by Ash Conrad







"Who am I? I'm the Doctor."
James Chapman is a cartoonist who has found a niche by illustrating the words used in many languages for common experiences, such as the sound of frying and the names of Pokémon. We've featured his work extensively at Neatorama.
For his latest project, Chapman shows us what several English-language television shows are called in other languages. A Crazy in the Area sounds like a great name for The Fresh Prince of Bel-Air--possibly better than the original.
Se acerca el XX Salón del Manga de Barcelona y, se nota “en el ambiente”, las editoriales de manga de nuestro país están preparando sus mejores títulos para un mes, en cuanto a novedades, trepidante. Recientemente, la editorial Ivrea, ha anunciado una novedad sorpresa (y es un título “potentísimo”): “Katsura Akira”. Así lo presenta la editorial:
Katsura Akira
de Akira Toriyama & Masakazu Katsura
Tomo único– Seinen – Formato tankoubon chico
Lanzamiento: OCTUBRE 2014
Por primera vez en la historia, dos de los más importantes mangakas de todos los tiempos, AKIRA TORIYAMA y MASAKAZU KATSURA, unen su gran talento para dar vida a KATSURA AKIRA.
La edición será prácticamente idéntica a la japonesa, incluyendo todos sus detalles de lujo y extras: sobrecubierta con detalles en laca brillante sectorizada, guardas y portada interna impresas en tinta plateada, páginas a color, bocetos de la creación de los personajes y una extensa e interesante entrevista a ambos autores. Su precio seguirá siendo de 8 euros.
Las obras incluidas en este tomo son “Sachi-chan Guu!” (one shot publicado en la revista Jump SQ en 2008) y “Jiya” (3 capítulos publicados en la revista Young Jump entre 2009 y 2010). En ambas, el guión corre a cargo de Toriyama y el dibujo, de Katsura.
En la primera historia, Sachie es una niña nada normal, poseedora de una gran fuerza… y de una marca de nacimiento en una de sus nalgas que la avergüenza por su forma de caca. Inesperadamente tanto ella como otro chico llamado Zarido son convocados por unos extraterrestres para derrotar a unos malvados villanos que acechan su aldea en otro mundo, a cambio de cumplirles el deseo que quieran, a elegir de un catálogo muy amplio.
En la segunda historia, Jiya es un miembro de la Patrulla Galáctica que va a la Tierra en busca de su compañero desaparecido. Al llegar se encuentra con una niña pija llamada Kaede, y su chofer, Yukio Kyuonji. Metiéndose en el cuerpo de este último, Jiya investiga el caso de un vampiro que ataca y secuestra a niñas guapas”.
La entrada Novedad de Ivrea: Katsura Akira pertenece a La Casa de EL - Artículos y noticias sobre cómics, cine, series y videojuegos.
The birth of four Cheetah cubs on July 24 at Zoo Basel demonstrates the importance of inter-zoo cooperation and keeper knowledge to help an endangered species reproduce.
Photo Credit: Zoo Basel
On April 24 this year, keepers noticed that instead of spitting at each other through the fence as they normally did, Cheetahs Alima and Gazembe were expressing interest in each other with loud purrs. Alima was rolling on her back, a sure sign that she was interested in a male visitor. The keepers allowed her in with the male and the two immediately began to mate.
Exactly three months later, Alima gave birth to four healthy and lively offspring. The cubs remained behind the scenes with Alima for six weeks. Now that the cubs have access to their outdoor yard, keepers report that the sisters often play until they keel over from exhaustion!
Zoo Basel participates in the European Endangered Species Programme (EEP) to cooperatively manage zoo-dwelling populations of endangered and threatened animals, such as Cheetahs.
Breeding Cheetahs in zoos is notoriously difficult. Female Cheetahs are loners, and it is only during the mating season that they allow a partner to approach. For this reason, the males and females at the zoo are kept in adjacent enclosures, which allows them to leave their scent and potentially arouse interest in each other. If a female Cheetah shows interest in a male, keepers must put them together as quickly as possible. If the animals are separated too early then there may not be any offspring, and if they are separated too late they may become aggressive. Zoo keepers must therefore know their animals well and be able to interpret their behavior.
Cheetahs are classified as Vulnerable by the International Union for Conservation of Nature. There are only about 5,000 remaining in all of Africa. Since 2013, Basel Zoo has supported the Big Life Foundation in Kenya – a successful conservation project for predators in the Amboseli National Park. The Cheetah population in this park has begun to increase again since the project was launched.
See more photos of the Cheetah sisters below.
There’s really only one Aunt Viv.

You know it's real once the earrings come off.
NBC / Via youtube.com

The new "But that's none of my business" meme, perhaps?
NBC / Via therunwaylife.tumblr.com

Look at her serving us with all that '90s tutting realness.
NBC / Via youtube.com

Let's see you try and give face like this, Aunt Viv #2.
NBC / Via youtube.com
SnobA CATIVA DA NANNY.
Venom originally appeared on MyConfinedSpace NSFW on October 11, 2014.

Today at Underwhelming Lovecraft Comic Synopses is the fourth chapter of “Herbert West- Reanimator”, where Herbert gets called out by one of his guinea pigs. Serves ‘em right.
Los hermanos Coen están de vuelta de todo. Pueden permitirse hacer la película que quieran. Si les apetece un western, dirigen un remake de Valor de Ley; que quieren cambiar de registro, realizan A propósito de Llewyn Davis. Su estatus de artistas y directores de culto les coloca en una posición en la que pocos creadores cinematográficos se encuentran.
Por eso todo el mundo pensó que cuando los Coen aterrizaran en televisión lo harían a lo grande. Con un producto a su medida, dirigido por ellos, con su universo trasladado a la pequeña pantalla y en una cadena como HBO. Pero Joel y Ethan han vuelto a sorprender al personal, su primera incursión en el medio no es detrás de las cámaras. Los hermanos han producido una versión de su propio filme, Fargo, dando el beneplácito a que otros creadores revisitaran su historia.
La cadena no ha sido HBO, ni tampoco la pujante AMC, sino FX, que a pesar de productos de calidad como Louie, The americans o Hijos de la anarquía, nunca había alcanzado a sus competidoras.
Algo habría en el guion de Noah Hawley que enganchó a los directores de No es país para viejos, ya que al leerlo solo aportaron un par de líneas de diálogo y chistes, como confesó Hawley a The Hollywood reporter: “Aparte de eso no me dieron más consejos. Me dijeron: ‘Mira, no sabemos de televisión, es tu show. Ve y hazlo”.
Noah Hawley tenía experiencia en series como Bones, pero nada a la altura de Fargo. Los fans del filme original clamaron inicialmente en contra del proyecto, hasta que supieron que sus adorados Coen habían dado el visto bueno y participaban en la producción.
La apuesta no ha podido salir mejor, la crítica se ha rendido a sus pies, ha sido coronada como mejor Miniserie en los premios Emmy por delante de American Horror Story y ha renovado por una segunda temporada. En España será Canal + series la que la emita a partir de mañana.
Fargo ha vuelto a la vida de los espectadores, con más fuerza que nunca y llena de sangre, como la dejaron los hermanos Coen en 1996.
Homenaje a su universo
A pesar de que desde la cadena y sus creadores se hayan empeñado en desvincular la serie de la película, es imposible no pensar en el filme original cuando uno ve el nuevo producto. Sin el título de los Coen esta serie no existiría, como tampoco lo haría sin el universo que han desarrollado los directores en todas sus películas.
Es cierto que la historia de este nuevo Fargo no tiene nada que ver con la original, más allá de este pueblo de Dakota del Norte donde el crimen está presente en sus ciudadanos. Pero no solo es el escenario lo que comparten amba, sino el tono, el espíritu, esa idea de que la estupidez humana nos hace peligrosos, agresivos e incluso asesinos, todo salpicado con un humor negro que contrasta con el rojo de la sangre y el blanco de la nieve. Porque Fargo es violenta, sangrienta y muy divertida, como lo fue en 1996.
Sus creadores han hecho un ejercicio de traslación del espíritu ‘coenesco’ sin prejuicios. Como en el filme los arrebatos violentos son impredecibles, rozan lo patético, como todos los personajes que habitan las casas del pueblo.
Martin Freeman y Billy Bob Thornton actúan de maestros de ceremonias de la serie con sus personajes de Lester Nygaard y Lorne Malvo . El primero un pringado que bebe mucho del William H. Macy del original. El segundo un asesino sin escrupulos y mucho gusto por el caos que parece el hermano travieso del Anton Chirugh, al que dio vida Javier Bardem en No es país para viejos (extraño corte de pelo incluido).
Y las referencias al mundo de los Coen siguen, como ese anuncio de Ruso Blanco (la bebida de El nota en El Gran Lebowsky) que hace acto de presencia en el primer episodio, los carteles promocionales de ambos productos como si fueran obras de punto de cruz, y un gran número de guiños al Fargo original (incluida una Sheriff que parece la hermana pequeña del personaje de Frances McDormand).
Su condición de obra que nace gracias al filme de los Coen se hace explícita en el comienzo de la serie, cuando el mismo cartel que abría la película hace aparición:
“Esta es una historia verdadera. Los acontecimientos representados en este film sucedieron en Minnesota en 2006.En respuesta a las peticiones de los supervivientes, los nombres han sido cambiados. Por respeto a los fallecidos, el resto ha sido contado talmente como ocurrió”.
Justo después, donde el filme abría con un paisaje blanco cegador, la serie comienza con una noche oscura. Una vez reconocida la influencia, mejor comenzar con el polo opuesto.
Por supuesto los acontecimientos que ocurrieron en el filme, y los de ahora en la serie, nunca pasaron. Pero nadie duda de que pudiera haberlo hecho. Todos hemos conocidos muchos Lester y muchos Jerry Lundegaard para saberlo.
Never have I known a love so pure, so uncomplicated. Never will I give myself to another living thing as thoroughly as this man’s pugs have to him, and he to them.
(via Jezebel)
Previously in the world is full of strange and beautiful things
Are you following The Mary Sue on Twitter, Facebook, Tumblr, Pinterest, & Google +?
Fordite, also known as Detroit agate, is old automobile paint which has hardened sufficiently to be cut and polished.[1] It was formed from the built up of layers of enamel paint slag on tracks and skids on which cars were hand spray-painted (a now automated process), which have been baked numerous times.[2] In recent times the material has been recycled as eco-friendly jewelry.[3]
Drink to forget the patriarchy. Only the finest filtered male tears will do.


Thinkstock

Thinkstock

Thinkstock
As novelas románticas sempre acaban ben, dinos Mercedes Pacheco, e, aínda que o pareza, non está a facer ningún spoiler. “A literatura romántica é unha historia de amor que sempre acaba ben”, explícanos. E saber sabe do que fala porque Pacheco é a responsable de Madame Bovary, a última incorporación á lista de librarías especializadas de Santiago de Compostela e a primeira de toda Galicia que se dedica de xeito exclusivo ao xénero romántico. E por romántico non entendemos, non, aos románticos do Romanticismo senón a esas historias de dúas persoas que se atopan, namoran e, como xa sabemos, acaban xuntos e comendo perdices.
O xénero é un dos que máis vende en todo o mundo, España incluída. Non hai que mirar máis que mirar as listas anuais de cifras de ventas que publica a Federación do Gremio de Editores para velo. Se excluímos o criterio novela contemporánea (que cubre tantos xéneros), a romántica é o 2,2% do mercado español do libro, só superado polo 2,4% da erótica (que como sabemos está de moda e que para algúns é unha especie de filla bastarda da romántica). Pero mentres a erótica cae na comparación interanual, a romántica sube. Sen embargo, é a pesar de que o xénero é consumido de forma bastante ampla, non é dos que ten moi boa fama. A novela romántica está unida no mundo dos estereotipos ás portadas tipo Favio e aos textos de mala calidade redaccional. Pero se falades con Pacheco un par de minutos, ela contaravos tantas cousas interesantes que ao final concluiredes que quedarse con iso é moi simplista.
Por unha parte, a industria editorial está coidando cada vez máis aos lectores de romántica. As portadas xa non son o que eran, explícanos, e están coidando moito máis os detalles. “E están coidando moito as traducións”, apunta, ao tempo que están aparecendo editoriais independentes que se dedican só a publicar romántica (e que por suposto fano con mimo). Parten, ademais, dunha situación que calquera editorial podería envexar. Pacheco dinos que os lectores de romántica (ou se cadra habería que dicir lectoras, porque as lectoras – como as autoras – son a maioría) son incriblemente fieis e len moitísimo. Se unha saga lles entusiasma, len todos os libros. E se unha autora os convence, xa ten lector para a vida.
“O xénero estase modernizando”, sinala. “Hai novelas románticas que a ente non identifica como tales”, dinos (e si, bota un ollo con coidado á lista dos últimos bestsellers que liches porque pode que no medio estea unha novela romántica). Xéneros que son material de primeira posición nas mesas de novidades e nas librarías dos aeroportos (ese barómetro do que vende) como as novelas landscape son, en verdade, romántica. “Como en todo, hai libros que están moi ben escritos e libros que están mal”, puntualiza. E se ninguén condena para sempre ao xénero policiaco por unha novela mal escrita, deberiamos facer xusto iso coa romántica?
E que diría aos lectores que aseguran que por nada do mundo lerían un libro de romántica? “Que fagan a proba”, sostén rindo (ela fíxoa!), “pero que non colla calquera cousa. Que busque unha boa autora e un bo título”. Jane Austen é a primeira da súa lista de recomendacións, xa que para moitos é a nai da novela romántica, pero non é a única da súa lista de recomendacións para iniciarse na romántica. Lisa Kleypas ou Laura Kinsale son dúas das autoras que poden ser consideradas clásicos contemporáneos do xénero.
A libraría vende libros en castelán… pero non porque non queira vender en galego. Mercedes Pacheco está á procura de novela romántica en galego para adultos que incorporar ao catálogo, pero polo momento non conseguiu algo que se axuste ao criterio do xénero.
Haber hai autoras galegas de romántica pero publicar publican en castelán. Están, por exemplo, Teresa Cameselle ou Gloria Losada.
Madame Bovary está na rúa Isidro Parga Pondal, que é unha das costas que están nos arredores do Corte Inglés. A súa decoración é, ademais, de aires románticos. A inauguración oficial (con escritores e outros actos) é o sábado 11 pola mañá.
Foto portada Elin B
While it did not set out to rectify the gender imbalance in gaming, Dungeons & Dragons opened the door just enough to let women gamers in. TSR's early efforts to include women explicitly in its fantasy games sometimes did more harm than good, but the foremost rule of role-playing games is that gamers are free to innovate, to vary the system to suit their needs. Both men and women have since used these tools to invent and enjoy their own adventures, both through Dungeons & Dragons and the many games it influenced.Jon Peterson looks at the history of female gamers and how Dungeons & Dragons was so much more successful at getting women to play than earlier war and fantasy games. (For those interested in the early history of roleplaying Peterson's blog may be of interest.)

RANCIOFACTS BARES DE VIEJOS

Una escena de El señor de los anillos: El retorno del rey. Imagen: New Line Cinema / WingNut Films / Sony Pictures.
El suspiro de unas alas cortando el viento, un eclipse fugaz de plumas contra el sol y ocho puñales a la vez hendidos en las entrañas. Muy jodido, estaremos de acuerdo. Una forma de morir terrible.
Este pájaro, el hokioi, lo conocieron nuestros antepasados. Nosotros no lo hemos visto, es un pájaro que ha desaparecido. Pero lo que decían nuestros antepasados era que era poderosa, un ave muy poderosa. Un halcón muy grande. Descansaba en la cima de las montañas, no descansaba en las llanuras. Cuando volaba nuestros antepasados lo veían pero no todos los días, porque moraba en las montañas. Era rojo, blanco y negro. Era un pájaro de plumas negras teñidas de amarillo y verde y un montón de plumas de color rojo en lo alto de la cabeza.
Habría que haberle visto la cara a sir James Hector, geólogo eminente, al escuchar de boca de un maorí esta descripción tan completa del hokioi, un gigantesco pájaro devorador de hombres del que hablaban las leyendas indígenas. Y al resto de naturalistas que integraban la reunión de la Royal Society of New Zealand aquel 14 de agosto de 1872, todos tan europeos y de mostacho tan absurdo como quieran imaginar.
Y eso que el horno estaba precisamente para bollos. Julius von Haast, un científico prusiano, acababa de encontrar en una ciénaga de la región neozelandesa de Canterbury los huesos subfósiles de lo que parecía, a falta de medio esqueleto, un buitre increíblemente gordo. Sin otra referencia que aquella enigmática rapaz gigante de la mitología maorí, la Royal Society intentaba contrastar el hallazgo con la leyenda porque estamos en Nueva Zelanda a finales del XIX, a fin de cuentas. Cosas peores se habían visto.
Y además, literalmente. De hecho, los últimos avistamientos de moas habían tenido lugar en la Isla Sur solo cincuenta años antes, en la década de 1820. Estos pájaros sin alas, endémicos del archipiélago, pesaban hasta doscientos cincuenta kilos y medían hasta tres metros y medio de altura.

Una reconstrucción de un moa realizada por Augustus Hamilton en 1906. Fotografía: Otago Museum (DP).
Hoy no se discute que los últimos ejemplares de moa vivieron en el siglo XV y se cuestiona la veracidad de estos encuentros posteriores, pero en 1870 no. En 1870 el moa causaba furor y los pájaros gigantes eran algo perfectamente creíble.
Siempre que se pareciesen a un moa, claro. Si no se parecían, entonces no.
Por esa razón la declaración que prestó el voluntarioso maorí no movió a ninguna investigación, siquiera una discusión, entre los académicos. La charla derivó seguidamente a otros temas de mayor relevancia —concretamente, se cuestionó el éxito que pudo cosechar el capitán Cook introduciendo la patata en la colonia— y el informe de aquel día se archivó. El documento ni siquiera recoge el nombre del indígena que aportó la descripción del legendario terror alado.
Una auténtica pena, se pueden imaginar. Cuando en 2009 se confirmó la existencia del hokioi, hoy denominado águila de Haast, no hubo nadie a quien agradecer su primera descripción. Quizá fue el último pájaro devorador de hombres que voló sobre la tierra.
Una muerte emplumada
Pájaro gigante, al menos. De los de tamaño más ortodoxo, desde luego que no.
En 1838 una niña suiza de cinco años, Marie Delex, fue capturada por un ave de grandes proporciones, seguramente un águila, en el Valais. Según corroboró el naturalista Félix Pouchet, los restos de la pequeña no se recuperaron hasta varias semanas después, cuando un pastor los descubrió en los Alpes. Y en 1868 un niño de ocho años, Jemmie Kenney, corrió la misma suerte en Tippah County, Missouri, aunque esta vez el pájaro recibió varios disparos cuando remontaba el vuelo y acabó soltando al pequeño. Murió a consecuencia de la caída.

Marie Delex y el águila en un grabado de 1838 (DP).
Aterrador, mucho; enigmático, ni un poco. Las aves de presa cazan, con perdón por la obviedad. Y los ejemplares más voluminosos —con frecuencia hembras— de las especies rapaces más grandes cazan presas a su escala. Por extraordinarios que sean los ataques a seres humanos, no necesitamos involucrar a ningún gran pajarraco de fantasía para explicarlos cuando las víctimas no pasen de los diez o quince kilos.
Y sorpresa: entre el puñado de ataques avalados por la presencia de testigos que han tenido lugar en los últimos dos siglos, la inmensa mayoría han sido a niños pequeños. Entre ellos a Svanhild Hantvigsen, una niña de tres años rescatada de un nido en la isla noruega de Leka en 1932, y a Marlon Lowe, uno de diez que sufrió el ataque de dos grandes aves en julio de 1975 en Lawndale, Illinois, aunque su madre consiguió repelerlo. El famoso ataque a un bebé que grabó un videoaficionado en Montreal en 2012 no cuenta, por cierto. Era un montaje.
Pero no amarre tan rápido los pavos —je—. Aunque la ciencia no haya conseguido documentar el ataque de un pájaro gigante, puede que ninguna criatura abunde más en las mitologías de todo el mundo, desde el Roc en Asia al thunderbird en América o el hoikoi en Oceanía. Han pertenecido a especies híbridas, como las sirenas, los grifones, las esfinges y las arpías, y han tenido nombres propios, como Quetzalcóatl, Piasa, Bar Juchne, Hræsvelgr o Aetos Dios. Y han hecho presa de seres humanos en los cuentos legados por culturas de todo el mundo, desde las africanas a la escandinava. A través de ellas, estos grandes terrores han volado en el Talmud, la Odisea, Simbad el marino o El señor de los anillos.
Están en todas partes, más que cualquier otra criatura mitológica, y haríamos mal en no preguntarnos por qué. En particular después del caso águila de Haast, que la ciencia negó porque era materia de leyenda y luego mira tú lo que son las cosas. Somos humanos, a fin de cuentas, esclavos del aforismo aquel de la piedra con la que se tropieza dos veces. Y leyendas plausibles sobre pájaros gigantes hay más de una. Y de dos.
Escuche esto: en el siglo XII el judío Benjamín de Tudela, un viajero y erudito navarro, refirió en su Libro de viajes la historia de un ave de presa gigante que vivía en algún punto cerca de la India, a la que denominó escuetamente «grifón» y atribuyó la capacidad de levantar hombres del suelo. Y solo un siglo después Marco Polo habló otra vez de estas criaturas en el Libro de las maravillas, aunque especificó que no eran grifones, sino aves semejantes «al águila en la forma de su cuerpo pero de enorme envergadura» y que «los que las han visto afirman sin vacilar que en ningún miembro se asemejan a bestia alguna, sino que tienen solo dos patas como las aves». Le atribuyó la capacidad de acarrear al vuelo no ya hombres, sino elefantes. Y fue muy específico con su lugar de origen: Madagascar.
En Madagascar no hay águilas gigantes, pero ocurren cosas muy extrañas. Una de ellas, por ejemplo, es que los lémures tienen miedo de las aves rapaces y presentan comportamientos que previenen sus ataques, aunque ninguna en la isla caza lémures. Y otra es que en 1994 un biólogo, Steven M. Goodman, descubrió unos huesos subfósiles de águila coronada africana rodeados de huesos de lémures, aunque en la isla no haya águilas coronadas africanas. Unos huesos bastante grandes, por cierto. De hecho, demasiado grandes para pertenecer a esta especie.
Goodman bautizó al animal como Stephanoaetus mahery, águila coronada de Madagascar, en un artículo de Proceedings of the Biological Society of Washington. Incluso cuando era grande —sus alas abarcaban más de dos metros— se ha sugerido que esta ave pudo alcanzar tamaños superiores a los que ilustran los escasos restos de que disponemos hoy, quizá animando las leyendas sobre águilas gigantes que abundan en todo el Creciente Fértil y Oriente Medio. Particularmente la del Roc, de origen persa.

El rapto de Ganímedes, 1635, de Rembrandt; el Roc caza una cría de elefante en una ilustración de Charles Maurice Detmold en The Second Voyage of Sinbad the Sailor,1924; Vishnu a lomos de Garuda en una ilustración india de 1730; y el thunderbird en una piel pintada por nativos americanos antes de 1800, fotografía de Patrick Gries (DP).
Existe una razón de peso para creerlo. De quinientos cincuenta kilos de peso, concretamente.
Son los que presentaba el Aepyornis o ave elefante, el pájaro más grande que conoce la ciencia, también natural de Madagascar. Si el águila gigante malgache se extinguió en torno al año 1500 d. C., como calcula Goodman, coincidió con el declive súbito de estos otros titanes, cuya extinción se desencadenó con la colonización humana de la isla en el siglo IV y se consumó con la llegada de los europeos. Incluso si estos grandes pájaros terrestres no eran la presa cuya ausencia llevó a la extinción de las águilas, entonces es probable que lo fuera el Megaladapis o lémur gigante, un animal que podía alcanzar los ciento cuarenta kilos, también desaparecido por aquel entonces. Megafauna, en todo caso. Los animales que comen megafauna suelen ser megafauna. Y cuando unos desaparecen, los otros van detrás.
La última descripción que consta de las aves elefante fue escrita en 1658 por Étienne de Flacourt, un gobernador francés de Madagascar, cuando ya solo quedaba un puñado en retiradas zonas selváticas y pantanosas. Habló de «un ave gigantesca que habita en la región del pueblo de los Ampatres y pone huevos como el avestruz; para que la gente de esos lugares no pueda capturarla, busca los lugares más apartados».

La subasta en Christie’s de un huevo de ave elefante del siglo XVII. Se vendió en 2013 por más de 80.000 euros. Fotografía: Cordon Press.
Desde entonces no hay otro gran pájaro que haya animado más leyendas, empezando por las científicas. Y las extrañas ubicaciones en las que han aparecido algunos de sus huevos no ayudan demasiado. Aunque se cree firmemente que es un género endémico de Madagascar, en 1930 se encontró uno de los —cotizadísimos— huevos de este animal en el sur de Australia, el huevo de Scott, y en 1992 otro, el de Cervantes. Y hay quien atribuye al ave elefante otros huevos gigantes descubiertos en, atención, Canarias.
Producto americano
Pero, para leyendas pseudocientíficas con pájaros gigantes, Norteamérica. En ningún lugar se han notificado más avistamientos de estos animales que en Estados Unidos, y en ninguno más espectaculares. Uno de los más sonados, a la postre el de tintes más sobrenaturales, fue el del llamado Big Bird. Involucró a diferentes personas a lo largo de varios meses de 1976, cuando un gran ser volador sembró el terror por Rio Grande Valley, San Benito y otras localidades del sur de Texas. Aunque los testigos —ejem, testigos— hablaban de un ave, los que aseguraron haberla visto dijeron que su cara era como de simio, y algunos especificaron que tenía piel en lugar de plumas. La cosa acabó en batidas multitudinarias y pareciéndose mucho a Jeepers Creepers.
Quizá la fiebre no debería extrañar demasiado en la cuna del thunderbird, el águila gigante del folclore indio americano, y todas las versiones que reaparecen en fábulas y cuentos de los diferentes pueblos indígenas. Aunque se descarta que el ser humano coincidiera al sur del continente con el antiguo Argentavis magnificens —considerado hasta hace poco el pájaro volador más grande de la historia de la Tierra, con una envergadura de alas que podía alcanzar los ocho metros—, otros miembros de la extinta familia de los teratórnidos convivieron con los moradores humanos de América, especialmente al norte. Una especie, el Teratornis merriami, se ha encontrado en yacimientos de tan solo diez mil años de antigüedad y otra, el Teratornis woodburnensis, entre estratos de once mil años que también prueban la presencia humana. Los teratórnidos presentaban un aspecto parecido al de los buitres, aunque eran cazadores, y sus alas abarcaban cuatro metros.

Ulises y las sirenas, John William Waterhouse, 1891.
Es lo que tiene la ciencia, que descartar es lo más complicado. Puestos a no hacerlo, algunos no han descartado incluso que la singular devoción de las culturas norteamericanas y mesoamericanas por las aves gigantes y su panteón, abundante en dioses pájaro, pudo tener que ver con los forusrácidos, otro producto genuinamente americano. Fueron una estirpe terrestre de grandes pájaros carnívoros que también reciben el nombre, mucho más elocuente, de «aves del terror».
Algunas, como el Phorusrhacos longissimus, se extinguieron en la Patagonia a principios del Pleistoceno, pero hay quien sostiene —no sin controversia— que especies como el Titanis walleri pudieron sobrevivir en Norteamérica al menos hasta hace quince mil años, lo que de nuevo hace coincidir su final con la llegada de los seres humanos. Este animal, ilustremos, consistía en ciento cincuenta kilos de pájaro de dos metros y medio de altura capaz de alcanzar los sesenta y cinco kilómetros por hora. Debió de presentar una bonita estampa. Desde lejos.
En Australia también se desarrolló otra gran familia de aves terrestres gigantes, los dromornítidos. Emparentaban con gansos, patos y cisnes, eran carnívoros y quizá carroñeros y los ejemplares de las especies más grandes —como el Dromornis stirtoni y el Bullockornis planei, o pato demonio—, eran moles de media tonelada y hasta tres metros de altura. De nuevo se especula con la fecha exacta en que desaparecieron las últimas especies del linaje, aunque la mayoría de teorías apuntan a una extinción súbita hace poco menos de cincuenta mil años. Adivinen qué: cuando llegaron los primeros seres humanos.
Podríamos seguir. Marabúes de dos metros en la isla de Flores, alcas gigantes en el norte del Atlántico… Pero la historia es la misma. Las aves del terror ya no acechan en las praderas. Hay emúes, a lo sumo, y avestruces. Una especie de cada, porque también acabamos con las diferentes clases de emúes que habitaban Oceanía y con el avestruz arábigo, el único que vivía fuera de África. Y en las islas remotas tampoco rompen el cielo espantos descomunales con el pico curvado y costumbres de monstruo, porque ya no existe lo remoto.
El suelo, eso sí, es un lugar más seguro sin penachos anunciándose en la espesura. Y no digamos el cielo, del que ya no se descuelgan dioses con plumas buscando alimento para sus pollos. Nos sobrevivieron mucho tiempo, sin duda los que más entre esa clase agonizante que son los animales grandes. Lo suficiente para imprimirse en nuestras leyendas y que supiéramos de ellos en el tuétano, cuando los huesos te hablan desde dentro, antes de que alguien desenterrara los suyos aún sin fosilizar. Mejor así. A fin de cuentas, ellos eran los monstruos, ¿verdad?
¿Verdad?

Una imagen promocional de Los pájaros. Fotografía: Universal Pictures.
Pingüinos: el pájaro que surgió del frío
Sexo aberrante y familias disfuncionales en la mitología griega
En las tripas del monstruo: los actores invisibles
Exploraciones y viajes fabulosos durante la Edad Media
Horror folk: miedo y ritual en Inglaterra
Vulcano, Caduceo, Faetón y otras pifias planetarias
Si bien el título que encabeza este texto suena tautológico, y lo es, responde con bastante pulcritud a la realidad. Los famosos, las personas conocidas, la gente popular, incluso los genios en la música u otros campos artísticos, no son reverenciados necesariamente por sus dotes ni por su transpiración. Ni siquiera porque tengan alguna maldita cosa especial. Todos ellos, en su mayoría o por norma, son reverenciados porque son reverenciados, y aquí nos volvemos de nuevo tautológicos, como el pez que se muerde la cola. Así que vamos a intentar desentrañar la madeja.
A todo el mundo le gusta la historia de una persona de orígenes humildes que, poco a poco, escala socialmente hasta hacerse famoso gracias a alguna habilidad extraordinaria. Nos gusta que nos expliquen esta historia, muy en la línea de las novelas decimonónicas de Horatio Alger, porque así todo nos parece posible. Porque así hay esperanza. Nos gustan las personas hechas a sí mismas como nos gustan los aforismos, porque creemos que, gracias a su ejemplo, nos contaminaremos un poco de su verdad. Sin embargo, esta historia es falsa o está mal contada. Porque olvida los millones de personas que no lo consiguen. Así pues, los famosos no se hacen famosos porque tengan algo especial, sino porque las condiciones en las que prosperaron fueron especiales.
Hasta el punto de que podemos afirmar que los famosos no son diferentes a los no famosos, por mucho que a nuestro cerebro forjado en la edad de piedra le resulte una aserción contraintuitiva.
El punto de inflexión
Para alcanzar el éxito, en cualquiera de sus facetas, las orígenes importan. Y también la familia, los patrocinios, las oportunidades y los golpes de suerte que no parecen tal porque solo conocemos los casos de éxito, y no los de fracaso. Los anaqueles de las bibliotecas están llenas de autobiografías de grandes hombres, pero apenas se conocen las historias de las personas que intentaron algo y no lo consiguieron, a pesar de todo el empeño que pusieron en ello, a pesar del talento a raudales que poseían. Los anaqueles de las autobiografías de perdedores, de las personas maravillosamente desconocidas, ocuparían cien o mil veces más espacio.
Pero tales autobiografías no existen. De modo que solo nos podemos centrar en los periplos de las personas de éxito, tratando de evitar cualquier explicación a posteriori del éxito obtenido. Entonces advertimos que en casi todos los casos hay una ventaja inicial o, como denomina Malcolm Gladwell en su libro Fueras de serie, un punto de inflexión. Lo que Gladwell analiza es que sabemos mucho sobre las semillas excepcionales que proporcionan una altura excepcional a, por ejemplo, los robles, pero poco o casi nada de la ecología, las condiciones de luz que disponía el roble al crecer rodeado de otros robles que no le hicieran sombra y otros tantos factores. En definitiva, que las explicaciones personales del éxito son incompletas, y por ello parcialmente falsas:
La cultura a la que pertenecemos y la herencia de nuestros antepasados conforman el modelo de nuestros logros de maneras que no podemos comenzar a imaginarnos. En otras palabras, no basta con preguntarnos cómo es la gente que tiene éxito. Solo preguntándonos de dónde son podremos desentrañar la lógica que subyace a quién tiene éxito y quién no.
Tirando los dados
Si tiramos dos dados cien veces probablemente en alguna ocasión obtendremos un seis doble. Incluso puede que se encadenen tres seises consecutivos. Para obtener el primer seis doble, estas son las probabilidades, según explica Mark Pagel en su libro Conectados por la cultura:
Los resultados posibles son 36, que van de (1,1) a (6,6). A cada uno de esos 36 resultados correspondientes al primer lanzamiento de dos dados corresponderán 36 resultados posibles en el segundo, lo que nos da un total de 1.296. Solo uno de estos corresponderá a (6,6), (6,6). Si obtenemos un seis doble en la primera tirada, 35 de los 36 resultados de la siguiente no serán (6,6), y en consecuencia, es mucho más probable que a (6,6) siga cualquier otro resultado.
Ahora imaginemos que a un grupo de observadores solo les permitiéramos contemplar el momento preciso en el que hemos sacado tres seises consecutivos. Esto es lo que sucede con el éxito. Solo somos conscientes de los instantes en los alguien ha conseguido tres seises consecutivos después de tirar los dados cien veces… rodeado de millones de personas que también los están tirando. También es la razón de que no detectemos los momentos de azar y tratemos de explicar determinadas coincidencias a través de un autor, ya sea el propio generador del azar como uno ajeno imaginario.
Entremos a un casting. Un grupo de actores aspira a un papel protagonista, y quien lo encarne tiene una alta probabilidad de hacerse mundialmente conocido, obtener una remuneración de muchos guarismos y acabar codeándose con otros famosos y patrocinadores. Uno, solo uno, logrará el papel porque otro grupo de personas lo ha decidido así, y el resto acabará sus días trabajando en un Starbucks, tal y como explica Nicholas Nassim Taleb en su libro ¿Existe la suerte?:
Se trata de un interesante atributo de la fama que tiene su propia dinámica. Un actor terminará siendo conocido por parte del público porque es conocido por las otras partes del público. La dinámica de esta fama sigue una hélice rotatoria, que podría haberse iniciado en la audición, ya que la selección podría haberse debido a algún detalle insignificante que hizo mella en el estado de ánimo de ese día del seleccionador.
Efecto bola de nieve
De acuerdo, el actor ha superado el casting, ha protagonizado la película… pero quizá no es tan bueno, quizá sus dotes actorales son quebradizas, quizá no empatiza con el público. Naturalmente, el haber superado un casting no es garantía de éxito. Sin embargo, es un buen empujón, es un punto de inflexión necesario, un cuello de botella por el que solo pasa un 0,1 % de la población actoral. No sabemos si los que han superado la criba son los mejores, pero lo más interesante es que ni siquiera podemos saber si son los mejores aunque la película rodada sea un éxito.
No solo porque carecemos de una máquina del tiempo para comprobar qué hubiera ocurrido si se hubiese escogido a otro actor, sino porque en las dinámicas que hacen famosos determinados productos culturales no participan solo el talento o la excelencia (si es que somos capaces de describir tales rasgos de forma objetiva y universal; mirad el éxito del VHS frente al Betamax, a pesar de que Betamax era técnicamente superior). También se producen ventajas intrínsecas al simple hecho de mostrar el producto a una gran masa de consumidores, tal y como explica Joseph Heath en Rebelarse vende:
El placer de ver una película, un programa de televisión o leer un buen libro tiene mucho que ver con la posibilidad de comentarlo después con los amigos o compañeros de trabajo. Esto explica el fenómeno del «taquillazo». Una película puede llegar a su «masa crítica» en el momento que tantas personas hablan de ella, que los demás se sienten obligados a verla solo para poder participar en la conversación (o porque quieren saber de qué está hablando todo el mundo).
La brecha entre los éxitos y los productos normales es tan enorme que no puede explicarse solo a través de logros intrínsecos, sino de dinámicas de contexto social. Unas dinámicas, por cierto, tan intrincadas que funcionan como el propio azar. Como obtener tres seises consecutivos. Por eso las productoras tratan de invertir lo máximo posible en promoción, a fin de alcanzar esa masa crítica que inicie lo que en marketing se llama efecto bola de nieve. Pero el efecto no siempre se alcanza, por mucho dinero que se invierta.
De hecho, nadie sabe exactamente lo que hay que hacer, ni cómo lo hay que hacer, para que origine la bola de nieve. Si alguien lo supiera, podría multiplicar sus ingresos por diez o por cien con cada producto cultural financiado, y ahora probablemente sería la persona más rica del planeta. Y sí, la industria del entretenimiento es una de las más rentables, pero las productoras no dejan de pasar por épocas de crisis. Incluso Disney, con todo su monstruoso aparato de mercadotecnia, estuvo a punto de cerrar en números rojos.
De hecho, esta dinámica se produce con más violencia si cabe entre productos llamados de alta cultura, lejos de las criticadas estrellas de Hollywood, las supermodelos, los músicos pop y otros ejemplos de productos prefabricados inflados por el autobombo y el marketing. El esnobista mundo del arte pictórico es un buen ejemplo de ello: nunca veremos publicidad de los cuadros más valorados, pero eso no ha sido impedimento para que en otoño de 2006 el financiero mexicano David Martínez pagara 140 millones de dólares por la pintura Número 5 de Jackson Pollock. Multitudes de personas se pirran por contemplar Cuadrado blanco sobre fondo blanco, obra de 1918 del pintor Kazimir Malévich: básicamente un lienzo monocromo. En 2004, un encargado de la limpieza de la galería Tate Britain de Londres tiró una bolsa de basura ignorando que se trataba de una obra de arte allí expuesta. Mark Pagel explica otro ejemplo aún más estrambótico:
En 2006, el artista David Hensel expuso la escultura de una cabeza en la Royal Academy of Art de la capital del Reino Unido. Se hallaba apoyada en una pieza de madera con forma de hueso dispuesta sobre una peana; pero durante el transporte se separó de estos dos elementos y se la devolvieron al artista. Sin embargo, la peana vacía y el sustentáculo de madera siguieron su camino, y no solo se exhibieron en público, sino que las acabaron subastando.
En música, también hay muchas personas que asisten a la composición para piano de John Cage, que consiste en cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio, sin rozar si quiera el teclado.
En el ámbito de la música clásica aún hay más efecto contextual social que en el pop, tal y como ha argumentado el economista Sherwin Rosen: a pesar de ser un mercado más amplio que nunca, el número de instrumentistas profesionales apenas ronda los cien. Habiendo también una gran diferencia entre los músicos de primera y de segunda fila. Tal y como abunda en ello Joseph Heath:
Huelga decir que cuando un cantante de ópera se abre un hueco en el mercado, los enemigos de las masas establecen su distinción expresando el odio que les produce el artista en cuestión. Por eso los auténticos connoisseurs hace años que desprecian a Luciano Pavarotti, no porque no tenga talento, sino por ser demasiado «popular» o, mejor dicho, demasiado «populachero» (no puede ser bueno precisamente por tener un público tan amplio).
Solo somos 150 personas
Finalmente, para cimentar la idea de que hay pocas personas extraordinarias (y que no es la criba la que solo permite que unos pocos alcancen el estrellato), cabe tener en cuenta la hipótesis de que nuestro cerebro no es capaz de asimilar más de 150 individuos de media. Es lo que el antropólogo Robin Dunbar denomina ratio de neocórtex (el tamaño del neocórtex, en relación con el tamaño del cerebro). Tras 21 sociedades diferentes de cazadores y recolectores sobre las que hay sólida evidencia histórica, descubrió que la constante de 150 individuos se mantiene. Es decir, que nuestros cerebros se fraguaron en comunidades pequeñas. Donde todo el mundo se conocía.
Ahora vivimos en comunidades de millones de personas, millones de caras anónimas que cruzan frente a nuestros ojos pero de las que no sabemos nada. Solo somos profundamente conscientes de la existencia de las personas con las que tratamos a menudo, importándonos sus vidas, sus emociones, sus sueños, sus logros. Los famosos, a pesar de que puedan vivir a miles de kilómetros de nosotros, reciben tal representación mediática, que acaban formando parte de nuestro círculo íntimo de personas que hemos asimilado. Si en nuestro grupo de 150 individuos introducimos un puñado de famosos, obviamente esos famosos nos resultarán mucho más famosos de lo que son: porque solo los estamos comparando con un grupo pequeñísimo de individuos. Si fuéramos capaces de conocer a los siete mil millones de personas que pueblan en planeta, quizá esos famosos no resultarían tan rutilantes, no cantarían tan bien, no pintarían tan bonito, no serían tan guapos ni tan inteligentes.
De hecho, este defecto psicológico que propicia nuestro anumerismo, en palabras del matemático John Allen Paulos en su libro El hombre anumérico, es precisamente el mismo que acontece cuando nos alarmamos por la muerte de una, dos o cinco personas en un atentado terrorista, cuando en nuestro propio país mueren miles de personas al año por fumar. O cientos en accidentes en el cuarto de baño.
En resumidas cuentas, si no somos capaces de concebir todas las personas que somos en el mundo, al igual que somos incapaces de imaginar todas las estrellas del cielo, ¿cómo vamos a creernos que existen cientos de miles de personas tan talentosas como el autor del último bestseller o el músico ejecutante que hemos ido a escuchar al auditorio por 150 euros la butaca? De momento, hasta que algún tipo de tecnología o modificación biológica nos permita contemplar la masa de gente que nos rodea como algo más que 150 individuos, me aprovecharé de vuestro defecto cognitivo de serie para seguir escribiendo por aquí. Ignorantes de que hay millones de personas que lo podrían hacer mejor que yo.
The post Los famosos son famosos porque son famosos appeared first on Yorokobu.