Es absurdo.
Por una parte, EEUU tiene una legislación de inmigración muy restrictiva, un laberinto legal que es muy difícil sortear para el inmigrante pobre que va encadenando trabajos precarios.
Pero, por la otra, Usamérica necesita esa mano de obra barata en sectores que no podrían pagar los altísimos costes de la mano de obra local, enseñoreada en un mercado laboral en situación próxima al pleno empleo.
¿Solución? ¿Facilitar la regularización de esa mano de obra necesaria para el funcionamiento de su economía? ¡Quiá! Eso supondría una racionalidad y rectitud de conciencia que no es de esperar en el gobierno de gringolandia.
Sencillamente, lo que llevan haciendo durante décadas es hacer la vista gorda. De esta forma, disponen de una masa laboral en una situación de eterna indefensión y precariedad, muy rentable para sus empleadores.
Les molesta tener a todos esos morenitos pobres hablando en español; ensucian el paisaje. Pero, son los que recogen la fruta, limpian la casa o le cambian el aceite a su coche. Tienen que encontrar un equilibrio, entre el fastidio y la conveniencia. Y en la sociedad gringa hay a quien le pesa más el fastidio y a quien valora más la conveniencia.
Trump es el candidato de los primeros, en muchos casos clase baja que no percibe los beneficios de la inmigración y sí sufre su competencia en trabajos de baja cualificación.
Pero esa ofensiva para expulsar inmigrantes choca frontalmente con otra de sus políticas, la de reindustrializar EEUU (otra política proclive a la clase obrera). Porque ¿de dónde van a salir los trabajadores para esos nuevos empleos industriales, si ya existe pleno empleo y aún se reduce la masa laboral? Si quieres cubrirlos, tendrás que quitarlos de otro lado.
Y una escasez de mano de obra provocará un incremento de los salarios (como ocurrió tras el COVID) que laminen la competitividad de esa nueva industria. Por lo tanto, habrá que protegerla con aranceles. Pero sólo servirá al consumo doméstico, se puede ir olvidando de exportar.
Por ejemplo, las obleas que produce TSMC en su fábrica de Arizona son un 20% más caras que las producidas en Taiwan, que no es precisamente un lugar con sueldos bajos.
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CODA: Las líneas de izquierda y derecha ahora se trazan por su posición en las guerras culturales, conservadores contra progresistas, pero se desdibujan y entrelazan en temas socioeconómicos.
Por ejemplo, el ejecutivo de Trump ha puesto un tope a los precios de los medicamentos, medida que supone un alivio para la clase baja (el coste sanitario en EEUU sobrepasa lo demencial, es pura extorsión mafiosa).
O, recientemente, ha legislado la prohibición a los fondos de inversión de comprar viviendas unifamiliares, retirando la mano fuerte compradora en el mercado residencial y, por lo tanto, aliviando los precios. ¡Ops! Ya podéis esperar sentados que el Partido ¿Socialista? ¿Obrero? ¿Español? tome una decisión así.
Esta clase de medidas le granjean el apoyo de la clase trabajadora, que le perdona sus extravagancias y embustes, porque ve una protección de sus intereses de clase que jamás podrían esperar del Partido Demócrata, la izquierda.
Al mismo tiempo, legisla una bajada de impuestos a las rentas altas, que aumenta el déficit público (que los aranceles están conteniendo) y aumenta el coste de refinanciar su enorme volumen de deuda.
Aranceles que son, de facto, un impuesto a las empresas importadoras, que son las que están asumiendo en su mayor parte el coste, incapaces de trasladarlo al exportador o al consumidor.
El mundo no es sencillo.
Nuestros medios están al servicio de la élite globalista del imperio anglosajón, del cual formamos parte, y reproducen sus consignas. Vivimos en una época excepcional, en que sus intereses no siempre están alineados con la presidencia de los USA, y en consecuencia, la cobertura mediática de este presidente se hace en tonos mucho más oscuros que los precedentes. Con la imagen que nos ofrecen del personaje, parece increíble que alguien pueda votar a semejante energúmeno. Y, sin embargo, le votó, de nuevo, la mitad del país. Es importante entender por qué.
Por las guerras culturales, sí. Pero también por interés de clase.
Hay una lema político escrito en piedra: la gente vota con el bolsillo.
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