Esta cuenta lleva apenas unos meses activa y ya supera los 100.000 seguidores.
Se llama Olivia Brand. Comparte su estilo de vida, reflexiones sobre relaciones y consejos personales. Sus publicaciones se llenan de corazones, halagos y mensajes de agradecimiento de personas que dicen sentirse inspiradas por ella.
Hasta aquí, todo parecería normal.
Pero hay un detalle: Olivia no existe. Es una inteligencia artificial.
Y no, no hay engaño. En su perfil se indica claramente que es una IA. Aun así, muchos seguidores —sabiéndolo— la escuchan, la admiran y comparten sus mensajes.
Quizá ya no estamos en la fase de preguntarnos si algo es real o artificial. Tal vez estamos entrando en otra etapa: aquella en la que deja de importarnos.
Poco a poco estamos haciendo espacio en nuestro mundo emocional para vincularnos con inteligencias artificiales. Lo que antes parecía distópico —personas enamorándose de robots o de sistemas digitales— empieza a parecer menos ficción y más tendencia emergente.
Miles de personas sienten inspiración, admiración e incluso apego hacia algo que, en esencia, es código.
Mientras tanto, surgen modelos virtuales, cuentas creadas íntegramente por IA e incluso perfiles en plataformas de contenido para adultos donde las “personas” no existen fuera de una pantalla.
Todo esto ocurre en un contexto donde las relaciones humanas parecen cada vez más frágiles: vínculos más breves, menor tolerancia a la incomodidad y una lógica de consumo aplicada también a las personas.
Un escenario perfecto para que muchos empiecen a preferir relaciones diseñadas para satisfacer, sin conflicto ni rechazo.
Olivia es, quizá, el ejemplo más claro de ello.
La pregunta no es si esto va a pasar, sino qué efectos tendrá en cómo nos vinculamos y en qué entendemos por conexión emocional.
Te leo en comentarios: ¿qué opinas de todo esto y hacia dónde crees que vamos?