No recuerdo cómo conocí xkcd. Desde que internet es la vía por la cual llegamos a la gran mayoría de nuestro consumo cultural los orígenes de nuestros gustos se han vuelto más difusos. Me acuerdo perfectamente del primer casete que me pasó un amigo con el Agila. O cómo me decidí al fin a coger Memorias encontradas de una bañera de una de las estanterías de libros de mis padres. Sin embargo, me resulta imposible fijar cuándo las figuras-palo de Randall Munroe se cruzaron por primera vez en mi timeline, en mi muro, en mi correo electrónico. Pero eso no ha impedido que se convierta en una parte más de mi universo constante de referencias. Y del de millones de personas a lo largo y ancho del mundo.
Munroe no es dibujante. No es guionista. Ni escritor. Ni periodista. Randall Munroe es un físico nacido en 1984 que trabajó para la NASA hasta que un buen día no le renovaron el contrato. En sus ratos libres y en los márgenes de las libretas dibujaba cosas. En un momento dado empezó a subir los dibujos a internet, a una web cuyo dominio está (según él) expresamente escogido para que sea una combinación de letras impronunciable. Del principio se cumple este mes una década: los dibujos gustaron. Lo suficiente como para conseguir millones de visitas mensuales y una comunidad de fieles sin par en el mundo de los webcómic. Ya lleva más de mil quinientas viñetas, amén de una nueva sección llamada «What if?» donde responde de manera meticulosa, científica a la par que humorística a preguntas de los lectores que solo se pueden definir con un ejemplo: «¿Y si hubiese una tormenta que concentrase toda el agua de su lluvia en una sola gota gigante?». Un libro recopilando las mejores cuestiones y añadiendo un buen puñado de inéditas fue publicado en marzo en España, amén de en otros muchos países. Es el segundo en su haber. Y está preparando el tercero.
Y sin embargo, cuando uno se aproxima a xkcd y comienza a revisar todo el contenido, el porqué de su éxito no es evidente. Sí, su manejo de referencias culturales y en torno al mundo de la ciencia es excepcional. Desde luego, es hábil otorgando carácter a personajes sin nombre y sin repetición (normalmente) de tira a tira. Efectivamente, es capaz de hablar el lenguaje de una generación entera, la suya, la mía. Pero todos estos elementos son relativamente comunes. Debe haber algo más para convertir a xkcd en el webcómic de referencia. Y lo hay. Es algo que se le nota sobre todo cuando habla de amor (lo hace mucho), de la amistad o de cuestiones igualmente cotidianas: una total ausencia, un rechazo frontal incluso, del cinismo.
El propio Munroe define xkcd como un cómic que habla sobre «romance, sarcasmo, matemáticas y lenguaje». Efectivamente, el autor aborda el sarcasmo. Pero no hace del sarcasmo una palanca con la que impulsar sus ideas. De hecho, el mejor trato que hace del mismo es ignorarlo de manera casi constante.
En su celebrado ensayo de 1993 E Unibus Pluram: Television and US Fiction, David Foster Wallace disecciona el rol de la televisión en la construcción de la narrativa estadounidense contemporánea. «La televisión ayudó a legitimar la ironía no solo como un instrumento literario, sino como una respuesta sensata a un mundo poco realista», dice. El cinismo, el sarcasmo es la alternativa por defecto ante cualquier estímulo abstracto para una infinidad de mentes (que podrían llegar a ser) brillantes. Pero quien lo emplea se arroga la razón de manera implícita, se coloca en un plano superior al de sus interlocutores, y se da por vencedor sin esperar a que nadie le aplauda. Como apuntó el mismo Foster Wallace en una entrevista, la ironía es irrevocable en cualquier intercambio, sea una discusión en tiempo real o una contraposición de textos, imágenes, argumentos en un contexto más amplio:
Lo bueno de la ironía es que disecciona las cosas, se pone sobre ellas de manera que podemos ver los fallos e hipocresías y dobles juegos (…) Sarcasmo, parodia, absurdismo e ironía son magníficas maneras de arrancar la máscara a las cosas y de mostrar así la poco agradable realidad que esconden. El problema es que una vez las reglas han sido expuestas, una vez las desagradables realidades que diagnostica la ironía, entonces qué hacemos.
Foster Wallace consideraba que la respuesta había sido convertir la ironía en un objetivo, en una «medida de sofisticación». Demasiado a menudo nos encontramos con ejemplos que confirman la validez de esta opinión. Sea en política, cine, música, gastronomía, literatura, viajes, moda, divulgación científica, fotografía o cultivo de huertos urbanos. La actitud de «sí, ya» es tan común que ni siquiera nos sorprende ni nos escandaliza cuando se emplea contra argumentos bien construidos en discusiones del día a día. De hecho, ni tan solo nos damos cuenta de cuándo la estamos utilizando nosotros mismos. Y nos da igual que después no venga nada. La práctica totalidad de mis discusiones en la cafetería de la universidad durante los cinco años que duró mi carrera siguieron esa misma dinámica, y me entristece un tanto recordar que yo participaba de ella. Hay series, películas, discos, ensayos enteros dedicados a explicarnos que no sabemos de qué va el mundo, que ellos sí. Pero que mejor si nos entretenemos todos un rato revolcándonos en un puñado de metarreferencias bien escogidas que, aparentemente, solo nosotros entendemos.
Hacia la mitad del ensayo Foster Wallace cita un pasaje de Ruido de fondo, de Don DeLillo. En él, uno de los protagonistas reflexiona sobre lo absurdo del siguiente hecho: un montón de gente se dirige a fotografiar un granero que está anunciado como «EL GRANERO MAS FOTOGRAFIADO DE AMÉRICA». El supuestamente agudo personaje afirma que estar allí no es sino formar parte de una percepción colectiva. «They are taking pictures of taking pictures», sentencia. Pero Foster Wallace considera que la intención de DeLillo es parodiar a este personaje, afirmando que los pobres turistas no son necesariamente más merecedores de ridículo que el propio observador.
La tira «Photos» de xkcd es prácticamente un calco. Munroe hace decir a su protagonista: y a ti qué te importa cómo disfruta un atardecer el resto del mundo. Y qué te importa cómo disfruta un granero el resto del mundo. Si no tienes nada que aportar que realmente vaya a mejorar la vida de algunas personas, de qué sirve tu perorata.
Todos nos hemos encontrado en una situación parecida. Tal vez incluso la hemos protagonizado. De hecho, la postura del señor con sombrero se ha convertido casi en un arquetipo de lo que debe pensar una persona elevada. De hecho, en La vida secreta de Walter Mitty, el personaje de fotógrafo salvaje, experimentado, exprimidor de la vida y de todo lo que se ponga por delante que encarna Sean Penn deja pasar una fotografía única solo para disfrutar más del momento. Pero por qué es mejor eso que hacerla. Sencillamente, carece de sentido a no ser que uno decida colocarse en un nivel superior al de los comunes mortales que toman fotografías de cosas únicas solo porque les han dicho que son únicas, y miran así con desprecio a su alrededor. Como hacían tantos y tantos estadounidenses supuestamente bien educados, según Foster Wallace, con la «dieta» media de seis horas de televisión diaria: protestando al mismo tiempo que necesitaban seguirla para poder quejarse tranquilamente.
El internet social ha venido a reproducir la situación. Una de las tiras más enlazadas de Munroe es «Duty calls», donde el protagonista dice que no puede irse a la cama porque debe corregir a alguien que está equivocado. Es fácil imaginar cómo el abuso del sarcasmo desborda la conversación que tiene lugar en la pantalla del hombre palo de la viñeta. Y es fácil porque lo vemos todos los días, a todas horas, en nuestras propias pantallas. Qué raros son los intercambios en, por ejemplo, Twitter, donde dos personas con posturas enfrentadas intercambian argumentos, enlaces y referencias para llegar a un punto de consenso o al menos darse por mejor informadas que antes de comenzar la conversación. Qué habitual es, en cambio, el uso de insultos indirectos, ad hominems, frases de suficiencia, exclamaciones jactanciosas. Algo parecido a esta otra tira. Resulta muy difícil no entrar en esta dinámica precisamente porque uno siente que si no emplea las mismas armas está perdiendo ante su adversario y ante quienes observan. Pero Munroe nos aconseja entre líneas que la mayoría de veces es mejor dejarlo estar, irnos a la cama. Y tiene razón. En otro caso nos confiesa por qué intenta no reírse de la gente que afirma no saber tal o cual cosa: porque enseñar es divertido. Esta actitud tan sencilla recorre la práctica totalidad de su trabajo. Es más ameno, parece querer decirnos, construir información que destruirla, o que levantar barreras en torno a la misma empleando la ironía o cualquier otro mecanismo de separación. Uno se lo pasa mejor. Y ya está.
Es plausible la tentación de acusar a Munroe y a su obra de naíf, de simple incluso. No es necesario ir muy lejos para evitarla. En 2011, el autor comunicó que su compañera sentimental y ahora esposa fue diagnosticada con un cáncer de pecho. Su recuperación nos dejó una de las piezas más tiernas que recuerdo entre viñetas. Pero la experiencia produjo también otras oscuras, donde la esperanza apenas se deja ver. En definitiva, la tristeza, la melancolía o la gravedad se cuelan en ocasiones entre las tiras, dejando poco espacio para una visión ingenua del mundo.
Por otro lado, xkcd es simple en la misma medida en que Calvin y Hobbes lo es. Tanto Munroe como Bill Watterson abren puertas al lector que parecen, que de hecho son simples. El mundo de un niño de cinco años y su tigre de peluche. Unos muñecos hechos con dos líneas que hablan de amor. O de números. O de pedidos por Amazon. Pero una vez uno cruza, la complejidad se despliega de una manera natural. Sin alardes. Sin pretensiones. Y sin que el autor pretenda que tiene una relación especial con aquellos lectores capaces de entender su mundo. El espíritu de xkcd queda resumido en la última tira de Watterson: vayamos a explorar. xkcd es una exploración del universo que Munroe y sus lectores hacen juntos.
El descomunal proyecto que es «Time», probablemente la tira de webcómic más compleja e innovadora jamás creada (dedíquenle un rato: no se arrepentirán), es un ejemplo perfecto del desapego de xkcd respecto a nada que no sea echar un profundo, largo vistazo alrededor. A través de tres mil noventa y nueve frames, autor y lector se adentran casi al mismo tiempo en un mundo desconocido que no lo es tanto. Un debate paralelo de más de noventa y cuatro mil mensajes y una nota en Wired al acabar la historia dan idea del tamaño de la aventura. Porque es eso: una aventura sencilla, directa y humilde donde todos los participantes se sienten en el mismo plano. Donde, como en el resto de la obra de Munroe, no queda lugar para la superioridad, para las dobles lecturas, para la supuesta crítica aguda de algo que después torna vana a la hora de intentar construir una alternativa.
En la entrevista que citaba más arriba, Foster Wallace cierra su opinión sobre el sarcasmo de una manera contundente.
Pocos artistas se atreven a intentar hablar sobre cómo redimir aquello que está mal porque parecerán sentimentales y naíf a todos los «ironizadores». La ironía ha pasado de ser liberadora a ser esclavizante. Hay un gran ensayo en alguna parte que tiene una frase sobre la ironía: es la canción del prisionero que ha acabado por amar su celda.
Afortunadamente para todos nosotros, Munroe jamás ha pisado esa cárcel. Y no parece que tenga intención de hacerlo.
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