Cerca del 75% de los cultivos para alimentación dependen de la polinización, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). En 2014, Greenpeace calculó que la labor de la polinización tenía un valor económico para la agricultura española de 2.400 millones de euros. Ahora, esa misma organización estima que, en Europa, el 37% de las poblaciones de abejas están en declive. Son tres datos que se entienden mejor juntos y que, a su vez, explican por qué está en juego mucho más que la miel.
Estas cifras no le son ajenas a Grit Obst, apicultora en Andalucía. Ella dejó su trabajo de oficina para dedicarse a este mundo. "Empecé por curiosidad y a los cuarenta años encontré no solo mi hobby, también mi profesión", narra Grit. Explica que este oficio requiere de mucho conocimiento y que aventurarse a tener abejas sin experiencia puede poner en riesgo a la colmena : "No es lo mismo que tener gallinas".
Pero en los últimos años, y con 200 colmenas a la espalda, ha tenido que hacer frente a que éstas no duren más de un año vivas. Como ella, los más de 600.000 apicultores en la Unión Europea conviven con unas condiciones cada vez más adversas que dificultan tanto el desarrollo de la producción como las labores de polinización.

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Solo en España, según el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, desde 2018, cuando se alcanzó un pico máximo histórico de miel con 36.394 toneladas, la producción de este producto ha ido decreciendo, hasta estabilizarse algo más en los últimos años. Sin embargo, que la producción consiga mantenerse en estos niveles, aseguran los apicultores contactados por El Confidencial, no es tarea fácil, teniendo en cuenta las condiciones climatológicas y del mercado.
"Si hay disminución del número de colmenas, habrá menos abejas y, por tanto, se polinizan menos los cultivos que dependen de ellas para germinar", confirma Jaime Santos, técnico de Ganadería de Asaja. Así, la primera consecuencia de la desaparición de estas mensajeras de polen no es solo para la producción de los apicultores sino para la biodiversidad y la aseguración de los cultivos. "La miel se puede importar, pero la polinización no", sentencia Grit.
Una alternativa, pero no para España
Desde 2018, en regiones de la UE, como Alemania, la apicultura urbana se posicionó como una alternativa para asegurar la producción de las abejas. Esta práctica consiste en criar abejas y producir miel dentro de ciudades o entornos metropolitanos, normalmente en azoteas, terrazas, patios interiores, parques o jardines comunitarios. Para muchos, la solución perfecta para asegurar la biodiversidad y la polinización.
Sin embargo, esto no es posible en España. "La abeja ibérica no es tan mansa, por eso no se puede trabajar sin protección o tenerla cerca de conjuntos residenciales", explica Grit. La normativa española —tanto estatal como autonómica— exige que las colmenas se ubiquen a una distancia mínima de viviendas, carreteras y zonas de tránsito público (normalmente entre 100 y 400 metros, según la comunidad autónoma).
Así, la diversificación de la actividad sí acaba siendo una vía recurrente. Producir propol, vivir de polinizar, establecer formaciones y cursos, los programas para apadrinar colmenas, etc. Todas estas son maneras de apoyos a un sector, en el caso de España, muy profesionalizado, pero que no consigue la proyección de las importaciones.
"No queda otra que diversificar tu actividad. Yo, por ejemplo, imparto talleres, se pueden hacer velas, comercializamos miel y derivados como propóleos y polen", confiesa Grit, quien insiste en la importancia de difundir el valor de estos insectos cuyo zumbido puede ser molesto, pero cuando deje de escucharse, será demasiado tarde.
¿Puede ir a peor?
En los últimos años, esta pérdida de abejas ha sido más que una realidad en toda Europa. Santos explica que las condiciones adversas climáticas o las enfermedades parasitarias, como la varroasis — un parásito externo que afecta a las abejas melíferas, las cuales tras años de tratamiento han desarrollado resistencia al tratamiento —, producen un aumento de costes y una mayor dificultad también para el mantenimiento de la actividad del apicultor.
La supervivencia de estos insectos depende de una combinación de factores que actúan de forma simultánea y multiplican sus efectos. La falta de lluvias y las olas de calor reducen la floración debilitando a las colonias, así como al estrés climático de estas. "Los 40 grados que estamos alcanzando en algunas zonas del país hacen que las abejas peligren por asfixia y se derritan los panales", narra con miedo Antonio Prieto, responsable de Apicultura de la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos (UPA).
"El apicultor profesional necesita trashumancia porque, a la larga, el coste de moverse es inferior al de que se mueran las colmenas", confiesa. Con la llegada del calor, muchos apicultores optan por trasladarse al norte de la península no sólo para mantenerlas vivas, sino también para aprovechar su productividad. Entonces, se produce un intercambio entre apicultor y agricultor: Uno gana miel de monocultivo y el otro aumenta su producción gracias a estos polinizadores.
En la comparativa con Europa, los datos más recientes con los que cuenta Eurostat se remontan a 2020, donde la comparativa atiende al registro de colmenas en granjas. Había 8,1 millones, siendo así una imagen parcial de todas las colmenas de la UE, porque este Censo Agrícola sólo registra colmenas en granjas (en algunos países, como Alemania, las colmenas no se consideran parte de las granjas).
Sin embargo, España no es la única que atraviesa estas dificultades. Por ejemplo, en Hungría, a pesar de contar con una de las mayores densidades de colmenas de Europa —alrededor de 13 por km²— y condiciones ecológicas favorables, el sector ha sufrido una fuerte caída ante la resistencia creciente a la varroa y al efecto de estos fenómenos climáticos extremos como heladas tardías y lluvias prolongadas que afectaron gravemente, y más en concreto, la floración de la acacia.
Como consecuencia, el país vive su peor cosecha de miel de acacia en décadas, según informa HotNews. Muchos apicultores empezaron la temporada con menos de la mitad de las colonias habituales, dedicando buena parte de ellas a la repoblación en lugar de la producción de miel. La dependencia del clima es crítica: la próxima esperanza es la floración del girasol, pero si las condiciones no acompañan, la situación de la apicultura húngara podría deteriorarse aún más, con un incremento de los costes para los apicultores.
Por su parte, en la vecina Italia, en 2023, la producción de miel cayó un 30% respecto al promedio de la última década, con desplomes de más del 40% en Emilia-Romaña y zonas del Apenino central. La mortalidad de colmenas superó el 10% y un 25% de los profesionales abandonaron la actividad en los últimos tres años.
La situación es más crítica en Grecia, donde se producen entre 14.000 y 25.000 toneladas de miel al año (alrededor del 7% de la producción europea). En 2023, sin embargo, la sequía redujo su producción hasta un 70%, señalan desde el EFSYN, con graves pérdidas en regiones como Eubea, Rodas, Ática y Evros, también afectadas por incendios e inundaciones.
Los intentos de la UE
Ahora bien, tanto la UE como los Estados miembros, han trabajado durante los últimos cinco años para evitar que estos efectos sean aún más perjudiciales. Por ejemplo, en 2021, durante una votación sobre la nueva estrategia por la biodiversidad de la UE, los eurodiputados exigieron una revisión "urgente" de la iniciativa de los polinizadores. La reforma debía incluir un nuevo marco de seguimiento de estos. Además, el Parlamento acordó con la Comisión reducir en un 50% el uso de plaguicidas químicos y peligrosos.
No fue hasta 2024 que la Unión Europea estableció como normativa la necesidad de indicar en la etiqueta los países de origen de la miel en caso de mezclas. Tanto Grit como el presidente de la Asociación de Apicultores de Málaga coinciden en que las mezclas no son malas, el problema es que no se indique la procedencia y el usuario no sepa que su miel no viene de su país. Hasta entonces, la competencia era inasumible. Ahora, al menos, esta transparencia ayuda tanto a consumidores como a productores.
Del mismo modo, en Italia, algunas regiones como Toscana, Emilia-Romaña y Sicilia han impulsado medidas financiadas por la PAC, como restauración de setos, rotación de cultivos y reducción de pesticidas, pero sigue faltando una estrategia nacional coordinada, informan desde Il Sole 24 Ore.
"No vale solo con el etiquetado, es necesario asegurar los mismos controles, que exista una disposición por parte del consumidor por adquirir un producto de mayor calidad, concienciar a todos los niveles de que se consuma el producto local…", sigue enumerando la apicultura. Al final, la falta de apuesta por el producto local, supone una mella en la economía rural y del país ante una situación de competencia desleal donde la producción nacional sobrepasa con creces los costes de la extranjera.