Fernando Higueras fue el más cavernícola de los arquitectos españoles. Un genuino cromañón adicto al poderoso peso de la roca, pero abducido por un marciano; alienígena o autoestopista galáctico. Lo que prefieran. Solo así se explica cómo convivieron en él una predilección por el respeto al brutalismo de la piedra gris, de la vieja cueva, pasado por un filtro geométrico con la racionalidad de un ser cósmico. Al menos si atendemos a la imagen que nos ha dado Hollywood de la arquitectura alienígena. Pensándolo bien, quizás no es que Higueras fuese abducido por un extraterrestre. Mejor sería presuponer que lo que nos han vendido sobre las construcciones espaciales salió de la mente de Higueras.
Si a ustedes les da por bucear en la vida y obra de este polímata, de este artista iconoclasta que le pegó con ganas tanto a la guitarra como al pincel o al tiralíneas, verán que su vigorosa tozudez y la visceralidad apasionada con que se enfrentó al mundo resultan contagiosas. Esa mirada barroca de la vida se apodera de uno como un temblor. Háganme caso… esperen y lean. Porque Fernando Higueras merece incluso un biopic. Una peli con su nombre, que, si algún productor espabilado lee esto, servidor se presenta voluntario a escribir.
Higueras nació en Madrid en 1930 y en ella se fraguaron sus instintos estéticos. La pelambrera acerosa de la barba —que, puro en boca, acabaría significando su imagen— brotó a la par que una pasión documentada por la racionalidad estructural, desvestida de trivialidades decorativas y con mastodónticas ambiciones. Su herramienta predilecta: el hormigón, al que se debe la nomenclatura de su estilo; brutalismo, derivado de la expresión francesa béton brut (hormigón en bruto o a la vista).

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Según contaban sus allegados, como Iñaki Ábalos o Andrés Perea, Higueras compartía la textura de sus diseños. Poderoso. Rampante. Sin medias tintas ni la mal entendida virtud de la discreción (a menudo síntoma de cobardía o mediocridad). Era, como señala el arquitecto y escritor Pedro Torrijos, autor de Territorios improbables (Kailas), un “toro bramante”.
Se casó a los treinta y un años. Tarde para lo que era la época de posguerra. Lo hizo con María Elena de Cárdenas y Sánchez. Tuvo cinco vástagos y se divorció después. Pero antes del drama marital, Higueras logró lo que, con no poca perrería lazarillesca, muchos ansiaban alcanzar con sus matrimonios. Una dote en condiciones. En el caso de Higueras, un estudio financiado por Ignacio de Cárdenas, arquitecto y padre de la novia. Un hogar donde se forjaría gran parte de la leyenda —en lo que a sus diseños se refiere— situado en la Avenida de América. ¿Quién no educa la paciencia con el suegro frente a semejante perspectiva?
Una corona muy espinosa de lograr
Pero el bueno de Ignacio de Cárdenas no era ningún zote. Sabía con quién se la jugaba. Higueras, si bien tuvo algún traspiés para acabar la carrera de arquitectura (le costó una década, aprox.), apuntaba maneras. Pensemos también que, por aquel entonces, ser arquitecto tenía un cierto caché. Bueno, ya puestos, ser arquitecto, médico, abogado, periodista, ingeniero y un largo etcétera de profesiones tenía el prestigio que hoy se presumen los influencers cuando van a los restaurantes esperando ser invitados por colgar una foto de los platos en su Instagram. O grabar una cochambrosa y salivante crítica para colgarla en YouTube.
Sea como fuere, la confianza de Cárdenas en su yerno tuvo inminentes resultados. Solo dos años después de obtener su título, Higueras ganó el Premio Nacional de Arquitectura junto a su colega Rafael Moneo, del que acabaría distanciándose. ¿La obra? Un emblema madrileño por todos conocido que hace reina a la capital. La sede del Instituto del Patrimonio Cultural de España (IPCE), más conocida como la Corona de Espinas. Un proyecto que se las trajo. A pesar de haber triunfado con el anteproyecto, la puntiaguda tiara no vio la luz definitivamente hasta la década de los noventa.
Higueras ganó el Premio Nacional de Arquitectura junto a su colega Rafael Moneo, del que acabaría distanciándose, con la Corona de Espinas
Las cosas de palacio van despacio y, hablando de la catedral más apócrifa, atea y cultureta de Madrid, no podía ser de otra forma. La arquitectura, como arte, como pulsión, alcanza dificultades adheridas a su naturaleza que ninguna otra forma de creación padece. Su vocación de habitabilidad impone unas medidas de seguridad y supervivencia ajenas, no sé, a la pintura, la música o las letras. Nadie se va a morir porque Lita Cabellut barnice mal un cuadro y el espectador contemple cómo los rostros del lienzo se derriten. Pero si una obra de arquitectura pincha, ahí, amigo, se puede armar una de Dios es Cristo.
El asunto es que los terrenos de la Ciudad Universitaria, lugar escogido para erigir la obra y antaño un soberano descampado, resultaron ser demasiado pequeños. Luego, además, se vio que eran poco firmes para albergar la estructura y, en fin, a cada nuevo paso que Higueras daba, acababa retrocediendo dos. Pero gracias a esa horquilla de tiempo, Higueras comenzó la andadura con quien sería su impertérrito socio, Antonio Miró, copiloto del arquitecto brutalista en sus andanzas y compinche en la idea que hoy podemos disfrutar en la calle Pintor El Greco, 4.
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![El edificio conocido como Corona de Espinas en Madrid. (INSTITUTO DE PATRIMONIO CULTURAL)]()
El edificio conocido como Corona de Espinas en Madrid. (INSTITUTO DE PATRIMONIO CULTURAL)
Porque sin Miró, ni esos años de impase, jamás hubiéramos visto los gajos afilados, esa puntiaguda solemnidad provocadora, punky, me atrevería a decir, que tantas películas ha inspirado —desde Álex de la Iglesia, pasando por José Luis Cuerda y Almodóvar—, convertida en un símbolo madrileño. De hecho, si uno ve el proyecto original, aunque el concepto cilíndrico, de anfiteatro romano, estaba muy presente, no así el agresivo y bello margen superior que surgió con los años. A veces, una obra maestra necesita ser repensada hasta la extenuación para acabar exprimiendo todo su genuino potencial.
A contracorriente
Pero no vaya a pensar nadie que Higueras se pasó a la sopa boba todos esos años. En absoluto. Desde que obtuvo el título, el arquitecto no paró de crear e idear nuevos y atrevidos proyectos. Admirador declarado de Antonio Gaudí, Félix Candela, Pier Luigi Nervi o Frank Lloyd Wright, Higueras supo conservar la fuerza del salmón, yendo a contracorriente y desentendiéndose de las vacas sagradas de la arquitectura —cuando no directamente maldiciéndolas— como Sáenz de Oiza, Frank Gehry, Mies van der Rohe o Le Corbusier. Mientras todos andaban rumiando máximas minimalistas (“menos es más”, ya saben), Higueras se decantó por una firme tautología: menos es menos, y punto. E Higueras siempre quiso más.
En 1962 diseñó la casa de César Manrique a las afueras de Madrid. Un proyecto que asentaría una relación ininterrumpida de amistad y trabajo, que llevaría a Higueras hasta Lanzarote; forja terrenal del dios Vulcano por la que tanto Manrique como Higueras pelearon sin descanso. En lo que respecta a las viviendas, el madrileño tuvo buena y visionaria mano con ellas. Dos pruebas son la Casa Lucio Muñoz, en la calle Jardines, 13, de Torrelodones, y la Casa López Villaseñor, en la calle Moreras, 18, también de Torrelodones. Dos edificaciones, pura sensibilidad estética integrada en el paisaje, a lo Frank Lloyd Wright, que todavía conservan una modernidad e ingenio difíciles de encontrar en España, incluso a estas alturas, más de medio siglo después de su construcción.

Viaje por el brutalismo de Madrid
Rubén AmónLa capital fue escenario de una fertilísima regeneración arquitectónica en la década de los sesenta cuyo emblema es Torres Blancas y cuyas huellas de hormigón describen un itinerario fascinante (y fantasma)
Y lo mismo se puede decir de las Viviendas Militares en Madrid, construidas entre 1967 y 1975. Dos bloques que son firma inequívoca de la glorieta de San Bernardo, como dos colosos selváticos aterrizados sin pedir permiso, con estómagos áureos y circulares que, si uno tiene la chance de poder ver, merecen la pena. Aunque habrá de pedir permiso a los vecinos que, según dicen, andan un poco cansados de ver a los foráneos, mitómanos de la arquitectura higuereña, rondar como voyeurs del hormigón por los alrededores. Como anécdota curiosa, y aunque Higueras de facho tenía poquito, más bien tiraba a lo hippiesco, estas viviendas fueron hogar de los cabecillas del 23-F Alfonso Armada y Antonio Tejero.
Personajes que tornaban curiosa la convivencia, según cuentan, como narró en una columna el escritor Daniel Saldaña París, quien vivió en el Edificio Princesa a comienzos del milenio. Una comunidad de coup d’état, para que me entiendan. Desafortunadamente, Fernando Higueras ha sido conocido no sólo por aquellas edificaciones llevadas a término, sino por los proyectos que jamás vieron la luz. Si bien hubieran iluminado el mundo con una arquitectura por encima de la lógica.
Hablo de las diez residencias de artistas de 1960, que son puro origami de hormigón entremezclado entre sí. O la Casa Wüthrich de Lanzarote, de 1962, donde los retranqueos y los vuelos, como terrazas llanas, comienzan a tomar la dirección de la obra de Higueras. Un sendero que lo llevará a la que, para este cronista, es una de las edificaciones más molonas, exageradas y geniales extraídas de la mente de Higueras: el edificio polivalente de Montecarlo, de 1969. Se trata de una nave espacial. No cabe duda. La versión de alto octanaje y delirio de un crucero estelar de Star Wars. Un edificio cósmico que daba al mar y al paseo, atrapando la mirada como el alunizaje de un OVNI galáctico. Por desgracia, como tantos otros proyectos, este no vio la luz. Pero el ingenio del arquitecto era inasequible al desaliento.
Rascacielos y Rascainfiernos
Situado en el barrio de Chamartín, en la calle Maestro Lassalle, 36, se oculta — nunca mejor dicho— una de las joyas particulares de Fernando Higueras. Si a alguno de ustedes les pica la curiosidad y arden en deseos de ver de qué se trata, sepan que se puede visitar. De hecho, este artefacto arquitectónico es la sede oficial de la Fundación Fernando Higueras. Hablamos del famoso Rascainfiernos. Un estudio subterráneo de dos plantas construido junto a la que fuera la vivienda familiar de Higueras. Para acudir, basta llamar al teléfono de la fundación, y Lola Botia, quien fuera pareja y colega de Fernando Higueras durante los últimos veinte años de su vida, confirma la disponibilidad de las visitas. Por cierto, visitas que ella misma dirige, previo pago de diez euros, y en las que, a través de quien más trató al arquitecto durante sus últimas décadas, puede uno escurrirse hasta las entrañas de la leyenda.
La mayor parte de lo antes expuesto forma parte de la información que Botia ofrece en la visita, así como recuerdos particulares sobre la personalidad de Higueras: “Era difícil a veces, pero absolutamente genial”, asegura. “Poseía una personalidad magnética y una mordacidad increíbles”. Botia también compara el antes y el después del Rascainfiernos. Antaño poblado por obras de arte de la talla de Sorolla o Antonio López (de quien Higueras era íntimo amigo), que tuvieron que ser vendidas durante algunos baches económicos.

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Hoy, las paredes sobre las que vierten la luz los dos lucernarios que dan a un sótano la luminosidad de un ático están vestidas con imágenes de los proyectos del arquitecto. Y fue allí, en esa madriguera de hormigón, donde se forjó otra parte de su mito. Lejos de los festivalones de la gauche divine y el Olimpo cultural que pasaron por el Rascainfiernos, la imagen de rebelde feroz de Higueras se basó en sus declarados escarceos con la cocaína y la pornografía amateur.
Pornografía
Sí, exacto, esto casi sonaría más al biopic de una estrella del rock como Tommy Lee, pero es que Higueras, como se ha dicho antes, era fiero y provocador de manera tridimensional. Se lo mirase por donde se lo mirase. Ya en los setenta se documentan no pocos viajes lisérgicos durante sus colaboraciones con Manrique en Lanzarote. Encuentros que, puestos a elucubrar, podrían dar pie a escenas tipo Miedo y asco en Las Vegas si la susodicha película sobre Higueras tuviera lugar.
Luego, con el tiempo, llegaron nuevos y vibrantes placeres narcóticos, así como lo de grabarse dándole al tema bañado por la luz que caía desde los lucernarios. “En este sótano grabé 2.717 películas que cuando muera legaré a una fundación estadounidense. ¡Joder!, mira que me lo he pasado bien en la vida”, dijo en una entrevista con Luis Alemany en un reportaje publicado por El Mundo en 2004. Sea cierto o no, entiéndase que lo de llamar a un material erótico casero (extenso, eso sí): “pornografía” suena fuerte. Pero, en fin, las palabras mandan en lo que respecta a llamar la atención.
Cabe suponer, por todo esto último, que cuando en esa misma entrevista con Alemany se le preguntó por su muerte, Higueras lo dejó bien claro: “Cuando muera no quiero que nadie escriba: ‘Murió de larga enfermedad; no se le escuchó hablar mal de nadie’. Lo que quiero es que pongan: ‘Murió follando; habló bien de muy poca gente’”. Hoy se cumplen casi dos décadas de su muerte y su legado sigue vivísimo.
Las redes sociales han permitido que la obra de Fernando Higueras atraviese la mirada del mundo entero, y el mundo le ha devuelto una alabanza común. Es lo que tienen los valientes, los visionarios, los que han sido romantizados porque rompieron el molde y no se achantaron: encuentran en un futuro rara vez conocido la admiración que merecían. Higueras, por supuesto, fue muy admirado y reputado y consiguió dejar honda huella en vida. Pero no todos, salvo quienes han sabido revelar la belleza salvaje de su arte, alcanzan a sobrevivir con tanto poder a su muerte. Madrid es hogar del mausoleo de Fernando Higueras. Pero no lo encontrarán en ningún cementerio. Está en todas las magníficas obras que ideó en vida. Pueden ir a presentar sus respetos. La arquitectura y el buen gusto se lo agradecerán.