Documentación desclasificada relativa al intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, en virtud del Acuerdo por el que se desclasifica documentación relativa al intento de golpe de Estado de 23 de febrero de 1981, aprobado en el Consejo de Ministros el 24 de febrero de 2026.
En concreto, la instructora de la causa ha puesto en el foco los mensajes que transmitió José Manuel Cuenca, secretario autonómico de Presidencia y jefe de gabinete de Mazón el día de la dana, a Pradas y que para la magistrada vinculan al exjefe del Consell directamente con el retraso del envío del Es-Alert. El más conocido es el de "Salo, de confinar nada", emitido por el propio Cuenca 5 minutos antes de las 20 horas, ante la posibilidad de que la entonces responsable de la gestión de la emergencia decretara una restricción de movilidad.
etiquetas: mazón, cuenca, pradas, órdenes whatsapp, dana, valencia
Expertos y asociaciones laicistas apuestan por eliminar la casilla en coherencia con el compromiso de autofinanciación adquirido por la Iglesia en 1979
Movistar+ ha comenzado a ofrecer a sus abonados los contenidos de Canal Red, el proyecto televisivo de Pablo Iglesias. De momento, está en fase de pruebas. Paso previo a su inclusión definitiva. La plataforma evaluará el funcionamiento y estabilidad antes de asignarle un espacio fijo. Canal Red se acaba de introducir en la plataforma y, en el probable caso de que permanezca dentro de ella tras las pruebas, conseguiría un aumento significativo de su difusión. Movistar Plus acumulaba 3,7 millones de abonados en el 3er trimestre de 2025.
etiquetas: pablo iglesias, movistar+, oferta televisiva, programa progresista
El Departamento de Defensa de Estados Unidos le dio hasta el viernes a la empresa californiana Anthropic para que acepte el uso militar sin restricciones de su inteligencia artificial por parte del Pentágono. El director ejecutivo de Anthropic, Dario Amodei, se reunió el martes con el secretario de Defensa, Pete Hegseth, en el Pentágono. En el centro del conflicto está la negativa de Anthropic a permitir que sus modelos de IA se utilicen para la vigilancia masiva de ciudadanos estadounidenses o en sistemas armamentísticos totalmente autónomos.
etiquetas: seguridad, ejército, gobierno, inteligencia artificial, anthropic, claude
Seguro has escuchado frases como ‘Si quieres, puedes’… pero muchas veces eso es mentira. En este vídeo te explico por qué el esfuerzo no siempre basta y cómo no dejarte engañar por el marketing motivacional. #MarketingMentiroso #MotivacionReal #PsicologiaDelConsumo #FrasesMotivacionales #CulturaDelEsfuerzo
Mi columna de esta semana en Invertia se titula «La IA no viene a liberarte: viene a intensificar tu jornada (y a convertirte en su profesor)» (pdf), y trata sobre una de esas verdades incómodas que el marketing tecnológico prefiere no mirar de frente: la promesa de que la inteligencia artificial «nos quitará trabajo» está derivando, en demasiados casos, en exactamente lo contrario. La dinámica que empieza a verse en empresas reales no es la de jornadas más cortas y tareas más humanas, sino la de una intensificación progresiva del ritmo, el alcance y la disponibilidad esperada, un auténtico overclocking, hasta convertir la productividad en una nueva línea base de exigencia.
La idea no es solo una intuición. Harvard Business Review acaba de publicar un artículo muy directo, «AI doesn’t reduce work—it intensifies it«, que resume un patrón cada vez más reconocible: cuando se introduce inteligencia artificial, las personas tienden a trabajar más deprisa, asumir más tareas y extender el trabajo a más horas del día, muchas veces sin que nadie se lo pida explícitamente. El incentivo es sutil: si puedes hacer más, se espera que hagas más. Y si haces más, esa cifra pasa a convertirse en el estándar.
Esa intensificación se mezcla con otra capa menos visible, pero igual de corrosiva: la ansiedad. The Guardian ha lanzado una serie de reportajes, Reworked, precisamente para poner el foco en cómo la inteligencia artificial está alterando trabajo y poder, y no desde el punto de vista de los directivos que la venden, sino desde el de las personas que la sufren o la incorporan para sobrevivir a la presión. El arranque de la serie, «AI’s workplace revolution is here – and anxiety is rising with it«, es especialmente útil para entender por qué esta transformación no se vive como liberación, sino como incertidumbre. Otro de los capítulos, «How the anxiety over AI could fuel a new workers’ movement«, conecta esa inquietud con algo políticamente relevante: cuando el poder en el trabajo se erosiona y las reglas las fija quien controla la tecnología, la reacción social no tarda en aparecer.
En esa misma línea, el debate serio sobre empleo con inteligencia artificial lleva tiempo insistiendo en que el impacto dominante puede ser de «aumentación» más que de automatización total, pero que eso no significa necesariamente mejora de condiciones. El Working Paper de la OIT, «Generative AI and jobs: A global analysis of potential effects on job quantity and quality«, es una buena referencia para situar la cuestión donde debe estar: no solo cuántos empleos desaparecen, sino qué ocurre con la calidad del trabajo, el contenido de las tareas y el reparto del valor generado.
A todo esto se añade un fenómeno que en muchas empresas crece más deprisa que cualquier despliegue oficial: la shadow AI. Empleados que, por presión de tiempo o por falta de herramientas internas, acaban utilizando servicios no autorizados, pegando fragmentos de documentos, correos, código o datos sensibles en sistemas externos. KPMG lo documenta en su informe «Shadow AI is already here: Take control, reduce risk, and unleash innovation«, y lo que describe no es una anécdota, sino un patrón organizativo: la innovación se cuela por la puerta de atrás cuando la gobernanza llega tarde. El resultado es evidente: riesgos de seguridad, riesgos regulatorios y, sobre todo, una brecha entre lo que la empresa cree que está pasando y lo que realmente está pasando.
Y entonces aparece la parte más explosiva del asunto, la que discutimos poco: no solo se usa inteligencia artificial, se la entrena. Mucha gente ya está construyendo «su» asistente con materiales generados dentro de la empresa: documentación interna, procesos, plantillas, repositorios, conocimiento tácito convertido en texto. Eso abre una pregunta de propiedad y control que no se resuelve con un eslogan: ¿de quién es ese conocimiento cuando se convierte en un chatbot? Europa lleva años protegiendo el know-how y la información no divulgada a través de la Directiva de secretos comerciales, pero el reto práctico está en otra parte: ¿cómo se evita que la «destilación» de conocimiento organizativo acabe en servicios externos, en modelos mal gobernados o en activos que nadie sabe realmente quién controla?
En este punto, conviene distinguir entre lo que algunas plataformas prometen y lo que muchas empresas hacen sin darse cuenta. Hay proveedores que establecen compromisos explícitos de uso de datos en sus ofertas empresariales, por ejemplo OpenAI en su página de privacidad para entornos corporativos, pero la shadow AI precisamente vive fuera de esos cauces: nace cuando el empleado usa una cuenta personal, una herramienta gratuita o una integración improvisada. Por eso el problema no se arregla con un documento de compliance, sino con gobernanza real, herramientas internas útiles y, sobre todo, con un replanteamiento del incentivo: si la inteligencia artificial aumenta productividad, la cuestión política dentro de la empresa es quién captura ese excedente, en forma de beneficios, o en forma de tiempo y bienestar.
Para cerrar el círculo, lo que estamos viendo exige que la conversación salga del binomio «despidos sí / despidos no». La inteligencia artificial está redefiniendo el contrato psicológico del trabajo, el reparto del poder dentro de la organización y la frontera entre lo que el trabajador hace y lo que el trabajador enseña a hacer. Si no introducimos deliberadamente reglas y límites, y no hablo solo de guías, sino de decisiones de gestión, la promesa de liberación se convertirá en lo que tantas veces ha sido el aumento de productividad en la historia: más presión, más desigualdad y menos capacidad de negociación. Y eso, en un contexto europeo y español con baja productividad estructural, envejecimiento demográfico y tensiones distributivas, no es solo un tema tecnológico. Es agenda política.
Siempre he considerado que es importante cerrar los círculos de la vida. Cuando no logramos pasar página y nos quedamos atrapados en el pasado, nos perdemos el presente y no logramos mirar hacia el futuro. Sin embargo, que queramos cerrar un ciclo no significa, necesariamente, que estemos preparados para hacerlo.
A veces, lo decimos con la voz de la razón, somos conscientes de que necesitamos poner ese punto final, pero el «corazón» aún está atrapado en otra parte. Pero así no lograremos cerrar ese capítulo, simplemente porque las emociones no se olvidan por decreto.
El deseo de cerrar un ciclo: cuando la mente va más rápido que el corazón
Muchas veces queremos cerrar un ciclo porque estamos cansados. Cansados de sufrir, de darle vueltas a las cosas, de estar atascados o de sentirnos vulnerables. Anhelamos alivio y paz, deseamos dejar de cargar con algo que nos pesa demasiado.
Ese deseo es perfectamente válido y comprensible. Llegados a cierto punto, nuestro cerebro, harto del malestar, intenta reducirlo. El problema es que ser conscientes de que necesitamos cerrar un ciclo no significa que estemos emocionalmente preparados para hacerlo.
La sanación emocional tiene sus propios tiempos, un poco como las heridas físicas. Si te has roto una pierna, quizá llegue un punto en el que estés harto de estar en casa y no veas la hora de salir a correr, pero eso no significa que puedas hacerlo. Tendrás que esperar.
En el universo afectivo ocurre algo similar. Quizá queramos dejar atrás lo que nos dolió, pero mientras sigamos sintiendo un nudo en el estómago al recordarlo o se nos llenen de lágrimas los ojos, no estaremos preparados para seguir adelante.
Las consecuencias de tener prisa por sanar
Últimamente se habla mucho de resiliencia, pero la mayoría de las personas la confunden con una especie de “olvido exprés” porque nuestra capacidad para lidiar de manera madura con el dolor y el sufrimiento ha disminuido a ojos vistas. En práctica, lo que llaman resiliencia es realmente una forma sofisticada de negación, como esconder el polvo debajo de la alfombra y fingir que no existe. De esa mentalidad surgen frases como “tienes que ser fuerte”, “pasa página” o “debes seguir adelante”.
Así, cuando notamos que nuestro malestar incomoda a los demás, empezamos a preguntarnos si no estaremos exagerando y nos obligamos a cerrar el ciclo. Entonces empezamos a exigirnos estar bien antes de tiempo, como si el sufrimiento emocional fuera un yogurt con fecha de caducidad.
El problema es que violentar ese proceso a menudo es contraproducente. No sanaremos más rápido, sanaremos peor, porque como decía Freud: “las emociones reprimidas nunca mueren, son enterradas vivas y saldrán de la peor manera”. Lo que no nos permitimos sentir, acaba enquistándose.
Quizá sigamos adelante, actuemos con normalidad y aparentemos estar bien, pero como la herida no ha sanado adecuadamente, se reabrirá a la primera de cambio. De hecho, la reactividad emocional suele ser una de las señales de que nos hemos apresurado demasiado en cerrar un capítulo. En ese caso, un comentario inocente, una discusión mínima o una pequeña decepción provocan una respuesta desproporcionada. Obviamente, no reaccionamos a lo que está pasando, sino a todo lo que quedó pendiente.
Otra señal es la desconexión con uno mismo. Para cerrar el ciclo, muchas personas aprenden a anestesiarse, lo que significa que dejan de prestar atención a lo que sienten, minimizan sus necesidades y se vuelven excesivamente racionales o hiperproductivas. Aparentan ser fuertes, pero pierden sensibilidad. Con el paso del tiempo, se van desconectando de sí mismas para no escuchar ese eco del pasado.
Sin embargo, debemos comprender que sanar deprisa no nos hace más fuertes, al contrario, puede dejarnos más frágiles porque debilita nuestras estructuras emocionales, de manera que cualquier sacudida, por mínima que sea, puede hacer que nuestro andamio emocional se tambalee.
¿Cómo saber si estás preparado para cerrar un ciclo?
Ya sea una ruptura de pareja, la muerte de un ser querido o incluso el fracaso de un proyecto profesional, cuando llegue el momento, lo sabrás. Generalmente no es algo espectacular, no es una iluminación ni una epifanía, sino más bien una sensación de calma cuando finalmente logras:
Pensar sin obsesionarte.
Recordar sin ahogarte.
Sentir sin desbordarte.
Y no es que ya no te importe, sino que lo que te sucedió deja de doler tanto. Eso es un cierre real y saludable, un cierre que te permite abrirte de verdad a las nuevas oportunidades que depara el futuro.
Obviamente, querer cerrar un ciclo es una señal positiva de crecimiento. Indica que quieres sentirte mejor y seguir adelante de manera más consciente y ligera. Y eso es perfectamente normal. Pero no te castigues si aún no puedes ni te apresures demasiado.
A veces, no todo lo que quieres soltar, está listo para soltarte. Y no todo lo que entiendes racionalmente se ha integrado emocionalmente en tu historia vital. Y eso también es normal. Ve dando pequeños pasos, a tu ritmo. No te fuerces a cerrar un capítulo si todavía no estás preparado solo porque los demás te digan que es hora de hacerlo.
Estar donde estás ahora también es válido. Y hablarlo puede ayudar. Con BetterHelp puedes conectar online con psicólogos cualificados en España y adaptar la terapia a tu vida. Más información en https://www.betterhelp.com/TUP con 10 % de descuento el primer mes.
🧭 Descarga gratis la Hoja Brújula con 10 preguntas para conocerte mejor: https://bit.ly/4bSORNd
📘 Más de 150 podcast resumidos en un libro, “Lo que Ellos saben y Tú no” disponible aquí: https://amzn.eu/d/8ZcVldi
¡Bienvenidos a Tengo un Plan! 🎙️
Omar Enfedaque es músico y divulgador en el ámbito de la salud y el desarrollo personal. Tras una trayectoria vinculada al mundo artístico, ha profundizado en el estudio de la nutrición, los hábitos y el bienestar físico y emocional, integrando creatividad y disciplina en su forma de entender la vida. Su enfoque une sensibilidad artística con una visión práctica para fortalecer cuerpo y mente en un entorno cada vez más exigente.
Recuerda compartir el episodio si te ha gustado, ¡y no olvides suscribirte a nuestro canal de YouTube y valorarnos con 5 estrellas si nos escuchas en plataformas de audio!
Así se desprende del escrito, al que ha tenido acceso Europa Press, en el que su letrado José Antonio Choclán insta a Díaz a «rectificar públicamente» el mensaje que publicó en su cuenta en la red social Bluesky. También pide a la vicepresidenta que indemnice a Iglesias «en la cantidad que se establezca en función del grave daño social producido» por su «comportamiento injurioso y calumnioso». @lavozdegalicia
La respuesta de Yolanda Díaz: «Las mujeres ya no nos callamos».
En La fosa abierta (Anagrama), Brigitte Vasallo toma como punto de partida la memoria campesina gallega y la experiencia de la emigración a París para cuestionar los marcos desde los que solemos pensar la identidad, la integración y el mundo rural. El libro no es una evocación nostálgica del pasado, sino una intervención en debates muy presentes: la figura del “migrante ejemplar”, la instrumentalización política de la lengua, la construcción cultural del campesinado como sujeto atrasado o incapaz de pensarse.
A través de la historia de su madre –que pasó de una aldea gallega a trabajar como interna en el distrito 16 de París– y de las capas de la migración interna en Catalunya, Vasallo discute la idea misma de integración y señala las dificultades de la izquierda para reconocer al campo como sujeto político con autonomía propia. La memoria, aquí, no es un refugio, sino un campo de disputa.
En esta conversación, la memoria deja de ser relato íntimo para convertirse en herramienta crítica. Hablamos del “migrante útil”, de la integración como tecnología de poder, de la lengua como derecho y no como prueba de pureza, y de la dificultad de las izquierdas para pensar el campo sin convertirlo en objeto. La memoria, aquí, no es un refugio: es una forma de desobediencia.
La memoria –la de tu madre antes de ser madre, la tuya propia, la de la población migrante que viene del mundo campesino– atraviesa todo el libro. No como nostalgia, sino como campo de disputa. Para empezar, ¿qué papel juega la memoria para quienes han migrado y han tenido que desplazarse no solo geográficamente, sino también social y culturalmente?
A mí me interesa mucho la cuestión de la memoria y, en este caso, que hago memoria de la diáspora, la pregunta de cómo podemos hacer esta memoria sin que responda a las lógicas memorialistas de los lugares fijos. Porque nuestro estar en el mundo y nuestra memoria es necesariamente una cosa distinta.
Entonces, ¿cómo construir esa memoria que no sea una memoria museitable y que no responda a la quietud, sino al movimiento?
Me decía Geni Núñez, que es una pensadora brasileña, que en las cartas jesuíticas de la conquista de los territorios que llamarán americanos se hablaba de que los pueblos nómadas no son colonizables. Entonces, una de las primeras preocupaciones era precisamente eso, parar el movimiento. Y a mí eso me interesa también en el sentido de comportamiento colonizable, cómo conservamos ese movimiento que también es la fluctuación en el pensamiento.
¿Y cómo se puede consolidar una identidad basada en el movimiento? Es decir, ¿la identidad nos remite necesariamente a una serie de representaciones fijas a las que volver?
Es que tal vez no responde a la lógica de la identidad. También lo que estoy buscando con todo este viaje no es una identidad.
Por eso me gusta y he usado siempre estas dos palabras para definirme a mí misma: charnega y marimacho. ¿Por qué? Porque son palabras que abren una conversación, no la cierran. La identidad es una cosa que cierra más, que ya tiene un tipo de consenso alrededor.
En cambio, usar términos donde no hay aún consenso permite la conversación. Y eso es lo que a mí me interesa. No sé si me interesa tanto buscar una identidad en la diáspora.
Cuando narras en el libro que reunís gente con distintas experiencias de la diáspora, hay un común denominador, aunque las experiencias sean distintas. Hay un apelar a algo compartido.
Sí, en ese caso te remitiría a Spivak cuando habla de identidades estratégicas. Es como lo máximo que me podría interesar en el término identidad. Somos nosotres en ese momento en que hablamos de la diáspora y hay unas cosas en común.
Pero atendiendo a los lugares de salida, que en este caso es el mundo campesino antes de esos últimos procesos capitalistas, es distinta la experiencia en una aldea gallega que la experiencia de las jornaleras sin tierra andaluzas. Y cuando pensamos en los lugares de llegada, es distinta mi experiencia nacida en Catalunya que la de la gente que emigró a América o se quedó en Francia.
Entonces ahí vuelve a haber unos otros que se reconfiguran. Me interesa esa flexibilidad en la construcción y la posibilidad de una no confrontación entre las diferencias. Que no sea exactamente la misma experiencia no significa que sea la experiencia contraria ni que una memoria anule otras.
Si atendemos a las lógicas del pensamiento situado, esta es una pieza del puzzle que yo entrego. El puzzle no invalida las otras.
Foto: Anna Oswaldo Cruz
Se trata, entonces, de encadenar esas experiencias y abrirlas de una forma que no se tapen las unas con las otras.
Exacto. Eso es lo que se llama la estratificación de la clase obrera en términos del capitalismo y también la estratificación de las migraciones. Es uno de los mecanismos que tiene el capitalismo: generar estratos y ponerlos a competir.
Cuando hacemos esta memoria en Catalunya y se nos responde «también había catalanes pobres», claro, una cosa no quita la otra. Es interesante ver cómo el sistema puso a competir a catalanes pobres con migrantes pobres, igual que ahora se nos dice que el problema son los migrantes.
Y nosotras, hijas de migrantes internos, no saltamos las alarmas porque no sentimos que estén insultándonos, cuando también lo están haciendo.
Entender todos esos estratos forma parte de un relato que no alterice y que no haga brocha gorda con las clases subalternas.
Hablas del campesinado como una clase social difícilmente colonizable, casi impermeable a ciertas lógicas del capitalismo. ¿Por qué el campesino ha sido visto históricamente como alguien peligroso o indomable para el sistema?
El campesinado, en verdad, como clase social y como grupos sociales, es bastante indomable en ese sentido. ¿Por qué? Porque son grupos bastante autónomos. Eso ya lo decía Berger: un campesinado –a no confundir con el capitalismo agrario– es una clase social totalmente impermeable al consumismo.
Ya no es que tenga que hacer un esfuerzo para no dejarse atrapar, es que no necesitan nada. Yo estoy aquí en casa de mis primas y prácticamente no necesitan nada. Hoy en día tienen que pagar impuestos, claro, y ya no se fabrican la ropa como antes, pero por lo demás la cuestión de la acumulación, cuando hablamos de patatas, nabos y zanahorias, es un poco extraña.
Entonces es una clase social impermeable. Para los sistemas que se han ido instalando desde la modernidad, tanto el capitalismo como el Estado liberal, no se puede permitir que eso exista. Yo hago un paralelismo con las lesbianas o con las mujeres trans. Pienso: ¿para qué tanto ensañamiento si somos cuatro? Proporcionalmente somos una cosa irrisoria. Tal vez tanto ensañamiento porque somos un ejemplo disciplinar. Si existimos, quiere decir que hay otras formas de existencia posibles.
Y eso pasa también con el campesinado. Si el campesinado existe, quiere decir que hay otras formas de vida posibles. Y eso es lo que al sistema no le interesa. Entonces se disciplina, se invisibiliza, se barbariza al campesinado para que no podamos ni siquiera vernos reflejadas ahí.
Y a veces, desde la ciudad, también se romantiza el campo…
Claro, claro. Pero romantizar es fetichizar, y solo puedes fetichizar un objeto. El franquismo lo hizo. Primero fetiche y después, cuando ya no sirve, se tira. Es una cosificación.
Quería preguntarte por Paco Candel, una figura que en Catalunya se presentó como una suerte de “migrante modélico” y que tú criticas en tanto que representa tan bien la idea de integración del amo.
Paco Candel fue el migrante útil. Y cuando digo útil no lo digo como juicio moral, sino como función política. Es el migrante que no solamente acepta asimilarse, sino que además acepta ocupar el lugar ejemplar desde el que se mide a los demás. Se convierte en referencia normativa.
Entonces, si Paco Candel se integró, ¿por qué no se integran los musulmanes? Si la migración anterior funcionó, ¿qué pasa con la actual? Ahí se produce un desplazamiento muy claro. El problema deja de ser estructural, deja de tener que ver con condiciones materiales, con racismo institucional, con desigualdad, y pasa a colocarse en el grupo migrante más débil del momento. Se individualiza y se culturaliza el conflicto.
Además, esa figura del “buen migrante” cumple otra función. No solo disciplina hacia fuera, también cierra el debate hacia dentro. Se construye una voz autorizada que habla en nombre de una experiencia entera. El año pasado se celebró el aniversario Candel y nadie me invitó a hablar de la cuestión charnega. Eso no es anecdótico. Se establece una especie de canon. Hay una figura que puede hablar por los siglos de los siglos de las migraciones internas, y otras voces quedan fuera.
Y cuando esa figura se utiliza como ejemplo comparativo frente a otras migraciones, lo que se está haciendo es reforzar una jerarquía racial y cultural. Se dice: antes funcionó, ahora no funciona. Entonces el fallo no es del sistema, es del nuevo migrante. Ese es el mecanismo.
Dices también que la mutación de clase de tu madre, que pasó de la aldea a trabajar de sirvienta en París, para luego volver a Galicia, fue también una mutación de género.
Esto es un salto filosófico que me he permitido hacer. Cuando escribí el libro sobre lenguaje inclusivo y exclusión de clase empezaron a aparecer imágenes sobre mi origen campesino de forma poco intencional. Yo ya ponía la imagen de mi tía Erundina, que tenía bigote, y a mí eso siempre me pareció una cosa atrasada, porque era una campesina con bigote.
Hasta que en los ambientes transfeministas se empezó a hablar de no depilarse y eso me pareció súper moderno. Pero esos cuerpos yo ya los había visto. Lo que pasa es que no les había dado legitimidad política.
Entonces pienso en ese cuerpo campesino que no es un cuerpo refinado. Cuando Kollontai habla de la nueva mujer que no va a depender de un hombre, mis abuelas nunca dependieron de un hombre. Aquí hay un montón de hijos de soltera, mujeres que han criado y han tirado adelante la casa sin depender de nadie.
Federici nos dice que con el salario llega un tipo nuevo de patriarcado: la vida depende del salario y con él se crea desigualdad de género. En las colonias industriales catalanas los hombres cobraban salario entero, ellas la mitad y los niños menos. Eso genera una estructura que pasa a depender de los hombres.
En el campo no hay tarea que no sea cuidado. Todas las tareas tienen el mismo prestigio.
Mi madre, campesina de una aldea donde todos estamos emparentados, se marchó a París. No sabía leer ni escribir. Llegó al barrio 16, entró de interna en una casa rica y pasó diez años allí. Tuvo que aprender a usar el tenedor y el cuchillo, a cocinar como ellos. Tuvo que sofisticar su género.
Quería preguntarte por la llamada España vaciada, que aparece un poco como música de fondo en el libro. Hay todo un relato político y mediático sobre el vacío, sobre territorios que supuestamente ya no tienen sujetos, casi como si fuesen espacios disponibles para proyectos externos. ¿Qué hay de cierto en esa idea de lo vacío? ¿Existe realmente ese vacío o es una forma de nombrar otra cosa?
No, ciertamente, lo vacío no existe. Las resistencias siguen existiendo. A mí me preocupa mucho la relación entre las izquierdas políticas y el campesinado; hay una arrogancia y una mentalidad cosificante respecto a la gente del campo.
La gente del campo es diversa y vota a todo el espectro. ¿Cómo es que no hay un acercamiento en horizontal, una escucha real, un apoyo a los proyectos que existen aquí?
Con los incendios se vio claro: no se puede desbrozar el monte para prevenir que el fuego se extienda, pero sí se desbroza para postes eléctricos, eólicos o placas solares. Eso genera un malestar muy fuerte.
Cuando dices que la izquierda no tiene proyecto político para el campo, pero sí existe una narrativa cultural muy potente sobre lo rural, pienso en el cine de Carla Simón o en As bestas, de Sorogoyen. ¿Qué te parece problemático de esa representación? ¿Qué es lo que está narrando realmente la película sobre el campesinado?
Una de las cosas que me ha enseñado esta investigación es que todo el pensamiento político que hacemos desde la modernidad es hijo de la modernidad. No planteamos la modernidad como uno de los marcos posibles, sino como la neutralidad. Todo el pensamiento que hacemos dentro del capitalismo es capitalista, incluso el anticapitalismo.
Uno de los éxitos narrativos de la modernidad ha sido construir al campesino como un ser incapaz de pensarse a sí mismo, como alguien al que tiene que venir la gente de ciudad a explicarle lo que le pasa. Y eso lo vemos también en productos culturales que, incluso siendo críticos, siguen reproduciendo esa mirada.
En el caso de As bestas, mucha gente de izquierdas no había leído la película en ese sentido. Pero ahí vuelve a aparecer esa figura del campesino como bruto, como incapaz de entender el mundo, como alguien reaccionario por naturaleza. No se plantea qué conflictos materiales hay, qué tensiones reales existen, qué choque de proyectos se está produciendo.
Incluso cuando desde la izquierda se habla de “llevar el arte al campo” o de intervenir culturalmente en lo rural, hay algo de esa misma lógica: como si aquí no hubiese pensamiento, ni cultura, ni capacidad de producir discurso propio.
No se reconoce al sujeto campesino como sujeto político y sujeto de su propia historia.
Ayer, conseguí acostarme con el chico que me gusta desde hace años. Al despedirnos, me dijo textualmente: "me gustas mucho, tanto que me he enamorado de ti, pero es mejor que lo dejemos y quedemos como amigos". ADV
El ex primer ministro noruego Thorbjorn Jagland ha sido hospitalizado tras un intento de suicidio, mientras las autoridades del país llevan a cabo una amplia investigación sobre presunta corrupción grave relacionada con los documentos del caso Jeffrey Epstein. La investigación comenzó después de que archivos de las sagas del fallecido pedófilo estadounidense Epstein revelaran contactos y posibles beneficios de Jagland y sus familiares.
etiquetas: tribunales, gobierno noruego, premios nobel, pederastia
Irán está cerca de llegar a un acuerdo con China para comprar misiles de crucero anti‑buque, según seis personas con conocimiento de las negociaciones, justo cuando Estados Unidos despliega una vasta fuerza naval cerca de la costa iraní antes de posibles huelgas sobre la República Islámica.
Hace un mes apareció el cuerpo de un toxicómano en un bosque de la periferia de Milán. Para los partidos del Gobierno, el caso ya estaba resuelto: el agente de policía que lo había matado lo hizo en legítima defensa y, por tanto, era inútil investigar. Es más, había que cambiar la ley para proteger a los policías, un escudo penal. Era la historia perfecta para demostrar que el Ejecutivo de derechas apuesta por la seguridad, contra los enemigos: los inmigrantes que delinquen y los jueces que los defienden... Sigue en #2
etiquetas: policía, arrestado, aprietos, gobierno italiano
Vivía en Barcelona cuando fue captada por un intermediario del entorno de Jeffrey Epstein. Viajó varias veces a París para verlo, donde fue abusada. Él decidió cómo debía ser su cuerpo, recomendó cirujanos y pagó operaciones. Tras su muerte, el FBI la identificó como víctima residente en España y reconoció no estar ayudándola por falta de experiencia. Hoy vive en el Golfo Pérsico y ha declinado hablar con EL ESPAÑOL. Lectura completa en #1.
etiquetas: víctima, jeffrey epstein, barcelona, españa
Las balizas V16 siguen en el foco de la polémica y, esta vez, se sitúan bajo sospecha en la Unión Europea: La Comisión reconoce que España no notificó la normativa. Con menos de dos meses en vigor, las balizas V16, reguladas en España mediante la aprobación del Real Decreto 1030/2022 publicado en el Boletín Oficial del Estado el 20 de diciembre de 2022, y obligatoria definitivamente en todos los coches en sustitución de los triángulos de emergencia, se pone en duda su legalidad. Unión Europea pone en duda su posible legalidad y abre la puerta
etiquetas: balizas v16, dgt, unión europea, regulación
El hecho de que las personas sigan una tendencia general al elegir pareja o decidan no hacerlo conscientemente tiene un impacto notable en la diversidad de fenotipos disponibles. Así lo demuestra un nuevo estudio de la Universidad de Würzburg.
Hace tiempo, y hasta hoy, soy el chico que cualquier chica desearía según las 3 amigas que he ayudado cuando sus novios les han puteado. Eh, pero ellas siguen con ellos y yo aquí tan solo. ADV
Learn GitHub Actions from scratch in this complete CI/CD tutorial! Set up automated pipelines to build, test, and deploy your projects on every push — no prior DevOps experience needed.
🚀 What you'll learn: • Create your first CI pipeline • Speed up builds 3x with caching • Test on multiple Node versions with Matrix builds • Set up staging & production deployments • Use environments with approval gates
⏱️ Timestamps: 0:00 - Introduction 0:30 - What is GitHub Actions? 2:00 - Creating your first CI pipeline 6:40 - Adding caching for faster builds 9:40 - Matrix builds (multi-version testing) 12:15 - Deployment pipelines 16:00 - Try it yourself 19:45 - Recap
“Hazlo así”. “Tienes que entregarlo hoy”, “Debes cambiar la forma de hacer esta actividad”. ¿Cuántas veces has escuchado frases así y, casi de inmediato, has sentido una incomodidad difícil de explicar? ¿Por qué algo que parece lógico se vive como una imposición? No es rebeldía ni antipatía; es una reacción casi automática ante la percepción de que tu libertad está siendo restringida.
Si alguna vez te sorprendiste queriendo hacer lo contrario solo porque te lo dijeron de forma tajante, no estás exagerando. La psicología lo llama reactancia, un fenómeno ampliamente estudiado. Entenderlo no solo aclara por qué ciertas instrucciones activan rechazo, sino que también ofrece herramientas para responder con mayor conciencia.
Cuando sentimos que nos quitan la libertad
De acuerdo con una publicación de Zeitschrift fur Psychologie, la reactancia es un estado motivacional desagradable que aparece cuando percibimos una amenaza a nuestra libertad de elegir. No se trata solo de “no querer obedecer”, sino de restaurar algo que sentimos que nos están quitando: la autonomía.
Este estado corresponde a una mezcla inseparable de ira y cogniciones negativas, como la generación de argumentos internos para llevar la contraria. Es decir, mientras te molestas, tu mente empieza a construir razones para justificar por qué la instrucción está mal.
Además, activa un tipo de motivación de aproximación: la misma energía que usamos cuando deseamos ir hacia algo. En este caso, la fuerza interna se dirige a recuperar autonomía. Por eso la reacción puede sentirse intensa y energizada, incluso impulsiva.
Bajo esta premisa, un trabajo divulgado en Human Communication Research confirma que este proceso incluye contraargumentación activa. Cuando el cerebro detecta una amenaza a la libertad, entra en un modo defensivo que puede generar el llamado “efecto bumerán”: hacer exactamente lo contrario de lo pedido, solo para reafirmar el control.
El principal detonante es el lenguaje controlador. Expresiones como “debes”, “tienes que” o “hazlo porque sí” son percibidas como amenazas directas a la autonomía. De hecho, las investigaciones antes mencionadas muestran que este tipo de lenguaje aumenta de forma significativa la reactancia.
También influye la legitimidad de la orden. Si percibimos que es injustificada o inapropiada, la reacción puede ser inmediata e incluso fisiológica, con aumento del ritmo cardíaco. Y cuanto más importante sea para nosotros la libertad restringida, mayor será la intensidad del rechazo.
Hay otros factores que potencian la respuesta. La repetición constante de instrucciones sobre tareas rutinarias incrementa la molestia. En entornos digitales o escritos, el lenguaje controlador puede tener un efecto aún más negativo. Incluso existe la reactancia vicaria: sentir enfado cuando vemos que restringen la libertad de alguien de nuestro grupo.
Algunas personas tienen una alta necesidad de autonomía. En ellas, el lenguaje controlador dispara más pensamientos negativos que en otras.
La buena noticia es que la reactancia puede leerse como una señal de autonomía, no como un defecto. Si sientes esa resistencia, en vez de chocar de inmediato, puedes preguntarte: ¿qué parte de mi libertad siento amenazada?
Una estrategia es traducir órdenes en opciones. Los estudios sobre lenguaje de apoyo a la autonomía muestran que términos como “podrías”, “considera” o “tienes la opción de” reducen la sensación de amenaza y transforman una motivación controlada en autónoma.
También funciona pedir el objetivo (el qué) y negociar el margen (el cómo). Cuando comprendes el propósito y puedes decidir la forma de actuar, tu necesidad de autonomía queda satisfecha. Añadir una justificación clara —el porqué de la instrucción— disminuye el rechazo, porque la acción empieza a tener sentido propio.
Ahora bien, hay un límite. Si la reactancia se vuelve automática, puede sabotear relaciones y aprendizaje. Algunas personas desarrollan una disposición más reactante (como rasgo). En esos casos, el rechazo constante puede erosionar la confianza, generar comportamientos hostiles o impedir procesar el valor real de un consejo. Incluso mensajes de salud o bienestar pueden fracasar solo por el tono utilizado.
La clave no es resistir ni obedecer todo. Es reconocer esa chispa interna como una defensa de tu autonomía. A partir de ahí, puedes elegir con más conciencia. Porque no se trata de hacer lo contrario por impulso, sino de decidir desde un lugar más libre.