
Aquel 15 de mayo de 2011 yo estaba en Sol con mi amigo Miguel. Un chico colocó unas cajas de madera y se subió encima con un micrófono, y durante un rato el mundo pareció estar a punto de cambiar. Aquello era orgánico, espontáneo. La gente se arremolinaba tan cabreada como esperanzada.

Probablemente aquel chico, no sé quien era, ahora será diputado o concejal, vaya usted a saber. Pero sentimos por primera vez que éramos parte de algo, aunque fuese la miseria la que nos unía. Asistí a muchas asambleas, descubrí a muchísima gente con grandes ideas y en situaciones muy límite. Nunca volví a saber nada de ellos.
Por aquella época yo trabajaba de becario en una agencia con la que era mi pareja. Ganábamos 600 euros al mes. Pagábamos 400 por una habitación en un piso, gracias a un favor de un buen amigo. El futuro era mucho peor que incierto. El país se caía a cachos, los casos de corrupción catalizaban nuestro hartazgo y lo transformaban en ira. Teníamos poquísimo que perder, decía Àngels Barceló en un editorial. Jamás entendí esa frase tan sumamente condescendiente. Teníamos todo por perder.
Lo que al principio surgió como un incendio antisistema que los mass media trataron con una mezcla de admiración paternalista y número de circo, acabó transformándose en un partido político. Un partido que, seamos sinceros, terminó en manos de gente que solo sufrió la precariedad consustancial a la juventud, no a su clase social. Profesores, ingenieros, estudiantes de Políticas y Derecho de familias de clase media-alta capitalizaron una aventura contra el régimen del bipartidismo. “"Si aceptas jugar, ya nunca podrás cambiar las reglas del juego." , tuiteaba una amiga aquel 17 de enero de 2014, cuando Podemos empieza a andar.
El partido morado irrumpió con fuerza, impulsado por los casos de corrupción que asolaban la confianza ciudadana en la política. Nadie dudó de ellos en aquellos momentos. Jamás lo olvidemos: llegaron a liderar las encuestas justo antes del tejemaneje Inda-Villarejo.
Pero desde ese 2014, España sufrió una extraña paradoja sociopolítica a la que ningún medio prestó atención: pasamos de ser el segundo país con más manifestaciones del mundo —solo después de Grecia— a ser el penúltimo. Fiamos todas nuestras ganas antisistema a un voto y a un partido dentro del sistema.
Recordadlo: "Si aceptas jugar, ya nunca podrás cambiar las reglas del juego" y entonces comenzó a desatarse toda la inmensa verdad que encerraba el tweet de mi amiga. La prensa generalista, ayudada por una policía pagada con fondos reservados, se dedicó a hundir a Podemos. Una decena de causas judiciales. Una decena. PISA, Niñera, Caja de Solidaridad, Dina, Microcréditos, Financiación iraní… Ninguna condena. Ningún delito probado.
Y es entonces cuando Podemos pasó de ser un partido constructivo a un partido a la defensiva. Iglesias tuvo que bajar una y mil veces al fango —medio en el que, reconoció luego, se sentía demasiado cómodo— pero que dañó su imagen de forma irreparable. La españolidad nunca ha sido muy amante de las personas astutas e irónicas: les recuerda su propia estupidez. La formación de Iglesias pasó a preocuparse más de contestar a quienes jamás les votarían que de proponer a quienes sí lo harían. Ese fue el punto definitivo de inflexión.
A ese acoso se unió una tendencia sociocultural terrible: progresivamente, motivados por un exceso de exposición masivo en portadas y telediarios, la corrupción dejó de impactar a los españoles y luego, la corrupción dejó de preocupar a los españoles. Como ocurrió durante el franquismo, volvió a interiorizarse como un problema consustancial al ejercicio de la política. Ya no enfervorecía a la masa obrera. Los medios tuvieron mucho que ver en todo esto. También la falta de responsabilidad, autocrítica y sentido de estado de aquellos partidos que esquilmaron al país.
Podemos viró su estrategia y puso el foco en los problemas identitarios. Convirtió el feminismo y la defensa de los derechos LGTBI en una bandera táctica prioritaria. Bajó al fango de forma constante contra aquellos que jamás cambiarían de opinión. Y apartó los problemas de clase y la precariedad del foco mediático, pese a que los jóvenes seguían igual de mal (o incluso peor) ahora que cuando comenzó el 15M.
El yo sobre el nosotros. Y cuando uno está todo el día con el yo, los que necesitan ser un nosotros, en un capitalismo que cada vez reivindica más la competitividad y la soledad del individuo, acaban marchándose.
Y más cuando ese yo acaba afectando a tu forma de hacer política. Cuando las luchas intestinas por el poder acaban partiendo un partido. Cuando vas a unas elecciones y la inmensa mayor parte de tus votantes potenciales no saben realmente la diferencia entre votarte a ti o al partido que se ha escindido de ti. Cuando sabes que ir separado será siempre peor que llegar a un acuerdo, pero prefieres velar por tu futuro político. Cuando en tus mítines comienzas a hacer algo que jamás hiciste antes y que solo hacían "los partidos del régimen": desconfiar de la inteligencia de tu votantes
Sumar repitió el mismo arco vital en tiempo acelerado: nació como alternativa, se diluyó como socio, y hoy reclama explicaciones a un PSOE cada vez más acorralado por la judicatura y por una prensa que lleva décadas perfeccionando la técnica del desgaste. La diferencia es crucial y casi nadie la dice con claridad: a Podemos lo hundieron con quince causas que acabaron en nada. Al PSOE lo persiguen con casos donde algunos escándalos están demostrando tener fundamento real. Pablo Iglesias ha cometido repetidamente el error de equiparar ambas situaciones de acoso en las que uno era del todo inocente y el otro no lo era tanto.
Y llegamos a hoy, a 2026. El votante de izquierda contempla un paisaje desolador. El PSOE gobierna sin mayoría real y con una crisis interna que sus propios ministros ya no disimulan. Sumar es una sigla. Podemos, un recuerdo. Y millones de personas que en 2011 salieron a la calle se preguntan, en silencio, a quién demonios votar sin sentirse cómplices o estúpidos.
Y aquí está la trampa más vieja del mundo, activándose de nuevo con una precisión de relojería. Muchísimos volvieron al PSOE y a Pedro como el que vuelve a un ex: convencidos de que la urgencia lo justificaba todo, de que había diferencias reales entre unos y otros, porque las había. Hasta que los casos fueron llegando. El caso Koldo, Ábalos, Leire, Zapatero….
“Hemos sido psoeizados”, que decía Miguel Maldonado. Y esa psoeización de la izquierda tiene ese coste letal: cuando el que te representa cae, caes tú con él. Y todos vuelven a ser concebidos como iguales. ¿Que Podemos gobernó, legisló y gestionó durante años sin acumular un solo caso de corrupción probada? Eso ya da igual. Podemos ya fue defenestrado y desactivado. Y toda esa deshonestidad lleva años siendo el proyecto político más exitoso de la derecha española: no convencerte de que ellos son mejores, sino de que todos son lo mismo.
Y aquí está lo más amargo. Aquello que gritábamos en Sol (PP y PSOE, la misma mierda es) lo gritábamos como una especie de vacua y excesiva reducción. Lo sabíamos injusto en parte. Lo decíamos igual porque la rabia necesita frases cortas. Y el tiempo, sin que nadie se lo pidiera, ha ido construyendo una realidad que se parece demasiado a aquel grito. Hemos vuelto a Filesa. Al GAL. Aunque sea a pequeña (o tal vez gran) escala. A la puta casilla moral de salida. Muchos izquierdistas han vuelto a ser psoeizados.
Desde aquel 2011 hasta hoy hemos atravesado tres (¿cuatro?) crisis que hace veinte o treinta años habrían bastado para sacar a la gente a la calle como salimos aquel mayo. Nada de eso ha pasado. Las hemos aceptado con un cobarde estoicismo. Lo que era ira y esperanza ahora solo es rendición y pesimismo. Una gran parte de todo esto es culpa nuestra. De nuestra generación y de la que viene por detrás. Cobardes, despolitizados, desnortados, nos hemos dejado llevar por y hacia la nada. Nos rendimos a ""Si aceptas jugar, ya nunca podrás cambiar las reglas del juego." Quince años después, seguimos aceptando las reglas. Pero hoy las reglas, no es que estén mal, es que nunca han sido peores y nunca más difíciles de cambiar.
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