La entrada ¿Prohibir las “malas compañías” a los hijos es una buena idea? Lo que dice la Psicología se publicó primero en Rincón de la Psicología por Jennifer Delgado.
Ser padre o madre es vivir con un ojo puesto en el presente y otro en las amenazas que puede traer el futuro. Cuando los hijos empiezan a crecer, su círculo de amistades se amplía. De pronto, aparecen amigos que hablan distinto, visten raro o parecen demasiado rebeldes. Entonces el radar protector se activa: ¿y si anda con malas compañías? ¿Y si lo arrastran por un mal camino?
La reacción inmediata de muchos padres es prohibir esas amistades. Pero, ¿es realmente la mejor estrategia? La Psicología tiene mucho que decir al respecto.
Una preocupación legítima de los padres
Detrás de la tentación de prohibir hay una emoción genuina: el miedo. Los padres saben, por experiencia, que las compañías influyen. Quizá no tengan un máster en Psicología, pero son conscientes de que los grupos de referencia modelan conductas, valores y hasta decisiones.
Por tanto, no es descabellado temer que tu hijo pueda desarrollar hábitos perjudiciales, desde descuidar los estudios hasta probar drogas o normalizar la agresividad, solo para intentar encajar en su nuevo grupo de amigos.
No es una preocupación exagerada porque la adolescencia y los primeros años de la juventud son una etapa de búsqueda de identidad y pertenencia. Los amigos se convierten en brújula, y la presión del grupo suele pesar infinitamente más que la voz de los padres. Así que, en apariencia, “cortar de raíz” esas relaciones parece una medida preventiva lógica.
Pero quien tiene hijos adolescentes sabe que no es tan sencillo.
El efecto rebote al prohibir las malas compañías en la adolescencia
El problema es que, en la práctica, prohibir suele producir el efecto contrario. Cuando un padre veta a un amigo, el hijo no suele pensar: “qué sabios son mis padres, mejor me alejo”. Lo que sucede es más bien lo contrario: “no entienden nada, no les haré caso”.
De hecho, un estudio realizado en la Universidad Atlántica de Florida reveló que prohibir ciertas amistades suele exacerbar los problemas de conducta, provocar problemas de adaptación y dañar la “reputación” del adolescente en el grupo, lo que puede generar una ulterior angustia emocional.
En otros casos, la prohibición simplemente refuerza el interés por esa amistad. Lo prohibido se reviste de un aura de desafío y autonomía, que es justo lo que los adolescentes buscan. Al mismo tiempo, el joven o adolescente puede empezar a percibir a los padres como “enemigos de su libertad” en lugar de aliados que solo desean su bienestar. En esos casos, la relación de confianza, esa que tanto ha costado construir, se resquebraja y los puentes del diálogo se rompen.
“Malas” compañías… ¿o solo diferentes?
Ante todo, conviene hacer un alto y reflexionar sobre lo que entendemos por “malas compañías”. A veces, el juicio de los padres está teñido de sus propios valores, gustos o prejuicios. No siempre un amigo es dañino o representa un riesgo real; a veces simplemente tiene un estilo que incomoda al adulto, ya sea porque se viste de forma extravagante, escucha música estridente o cuestiona normas que los padres consideran sagradas.
En esos casos, el peligro quizá no radique en la amistad en sí, sino en la dificultad de los padres para tolerar la diferencia. Su hijo podría estar explorando identidades, ensayando roles o acercándose a personas que lo ayudan a conocerse mejor. No todo lo distinto es malo. Aprender a distinguir entre una verdadera amenaza y una simple incomodidad es un paso fundamental.
Las señales de alerta que conviene vigilar y justifican la preocupación parental son otras:
- Cambios drásticos en el comportamiento del joven o adolescente: aislamiento, irritabilidad extrema, abandono de actividades que antes disfrutaba.
- Conductas de riesgo: consumo de alcohol o drogas, vandalismo o agresiones.
- Desinterés total por los estudios y falta de motivación.
- Deterioro en la relación familiar marcado por secretos constantes o una hostilidad creciente.
Si esos comportamientos aparecen tras haberse unido a un nuevo grupo de amigos, tiene sentido sospechar que su influencia puede ser negativa. En esos casos, los padres no pueden – ni deben – ser pasivos. Pero la estrategia que elijan es crucial para que el remedio no sea peor que la enfermedad.
¿Cómo alejar a tu hijo de las malas compañías sin alejarlo de ti?
Para tratar con los adolescentes, lo mejor es evitar el control rígido y apostar por una vía basada en la comunicación y el acompañamiento. Si tu hijo siente que puede hablar sin miedo a juicios ni represalias, tu influencia seguirá siendo fuerte y es más probable que escuche tus consejos.
1. Abre el canal de comunicación
Lo más poderoso que pueden hacer los padres de hijos adolescentes es conversar sin sermonear. Pregunta desde la curiosidad, no desde el juicio: “¿Qué es lo que te gusta de tu amigo/a?” o “¿Qué encuentras en ese grupo?”. Escuchar de verdad, con la mente abierta, te permitirá entender mejor a tu hijo y, al mismo tiempo, lo animará a reflexionar sobre sus elecciones sin sentirse juzgado.
2. Conoce a sus amigos
Invitar a los amigos a casa, interesarse por ellos y darles un espacio puede derribar prejuicios. Muchas veces, el miedo se alimenta de la distancia y el desconocimiento. Al ver cómo interactúan quizá descubras que no son tan “peligrosos” como imaginabas – o al menos podrás entender mejor el papel que juegan en la vida de tu hijo.
3. Ofrece referentes alternativos
En lugar de prohibir, es más eficaz animar a tu hijo a que también se relacione con otros grupos más positivos, ya sea en el contexto de actividades deportivas, artísticas o comunitarias. Ampliar su red social diversifica las influencias a las que se encuentra sometido y reduce el peso de las posibles amistades conflictivas.
4. Señala conductas, no personas
Es distinto decir: “tu amigo es un desastre, no quiero que lo veas” a: “me preocupa que cuando estás con él terminas llegando tarde o contestando mal”. Señalar comportamientos específicos ayudará a tu hijo a reflexionar sin sentir que estás atacando a su amigo. Así no generas una actitud defensiva y, al mismo tiempo, dejas claro lo que te preocupa y lo que consideras que es necesario cambiar.
5. Establece límites claros
La confianza no está reñida con los límites. Los padres pueden decir: “confío en que elijas bien a tus amigos, pero no voy a permitir que vuelvas a casa a las 3 de la mañana”. El mensaje no es “veto a tus amigos”, sino “en nuestro hogar existen normas que debes respetar como parte de esta familia”. La diferencia es sutil pero importante porque establece pautas de comportamiento mientras brinda cierto margen de autonomía al joven o adolescente.
Un equilibrio difícil, pero no imposible
La paternidad y la maternidad en la adolescencia es un ejercicio de equilibrista: hay que ir soltando la cuerda del control sin dejar de mantener abierta la red de seguridad. Prohibir tajantemente puede darte la sensación de que tienes el control de la situación, pero a largo plazo es probable que erosione la confianza y fomente la rebeldía.
La alternativa es dialogar, acompañar y establecer límites razonables para proteger a tu hijo (no para aliviar tus miedos e inseguridades). Y, obviamente, ayudarlo a desarrollar un criterio propio. Esa es la mejor vacuna contra las malas influencias. Por tanto, más que prohibir amistades, se trata de educar la capacidad de elegir buenas relaciones. Y eso solo se logra con confianza, paciencia y acompañamiento.
Referencia:
Kaniušonytė, G. & Laursen, B. (2024) Maternal disapproval of friends in response to child conduct problems damages the peer status of pre- and early adolescents. The Journal of Child Psychology and Psychiatry; 66(2): 178-188.
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