El Tribunal Supremo está juzgando al PSOE por el caso mascarillas y la Audiencia Nacional al PP
por la Kitchen. Ambos juicios han comenzado a la vez conformando una sincronía poética y un
juego de espejos que deja bastante claro que eso del 15-M de "la misma mierda es" era por algo.
Mientras arranca en la Audiencia Nacional el juicio del caso Kitchen, la operación parapolicial con la que el PP intentó tapar el rastro de Bárcenas y la financiación irregular de la Gürtel, el Tribunal Supremo sienta en el banquillo a José Luis Ábalos por el caso mascarillas, la primera de las piezas que tiene abiertas el PSOE desde que se destapó el llamado caso Koldo.
Dos partidos, dos épocas y un mismo paisaje de fondo: corrupción, guerra sucia, uso del Estado para protegerse y una sensación de que en España cambian las siglas, pero no siempre cambian las costumbres.
El caso Kitchen vuelve a poner sobre la mesa uno de los capítulos más turbios del PP de Rajoy. La Fiscalía sostiene que desde el Ministerio del Interior de Jorge Fernández Díaz se montó una operación ilegal para espiar a Luis Bárcenas y quitarle documentación comprometedora para el partido.
Al mismo tiempo, el caso Ábalos enseña la otra cara del espejo. El exministro socialista se sienta en el Supremo por las adjudicaciones irregulares de mascarillas durante la pandemia, junto a Koldo García y Víctor de Aldama. La Fiscalía pide 24 años para Ábalos, 19 y medio para Koldo y 7 para Aldama, en un juicio que además está dejando una imagen demoledora del entorno personal y político del exministro.
Ahí tenemos a Jéssica Rodríguez, convertida en uno de los nombres propios de estas primeras sesiones. Su declaración ha sido de las que dejan poso porque resume bien la mezcla de enchufe, desparpajo y decadencia que rodea al caso. Cuando la defensa dejó caer si su actividad estaba vinculada al sexo a cambio de dinero, ella respondió que era dentista y colegiada.
Pero, más allá del morbo, lo importante es que admitió haber cobrado de empresas públicas sin ir a trabajar, y que Ábalos lo sabía.
Jose Luis Ábalos, el lugarteniente de Pedro Sánchez que leyó el discurso de la moción de censura de 2018 donde el "nuevo PSOE" se postuló para hacer la gran limpieza moral tras la Gürtel hoy aparece salpicado por una trama que, aunque distinta en forma, vuelve a oler a comisiones, favores y aprovechamiento de lo público para fines privados.
La comparación entre la Gürtel y el caso Koldo y entre Kitchen y las maniobras del sanchismo para defenderse de sus propias investigaciones,nos deja claro que aunque los juicios actuales no son lo mismo en lo penal ni en lo procesal, el mecanismo de ambos partidos sí se parece demasiado: primero corrupción, luego cloacas luego y finalmente pues banquillo de acusados y jueces.
Donde sí hay una diferencia es en el periodísmo. NO debemos olvidar que la corrupción del PP la destaparon también medios como El Mundo, ABC o El Confidencial, pero la actual del PSOE...
Hasta ahora su ecosistema mediático ha preferido hablar de fango, bulos o conspiración antes que mirar de frente determinadas tramas.
Todo esto ayuda a entender por qué tantos ciudadanos tienen ya la sensación de que la corrupción no solo va de partidos: va también de periodistas, empresarios, comisarios, filtraciones y aparatos enteros que se activan o se silencian según quién esté en Moncloa.
Y al fondo queda la pregunta más antipática de todas: si el PP que cayó por la Gürtel utilizó las cloacas para taparla, y el PSOE que prometió regenerarlo todo termina sentado por su propia trama de mordidas y enchufes, ¿qué confianza puede tener ya un ciudadano normal en los dos grandes partidos?