Si usted habla con Javier Brandoli, es probable que lo pille de mudanza. Este veterano periodista y colaborador de El Confidencial lleva más de una década encadenando países —Sudáfrica, Mozambique, México, Italia, Tailandia— y desde abril de 2025 vive en Nueva York. Ese ir y venir constante responde a una convicción bastante clara: no es lo mismo viajar a un sitio que vivir en él. Y Brandoli, siempre que puede, elige lo segundo.
De ese almanaque casi infinito de experiencias y coberturas nace Carbonara con nata (Viajes al Pasado), un libro que recoge años de periodismo sobre el terreno y cuyo nombre amenaza con provocarle un infarto a su familia italiana. Pero el autor ve en esa supuesta herejía culinaria un ejemplo apropiado. La carbonara tiene una receta reconocible en Roma; fuera de allí, se transforma sin pedir permiso: bacon, guisantes, huevo frito, fideos de ramen… y sí, nata. Y, aun así, todo el mundo cree estar comiendo lo mismo. Y, quizá más importante, cree que lo que tiene delante es la versión correcta.
Brandoli considera que el universalismo de la carbonara es un buen simil de la forma que tenemos de ver y contar el mundo, uno en el que cada uno da por bueno su punto de vista sin preguntarse de dónde sale. Uno llega, mira, interpreta y, casi sin darse cuenta, le añade su propia “nata”: prejuicios, errores, distorsiones. El reto, dice Brandoli, no es evitarlos del todo —eso es imposible—, sino ser consciente de que están ahí. Ese es el terreno en el que se mueve el libro y la conversación de su autor con El Confidencial.PREGUNTA: Dentro de este libro conviven más de 90 viajes y coberturas. ¿Cómo pasas de esa acumulación de experiencias a un hilo conductor que realmente articule un relato y no se quede en una suma de historias?
RESPUESTA: Ese ha sido el gran reto. El libro tuvo siete borradores distintos acabados, y diría que del primero al último hay enormes diferencias. Y justamente el hilo conductor era lo más complicado. Porque ese hilo es lo que yo quería que hiciera que el lector se planteara el mundo desde muchos lados. Que entendiera que una misma realidad —yo lo llevo a temas concretos, la violencia, la pobreza, el sexo, lo que sea— puede tener muchas visiones que a lo mejor uno no se ha planteado, pero que el mundo te enseña.
Y de eso va el libro, de todas esas miradas. Y sí, como escritor, lo más difícil fue encontrar e hilvanar ese hilo.
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Carbonara con Nata. (Editorial Viajes al Pasado)
P: Una de las primeras ideas que planteas es lo complicado que es, como periodista, contar lo corriente. Porque la prensa vive de lo extraordinario, pero la vida de la gente, la mayor parte del tiempo, está dictada por lo ordinario.
R: A mí, como periodista, lo que más me interesa es eso que Unamuno llamó la intrahistoria. Porque creo que muchas veces contamos mal el mundo: lo contamos de arriba abajo, cuando en realidad se entiende de abajo arriba. Por eso, ahora que vivo en Estados Unidos, siento que es la corresponsalía más aburrida que he hecho nunca. Porque al final estás todo el rato pendiente de una agenda que marca el presidente, en este caso Trump, y acabas hablando siempre de lo mismo, de una idea y de una persona. Y creo que se habla muy poco de lo que pasa dentro del país, que es lo que a mí me interesa.
Eso es algo que yo entendí cuando viví en Sudáfrica. Me di cuenta de que había una brecha enorme entre lo que publicaba y lo que vivía. Yo publicaba lo que interesaba a los medios, pero mi vida era otra. En los medios salían la violencia, los problemas políticos, la pobreza… y yo, al mismo tiempo, iba a cenar a sitios estupendos, tenía amigos, hacía vida normal. Incluso entraba en lugares donde te decían que no podías entrar, donde supuestamente había una violencia terrible, y no me jugaba la vida, ni era un héroe, ni iba con antibalas. Entraba a tomar algo, a comer carne en townships como Guguletu, y salía de ahí con total normalidad. Y el libro lo quise construir desde ahí, desde esas voces y esas vidas, para intentar explicar la realidad de otra manera.

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P: Cuando uno abre un libro de alguien que ha viajado, vivido y visto tanto, espera encontrar nuevas certezas sobre el mundo. Pero tu libro va en la dirección contraria y reivindica, por encima de todo, el dudar. Y en un mundo que premia las opiniones tajantes, donde dudar parece una debilidad, ¿cómo defiendes esa posición?
R: Yo dudo. Efectivamente, dudo de todo; el mundo me ha llevado a eso. Cada cosa que digo intento medirla. Eso no significa que promueva el relativismo. Ese relativismo de “todos somos malos, todos somos buenos”: uno te da una colleja, otro te pega catorce puñaladas, y la conclusión es que todos agreden. No, no: hay límites.
Ahora bien, el mundo me ha enseñado a dudar, y la reivindicación del libro es precisamente esa: la duda. Que, como dices, es muy poco sexy, porque la gente quiere certezas. Vivimos en una sociedad que busca constantemente a alguien que le diga qué pensar y, además, hemos acostumbrado a los lectores a dárselo hecho. Yo reivindico el periodismo por encima del activismo. No entiendo por qué tantos periodistas exponen sus ideas políticas por delante de sus textos, cuando sus propios textos deberían estar atravesados por la duda.
P: Hablas de relativismo. Como europeos, tendemos a universalizar ciertos valores —derechos humanos, libertades—. Pero cuando uno viaja, ve que no siempre son exportables. Entonces, ¿usar esos valores como vara de medir es un acto de arrogancia o es, en el fondo, lo moralmente correcto?
R: Entiendo que es dificilísimo posicionarse. Si pienso en ritos que he encontrado —especialmente en el mundo indígena, que quizá es donde más fácil es verlos porque ha sobrevivido en parte a ese gran tsunami cultural y social del colonialismo—, el choque es constante.
Un preso rarámuri que estaba encerrado en una cárcel exclusivamente para indígenas en Guachochi, al norte de México, me decía: “yo estoy aquí por una ley vuestra, no mía”. Él había sido condenado por violar a una chica de 14 años, que a esa edad no puede dar consentimiento. Pero en su comunidad, las relaciones sexuales empiezan cuando una niña se convierte en mujer, es decir, con la primera menstruación.
Ahí hay un debate enorme. Puedes decir “estoy de acuerdo” o “no lo estoy”, pero lo que es evidente es que mi idea de lo que es el sexo, de lo que es la vida o la muerte, no es trasladable sin más a todo el planeta. Pero también tenemos que posicionarnos. ¿Hasta dónde llegamos? Yo no lo sé. Ahí también tengo dudas.
El mito del "buen salvaje" me parece racismo absoluto
P: En tu libro cuentas una anécdota. En un viaje en el que te recorriste Europa y África de punta a punta en coche, encontraste un patrón: llegabas a un país y, casi de inmediato, escuchabas hablar mal del país vecino que acababas de cruzar. Esto, cuentas, pasaba en la mayoría de las ocasiones. La pregunta es: ¿estamos condenados a desconfiar del vecino? ¿Somos tribales por naturaleza?
R: Si soy sincero con lo que he visto en el mundo, creo que el ser humano está buscando constantemente pertenecer a una tribu. Esa tribu puede ser una patria, un equipo de fútbol o incluso un conjunto de ideas. Necesitamos estar con los nuestros, con quienes nos sentimos cómodos.
En el viaje eso nos sorprendió mucho. Yo no lo esperaba, o no era tan consciente. En Tanzania empezamos a reírnos porque nos hablaban fatal de los kenianos. Y ahí nos dimos cuenta de algo: cada vez que alguien hacía una crítica muy dura al país vecino, yo preguntaba: “¿tú has estado allí?”. Y casi siempre la respuesta era no. No habían estado, no querían ir, ni siquiera se lo planteaban.
Así que sí, creo que hay algo muy profundo ahí. Y también creo que es peligroso. Esa lógica de “los míos” frente a “los otros” nos ha llevado muchas veces en la historia al enfrentamiento. Y ahora, con las redes sociales e internet, esa dinámica se está acelerando todavía más.
P: ¿A qué te refieres cuando criticas el "racismo de algodón de azúcar"?R: Yo me siento tan alejado de la xenofobia y el racismo como de ciertas actitudes que a veces tenemos en Occidente hacia otros países. Considerar que lo no europeo es bueno por naturaleza y que somos nosotros quien lo arruinamos es un acto de arrogancia supina. Ese mito del “buen salvaje” me parece racismo absoluto. Si algo me ha enseñado el mundo es que los seres humanos nos parecemos muchísimo. Lo que cambian son las circunstancias, que no es poco, pero son las circunstancias.
Yo, al final, en estos años he sido sobre todo alguien que ha vivido en muchos sitios. Y en todos ellos he entendido que la gente que tenía delante sabía perfectamente cuándo hacía algo bien o mal, que tenía la misma capacidad que yo para tomar decisiones. Nunca pensé que, si alguien me engañaba o me ayudaba, fuera por mi presencia o por ser quien era. Y hay otra idea que a veces escucho y que me llama la atención: es muy probable que haya una proporción muy similar de gente buena y mala —o, mejor dicho, de gente llena de grises— en Manhattan, donde vivo ahora, que en cualquier aldea remota que haya cruzado. Yo, al menos, no he encontrado ninguna diferencia.

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P: Hablando de circunstancias, en la contraportada del libro hay una frase muy lapidaria: “No haces nada, caes de un útero y buena parte de tu vida ya está decidida”. Lo ilustras con ejemplos como el un niño que, con menos de tres años, ya trabajaba ayudando a fabricar ladrillos en Perú. ¿Cómo llegas a esa conclusión tan determinista sin caer en un fatalismo total?
R: Yo creo que es una idea deprimente. Y tampoco tengo verdades absolutas, pero lo que me he encontrado es bastante real. Juan, ese niño de dos años que mencionas, que ya trabaja porque puede caminar sobre los ladrillos sin romperlos y darles la vuelta para que se cuezan, tiene que ser prácticamente un genio para salir de ahí. Y luego estoy yo, que puedo haber sido un bobainas, pero he caído en un entorno que ya me protegía. Fui a la universidad becado, he tenido una sanidad fiable, puedo ir a una comisaría a poner una denuncia y sé que funciona. Y eso buena parte del mundo no lo tiene.
Por eso creo que, cuando uno se para a pensar y reconoce que no ha hecho nada especial, que simplemente ha caído en un determinado útero y ya tenía todo eso de partida, lo mínimo es tener cierta empatía. Porque esa es la gran lotería: el lugar en el que naces. Y si asumimos eso, habrá que intentar compensarlo de alguna manera, aunque sea para reducir un poco esa diferencia.
P: También haces una reflexión bastante inquietante: dices que podrías haber escrito otro capítulo solo con gente corriente que vive en democracias y que, hoy en día, preferiría una dictadura.
R: De hecho, te voy a decir una cosa: llevo diez días en España y ya me lo han dicho tres personas aquí. Creo que parte de lo que está pasando en Occidente es que no somos capaces de entender bien el mundo en el que vivimos ni de valorarlo. Cuando sales fuera te das cuenta de que hace mucho frío, y que libertades que tú das por hechas no lo son en absoluto.
También está esta idea que se está extendiendo: que la democracia es un grupo de partidos políticos inútiles, llenos de gente inútil. Pero esos partidos representan bastante bien lo inútiles que somos nosotros como ciudadanos. No hacen políticos en fábricas aparte para imponérnoslos; salen de nosotros. Porque vivimos en una sociedad muy infantilizada que constantemente está echándole las culpas a otras cosas que parece de las que no forma parte.
En el libro pongo muchos ejemplos de lo que significa vivir en una dictadura, y creo que hay mucha gente a la que se le ha olvidado. Pensamos que, como nuestro sistema no nos gusta, cualquier alternativa puede ser mejor. Creo que tenemos que volver a recordar qué significa vivir en libertad, porque da la sensación de que se nos está olvidando.
"Eso es lo peligroso: que nuestras ideas acaben justificándolo todo"
P: ¿Crees que vivimos en un mundo peor que el de antes del cambio de milenio?
R: Cuando empecé a viajar el mundo era distinto. Internet era muy incipiente, las redes sociales eran casi ingenuas y todo estaba organizado de otra manera. Lo que ha cambiado es que ahora tenemos una capacidad enorme para transmitir ideas muy rápido. Circulan a una velocidad brutal y están generando nuevas patrias. Hay gente en España, en Estados Unidos, en Sudáfrica o en Tailandia que hoy se siente más cercana entre sí por ideas compartidas que por su propio país. Esa idea clásica de patria —“yo soy español”— se está diluyendo.
Lo que también creo es que estamos en un momento en el que se están cayendo ciertos mínimos. Yo, con 53 años, no había visto nunca a presidentes subirse a un atril y humillar o atacar abiertamente a su propio pueblo o a sus propios votantes. Eso lo había visto en dictaduras, pero no en democracias.
P: Mucha gente mira al mundo y ve conflictos constantes. Antes también existían, pero los sentíamos como algo excepcional. Ahora a la sensación de que las ninguna regla importa, y ni siquiera se intenta disimular lo contrario. Es abiertamente la ley del más fuerte.
R: Estoy de acuerdo. Antes había que mentir, como en el caso de las armas de destrucción masiva en Irak. Y dirás: “qué hipocresía”. Bueno, pues por lo menos antes se buscaba que hubiera una excusa, si quieres humana o ética, que era mentira. El problema, claro, es que aquella mentira tampoco tuvo consecuencias. Nadie de los que mintieron pagó por ello. No hubo juicios, no hubo penalización internacional.
Y luego hay otra cosa que me aterra: cómo reaccionamos. Ves una casa derruida, ves cadáveres, ves a dos niños… y dices “qué pena”. Pero se te pasa rápido, porque enseguida aparece la idea de “bueno, es que había que acabar con un mal mayor”. Y eso es lo peligroso. Que nuestras ideas acaben justificándolo todo. Que ante los mismos hechos tengamos juicios distintos según de qué lado estemos.