En tiempos de incertidumbre social y económica, las evaluaciones de desempeño rigurosas vuelven a estar de moda (Spiegel). Para muchos directivos en Estados Unidos 2025 se perfila como el año del “bajo rendimiento” (Business Insider).
Mientras no todas las organizaciones han completado el tan proclamado regreso a la oficina, presentado como la solución milagro frente al descenso de la productividad, una pregunta empieza a resonar en edificios corporativos aún semivacíos:
¿Cómo gestionamos a los empleados de bajo rendimiento dentro del equipo?
Sin embargo, el bajo rendimiento rara vez se origina donde las organizaciones creen. Tampoco puede explicarse mediante supuestas distribuciones normales basadas en la curva de Gauss.
El mito del bajo rendimiento individual
La mayoría de los llamados low performers no representan un problema individual, sino un problema sistémico. Roles mal definidos, prioridades contradictorias y una toma de decisiones ambigua generan bloqueos de rendimiento que, posteriormente, se atribuyen erróneamente a las personas.
Cuando las organizaciones reaccionan —como ocurre hoy en muchas empresas— sin un diagnóstico sólido, sin decisiones claras y sin consecuencias coherentes, no solo no resuelven el problema: lo amplifican.
Por qué las empresas crean a sus propios empleados de bajo rendimiento
¿Por qué el bajo rendimiento se individualiza de forma tan sistemática, cuando sus causas son mayoritariamente estructurales?
¿Y por qué quienes “rinden poco” suelen desencadenar respuestas rápidas y severas, cuando el problema es, en gran medida, autogenerado?
El patrón es conocido: bajo rendimiento = fracaso personal.
La realidad organizativa es mucho más compleja.
Conflictos de rol, objetivos incompatibles (velocidad vs. calidad, eficiencia vs. participación), decisiones tardías o poco transparentes generan bloqueos que la dirección suele abordar demasiado tarde y con excesiva dureza. Así se activa una espiral de escalada: el problema se personaliza, el análisis sistémico desaparece y la organización termina colapsando sobre sus propias incoherencias.
En resumen, muchas empresas crean primero a sus empleados de bajo rendimiento y después intentan “corregirlos” a un coste elevado, sin cuestionar el sistema que los produjo.
Qué dice la ciencia sobre el desempeño: un metaanálisis necesario
Ya en 2015, Campbell y Wiernik afirmaban que el desempeño es un sistema multidimensional: rol, contexto, objetivos, recursos, liderazgo, entre otros factores. Desde la psicología organizacional, hablar de rendimiento en términos binarios (alto/bajo) es una simplificación excesiva.
La evidencia muestra que uno de los factores más influyentes es la claridad del rol, estrechamente relacionada con la satisfacción laboral y el rendimiento. Investigaciones recientes señalan que esta claridad puede desarrollarse mediante el job crafting, es decir, la posibilidad de rediseñar el propio rol (Moreira et al.).
En contextos altamente automatizados y con profesionales de larga trayectoria, el liderazgo transformacional resulta especialmente eficaz para sostener la motivación y el rendimiento.
El error estadístico que daña a las organizaciones
La creencia de que el rendimiento sigue una distribución normal no solo es incorrecta, sino organizativamente perjudicial. Metaanálisis clásicos (O’Boyle, Aguinis) han demostrado que el rendimiento laboral sigue una ley de potencia, no una curva de campana.
Esto implica que el rendimiento está sesgado: pocos contribuyen de manera desproporcionada y muchos lo hacen de forma estable. La llamada distribución forzada crea artificialmente un porcentaje de “bajo rendimiento”, generando problemas inexistentes en equipos de alto desempeño y tolerando mediocridad en equipos débiles.
La curva se convierte así en un sustituto simbólico del diagnóstico real:
- En lugar de clarificar roles, se asignan rankings.
- En lugar de analizar causas raíz, se reparten percentiles.
- En lugar de asumir responsabilidad, se esconden decisiones detrás de estadísticas.
El resultado es una falsa diferenciación del desempeño que no refleja la complejidad del trabajo del conocimiento, el liderazgo lateral ni los resultados compartidos.
Cómo gestionar el rendimiento de forma eficaz (y realista)
La investigación es clara: los verdaderos impulsores del rendimiento no son las distribuciones matemáticas, sino expectativas claras y decisiones coherentes.
En la práctica, esto implica:
1. Diagnóstico antes que consecuencia
La pregunta clave no es quién falla, sino qué no está funcionando: ¿la tarea, el proceso, la interfaz, la decisión, el comportamiento?
2. Clarificar el sistema de gestión
Definir prioridades reales, tomar decisiones oportunas y ser transparentes. Evitar la falsa participación cuando no conduce a resultados.
3. Explicitar expectativas
Definir la misión del rol, las expectativas de comportamiento y resultados, y una clara Definition of Done para tareas críticas.
4. Abandonar la “distribución normal”
Especialmente para evitar frases como: “No sabemos exactamente qué es bajo rendimiento aquí, pero tenemos un 30 %”.
5. Desarrollo individual solo tras la claridad sistémica
No hay planes de mejora (PIP), coaching ni feedback eficaz sin un sistema que funcione. Solo entonces pueden establecerse acuerdos de rendimiento y, si procede, consecuencias.
El bajo rendimiento puede gestionarse, pero solo si las organizaciones reconocen primero su propio papel en su creación. Asignar porcentajes arbitrarios de bajo rendimiento —como aspiran a hacer algunas grandes corporaciones— no es la solución.
¿Qué pueden hacer las empresas para mejorar el rendimiento?
Un primer paso es instaurar una retroalimentación accesible, honesta y sin burocracia.
Un segundo, crear un entorno orientado al aprendizaje, donde el desarrollo profesional no sea ni un premio ni un castigo, sino una práctica natural para afrontar retos y encontrar soluciones.
Y, como recuerda Paul J. Zak, autor de La neurociencia de la confianza, todo empieza por una actitud fundamental:
Tratar a las personas como si su potencial ya estuviera ahí, esperando un sistema que le permita emerger.