Cuando llegué a Estados Unidos en 1996, recién aterrizado y todavía con jet lag, fui a abrir una cuenta en el Citibank más cercano al campus. El trámite parecía rutinario hasta que, al final, el empleado desapareció un momento y volvió con cara de satisfacción con dos gruesas cajas con forma de ladrillo. Las empujó hacia mí con una sonrisa profesional: «Here are your checks».
Dos ladrillos de papel pre-impreso con mi nombre, mi dirección y un número de cuenta, y una oferta para elegir los siguientes con un diseño personalizado. Mi mujer y yo intentamos explicarle que en toda nuestra vida en España, jamás habíamos utilizado cheques para nada. Nos miró con cara displicente, y nos dijo algo así como «trust me, you’ll need them».
Yo venía de un país donde, desde hacía ya varias décadas, todo se domiciliaba en cuenta. En España los recibos de luz, agua, teléfono o colegio se pagaban solos, por domiciliación bancaria, sin fricción y sin pensar demasiado. Los cheques existían, sí, pero como algo casi exótico, reservado para operaciones puntuales y bastante formales. Aquello de que mi «banco moderno» en el que era supuestamente «el país más avanzado del mundo» me regalase dos cajas de cheques me pareció una broma pesada, una especie de «bienvenido al pasado». Mi mujer y yo salimos de allí con la sensación de que alguien nos estaba tomando el pelo.
Un mes después, los que nos estaban tomando el pelo eran, en realidad, los buzones. De repente empezamos a recibir facturas de todo tipo por correo físico, en papel: electricidad, teléfono, seguros, servicios varios. Cada una venía con su sobre de retorno y sus instrucciones: rellene el cheque, fírmelo, métalo en el sobre, péguelo, búsquese un buzón de USPS y confíe en que nadie robe su carta por el camino. Era como un experimento de viaje en el tiempo: de un entorno en el que la banca había automatizado la vida cotidiana, a otro en el que la primera potencia mundial funcionaba, en la práctica, como una economía de papelitos firmados a boli. Sinceramente, alucinamos. El mito de la modernidad de los Estados Unidos ya no pasó de ahí: nos dimos perfecta cuenta de que nos habíamos ido a vivir a un país mucho más antiguo y vetusto que el nuestro.
Durante años, aquella anomalía formó parte de mi vida allí. Pagábamos facturas escribiendo cheques, y el sistema bancario estadounidense se apoyaba en una infraestructura complejísima para mover, compensar y liquidar pedacitos de papel. Mientras en Europa hablábamos de SEPA, de transferencias instantáneas y, más tarde, de pagos móviles, en Estados Unidos una buena parte de la economía seguía dependiendo de que un cartero no perdiese un sobre.
Es por eso que lo que está ocurriendo ahora, más de treinta años después, tiene algo de ajuste histórico. En apenas unos meses, Estados Unidos se ha puesto a desmontar dos piezas simbólicas de su viejo sistema de pagos: el centavo y el cheque en papel. El 12 de noviembre de 2025, la US Mint acuñó en Filadelfia el último centavo en circulación, poniendo fin a más de 230 años de producción continua de la moneda de un centavo, fundamentalmente porque fabricarla costaba casi cuatro centavos, generaba pérdidas de decenas de millones de dólares al año y ya no tenía ningún poder adquisitivo.
Al mismo tiempo, el gobierno federal ha decidido apagar, por fin, la máquina de los cheques. La Administración de la Seguridad Social anunció el 30 de septiembre de 2025, que dejaría de enviar cheques en papel para las pensiones y otras prestaciones, dentro de un plan para digitalizar todos los pagos federales. Más del 99% de los beneficiarios ya cobra por vía electrónica, los cheques físicos quedan como un residuo que afecta a unas pocas centenas de miles de personas, menos del 1% del total, para las que se ofrecerán excepciones muy concretas (personas muy mayores, sin acceso bancario o con discapacidades severas).
La foto completa no es sólo la de una administración que se moderniza, sino la de unas infraestructuras que empiezan a desmantelarse. El propio Consejo de la Reserva Federal ha publicado una solicitud de comentarios en la que plantea abiertamente qué hacer con los servicios de compensación de cheques que presta a bancos y cooperativas de crédito, y entre los escenarios incluye desde mantener e incluso modernizar esas infraestructuras, hasta reducirlas significativamente o «winding them down», es decir, dejarlas morir de forma ordenada. Cuando el árbitro del sistema de pagos se plantea si seguir ofreciendo un servicio, la señal para el mercado es clara: el futuro de ese instrumento es completamente inexistente.
Los datos acompañan ese diagnóstico. Según la propia Reserva Federal, en 2021 se firmaron unos 11,000 millones de cheques en Estados Unidos, alrededor del 5% de las operaciones de pago no en efectivo, pero concentraban aproximadamente el 21% del valor de todas esas transacciones, lo que indica que el cheque sigue siendo el vehículo preferido para pagos de importe elevado entre empresas, alquileres, servicios profesionales, etc. Es decir: ya no es el instrumento del ciudadano medio para pagar la luz, pero seguía pesando mucho en el «tejido duro» de la economía.
Si miramos a los consumidores, el panorama es todavía más evidente: el Banco de la Reserva Federal de Atlanta, en su blog «Take On Payments«, analizaba recientemente los datos de la Survey and Diary of Consumer Payment Choice. En 2024, más del 90% de los encuestados declaraba preferir «cualquier cosa menos un cheque» para pagar sus facturas; solo el 6% lo seguía utilizando. El porcentaje de facturas pagadas con cheque cayó del 19% al 7% entre 2020 y 2024, mientras que las transferencias electrónicas desde la banca online y las tarjetas (débito y crédito) se repartían prácticamente todo el crecimiento. Los cheques, además, eran valorados como uno de los peores instrumentos en conveniencia, velocidad y seguridad: solo el giro postal salía peor parado en facilidad de uso, y solo el efectivo era percibido como menos seguro.
Es decir: el consumidor medio estadounidense llevaba ya tiempo votando con los pies contra los cheques, pero el sistema se resistía a soltar ese cordón umbilical con el pasado. La resistencia no era solo cultural, sino económica: en un país donde buena parte del negocio bancario y de los grandes emisores de tarjetas se sostiene sobre comisiones e interchange fees, los cheques ofrecían una combinación peculiar de coste, fricción y control que muchos actores conocían bien y estaban poco interesados en substituir por algo más transparente y competitivo.
A esa resistencia se le ha sumado un factor que, visto desde fuera, roza el esperpento: la explosión del fraude asociado al correo. La combinación de cheques en papel que viajan por el sistema postal y un aumento generalizado de la criminalidad ha llevado a una auténtica epidemia de robo de correo, asaltos a carteros y manipulación de cheques. El FBI y el Servicio Postal estadounidense llevan meses advirtiendo de que los informes de actividad sospechosa vinculados a fraude con cheques casi se han duplicado entre 2021 y 2023, y que en apenas seis meses se detectaron operaciones sospechosas por unos 688 millones de dólares asociadas a cheques robados del correo, alterados o falsificados.
Cuando uno piensa en lo que implica este cuadro, la imagen se vuelve casi caricaturesca: una sociedad que presume de ser la vanguardia tecnológica global, en la que empresas como Apple, Google o Stripe definen el futuro de los pagos digitales, pero donde todavía hay personas rellenando un trozo de papel con bolígrafo, metiéndolo en un sobre, confiando en un buzón metálico en la esquina, y cruzando los dedos para que ni el sobre ni el cartero acaben en manos de una banda organizada.
Desde la perspectiva de alguien que llevaba décadas domiciliando recibos en España, aquello siempre me pareció una anomalía gigantesca, un fallo sistémico disfrazado de tradición. No era solo una cuestión de comodidad: era un problema de eficiencia, de seguridad y de inclusión financiera. En un sistema basado en cheques, quien no tiene dirección postal estable, quien no controla bien los plazos, quien no entiende la letra pequeña de su banco, se queda sistemáticamente atrás. Paradójicamente, la transición hacia pagos electrónicos también tiene sus víctimas potenciales: los mismos colectivos vulnerables que antes sufrían con los cheques pueden ahora verse excluidos si no tienen acceso a cuentas bancarias, dispositivos o conectividad, como advierten diversas organizaciones y medios al analizar el fin de los cheques federales.
La eliminación del centavo encaja en la misma lógica: deshacerse de un vestigio físico caro, ineficiente y casi simbólico de otra época. Mantener durante años una moneda que costaba hasta 3.7 céntimos producir, para representar un céntimo de valor, solo se explicaba por una mezcla de inercia política, lobby sentimental y miedo al ajuste de precios mediante redondeo. Que se dé ese paso al tiempo que se cuestiona la continuidad de los cheques no es casualidad: forma parte de una misma reconsideración sobre qué infraestructuras de pago tiene sentido mantener en la era de las transferencias instantáneas y los wallets en el móvil.
¿Significa todo esto que Estados Unidos, por fin, se «europeiza» y aprende en materia de pagos? Solo en parte. La transición no es hacia un modelo público y estandarizado de transferencias como el SEPA europeo, sino, en gran medida, hacia un ecosistema dominado por redes privadas (tarjetas, apps P2P, plataformas de big tech) y por un nuevo canal público, FedNow, que todavía está en su más tierna infancia. La desaparición del cheque y del centavo no garantiza, por sí sola, un sistema de pagos más justo, barato o competitivo; simplemente elimina dos artefactos ridículos que ya eran difícilmente defendibles.
Pero en fin, al menos rompe la ficción de modernidad que convivía con prácticas casi medievales. Cuando recuerdo aquellas cajas de cheques que me entregaron en 1996, y las comparo con la idea de que el Tesoro ya no acuña céntimos porque son un agujero económico, y que la Seguridad Social estadounidense deja de enviar papel porque es inseguro y carísimo, tengo la sensación de asistir al cierre de una especie de paréntesis histórico. Durante décadas, la «primera potencia mundial» sostuvo un sistema de pagos doméstico que, desde Europa, parecía un extraño híbrido entre el lejano oeste y la oficina de correos de principios del siglo XX.
El verdadero reto empieza ahora. Eliminar cheques y céntimos es relativamente fácil: construir un sistema de pagos que no reproduzca las rentas de las grandes redes de tarjetas, que integre de verdad a los no bancarizados y que reduzca la dependencia de un correo en crisis es bastante más complicado. Estados Unidos puede, por fin, empezar a parecerse a un país mínimamente moderno cuando hablamos de cómo se pagan las facturas. Falta ver si aprovecha la oportunidad para ser algo más que eso: para rediseñar su sistema de pagos de manera que sea no solo digital, sino también más abierto, más competitivo y menos propenso a que, dentro de treinta años, miremos atrás y nos preguntemos, otra vez, cómo diablos era posible que todo aquello funcionase así.
This article is also openly available in English on Medium, «When the superpower ran on paper slips: the long goodbye to cheques in the US«