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26 Aug 14:43

Por qué las ideas religiosas saudíes han sido el terreno más fértil para el terrorismo yihadista

by Iñigo Sáenz de Ugarte

William McCants encontró una forma perfecta para definir a Arabia Saudí y su papel para fomentar las corrientes más reaccionarias del islam en todo el planeta de cuyas fuentes han bebido muchos autores de atentados terroristas. “Los saudíes son tanto los pirómanos como los bomberos. Promueven una forma muy tóxica del islam y traza una línea estricta entre un pequeño grupo de auténticos creyentes y todos los demás, musulmanes y no musulmanes”, dijo el experto en islamismo radical y autor del libro The ISIS Apocalypse.

De entre todas las ideas de los yihadistas, esa es una de las más comunes y de las más dañinas, como pueden corroborar las mayores víctimas de sus atentados, todos ellos en países musulmanes de Oriente Medio. Hay cinco principios que marcan quién es musulmán en el islam, pero para los wahabíes saudíes eso no es suficiente. Los que asesinan a civiles en Bagdad, Raqqa, Kabul, Túnez, Barcelona o Manchester no pueden estar más de acuerdo.

McCants afirma que los saudíes son también “bomberos” en la lucha contra ISIS y Al Qaeda. Lo cierto es que ambas organizaciones declararon la guerra a Riad. El recientemente destituido príncipe heredero saudí, Mohamed bin Nayef, sufrió un atentado dirigido contra él por un terrorista suicida en 2009 cuando era viceministro de Interior.

Los países occidentales creen que necesitan la colaboración de los servicios de inteligencia de Arabia Saudí para derrotar a los yihadistas. Más rentable en términos monetarios es la venta de armamento por valor de centenares de miles de millones de euros a lo largo de décadas. Los gobernantes se afanan en el intento propagandístico de vender la venta de fusiles, lanzagranadas, tanques y aviones como una aportación en favor de la paz. Por eso, la primera ministra británica, Theresa May, ha llegado a decir que la venta de esas armas “ayuda a mantener seguras las calles del Reino Unido”.

Lo que ocurre en las calles de las ciudades europeas que cuentan con una importante comunidad musulmana es muy diferente. Los saudíes han utilizado su ingente capacidad económica para financiar mezquitas, pagar sueldos de imanes y enviar material religioso con los que extender en Europa –al igual que en África y Asia– su visión rigorista y extremista del islam. Eso es a lo que se refiere McCants cuando les llama “pirómanos”

Es habitual encontrar en los medios de comunicaciones, en especial después de grandes atentados, preguntas sobre cuándo evolucionará el islam hacia posiciones menos retrógradas, como ocurrió en Europa (y no es que la Iglesia católica haya aceptado desde el siglo XX de buena gana la pérdida de su influencia social).

La respuesta es sencilla: nunca, mientras el dinero saudí sirva para sostener la influencia de los más reaccionarios.

Es un asunto del que los políticos y diplomáticos europeos prefieren no hablar en público. Actúan como si esa conexión no existiera. A veces, se escapan algunos comentarios. “No están financiando el terrorismo. Están financiando otra cosa que puede hacer que los individuos se radicalicen y se conviertan en carne de cañón del terrorismo”, dijo William Patey, embajador británico en Riad entre 2006 y 2010. La primera frase se contradice un poco con la segunda frase.

Patey conseguía con estas palabras nadar entre dos aguas, pero venía a confirmar lo que muchos sospechan. Esas ideas llenan un mar de prejuicios y órdenes fundamentales para alimentar el odio al que es diferente y a hacerlo responsable de la política exterior de sus gobiernos.

En primer lugar, eso se nota en su propio país y ha tenido repercusiones en las guerras de Irak y Siria. Se sabe que 2.500 saudíes han acudido a la llamada del ISIS para combatir en sus filas en Siria, el mayor número de reclutamiento extranjero para los yihadistas allí después de Túnez. Había una cobertura política en ese llamamiento a la violencia. Riad, al igual que Qatar, ha financiado a grupos insurgentes de ideas islamistas o salafistas que han intentado derrocar al Gobierno de Asad. Siria no es el único caso. También procedían del Estado saudí el mayor número de terroristas suicidas que murieron en Irak, de acuerdo con las cifras manejadas por dos estudios.

Según un estudio del Brookings Institute, el mayor número de partidarios del ISIS en Twitter en 2015 procedía de Arabia Saudí, cuyos habitantes son muy activos en esa red social. Todos ellos hijos del sistema educativo del país.

Las evidencias se acumulan a lo largo de años hasta el punto de que a veces es necesario hacer algo, sea por convencimiento o por marcarse un gesto de cara a la galería. El Gobierno británico encargó a un think tank un informe sobre la financiación desde el extranjero del extremismo islámico en el Reino Unido. Lo recibió en julio de 2017 y de inmediato decidió no publicarlo, excepto un resumen de 430 palabras que desde luego no mencionaba a ningún país.

La ministra de Interior, Amber Rudd, dijo que permanecería secreto por razones de seguridad nacional y porque contenía material sensible sobre personas y organizaciones. Esa debía de ser la idea cuando se encargó el informe, no recibir un texto académico que se pueda encontrar en cualquier página web. Pero cuanto más se sabe sobre ciertos temas, menos derecho tienen los ciudadanos para enterarse.

Un informe de otro think tank sobre el mismo tema sí fue conocido en julio y era más explícito de lo que el Gobierno de May puede permitirse. La financiación extranjera del extremismo, decía el documento de The Henry Jackson Society, procede de gobiernos y fundaciones relacionadas con los gobiernos del Golfo Pérsico, así como de Irán. “Por encima de todos ellos, se encuentra Arabia Saudí, que desde los años 60 ha llevado a cabo un proyecto multimillonario para exportar el islam wahabí por todo el mundo islámico, incluidas las comunidades musulmanas de Occidente”.

No es sólo una cuestión de dinero. ¿Quién se beneficia de esa generosidad? ¿Qué mensaje transmiten los guías religiosos en las mezquitas europeas que reciben ayuda saudí?: “En el Reino Unido, esta financiación ha tomado la forma de aportaciones económicas a mezquitas e instituciones educativas, que han correspondido haciendo de anfitriones de predicadores extremistas y distribuyendo textos extremistas. La influencia también se ha ejercido a través de la formación de líderes religiosos musulmanes británicos en Arabia Saudí, así como el uso de libros saudíes en ciertas escuelas islámicas independientes del país”.

Según el informe, en 2007 se pensaba que Arabia Saudí gastaba 2.000 millones de dólares anuales en promover el wahabismo en el mundo. Ahora se cree que la cifra es el doble. “En 2007, se calculaba que el número de mezquitas británicas que apoyan el salafismo y el wahabismo era 68. Siete años después, el número de mezquitas identificadas con el wahabismo es de 110”.

Un informe de los servicios de inteligencia alemanes filtrado en diciembre de 2016 llegaba a conclusiones similares sobre la financiación del extremismo y situaba su origen en Arabia Saudí, Qatar y Kuwait.

Salafismo no es necesariamente sinónimo de yihadismo o de apoyo a la violencia, pero todos los yihadistas aceptan los principios salafistas. El pluralismo, la tolerancia hacia otros musulmanes de convicciones religiosas más heterodoxas y la aceptación de los progresos de la ciencia son considerados anatema por los yihadistas, y también por los predicadores promovidos por el dinero saudí. Y quienes mejor aprecian la diferencia son los propios musulmanes.

Muchos refugiados sirios se han encontrado en Alemania con mezquitas dirigidas por imanes que ofrecen una interpretación de la religión más conservadora y menos tolerante de la que estaban acostumbrados en su país. Hasta el punto de que algunos han decidido no acudir a ellas.

En 2015, el rey saudí Salmán se ofreció a construir 200 mezquitas en Alemania para acoger las necesidades de los refugiados. No consta que el Gobierno alemán aceptara la oferta, pero tampoco ha prohibido la llegada de dinero saudí al país.

Farah Pandith fue testigo del alcance del adoctrinamiento saudí. Como enviada especial del Departamento de Estado para las comunidades musulmanes –un cargo de nueva creación en el Gobierno de Obama–, viajó a 80 países y su veredicto no puede ser más claro: “En cada lugar que visité, la influencia wahabí era una presencia insidiosa, cambiando la identidad local, desplazando las activas formas de práctica islámica arraigadas histórica y culturalmente, y sacando de allí a personas que eran pagadas para seguir sus reglas o que se convertían en sus propios vigilantes de la visión wahabí”.

Pandith reclamaba en 2015 que escuelas y bibliotecas rechazaran la donación gratuita de libros de texto religiosos saudíes “llenos de odio” y que se impidiera que los saudíes continuaran “demoliendo” las costumbres religiosas locales “que prueban la diversidad del islam”.

Incluso países muy alejados de Oriente Medio y con una tradición religiosa opuesta a la wahabí o salafista reciben la atención saudí. En Indonesia llevan años extendiendo su influencia en un país de 260 millones de habitantes. En un país tan inmenso, la estrategia consiste más en formar a los líderes religiosos del futuro. “La llegada del salafismo a Indonesia es parte del proyecto global de Arabia Saudí para extender su versión del islam por todo el mundo musulmán”, dijo a The Atlantic Din Wahid, experto en salafismo indonesio en la Universidad Islámica de Yakarta.

En los Balcanes, la tradición musulmana local es tan heterodoxa que ha sido siempre compatible con costumbres que en Arabia Saudí te llevarían a prisión. En la segunda ciudad del país, Prizren, conocida por sus muchas y antiguas mezquitas, no era raro hace cuatro años ver a una anciana cubierta con ropas amplias y el pelo tapado como dictan los cánones, acompañada por su nieta ataviada con una minifalda realmente corta. 

Ahora Kosovo también se ha convertido en un centro exportador de partidarios del ISIS –314 identificados en 2016, el mayor número per cápita en Europa– sin que se pueda considerar una casualidad el dinero saudí llegado en los últimos años en favor de ideas extremistas. 

“Ellos (los saudíes) promueven un islam político”, dijo al NYT Fatos Makolli, director de la policía antiterrorista”. “Gastan mucho dinero para promoverlo a través de programas dirigidos sobre todo a los jóvenes y gente vulnerable, y traen consigo textos wahabíes y salafistas. Atraen a esta gente a un islam político radical, lo que provoca su radicalización”. 

Adoctrinamiento. Textos wahabíes traídos desde Arabia Saudí. Imanes y profesores a sueldo de Riad. Abandono de las costumbres locales. Radicalización. Alistamiento en el ISIS o antes Al Qaeda. Es una cadena que se repite en distintos países del mundo. No siempre acaba en terrorismo, pero siempre comienza con la llegada de alguien con una oferta económica que no se puede rechazar y que promete el auténtico islam.

Los saudíes niegan cualquier conexión en esa cadena. Los yihadistas, obsesionados con la ortodoxia de sus ideas en relación a los primeros siglos del islam, saben muy bien cuáles son las fuentes de confianza.

Hasta que en 2015 pudieron publicar sus propios libros de texto para los colegios de las zonas que habían ocupado en Irak y Siria, los yihadistas del ISIS adoptaron los manuales religiosos oficiales que Arabia Saudí reparte en su sistema educativo. De las doce primeras obras publicadas por el Estado Islámico, ocho eran de Muhamad ibn Abd al-Wahhab, el fundador del credo wahabí, la religión de Estado en Arabia Saudí. 

Los primeros eslabones de la cadena generan una confianza absoluta en la organización que representa la última amenaza yihadista que persigue a Europa. 

05 Nov 15:33

Libertad para el capital, crisis, desigualdad y pobreza para el resto

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CTXT ha acreditado a cuatro periodistas --Raquel Agueros, Esteban Ordóñez, Willy Veleta y Rubén Juste-- en los juicios Gürtel y Black. ¿Nos ayudas a financiar este despliegue?

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Un estudio publicado el pasado mes de octubre por dos economistas del Fondo Monetario Internacional, (Davide Furceri y Prakash Loungani, The Distributional Effects of Capital Account Liberalization), ha demostrado que cuanto mayor es la libertad de movimientos del capital más elevada es la desigualdad.

Los autores reconocen en su trabajo algo que es muy típico de la economía ortodoxa: se da por hecho que la liberalización de los movimientos de capital es muy positiva porque genera crecimiento a largo plazo y mayor bienestar pero no se comprueba si eso es realmente así para toda la gente. Como dicen estos economistas, si esos efectos benéficos afectan por igual a todos los grupos de población "no ha sido objeto de mucho estudio".

La conclusión a la que llegan en esta investigación es muy importante por venir de dos economistas nada sospechosos de radicalismo izquierdista y, sobre todo, porque se deriva de un estudio realizado para muchos países (149) y para un periodo de tiempo muy largo (1970-2010).

Los autores estudian tres vías por las que la mayor libertad de los movimientos de capital suele aumentar generalmente la desigualdad, tal y como ellos confirman en su investigación. En primer lugar, porque está asociada a sistemas financieros menos inclusivos que aumentan las tasas de pobreza. En segundo, porque esa mayor libertad suele anticipar crisis financieras que generalmente terminan con efectos muy asimétricos sobre la población y, finalmente, porque limita el poder de negociación de los trabajadores y eso hace que caiga la participación de los salarios en la renta nacional.

En resumidas cuentas, los datos demuestran que la liberalización concentra aún más las rentas y genera mayor desigualdad.

Pero no solo eso. Además, sabemos desde hace tiempo que la mayor libertad para los movimientos de capital está asociada a más inestabilidad y a mayor número de crisis financieras.

Hay más desigualdad y más crisis cuando hay mayor libertad de movimientos del capital

Para que se vea de la forma más sencilla posible esa coincidencia, pongo a continuación dos gráficos en los que se comprueba (a la izquierda) cómo el mayor grado de liberalización del capital se corresponde claramente con un mayor número de países con crisis financieras y (a la derecha) que hay una clara correspondencia a lo largo de mucho tiempo entre la evolución de ambos fenómenos (más países con crisis y liberalización de capital) con la desigualdad. Como puede comprobarse, las dos gráficas suben o bajan en los mismos periodos de tiempo, lo que significa que los fenómenos que reflejan coinciden). Es fácil comprobar que hay un periodo (1945-1970) en el que prácticamente no hay ningún país que sufra crisis financieras, que tiene bastante menos desigualdad (reflejada como una menor participación del 10% más rico en el total de la renta) y muy poca libertad de movimientos para el capital. Y al revés, también se comprueba fácilmente que cuando hay más desigualdad y más crisis es justamente cuando hay mayor libertad de movimientos del capital.

Otros estudios también han demostrado que la liberalización del capital no solo no reduce la pobreza, como se empeña en afirmar sin ningún fundamento empírico la "sabiduría" económica convencional, sino que, por el contrario "está asociada a una menor participación de los pobres en el ingreso" (Philip Arestis y Asena Caner, Capital account liberalisation and poverty: how close is the link?).

Esta coincidencia entre mayor libertad para el capital y mayor número de crisis, más pobreza y desigualdad más elevada no es ni mucho menos casual. En un artículo que publiqué hace unos meses (¿Para qué sirven los sindicatos?) mostraba que otras investigaciones han demostrado que hay un mejor rendimiento económico, mayor actividad, más empleo y más inversión productiva cuando hay más afiliación sindical. Es así, porque ésta hace que aumenten los salarios y eso empuja las ventas y, al mismo tiempo, los costes laborales más elevados obligan a las empresas a innovar y, por tanto, a realizar más inversiones productivas que incrementen la productividad. Y esta mayor inversión productiva debilita la pura especulación financiera que, entonces, se convierte en realidad en un estorbo.

Cuando se liberalizan, los capitales se expanden como un gas a la búsqueda de ganancia inmediata

Por el contrario, cuando se combate a los sindicatos y se hacen reformas laborales simplemente orientadas a aumentar el poder de negociación de las empresas, la afiliación sindical disminuye (entre otras razones porque se difunde el miedo a sindicarse y se castiga a los trabajadores sindicados). Eso hace que los salarios bajen y que las empresas comiencen a aumentar fácilmente sus beneficios, sin necesidad de preocuparse por innovar o invertir en productividad. Pero como los salarios más bajos hacen que disminuyan las ventas y la menor inversión y la productividad más reducida hacen que disminuya la actividad productiva y el rendimiento del capital dedicado a ella, lo que ocurre es que el ahorro empresarial (que se concentra cada vez más en las empresas con gran poder de mercado o con clientes cautivos) se va a la inversión financiera que es la que tiene entonces una rentabilidad mayor y más rápida. Y así se incrementa la financiarización y, lógicamente, las demandas de mayor libertad para los movimientos de capital que la alimentan. Pero cuando se liberalizan, los capitales se expanden como un gas a la búsqueda de ganancia inmediata y fácil y eso crea una gran inestabilidad financiera que se agrava porque, además, esos dos fenómenos (menor rentabilidad en el lado productivo y mayor en el financiero) desatan el endeudamiento, bien para poder salir adelante como sea, en el primer caso, bien para apalancarse y multiplicar la inversión especulativa en el segundo.

Es verdad que el estudio de estos dos economistas del Fondo Monetario Internacional no ha descubierto el Mediterráneo pero, al menos, sirve para corroborar la realidad. Y aunque al final no se atreven a condenar claramente la liberalización del capital sino que se limitan a pedir prudencia, su investigación sirve para comprobar que cuando se da mayor libertad para el capital no se consigue que mejore el rendimiento económico sino que los grupos sociales ya de por sí más ricos aumenten todavía más sus ingresos, sus privilegios y su poder de decisión.

En aras de darle libertad a los capitales se hace esclavas a las personas. ¡Y se llaman liberales quienes defienden eso!

Si este mundo tuviera la cabeza en su sitio nunca se hubiera permitido que los capitales y mucho menos los terroríficamente especulativos de nuestra época tuvieran la plena libertad de movimientos que tienen. Le damos al dinero y a los grandes propietarios la libertad que negamos al conjunto de los seres humanos y a los desheredados (por culpa del dinero, por cierto) en particular.

En aras de darle libertad a los capitales se hace esclavas a las personas. ¡Y se llaman liberales quienes defienden eso!

La evidencia empírica demuestra que esa libertad se traduce inevitablemente en crisis desastrosas que producen un daño tremendo a las personas, a las naciones y a la naturaleza. Sabemos que sus costes son mucho mayores que sus beneficios y que no hay una mínima razón científica que pruebe que la completa liberalización de los capitales es mejor para las economías que su control. No se puede justificar ni siquiera asumiendo las hipótesis más disparatadas de la economía liberal: que todos los mercados son de competencia perfecta (algo materialmente imposible) y que todos los seres humanos nos comportamos con información perfecta y gratuita, no solo sobre todas las circunstancias presentes sino también futuras, y como si cada uno de nosotros solo fuésemos una simple agencia de maximización del beneficio o la utilidad en busca siempre de nuestro propio y exclusivo interés.

Cuánta razón llevaba John K, Galbraith cuando decía en su libro La cultura de la satisfacción que "los disparates de los ricos pasan en este mundo por sabios proverbios".

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Juan Torres López es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla.

05 Mar 00:12

Modales y discursos

No voy a entrar en el análisis de los discursos de la sesión de investidura del pasado martes ni a aventurar vaticinios sobre negociaciones y gobiernos futuros. Me interesa más --al menos a estas horas-- abordar los marcos simbólicos; es decir, preguntar qué ha pasado --si es que ha pasado algo-- en el nivel de la “representación”, que es el que define en realidad a un parlamento.

Recordemos de entrada que la representación no nace como un instrumento de las clases poderosas para someter a las clases populares sino, al revés, como una conquista de las clases populares a las que las clases poderosas se avienen --y pasan luego a manipular-- porque han sido relativamente derrotadas. Incluso con arreglo a la teoría liberal clásica, en el parlamento están virtualmente presentes “las armas” con las que el pueblo ha conquistado el sufragio universal: es lo que las constituciones llaman “soberanía popular”. El parlamento representa al mismo tiempo al “pueblo virtualmente en armas” y a las clases poderosas virtualmente vencidas, pero victoriosas de hecho a través de procedimientos ahora --digamos-- intrademocráticos: leyes electorales, monopolio del espacio público, erosión sistemática de la división de poderes. En todo caso el parlamento es el lugar a donde se han trasladado las “armas” y debería ser, por tanto, el lugar “natural” del conflicto en las sociedades democráticas: el lugar donde los conflictos deben expresarse y realizarse --más que resolverse definitivamente-- sin muertos ni sangre. En este sentido, el parlamento es estrictamente un teatro: el recinto donde se representa, no el Bien Común ni los intereses de los ciudadanos, sino el conflicto radical entre ellos. Su género es --debe ser-- el drama; o lo que los griegos llamaban la tragedia.

Es por eso que no tienen razón los que dicen que bajo el bipartidismo el Parlamento era “puro teatro” y que ahora Podemos y las confluencias lo han convertido en un “lugar real”. Es todo lo contrario. Bajo el bipartidismo el Parlamento no era “teatro de nada”, en él no se representaba a nadie porque no se representaba ningún conflicto. Desde luego no se representaba ningún drama. No es que no hubiera allí algunas voces sueltas y dignas que trataban de recordar al “pueblo en armas”; el problema es que --como señaló Pablo Iglesias en su discurso-- no tenían suficiente protagonismo como para ocupar la escena. La novedad del discurso de Pablo Iglesias no reside tanto en lo que dijo --pensemos en Julio Anguita o en Labordeta, sí, pero también en Garzón, en Bildu o en ERC--, sino en que esta vez había que escucharlo. Hasta ahora, como digo, el Parlamento no era un teatro o era apenas un entremés en el que se representaban pequeños enredos conyugales. Los diputados del régimen habían privatizado de tal manera ese espacio que en realidad era, sí, su casa: de ahí que estuvieran repantigados y adormecidos en los escaños, o jugando con el móvil, o haciendo negocios en el bar. Es eso a lo que llamaban “formas parlamentarias”. Después de los sobeteos y lametones que Sánchez propinó en sus intervenciones a la palabra “cambio” me cuesta seguir usándola, pero digamos que “las fuerzas de cambio” han devuelto ahora el drama al Parlamento y lo han hecho no gracias a sus discursos sino a sus votantes, que son los que nos obligan a prestar atención a las palabras.

Podrá gustar más o menos, y por distintos motivos, que el discurso de Pablo Iglesias, más allá de su innegable brillantez, fuera áspero, bronco, agresivo y hasta “identitario”, pero creo que era el único posible y no sólo por razones “tácticas”. Sobre todo por razones simbólicas. En ese marco, en ese contexto, con esos votos, su intervención tenía que implicar en sí misma una ruptura y una reconstitución; tenía que ser estrictamente “performativa”: una declaración mediante la cual se enunciase y se consumase públicamente el fin del bipartidismo. Tenía que ser una “apertura de hostilidades” que por eso mismo reabriese el espacio parlamentario como escenario dramático donde se representa de nuevo, o por primera vez, el conflicto entre el pueblo virtualmente en armas (origen mismo del parlamento) y las clases poderosas victoriosas de facto. El peligro cierto de que, al devolver al Parlamento su sentido, encerremos y agotemos en él todo conflicto, descuidando otros espacios de lucha, no debe hacernos olvidar, en cualquier caso, que la función real de la cámara legislativa se expresa en su dimensión teatral y en su escenografía dramática y que es esta recuperación precisamente la que ha soliviantado hasta la histeria a la vieja clase política y a sus medios ancilares, acostumbrados a operar no en el teatro sino en su propia casa.

Esta histeria --ahora bien-- no es sólo cálculo y estrategia política. Forma parte de eso que se ha llamado “batalla cultural”, en la que estamos todos atrapados, lo que implica reconocer y tratar de desmontar una constelación de evidencias estéticas y litúrgicas que fatalmente naturalizan la falsa ausencia de conflicto. Si mucha gente normal siente una indignación sincera frente a los “modales” y los discursos de los nuevos diputados es porque la privatización del Parlamento como recinto doméstico sin antagonismos dramáticos ha generalizado un orden de valores más ajustado a un régimen autoritario que a una democracia. Pensamos y juzgamos y sentimos como si estuviésemos preparándonos ya para aceptar una dictadura; ese entrenamiento cultural, coronado por masajes de los medios de comunicación y de un sector de la clase intelectual, es lo que hemos llamado “bipartidismo”.

La sesión de investidura del martes ofreció dos ejemplos inquietantes de esta inversión de valores, una en el campo de los modales y otro en el de los discursos. Respecto de los valores, ¿qué ha tenido que ocurrir para que la reapertura del dramatismo parlamentario se considere una infracción a las “formas parlamentarias” mientras que estas mismas “formas parlamentarias” consideran natural y hasta imperativo el cuchicheo, el desprecio del adversario, el abucheo y el abandono de la sala en plena sesión? Entre los muros de esta propiedad doméstica, cualquier gesto o conducta que reprima el drama es considerada legítima y hasta elegante. Sólo así puede entenderse la irrefrenable grosería de Patxi López, presidente del Congreso experimentado en ceremonias, y la escasa indignación que ha provocado. Su intempestivo tuteo a un Pablo Iglesias que solicitaba su amparo cuando se estaba cumpliendo su tiempo y la mentira palmaria con que despachó su turno (“has superado con creces los tres minutos”) son muy indicativos de la parlamentofobia de nuestros viejos políticos, pero también de la devastación mental de una parte de la población, por no hablar --mucho más responsables-- de algunos periodistas y algunos intelectuales.

La inversión de valores en el campo político es aún más grave. Probablemente no fue oportuna --en términos “tácticos”-- la segunda alusión de Pablo Iglesias a Felipe González y la “cal viva”. Que se lo reprochen, si acaso, los miembros de su partido. Pero, ¿qué ha tenido que pasar para que se considere “obviamente” más grave, agresiva, calumniosa y antiparlamentaria la verdad que la mentira? Seamos muy rotundos. ¿Qué es la cosa más radical que se puede hacer contra el lenguaje, nuestro marco de convivencia original? Mentir. En la sesión parlamentaria del martes hubo mentiras, mentirijillas, medias verdades y hasta algunas estadísticas, pero ninguna falsedad tan destructiva --tan radical, sí-- como la de querer asociar a Podemos con el repugnante asesinato de Isaías Carrasco y con ETA. En un país realmente democrático toda la clase política y todos los medios de comunicación habrían afeado de tal manera la conducta de Pedro Sánchez que la vergüenza le habría impedido volver a presentarse el viernes a la votación o, al menos, le habría obligado a pedir disculpas. Es, sin embargo, el PSOE el que, ofendido y cargado de razón, osa exigir a Pablo Iglesias una disculpa por recordar la incuestionable relación entre su partido, entonces dirigido por Felipe González, señor de los pantanos, y los crímenes de los GAL. La cúpula de su Ministerio del Interior --no lo olvidemos, no lo olvidamos-- acabó en la cárcel por ello.

Esta es la lógica, sin embargo, de la parlamentofobia dominante. La ética humana y parlamentaria más elemental debería llevarnos a considerar “radicales” a los que mienten en público para destruir a un adversario político (¡Kant no podría definir mejor la “radicalidad”!), salvo que nuestro sistema de valores esté tan “radicalmente” alterado que juzguemos “radical” todo lo que introduce el drama en el Parlamento y, al contrario, moderado y legítimo, y hasta decente, y hasta elegante, y hasta democrático, todo lo que lo reprime. Bajo ese esquema ocurre entonces que la verdad, que dramatiza el conflicto, es intolerable e incluso “terrorista” y la mentira, que lo reprime en favor de los poderosos, es un deber sagrado en defensa de la convivencia y la Constitución.

En definitiva, esta inversión de los valores no es nueva y de hecho viene siendo utilizada con éxito desde hace años en el País Vasco y en Catalunya, desde donde --colonización al revés-- llega ahora a la política nacional. Sus principios son muy simples: cualquiera que introduzca el conflicto político en el Parlamento, su lugar “natural”, es antidemocrático y radical; cualquiera que introduzca allí la verdad es malsonante, maleducado y desleal y debe pedir disculpas. O los periodistas y los intelectuales ayudan a los ciudadanos a restablecer sobre sus pies los valores democráticos o conviene que nos vayamos preparando para tiempos muy duros.

13 Jan 18:14

Lobotomízame suavemente

by Gabri Ródenas

Ronald Reagan tuvo muy claro que la política formaba parte del show business. Y no sería el único en poner en práctica los principios de la sociedad del espectáculo a la hora de gobernar. ¿Alguien recuerda cómo se enfocó esa Guerra del Golfo que, a juicio de Baudrillard, «no había tenido lugar»? Una guerra teletransmitida, parecida a un videojuego o a una película de acción y, sobre todo, «limpia».

Bien, ahora sabemos que todo aquello fue una soberana patraña, pero la gente —un elevado porcentaje de los espectadores y la ciudadanía en general— se lo tragó. ¿Se debía acaso a una supuesta estupidez endémica del pueblo norteamericano? Evidentemente no. La misma fe en lo que aparecía en la pantalla era compartida por telespectadores de todo el mundo (salvo quizá en Irak por razones obvias).

Todos hemos escuchado el lamento de las editoriales con el tema del descenso de las ventas de fondo. ¿Qué tal si empezamos a asumir que la gente lee menos y peor? 
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No vayamos tan lejos. ¿Qué fue de Bin Laden? Diez años de búsqueda del «enemigo público número uno» resueltos en veinticuatro horas tuiterizadas… Y olvidados al instante. En realidad, podemos imaginar otro tema de actualidad —por extremo que sea— sobre el cual todos estemos hablando ahora mismo, pero que no tardará en desaparecer de la pantalla. Como un fantasma. Como si jamás hubiera pasado. Es lícito, entonces, preguntarnos: ¿qué está sucediendo exactamente?

La canción de la saturación y la sobreestimulación informativa no es nueva, tampoco la de la necesidad de novedades constantes. De hecho, podemos considerarlas hits de larga cola. Huxley fue más preciso que Orwell. Guy Debord llevó a cabo un diagnóstico teórico de la sociedad del espectáculo. Neil Postman en su Divertirse hasta morir aportó una lectura sutil del fenómeno y añadió un interesante plot point: el exceso de información ya no confunde, simplemente banaliza la realidad y nos hace inmunes. Lipovetsky, por su parte, sigue examinando la arquitectura ligera y la estética del capitalismo avanzado (porque, no lo olvides, todo este asunto va de eso: de pasta). Y Ryan Holidady, en su imprescindible Confía en mí, estoy mintiendo, firma el acta de defunción de las pretensiones de verdad —e incluso de calidad— de los medios y el sector editorial en especial.

Todos hemos escuchado el lamento de las editoriales (de libros, revistas, periódicos, blogs y páginas webs, etc., etc.) con el tema del descenso de las ventas de fondo. El segundo track del disco es el elevado IVA cultural; el tercero, la piratería; el cuarto… ¿Qué tal si empezamos a asumir que la gente lee menos y peor? Nicholas Carr nos puso sobre la pista de cómo internet nos hace superficiales y de qué modo; los nuevos hábitos de consumo cultural están modificando nuestra estructura cerebral y, en consecuencia, nuestro comportamiento. Personalmente, no tengo ni idea de lo que puede estar pasando dentro de nuestra cabeza, pero lo cierto es que somos incapaces de leer más de diez minutos seguidos sin mirar las redes sociales, blogs o, ¿por qué no?, pornografía.

¿A qué se debe esto? La industria editorial, e insisto en lo de «industria», tiene por finalidad, además de la publicación de un material de calidad, la legítima búsqueda del beneficio económico. Igual que un blog, ¿verdad? El problema estriba en que, como el ya mencionado Ryan Holiday aclara, a un blog le importa muy poco si la persona que hace clic en uno de sus posts o enlaces lee la entrada o se larga al instante. El internauta ya ha incrementado el tráfico del blog, lo que se traduce en tráfico de dinero. Objetivo cumplido. ¿Cuántas veces no hemos pinchado un dulce titular que nos llevaba, con suerte, al mismo titular y, como mucho, una foto adornándolo, sin noticia ni otra cosa que no fueran más anuncios? Esta es la razón: una vez que has hecho clic,
el resto no importa.

La industria editorial, e insisto en lo de «industria», tiene por finalidad, además de la publicación de un material de calidad, la legítima búsqueda del beneficio económico. Igual que un blog
.

La situación del sector editorial es similar a la del blog, ciertamente. En el fondo, no le preocupa si la gente compra un libro de un futbolista, de una presentadora de televisión, de un tuitero o de un bloguero, ¡incluso de Macaco! Convertido en dinero, tiene el mismo valor que un ejemplar de Kafka, de Thomas Pynchon, de David Foster Wallace, de Jonathan Franzen o de Paul Auster.

Los universos del blog y la editorial tradicional vuelven a cruzarse: al blog (aquellos que tienen visitas de verdad, y esto puede incluir nombres tan populares como The Huffington Post o Gawker) no le importa si lo que se publica es incluso un verdadero disparate, ya que a la gente —si llega a leerlo— se le olvidará al instante. Lo mismo sucede con los libros: asumiendo que serán extirpados del «organismo» en breve, lo importante es que se vendan. Nadie va a reclamar por un libro o un artículo malos. Y si alguien lo hiciera, tanto mejor: mayor tráfico, mayor morbo. Mayores números.

Tanto libros como artículos, posts, entradas en redes sociales y demás solo cumplen una función en la actualidad: ser un pretexto, algo de lo que hablar durante un fugaz intervalo de tiempo. Su verdad o falsedad, su calidad o infamia pasan a un segundo plano. A fin de cuentas, no son asuntos que interesen a nadie. (Me pregunto si no es justamente dicha fugacidad la que hace que la indignación mediática acabe no en hoguera sino en fuego fatuo). En este momento es cuando el show business acude al rescate en una jungla donde todos luchan por destacar; como el ingrediente secreto que todo objeto cultural debe presentar si quiere sobrevivir (incluso si quiere nacer). Se exige llamar la atención a toda costa, sin importar si el aspirante tiene que arrojarse desde un trampolín de diez metros de altura mientras hace un elevator pitch de su novela o pasar calamidades en una isla deshabitada salvo por los otros concursantes procedentes del mundo de la farándula, de la prensa rosa o de tiempos ignotos.

Este es el momento en el que el aspirante a escritor reconocido tendrá que incorporar a sus intereses el personal branding, el marketing, el storytelling. Precisamente porque será él o ella (y su historia, su leyenda) lo que esté en venta y no solo su libro. Es más: su libro no será sino un complemento más; otro elemento de una narración mucho más amplia, mucho más transmedia.

Por todas estas razones, deseo exculpar a editores (que lejos de la broma fácil, sí editan de vez en cuando libros de altísima calidad), medios (que a veces dicen la verdad), autores (algunos de los cuales se esfuerzan por escribir buenos libros) y lectores (que en ocasiones se adentran en el camino menos transitado). Todos surfean (surfeamos) las mismas olas agitadas. La única opción válida es confiar en ellos, en nosotros. Después de todo, sabemos que están, y estamos, mintiendo.

Este post Lobotomízame suavemente, escrito por Gabri Ródenas, se publicó originalmente en Yorokobu.