ¡si llevo veinticinco años en el tajo! Creo que es sano tener miedo al poder. Siempre hay que sospechar y tener precaución. La dinámica de la CUP es escoger a los más honestos y tratarlos como a los más ladrones. Ya conocéis la frase de Xirinachs, «lucharemos contra el fuerte cuando seamos débiles y contra nosotros mismos cuando seamos fuertes».

¿Te ablandan los elogios? Sobre todo de gente que jamás te hubiera votado.
La política binaria, maniquea, que no sabe de puentes, de entender al otro, a mí me agota. Yo no sé si otro mundo es posible, el que se me hace imposible es este. El problema de los elogios es que no te puedes defender, de la crítica sí. Y aprendes de la crítica. Siempre.
Con el episodio del abrazo también recibiste críticas, especialmente de gente cercana.
El abrazo no se lo di como portavoz, se lo di como persona. Lo reivindico, fue un gesto sincero, humano y honesto. Las críticas desde gente afín, pues ya sabes. Un amigo es lo mismo que un enemigo solo que está al lado [ríe]. Yo de la crítica aprendo. Luego las hay constructivas, gratuitas e infundadas, pero cualquier responsable público en un proyecto compartido como es la CUP está sujeto a las críticas, es la única forma de mejorar, de pulir cosas. De hecho, con lo del abrazo dije que si alguien de nuestro proyecto se había sentido mal, lo sentía. Pero no podía pedir perdón por ser como soy. Y el día que la política me cambie…
En 2012 dijiste que la diferencia entre CiU y la CUP era la que había entre la duquesa de Alba y Diego Cañamero. ¿Te lo imaginas dando un abrazo a la duquesa, que en paz descanse?
Lo que no me imagino es la duquesa poniendo urnas para decidir el futuro de Andalucía, una exigencia que Cañamero lleva pidiendo cuarenta años, como lo pedía la CUP mientras CiU decía que no. Si la duquesa de Alba pusiera urnas para discutir la reforma agraria de Andalucía, donde un 50 % de la tierra está en manos de un 2 %, sí. A Mas yo le reconocí que había hecho frente a un Tribunal Constitucional politizado y controlador. Fueron unos días muy tensos y eso fue un gesto. El valor de ese abrazo no fue que dos amigos se abrazaban, lo cual no debería ser novedad, resulta que lo hacían dos antagonistas políticos. Ahí el valor.
Prefiero el respeto mutuo y esas lógicas mucho más éticas y humanas, que los hipócritas que en público se dicen de todo y luego se van a cenar juntos al restaurante de lujo y niegan en público lo que hacen en privado. Quien no entiende un abrazo es difícil que entienda otras cosas. Hay que recuperar urgentemente a Lévinas: la mirada del otro, la inviolabilidad ética del otro. Os recomiendo La resistència íntima: assaig d’una filosofia de proximitat de la editorial Quaderns Crema.
Sin embargo, durante la preparación de la consulta has admitido que hubo momentos que no fueron del todo transparentes.
Esos fueron momentos de contradicción. Salimos en una rueda de prensa un viernes y fuimos los primeros en pedir perdón por no decir lo que se supone que íbamos a decir. Era a finales de octubre. Dijimos que se iba a hacer, que estábamos en guerra jurídica y que ya diríamos cómo. Fue muy contradictorio para lo que es la CUP, porque no informamos. No nos lo quedamos en secreto Quim y yo, hablamos con el secretariado, pero también lo hicimos así porque tenía fecha de caducidad. Eran diez días. Incluso fue doble contradicción. Nosotros hablamos de desobediencia sin tapujos y la consulta se hizo de tal modo que no hubiera que desobedecer, pero estábamos en minoría. Ese fue uno de los mayores sapos que nos hemos tenido que tragar. Entre otros, porque muchas veces te tienes que callar, morder la lengua, pero ahí ya entramos en el terreno del autocontrol [ríe]. También se me hace contradictorio presidir una comisión de investigación del caso Pujol…
Hombre, verte con una camiseta de «Punk is not dead» presidiendo la comisión contra la corrupción tiene un punto hasta poético.
Como imagen, puede ser. Pero ahí pasan muchas cosas. Muchas más de las que se ven en los cinco minutos de crónica de cada lunes. Nunca me hubiera imaginado presidir esa comisión. Lo relevante es la reflexión que lleva aparejada. Todos los grandes iconos de Cataluña, y del Estado español también, están en el ostracismo. De la Rosa, el empresario modelo, en el ostracismo; Millet, el hombre de la cultura, en el ostracismo; Núñez y Navarro, el hombre de los chaflanes; Pujol… Hay un arrinconamiento y un ostracismo, que según los griegos era la peor condena. Para nosotros, que no creemos en la cárcel, especialmente para los pobres, desde un punto de vista punitivo nos parece bien. Pero es cierto que todo esto se salda con impunidad, porque no h...
Heridas territoriales post-crisis por Nación Rotonda

Tras la explosión de la burbuja inmobiliaria han surgido múltiples visiones críticas de la falta de planificación, lógica y mesura de los desarrollos urbanísticos surgidos previo a la crisis que ha generado. En esta línea, en la que encontramos y ya difundimos las acciones de SpanishDream o Edificio España entre otros, se encuadra Nación Rotonda la iniciativa de un grupo de ingenieros y arquitectos que se han centrado en localizar estos desarrollos y mostrarlos mediante una simple herramienta de comparación de imágenes aéreas.
Sus resultados han sido notorios, teniendo difusión en múltiples medios nacionales debido a la simplicidad de su formato y a la compleja y conflictiva realidad que muestra. En la comparación simple que mencionábamos antes se aprecia cómo trazados artificiales al territorio se implantan como un sello en estructuras productivas agrarias, y en qué manera estos, en muchos casos, se han quedado sin uso incluso quedando degradados tras un tiempo.
El nombre de la iniciativa se denomina Nación Rotonda debido a la repetitividad del elemento rotonda en estos nuevos desarrollos, donde las cualidades y valores del territorio son ocultados por nuevos trazados y menospreciados, para jerarquizarse por plazas circulares sin acceso peatonal mas cuidadas que los mismos espacios públicos urbanos.
La particularidad del proyecto es que la participación es pública y todo ciudadano puede aportar nuevas heridas abiertas en territorios conocidos por cada uno. De esta manera, el catalogo de Nación Rotonda sigue creciendo hasta el punto que han abierto una campaña de crowdfunding para financiar la edición de un libro donde recopilar sus contenidos y conclusiones.



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SALUDO A MIS SUBSCRIPTORES
¡FELIZ 2015, SUBSCRIPTORES!
Vaya, lo siento, este año el saludo ha llegado ya en pleno ABRIL. Es un pequeño récord para mi cara dura. El Forjando ya se ha convertido en todo un reto para mí, un dragón durmiente que tengo que ir a alimentar de vez en cuando con vírgenes, y cada vez me da más miedo. Pero seguimos. Por suerte tengo al Filas, mi ALFIL personal, un monje al que confieso mis pecados y procura encarrilarme por el buen camino: el Camino Forjando.
Pero no creáis que he pasado estos meses con los brazos cruzados, no: ¡hemos estado en LETTERMAN!
Filas y yo viajamos hasta Nueva York y nos metimos en el plató de Letterman, todo esto en un lapso de menos de 48 horas. Y el invitado era Will Ferrell, nada menos. Un trabajo limpio.
Pero bueno, no nos enrollemos, vamos a ver esos subscriptores... ¡31 MIEMBROS! ¡Hemos aumentado 4 MIEMBROS en el último año! Cuatro valientes que se han lanzado a esta trepidante aventura que es seguir el Forjando. Ya veréis que es como estar montados en una montaña rusa sin fin.
Y algo todavía más tremendo que he descubierto: ¡el país que más me sigue es RUSIA!
No hemos acabado porque NO, la justicia no es igual para todos. Mañana vamos a por los cómplices
¿Quién es el verdadero culpable en un asesinato?
Sergioski02Samer, date prisa que te meten neurobiologia en las oposiciones.
En mis charlas de bar a propósito del concepto del mal (aseguro que no hay alcohol de por medio) a menudo digo lo que para muchos es una boutade: que determinar que el culpable de un crimen es quien aprieta el gatillo o asesta la puñalada es como reducir un siglo de investigación neurobiológica a una mera cuestión de mecánica o hidráulica.
Si queréis una boutade de verdad, aquí viene: ni Hobbes ni Rousseau tenían razón (o la tenían simultáneamente): a la pregunta de quién es el asesino habría responder como en el Asesinato en el Orient Express: todos los son. Todos tenemos un grado de responsabilidad.
Si nos quedamos en el análisis aparente o simplón, nada hay más obvio que meter entre rejas al que empuña el arma humeante. Otras personas van un poco más allá y deducen que, bien, hay influencias socioculturales, hay contexto o incluso enajenación mental, pero hay que ser pragmáticos y dejarse de filosofías: el agresor al trullo. De lo contrario los asesinos y violadores podrían campar a sus anchas.
Ahora vamos a intentar ir todavía un poco más allá.
LA INQUIETANTE HILERA DE FICHAS DE DOMINÓ
La mera suposición de que todo cuanto pensamos y hacemos es producto de una larga cadena causal, como una intrincada hilera de fichas del Dominó, resulta profundamente inquietante por dos motivos. El primero porque, como ya se ha dicho, desvirtúa los roles de agresor y víctima, culpable e inocente, bueno y malo. El segundo, y quizá más importante, porque hace migajas nuestro libre albedrío: todos nos creemos agentes racionales que toman sus propias decisiones (y eso incluye a los asesinos), no engranajes de una concatenación de micromotivos. Pero como ha escrito Edward O. Wilson en su impresionante libro Consilience:
El cálculo racional se basa en oleadas de emociones encontradas, cuya influencia recíproca se resuelve mediante una interacción de factores hereditarios y ambientales.
No hace mucho escribí un artículo sobre pederastia en el que manifestaba la opinión casi unánime de la comunidad científica: la pederastia es una enfermedad mental. A través de mi Twitter, entonces, una lectora me recriminó mi ignorancia al respecto. Un pederasta no podía ser un enfermo mental. El pederasta sabe exactamente lo que hace. El pederasta es culpable de sus actos. En la desesperación que destilaban los mensajes de la lectora subyacía que, si admitíamos que la pederastia era una enfermedad, entonces no podríamos condenar a los pederastas a penas de cárcel. Lo que la lectora obviaba es que castigar con severidad a un enfermo mental generalmente influye muy poco en su comportamiento, así que determinar si es un enfermo mental no es cuestión baladí.
La forma de razonar de aquella lectora es muy común porque confunde explicación con justificación. Sin embargo, explicar las razones que empujan a alguien a hacer una cosa no significa necesariamente que se esté justificando o disculpando determinado acto. De hecho, puede ser incluso una forma de ser más exigentes con el castigo. Imaginemos que descubrimos un gen que propende a un hombre a violar a una mujer, y que en un caso de violación dicho gen está activado en el agresor. Si la existencia de pena de cárcel es resultado de la intención de rehabilitar al criminal o desincentivar a futuros criminales, entonces la pena puede ser más agresiva en tanto en cuanto los que posean ese gen dispongan de una razón más poderosa para evitar delinquir.
O dicho de forma más resumida: si queremos evitar que un hambriento se zampe nuestro pastel de chocolate, deberemos incrementar el grado de amenaza de castigo que estamos acostumbrados a dirigir a un saciado.
EL ENFOQUE ERRÓNEO DE LA CULPABILIDAD
De todas formas, la idea generalizada de culpabilidad adolece de un enfoque erróneo. Hasta ahora teníamos clara la línea que definía al responsable del no responsable de un acto. El que sufre enajenación mental o desorden neurológico o alguna influencia genética anómala podría ser menos responsable del que no, y por tanto admitiríamos eventualmente que ingresara en un psiquiátrico antes que en una cárcel.
Pero esta manera de proceder incurre en un error de base: no sabemos exactamente qué es una enfermedad mental, algunas enfermedades dejan de serlo con el tiempo, y otras están en continua discusión. Por si fuera poco, si determinamos que un crimen está cometido bajo los efectos de una enfermedad mental o una mutación genética, provocando éstas un desequilibro neuroquímico que arrebata el control volitivo del sujeto, puede que muchos de los casos que actualmente determinamos como «actuó en plenas facultades mentales» sean indetectables por la tecnología. Pero quizá en un futuro no lo sean.
Es decir, que tal vez descubramos dentro de muy poco que los actos execrables son producto de un funcionamiento anómalo del cerebro, y por tanto todos los criminales serían en realidad «enfermos». Este enfoque neurobiológico no aboga por exculpar al delincuente, sino que subraya que los actos no están separados de la maquinaria del cerebro. En consecuencia, la cuestión de la responsabilidad, y por extensión de la culpabilidad, está mal planteada. Porque como señala el neurocientífico David Eagleman en su libro Incógnito, «un sistema legal no puede definir la culpabilidad por las limitaciones de la tecnología actual. Un sistema que declara a una persona culpable al principio de una década y no culpable al final de la misma no tiene muy claro qué significa exactamente la culpabilidad».
En enfoque erróneo, por tanto, se sustenta en la falsa dicotomía «hasta qué punto fue la biología y hasta qué punto fue él». La neurociencia nos ha demostrado que esa pregunta no tiene sentido porque el «yo» y la «biología» son la misma cosa, resultan inseparables. El neurocientífico Wolf Singer lo ha expresado así: la mera actuación anómala de un delincuente ya nos sugiere que algo funciona mal en su cerebro, aunque no conozcamos los detalles neurobiológicos aún. El neurólogo Dick Swaab también abunda en ello en su libro Somos nuestro cerebro, aduciendo que hay demasiados factores que se escapan a nuestro control y que determinan la probabilidad de que tengamos problemas con la justicia:
El nivel de agresividad de nuestro comportamiento viene determinado por nuestro sexo (los niños son más agresivos que las niñas), nuestro legado genético (pequeñas mutaciones en el ADN), la alimentación que el niño recibe a través de la placenta y la exposición prenatal al tabaco, alcohol y fármacos durante la gestación.
Al exigirse desde los púlpitos mediáticos el rebajar la edad penal porque los niños de hoy en día parecen más maduros o sencillamente despliegan comportamientos más crueles (aunque lo único que puede estar pasando es que los medios de comunicación por fin ponen el foco en la maldad infantil), no se tiene en cuenta que, desde un punto de vista neurobiológico, por ejemplo, la corteza prefrontal (la fuente del autocontrol) no madura totalmente hasta los veinticinco años, «por lo que el control del comportamiento impulsivo y las consideraciones morales no están plenamente presentes hasta esa franja de edad».
En las cárceles hay más feos que guapos, más personas que con defectos físicos (sobre todo faciales) que no, así que eso también parece influir en el comportamiento social. Sin embargo, a pesar de todas las variables, la justicia nos trata a todos igual. Como si todos hubiésemos partido del mismo punto y tuviéramos las mismas oportunidades de comportarnos con arreglo al pacto social. Como si muy pocos tuvieran un desarrollo cerebral atípico.
Por si esto fuera poco, «anómalo» es solo una cuestión estadística, es decir, determinamos que lo que se produce en menor proporción es lo negativo o lo que debe corregirse. En un sentido moral amplio, que la mayoría de la gente se comporte de cierta manera no nos informa acerca del grado de moralidad de determinada acción. De hecho, lo que antes se consideraba bueno ahora se considera malo y viceversa precisamente porque se funda en la estadística, en lo que un grupo mayoritario conviene que debe ser lo bueno y lo malo. Si bien existen razones lógicas e incluso matemáticas para preferir determinados comportamientos frente a otros (los cooperativos y altruistas sobre los egoístas, por ejemplo), tales son muy recientes y distan de ser completas.
¿Y AHORA QUÉ HACEMOS?
Habida cuenta de que estamos gestionando conceptos que se nos escurren entre los dedos como la arena, cabe preguntarse ¿cómo podemos actuar a partir de ahora? ¿Todos los delincuentes son en el fondo inocentes? ¿Nadie es responsable último de sus actos?
El primer paso consiste en admitir que las respuestas a tales preguntas no llegarán de forma concluyente hasta dentro de unas décadas o incluso unos siglos, así que debemos adelantarnos a las mismas: sean cuales sean, no podemos depender de ellas.
Una de las razones por las que encarcelamos a alguien que ha incumplido su contrato social estriba en el hecho de evitar que reincida. La biología, pues, debe ponerse de nuestra parte para determinar el grado de reincidencia del delincuente. Es decir, no debemos enfocar tanto el problema sobre lo que el delincuente hizo, como en lo que podría hacer en el futuro.
Para comenzar a medir el grado de reincidencia de los delincuentes sexuales, por ejemplo, se realizó una medición de decenas de factores de 22.500 delincuentes sexuales que estaban a punto de cumplir su pena, como si mostraba arrepentimiento o si habían abusado de él cuando era niño. Cinco años después de liberar a los delincuentes, comprobaron quienes habían reincidido y qué factores tenían en común. Lo que se demostró es que esta clase de estadísticas servían para estimar la reincidencia de un modo mucho más preciso que la intuición de un psiquiatra o una junta de libertad condicional.
Esta clase de estadísticas permitirá, por tanto, dictar sentencia de una forma más personalizada, tal y como abunda en ello Eagleman:
Los científicos nunca serán capaces de predecir con gran certeza quién volverá a delinquir, porque eso depende de múltiples factores, incluyendo la circunstancia y la oportunidad. Sin embargo se pueden hacer buenas conjeturas, y la neurociencia hará que éstas sean mejores.
Las explicaciones biológicas son incompletas, y además se han usado incorrectamente en el pasado en apoyo a programas políticos de derechas o izquierdas. Pero de ello no se deriva que deban abandonarse, sino que deberían mejorarse con el desarrollo de la tecnología. En conclusión, no resulta productivo buscar todos los motivos encadenados en la larga hilera de fichas de Dominó para saber por qué alguien ha decidido hacer algo, porque siempre hallaremos más factores inextricables como problemas en el desarrollo del feto, abusos infantiles, demasiada testosterona, influencia genética, falta de oportunidades sociales, pobreza, etc. La mirada debe proyectarse hacia el futuro: ¿qué hacemos ahora? El sistema legal debe mirar hacia adelante y ajustarse en consecuencia, y no tanto hacia atrás, porque entonces siempre tenderá a ser injusto e ignorante, dictaminando culpabilidades con la brocha gorda de una conversación de bar.
TODOS ESTAMOS LOCOS (EN ALGÚN INSTANTE)
Determinar quiénes somos y cuán dueños somos de nuestros actos son preguntas filosóficamente apasionantes, pero estériles si buscamos la verdad. Tanto el «yo» como el «libre albedrío» son convenciones sociales que están totalmente divorciadas del conocimiento científico del cerebro del que disponemos actualmente.
Cuando nos tomamos un café y dejamos de estar irritados y desconcentrados, ¿quiénes somos? ¿El de antes del café o el de después? Cuando una mujer está irascible porque tiene el período ¿es más ella cuando lo tiene o más ella cuando no lo tiene? El mero concepto de personalidad es un constructo que funcionaría bien para un juego de rol en el que las distintas habilidades del héroe se determinan mediante la tirada de dados dodecaedros. Pero la realidad neurobiológica es endiabladamente más compleja.
En realidad, lo que llamamos personalidad es únicamente un promedio de cómo somos la mayoría de los días, porque somos diferentes de un día a otro, víctimas de fluctuaciones del cóctel biológico que nos constituye en función de lo que hemos comido, el sol que ha incidido en nuestra piel y otros factores a los que no tenemos acceso inmediato ni conocemos directamente. Por ello hay días en que estamos más serenos, energéticos, lúcidos, locuaces, tristes, graciosos, lentos, ansiosos que otros. Aunque nada haya cambiado sustancialmente en nuestra vida.
Para ajustar un poco más el tiro cuando definimos la personalidad de alguien, que hasta ahora emplea categorías compartimentadas como alegre o taciturno, Steven Johnson propone una alternativa en su libro La mente de par en par: el neuroperfil
Es perfectamente posible que llegue el día en el que podamos identificar a nuestros buenos amigos en función de una breve descripción de sus niveles medios de neurotransmisores (“¿Serotonina alta, dopamina baja, estrógeno medio? ¡Seguro que es Carla!). ¿Describirá esto plenamente a la persona, captará su esencia? Por supuesto que no. Pero sí puede ser más revelador que describir a alguien como varón de metro ochenta y ocho centímetros, setenta kilos de peso, y el mayor de los hermanos.
Así pues, además de mirar al futuro cuando estamos abordando qué hacemos con un sujeto que ha infringido su contrato social, también debemos mirar más al presente con fino escrutinio para determinar qué clase de rehabilitación necesita. Castigar a quien comete un acto sin saber por qué lo ha cometido o si es responsable de dicho acto es una aberración moral, pero no lo es tratar de ayudar a esa persona a que no cometa de nuevo actos que rompan la concordia social o el régimen de convenios que entre todos hemos decido como adecuados para la convivencia.
La palabra clave aquí es «rehabilitación», pero una clase de rehabilitación muy distinta a la que conocemos en la actualidad. La rehabilitación que debemos desarrollar en lo sucesivo debe tener en cuenta que no somos sujetos con personalidades concretas, sólidas y constantes en el tiempo, sino más bien sujetos con personalidades líquidas y cambiantes, y que todas ellas, en su conjunto, somos nosotros. Hitler no era mala persona porque mataba a judíos ni era buena persona porque era cariñoso y atento con sus familiares y allegados, era ambas cosas. Porque nadie es malo ni bueno sin más: es de un modo u otro dependiendo de las circunstancias (salvo casos extremos). Ante semejante planteamiento, pues, los programas de rehabilitación deberán ser en lo sucesivo profundamente personalizada. Como señala David Eagleman:
Un sistema legal que mire hacia delante tiene que utilizar los conocimientos biológicos para lograr una rehabilitación personalizada, considerando el comportamiento delictivo igual que abordamos otros problemas médicos como la epilepsia, la esquizofrenia y la depresión, problemas para los que ahora se puede conseguir ayuda. Estos y otros trastornos cerebrales se encuentran en este momento al otro lado de la línea de la responsabilidad, donde descansan cómodamente como problemas biológicos, no demoníacos.
En la idea de una rehabilitación personalizada resuenan conceptos que la mayoría de nosotros rechazamos, como lobotomía, manipulación, pastillas o Gran Hermano. Sin embargo, a medida que se conoce el funcionamiento del cerebro, éste se considera como un populoso día de elecciones en el que las distintas neuronas y regiones cerebrales ejercen su derecho a voto para determinar qué pensaremos, sentiremos y ejecutaremos. La mayoría de los delincuentes se caracterizan por su incapacidad de controlar sus impulsos, es decir, que las regiones que proporcionan autocontrol, por ejemplo, no tienen tanto poder de convocatoria en las elecciones del día. A pesar de que son conscientes de que hacen mal, son incapaces de producirlo.
Todos somos víctimas de la falta de autocontrol. Cuando estamos sometidos a una dieta hipocalórica y cedemos a una tarta de chocolate, entonces nuestro autocontrol no ha sido eficiente. La propuesta principal de la rehabilitación podría pasar por mejorar ese autocontrol, hacer gimnasia con él.
Para estimar hasta qué punto el autocontrol es responsable de muchos de nuestros actos socialmente execrables se realizó un experimento con niños que debían postergar el placer de tomarse una golosina para recibir más tarde el doble de ración. Los niños que cedieron a la tentación fueron los que más tarde sufrirían mayores problemas para autocontrolarse en otros ámbitos de la vida. Como cometer un crimen.
EJERCITANDO EL LÓBULO PREFRONTAL
El autocontrol, hasta donde sabemos, reside mayoritariamente en el lóbulo prefrontal de nuestro cerebro. Una nueva estrategia rehabilitadora podría consistir en ejercitar esta región cerebral, como han propuesto los neurocientíficos Sephen LaConte y Pearl Chiu. Estos investigadores han empezado a aplicar retroalimentación en tiempo real del autocontrol mediante imágenes cerebrales. El ejercicio parece emparentado con las actuales estrategias de gamificación para incentivarnos a hacer cosas que no nos apetecen, como esas aplicaciones para smartphone que sirven para hacer más deporte y escamotear la molicie.
El sistema, en pocas palabras, consiste en que uno pueda observar fotografías de tartas de chocolate a la vez que controla una barra vertical que determina en tiempo real la actividad de la región cerebral que está implicada en el apetito. La barra es como un termómetro moral. La meta consiste en hacer que es barra descendida tomando distintos caminos mentales, hasta que el largo plazo venza al corto plazo. Estos ejercicios, además, pueden fortalecer la disuasión, porque solo funcionan en personas que piensan y actúan atendiendo a las consecuencias a largo plazo.
Esta retroalimentación se ha probado con fumadores que quieren dejar de fumar, pero podría extrapolarse a muchos otros actos que deseamos gestionar.
En resumen, pues, el castigo ya no sería algo que compete al culpable, sino al sujeto que puede rehabilitarse o modificarse. Imaginemos que un sonámbulo sale a la calle y rompe la luna trasera de un coche con un martillo. Ahora imaginemos el mismo supuesto con alguien que está despierto. Aquí deberíamos discutir hasta qué punto el sonámbulo es responsable de sus actos y, por tanto, debe ser castigado como lo es el despierto. En el caso de un sonámbulo parece que todos estamos de acuerdo, pero entre un sonámbulo y un despierto hay una infinita escala de grises de consciencia y funcionamiento adecuado del autocontrol que todavía estamos descifrando desde la neurobiología. Probablemente nunca alcanzaremos a comprender en su totalidad tales matices, de modo que el castigo no debería estar orientado tanto al grado de consciencia o enfermedad del que comete un acto delictivo, como si dicho sujeto puede rehabilitarse.
Si puede, entonces el castigo será rehabilitarle, ya sea mediante gimnasia del lóbulo prefrontal u otras técnicas. Si no puede rehabilitarse, entonces castigarlo probablemente no ejercerá ningún efecto: estamos ante un enfermo que requiere ser tratado como tal. Recibir una u otra medida dependerá del grado de plasticidad del cerebro del encausado. Algo que también tendrá que tener en cuenta la futura justicia neurobiológica. Una justifica que no exculpa al criminal, sino que actuará de una mucho más eficaz y humanitaria.
Imágenes | Pixabay
Este post ¿Quién es el verdadero culpable en un asesinato?, escrito por Sergio Parra, se publicó originalmente en Yorokobu.
¿Es el matrimonio una ratonera?
Todos son obreros del amor. Pero hay una particularidad que los divide en dos. Unos son adúlteros y otros mantienen una buena relación. Los primeros (entre el 20% y el 70% de las personas casadas) se atrevieron a «dar una caminata ocasional por el lado salvaje, aun cuando están sinceramente comprometidos en una relación monógama». Y tampoco le dieron tanta importancia. A menudo todo se resolvió con «pretextos misericordiosos» del tipo: ‘no debería beber con el estómago vacío’ o ‘el sexo oral no cuenta’.
Los segundos son esos que «conciben los vínculos de largo plazo como una fuente de optimismo y renovación, y no como una anestésico emocional», esos que a veces olvidan que una buena relación implica «tener sexo con el consorte en una periodicidad que supere el trimestre y quizá, incluso, con variantes coreográficas».
Estos obreros son los protagonistas de un libro de la profesora universitaria Laura Kipnis titulado Contra el amor. El ensayo, de la editorial Tumbona, es «una ardiente polémica contra quienes hacen de las relaciones sentimentales una rama de la economía política» y, como todas las obras de la colección Versus, plantea un pensamiento políticamente incorrecto en una sociedad que colapsa frente a sus contradicciones como Drácula ante un rayo de sol.
El tratado empieza con una aclaración. El amor ha caído en las garras de las normas sociales y, al final, se ha convertido en un proceso matemático que empieza en un deseo sexual y acaba en la firma de un contrato, probablemente, frente a un público de hombres encorbatados y mujeres envueltas en papel celofán.
Empieza la vida en la jaula. Para los adúlteros y los que tienen una buena relación. La única diferencia es que los primeros sacan la pata por los barrotes de vez en cuando. Por lo demás, ambos se deben a una misma renuncia de libertad que, según la autora, acaba convirtiéndose en una demostración de lealtad basada en responder a unos interrogatorios rutinarios, como «¿quién llamó por teléfono, querido?» o «patrullajes» del pelaje «¿crees que no he notado que pasas mucho tiempo conversando con x en la recepción?».
El amor, en esta tesitura, se acaba convirtiendo en un trabajo más. «Hablo del trabajo tal y como los lacayos de la economía global lo percibimos en la actualidad: alienante, inalterable, estéril, y no como algo que elegiríamos hacer si tuviéramos la opción».
La monogamia se torna entonces «una faena», escribe la autora. «El deseo se regula de manera contractual (…). Imponemos la fidelidad del mismo modo en que se usufructa el trabajo de los empleados y hacemos del matrimonio una metalurgia sujeta a una rígida disciplina obrera, cuyo fin es mantener a los maridos, esposas y compañeros domésticos del mundo estrangulados y ceñidos al status quo de la maquinaria».
Y, en el amor, como en el trabajo, estamos en «tiempos de retrocesos». Dice Kipnis que el huracán que ha pasado por las fábricas y las oficinas también se ha metido por las ventanas de casa. Hoy no solo se trabaja más por un salario menguado. «En la medida en la que haya una suerte de sobreexplotación de mano de obra y se nos exhorte a ‘trabajar en nuestra relación’, no hay quien no termine doblando turno. O quizá deberíamos llamarla una integración vertical: la misma obligación de cumplir horas extra, la misma arbritariedad en las directrices, la exigencia de buena presentación, las evaluaciones de actitud, los temidos exámenes anuales de desempeño y –cómo olvidarlo– el mandato de ‘alcanzar el orgasmo’».
Esto ha llevado, curiosamente, a alargar el otro trabajo. El de verdad. El de la oficina. La socióloga Arlie Russell Hochschild indica que «una de las principales razones de la ampliación subrepticia de la jornada oficial es que un importante segmento de los trabajadores se afana horas extra para eludir el regreso a casa». Que nadie se alarme por ello, pide la autora: «No debe sorprendernos. El hogar se ha vuelto una ocupación tan tediosa y enervante que permanecer en la oficina es una forma de sosiego».
Pero cuidado con abandonar la jaula. Los agoreros están siempre al acecho para advertir de los peligros de la libertad. Si en el calabozo hace frío, en la calle aguarda la neumonía. «Las parejas progresistas y descontentas con su relación a menudo se enfrentan a un argumento ampliamente difundido: la desesperación de la soltería se traduce en muerte prematura entre los hombres y en la improbabilidad estadística de que las mujeres encuentren a un compañero», escribe Kipnis. «Algo similar ocurría hace tiempo en incontables discusiones políticas: la inclemencia y el carácter siniestro de la Unión Soviética solían esgrimirse contra cualquiera lo suficientemente aturdido como para plantear la necesidad de hacer reformas sociales (…). Es evidente que la economía conyugal se rige –igual que el sistema– por la escasez, la intimidación y un sinfín de prohibiciones interiorizadas cuyo fundamento es la invariable certeza de que ‘no hay alternativas viables’».
El asunto del amor no es una cuestión personal. Tiene una dimensión política y, según la profesora, no pueden separarse las preguntas ‘cómo amamos’ y ‘cómo trabajamos’. «Después de todo, somos criaturas sociales. Lo somos pese a los esclarecedores estudios sobre la conducta sexual de los bonobos y de los mirlos de alas rojas que pretenden descifrar aspectos clave del apareamiento humano».
Muchos investigadores insisten en esa profunda huella animal en los humanos pero la autora no está tan convencida. «Cuando los sociobiólogos defequen en el patio de su propia casa, a la vista de los invitados, tal vez sus especulaciones sobre lo innato como rasgo que prevalece en la cultura comiencen a persuadirnos».
Kipnis cree que «somos criaturas sociales a más no poder y aparentemente tan maleables que nuestros deseos profundos se adecuan con mansedumbre a cualquier expectativa amorosa que dicte la colectividad».
El asunto de cómo gestionar el desajuste entre el instinto sexual (abierto y corporal) y las exigencias sociales (cerradas y mentales) lleva tiempo en la literatura. Freud dijo que esa discordancia arrastraba a las personas a la neurosis, aunque «al menos garantizaba cierta resistencia a las demandas opresivas de la socialización».
Pero el sistema ganó al individuo. «La capacidad crítica ha sido reprimida de manera tan eficaz en el transcurso de unas pocas generaciones que hoy resulta algo extrínseco e insólito, un órgano vestigial. Nótese que la rebelión del deseo contra las restricciones sociales fue alguna vez una materia cultural predilecta, vibrante en innumerables clásicos de la literatura (Romeo y Julieta, y Ana Karenina). Todo indica que ya hemos resuelto ese pequeño problema y estamos listos para amar en provecho de la sociedad: como diligentes abejas y aves que anidan apaciblemente».
El ‘amor moderno’ está circunscrito al matrimonio o la pareja estable. Ha sido toda una «proeza de ingeniería social eso de calzar a la ciudadanía por entero (excepto al rezagado que nunca falta) dentro de una prescripción doméstica uniforme y todo porque hemos asumido que tal es el objeto del verdadero amor».
El adulterio se plantea entonces como una rebelión ante este sistema de explotación del amor. Y aquí es donde este ensayo eleva la temperatura del termómetro de lo políticamente correcto hasta hacerlo explotar. Muchos, a estas alturas, ya tendrán llagas en la boca. Pero Kipnis continúa. «El adulterio es la huelga de brazos caídos de la ética que subraya que el amor es un quehacer».
Las fuerzas de seguridad mamporreras siguen vigilando fuera de la jaula. Es preciso mantener el orden en una sociedad que, como dijo el psiquiatra Wilhelm Reich, inventó el matrimonio para «crear el tipo de identidades disciplinadas que ambiciona la sociedad de masas». Al fin y al cabo, escribe Kipnis, «toda civilización necesita cierto grado de represión para sobrevivir. Si nos la pasáramos copulando unos con otros cada vez que surgiera el impulso, ¿con qué energía edificaríamos una cultura?».
Construir una sociedad sobre el matrimonio no es tan difícil. El camino que lleva hacia el contrato comienza con dos personas drogadas. Drogadas con la química del enamoramiento. Ese estado en el que, según la escritora, «nunca estaremos tan cerca de vislumbrar la utopía». Y entonces ocurrirá como con las drogas y el sexo. Entrará el estado a regularlo. «El amor está tan reglamentado como cualquier sustancia que proporcione placer. Aun cuando no dudemos un segundo de que amamos como mejor nos parece, con la libertad de un pájaro o una mariposa, hay un compendio infinito de doctrinas sociales que nos dice qué es el amor y lo que debemos hacer con él, cómo y cuándo. La lista de sugerencias para amar de manera atinada es tan inconmensurable como restrictivo el inventario de sanciones a todo lo que se le opone. La apoteosis del amor –el matrimonio– es, por supuesto, un órgano social sistematizado por el Estado que se moderniza como un farmacéutico benévolo distribuyendo la sustancia adictiva en dosis legales».
Kipnis se pregunta qué pasaría «si concibiéramos el amor de otra forma, si repensáramos sus premisas». Qué ocurriría «si pugnáramos para que los recursos y privilegios sociales dejaran de asignarse con base en el estado civil». No. No, no y no. El estado está para regular el mundo. También el amor.
Este post ¿Es el matrimonio una ratonera?, escrito por Mar Abad, se publicó originalmente en Yorokobu.
No disparen al Millennial
“- Si pudieras hablar directamente con los chicos de Columbine o de esa comunidad, ¿qué les dirías si estuvieran aquí?
- No les diría una sola palabra. Escucharía lo que ellos tienen que decir: eso es lo que nadie ha hecho.”
(Opinión)
Hay pocas cosas que me hagan sentir más afortunado que el hecho de tener una hermana pequeña. Sin querer entrar en sentimentalismos ni exaltaciones del amor familiar, lo que sí que puedo decir es que es todo un lujo tener la oportunidad de aprender de una persona tres años más joven que tú y que además es del sexo opuesto. La cantidad de enseñanzas que se extraen de las conversaciones con ella y las lecciones que suponen las narraciones de sus andanzas son una materia prima de la que ahora mismo creo que sería incapaz de prescindir.
La semana pasada, mi hermana me hablaba de algo que no está siendo fácil para ella, ni siquiera con la sorprendente madurez que le otorgan sus casi 22 años de vida: una de sus amigas de toda la vida atraviesa un momento crítico que le ha llevado a estar ingresada en la Unidad de Psiquiatría de un Hospital.
Y, más allá de la preocupación, la tristeza y el sabor amargo de las visitas, lo que verdaderamente turbaba a mi hermana era asistir en primera fila al deterioro de la juventud de alguien. «Dicen por ahí: la juventud, divino tesoro», relataba, «pero a mí me cuesta ver qué hay de divino en esos chavales y chavalas perdidas que no tienen armas para comprender, reflexionar y actuar ante lo que ven, sienten y viven».
Una vez más, mi hermana consiguió dejarme un buen rato pensando. Acordándome de todos los casos que conozco de esos chavales perdidos que ella mencionaba, para los que parece que no hay hueco en el mundo, y que viven en una especie de periferia de la realidad de la que suele ser difícil salir.
Lo cierto es que se trata de un hecho recurrente en la historia de las sociedades modernas. Todas las generaciones han contado con un número más o menos grande de chavales perdidos, de ovejas negras. Enfants terribles que, por el motivo que sea, no consiguen seguir el ritmo a la locomotora de la época y acaban perdiendo el tren de su tiempo. Personas que viven en un eterno impasse, sin comprender ni ser comprendidos, sin aceptar ni ser aceptados por la mayoría de los círculos sociales de su generación.
Pero hay un caso que me llama especialmente la atención. Se trata –y perdonen si suena tendencioso- de mi generación, de la Generation Y, de los Millennials, de ese grupo de personas nacidas entre comienzos de los ochenta y mediados-finales de los noventa que parecen haber sentado las bases de las que serán las generaciones del siglo XXI.
De esa heterogénea masa de la que se habla, sobre la que se exclama y a la cual se acostumbra a poner en tela de juicio por motivos diversos: la pérdida de ciertos valores que habían marcado a generaciones anteriores, la cantidad de comodidades de las que gozaron desde pequeños, la pasividad ante ciertos aspectos de la vida pública, la sobrecualificación o la dependencia de las nuevas tecnologías.
Llama la atención precisamente por eso: por haber sido la generación que ha crecido siendo el centro de todas las suspicacias, de todas las miradas recelosas y de –incluso- todos los escarnios. Los Millennials crecimos a la sombra de la duda, de la desconfianza y de la incertidumbre. Viendo cómo los miembros de generaciones anteriores se apresuraban a advertir de lo perdidos que estábamos individual y grupalmente y en muchas ocasiones sin posibilidad de réplica. La Generación Y es la generación que cree que mañana será su momento porque tiene la sensación de que hasta ahora ha sido el momento de todos menos el suyo.
Un grupo de jóvenes que hemos crecido sin referencias claras ni instrucciones de ningún tipo sobre cómo enfrentar un mundo de cambios y complejidades cuyo avance nunca se detiene y al que nuestros puestos de trabajo (los cuales, sobra decir, no abundan) nos han obligado desde el principio a estar adaptados, con tareas que requieren una actualización constante y un manejo de cada vez mayores cantidades de información. Un conjunto de personas que ha sido la bisagra entre lo analógico y lo digital. Los teloneros de una revolución total en la forma de vivir y actuar de las sociedades. Los pasajeros de un barco varado en el medio de una Laguna Estigia en la que la niebla impide atisbar la orilla.
Una generación, la llamada Y, que cuenta entre sus filas con una serie de inadaptados que parecen más inadaptados que nunca. Los chavales de juventudes perdidas y mentes malogradas de nuestra generación parece que comprenden menos que sus homólogos de generaciones anteriores. Que están aún más perdidos, más faltos de respuestas. Y, sin duda, de atención.
No parece descabellado pensar, incluso, que los malogrados de una generación que se ve a sí misma como malograda y a la que se han pasado años recordando que lo está haciendo todo mal, estaban condenados de antemano a superar con creces a los malogrados de otras épocas. Individuos díscolos de una generación díscola por naturaleza, que han tenido que oír todo tipo de calificativos para referirse a ellos, sin muchos recursos ni argumentos para enfrentarse a todo aquello de lo que se les acusaba.
Quizá no sea momento de discutir hasta qué punto ciertas voces de generaciones anteriores han contribuido a crear esta situación. Cómo, con sus palabras de desánimo, su escasez de aprecio y su prolijidad en la creación de calificativos despectivos (quizá el de Ni-Ni es el caso más claro) han alentado e incentivado el sentimiento de desamparo y desarraigo de todo un grupo de jóvenes que, como cualquier otro, sólo trataba de hacerse un hueco en el mundo e ir sentando las bases para conquistar un futuro común.
Lo que parece más urgente es la necesidad de empezar a dejar constancia de cómo los Millennials hemos luchado y luchamos por revertir esta situación. De cómo, sin ningún tipo de ayuda ni referente en el que fijarnos, hemos decidido que iba siendo hora de configurar nuestros propios horizontes, de materializar todo aquello de lo que el resto de la sociedad nos cree incapaces, de echarnos la manta a la cabeza y taparnos un poco los oídos ante tanto ruido desalentador.
Porque quizá una de las pocas cosas que nos queda es tener la esperanza de que algún día se nos recuerde como una generación que aprendió que la ayuda nunca vendría de fuera: que el mundo era, en cierta medida, un lugar hostil en el que había que luchar por tener un hueco y que, pese a todas esas facilidades de las que se supone que hemos gozado, sólo dependíamos de nosotros mismos. Como una generación que no perdió la sonrisa, que se mantuvo firme en sus propósitos y que asumió las adversidades como un elemento a sortear en la carrera de obstáculos del crecimiento. Como un grupo de personas que quizá ya no disfrute de un sistema de pensiones pero que, con su trabajo, asegurará las pensiones de todos aquellos que no creyeron en su generación, de quienes decidieron que no eran merecedores, ni siquiera, del beneficio de la duda.
Una generación llena de malogrados conscientes de su condición, de artistas en un tiempo en el que nos decían que el arte había muerto, de jóvenes que aguantaban ¿sueldos? absolutamente irrisorios por jornadas extensas de trabajo a cambio de la promesa de ser reconocidos algún día. Un grupo de gente que cuenta entre sus filas con verdaderos genios, inventores, personas que decidieron hacer su contribución al pensamiento y configuración del mundo futuro sin esperar nada a cambio. Chavales y chavalas que lucharon por ideas, que dejaron su destino en manos de conceptos abstractos, que se entregaron a las promesas vanas de un mundo que les exigía todo y les daba bastante poco. Luchadores y luchadoras que fueron capaces de callar a auditorios enteros que sólo esperaban verles fracasar.
Este post No disparen al Millennial, escrito por Darío Rodríguez, se publicó originalmente en Yorokobu.
La desigualdad inevitable: una mirada a través de la ciencia ficción
Uno de los temas predilectos de las discusiones en las clases de Antropología de la universidad (sobre todo cuando son impartidas a no antropólogos, profundos ignorantes en la materia, como quien esto escribe) es la existencia o no de «universales culturales». Es decir: aspectos comunes a toda sociedad. Es una manera como otra cualquiera, torpe también, como todas las demás, de buscar la esencia de lo humano. Que es en lo que gastamos las horas los estudiantes de ciencias sociales, sí. Yo siempre pensé que si había algo que cumplía las características necesarias para ser un universal de estos era la desigualdad. Cualquier grupo social del que haya oído hablar en mi vida, pensaba yo como joven estudiante de sociología, presenta alguna forma de desigualdad. Es ineludible. Es permanente. Nos define.
Por supuesto, defender que existe en todos los grupos sociales posibles es algo muy distinto. Uno necesita una razón teórica para exponer por qué la desigualdad es y será constante. Para ello debe identificar las circunstancias, los condicionantes que la generan. Y, la verdad, jamás encontré un instrumento tan bueno para detectar posibilidades que no se me habían ocurrido pero que sin embargo eran plausibles como consumir libros y películas de ciencia ficción. La ciencia ficción es imaginación conscientemente restringida a los límites de lo que podría ser. Sus autores crean mundos enteros que están sometidos a una serie de restricciones idénticas a las del nuestro, mientras que otras son eliminadas, normalmente basadas en una hipótesis razonable, a una especulación que al menos tiene visos de realidad.
Para mí, la condición primigenia que está en el origen de la desigualdad es la imposibilidad de abarcar el infinito. En el instituto nos enseñaban que la economía era la ciencia que estudiaba cómo los seres humanos gestionan unos recursos limitados para cubrir unas necesidades ilimitadas. En ese desfase reside la desigualdad. La acumulación asimétrica de recursos necesita del valor asignado a los mismos, que obviamente depende de su escasez o abundancia. Si cualquiera de ellos existiese de manera ilimitada y todos nosotros pudiésemos manejar esa infinitud, la desigualdad no tendría razón de ser. Es cierto que se trata de una condición necesaria mas no suficiente, puesto que en teoría hasta los recursos limitados pueden ser distribuidos de manera totalmente igualitaria. Sin embargo, para que esto tenga lugar dos factores adicionales son necesarios: una igualdad total en la distribución del poder (para asegurar que nadie se apropie por la fuerza de todos o parte de los recursos que no le corresponden) y la seguridad absoluta de que el statu quo se va a mantener en el futuro. Y aquí es donde la imaginación informada de la ciencia ficción nos ayuda a comprender un poco mejor la desigualdad.
La mayoría de distopías se basan total o parcialmente en la desigualdad en el acceso al poder. 1984 es el epítome, claro. Una minoría fuertemente organizada se mantiene al frente de una sociedad jerárquica y ejerce de manera inmisericorde un control constante sobre las actividades de la mayoría de los individuos. Winston Smith está vigilado constantemente por una televisión que es al mismo tiempo aparato emisor y receptor, instalada en su mísero apartamento, que es mísero precisamente por y para que la élite pueda mantener su nivel de vida. Se trata de la idea más clásica de desigualdad extrema, con un fuerte componente político. Pero nos equivocaríamos si pensásemos que la limitación de recursos disponibles y su distribución se circunscribe a lo material y a lo militar.
Normalmente, la antítesis del universo orwelliano por excelencia suele dibujarse como una bonita anarquía organizada o una suerte de democracia popular donde todos tengamos el mismo poder. Sin embargo, resulta mucho más realista la imagen de sortear el poder. Sencillamente porque otra de nuestras limitaciones esenciales es la imposibilidad de abarcar todos los posibles trabajos necesarios en todo momento: el don de la ubicuidad no nos ha sido concedido, así que la especialización es una buena idea, aunque comporte un coste en términos de desigualdad. Así lo entendieron en la antigua Grecia, donde una parte nada despreciable de los puestos de representación pública se obtenían a través del azar. Y así lo entendió también Phillip K. Dick en la (absurda, cabe admitir) Lotería solar. Aparentemente, el poder en el mundo de esta novela reside en las manos de quien es escogido presidente por sorteo. Sin embargo, el poder real depende de quien marca las normas para que dicho sorteo tenga lugar. Es un poco como lo de las primarias en los partidos: qué más da que existan o no si las cúpulas de los partidos continúan reteniendo el poder sobre sus reglas.
Por otro lado, jamás entendí por qué a la gente le gustaba comparar 1984 con Un mundo feliz, cuando es obvio que ambas historias surgen de premisas muy distintas con respecto a la desigualdad de partida. La obra de Huxley habla de otro recurso que también es limitado: el acceso a una buena mezcla genética. La desigualdad de partida más pura de cuantas existen. En este mundo, (una parte de) la humanidad es capaz de ejercer cierto control y monitorización sobre el resultado genético, de manera que es esta la herencia que importa, y no la material. Una sociedad de clases sin familia que es, en realidad, imposible en su estado puro: por lo que podemos saber, el interés de acumulación frente a la escasez que tiene cada individuo suele extenderse hacia aquellos que aprecia, rompiendo la correlación entre talento y recompensa que tanto gusta a los meritócratas. Sospecho que esta idea hubiese reconfortado al, para mí, más bien conservador Huxley.
Siguiendo en la línea de restricciones de partida que permiten la desigualdad y que van más allá de recursos materiales y poder político, otro clásico elemento en la ciencia ficción es el acceso a la información. Aquí la cita a Fahrenheit 451 es obligatoria, aunque sospecho que Bradbury estaba más preocupado por la supresión de la belleza que por el conocimiento en sí mismo y sus consecuencias sociales (al fin y al cabo, lo bello es el único elemento común en su muy variada obra). Prefiero citar un pasaje mucho más específico de la que, lo confesaré, es mi obra predilecta: cuando Términus se está alzando en una periferia del desmoronado Imperio Galáctico según el plan de Hari Seldon, un componente fundamental de su progreso es lo que los miembros de la Fundación disfrazan de religión, pero es en realidad ciencia. Ya saben: la tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. De ello se vale el naciente núcleo de progreso para someter a sus vecinos hundidos en la ignorancia, rodeando todo lo que tiene que ver con lo nuclear de un halo sagrado para mantener el control sobre el conocimiento que da acceso a la que es, en realidad, la fuente última de desigualdad: la energía.
Al fin y al cabo, imaginemos un mundo sin restricciones energéticas. Prácticamente todo sería posible porque la energía en cantidades suficientes (y con la tecnología adecuada) puede ser transformada en cualquier forma de materia. Es por ello que la inmensa mayoría de obras de ciencia ficción se cuidan de mantener algún tipo de restricción sobre las fuentes energéticas. Aquellas que no lo hacen demasiado lo convierten en una parte necesaria de su hilo argumental (la capacidad del Enterprise de llegar a cualquier lugar, casi instantáneamente) o en una excusa para el absurdo (la Energía de la Improbabilidad Infinita de la Guía del autoestopista galáctico). Y es por ello también que los avances en eficiencia energética son tan importantes para el futuro de la sociedad. Cada vez que logramos dar un paso significativo en este ámbito nuestra capacidad para hacer cosas, cualquier cosa, se multiplica por mil. Y, asumiendo que mantenemos algún tipo de sistema de reparto de poder relativamente equitativo (la democracia es el mejor que hemos encontrado, de momento), también nos aseguramos que la distribución de esa capacidad adquirida no sea demasiado desigual entre los miembros de la sociedad.
Dije que la energía era la fuente última de desigualdad, pero en realidad esto no es del todo cierto. Sabemos que, en teoría, aún podemos avanzar muchísimo en un uso más eficiente de la energía que hay a nuestro alrededor. Sin embargo, no lo sabemos con respecto al tiempo. En El fin de la eternidad, los Eternos son capaces de existir más allá del continuo espacio-tiempo y con ello escapan a la mayor restricción para el ser humano. Con todo el tiempo disponible, la energía infinita también puede ser aprovechada. Sin embargo, en tanto que solo una parte de la población dispone de esta capacidad el tiempo sigue existiendo, y con el acceso al mismo, también la desigualdad. Posiblemente en su forma más extrema posible, pues el ser Eterno también representa la omnipresencia y la omnisciencia. Asimov resuelve esta situación de la única manera posible (atención, SPOILER hasta cambio de párrafo): haciendo que los Eternos se autodestruyan y dejando a la sociedad bregando con las formas más habituales de desigualdad.
Poder político, suerte, genes, energía y tiempo. Cinco fuentes de inequidad que se entremezclan con el mero acceso a recursos materiales para mostrarnos que, efectivamente, muestran que ser desiguales es consustancial a la condición social del ser humano. Por el momento: al igual que la ciencia ficción, la forma en que la humanidad se organiza está siempre en el terreno de la especulación. No sabemos qué nos deparará el mañana, porque (mientras no controlemos el viaje en el tiempo) «el mañana» es allá donde ningún ser humano ha estado antes.
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Hoy en @15MpaRato celebramos la caída de Rodrigo Rato #LaciudadaniaLoHizo
Cómplices y responsables
Marilyn vos Savant o tener razón siendo mujer
El problema de Monty Hall es tremendamente fácil de explicar, pero terriblemente difícil de comprender:
Estamos en un concurso con tres puertas cerradas. Tras una de esas puertas hay un gran premio. Tras las otras dos puertas no hay nada o quizá algún objeto sin valor. El presentador del concurso nos deja escoger una puerta. A continuación, de las dos puertas que quedan, el presentador abre una y muestra que no hay nada (o un objeto sin valor). El presentador siempre abre una de las dos puertas restante y siempre abre una puerta sin valor (porque sabe dónde está el gran premio).
Ahora, lo importante.
El presentador nos pregunta si queremos cambiar nuestra elección inicial, renunciar a la puerta que escogimos, y quedarnos con la puerta que queda por abrir.
¿Qué debemos hacer? ¿Quedarnos con la puerta original o cambiar a la que queda por abrir? ¿Qué decisión incrementa nuestras posibilidades de ganar el gran premio?
Hay varias razones por la que este problema resulta tan complicado. La primera, y la más evidente, es que se nos da muy mal razonar con probabilidades. La segunda, el hecho de que el presentador abra una puerta crear una enorme confusión, generando lo que me parece el problema real. Si razonásemos con las puertas cerradas y nos ofreciesen cambiar nuestra puerta por las otras dos (es decir, cambiar grupos de puertas, no puertas individuales), la solución sería evidente: cambiar incrementa siempre tus posibilidades de ganar.
(Otra forma de verlo es pensar que hay un millón de puertas. Nos permiten escoger una y a continuación el presentador abre 999.998 puertas, mostrando que tras ellas no hay nada. ¿Debemos cambiar nuestra puerta inicial por la que queda sin abrir?)
Pero lo realmente interesante de este problema es lo que sucedió cuando a Marilyn vos Savant se le ocurrió dar la respuesta correcta, como cuentan en The Time Everyone “Corrected” the World’s Smartest Woman:
When vos Savant politely responded to a reader’s inquiry on the Monty Hall Problem, a then-relatively-unknown probability puzzle, she never could’ve imagined what would unfold: though her answer was correct, she received over 10,000 letters, many from noted scholars and Ph.Ds, informing her that she was a hare-brained idiot.
What ensued for vos Savant was a nightmarish journey, rife with name-calling, gender-based assumptions, and academic persecution.
En el artículo se muestran algunos de los mensajes enviados por expertos. Exudan en su mayoría un paternalismo increíblemente desagradable, dando por supuesto que ellos como expertos no pueden estar equivocados. Alguno le sugiere mirar un texto básico sobre probabilidades. Otro dice que el lado positivo es que si todos esos doctores estuviesen equivocados el país estaría en muy mala situación. E incluso uno se plantea que quizá las mujeres ven la matemática de otra forma.
The outcry was so tremendous that vos Savant was forced to devote three subsequent columns to explaining why her logic was correct. Even in the wake of her well-stated, clear responses, she continued to be berated. “I still think you’re wrong,” wrote one man, nearly a year later. “There is such a thing as female logic.”
Pero ya digo, no es un problema realmente complicado. Basta con tener claro lo que está pasando (y, por supuesto, aceptar que es totalmente artificial. Nadie haría un concurso en el que el presentador siempre hiciese lo mismo) y no dejarse llevar por nuestra impresión inicial. Con el tiempo, el problema ha pasado a ser uno más de los que salen en los libros de puzzles y que sirve para confundir durante un rato. Y ha habido cambios de parecer:
Among the new believers was Robert Sachs, a math professor at George Mason University, who’d originally written a nasty letter to vos Savant, telling her that she “blew it,” and offering to help "explain.” After realizing that he was, in fact, incorrect, he felt compelled to send her another letter – this time, repenting his self-righteousness.
“After removing my foot from my mouth I’m now eating humble pie,” he wrote. “I vowed as penance to answer all the people who wrote to castigate me. It’s been an intense professional embarrassment.”
¿Qué significa el #ArrimónConsensuado en México?
Sergioski02cosas de la magia de la ciudad de mexico.

Transporte público en México. Imagen donada por https://juantadeo.wordpress.com
El froteurismo o frotismo es conocido como la parafilia consistente en la excitación erótica mediante el rozamiento del órgano genital o diversa parte del cuerpo con el cuerpo de otra persona sin su consentimiento. René Zubieta ha descrito la conducta como “rozar lujuriosamente el cuerpo de otras personas” en lugares públicos.
En el español que se habla en México, ese rozamiento es conocido como un “arrimón”. El “arrimón” en dicho país es una práctica de mal gusto y prevista como uno de los delitos sexuales (abuso sexual) a que se refiere el Código Penal para el Distrito Federal. Pero ¿qué pasa cuando el “arrimón” es ejecutado en una persona que ha brindado su consentimiento para ello?
Esa respuesta la tendría que brindar alguien que ha mostrado su disposición a recibir un “arrimón”. El movimiento #ArrimonConsensuado agrupa a personas en dicha situación:
#ArrimonConsensuado es una comunidad creada y dedicada para consensuar arrimones en el metro de la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey a personas mayores de 18 años, regidos bajo una normativa estricta para garantizar la seguridad, integridad y discreción de quienes gustan de tener un viaje placentero (enfocado a las damas) con personas confiables, respetuosas y responsables porque…
“El acoso sexual es un delito, el #ArrimonConsensuado no”.
La cuenta de Twitter de este movimiento tiene más de 16,000 seguidores. Algunos de los miembros de esta iniciativa han recibido una pulsera que los identifica como “arrimoneros” o personas dispuestas incurrir en una especie de froteurismo consensual durante su trayecto en un viaje en transporte público.
#Pulseras #ArrimonConsensuado @SexyEnfermera69 @karensisima_sw @caliaQadehs @mandy140785 @jovenesw @LaBatiPerra pic.twitter.com/eOMAzK1wRf
— #ArrimonConsensuado (@arrimonCMetroOf) April 12, 2015
Pero el “arrimoneo” no es un monopolio ni es sólo para quienes han sido distinguidos con la pulsera “oficial”, ya que existen otros métodos de identificación, según Milenio:
Los fans de los arrimones aprenden a identificarse mutuamente dentro del vagón con una prenda que sirva de señal, normalmente un listón rojo en la muñera derecha indica disposición para el arrimón.
No obstante las opiniones sobre la pertinencia del “arrimón” se encuentran divididas, para muestra la opinión de la usuaria Isa Esteinou:
@asilascosasw #ArrimonConsensuado Un poco triste la vida de alguien que anhela que le den un arrimón en el metro… — Isa Esteinou (@IEsteinou) April 14, 2015
El usuario Edgar Rivera comentó lo siguiente:
¡¡¡¡#ArrimonConsensuado!!!! No sé si reír o llorar cuando veo que existen este tipo de movimientos. #AdóndeVamosAParar — Edgar Rivera (@EgRiverag) April 14, 2015
La edición electrónica de la revista Chilango recoge la siguiente estadística sobre el abuso sexual en el transporte público de la ciudad:
Desafortunadamente, como reveló una investigación realizada por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), siete de cada 10 delitos que se reportan en el Servicio de Transporte Colectivo son por abuso sexual.
Sin embargo, no todas las agresiones sexuales se denuncian, ‘la prisa, el temor, el pudor, el tiempo, la burocracia en los ministerios públicos, entre otras razones, muchas mujeres prefieren no denunciar las agresiones’.
Sobre el abuso sexual en ese medio de transporte, la cuenta Avendaño Abogados ha señalado:
DELITO DE ABUSO SEXUAL EN EL METRO: es doloso y nunca culposo,aunque es peligroso por la interpretación que se le dé. pic.twitter.com/kNcr7ctQzs
— avendaño abogados (@bogados_DF) April 8, 2015
Con la gran demanda (y acaso insuficiencia) que caracteriza al Metro y otros sistemas de transporte público de la capital mexicana, es esencial que las reglas de convivencia sean claras para que las conductas indeseadas se denuncien y castiguen, mientras que las deseadas o consensuadas puedan ocurrir libremente y sin importunar a los demás usuarios.
Escrito por J. Tadeo
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«Es absurdo un Diccionario políticamente correcto»
Sergioski02que desagradecidos, deberian alegrarse de que les enseñemos a leer.
El pasado 8 de abril, el Consejo Estatal del Pueblo Gitano lanzó su campaña #Yonosoytrapacero en redes sociales con motivo del Día Internacional del Pueblo Gitano. En los vídeos, aparecen varios niños sonrientes de esta etnia a los que se les pide buscar en el Diccionario la palabra gitano. En su 5ª acepción, les remite a trapacero. Y cuando los chavales buscan el significado de la palabra, sus caras cambian.
Porque trapacero es alguien «Que con astucias, falsedades y mentiras procura engañar a alguien en un asunto». Y eso, claro, no gusta a nadie que digan de él.
En palabras de Sara Giménez, directora del departamento de Igualdad y No Discriminación de la Fundación Secretariado Gitano, en calidad de portavoz del Consejo, «con esta acción de sensibilización queremos hacer constar que la definición que da el nuevo diccionario de la palabra gitano es sesgada y no se corresponde con la realidad heterogénea de la comunidad gitana, permitiendo que esta minoría étnica quede ligada a un prejuicio y estereotipo que provoca situaciones de rechazo social y discriminación, vulnerando el derecho fundamental a la Igualdad».
Y continúa: «La definición es anacrónica y fuera de lugar. Exigimos a la Academia que corrijan esta acepción injusta con toda una comunidad, dado que no se corresponde con la realidad de la misma, que reflexionen para conseguir una definición más acorde a la diversidad de los gitanos y gitanas, capaz de recoger lo que son y sus aportaciones a la historia de España».
El Consejo, junto con la Defensora del Pueblo, ya habían contactado en años anteriores con la Academia para pedirles que revisaran la definición que se daba en el Diccionario de gitano/a y gitanada . La RAE modificó la antigua 4ª acepción que aparecía en la entrada de gitano/a («Que estafa u obra con engaño») de la 22ª edición, por esa 5ª con la que el CEPG tampoco está de acuerdo.
El lema de su campaña era «Una definición discriminatoria genera discriminación» y con él querían resaltar la importancia del lenguaje en la construcción de la imagen social de la etnia gitana. Su objetivo: alejarla de estereotipos. «Cuando menos», aclara Giménez, «debiera especificar que se trata de un uso peyorativo y estereotipado, y nunca darlo por bueno». Y ahí es donde está el meollo de la cuestión: ¿debe ser sensible un diccionario a estos problemas? ¿Debe la Academia eliminar acepciones que puedan ser peyorativas, machistas o discriminatorias para contentar a todos los grupos sociales?
No es esta la única polémica en torno a la definición de algunos términos en el Diccionario de la Lengua Española. No hace mucho, una campaña en Change.org promovida por Paloma Ferrer, la madre de una niña con síndrome de Down, pedía a la Academia que revisara los términos subnormal, mongólico y síndrome de Down. Ferrer no buscaba, en su caso, eliminar el significado sino que los miembros de la Academia señalaran el uso despectivo y en desuso que tienen estos términos. En esto coincide con Sara Giménez.
Algo ha conseguido en parte. El Diccionario, en su versión impresa, ya no habla del síndrome como de una «enfermedad», sino como una «anomalía congénita». Está pendiente aún su actualización en la web. Sin embargo, mongolismo sigue remitiendo a síndrome de Down y subnormal mantiene su significado como estaba: «Dicho de una persona: Que tiene una capacidad intelectual notablemente inferior a la normal».
Pero volvamos a la campaña #Yonosoytrapacero. ¿Qué dice la RAE sobre esto? Por supuesto, manifiesta su máximo respeto y consideración hacia la comunidad gitana, pero advierte de que el hecho de que una palabra o acepción figure en el DRAE no es un capricho ni una invención de la Academia. Al contrario, obedece a la obligación de incorporar los usos léxicos del español utilizado en la realidad. Así lo expresaban en un comunicado emitido el pasado 6 de noviembre al que su departamento de Comunicación nos remite.
No implica esto que la RAE se muestre indiferente ante las quejas y propuestas de supresión o modificación de ciertos significados que ciudadanos y organismos le plantean, pero no siempre pueden atender a dichas propuestas, «pues los sentidos implicados han estado hasta hace poco, o siguen estando, vigentes en la comunidad social», afirman en ese mismo comunicado.
Sin embargo, esta última edición del DRAE introduce ya algunas marcas para indicar el sentido despectivo y peyorativo de algunas palabras, como ocurre, por ejemplo, en la 7ª acepción del término zorra. Así lo indicaba el director de la institución, Darío Villanueva, durante la presentación en Barcelona del Diccionario.
¿Y qué es un diccionario? Algo tan aséptico como un «Repertorio en forma de libro o en soporte electrónico en el que se recogen, según un orden determinado, las palabras o expresiones de más lenguas, o de una materia concreta, acompañadas de su definición, equivalencia o explicación». Los encargados de esta labor son los lexicógrafos, que realizan su tarea de una manera científica y técnica.
«Al plasmarlos en el Diccionario», explican desde la Academia en su comunicado de noviembre, «el lexicógrafo está haciendo un ejercicio de veracidad; está reflejando usos lingüísticos efectivos, pero no está incitando a nadie a ninguna descalificación ni presta su aquiescencia a las creencias o percepciones correspondientes», se defiende la RAE. «Es más, con esta práctica proporciona los datos necesarios para que la propia sociedad identifique la existencia de usos lingüísticos inconvenientes, cuya erradicación ha de fomentarse precisamente a través de la educación. Es una tarea que el Diccionario no puede suplir».
Y no le falta razón. El respeto hacia los demás no puede enseñarse desde un libro y mucho menos desde un diccionario. Somos los hablantes quienes usamos el lenguaje para herir o acariciar. El Diccionario queda fuera de los usos que demos a una lengua, solo los recoge.
En relación a esa aplicación de la corrección política en el lenguaje, Villanueva insiste cuando le preguntan sobre esto en una entrevista de Daniel Gascón para la revista Letras Libres: «En esto la Academia tiene muy claro cuál es su papel y no va a cambiar de posición. En síntesis: es imposible, es inconveniente e incluso yo diría que es absurdo un diccionario políticamente correcto. El Diccionario recoge la lengua tal como se habla». Y continúa: «Sería inconcebible un diccionario solo de las palabras bonitas. Sería un diccionario censurado. Y a estas alturas no podemos permitir la censura».
Para ilustrar sus razonamientos, pone el ejemplo de la primera edición del Diccionario de Autoridades, en cuyo prólogo se advertía de que no se incluirían nombres propios. «Y tampoco aquellas palabras que designen desnudamente objeto indecente». Por esta razón no aparecían en él términos que aludieran, por ejemplo, a órganos sexuales. Esto, dice en la entrevista el actual director de la Academia, no sería tolerable hoy en día. Pero «tampoco podemos permitir que el Diccionario censure un tipo de palabras en función de que a un grupo le resulten ofensivas».
En esto coinciden también otras voces como las de Eduardo Basterrechea, Gloria Gil y Elena Álvarez Mellado, de Molino de Ideas, quienes crean apis y recursos digitales lingüísticos, entre ellos varios diccionarios, además de organizar el encuentro Lenguando. Según ellos, un diccionario debe recoger todos los términos de un idioma porque son el reflejo del habla de sus hablantes. Pero van un paso más allá: no pueden ser tratados de manera aséptica.
«Se podría incluir una etiqueta que aporte información sobre esa acepción (vulgar, antigua, no recomendada o, por qué no,”uso racista”)», sugiere Gloria Gil. En este mismo sentido se expresa Elena Álvarez Mellado: «el diccionario debe recoger todos los significados de las palabras, sean políticamente correctos o no (qué pasaría, si no, si alguien busca el término y no lo encuentra), pero también debe indicar la connotación de un uso determinado (y la desaprobación social que tiene; eso también es parte de la lengua)».
También la Real Academia Española quiere trabajar en ese sentido. En la entrevista citada de la revista Letras Libres, Darío Villanueva anuncia: «Hay dos posibilidades en las que estamos trabajando. En primer lugar, procuramos que en la descripción de estas acepciones no haya ningún elemento que agrave todavía más ese significado [peyorativo]. En segundo lugar, estamos estudiando una marca que se refiera a este carácter grosero, arbitrario u ofensivo que pueden tener determinadas palabras o acepciones».
Pero la labor es lenta. Quizá se deba al propio formato del diccionario actual, todavía impreso y digitalizado en la web, aunque su actualización on line no está aún completada. «El Diccionario hasta ahora, en libro, tiene una limitación: las matrices tipográficas de las que disponemos», afirmaba el director de la Academia en la entrevista de Daniel Gascón. O lo que es lo mismo: es posible que no se incluyan unas acepciones y marcas por razones de espacio. Así que la Academia, basándose en determinados criterios, se ve obligada a elegir.
(Si quieres saber más sobre cómo han elaborado la 23ª edición del DRAE, sigue este enlace)
Está claro que el DRAE necesita una revisión, una refundación, y así lo afirma también el propio director de la institución. . «[...]los diccionarios no pueden seguir siendo exactamente como hasta ahora, diccionarios gutenbergianos, cuando el público ya empieza a ser nativo-digital», afirmaba Villanueva en la misma entrevista publicada en Letras Libres. «Por lo tanto, el DRAE, que llevaba publicándose trescientos años, necesitaba (necesita) una refundación».
En opinión de Gloria Gil, de Molino de Ideas, «un diccionario tiene que poder adaptarse muy rápido porque lo que refleja cambia día a día. Quizá pueda haber una capa más estable y otra más superficial que sea mutable. Para eso, la tecnología es el gran aliado».
La RAE es consciente de ello y pretende cambiar esto en las próximas ediciones. «El próximo diccionario será al revés: será un diccionario digital en algún caso puesto en papel», comentaba Villanueva en otra entrevista realizada para la revista Estudios de Lexicografía en su edición de marzo de 2015.
Está por ver. El camino es largo y está aún por recorrer. La RAE debe adaptarse a los nuevos tiempos, a la vez que conservar un bien común tan preciado y tan precioso como es nuestro idioma. Lo bueno es que es consciente de ello y no rehuye el reto. Lo malo, que como dice una sentencia popular, las cosas de palacio van despacio.
Fotos: RAE
Este post «Es absurdo un Diccionario políticamente correcto», escrito por M. Ángeles García, se publicó originalmente en Yorokobu.
Metamorpolis: el estilo de vida rural en una metrópolis de hormigón.
Sergioski02jeje, diego en Lorca 2050
Tim Franco refleja el vertiginoso ritmo de urbanización de las zonas rurales Chinas.
Estamos acostumbrados a ver imágenes de las grandes ciudades chinas. Sin embargo, lo que estas imágenes del fotógrafo Tim Franco nos muestran es la transformación territorial de mucha zonas rurales de este país. Algunos estudios indican que la población de uno de estos territorios, Chongqing, crece a un ritmo de 1.300 habitantes diarios. No sólo afecta al la economía de estos territorios; sus efectos medioambientales transforman completamente la manera en la que las personas habitan los entornos urbanos. En 2010, el gobierno chino lanzó un proyecto para urbanizar la zona rural de Chongqing, ciudad que aparece en las imágenes de Tim Franco.
Este proyecto muestra la realidad de una sociedad rural en un contexto que se transforma a pasos agigantados. El equipo de ArchDaily ha tenido la oportunidad de entrevistar al fotógrafo; quien no sólo ha explicado su experiencia en Chongqing, sino que también ha hablado de algunos de los efectos sociales que tiene este tipo de crecimiento urbano. Visita esta web para leer la entrevista al completo.
Entrevistador: “Ya llevas cinco años documentando la expansión urbana de Chongqing. ¿Has visto de qué modo en el que la ciudad se está transformando?”
Tim Franco: “Los cambios que he visto en esta ciudad son tremendos. He visto distritos enteros desaparecer en el centro de la ciudad. Algunas de las casas construidas en la era Kuomintang -cuando Chongqing era la capital de China- han sido destruidas. He visto granjas del norte de la ciudad ser arrasadas para construir complejos residenciales y carreteras. En estas zonas, la población continuaba labrando los terrenos que quedaban entre las autopistas y las zonas en construcción.”
La entrada Metamorpolis: el estilo de vida rural en una metrópolis de hormigón. aparece primero en más que verde.
Votos como piedras
Una de las discusiones más típicas que tengo últimamente es si el voto es un derecho o es un deber ciudadano. No espero resolver aquí esta cuestión, pero reconozco que me resulta difícil entender que haya gente a favor de la «abstención activa». Yo, que bebo más de la tradición del obrerismo cartista, que estuvo dándose tortas para conseguir el sufragio universal (masculino), tengo claro que en un sistema en el que los políticos se mueven por incentivos electorales el arma más poderosa que tenemos son esas piedras de papel. Al final, desistir activa o pasivamente de ella es letal. O dicho de otra manera, que si a los jóvenes nos hacen poco caso en España es precisamente porque, entre otras cosas, nos abstenemos más. Si, por el contrario, los pensionistas no lo hacen nunca, imagine por dónde va a preferir empezar a recortar cualquier gobierno.
Esto es lo que muchas veces me ha hecho preguntarme si no sería buena idea que el voto fuera obligatorio. Aunque el voto obligatorio se introdujo en algunos países a finales del XIX y principios del XX, casi a la vez que la extensión del sufragio (Bélgica en 1892, Argentina en 1914), la tendencia general ha sido a su desaparición (Países Bajos, algunos länder austriacos) o a su relajamiento (Australia). Sin embargo, lo importante es saber en qué medida se aplica. El país más severo en esto es Bélgica, donde abstenerse requiere justificación, implica multa y te puede hacer muy complicado optar a un puesto funcionarial. Italia, que tuvo voto obligatorio hasta el 1995, tenía sanciones muy menores en comparación, apenas problemas para conseguir un centro de día para tu hijo. Formalmente Grecia también tiene voto obligatorio (aunque no se aplica) e incluso en España lo hubo sin efectos entre 1907 y 1923.
Sin embargo ¿por qué establecer el voto obligatorio? Si uno revisa los debates de la época —el caso belga lo conozco relativamente— principalmente fueron los conservadores los que hicieron que se adoptase a la vez que se introdujo el sistema electoral proporcional. La razón fundamental es que el partido conservador tenía miedo de que, ante una clase obrera hipermovilizada, sus electores se quedaran en casa. De hecho, sus redes locales de comunidades parroquiales en un tiempo en el que era la vía de socialización fundamental todavía se estaban asentando. Por lo tanto, al principio parecía un argumento conservador. Quizá lo más llamativo es cómo progresivamente este argumento basado en un cálculo estratégico fue girando hacia la izquierda.
Si uno revisa los principales argumentos a favor del voto obligatorio es por razones de legitimidad y sociales. Unos gobiernos que obtienen su mandato con escasos votos pueden ser criticados por representar exclusivamente una minoría de la población. Hacerlo obligatorio impide esta crítica y, además, conllevaría una especie de aprender votando, aumentando el interés y el ligamen de los ciudadanos con su comunidad. Sin embargo, el argumento más importante que se maneja desde la izquierda es que la participación electoral es desigual socialmente. La abstención tiende a darse en aquellos estratos con más desventajas en términos de clase, ingresos y educación —piénsese que en aquellos países con registro previo como Estados Unidos todavía se acentúa más—. Como los abstencionistas no participan en las elecciones, los partidos tienen menos incentivos para hacer políticas a su favor. Sin embargo, si se hiciera obligatorio votar se forzaría a que los políticos fueran más sensibles a esa gente que antes se autoexcluía.
Hay quien comenta que por otro lado el voto obligatorio nos permitiría ahorrarnos todas esas campañas institucionales pidiendo el voto. Además, hay autores que dicen que al final los abstencionistas son free-riders, que no contribuyen al bien colectivo que es el sistema político. Obligarlos es acabar con su tendencia a ser gorrones. En todo caso, este deber siempre parece mucho menos severo que otras actividades obligatorias mucho más gravosas y con frecuencia innegociables como pagar impuestos o hacer el servicio militar. Además, y este es un matiz importante, la obligatoriedad del voto no es lo mismo que hacer obligatorio votar a candidaturas. Es decir, que se debe depositar una papeleta en la urna pero puede ser voto blanco o nulo si se quiere protestar. Frente a una abstención que no tiene dueño, la ventaja de hacer la protesta cuantificable.
Estos argumentos a favor, mezcla de expectativas y argumentos normativos, merece la pena contrastarlos con lo que sabemos del tema y parece que hay algunas pegas a tener en cuenta. Inicialmente sabemos que su eficacia depende siempre de la sanción; cuanto más dura más aumentan los niveles de participación electoral. Sin embargo no parece tener muchos efectos sobre los niveles de información política o interés, o incluso sobre los resultados electorales. Ahora bien, el problema es que la mayoría de estudios son estáticos. Es necesario pensar que los efectos del hábito de votar no son automáticos: hace falta acostumbrarse para que lo obligatorio sea percibido como hábito y genere incentivos para informarse. En todo caso, el voto obligatorio puede no tener un efecto partidista —no beneficia particularmente a izquierdas— pero sí que se ha mostrado que reduce el espacio para las desigualdades en la participación, aunque no desproporcionadamente. Es más, tampoco hay evidencia de que con voto obligatorio un «voto al azar» de los abstencionistas acabe dando más fuerza a opciones extremas o antisistema.
Probablemente lo que más hay que reflexionar sobre la obligatoriedad del voto es en el tema de las multas asociadas. Si sabemos que los abstencionistas crónicos son gente de menos recursos, al final esto se traduce en una especie de impuesto regresivo. Además, el ahorro de las campañas institucionales no es tal porque te lo tienes que gastar —incluso más— en ir persiguiendo a los abstencionistas. Hay un dilema evidente: si se suaviza la sanción por su efecto regresivo no se consigue el efecto deseado. Desde el punto de vista más normativo, se ha subrayado que hacer obligatorio el voto supone una violación del principio de libertad porque priva del derecho de abstenerse. En esta materia hay discusiones incluso dentro del campo liberal sobre si el voto obligatorio es compatible o no lo es con sus principios, pero no me persuade especialmente.
Si uno mira el caso de nuestro país, España tampoco es un ejemplo en el que haya una caída continuada de la participación electoral. En todo caso, para mí lo preocupante no es el total de la participación como el que sea homogéneo entre todos los estratos sociales, diferencia más fuerte entre edades que entre clases a tenor de lo que sabemos. Creo que el voto obligatorio podría tener más elementos positivos que negativos en este sentido; no creo que haya una posición normativa muy fuerte para oponerse. Mis pegas serían más técnicas que morales. Sin embargo, no me gustaría dejar pasar la ocasión para decir que hay muchísimos mecanismos que pueden elevar la participación sin necesidad de hacer obligatorio votar.
Un ejemplo es el voto anticipado. En algunos países como Alemania, Austrlia, Canadá o Estados Unidos. Aunque con fórmulas diferentes la idea es que desde unas semanas/días antes hasta la jornada electoral se fijan urnas custodiadas por un funcionario en edificio público —ayuntamiento, biblioteca u oficina de correos—. Los ciudadanos, debidamente identificados, pueden depositar su voto en cualquier momento de este intervalo. Aunque hay evidencia mixta, lo último que he leído señala que es relativamente exitoso, en especial entre los jóvenes. Al fin y al cabo permite votar en cualquier momento cuando vas a hacer un trámite y es interesante para países con densidad poblacional muy dispar.
Del mismo modo, la última reforma del voto rogado ha sido un verdadero abuso, haciendo que se produzca una dramática caída de la participación en el exterior. La poca coordinación con nuestro servicio exterior y lo farragoso de los trámites han hecho que pese a que tenemos más población fuera de España que en las últimas dos décadas sus facilidades para votar sean menores que nunca. Aunque hay todo un debate pendiente sobre el voto en el exterior, es difícil no ver una intencionalidad política.
A mi juicio, como he intentado defender a lo largo del texto, el voto es una forma de participación imprescindible en una democracia. Creo que es complicado justificar la abstención por falta de oferta política, pero ambién que es importante incidir en un mensaje. En una democracia electoral el voto es un arma muy poderosa y no creo que se deba desdeñar a la ligera. Hiere como una piedra en el ojo. Y respecto al voto obligatorio en sí, aunque sé que es una medida considerada muy agresiva, al menos siempre podemos llegar al acuerdo de que todas aquellas fórmulas viables para facilitar a la gente el ejercicio de este derecho son lo mínimo exigible para tener una democracia de calidad.
La entrada Votos como piedras aparece primero en Jot Down Cultural Magazine.
Descargar y crear disco ISO de Windows 7, 8 y 8.1/Pro gratis y legal
Microsoft pone a disposición de todo el mundo y de manera gratuita a través de Internet la opción de descargar los discos de instalación, de Windows 7, 8, 8.1, 8.1 Pro e incluso la versión Enterprise. Este tutorial te explica cómo hacerlo paso a paso y de forma muy sencilla...
Enlaces subversivos
Cuando leí la séptima tesis del Manifiesto Cluetrain pensé que exageraban: «Los enlaces subvierten las jerarquías».
Se refieren en el sitio web. Los enlaces te dirigen a otro lugar cuando haces clic o tap, si sucede en una pantalla táctil.
Que sí, los enlaces son muy útiles, pero ¿también pueden desestabilizar el orden de subordinación entre personas, instituciones y empresas? Mucho.
Los enlaces conectan personas interesadas en un asunto. Sus pasos, virtuales, crean caminos para conversar acerca de lo que les importa y saben. Las conexiones surgen con naturalidad. No cumplen ningún plan definido por organizaciones con sus roles y autoridades. Las conexiones entre personas son muy poderosas. Los negocios también surgen gracias a ellas.
La Asociación de Editores de Diarios Españoles (AEDE) es una presunta víctima de los enlaces. Así lo entendí cuando su director, José Gabriel González Arias, me recordó un pasado reciente sin enlaces: «Leíamos los periódicos pasando las páginas, una detrás de otra». Pero ahora los enlaces «conducen a la gente a solo un artículo y se van». Los periódicos tenían una jerarquía que los hipervínculos han subvertido.
Los editores de AEDE han conseguido que los gobernantes legislen nuevas jerarquías adaptadas a la realidad de los enlaces —es lo que tiene ser «el cuarto poder»—. Pero no lo consiguen. Cada intento de jerarquización aleja un poco más a sus clientes. Quizás debieron tomar más en serio la séptima tesis del Manifiesto Cluetrain.
(Son 95 y casualidad o no, Martín Lutero escribió exactamente esa cantidad de tesis para subvertir la Iglesia de Roma).
Las jerarquías encontraron nuevos ecosistemas y hacía falta actualizar el Manifiesto Cluetrain. El 8 de enero de este año, Doc Searls y David Weinberger publicaron 121 nuevas entradas, a las que llaman ‘pistas’. Los enlaces tienen un rival cada vez más fuerte: las aplicaciones.
«Pista 70: Las páginas web son conexión. Las aplicaciones son control.
Pista 73: Cada página nueva hace más grande la web. Cada enlace nuevo enriquece la web.
Pista 74: Cada aplicación nueva nos proporciona otra cosa que hacer en el autobús».
Cada día existen más aplicaciones, pero la mayoría no hacen nada que no esté en la web. Instalándolas ocupamos memoria y batería, dos bienes escasos incluso en el móvil más potente.
En realidad, no necesitamos esas apps ni nos convienen, pero consiguieron que las pidiéramos porque están de moda.
Qué desastre.
Si hay apps, ¿para qué duplicar esfuerzos? El siguiente paso previsible es prescindir de los sitios web. Cuando todo esté solo en cada aplicación de turno, nadie podrá alterar la jerarquía dictada por los editores. No habrá enlaces subversivos. Haremos tap en un icono, se abrirá la aplicación y podremos pasar páginas. Una detrás de otra.
Recordadlo, por favor: las aplicaciones son control, las páginas web son conexión y los enlaces, subversión.
Imagen de portada: ymgerman/Shutterstock
Este post Enlaces subversivos, escrito por Benjamí Villoslada, se publicó originalmente en Yorokobu.
Cadasemanaunlibro o cómo ‘deshacerse’ de manera digna de los libros ya leídos
Empiezan acaparando las estanterías. Cuando no dan más de sí, los libros se aposentan encima de la mesa, debajo, sobre la impresora, en cajas y más cajas apiladas y repartidas por toda la estancia… «Jode librarse de los libros cuando ya los has leído, pero cuando no tienes espacio llega el momento de hacerlo. Es un sentimiento raro. La mayoría no los vuelves a leer, pero cuesta desprenderse de ellos. Sobre todo de los que te han hecho pasar un buen rato. Aunque luego piensas y no es para tanto; ya los has disfrutado, que los disfruten otros».
Nico Tomic llegó a esa conclusión cuando su casa y su estudio se vio invadida por centenares de libros. El publicista de San Cugat del Vallès decidió entonces crear el site Cadasemanaunlibro.com para dar salida a su arsenal. Desde allí, cada semana ofrece un libro a quien tenga la suerte de encontrarse el botón (para poder pedir el libro) activo.
«La idea surge de varias necesidades. La principal era la del espacio puesto que mi casa es muy pequeña».
Antes de crear la web, Tomic recorrió las bibliotecas de la zona. «Pregunté si los querían y básicamente su respuesta fue: “Uy, sí, pero a ver qué basura nos traes, porque ya tenemos muchos libros˝. Con lo que por mí se pueden ir un poquito a la … »
Así que se fue con sus libros a otra parte. En concreto, a la protectora de animales con la que suele colaborar. «Generamos proyectos innovadores de captación de fondos, así que les pregunté si les interesaba para revenderlos en los mercadillos. Y me dijeron que la gente no compra libros en los mercadillos y que los acaban vendiendo al peso. Y eso no me mola».
La siguiente opción no fue mucho mejor: « Los comencé a vender de segunda mano en la Casa del Libro donde sacas una auténtica miseria por cada libro…».
Hasta que un proyecto de su agencia le obligó a aprender cómo funcionaba Google Adsense. «Soy de aprender con la práctica, así que me puse a pensar en montar una web que a la gente le interesara lo suficiente como para conseguir una fidelización y un número de visitas considerables, utilizar la publicidad de Google y estudiar los resultados».
Como ya que tenía las cajas de libros, Nico se inventó www.cadasemanaunlibro.com y así, dice, mató varios pájaros de un tiro. «Me deshago de los libros, me aseguro de que otra persona lo disfruta como hice yo, aprendo cómo funciona Google Adsense, de donde saco el dinero para pagar los gastos de envío, y me gustaría pensar que es una buena manera de luchar, aunque sea un poquito, contra la piratería de libros que me fastidia sobremanera. ¡No piratees, yo te lo regalo!».
Entre la literatura que regala hay de todo porque «todo lo que cae en mis manos y tiene letras lo devoro. Libros de historia como Victus, Hombres Buenos (el último de Reverte) o Dispara, yo ya estoy muerto -con el que hay un gran cachondeo en la cuenta de Twitter por que no hay manera de acabarlo-. Novela policíaca, libros que tratan sobre negocios y emprendimiento, novela gráfica, ficción, terror, aventuras, libros relacionados con superhéroes y sus curiosidades -sí, soy un poco friki-, grandes clásicos como Cien años de soledad o Moby Dick -siempre cae alguno cada año-…»
Reconoce incluso que de vez en cuando se da a la novela romántica, «esos libros cuyas tapas la gente forra porque les da vergüenza que le vean leer eso en el bus. He de decir que yo no las tapo y la verdad es que ves alguna risilla siempre». Y, por supuesto, novela erótica, el estilo que más éxito tiene en la web, según Tomic. «Lo que no me gusta nada son las biografías», asegura.
Desde que la página está activa (16 de enero pasado), Nico ha regalado 35 libros. « Al principio perdía dinero porque los gastos de envío los pagaba yo. Ahora Google Adsense genera lo suficiente para que mi gasto sea 0». Como afiliado a Amazon obtiene también un 10% de las compras dirigidas desde www.cadasemanaunlibro.com. «Aunque no obtengo ningún beneficio. Eso sería ya la bomba…»
Lo siguiente, según Tomic, es mejorar la app. « La creé un sábado a través de una web para generar tus propias aplicaciones, mientras mi mujer y mi hijo se hacían una siesta de dos horas. Y eso se nota: es lenta, da problemas a diferentes dispositivos y solo está disponible para Android…» Y mientras llega la actualización, Nico sigue leyendo.
Este post Cadasemanaunlibro o cómo ‘deshacerse’ de manera digna de los libros ya leídos, escrito por Gema Lozano, se publicó originalmente en Yorokobu.
No te rías de One Direction
Tenía que pasar. La salida de Zayn Malik de One Direction provocó agitación, lloros, desmayos y decepción descontrolada entre sus fans. Después de desearle lo mejor al excomponente, sus compañeros Harry Styles, Liam Payne, Niall Horan y Louis Tomlison siguieron su camino, pasando así a ser un cuarteto triunfador con la friolera de 50 millones de álbumes vendidos en todo el mundo. El martes se filtró una canción acústica de Malik en las redes -nada muy loco, una balada de amor que apela a los buenos sentimientos- y su compañero de banda Tomlison, le acusó de insensible e inmaduro en Twitter, comenzando lo que puede convertirse en una escalada de improperios hasta la ruptura final. Y si es así, repetimos: tenía que pasar.
La afirmación no requiere una sabiduría fuera de lo común, ni superpoderes pop. Al fin y al cabo se trata de la narrativa clásica de las boybands, que es siempre calcada: ensamblaje de grupo, triunfo relativo, triunfo absoluto, egos desmesurados, fuga de uno de los miembros, peleas con mensajes más o menos disimulados en la carrera del tránsfuga en solitario, disolución de la banda, travesía del desierto y reunión climática para rememorar los éxitos de la etapa de esplendor.
La narrativa continuada
Esta trayectoria se repite prácticamente sin estorbos desde hace veinte años. Las primeras dos etapas -ensamblaje y triunfo relativo- fueron excelentemente cubiertas en el documental de la BBC The making of a boyband (La creación de una boyband) en la que se tomó como ejemplo de laboratorio a Upside Down desde las primeras audiciones, pasando por el estilismo del grupo, los ensayos, el rodaje de videoclips y la puesta de largo en la gala de una revista para adolescentes a mediados de los noventa. Tras llegar a los primeros puestos de las listas de éxitos durante un par de años, ya solo las muy fanáticas del momento se acuerdan de ellos.
El triunfo absoluto, los egotrips y la fuga de los miembros forman parte de todas las trayectorias conocidas: Spandau Ballet, Bros, New Kids on the Block, Take That y Backstreet Boys sufrieron las idas y vueltas de alguno de sus miembros, con el consiguiente reproche en algunos casos. Quizás el más famoso sea el de Robie Williams, que plasmó en No regrets su amargura con el resto de Take That, y se convirtió en uno de sus singles más vendidos en su primera etapa como solista.
La propia naturaleza de la boyband hace de la travesía del desierto y el final dos momentos difíciles y de mucho sufrimiento. Pese a que algunos grupos se forman de manera independiente, la mayoría se consideran bandas manufacturadas por managers o productores musicales, y en la mayoría de ocasiones a cada miembro del grupo se le otorga una característica rayana en el estereotipo («el joven», «el rebelde», «el bromista»). Todo esto provoca el desdén de una gran parte de la prensa musical, que cubre los conciertos durante el periodo de gracia como fenómenos puramente sociológicos, y con el fin del éxito puede ser espectacularmente cruel y despreciativa.
Las bandas Westlife y ‘N SYNC se quejaron durante décadas de la falta de preguntas sobre las canciones y los álbumes por parte de los periodistas especializados, mientras, a su vez, el crítico de The New York Times Jon Pareles se lamentaba de la hegemonía en las listas de éxitos de la música para adolescentes basándose en que «sus gritos chillones no dejan espacio para músicas más maduras».
El chiste no son ellos
Pese a que la principal queja de los medios de comunicación especializados suele ser que las boybands son un producto, esto no sirve para sustentar su escarnio continuado. La Motown, por ejemplo, no era sino una discográfica especializada en producir de manera serializada grupos -muchos de chicas- y fue glorificada por la misma prensa que, a su vez, alaba a ídolos del mainstream como Beyoncé o Shakira.
Maura Johnston daba cuenta en The New York Times del sesgado tratamiento a las boybands: «Se le suelen adjudicar adjetivos como “azucarado”, “música chicle” o “falsa”. El ejemplo de The Beatles -que causaban desmayos masivos antes de ser entronizados en el canon del rock clásico- o Justin Timberlake -que sacó un sorprendentemente adulto FutureSex/LoveSounds después de dejar ’N SYNC, se olvidan convenientemente para sumar puntos».
En la misma línea, la periodista Miranda Sawyer apuntaba hacia la audiencia y advertía un fenómeno común entre varios grupos. Aquellos que quisieron ser tomados en serio por la crítica musical debieron modificar el foco: «Si a muchas chicas les gusta un grupo, la lógica que no se explicita es que es una mierda. Si eres un grupo como, por ejemplo, Blur, tienes que deshacerte de tus fans femeninas para poder ser respetado».
La subversión está en el deseo
La crítica Gayle Wald, en I want it that way, su estudio sobre las boybands, apunta a que este tipo de grupo obtiene críticas aún más feroces por lo que ella denomina «la masculinidad para nenas» que acuñan. «La masculinidad para nenas que muestran estos grupos da como consecuencia la popularidad entre chicas preadolescentes y el escarnio entre los hombres en general y los críticos musicales en particular».
Esa masculinidad feminizada es lo que resulta subversivo para Wald, ya que, a diferencia de grandes estrellas que coquetearon con masculinidades no normativas, identidades sexuales difusas y retuvieron el favor del público mayoritario y el gusto de la crítica -Kurt Cobain, Prince o David Bowie-, se construye como algo homoerótico e inaceptable en los códigos tradicionales. Es decir: aunque está hecho para las fans chicas heterosexuales, es subversivo e inaceptable.
Ante la crítica contemporánea que responde sobre la vacuidad y mercantilismo de la música de boybands, Wald advierte que «hasta las formaciones culturales más evidentemente patentadas y mercantilizadas están repletas de interés y valor cultural, no únicamente antropológico».
En este sentido parece oportuna la exploración que se ha hecho sobre el valor, precisamente, de One Direction, llamada a ser la boyband posmoderna del siglo XXI. Teniendo en cuenta los clichés y repeticiones de la música serializada de laboyband, Spencer Kornhaber rememoraba los videoclips donde el grupo parodia los propios estereotipos que suelen encontrarse en la boyband prefabricada -la cita perfecta de Night Changes- o las canciones sin mucho contenido y el estilismo barato -en Best Song Ever.
One Direction es la boyband que parece llamada a reírse de la narrativa de la boyband. Lo cual, visto las últimas noticias, no quiere decir que haya escapado de ella.
Este post No te rías de One Direction, escrito por Lucía Lijtmaer, se publicó originalmente en Yorokobu.
Watch your step (o llámalo democracia, pero cuida tus pasos)
En 2007 Richard Ross recibió la beca Guggenheim para desarrollar un proyecto fotográfico que le conduciría de Guantánamo a Siria, de los cuarteles generales del FBI a la Asamblea General de Naciones Unidas, de anodinas salas de juntas a escuelas infantiles, instituciones correccionales, centros de detención e interrogatorio, tribunales o despachos ejecutivos. De estos recorridos se componen sus Arquitecturas de la autoridad, imágenes capaces de trazar un desafiante hilo de Ariadna entre los lugares más inocuos de nuestra vida diaria y aquellos tocados por el secreto y los terrores ocultos, como las celdas de Abu Ghraib o la sala de alguna cárcel de Luisiana donde se ejecutan penas capitales.
Al modo en que lo hacía la célebre The Wire, la serie de David Simon que desde los guetos de Baltimore y sus pequeños tiradores de droga lograba dibujar un mapa de conjunto tras las redes del narcotráfico, el trabajo de Ross se desplaza de los espacios de seguridad y vigilancia a los entornos físicos más cercanos para cuestionar el modo en que estos últimos incorporan las lógicas de la misma autoridad que construye una cárcel de máxima seguridad o un centro de detención ilegal y arbitra su reglamento.
Las conexiones adquieren un especial significado si los territorios fotografiados pertenecen a esas geografías que en la última década han dominado el relato de las políticas de seguridad de Estados Unidos, tan reconocibles en la experiencia digital contemporánea como desconocidas en su realidad más inmediata. A este respecto, uno de los mensajes más poderosos de las fotografías de Ross consiste en su reversibilidad, es decir, en cómo las políticas antiterroristas han globalizado tendencias y espacialidades implementadas durante décadas, en el caso norteamericano, sobre la propia población nacional. Recordemos que tanto en números totales como relativos Estados Unidos lidera, con enorme ventaja, el ranking mundial de personas encarceladas o bajo supervisión correccional. Hablamos de un sistema de prisiones que concentra a 2,3 millones de internos y cuenta con más de 7 millones de personas en libertad provisional o vinculadas a instituciones correccionales (el 3% de los adultos), mientras cada año contabiliza alrededor de 11 millones de registros. En términos comparativos, los 707 presos por cada 100.000 habitantes de EE. UU. empequeñecen a los 467 de Rusia, los 294 de Sudáfrica, los 140 de España o los 124 de China (los datos se pueden consultar en la web del International Centre for Prison Studies).
Ciudad penitenciaria
Entre su población fija y flotante, personal directamente empleado (432.000 oficiales de prisiones, según el Bureau of Labor Statistics) y de la industria secundaria de servicios, la dimensión de la metrópoli penitenciaria norteamericana solo se ve superada por Los Ángeles y Nueva York, en lo que conforma un universo distópico que adquiere mayor dramatismo al distribuir sus datos por los diferentes grupos sociales que conviven bajo las barras y (o) las estrellas.
Al cruzar números, como hacen en Prison Police Initiative, encontramos que el 9% de los afroamericanos en la veintena de edad (y el 4% de los latinos) se encuentra, en estos momentos, tras las rejas de una prisión. Y es que esos 707 presos por cada 100.000 habitantes se elevan a 1352 si eres hombre, a 2207 si eres afroamericano/a, a 4347 si eres hombre-afroamericano y a 8932 si eres hombre, afroamericano y tienes entre veinticinco y veintinueve años. Como recogía el Huffington Post, en EE. UU. alrededor de un tercio de los hombres negros han estado o estarán, en algún momento de sus vidas, encarcelados.
Lejos de sus resonancias sci-fi, la distopía penitenciaria adquiere un carácter muy real si ya has pisado la cárcel (según el Departamento de Justicia el 77% de los presos ingresan de nuevo en prisión antes de los cinco años de su puesta en libertad) o si has nacido en un gueto y gran parte de tu socialización transcurre en una cultura claramente atravesada por la experiencia carcelaria, escuelas con detectores de metales y policía en los pasillos, y una constante presión policial y judicial empeñada en acortar tu camino hacia el encierro. Las asociaciones civiles norteamericanas hablan de una «Mass Incarceration Era» que ha permitido, según los estudios de Michelle Alexander, que el número de internos afroamericanos que trabajan en las chain gangs supere al de esclavos contabilizados en los censos previos a la Guerra Civil norteamericana. Si hasta los años sesenta la policía controlaba el paso de la población negra en los guetos, la igualdad formal posterior aparece pisoteada ante el aumento de la población encarcelada, con un incremento del 772% desde entonces.
En la encarnizada «guerra contra el pobre», como diría Loïc Wacquant, el presupuesto en seguridad y política penitenciaria supera ampliamente los requerimientos de unas hipotéticas medidas sociales que, obvia decir, desconocieran la voracidad de una de esas industrias (citemos a la militar, la farmacéutica o la sanitaria) devenida en mal sistémico de la economía nacional. En total, alrededor de setenta mil millones de dólares fluyen anualmente hacia el sistema de cárceles privado, a los que se suman los más de treinta y cinco mil millones destinados, desde el 11S, a modernizar el equipo policial con material y procedimientos directamente importados de las intervenciones en Irak o Afganistán.
Todos sois el enemigo
Durante el verano de 2012, las calles de Madrid asistieron a una peculiar intervención urbana en la que, bajo imágenes en blanco y negro de policías antidisturbios, se leía un lema de claro aroma orweliano: «Todos sois el enemigo». Los carteles respondían, con toda probabilidad, a las declaraciones que en febrero del mismo año había realizado el jefe superior de la Policía Autonómica Valenciana, Antonio Moreno, quien ante la pregunta de cuántos agentes antidisturbios habían participado en las cargas sobre unos estudiantes que se manifestaban contra los recortes en la enseñanza, declaró que no pensaba «proporcionar esa información al enemigo».
Las palabras de Moreno traducían, en clave propia, el empuje que está mostrando lo que el periodista mexicano Sergio González Rodríguez denomina la «securocracia» global, desde la que los espacios cotidianos, y la ciudad como máxima expresión de la vida ciudadana, se conciben como el nuevo centro operativo sobre el que desplegar una lógica militar. A partir del control de calles y multitudes o el uso de equipamiento bélico, el «urbanismo militarizado» implica, en palabras de González Rodríguez, que las «ciudades sean reducidas y vistas como un campo de guerra tan real como potencial» donde el ciudadano se convierte en amenaza y blanco objetivo.
Tras el 11S esta estrategia de defensa, complementaria al State Homeland Security Program (SHSP), se denominó en EE. UU. Urban Areas Security Initiative (UASI), cuyas consecuencias se harían especialmente visibles tras los disturbios de agosto de 2013 en Ferguson (Missouri). Con su despliegue de tanquetas y vehículos antiminas, rifles de asalto y binoculares de visión nocturna, la multitud de testimonios gráficos que circuló por medios de información y redes sociales puso de manifiesto la fluidez con la que, a ojos de la autoridad, el ciudadano (nuestro, nacional) ha intercambiado roles con el terrorista (exterior, ajeno), deshaciendo la tradicional frontera entre «nosotros y los otros».
Si aquello que Foucault bautizó como «biopolítica», es decir, las medidas destinadas al control de la población mediante leyes, prescripciones y castigos físicos, alguna vez se disfrazó con lo que Deleuze afirmaba que había tomado el testigo, la «sociedad de control» que conquistaba por vía de la seducción tecnológica, las últimas revelaciones con nombre de Assange o Snowden alumbran la combinación de ambas. Aunque dudemos de que se trate de una novedad (Chesterton lo desmentiría), lo que comienza como persuasión, espionaje masivo y control de la información, termina con medidas extensivas de represión violenta.
¿De qué modo los controles de un aeropuerto avanzan las medidas de seguridad en calles o plazas?, ¿cómo se traduce la disposición de una celda de castigo o el panóptico carcelario en las manifestaciones más habituales de nuestras vidas? Las preguntas que provoca el trabajo de Ross muestran una sutileza que no exhiben las imágenes con las que nos topamos día tras día, donde la imposición de un espacio sobre otro ha normalizado el asesinato extrajudicial, el desahucio, las cargas sobre quienes elevan la voz, los infiltrados en manifestaciones o las peticiones de permiso a quienes dialogan en una plaza o reúnen firmas. La asepsia de las instantáneas de Ross, que excluyen sistemáticamente la figura humana, las preserva de ese extra de obscenidad que rodea al abuso de poder.
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El Risitas es Hitler
Sergioski02que raro estas al otro lado, no?
Aunque parezca extraño nos congratulamos de ello. No, Juan Joya Borja «El Risitas», ídolo social y protegido de esta revista, no ha abrazado la caduca y desquiciada ideología nacionalsocialista.
El Risitas se ha convertido en The Next Big Thing en la internet mundial desde que Wired, una de las publicaciones más potentes de este universo y de otros paralelos, lo haya situado como protagonista de memes en forma de vídeo.
¿Recuerdan a Hitler en la ínclita escena de El Hundimiento?
Pues ha llegado una nueva era. En ella, el gaditano será el protagonista de todas las parodias chanantes de la red, ya sea en España o fuera del país.
El Risitas se estrena a lo grande [no, no se estrena, como nos dicen en los comentarios], analizando el lanzamiento del nuevo portátil de Apple, el MacBook 12”. Este es el vídeo y, a partir de aquí, solo queda la inmortalidad.
Este post El Risitas es Hitler, escrito por David Garcia, se publicó originalmente en Yorokobu.
La botella de vino con un mensaje… por fuera
La escena se repite cada día en las licorerías y vinotecas de toda España. Un chico o una chica entran nerviosos, miran las mil y una botellas que se alzan tras el dependiente -que en mi mente lleva coleta y tatuajes, dicho sea de paso- y, con un hilillo de voz casi imperceptible susurra: «¿Me das un vino que esté rico por menos de 10 euros? Es que tengo una cena esta noche». Ay, el amor, amigos.
Cuando el diseñador Albert Virgili explica cómo surgió la idea de crear botellas de vino como 50 Reasons y 30 Wishes, apela a ese proceso que nos lleva hasta el mostrador de las enotecas. «Me puse a pensar qué buscamos cuando compramos vino. La clave era ponerse en la piel de quien entra a comprar una botella. Me pregunté: ¿cuándo y por qué va una persona normal a comprar vino en una tienda? Hice una lista de posibles razones».
La solución estaba ahí, en la propia lista. 50 Reasons ofrece 50 motivos para comprar una botella de vino, en este caso, blanco. «Tú mismo escoges la que más te guste», dice Virgili.
El diseñador señala que el packaging que ha creado está enfocado claramente hacia un vino para regalar y, aunque señala que el diseño y el concepto son suyos, valora mucho «que el cliente tenga los huevos de sacarlo adelante. Eso se lo debo todo a Derrick Neleman, mi cliente, y ahora también mi colega», explica

La lista de motivos que se citan en el verde cristal de la botella es capaz de abarcar una buena cantidad de contingencias que van del «he ganado la lotería» al «estamos vivos» pasando por las celebraciones clásicas y las no tan clásicas como la de porque «soy el elegido» (hola, Mourinho). «Al principio los motivos y razones que aparecieron eran los más básicos: Navidad, San Valentín, cumpleaños, etc. Pero claro, me fui animando y se me fue un poco la olla. Puedes desear un feliz ataque de los OVNIS, un feliz bautizo de yate, o simplemente decir que la has cagado».
El paquete incluye un rotulador marcador de color blanco para llegar a la cita con los deberes hechos y el motivo elegido.

50 Reasons es un blanco orgánico que ya se vende en los Países Bajos, Alemania y Suecia. En poco tiempo comenzará a comercializarse en Bélgica, Reino Unido y España. Se trata de un proyecto creado por el ya mencionado Derrick Neleman y por Diego Fernández Pons en la Comunidad Valenciana.
El tinto que forma parte del mismo proyecto se ha bautizado como 30 Wishes y, como cuenta Albert Virgili, «es una especie de mensaje en una botella. Eliges el destinatario, tu deseo y tu firma. Lo que mola es que las combinaciones pueden ser surrealistas. Por ejemplo: Querido secuestrador, te deseo una feliz Pijama Party. Firmado: tu amante».
Tampoco es que hagan falta muchas excusas para descorchar una botella de vino. Sin embargo, si la indecisión acerca del motivo era una, el problema acaba de ser resuelto.








Este post La botella de vino con un mensaje… por fuera, escrito por David Garcia, se publicó originalmente en Yorokobu.
Los países postsoviéticos como nunca los viste antes
Lo que somos y lo que nos gustaría ser. El futuro se vuelve una masa pringosa cuando buscamos nuestra identidad detrás de cada esquina. Frente al espejo no se libra nadie: personas, animales y cosas. También ciudades, países y regiones enteras.
Hace dos años, los creadores de The Calvert Journal, quisieron poner bajo la lupa a Rusia y a sus vecinos exsoviéticos a través del arte. En voz baja, se preguntaron para ellos mismos y para el resto del mundo: ¿quién es ahora el que fue el gran gigante rojo del siglo XX? Y crearon una web donde ensayaron respuestas en forma de cuadros, fotos, vídeos y reportajes que indagaban su realidad y la mostraban. Todo era exótico, peregrino, una intrusión a la monotonía de internet. Y al poco llegó la repercusión: las visitas se empezaron a contar por miles –muchos curiosos miraban desde Occidente- y decenas de artistas locales hacían cola para compartir su trabajo y contribuir a deshacer el entuerto.
«Sentíamos que no estábamos representados, que no se nos entendía. Estábamos cansados de cómo nos dibujaba la mayoría de los medios», dice Igor Zinatulin, que es parte de la Calvert 22 Foundation, la organización que aglutina a The Calvert Journal y otras iniciativas similares.
Zinatulin habla hoy desde Barcelona; acaba de llegar de Moscú para dar una conferencia en el Internet Age Media Weekend. Cuando presenta el proyecto en el congreso dice: «Somos una guía de cultura contemporánea del nuevo este: el mundo postsoviético, los Balcanes y los principales estados socialistas de la Europa central y del este». Está financiado por su abanderada y fundadora Nonna Materkova y por el banco ruso VTB Capital.
El ruso viste pantalón pitillo, camisa y bambas, como el 90% de los ponentes del congreso. No apesta a vodka ni tiene cara de malo o de mafioso, que son algunos de los clichés de los que quiere despegarse la nueva generación de la exzona comunista. Pero aunque se sacuden con fuerza, no siempre consiguen recomponer el retrato que de ellos circula por ahí.
«Los videos virales y los memes disparatados están transformado la reputación internacional de Rusia. Están resucitando su imagen como territorio de excesos, de extremos despóticos y libertad irracional», dice en la web uno de los trabajos de The Calvert Journal. Las fotos que acompañan al texto son elocuentes: un oso saca la cabeza por la ventanilla de un taxi en Bielorrusia, una mujer madura posa sexy sobre una alfombra junto a un pez gigante, y una versión doméstica de Rambo muestra un joven con un Kaláshnikov en una mano y una aspiradora en la otra. «En internet, Rusia ya no es más el antagonista de Occidente», dispara un autor, «más bien es su hermanastro medio trastornado».
En el otro extremo, The Calvert Journal es el escaparate de creaciones más sofisticadas sobre música, arquitectura o tecnología. Y descubrirlas es asomar la cabeza a un mundo raro. Su visión se descose siempre de lo convencional para ofrecer una hilacha nueva, radiante: un clic y suena la música electrónica sobre el fondo blanco de Siberia. Otro clic: la arquitectura se lee bajo clave estalinista. Clic. Videojuegos patrióticos que transforman la Plaza Roja en píxeles de colores.
«Muchas propuestas buscan sus raíces en el pasado, pero no en la historia reciente, sino en los siglos XVIII o XIX. Se saltan el período comunista y buscan referencias remotas», dice Zinatulin. En la web le dan la razón: un video filma con estética religiosa- samurai las prendas del diseñador de moda en Moscú Asiya Bareeva y varios de los nuevos chefs despliegan su creatividad reivindicando la gastronomía presoviética. Por ejemplo.
Pero sí, los menos amnésicos también existen. Y miran los últimos años convulsos con cierta melancolía. Enfocan en las pérdidas: en los mosaicos que adornaban las ciudades (y que hoy sucumben ante el candor de grafitis y vallas publicitarias), en los cines-teatro convertidos en ruinas de hormigón, o sobre localidades enteras que duermen en el olvido capitalista (como la ciudad minera de Svalbard, que retrató el fotógrafo Ville Lenkkeri en el ártico noruego).

Foto de Vladimir Shipotilnikov extraída del artículo Party pieces: admiring Kiev’s utopian socialist mosaics, before they disappear, Calvert Journal
Otros artistas se encargan de escrutar cómo son las cosas ahora. Hace cincuenta años, la posibilidad de este presente hubiera hecho morirse de risa a cualquiera, pero hoy algunos postsoviéticos valientes se miran a los ojos para reconocerse y encontrarse. Y de nuevo The Calvert Journal recoge un muestrario: en sus posts las imágenes observan cómo se relacionan los diferentes miembros de sus familias, cómo los intelectuales entran en la dinámica del consumo o invitan a una tropa de artistas a inmortalizar la metamorfosis.
Y hay todavía otros: los que miran hacia adelante. El foco está en las innovaciones, en lo indie, en los videos y la modernez. Son los más jóvenes, los que ocupan el siglo XXI en cuerpo y alma. Se mueven rápido, entienden de tecnología y, como Zinatulin, dominan el inglés; sus creaciones son alaridos que se lanzan al cuello con genialidad y fibra.
En su papel aglutinador, eso es lo que reivindica The Calvert Journal: «Somos originales y somos buenos», dice Zinatulin, que salta como un alambre cuando, de nuevo, mira hacia afuera: «¿Por qué el arte de calidad tiene que salir solo de Nueva York, de Barcelona o de Londres?».
La identidad de un país, pareciera, también se moldea a base de comparación: descubrimos quiénes somos por contraste.
(Foto portada: Rebecca Litchfield extraída del artículo Beauty and the east: allure and exploitation in post-Soviet ruin photography de The Calvert Journal)
Este post Los países postsoviéticos como nunca los viste antes, escrito por Ana Claudia Rodríguez, se publicó originalmente en Yorokobu.
Cine de cartón
Minúsculas escenas de la vida y del cine recreadas en cartón dentro de rollos de papel higiénico. En un rollo, Australia; en otro, un día en un parque; en otro, Bruce Lee patea la cara de Kareem Abdul Jabbar en Juego con la muerte. Así, hasta sesenta y siete momentos.
Es la obra de la parisina Anastassia Elias contenidas en el libro Roleaux (2012): creaciones que surgieron, según la autora, de la necesidad de reciclar lo que cae en sus manos.
Entre las esculturas de papel, me llaman la atención las que tratan del cine y sus personajes.
ESTRELLAS Y VAQUEROS

En un rollo, la impúdica starlette que entretiene a los fotógrafos en Cannes. Al fondo, la escalera de piedra entre la playa y el muelle o quizá la alfombrada escalera del Palacio de Festivales de Cannes.

Los cowboys podrían ser Jonh Wayne y Montgomery Clift en Río Rojo o Jonh Wayne y Dean Martin en Los cuatro hijos de Katie Elder (The Sons of Katie Elder) o John Wayne y… Sean quiénes sean la pareja, componen una imagen icónica del western.
LOS PÁJAROS

Es la escena quizá más famosa de Los pájaros (The birds): los escolares huyen del ataque de las aves con una Tippi Hendren agarrando el bolso con la izquierda (igual que en la secuencia diseñada por Hitchcock).
METRÓPOLIS


Anastassia Elias elige de Metrópolis al científico mostrando el robot femenino al empresario dictador. El científico tiene sobre la cabeza una bombilla —que no aparece en la escena— en clara alusión a las ideas.
MI TÍO


Como francesa, Anastassia Elias no olvida un homenaje a Jaques Tati. Monsieur Hulot en Mi tío (Mon oncle) con su gabardina y su paraguas, en la mansión moderna de su cuñado (que está al fondo, bajo la puerta).
JUEGO CON LA MUERTE


La artista alcanza la mayor precisión con Juego con la muerte (Game of Death). El rollo recrea el enfrentamiento entre Bruce Lee y Kareem Abdul Jabbar (pívot de Los Ángeles Lakers).
EL CHICO

Charlot cogiendo la mano al protagonista de El chico (The Kid) es un final feliz: el vagabundo lleva el bastón con la derecha: se aleja con el niño como remarca la cámara cinematográfica. No siempre ha conocido Charlot un final feliz. Este rollo es metacinematográfico (cine que habla del cine): nuestro visor de cartón enfoca la grabación de El chico.
Podríamos distraernos horas con las creaciones de Anastassia Elias. Nos recuerdan aquellos tiempos en los que jugábamos a ser piratas con catalejos de papel o de cartón. Acotábamos la realidad a través de un tubo y nos creíamos poderosos.
Este post Cine de cartón, escrito por Javier Meléndez Martín, se publicó originalmente en Yorokobu.













































