Primera parte
I
Sé muy bien lo que opina de mí la gente, ya que no desconozco la mala fama que tengo, aun entre los más tontos. Pero yo soy la única, sí, la única, que, cuando quiero, hago reír a los dioses y a los hombres. Y una muestra evidente de esto es que tan pronto como he empezado a hablar ante esta numerosa audiencia sus rostros se han iluminado con nueva y desacostumbrada alegría. Han relajado el ceño, acompañando su aplauso con una risa franca y amable. Me ha parecido al verlos que, como los dioses homéricos, están borrachos de néctar mezclado con nepenta, mientras que antes parecían tristes y vencidos en sus asientos, como recién salidos de la cueva de Trofonio.
Apenas me han visto aparecer se les ha dibujado un nuevo semblante. Algo así como cuando un nuevo sol muestra su rostro resplandeciente a la tierra; o como cuando la primavera, empujada por blando céfiro, renueva la faz de las cosas, les da un calor distinto y les devuelve su juventud. Mi sola presencia ha logrado ya lo que apenas consiguen los grandes oradores con sus largos y cuidados discursos, esto es, disipar las pesadas molestias del espíritu.
II
Ya van a entender el porqué de mi presencia entre ustedes con estas ropas que ven, si no les molesta escucharme con atención. No me refiero a esa atención con que siguen a los predicadores, sino a la que prestan a los charlatanes de feria, a los juglares y payasos, a esos oídos con que en otro tiempo nuestro Midas escuchaba a Pan.
Si me permiten, quisiera hacer ante ustedes un poco el papel de sofista. Pero entiéndanme bien, no como quienes ahora se entretienen llenando de tonterías la cabeza de los niños y enseñándoles a discutir con más obstinación que las mujeres. Mi estilo será el de los antiguos que, para evitar el apelativo de sabios, prefirieron que se los llamara sofistas. Se dedicaban a alabar las hazañas de los dioses y de los héroes. Entonces, van a escuchar un encomio; no el de Hércules o Solón, sino mi propio encomio, el de la estupidez.
III
No distingo como sabios a aquéllos que valoran como máxima necesidad e inconveniencia el alabarse a sí mismos. Si quieren podrán juzgarlo tonto, pero no negarán que puede ser oportuno. ¿Puede haber algo más adecuado a que la misma estupidez sea vocera de sus mismas alabanzas y cantora de sí misma? ¿Quién mejor capacitada que yo para definirme? A menos que alguien crea que me conoce mejor que yo misma. Sin embargo, pienso que semejante comportamiento de mi parte es más discreto que el de la mayor parte de esa caterva de hombres sabios y distinguidos. Éstos, sin la más mínima vergüenza, acostumbran sobornar a cualquier retórico obsecuente o poeta barato, a quienes compran sus alabanzas, para escuchar embobados lo que no son sino puras mentiras.
Nuestro avergonzado personaje levanta la cabeza y exhibe la cola cual pavo real. Mientras tanto, el medido adulador casi lo compara con los dioses y lo presenta como ejemplo de todas las virtudes, aun sabiendo que está doblemente alejado de todas ellas. No deja de vestir al cuervo con plumas ajenas, de blanquear al etíope y de transformar la mosca en elefante. En fin, yo, para mí, acepto aquel conocido refrán: Bien se alaba quien no encuentra otro que lo haga.
Así, no sé qué extrañar más, si la ingratitud o la indiferencia de los mortales. Todos ellos me alaban y reconocen los provechos que yo traigo; no obstante, después de tantos siglos, nadie que yo sepa me ha celebrado a mí, la estupidez, en un discurso. Por el contrario, no han faltado quienes han pasado la noche en vela a la luz del candil tratando de alumbrar vanos elogios a tiranos como Busiris y Falaris, a las fiebres cuartanas, a las moscas, la calvicie y pestes semejantes.
Por lo tanto, de mi oirán un discurso, no por improvisado y sin maquillaje, menos sincero y veraz.
IV
Podrán creer que mi discurso no ha sido hecho para alardear, como suele hacerlo la caterva de oradores. Se sabe que éstos, cuando llegan a pronunciar un discurso después de treinta años de lenta gestación, y que a veces ni siquiera es suyo, juran haberlo escrito o dictado en tres días y por pura diversión. A mí siempre me ha gustado decir lo primero que se me ocurre. Que nadie espere que empiece presentándome a mí misma, como acostumbran los retóricas. Ni mucho menos que plantee divisiones. Tan mal augurio sería poner límites a quien manifiesta tan amplia elocuencia como disminuir la influencia a quien alaba todo el mundo. ¿Es que tiene algún sentido convertirme por una definición en imagen o sombra, si ustedes me pueden ver tal como soy con sus propios ojos? Como ven, soy aquella generosa distribuidora de bienes llamada stultitia en latín, y moría en griego.
V
Pero ¿qué necesidad tengo de decirles quién soy? ¿Es que no lo revela bastante mi semblante y mi frente, como suele decirse? Si alguien creyese que soy Minerva o la sabiduría, pronto advertiría su error con el simple hecho de mirarme a la cara, aun sin mediar palabra. ¿Hay espejo más fiel del alma que el rostro? No hay truco ni maquillaje en mí, ni escondo en la frente lo que siento en mi corazón. Soy yo misma donde sea que estoy, de modo que no pueden deformarme esos que pretenden para sí la personificación de la Sabiduría, y deambulan como monos vestidos de púrpura, y como burros con piel de león.
Por algún lado dejan sus grandes orejas de Midas, aunque traten de ocultarlo; ¡por Hércules, qué hombres tan ingratos esos! Son clientes míos y, no obstante, se avergüenzan tanto de mi nombre en público que lo lanzan contra los demás como si fuese algo abominable. Están rematadamente locos, aunque les gustaría pasar por sabios y por unos Tales. ¿No sería mejor llamarlos morosofos o sabios tontos?
VI
He querido imitar aquí a los retóricos de hoy que se creen dioses en la tierra, si pueden mostrar, como la sanguijuela, dos lenguas. Consideran una gran hazaña si, en sus discursos en latín, pueden incrustar unas palabrejas griegas sin venir a cuento como piezas de mosaico. Después, si no tienen a mano palabras raras, sacan de oscuros pergaminos cuatro o cinco palabras arcaicas para molestar al lector ingenuo. Supongo que lo que pretenden es que quienes las reconocen se regocijen más en ellas, y quienes no, queden embobados por el hecho de no entenderlas.
Efectivamente, todos mis seguidores parecen experimentar un placer más refinado cuanto más exóticas son las cosas que contemplan. Entonces, ríanse y aplaudan los más ambiciosos de ellos, y que, como el burro, muevan las orejas para dar a entender que las han entendido. Eso es todo. Pero volvamos a nuestro tema.
VII
Señores, ya conocen mi nombre. ¿Cómo puedo llamarlos sino como grandes estupidos ? ¿O es que la diosa Estupidez puede dictar un epíteto más honroso a sus devotos?
Permítanme que, con la ayuda de las musas, les dé a conocer mi genealogía, ya que no son muchos quienes la conocen. No tuve por padre al Caos, al Orco, a Saturno ni a Júpiter, ni a esa caterva anticuada y obsoleta de dioses. Mi padre fue el mismo Plutón en persona, verdadero padre de los dioses y de los hombres, mal que les pese a Hesíodo y Homero, e incluso al mismo Júpiter. Y ahora, como siempre, por un simple movimiento de su cabeza, barajan a su antojo lo profano y lo sagrado. Todo es gobernado de acuerdo con su antojo: la guerra, la paz, los imperios, las artes, lo risible y lo serio. En resumen, es que me falta el aliento, todos los asuntos públicos y privados de los mortales. Sin su apoyo, toda esa caterva de dioses cantados por los poetas e incluso, lo diré sin rodeos, los dioses del Olimpo, o dejarían de existir, o no comerían caliente en sus propios hogares. Ni la misma Palas Atenea podría ayudar a quien Plutón tuviera por enemigo. Por el contrario, quien le agrada podría enviar a la horca al mismísimo Júpiter. Estoy orgullosa de mi padre. Él me engendró, no evidentemente como Júpiter engendrara a la lúgubre y siniestra Palas, sino de Neotete, la más hermosa y alegre de todas las ninfas. Ni fui fruto de un deber conyugal, como aquel herrero cojo, sino de los lazos mucho más dulces de un amor, como dice Homero. No se confundan, no me engendró aquel Plutón que nos presenta Aristófanes con un pie en la tumba y medio ciego, sino un Plutón lleno de fuerza y lleno de juventud, y no tanto de juventud cuanto del néctar que solía beber en las largas y generosas copas de los dioses.
VIII
Quizá quieran saber el lugar de mi nacimiento. Lo digo porque hoy, para considerarlo a uno como noble, importa mucho el lugar donde dio los primeros gemidos. Les diré que no vi la luz en la etérea Delos, ni en las olas del mar, ni en las profundas cavernas, sino en las mismas Islas Afortunadas donde todo crece espontáneamente y sin esfuerzo. En ellas, no hay cansancio, ni envejecimiento, ni enfermedad alguna. Sus campos no están cubiertos de gamones, malvas, cebollas, arbejas, habas, ni ninguna otra planta de la misma clase. Por todas partes, el olfato y la vista se deleitan con el ajo brillante, la panacea, la nepenta, la mejorana, la ambrosía, el loto, la rosa, la violeta y el jacinto que recuerdan los jardines de Adonis.
Nacida entre tales delicias, no surgí a la vida llorando, sino que, rápidamente, sonreí dulcemente a mi madre. Por lo tanto, no tengo por qué envidiar a la cabra Amaltea que amamantó al altísimo Júpiter. Porque a mí me amamantaron con sus pechos dos encantadoras ninfas, la Borrachera, hija de Baco, y la Ignorancia, hija de Pan (Ninfas inventadas por Erasmo); siempre las encontrarán en mi séquito, junto con el resto de mis seguidores y acompañantes. Si quieren saber de mí sus nombres, lo diré, pero por Hércules, deberá ser en griego.
IX
Ésa que ven con grandes cejas no es otra que Filautía: el Amor Propio. Y ésta de ojos chispeantes y lista para aplaudir se llama Kolakía: Adulación. Ésta que ven media insomne y como si dormitara se llama Lethe: Olvido. A la que apoya sus dos codos y cruza las manos se la conoce por Misoponía: Pereza. La que aparece coronada de rosas y envuelta en perfumes es Hedoné: Voluptuosidad. La de ojos esquivos y mirada huidiza es Anoia: Demencia. Tryfe: Apatía, es conocida por su tersa piel y su torneado cuerpo.
Estos dos dioses que ven entre las ninfas, uno se llama Komom: Festín, y el otro Negreton Hypnon: Sueño profundo. Insisto, con la ayuda fiel de esta servidumbre, someto a mi imperio todo cuanto existe, llegando a mandar sobre los mismos emperadores.
X
Ya conocen mi origen, mi crianza y mi séquito. Ahora escuchen con atención, que nadie crea que usurpo el título de Diosa, y verán los grandes favores que otorgo a dioses y a hombres, y cuántos reconocen mi divinidad. Ya que si ser dios consiste en ayudar a los mortales, como ha escrito acertadamente alguien, fueron pocos entre los dioses quienes proporcionaron a los mortales pan y vino o algún otro alivio, ¿por qué yo no podría ser llamada el alfa de todos los dioses? ¿Por qué no debería ser considerada como tal al ser la única que supero a todos en cualquier clase de bienes?
XI
Y ante todo, ¿puede haber algo más dulce y valioso que la vida misma? ¿Y a quién asignar su origen sino a mí? No es la lanza de Palas, hija de padre poderoso, ni el escudo de Júpiter tonante lo que engendra y propaga la especie humana. El mismo padre de los dioses y rey de los hombres, que con un simple movimiento de cabeza hace temblar al Olimpo, cuando quiere hacer lo que siempre hace, o sea, engendrar hijos, tiene que deponer su triple rayo, cambiar su faz tiránica, terror de todos los dioses y ponerse la máscara de simple bufón.
Por su parte, los estoicos se creen casi dioses. Muéstrenme, por favor, un estoico que lo sea tres, cuatro y hasta seiscientas veces más que los demás. A este hombre que se deja su barba de chivo como señal de sabiduría, le haré deponer su orgullo, suavizar el ceño; dejar a un lado rígidas doctrinas, e incluso hacer tonterías y extravagancias. Es a mí, y a mí sola, a quien deberá acudir ese sabio si quiere ser padre.
¿Y por qué no debo hablarles con la sinceridad que me caracteriza? Díganme, ¿son acaso la cabeza, el rostro, el pecho, las manos, las orejas, partes que se consideran honestas las que engendran a dioses o a hombres? Pienso que no; en cambio, la propagadora de la raza humana es aquel órgano tan ridículo y absurdo que no se puede nombrar sin reírse; tal es la fuente sagrada de donde todos recibimos la vida y no ¡aquel número cuaternario de los pitagóricos!
Y si no, díganme: ¿qué hombre ofrecería su cuello al yugo del matrimonio si, como hacen esos sabios, meditase los inconvenientes de ese género de vida? ¿O qué mujer se entregaría a un varón si conociese o pensase previamente en los dolores de parto o en las molestias de la crianza de los hijos? Por lo tanto, si deben la vida al matrimonio, y éste se lo deben a mi acompañante Anoia, la demencia, entonces comprenderán lo mucho que a mí me deben. ¿Y qué mujer que ya haya experimentado esto una vez, volvería a repetirlo sin la ayuda de Lethe, el Olvido? Ni Venus, diga lo que diga Lucrecio, podría negar que, sin la ayuda de nuestro poder, su influencia quedaría disminuida e inútil.
En resumen: de ese juego nuestro, embriagador y ridículo, proceden los estirados filósofos y su progenie actual, quienes el vulgo llama monjes o frailes, los reyes vestidos de púrpura, los piadosos sacerdotes y los tres veces santos pontífices. Y por último, toda la corte de dioses celebrados por los poetas, tan numerosos que el mismo Olimpo, con ser tan ancho, apenas si puede contenerlos.
XII
De nada serviría haber comprobado que soy el germen y la fuente de la vida, si no les demuestro también que todo lo que hay en ella de agradable se debe a mi generosidad. ¿Les parece que puede haber, y ser considerada como tal, una vida sin el placer? Veo que aplauden. Sabía que ninguno de ustedes era tan sensato -iba a decir tan insensato, pero diré tan sensato- como para no pensar como yo.
Porque ni siquiera los estoicos desprecian el placer, aunque traten de disimularlo y no dejen de dirigir contra él mil diatribas ante la gente. Con esto sólo buscan aterrorizar a los demás para ellos disfrutar mejor a sus anchas. Si no, qué me digan, por Júpiter: ¿hay algún momento de la vida que no sea triste, aburrido, desagradable, estúpido o tedioso, si no le agregan el placer, que es el condimento de la estupidez? De esto puede ser justo testigo el nunca bastante valorado Sófocles, quien hizo de mí este muy hermoso elogio:
Vida tan feliz,
la de quienes no piensan en nada.
La ignorancia proporciona la vida más feliz.
XIII
Todo el mundo sabe que la edad más feliz y, con mucho, la más alegre es la infancia. ¿Qué hay en los niños que nos incita a besarlos, abrazarlos y a acariciarlos, y que incluso los mismos enemigos les otorguen auxilio? ¿No es acaso la sencillez de la estupidez con que la sabia naturaleza ha dotado a los recién nacidos a fin de reparar de forma satisfactoria los sacrificios de sus educadores y de quienes los cuidan? ¡Y qué decir de la juventud que sigue a la infancia! ¡Qué divertida es para todos! ¡Qué generosamente la ayudan todos, cómo se preocupan por abrirle camino, qué afectuosamente se le tienden las manos! Y ahora pregunto: ¿de dónde le viene ese encanto a la juventud? ¿De dónde sino de mí? Veo, efectivamente, que la falta de sensatez en ellos los hace menos aborrecibles.
Mentiría si no dijese que, en cuanto los jóvenes se hacen mayores y alcanzan la discreción de los adultos, a través de la experiencia y el estudio, se marchita su belleza, su entusiasmo se disipa, se apaga su gracia y tiembla su fuerza. Cuanto más se apartan de mí, menos viven, hasta dar con la molesta vejez como para los demás. Ningún mortal podría soportar esto si yo no estuviera una vez más al auxilio de tantas miserias. Como los dioses de los poetas auxilian diligentes a quienes están a punto de morir con alguna metamorfosis, así yo, cuando veo a alguien cerca de la tumba, en cuanto me es posible lo restablezco en la infancia. De ahí que la expresión popular que llama a la vejez segunda infancia sea acertada.
Y si alguien está interesado en saber la fórmula de tal cambio, no seré yo quien se la esconda: los llevo hasta el manantial de nuestro río Letheo (Olvido) que nace en las mismas Islas Afortunadas -aunque por el infierno sólo fluye un riachuelo, afluente del mismo-. Ahí, mientras beben a grandes tragos el agua del olvido, poco a poco se van esfumando las preocupaciones del espíritu y se vuelven como niños.
Sin embargo, dirán: es que los ancianos alucinan y desvarían . Es verdad. Y eso mismo es convertirse en niños. ¿Es que ser niño es algo más que delirar y hacer tonterías? ¿No es justamente la falta de sentido en ellos lo que más nos gusta? ¿Quién no desprecia y rechaza como algo monstruoso a un niño dotado con la discreción de un adulto? Prueba de esto es el conocido refrán popular: Detesto a un niño de precoz sabiduría ; ¿alguien soportaría la relación y trato de un anciano que, a su gran experiencia mundana, juntase también fuerza mental y agudeza de juicio? Sí, el anciano desvaría y es un favor que yo le hago. Pero este viejo loco mientras tanto se encuentra libre de la angustia que oprime al sabio. También goza de tomar una copa. No siente el tedio de la vida, ese tedio que apenas puede soportar la edad más vigorosa. Como aquel viejo personaje de Plauto, a veces tiene nostalgia de las tres letras de Amo , ¡pero si estuviese en sus cabales sería tan desdichado! Y, con todo, es feliz gracias a mi favor, sus amigos lo quieren y es grato compañero de fiestas. Efectivamente, advertimos en Homero cómo fluían palabras más dulces que la miel de la boca de Néstor, mientras que la de Aquiles era amarga. Y el mismo autor nos describe a los ancianos sentados al borde de las murallas desgranando apacibles palabras .
Entonces, podemos sostener que los viejos superan a la misma infancia, ciertamente, una edad feliz, pero ingenua y desprovista de un aderezo tan importante para la vida como la tertulia. A esto agréguese que los ancianos disfrutan mucho con los niños y éstos, a su vez, se divierten un montón con los viejos, Dios junta a cada oveja con su pareja . ¿Hay alguna diferencia entre ellos si no son las arrugas del anciano y su mayor número de cumpleaños? Y por otro lado, todo los asemeja: el pelo blanco, la boca sin dientes, la estatura pequeña, el gusto por la leche, el balbuceo, la cháchara, las estupideces, el olvido, la falta de reflexión; todo en suma. Más se parecen a la infancia cuanto más ingresan en la vejez. Hasta que, como niños, les llega el momento de emigrar de esta vida sin el tedio de vivir y sin percatarse de la muerte.
XIV
Quien quiera que venga y compare mis favores con las metamorfosis obradas por los demás dioses. No recordaré lo que hacen cuando están enojados; sólo diré lo que hacen a aquéllos a quienes son favorables. Suelen convertirlos en árboles, en aves, en cigarra y hasta en serpiente; ¡como si no fuese morir un poco ser transformados!
En cambio, yo restablezco al hombre a la mejor y más feliz edad de su vida, y estoy segura de que, si los mortales cortaran cualquier contacto con la sabiduría y vivieran siempre a mi lado, no habría vejez, y disfrutarían de juventud eterna.
¿No ven a esos hombres lúgubres, enfrascados en problemas filosóficos u otros temas importantes, ya envejecidos antes de alcanzar la juventud? Debo creer que las preocupaciones y la excesiva concentración de su mente les han secado el cerebro y la vitalidad. Por el contrario, observen qué gordos, lucidos y relucientes están mis bufones, como si fuesen puercos de Acarnania, como se dice vulgarmentes. Nunca sentirán los problemas de la vejez, a menos que, como sucede a veces, se contaminen con la compañía de los sabios. Sin embargo, ¡qué frágil es la vida humana, que no permite la plena felicidad!
A esto agréguese la clarividente afirmación del refrán popular: Sólo la estupidez es la única que detiene el fugaz paso de la juventud e impide el molesto avance de la vejez .
Ya se sabe que los nativos del Brabante, al contrario de los demás hombres a quienes el paso de la edad los hace más cuerdos, se van atontando a medida que se acercan a la vejez. Ahora bien, no hay otro pueblo que disfrute más de la diversión y que se vea afectado menos por la tristeza de la vejez. Próximos y vecinos a ellos, tanto por el lugar como por su forma de vida; son mis holandeses. ¿Míos?, sí, míos; y tan apasionados seguidores míos que con justicia han merecido el apodo que les dan comúnmente y del que no sólo no se avergüenzan sino que hasta celebran.
¡Vayan, locos mortales, en busca de Medea, de Circe, de Venus y de Aurora y de esa fuente desconocida que restituye la juventud! ¡Pero sepan que yo sola tengo el secreto y lo abro! Yo tengo aquel filtro famoso con el cual la hija de Menón prolongó la juventud de su abuelo Titón. Yo soy aquella Venus que rejuveneció a Faonte para que Safo se enamorara perdidamente de él. Si existen, mías son las hierbas, míos los conjuros, mía aquella fuente que no sólo restituye la juventud perdida, sino lo que es mejor, conserva la juventud eterna.
Si conmigo aceptan en que no hay nada mejor que la juventud ni más detestable que la vejez, creo que me deben estar agradecidos por prolongar tanto bien y apartar tan gran mal.
XV
Y ¿para qué hablar más de los mortales? Miren al cielo y maldigan mi nombre si encuentran a un dios que no sea despreciable y repugnante, a menos que esté bajo mis cuidados. ¿Por qué ven siempre a Baco como un muchacho de cabellera ondulante? Sencillamente porque es un insensato y borracho; y porque se pasa la vida en banquetes, bailes, cantos y juergas, sin tener ningún contacto con Palas. Está tan lejos de ser considerado como sabio que disfruta de ser difamado y burlado. No se ajusta con él aquel proverbio que lo llama estúpido, y que dice: más tonto que Mórico . Este apodo de Mórico se le puso porque los insolentes campesinos embadurnaban con mosto e higos la estatua sedente de Baco a la puerta de su templo. ¿Pero es que la comedia antigua deja de insultarlo? Le dicen: ¡Dios estúpido, estirpe digna de la ingle de Júpiter!
Sin embargo, ¿no es mejor ser vano y estúpido como éste, y estar siempre de fiesta, siempre joven, siempre listo para la juerga y para provocar la alegría, que ser como aquel Júpiter astuto, para todos temible, o como Pan, que todo lo confunde con sus convulsiones, o el tiznado Vulcano, siempre escuálido por el ajetreo de su fragua, o la misma Palas, siempre terrible, por su lanza, su gorgona y su siniestra mirada?
¿Por qué Cupido es siempre niño? ¿Acaso no es porque es un bromista que hace y piensa todo al revés? ¿Y por qué la dorada Venus conserva intacta su belleza? Sencillamente porque tiene algún parentesco conmigo, ya que no hay más que mirarle la cara para descubrir en ella el calor de mi padre. Por algo Homero la llama la purpúrea Afrodita. Y si debemos creer a los poetas y a sus adversarios, los escultores, siempre está riendo. ¿A qué diosa los romanos adoraron más vehemente que a Flora, madre de toda voluptuosidad?
Por lo tanto, si alguien quiere revisar la vida de los dioses severos en Homero y en los demás poetas, encontrará la estupidez en todas partes. ¿Será necesario que me explaye en las andanzas de los otros dioses, cuando conocen de sobra los amoríos y desatinos de Júpiter tonante? ¿Es que no saben cómo la casta Diana, olvidada de su sexo, se dedicaba a la caza de Endimión, perdida como estaba por él? Prefiero que lo oigan de la boca de Momo, a quien antes, frecuentemente, solían escuchar. Pero también se sabe cómo lo arrojaron a la tierra no hace mucho tiempo junto con Ate, porque sus salidas inoportunas resultaban indudablemente incómodas para la felicidad de los dioses. Desde entonces, ningún mortal quiere asilar a este proscrito. Todavía es mucho más dificil encontrárselo en los palacios de los príncipes, donde por el contrario reina mi amiga Kolakía, la adulación, que se lleva ciertamente tan mal con Momo como el cordero y el lobo. Ya sin él, los dioses pudieron entregarse más lujuriosa y licenciosamente, sin ningún censor, como cuenta Homero, a hacer lo que quisieran.
¿Qué clase de bromas hace este Príapo desde la higuera? ¿Quién no se ha reído con los trucos y juegos de manos de Mercurio? Vulcano mismo acostumbraba a hacer de bufón en los banquetes de los dioses y alegraba la ronda de los bebedores no sólo con su cojera, sino con sus ocurrencias y sus chistes ridículos. ¿Y qué decir de aquel viejo verde, Sileno, que le gustaba bailar el córdax al son de la lira con Polifemo? Mientras tanto, las ninfas bailan la Gimnopaidía , los sátiros semicaprinos representan farsas atelanas y Pan divierte a todos los que prefieren oír su aburrida cancioncita antes que a las mismas musas, sobre todo cuando el néctar comienza a emborrachar a los asistentes. ¿Para qué recordar ahora lo que hacen los dioses, bien bebidos después de los banquetes? Es algo tan estúpido que, ¡por Hércules!, no puedo dejar de reír. Sin embargo, quizá sea mejor recordar a Harpócrates, no sea que nos esté espiando algún dios desde el Parnaso córico cuando contamos cosas que ni el mismo Momo pudo relatar libremente.
XVI
Ya es hora de dejar a los dioses en el cielo para regresar a la tierra, como hace Homero, donde no veremos nada alegre y placentero que no sea ciertamente gracias a mí. Y lo primero que se advierte es cuán sabiamente la Naturaleza, madre y artífice del género humano, ha cuidado de que no falte el condimento de la estupidez o la insensatez.
Si admitimos la definición de los estoicos, sabiduría no es más que dejarse llevar por la razón; y estupidez es ser arrastrado por las pasiones. Entonces, ¿cómo se explica que para que la vida no sea tan triste y lúgubre Júpiter haya colocado en ella más dosis de pasión que de razón? ¿No es igual a comparar una onza con una libra?
A su vez, si se piensa bien, relegó la razón a un pequeño rincón de la cabeza, mientras dejó el cuerpo al dominio de las pasiones. Enfrentó a dos tiranos muy potentes dentro de cada uno de nosotros: la ira, situada en la fortaleza del pecho, para así dominar mejor el corazón, fuente de la vida; y la concupiscencia, que extiende su gran imperio hasta los genitales.
La vida del hombre muestra, claramente, lo que puede hacer la razón contra el ímpetu combinado de estos dos ejércitos enemigos. Lo único que puede hacer es gritar hasta enronquecer, dictando normas de honestidad. Pero ellos se burlan de su reina y soberana y gritan más desaforadamente, hasta que cansada abandona y se entrega.
XVII
Al hombre debía favorecérsele con un poquito más de razón para que pudiese tomar resoluciones dignas de él, -ya que está llamado a manejar los asuntos de la vida-. Para tal propósito, me llamó Júpiter a conversar y, como antes, le di un consejo digno de mí. Le propuse que le diera una mujer, -animal ciertamente estúpido e incapaz, pero lleno de gracia y dulzura-. Su presencia en el hogar condimenta y endulza con su estupidez la rigidez del carácter masculino. La aprensión que parece tener Platón sobre si se debe clasificar a la mujer entre los animales racionales o los irracionales, no busca más que mostrar la suprema estupidez de su sexo. Y si, por casualidad, alguna mujer quiere ser considerada como sabia, no consigue más que ser doblemente estúpida, como si -aunque no le guste a Minerva- alguien tratara de arrastrar a un buey a luchar en la arena. Efectivamente, quien contra la naturaleza fuerza su manera de ser y adopta unas cualidades fingidas, duplica su carencia. Ya el refrán griego lo indica: Una mona es una mona, aunque se vista de púrpura, y una mujer será siempre mujer, o sea, estúpida, cualquiera que sea la máscara que utilice.
Sin embargo, supongo que las mujeres no son tan tontas como para enojarse conmigo por el simple hecho de que yo misma, mujer, la estupidez, les critique su estupidez. Ya que, si lo examinan bien, se darán cuenta de que a partir de la estupidez son en muchos aspectos más favorecidas que los hombres. En primer lugar, tienen el atractivo de su belleza, -que ellas saben valorar por encima de todo-, con cuyo encanto tiranizan a los mismos tiranos. ¿El carácter de cordura no es por cierto el que exige al hombre ese aspecto de descuido, la piel de oso, la barba enmarañada y la apariencia anticipada de anciano? ¿La mujer no conserva acaso las mejillas resplandecientes, la voz fina, el cutis delicado, inmutable recuerdo de la juventud eterna?
¿Y qué otra cosa quieren en esta vida más que gustar a los varones lo más posible? Si no, ¿para qué tanto cuidado, tanto maquillaje, baño y peinado, tantas cremas y perfumes, y ese arreglarse, pintarse y ensombrecer la cara, los ojos y la tez? Y pregunto, ¿esa loca coquetería no es lo que las hace triunfar sobre los hombres? No hay nada que los hombres no dispensen a las mujeres. Y ¿a cambio de qué? Sólo el placer. Sólo su loca vanidad es lo que les encanta en ellas. Piense de esto lo que quiera, nadie negará la cantidad de estupideces que el hombre dice a una mujer y las tonterías que hace cuando intenta seducirla y poseerla.
XVIII
Hay varones, sobre todo viejos, que prefieren el vino a las mujeres, y que se divierten en las mesas de bebedores. Resuelvan otros si puede haber sin mujeres un gran banquete; pero algo es verdad: no hay buena comida si no va rociada de cierta estupidez. Efectivamente, si no hay convidado que haga reír con verdadero o fingido humor, se paga a un bufón o se invita a un pedigüeño grotesco para que con sus estúpidas ocurrencias espante al silencio y a la tristeza del salón. Díganme, ¿tiene algún propósito atiborrar el estómago de dulces, golosinas y exquisitos platos, si al mismo tiempo ojos, oídos y espíritu no se deleitan con risas, bromas y chistes?
Y aceptarán que, metidos en harina, yo soy la única que gobierno el asilo. ¿Quién sino yo organiza la ceremonia del banquete, la elección del rey al azar, los dados, los brindis recíprocos, la ronda interminable de las copas, los cantos, bailes y gestos de los invitados coronados de mirto? No fueron concebidas por los siete sabios de Grecia, sino por mí, para diversión de la humanidad. Por lo tanto, se diría que cuanta más estupidez estos entretenimientos amontonan, tanto más favorecen a la vida humana que, si es triste, ni merece llamarse vida. Y no dejará de ser triste hasta que con esta clase de diversiones espanten al tedio, gemelo de la tristeza.
XIX
No desconozco que hay personas que repudian este tipo de placeres y que buscan diversión en el afecto y compañía de los amigos. Sostienen que la amistad está por arriba de todo, ya que ni el aire, ni el fuego, ni el agua pueden comparárselo. Su alegría es tal que anularla sería como anular el sol; y si viene al caso, tan noble que ni los mismos filósofos dudan en clasificarla entre los bienes más fundamentales. Y … ¿si compruebo que también yo soy el alfa y el omega de esta gran virtud? Y ciertamente que lo comprobaré, no por el silogismo del cocodrilo, ni del sorites cornudo, o del ceratines, o con cualquier otro artificio dialéctico, sino de manera vulgar y señalando con el dedo. ¿Acaso esa especie de afecto y admiración por alguno de los vicios de los amigos como si fueran virtudes un poco no se parece a la estupidez, la complicidad, la hipocresía, la alucinación y debilidad?
¿No es estupidez acaso ese beso en el lunar de la amiga, o el disfrute de la verruga nasal de su querida? ¿O cómo considerar ese estrabismo del padre que ve a su hijo levemente tuerto? Repítase dos y tres veces que es pura estupidez y, sin embargo, aceptemos que es la única que une y mantiene unidos a los amigos.
Lógicamente hablo del común de los mortales, de aquéllos que ninguno nace sin defectos y el mejor es el que menos se ve mortificado por ellos. Pero entre esos sabios divinizados, la amistad no se crea o transcurre de manera aburrida o triste. Y sólo entre unos pocos. Aunque sería mejor decir ninguno, ya que la amistad sólo se da entre iguales y la mayoría de los hombres tiene sus momentos locos y delira de varias formas. Si aparece entre estos austeros hombres una benevolencia recíproca alguna vez, nunca puede ser duradera y firme, lo que no debe sorprender en gente tan maliciosa y con vista tan penetrante como el águila o la serpiente de Epidauro para resaltar los errores de los amigos. La ceguera no permite ver sus propios errores y no ven la alforja que les cuelga a la espalda. Así es la naturaleza humana, que no deja sin grandes defectos ni a los sabios. Y asimismo hay tanta diferencia de edades y de interés, tantas caídas y errores, tantos cambios en la vida que uno se pregunta: ¿es posible que pueda existir ni durante una hora siquiera la alegría de la amistad entre estos Argos sin eso que los griegos llamaban euezeia que puede traducirse como simpleza , o buenas maneras? ¿Acaso el ciego Cupido no es responsable y animador de toda relación amistosa, él que ve lo feo como hermoso?; ¿y quien hace que cada uno de nosotros encuentre hermoso lo que tiene, que el viejo ame a su vieja y el muchacho a su chica? Todo el mundo sabe y se burla de estas cosas y, no obstante, por absurdas que sean, hacen la vida amable y unen y agrupan a los humanos.
XX
Lo apuntado de la amistad hay que trasladarlo con mucha más razón al matrimonio. ¿No es el matrimonio la unión de dos personas de por vida? ¡Dios santo, qué divorcios habría, o algo peor, si la diaria intimidad doméstica de marido y mujer no se sostuviera y alimentara gracias a la adulación, lisonjas, tolerancias, astucias y fingimientos! ¿ Creen que si el novio investigase cautamente a qué clase de juegos se había entregado esa muchachita, al parecer tan educada y decente, antes de casarse, habría matrimonio? Y ¿piensan que permanecerían unidos muchos de ellos si muchas de las aventuras de las mujeres no quedaran ocultas por el descuido estúpido de sus maridos?
Efectivamente, a la estupidez todo esto se le atribuye. Y además debemos reconocerle que, gracias a ella, la esposa sea atractiva al marido y éste a su mujer, la casa se mantenga tranquila y haya armonía. Es centro de risa y de burla, se lo llama cornudo, ciervo y qué sé yo cuántas cosas más, mientras bebe las lágrimas de la muy puta. Pero ¿no es mejor y más feliz vivir así engañado que sufrir unos permanentes celos que todo lo revuelven y lo exageran?
XXI
En resumen, sin mí no habría ningún tipo de sociedad ni relación humana agradable y firme. Sin mí el pueblo no soportaría por mucho tiempo a su gobernante, ni el amo al sirviente, la criada a la señora, el maestro al discípulo, el amigo al amigo, la mujer al marido, el propietario al inquilino, el camarada al camarada, el anfitrión al invitado. Indudablemente, no podrían tolerarse si recíprocamente no se engañaran, halagándose unas veces, consintiendo otras, y por último -digámoslo así- untándose con la miel de la estupidez. Sé que en esto les parece que voy demasiado lejos, pero oirán mayores cosas todavía.
Segunda parte
Habla la estupidez
XXII
Les pregunto: ¿quien se odia a sí mismo puede amar a alguien? ¿Quien no está de acuerdo consigo mismo puede asentir con cualquiera? ¿Qué alegría puede ofrecer a otro quien se considera molesto y aburrido? Creo que nadie respondería afirmativamente, a menos que sea más estúpido que la misma estupidez.
Pero ¿qué ocurriría si quisieran desprenderse de mí? Que nadie podría tolerar a otro. Y a su vez, cada uno sentiría tal asco de sí mismo que encontraría sus modos despreciables y resultaría insoportable a sí mismo. Fíjense en la naturaleza, en muchos aspectos más madrastra que nadie, y verán cómo ha sembrado en el carácter de los hombres, sobre todo en el de los más atolondrados, el vicio de despreciar lo suyo y de fascinarse por lo ajeno. Esto hace que todos los atributos, todo el atractivo y belleza de la vida se corrompan y se extingan. ¿De qué vale tener buen modo, principal regalo de los dioses inmortales, si está podrido por la envidia? ¿Para qué sirve una juventud consumida por el morbo vetusto de la tristeza? Si no existiera esta Filautía o amor propio, a quien reconozco como mi hermana legítima, y que encuentro en todas partes, ¿qué nobleza podrías obrar en tu vida y en la de los demás? Actuar con modestia es propio no sólo del arte sino de toda acción; ¿habrá algo más estúpido que gustarse y sentir admiración por uno mismo?
Por el contrario, ¿piensas que se puede realizar algo bello, con gracia y simpatía si te avergüenzas de ti mismo? Suprime esa salsa de la vida y rápidamente la palabra del orador será fría, el músico al público dejará indiferente con sus notas, se chiflará a la gesticulación del cómico, se mandará al carajo al poeta con sus Musas, el abucheo volverá sordo al pintor con su arte y el médico se morirá de hambre con sus remedios. En fin, te mostrarás feo como Tersites y viejo como Néstor en vez del elegante Nireo y del joven Faón; un cerdo en vez de Minerva, un mudo y un vulgar en vez de un hombre elocuente y educado: lo que comprueba que cada uno tiene la necesidad de una buena opinión propia, además de procurarse una pequeña estima antes de que pueda dominar la de los demás.
y para finalizar, diré que si lo más importante de la felicidad es ser lo que se quiere ser, entonces, mi querida Filautía ha proporcionado esto en exceso. Efectivamente, ella hace que nadie se arrepienta de su imagen, de su carácter, familia, lugar, posición, ni de la patria. Hasta tal punto que ningún irlandés querría transformarse en un italiano, ni un tracio en un ateniense, ni el escita en los habitantes de las Islas Afortunadas. ¡Tan grande es el cuidado de la naturaleza que todas las cosas están equilibradas en medio de tanta variedad! Y donde ella se ha sido menos generosa con sus regalos ahí mismo mi Filautía suele agregar una chispa más de ingenio. Pero qué tontería estoy diciendo. Si lo pensamos bien, la Filautía es su mayor bien. Para concluir, diré que no encontrarán nada realizado sin mi inspiración, ni se ha acometido ninguna empresa noble sin que yo sea responsable.
XXIII
¿Acaso la guerra no es la semilla y el origen de las más celebradas hazañas? Pero ¿hay algo más insensato que arrojarse, sean cuales sean los motivos, a una pelea de este tipo, si las partes en lucha siempre sacan más perjuicio que provecho? De los que caen, ni una palabra, como ocurrió con las de Megara. Y después cuando se enfrentan los ejércitos armados, y resuena la ronca música de las trompetas, díganme, ¿para qué sirven esos sabios llenos de problemas, cuya sangre fría y sin vida apenas si los mantiene en pie? Jóvenes sanos y fuertes es lo que necesitamos para la cuestión. Hombres llenos de valor y con nada de juicio. Indudablemente, siempre habrá quien prefiera a Demóstenes, que siguiendo el ejemplo de Arquíloco apenas divisó al enemigo tiró el escudo y huyó; ¡tan cobarde soldado como brillante orador!
Se dirá que las guerras las gana la capacidad y el criterio. Es verdad, si hablamos del general, que debe tener un talento militar, no filosófico. Por lo tanto, se sabe que tan famosas hazañas no las realizan las genialidades de los filósofos. Más bien son producto de parásitos, bribones, ladrones, sicarios, tramposos, deshonestos, estafadores y toda esa ralea humana.
XXIV
El mismo Sócrates es un ejemplo de la torpeza de estos filósofos para las cosas de la vida, considerado como el único hombre sabio por el oráculo de Delfos, aunque sin ningún motivo. Cuando en determinada ocasión trató de defender cierto asunto en público, tuvo que ocultarse en medio de la risotada general. No obstante, digamos que este hombre en un punto fue lo bastante sensato como para rechazar el título de sabio , asignándoselo a Dios. Asimismo, sostenía que el hombre sabio no debía participar de la política. Aunque quizá debiera haber ido más lejos y sugerir a quien quiera contarse en el número de los hombres que abandonase a la sabiduría. ¿No fue la sabiduría la que lo llevó a beber la cicuta después de las acusaciones? Cuando filosofaba sobre las nubes y las ideas, cuando medía el salto de una pulga o estudiaba el zumbido de un mosquito, se le escapaba todo lo inherente a la vida.
¿Qué podemos decir de su discípulo Platón, abogado excelente, que acudió a defenderlo cuando su cabeza peligraba? Perdido y pasmado por el tumulto de la chusma, apenas si pudo articular el primer período. Y ¿para qué hablar de Teofrasto? Cuando se presentaba a hablar ante una asamblea, de repente se quedó mudo como si hubiera visto al lobo. En tiempo de guerra, Isócrates habría enardecido a los soldados, pero era tan tímido que nunca se atrevió a abrir la boca. El padre de la elocuencia romana, Cicerón, comenzaba siempre a hablar en un increíble estado de nervios, casi como un niño balbuciente. Fabio Quintiliano interpreta esto como señal de un orador inteligente y consciente del peligro que corría. Pero al hablar así, ¿no está aceptando abiertamente que la sabiduría se opone a la buena gestión de los cuestiones? Si la gente se desfallece de miedo cuando tiene que lidiar con las simples palabras, ¿qué haría si tuviera que empuñar las armas?
Y lo que más llama la atención, Dios santo, es que todavía se siga celebrando aquella frase famosa de Platón:
Felices los Estados en que los filósofos son reyes o los reyes filósofos.
Porque si revisas la historia, advertirás que no ha habido peor calamidad para los Estados que cuando el poder ha caído en manos de gobernantes tocados por la filosofia o apegados a la literatura. Los dos Catones son prueba de esto: uno amenazó la paz de la República con sus denuncias insensatas, y el otro arruinó la libertad del pueblo romano al querer protegerla con sobrada sabiduría. A éstos puedes agregar los Brutos, los Casios, los Gracos y al mismo Cicerón, que fue tan nocivo a la República romana como lo fuera Demóstenes para Atenas. En cuanto a Marco Aurelio, aceptemos que fue un buen emperador, cosa que yo podría refutar diciendo que su misma condición de filósofo lo volvía impopular e insoportable a sus ciudadanos. Aceptemos que fue bueno, pero evidentemente hizo más mal a Roma, dejando el hijo que dejó, que bien con su gobierno.
Efectivamente, este tipo de hombres día y noche entregados a la sabiduría son en todo muy infelices, sobre todo a la hora de engendrar hijos. Supongo que con esto la naturaleza quiere prevenirse de que el mal de la sabiduría no se extienda entre los hombres. Ya que se sabe que el hijo de Cicerón fue un degenerado, y que los hijos de aquel gran sabio que fue Sócrates se parecían más a su madre que a su padre, o sea, que como oportunamente alguien consignó: eran estúpidos.
XXV
En todo caso, resultaría soportable que estos filósofos fuesen como burros tocando la lira en las cuestiones públicas, si en los demás problemas de la vida también no fuesen inútiles.Invita a comer a un sabio y aburrirá a cualquiera con su silencio lúgubre o con preguntitas impertinentes. Llévalo a una fiesta, y te parecerá un camello dando vueltas. Lánzalo a un espectáculo público y su misma cara borrará la alegría del pueblo. Tendrá que abandonar el teatro sin poder desarrugar el entrecejo como el sabio Catón. Su participación en una charla es como la del lobo en la fábula; si se trata de comprar, de hacer un contrato, o en fin, cuando hay que hacer una de esas inevitables cosas de la vida cotidiana, lo que tienes delante no es un hombre, sino un tronco. Es tan inservible para sí mismo, para su familia y para el país, porque desconoce las cosas más básicas, y está alejado de la opinión pública y de las costumbres del pueblo.
No debe llamar la atención que genere resentimiento contra él, especialmente por la incompatibilidad de vida y de ideas. ¿Es que en este mundo ocurre algo que no sea estupidez, hecha por estúpidos y entre estúpidos? Si alguien quiere ir contra corriente, yo le sugeriría que siga el camino de Timón y se retire al desierto, donde pueda disfrutar a solas de su propia sabiduría.
XXVI
Regresaré a mi tema preguntando: ¿qué impulso ha dirigido a hombres salvajes salidos de la roca y de los árboles a crear una sociedad sino la adulación? Eso y no otra cosa es lo que representa la lira de Anfión y de Orfeo. ¿Y qué es lo que condujo a la armonía ciudadana al populacho romano, cuando lo peor parecía ineludible? ¿Quizás un alegato filosófico? De ningún modo. Fue una tonta e infantil fábula sobre el vientre y otras partes del cuerpo. El mismo fin tuvo el cuento de Temístocles sobre la alimaña y el erizo. ¿Es que el discurso de cualquier sabio hubiera tenido tanto efecto como tuvo la ficción de la cierva de Sertorio o la de los dos perros de Licurgo y aquella otra, tan graciosa, sobre la forma de arrancar los pelos de la cola del caballo? No diré nada de Minos ni de Numa, que manipularon a la masa estúpida a base de ficciones fantásticas; estupideces. como éstas son las que exacerban a esa poderosa e inmensa bestia que es el pueblo.
XXVII
Insisto: ¿qué sociedad adoptó las leyes de Platón o Aristóteles o los preceptos de Sócrates? ¿Se puede saber qué es lo que llevó a ofrecerse en sacrificio a los dioses manes, a los Decios? ¿No fue la jactancia la que arrastró a Quinto Curcio hasta el abismo, la más dulce de las sirenas, y también la más reprobada por estos sabios? Dicen ellos que no hay nada tan estúpido como que un candidato complazca al pueblo y trate de comprar su voto con dádivas, persiga el aplauso de una sarta de estúpidos, se sienta complacido de sus exaltaciones y se deje llevar en triunfal desfile, como estandarte al viento, para concluir representado en el foro en estatua de bronce. Incluye la aceptación de nombres y apellidos. Incluye los honores divinos tributados a este hombrecito, y agrega que a los tiranos se eleve al rango de dioses más criminales en ceremonias oficiales. ¿Quién puede negar que todo esto es absolutamente absurdo, y que ni con el mismo Demócrito alcanzaría para ridiculizarlo? Y, no obstante, de aquí surgieron las hazañas de extraordinarios héroes, colocados en los escritos de tantos prestigiosos hombres por las nubes. Esta misma insensatez crea naciones y sostiene imperios, autoridades, la magistratura, la religión, los consejos y los tribunales. En fin, toda la vida humana no es más que una especie de ejercicio de la estupidez.
XXVIII
Hablemos ahora de las artes. ¿La sed de gloria no es la que inspira al ingenio de los mortales a descubrir y a proporcionar a la posteridad tantas disciplinas consideradas magníficas? Para alcanzar un poco de gloria -el más vano de los logros-, ha habido hombres que se han impuesto vigilias, trabajos y sudores, comprobando con esto ser totalmente insensatos. Y, no obstante, a la insensatez o estupidez deben una facilidad notable de la vida, exquisito don, que es el poder disfrutar de la insensatez ajena.
XXIX
Entonces, ¿qué opinan si ahora defiendo la prudencia, después de haberme apropiado de la gloria del valor y del ingenio? Quizás alguien considere que es lícito mezclar el agua y el fuego de esta manera. Pero estoy segura de lograrlo si continúan prestando atención y sus oídos como hasta ahora lo han hecho.
Para empezar, diré que si la prudencia es el resultado de la experiencia, ¿a quién corresponde aplicar tal honor?, ¿al sabio incapaz de comenzar nada, tanto por su sentido de la dignidad, tanto por su miedo natural, o al insensato que no se detiene ante nada, ni por propia dignidad, que no posee, ni por miedo al peligro, que no advierte?
El sabio se ampara en los libros de los antiguos, de los cuales aprende puros juegos de palabras. En cambio, el insensato todo lo experimenta, y afronta cara a cara a los peligros, y así, si no me equivoco, obtiene la verdadera prudencia. Ya esto lo vio Homero, aunque era ciego, al sostener que el tonto aprende por los hechos . Sin embargo, existen dos dificultades principales para lograr la experiencia de las cosas: detenninada reserva que confunde la mente, y el miedo que en cuanto percibe el peligro se rehúsa a actuar. En cambio, la estupidez, generosamente, protege de ambos problemas. Son pocos los mortales que advierten las ventajas que significa el verse libre de escrúpulos y estar listo para cualquier aventura. Pero si alguien prefiere llamar prudencia a la que se basa en un juicio justo de las cosas, por favor, escúchenme, y les diré lo lejos que están de ella quienes presumen tenerla.
Nadie desconoce que todas las cosas humanas, como los silenos de Alcibíades, tienen dos caras, diferentes completamente. Lo que aparentemente es, como si dijéramos, muerte, es vida visto desde dentro, e inversamente: la vida es muerte. La belleza, fealdad; la riqueza, pobreza; la vergüenza, gloria; la sabiduría, ignorancia; la fuerza, debilidad; la nobleza, vulgo; la felicidad, tristeza; la buena fortuna, desgracia; la amistad, enemistad; la salud, enfermedad. En resumen, si abres el sileno, inmediatamente todas las cosas quedarán cambiadas. Quizás alguien piense que he expresado esto demasiado filosóficamente; entonces, para que se me entienda, lo diré abiertamente.
Todos aceptan que un rey es alguien rico y poderoso. Pero si los bienes del espíritu le faltan, y si no satisface su codicia con nada, entonces, es el más pobre. Y si, asimismo, una larga serie de vicios lo domina, entonces es un miserable esclavo. Podríamos razonar así con lo demás, pero creo que con este ejemplo alcanzará.
Alguien dirá: ¿a dónde va todo esto? Escúchenme y verán a dónde quiero ir. Si alguien intentara sacar a los actores la máscara mientras están actuando, y mostrara su verdadero rostro al público, ¿no frustraría la función, y se haría acreedor por esto a que lo echaran a piedrazos de la sala por loco? Súbitamente aparecería una nueva situación, de manera que quien hacía de mujer, sería hombre; el joven, ahora viejo; el rey haría de dama y quien hacía de Dios, repentinamente, se convertiría en un hombrecito. Desenmascarar la ilusión es arruinar el drama. Lo que atrae la atención del público es la ficción y el maquillaje mismos. Ahora bien, ¿no es la vida de los mortales sino como una comedia? Cada actor aparece con su distinta máscara, representa su papel, hasta que el director de escena lo manda retirarse. A veces, incluso al mismo hombre puede mandar a que represente un papel diferente, de manera que quien antes hacía de rey cubierto de púrpura, luego aparece de esclavo andrajoso. La farándula es así; y exactamente así es como se representa esta otra comedia de la vida.
Ahora imaginen que un sabio caído del cielo se me acerca y me dice que ese hombre a quien todos creen dios y señor, ni siquiera es un ser humano, se deja dominar por las pasiones, como un animal, y que es el más despreciable de los esclavos, al ser servidor de tantos y desagradables amos. A su vez, imaginen que este sabio sugiriera a quien lamenta la muerte de su padre que se alegre, porque el difunto acaba de empezar a vivir, ya que nuestra vida no es más que una especie de muerte. Por último, imaginen que a otro que está orgulloso de sus ancestros, lo llama plebeyo y bastardo, sólo por estar alejado de la virtud, única fuente de nobleza. Y si asimismo dijera cosas de este índole sobre todo lo demás: ¿a todos no parecería -les pregunto- un loco desenfrenado?
Nada más irreflexivo que una sabiduría fuera de lugar, ni nada más indiscreto que una prudencia a destiempo. Actúa mal quien no toma las cosas como vienen, quien no desciende a andar por la calle, quien no quiere recordar, aparentemente, aquel sabio principio de los banquetes: o bebes, o te vas ; o quien quiere que la comedia no sea comedia. Por el contrario, es característica del hombre prudente, como mortal que es, no pretender una sabiduría superior a su común condición humana, estar dispuesto a consentir y a reírse de sus errores con todos los demás.
Pero -se me advertirá- esto justamente es de estúpidos. No pretenderé negarlo, con tal que se acepte que la representación de la comedia de la vida consiste en esto.
XXX
¡Dioses eternos! ¿Diré o callaré lo que me falta? Pero ¿por qué debería callar algo que es más verdad que la misma verdad? ¡Aunque, en algo de tanto valor, quizá fuese más conveniente invocar a las musas del Helicón, advirtiendo que los poetas acuden siempre a ellas por simples boberias! Entonces acudan en mi ayuda, hijas de Júpiter, y mostraré que nadie puede lograr la perfecta sabiduría, la llamada fortaleza de la felicidad, si la Estupidez no le señala el camino. En principio, debemos aceptar que toda la vida pasional es hija de la Estupidez. Esto es lo que separa al hombre prudente del insensato: la razón guía al primero, sus pasiones al segundo. Por esto los estoicos apartan indudablemente todas las emociones del hombre sabio, como si fuesen enfermedades. Sin embargo, en realidad, tales emociones no actúan únicamente como guías de aquéllos que corren hacia el puerto de la sabiduría, sino que actúan como espuelas y acicates en el ejercicio y práctica de toda virtud. Ciertamente, esto lo niega categóricamente el dos veces estoico Séneca, privando al sabio de toda clase de emociones.
No obstante, al actuar así, al hombre vacía absolutamente, viéndose forzado a llenarlo con una especie de dios que no ha existido ni existirá nunca. Si debo ser franca, Séneca, más que un hombre, nos legó una estatua de mármol, absolutamente imperturbable y despojada de cualquier sentimiento humano. Que disfruten los estoicos con su sabio, si así prefieren; que lo amen sin ningún tipo de competencia, o que con él se vayan a vivir a la República de Platón. Y si quieren, a la región de las ideas, o a los jardines de Tántalo. ¿Quién no huiría despavorido de un hombre con aspecto de monstruo, indiferente a todo sentimiento natural, y a quien el amor, el cariño o cualquier tipo de afecto deja impasible como si fuese un duro pedernal o un bloque marmóreo de Paros?
Nada se le escapa, nunca se confunde. Ve todo tan claro como Linceo. Calcula todo, nada tolera. Es el único hombre satisfecho y orgulloso de sí mismo, el único rico, y sano, el único rey y libre, en fin, el único en todo, pero de acuerdo con su creencia. No necesita amigos y no es amigo de nadie, no duda en mandar eliminar a los dioses mismos y censura y se burla de todo lo que sucede en la vida como ridículo y repugnante. ¡Así es ese tipo de animal del perfecto sabio!
Les pregunto ahora: si se ofreciera a elección, ¿qué Estado elegiría como magistrado a semejante hombre y qué ejército lo aceptaría por general? ¿Habría mujer que lo tomase o aguantase como marido? ¿Piensan que un anfitrión puede invitar a semejante hombre a su mesa, o que un criado puede reconocer o soportar a un señor con tal carácter? Indudablemente, todo el mundo querría a cualquiera de la infinitud de tontos que hay en el mundo, y que tonto como ellos pueda y sepa mandar y obedecer, y al menos sea agradable a la mayoría. Insisto, un hombre que con su esposa fuese amable y atento con los amigos, solícito con los invitados, y en las fiestas alegre conversador, y en fin, por todo lo humano preocupado. Ya me estoy realmente hastiando de este hombre sabio. Mi discurso se enfocará a exponer los otros favores que concedo.
XXXI
Ahora supónganse que alguien contempla desde un alto mirador la vida humana -como hace Júpiter según los poetas- y observa las desgracias que sufre. ¡Repugnante y doloroso es el nacimiento del hombre, penosa su educación, peligrosa su infancia, problemática su juventud, afligida la vejez, terrible e inexorable la muerte! Ejércitos de enfermedades la asedian, la acechan adversidades, al punto que por todas partes todo parece estar saturado de amargura. Y esto sin acordarse de los males que los hombres se infieren entre sí: pobreza, cárcel, oprobio, vergüenza, tortura, trampas, traición, bajezas, luchas, fraudes. Pero se diría que quiero contar las arenas del mar.
Por ahora no puedo decirles por qué los hombres sufren estas cosas, ni qué iracundo dios ha hecho que nazcan para estas desdichas. Pero quien analice en su interior estas cosas, ¿dejará de reconocer el ejemplo, por triste que sea, de las doncellas de Mileto, quienes se quitaron la vida por el tedio que les causaba? ¿Acaso no estuvieron más cerca de la sabiduría? No diré nada a éste acerca de personas como Diógenes, Jenócrates, Catón, Casio y Bruto. Pero no puedo omitir a aquel famoso Quirón, que pudiendo ser inmortal, eligió la muerte.
Me imagino que ya suponen lo que ocurriría si la sabiduría dominase a los hombres. Necesitaríamos, rápidamente, de más barro y de un nuevo Prometeo para moldearlo. No obstante, aquí me tienen a mí, siempre llegando en auxilio de tales necesidades, en parte por ignorancia, en parte por irreflexión, muchas veces no recordando que las cosas son malas y otras con la esperanza de mejorarlas, destilando algunas veces la miel del placer. Y el resultado es que los hombres no quieren renunciar a la vida, incluso cuando el hilo del destino ya se ha roto, y cuando la misma vida ya los ha abandonado. Cuanta menos razón tienen para seguir viviendo, más se aferran a la vida. ¡Están tan lejos del tedio de la vida!
A mí me deben el poder ver a ancianos de la edad de Néstor por ahí, que apenas si mantienen figura humana, babeantes, decrépitos, desdentados, canosos, o calvos. Mejor los describiré con palabras del mismo Aristófanes:
sucios, encorvados, miserables, marchitos, sin pelo, sin dientes, sin sexo.
O sea, están tan apegados a la vida y con tantas ganas de ser jóvenes que hay quien se tiñe las canas, otro oculta su calvicie con una peluca, éste usa dientes postizos, quizá tomados de un cerdo, aquél se desmaya ante una niña y hasta supera a cualquier jovencito en sus divagaciones amorosas. Hoy día es habitual, y casi se toma como un mérito, que momias ambulantes y con un pie en la tumba tomen por mujer a una tierna jovencita aunque no tenga dote, y que deberá ser disfrutada por otros.
Todavía es mucho más gracioso observar a ciertas ancianas que apenas soportan el peso de sus años y parecen cadáveres, que se diría han retornado del infierno. Siempre van diciendo qué bella es la luz ; siguen estando calientes y, según dicen los griegos, como cabras en celo buscan con gran esfuerzo algún joven Faón conquistar. Para esto, exageradamente maquillan su cara, nunca se separan del espejo, depilan el monte de Venus, ostentan sus pechos caídos y marchitos, con trémula e insinuante voz tratan de revivir una pasión que se extingue, beben, bailan entre las jovencitas, y hasta escriben pequeñas cartas de amor. De estas cosas se burlan todos, como enormes tonterías que son. Pero mientras tanto, estas ancianas viven satisfechas y contentas, nadan en delicias, la vida es pura miel, y su felicidad me la deben a mí.
Les pediría a todos aquéllos que creen esto grotesco que meditaran y se preguntaran si no es mejor este tipo de loca y placentera vida, que por ahí ir buscando, como la gente dice, un tronco donde ahorcarse. El hecho de que la gente se dedique a criticar este tipo de comportamiento para nada inquieta a mis insensatos, que nada malo ven en esto y, si lo sienten, no les importa. El daño sería que una piedra les cayera en la cabeza; pero la vergüenza, la deshonra, la infamia y las ofensas, sólo dañan si se les hace caso. Cuando no se sienten dejan de hacer mal. ¿Los silbidos del público te pueden herir si tú te aplaudes a ti mismo? Ahora bien, sólo la estupidez hace esto posible.
XXXII
Ya me parece estar escuchando las protestas de los filósofos. Dicen que justamente la desgracia es vivir en la estupidez, la ilusión, la mentira y la ignorancia. Sin embargo, yo digo: justamente en esto consiste la existencia humana. No entiendo por qué se llama a esto desgracia , cuando nacieron así, se los crió y formó así, y la condición común de todos es así.
No es ninguna desgracia ser fiel a la propia especie. Si no tendríamos que lamentar que el hombre no pueda volar como los pájaros, ni caminar en cuatro patas como los animales, ni que no tenga cuernos como los toros. Por lo mismo habría que llamar desgraciado al caballo, por hermoso que fuese, por no saber gramática o por no comer tortas. Por el mismo motivo, el toro sería tan desgraciado por su ineficacia para la gimnasia. Por lo tanto, si un caballo no es desgraciado por desconocer la gramática, tampoco lo es el estúpido, ya que su naturaleza comprende todas estas cosas.
Esos inventores de palabras persisten: El hombre está capacitado particularmente para entender las ciencias; lo que la naturaleza le ha negado, puede compensarlo con el ingenio. Pero yo digo: ¿realmente es verosímil que la naturaleza, que cuida de los mosquitos con tanto cariño, incluso de las hierbas y florcitas, justamente se haya descuidado con el hombre, obligándolo a depender de las ciencias? ¿No fue más bien Thot, ese dios enemigo de la humanidad quien las creó, para arruinar al ser humano? Efectivamente, no sirven para lograr la felicidad y son un obstáculo para el mismo propósito para el cual fueron concebidas, como comprueba tan perspicazmente aquel rey sabio de los diálogos de Platón, hablando de la creación de las letras. En resumen, que las ciencias se infiltraron en el mundo junto con las otras fatalidades de la vida humana, traídas de la mano por los mismos espíritus perversos que provocan todas las desdichas del hombre, como los demonios, que en griego se diría Daemonas : los que saben.
¡Qué feliz era aquella gente de la Edad de Oro, desprovista de toda ciencia, y sin más guía en la vida que su natural instinto! ¿Qué necesidad tenían de la gramática hablando el mismo lenguaje, y cuya única finalidad era el poder comprenderse entre sí? ¿La dialéctica podía ser útil si no había conflicto de opiniones? ¿Si nadie trataba de importunar a nadie, qué lugar podía tener la retórica? ¿Para qué la jurisprudencia, si no había malas costumbres, de las que, indudablemente, han salido las buenas leyes? Pensaría que eran demasiado religiosos para investigar con curiosidad irreverente los secretos de la naturaleza, las distancias de los planetas, sus movimientos y efectos, en fin, las causas últimas de las cosas. ¡Estaban tan persuadidos de que al hombre no le estaba permitido ir más allá en el conocimiento de lo que le admite su condición! Ni se les ocurría investigar si hay algo más por encima de los cielos.
Pero a medida que se fue deshaciendo la pureza de la Edad de Oro, los espíritus perversos -como antes dije- inventaron las artes. Al principio eran pocas, y también eran pocos quienes accedían a las mismas. La superstición posterior de los caldeas y la versatilidad ociosa de los griegos agregaron miles de conocimientos, para pura angustia de las almas. ¡Y cómo no, si la sola gramática es suficiente tortura para toda una vida!
XXXIII
De entre todas estas ciencias, lo llamativo es que las más valoradas son las que más cerca están del sentido común, incluso diría de la insensatez. O sea, los teólogos se mueren de hambre, los físicos de frío, los astrólogos son objeto de burla, y los dialécticos de menosprecio. Sólo el médico vale por muchos hombres. Y cuanto más ignorante, más imprudente e irresponsable es el médico, más alta es su reputación, incluso entre los gobernantes. Porque la medicina, en especial tal como muchos la ejercen hoy, no es más que una especie de adulación, lo mismo que la retórica.
Atrás de los médicos, el segundo lugar lo ocupan los abogados. Quizá debería decir el primero, si no fuese porque los filósofos -no diré mi opinión- se burlan unánimemente de ellos llamándolos burros. No obstante, la palabra de estos burros decide los pequeños y grandes negocios. Crecen sus tierras, mientras el teólogo se exprime la cabeza para sacar la divinidad entera de ella, tiene que comer altramuces, y no abandona su lucha contra las pulgas y los piojos.
Podríamos terminar diciendo que, así como las ciencias que están cerca de la estupidez son privilegiadas, los hombres que no tienen relación alguna con las ciencias aún lo son mucho más. Y se dejan guiar por la naturaleza sola, única perfecta, a menos que los mortales queramos trasponer sus límites. La naturaleza odia lo artificioso. Y en ella, todo mejora cuando no ha sido estropeado por el engaño.
XXXIV
¿Acaso no perciben que los otros seres con vida son más dichosos cuanto más lejos están de las ciencias, y sólo tienen por guía a la naturaleza? ¿Hay algo más dichoso y más sorprendente que las abejas? Ni siquiera tienen todos los sentidos del cuerpo. ¿Se podría encontrar una arquitectura parecida a la suya en la construcción de los edificios? ¿Alguna vez un filósofo estableció semejante Estado? Por el contrario, observen al caballo, muy allegado a los sentimientos humanos y en estrecha relación con el hombre, que por eso mismo participa de sus desgracias. La vergüenza de perder en una carrera muchas veces lo lleva hasta reventar. Y cuando busca la victoria en el campo de batalla, es derribado y muerde el polvo con el jinete. Y no quiero hablar del bocado con puntas, de las espuelas agudas, de la cárcel de la cuadra, látigos, palos, bridas, jinete. En resumen, toda la tragedia de la servidumbre voluntaria del caballo cuando quiere imitar a los hombres esforzados, y cuando, con todo empeño, se entrega a vengarse de sus enemigos.
Indudablemente, la vida de las moscas y de las aves es mucho más llevadera, viven a sus anchas, guiadas sólo por el instinto, con tal de que las trampas de los hombres no lo imposibiliten. Hay ejemplos en que los pájaros enjaulados aprenden a imitar la voz humana; sin embargo, no deja de sorprender cómo se apaga su natural esplendor. ¡Hasta tal punto supera la naturaleza cualquier artificio del arte! En este sentido nunca elogiaré lo suficiente a aquel gallo que fue Pitágoras. Fue todo en una misma persona: hombre, filósofo, mujer, rey, ciudadano, pez, caballo, rana y hasta, me parece, esponja y, no obstante, estableció que el hombre era el más desdichado de todos los animales. Pensaba que todos los otros animales viven contentos dentro de los límites impuestos por la naturaleza, mientras que el hombre siempre está intentando rebasarlos.
XXXV
De acuerdo con esto, por muchos motivos prefería a los ignorantes a los sabios y grandes. Creía que el famoso Grilo resultó mucho más sabio que el astuto Ulises , cuando prefirió seguir gruñendo en su pocilga, a embarcarse con él en semejantes desventuras. Me parece que Homero, padre de las fábulas, opinaba lo mismo cuando llama a todos los mortales desdichados, llenos de dolores y describe al mismo Ulises como ejemplar de infortunios , cosa que no hace con París, Áyax ni Aquiles. Es clara la causa de esto: Ulises, astuto hacedor de engaños, nada hacía sin el consejo de Palas, y se pasaba de listo a medida que iba apartándose de la guía de la naturaleza.
Ocurre lo mismo entre los mortales que se esfuerzan por lograr la sabiduría y por esto son los más infelices. Realmente, son doblemente estúpidos, primero porque desconocen su condición de hombres, y segundo porque quieren imitar a los dioses inmortales y, como los gigantes, hacen la guerra a la naturaleza, a partir de las armas de la ciencia. Por el contrario, la desgracia parece alejarse de aquéllos que se acercan al instinto y a la estupidez de los brutos, sin sobrepasarse un pelo de su condición de hombres.
Trataré de explicar lo que digo no con entimemas de los estoicos, sino con un ejemplo conocido. ¡Por los dioses inmortales! ¿Acaso hay seres más felices que esos hombres que el vulgo llama payasos, tontos, estúpidos y locos de remate , según creo todos apelativos espléndidos? Quizá lo que digo puede parecer estúpido y ridículo a primera vista, pero efectivamente es una gran verdad. Para empezar, esta clase de personas no siente ningún miedo a la muerte, ciertamente mal no pequeño; se ven libres del aguijón de la conciencia. Las historias de los muertos no los asustan. Tampoco los espíritus ni fantasmas. No los inquieta el miedo a males próximos ni los impacienta la esperanza de los bienes futuros. En resumen, no los perturban los mil y un problemas que la vida proporciona: No tienen vergüenza, temor, ambición, odio o amor. Por último, si creemos a los teólogos, cuanto más se acercan a la irracionalidad de los animales, menos capacidad tienen de pecar.
Ya es tiempo de que me cuentes, sabio estúpido, los días y las noches que pasas abrumándote con tus problemas. Repasa todos tus males y así advertirás los que yo he quitado a mis queridos insensatos. A esto agrega que siempre están contentos, jugando, cantando, riendo y, vayan donde vayan, reparten alegría, bromas, pasatiempo y risas. Tal parece ser la función que les han confiado la bondad de los dioses: alejar la tristeza de la vida humana. Efectivamente, todos los reciben por igual como algo suyo, mientras a los demás los unen sentimientos muy diferentes. Siempre se los acepta, se los busca, se los hospeda, se los abraza y auxilia cuando lo necesitan, y se les permite decir y hacer impunemente lo que quieran. Nadie piensa en maltratarlos, ya que ni siquiera los animales más fieros, como instintivamente intuyendo su inocencia, se atreven a lastimarlos; son algo sagrado para los dioses y sobre todo para mí. ¡Nadie cree injusto el honor que se les otorga!
XXXVI
No me dirán que estos tontos no divierten a los más altos reyes, ya que no quieren comer, pasear o estar una hora sin ellos. Y la estima que les tienen supera ampliamente a la que tienen por esos sabios lúgubres de la corte, a quienes mantienen sólo por prestigio. No creo que el motivo de esta preferencia sea un secreto que sorprenda a nadie. Simplemente, esta clase de sabios no tiene nada que ofrecer al gobernante más que noticias tristes, ya que confiados de su saber, no les importa herir su oído delicado con verdades maliciosas. Por el contrario, los payasos pueden ofrecer lo único que está buscando el rey: bromas, risas, carcajadas, diversión. Permítanme que les diga que estos insensatos tienen un regalo nada despreciable: son los únicos que hablan con franqueza y dicen la verdad. ¿Puede haber algo más digno de alabanza que la verdad? No acepto el dicho de Alcibíades, citado por Platón, de que la verdad está en el vino y en los niños. Mejor, ese elogio se me debe a mí, ya que como dice el verso de Eurípides: el estúpido estupideces dice . Todo lo que el insensato tiene adentro, la cara lo refleja y sale por su boca. Pero los sabios tienen, como recuerda también Eurípides, dos lenguas: con una dicen la verdad; con la otra, lo que en cada momento les conviene. Tienen el arte de volver negro lo blanco, de soplar con el mismo aliento lo trío y lo caliente, de sentir algo, muy hondo en el corazón, y fingir cosa bien distinta en su palabra.
Todavía diré más: no creo que los gobernantes, a pesar de tanta dicha, sean muy felices, ya que no tienen quien les diga la verdad, y están obligados a rodearse de aduladores en vez de amigos. Alguien podría decirme: es que ellos detestan la verdad, y éste es justamente el motivo de que no quieran que alguien se sienta libre para decirles las verdades más que las lisonjas. El hecho es que los reyes no quieren la verdad. Sin embargo, mis insensatos tienen la asombrosa cualidad de poder decir no sólo la verdad, sino notorias insolencias y, no obstante, ser oídas con diversión. Así, algunas palabras podrían costar la vida al sabio, mientras que dichas por un bufón resultan divertidas. La verdad tiene en sí misma el regalo de divertir mientras no ofenda; y los dioses sólo han concedido este regalo a los insensatos.
Por esto, esta clase de hombres entretiene tanto a las mujeres tan proclives a los halagos y a la superficialidad. Por lo mismo, siempre que se encuentran con estos hombres, aunque sean cosas serias, y a veces lo son, siempre las toman a broma y diversión. ¡Qué hábil es este sexo, sobre todo para esconder sus propias aventuras!
XXXVII
Volveré a la felicidad de los estúpidos. Y diré sin rodeos que después de una vida de diversión, sin miedo y sin reparar en la muerte, se van derechos a los Campos Elíseos, donde seguirán siendo la delicia de las almas piadosas y ociosas que descansan ahí.
Sigamos comparando la suerte de cualquier sabio con la de nuestro insensato.
Suponte que ponemos frente a él un modelo de sabiduría: un hombre que ha derrochado su infancia y adolescencia en el estudio de las ciencias y que ha perdido la parte más feliz de su vida en vigilias constantes, cuidados y sudores. Hombre que en todos sus días nunca ha probado un sorbo de placer: moderado, triste, lúgubre; austero y sin concesiones consigo mismo; desagradable y antipático. Un hombre pálido, marchito, con malestares, lagañoso, vencido por una vejez y unas canas prematuras que lo marginan de esta vida antes de tiempo. Aunque, ¿qué importa la muerte de un hombre como éste si nunca ha vivido? ¡Tal es la bella imagen de un sabio!
XXXVIII
Me perturban una vez más las ranas del pórtico con su croar . Me dicen que no hay nada tan digno de lástima como la locura. Ahora bien, la estupidez de remate se parece a la locura, si es que no es la locura misma. ¿Acaso estar loco no es haber perdido la cabeza? Se equivocan completamente. Tratemos de desmontar su razonamiento, si quieren ayudarme las musas. Ellos dicen sutilmente:
Sócrates enseña, se señala en los Diálogos de Platón, que de la división de la única Venus, salieron dos, y del único Cupido, dos. Por lo tanto, estos dialécticos tendrían que distinguir entre las dos formas de locura, si es que quieren ser tenidos por cuerdos.
No hay por qué pensar que toda locura sea una fatalidad. ¿Horacio no dijo ya: no juega conmigo una suave locura ? Y el mismo Platón no hubiera ubicado el arrebato de poetas, adivinos y amantes entre los bienes más preciados de la vida. Ni la pitonisa hubiera calificado de loca la aventura de Eneas. Hay dos tipos de locura: la que envían desde el infierno las furias vengadoras cuando lanzan serpientes venenosas y atacan los corazones de los hombres con la pasión de la guerra, la sed inagotable del oro, el amor prohibido y criminal, el parricidio, el incesto, el sacrilegio o cualquier otro flagelo. O cuando persiguen con las furias y fantasmas del terror a un alma culpable y consciente.
La otra locura, diferente de ésta, proviene de mí y es deseable por encima de todo. Aparece cuando el alma se siente liberada de las preocupaciones y angustias por una especie de delirio, colmándola de deliciosos perfumes al mismo tiempo. Esta clase de delirio es el que desea en su carta Cicerón a Atico, como máximo regalo de los dioses , para poderse liberar de tantos males. Tenía razón aquel ciudadano de Argos, cuya locura lo llevaba a pasar días enteros sentado en el teatro, viendo, aplaudiendo y disftutando. Suponía que se estaban representando magníficas tragedias, cuando realmente no se representaba nada. En definitiva, se conducía correctamente en su vida:
Atento con sus amigos;
amante de su mujer;
comprensivo con los criados,
sin mostrar irritación
porque le descorcharan una botella.
Cierta vez, cuando sus familiares lo curaron gracias a pociones, y ya recuperado, protestó diciendo:
Me han matado, amigos.
No se protege, se mata
a quien han quitado el placer,
arrancándole por
la fuerza el delirio de la mente.
Tenía absoluta razón. Quienes deliraban eran ellos, necesitando más que él el eléboro, al creer que tan placentera y feliz locura podía expulsarse con brebajes. No he querido decir con todo esto que cualquier absurdo o disparate mental tenga que ser denominado locura . No se debe llamar loco a un lagañoso que confunde un mulo con un burro, ni a quien se exalta ante un poema malo que encuentra perfecto. Pero si alguien se equivoca en sus sentidos y en sus juicios de un modo usual o frecuente, habrá que considerarlo muy próximo a la locura. Por ejemplo, ese sería el caso de quien oye el rebuzno de un burro e imagina estar escuchando una magnífica orquesta; o el de ese pobre hombre que, de origen humilde, se cree el rey Creso de Lidia.
Muchas veces ocurre que este tipo de locura tiende al placer y brinda una considerable alegría tanto a quienes la padecen como a quienes son testigos de ella, si bien estos últimos no son locos de la misma manera. Y este tipo de locura es más corriente de lo que se piensa. Un loco se burla de otro loco, y ambos se contentan con eso. Verán con frecuencia que el más loco se burla con más ganas de quien lo es menos.
IXL
Si tenemos que creer a la Estupidez, un hombre cuanto más estúpido es más feliz, con tal que viva ese tipo de estupidez que a mí me define. Me refiero a esa locura tan conocida que sería imposible encontrar a un hombre totalmente cuerdo todo el tiempo, sin estar dominado por alguna de ellas. La diferencia es sólo de grados. Si uno confunde una calabaza con su mujer, lo llaman loco, porque a pocas personas ocurre. Pero cuando un marido alaba a su mujer, que comparte con otros amantes, y la compara a la fiel Penélope, nadie lo llama loco. ¡Advierten que eso es lo que constantemente ocurre con los maridos!
Pertenecen a la misma categoría quienes abandonan todo por la caza mayor, diciendo que encuentran un placer indescriptible cuando oyen el insoportable tronar del cuerno y el ladrido de los perros. Diría que los excrementos mismos de los perros les huelen a cinamomo. Por otro lado, ¿puede haber algún placer en despedazar una pieza? Despedazar toros y antílopes fue siempre de vasallos, pero a una fiera sólo puede despedazarla un noble. La cabeza descubierta, de rodillas, con la espada adecuada -no estaría aceptado un cuchillo vulgar-, con gesto medido, el noble empieza a cortar religiosamente según un orden constituido. La gente lo observa atontada, amontonándose en silencio a su alrededor, como si nunca hubiese visto semejante espectáculo, aunque lo haya visto más de mil veces. Por último, si alguien logra probar un pedazo de la pieza, cree que ha obtenido casi la nobleza. Parece que con tanto derribar y comer estas piezas de caza, no obtienen más que su propia degeneración, hasta convertirse ellos mismos en animales salvajes, ¡aunque presuman que en todo momento están experimentando la gran vida!
Muy parecido a éstos es el tipo de gente que desea intensamente construir casas, substituyendo súbitamente lo redondo en cuadrado, y lo cuadrado en redondo. No encuentran fin ni medida a nada hasta que caen en la máxima indigencia, sin que tengan dónde vivir, ni qué comer. ¿Qué les importa? ¡Que les quiten lo bailado, mientras, han disfrutado unos años maravillosos!
Creo que con éstos hay que juntar a aquéllos que, empujados por el anhelo de cambiar las cosas, practican ciencias nuevas y secretas, revolviendo mar y tierra a la caza de la quintaesencia. Influidos por una esperanza tan dulce como la miel, no perdonan trabajos ni despilfarros, siempre inventando algo nuevo que vuelva a engañar su admirable ingenuidad y les haga agradable su ficción. Hasta que, gastado el último centavo, no les queda nada que cocinar. Sin embargo, siguen soñando dulces fantasías, alentando a los demás con todas sus ganas a probar la misma felicidad. Por último, ya sin esperanza, todavía les queda como gran consuelo aquel dicho: En un gran empeño, alcanza con haberlo intentado . Y entonces se quejan de la fugacidad de la vida y la culpan de que no dé para más.
Estoy pensando si recibir en nuestra cofradía a los jugadores de dados. Es un espectáculo estúpido y ridículo verlos tan adictos, al punto que, en cuanto oyen el cubileteo de los dados, les salta y se les sale el corazón. Hipnotizados por la ambición de ganar, naufragan con todos sus bienes, estrellando su barco contra el escollo del juego, mucho más temible que el cabo Malea. Y cuando han logrado salir a flote sin camisa, se dedican a engañar a quien sea, menos a su ganador, con tal de que no se los crea hombres sin formalidad. ¿No han visto a estos mismos hombres ya viejos y casi ciegos seguir jugando incluso con anteojos? Por último, ¿qué decir cuando una bien ganada gota ha paralizado ya las articulaciones de sus manos, pagan a un agente para que eche los dados por ellos? Este juego sería agradable si no terminara constantemente a puño limpio. Pero esto no tiene que ver conmigo, sino con las Furias.
XL
No dudo un momento en aceptar en nuestra cofradía a ese tipo de personas que les agradan las historias fabulosas y de relatos inverosímiles. Les fascina oírlas o contarlas, y nunca se aburren de recordar cuentos por fantásticos que sean, de fantasmas, duendes, vestigios, seres infernales y otras mil curiosidades de esta índole. Cuanto más lejos de la verdad, con más satisfacción los creen reales, y con más suave cosquilleo incitan sus oídos. Y este ingenio fabulador no sólo sirve para matar el tedio de las horas, sino que lo utilizan para su prop!o provecho, especialmente, los curas y predicadores. Primos de éstos son quienes tienen la estúpida, pero divertida certeza de que si logran ver una estatua o un cuadro de San Cristóbal, gigante como Polifemo, ese día no morirán; o el que tiene la seguridad de que si saluda a una imagen de santa Bárbara con determinadas palabras, saldrá entero de la guerra. O el hombre que se hará rico automáticamente si acude a San Erasmo en días determinados, con unas velas y oraciones determinadas. En San Jorge se han imaginado a otro Hércules, lo mismo que se han concebido un segundo Hipólito. Al caballo de éste, tan religiosamente adornado y engualdrapado, no es que lleguen a reverenciarlo, pero sí intentan ganarse su protección con pequeñas ouendas. ¡Y se cree que es muy propio de reyes jurar sobre su casco de bronce!
¿Y qué puedo agregar de quienes disfrutan mintiéndose a sí mismos con supuestos perdones de sus pecados? Van midiendo como con clepsidra el tiempo de su permanencia en el Purgatorio, y contando los siglos, los años, meses, días y horas con la precisión de una tabla matemática, sin ningún error. Tampoco diré nada de quienes, confiados en ciertas fórmulas y cadenas de oraciones mágicas -inventadas por algún impostor para bien de su alma o para ganar dinero- se prometen toda clase de riquezas, honores, placeres, satisfacciones, eterna salud, larga vida, que concluya en una ancianidad vigorosa. Y para colmo, un lugar de descanso junto a Cristo en el cielo, lo cual, por otro lado, aspiran se concrete lo más tarde posible, o sea, cuando los abandonen los placeres de esta vida, a los cuales se agarran con uñas y dientes, para dar paso a las glorias celestiales.
Como ejemplo, tenemos a algunos negociantes, soldados o jueces que creen purificar para siempre la hidra de Lema, que es su vida, con el único centavo de sus saqueos miserables. Creen que sus incontables sacrilegios, lujurias, borracheras, peleas, matanzas, trampas, engaños y traiciones quedan olvidadas como por contrato, y absueltas de tal manera que pueden empezar una nueva rueda de crímenes. ¿Puede haber algo más insensato -y también más feliz que ésos que se prometen a sí mismos más que la sublime felicidad repitiendo todos los días siete versículos de los salmos? Ahora bien, se cree que fue un demonio el que enseñó tal práctica a San Bernardo; indudablemente, un demonio bromista, pero más frívolo que inteligente, ya que el cepo le agarró los dedos al infeliz. Todas estas cosas tan tontas, de las que casi me avergüenzo yo misma, no obstante tienen una aceptación general, y no sólo entre el vulgo, sino también entre los creyentes.
Sin embargo, ¿no ocurre casi lo mismo cuando las diversas regiones reivindican como propio a algún santo específico? A cada uno de estos santos se le suponen poderes especiales y se les dedica su adoración particular. Y así, uno cura el dolor de muelas, otro asiste a las parturientas, éste restituye los bienes robados, aquél auxilia en los nauftagios, y el de más allá cuida los ganados; y un largo etcétera, que sería imposible detallar. Hay también santos poderosos en varios aspectos, particularmente la Virgen Madre de Dios, a quien el vulgo ignorante atribuye casi más poderes que a su Hijo.
XLI
Pero ¿acaso estos hombres piden a sus santos otras cosas que no sean similares a la estupidez? Entre tantas ofrendas que tapan las paredes y llegan hasta la bóveda, ¿alguna vez han visto una ofrenda de acción de gracias por haber escapado a la estupidez o por ser un poco más sabio? Uno se salvó a nado. Otro sobrevivió a pesar de que una espada enemiga lo había atravesado. Otro escapó, con más suerte que valentía, dejando atrás a sus compañeros. Otro huyó de la horca cuando ya estaba en alto, gracias a un santo amigo de ladrones, pudiendo así aliviar de su peso a personas injustamente cargadas de riquezas. Otro rompió sus grilletes y huyó de la cárcel. Otro venció la fiebre, para indignación del médico. A quienes bebieron veneno, les sirvió de purga y no de muerte, y quedó frustrada su mujer que en el intento perdió trabajo y dinero. Otro volcó con su coche y pudo volver a casa con los caballos intactos. A otro se le cayó la casa encima, y pudo seguir viviendo. Y por último otro fue encontrado in fraganti por un marido, pero pudo huir. Nadie agradece haberse librado de la insensatez.
¡Tan agradable es ser sabio, que los mortales prefieren librarse de todo antes que de la Estupidez! Pero ¿para qué me meto en esta infinidad de supersticiones?
Cien lenguas tuviera yo,
cien bocas y una voz de hierro,
y sería incapaz de explicar
todas las formas de estupidez.
¡Imposible dar los nombres de la estupidez!
¡Qué triste espectáculo ofrece por todos lados la vida de todos los cristianos sometida por esta especie de locuras! Y lo peor es que los mismos sacerdotes son quienes los aceptan y fomentan, porque saben lo que esto afecta a su bolsillo. Así, si en estas circunstancias se levantara uno de esos sabios presuntuosos y lanzara al viento lo que es cierto: Si vives bien no te condenas; redimirás tus pecados si a tu ofrenda le agregas odio a tus malas acciones, lágrimas, vigilias, súplicas, ayunos y cambias totalmente de vida; éste o aquel santo será tu protector, si imitas su vida . Insisto, ¿qué pasaría si tal sabio gritase éstas y semejantes razones? ¿No arrancaría la felicidad de las almas de los mortales, hundiéndolos en confusión?
Del mismo grupo son quienes en vida dejan instrucciones tan precisas sobre sus honras fúnebres, que llegan a detallar el número de antorchas, túnicas negras, cantores y lloronas que quieren que haya. Se diría que no quieren perderse la contemplación de este espectáculo; o que si su cadáver no es enterrado con pompa los muertos se avergüenzan de ellos mismos. Parecen concejales recién nombrados, muy preocupados por los deportes y los banquetes.
XLII
Debo seguir avanzando, pero no sin mencionar antes a aquéllos que, no distinguiéndose en nada de un triste zapatero, se ufanan con un vano título de nobleza. Uno remonta su linaje a Eneas; otro, a Bruto; y un tercero, al rey Arturo. Ostentan estatuas o retratos de sus mayores por todos lados. Repiten los nombres de bisabuelos y tatarabuelos, y recuerdan continuamente apellidos antiguos, aunque alardeen de algo semejante a estatuas mudas como antepasados, o incluso estén en peor estado. Y así van felices por la vida, gracias a esa dulce Filautía o Amor Propio. Incluso hay estúpidos que admiran como a dioses a esta especie de insensatos.
Pero ¿por qué me detengo a hablar de estas formas de estupidez, como si no hubiese en todos lados personas a quienes esta Filautía hace tan dichosos? ¿No es éste más feo que un mono y, sin embargo, porque sabe trazar tres líneas con el compás se cree un Nireo? Y ese burro con flauta , que tiene una voz peor que la gallina cuando el gallo la corteja, está seguro de ser otro Hermógenes.
No obstante, existe otro tipo de insensatez, que es la más agradable de todas, y que consiste en alardear de cualquier dote que se tiene sin más razón que ser dueño de ella. Un ejemplo de esto es aquel rico doblemente feliz a quien se refiere Séneca. Este hombre, cuando quería contar una anécdota, ponía a siervos para que le susurrasen las palabras. Era tan cobarde que no habría dudado en hacerlos bajar a la palestra para que lo defendieran, ya que sólo vivía seguro con los siervos robustos que tenía en casa. ¿Y qué debo decir de quienes cultivan las artes? Cada uno de ellos tiene su forma exclusiva de amor propio, de manera que sería más fácil encontrar quien renunciase a la herencia paterna que ceder un ápice en su fama de ingenioso. Esto pasa sobre todo entre actores, cantores, oradores y poetas: cuanto más ignorantes son, más descarada es su autocomplacencia, más autoelogio y engreimiento exhiben. Y siempre encuentran lamentos de la misma calaña, de modo que el más incapaz es quien más admiradores tiene. Se sabe que cuanto peor es una cosa, más atrae a la muchedumbre, ya que -como dijimos- la mayoría de los mortales es propensa a la estupidez. En resumen: si el artista menos dotado es el más pagado de sí mismo y quien produce mayor fascinación, ¿por qué debería preferir la verdadera sabiduría, que de entrada supone un mayor esfuerzo, que lo vuelve reservado y tímido, y por último le ofrece menos seguidores?
XLIII
Estoy convencida de que la naturaleza también ha proporcionado de cierto Amor Propio comunitario a naciones y ciudades, como lo ha hecho con cada uno de los mortales. Así, los británicos se atribuyen el privilegio de la belleza, la música y la buena mesa. Los escoceses se enorgullecen de su nobleza, de su vínculo con reyes y de su sutileza dialéctica; los franceses presumen de sus buenas modales; y los parisienses, por arriba de todo otro elogio, prefieren la gloria de la ciencia teológica. Los italianos se ufanan del gusto por las artes y la elocuencia. Todos ellos se complacen con este título, creyéndose los únicos mortales que no son bárbaros. Quienes tienen el primer lugar en esta autocomplacencia son los romanos, que siguen soñando dulcemente en la vieja Roma; por otro lado, los vénetos están satisfechos de la fama de su nobleza. Y los griegos, creadores de las artes y ciencias, todavía se suponen dignos de la vieja gloria de sus héroes. Mientras tanto, los turcos, y toda esa basura de bárbaros, se consideran los portaestandartes de la religión, burlándose de los cristianos como de supersticiosos. Los judíos siguen esperando todavía con gran satisfacción a su Mesías, hasta hoy aferrados fanáticamente a su Moisés. Los españoles no aceptan competidor en la gloria militar, y los alemanes se jactan de su compostura y de su conocimiento de la magia.
XLIV
Creo que comprenden, sin que yo exponga mayores detalles, la gran satisfacción que genera el Amor Propio a todos y cada uno de los hombres. Lo mismo ocurre con su prima hermana, la Adulación, ya que el Amor Propio no es más que autoelogio, y si esto se hace con otro se convierte en Adulación.
Hoy día, adular se considera una vergüenza, aunque sólo piensan esto quienes se fijan más en las palabras que en los hechos. Suponen que la adulación se lleva mal con la fidelidad; sin embargo, cambiarían de parecer con sólo observar el ejemplo de ciertos animales. ¿Hay algo más adulador que un perro? ¿Y quién más fiel que él? ¿Qué más obsequioso que una ardilla? ¿Y quién más amigo del hombre? A menos que se crea que los feroces leones, los crueles tigres y los temibles leopardos sean más parecidos a la naturaleza humana.
Sin embargo, hay un tipo de adulación siniestra, la cual ciertos malvados y burlones utilizan para arruinar a ingenuos. Por el contrario, mi adulación nace de un corazón simple y sincero, y está mucho más cerca de la virtud que esa brusquedad crítica a la que se opone y que, según Horacio, resulta molesta y descortés. La mía levanta los ánimos desalentados, alegra a los tristes, alienta a los débiles, despierta a los burlados, reanima a los enfermos, calma a los iracundos, armoniza y mantiene los afectos. Es un estímulo para que los niños aprendan las letras; entusiasma a los ancianos; aconseja y orienta a los gobernantes, que no se sienten ofendidos por el halago. En resumen, logra que cada uno se acepte y tenga una mayor estima de sí mismo, que es la base de la felicidad. ¿Puede haber algo más estimulante que el mutuo rascarse de dos burros? Eso sin hablar del lugar de la adulación en la elocuencia más elogiada, y de su protagonismo en medicina y poesía. Lo diré brevemente: es miel y condimento de toda convivencia humana.
XLV
Las personas piensan que equivocarse es una desgracia, pero mucho mayor es no equivocarse. Por lo tanto, se equivocan completamente quienes piensan que la felicidad del hombre está en las cosas. Más bien está sujeta a la opinión que se tenga de ellas. La oscuridad es tan grande y tanta la variedad de las cosas humanas, que no podemos conocer nada claro de ellas, como bien ya expresaron los de la Academia, ciertamente los filósofos menos presumidos. Y si algo llega a conocerse, choca varias veces con la alegría de la vida. Entonces, el espíritu del hombre está hecho de tal forma que capta mejor la apariencia que la realidad. Si alguien quiere una prueba de esto que digo, que vaya a la iglesia a la hora del sermón: todos cabecean, bostezan y se aburren si se expone algo serio. Pero si quien grita (perdón, quería decir el orador) empieza, como es costumbre, con una anécdota de viejas, se despiertan, atienden y escuchan embobados. Ocurre lo mismo cuando se festeja a un santo fabuloso, inventado por la poesía -como ejemplo, tenemos a San Jorge, San Cristóbal, Santa Bárbara-. Notarán que se los adora con más fervor que a San Pedro o San Pablo, o que al mismo Cristo. Pero no es el momento para hablar de estas cosas.
¡Qué fácil es lograr esta felicidad! Por el contrario, cuán dificil es entender las cosas reales, aunque sean insignificantes, como la gramática. Por otro lado, ¡qué fácilmente se forma una opinión, y con qué facilidad, si no mejor, nos persuade! Imaginen que alguien come conservas podridas que cree deliciosas, y cuyo olor es inaguantable para los demás. ¿Esto último le impide sentirse feliz? Al contrario: ¿de qué le sirve comer esturión si lo hace vomitar? Si un marido tiene una mujer terriblemente fea, pero que para él puede competir con Venus, ¿no es como si fuese verdaderamente hermosa? Si alguien se admira ante una tabla embadurnada de rojo y amarillo, convencido de que ha sido pintada por Apeles o Ceuxis, ¿acaso no es más feliz que aquél que ha pagado una fortuna por una obra de un artista famoso, cuya contemplación no le genera casi placer?
Sé de un tocayo mío que cuando se casó regaló perlas falsas a su prometida. Como buen bromista que era, la convenció de que no sólo eran joyas auténticas, sino que su precio era único e incalculable. Entonces, yo pregunto, si la joven esposa complacía su vista y su espíritu contemplando esas baratijas, considerándolas y guardándolas como un tesoro, ¿le importaría que no fueran auténticos? A su vez, el marido evitaba gastos, se divertía con el engaño a su mujer, a quien creía tan cautivada como si le hubiese regalado joyas magníficas.
De acuerdo con esto, ¿qué diferencia hay entre quienes desde dentro de la cueva de Platón se asombran de las sombras y figuras de diversos objetos proyectados en la pared -sin querer ni presumir nada, y con tal de que estén satisfechos y no sepan lo que les falta- y el filósofo, que fuera ya de la caverna, contempla las cosas como son? Si el Micilo lucianesco hubiese podido soñar y mantener por siempre el sueño dorado de que era rico, no habría tenido razón para desear otra felicidad. No hay opción entre las dos situaciones y si la hay, es en favor de los tontos. En primer lugar, porque no les cuesta casi nada -una simple convicción-, y en segundo, porque es una felicidad compartida con la mayoría de las personas.
XLVI
Deben saber que no hay ningún placer de las cosas si no se comparten con otros. Ahora bien, todos sabemos la falta de sabios, si es que realmente alguno existe. Después de tantos siglos, los griegos sólo pudieron contar siete, y si analizamos con más atención, me animaría a asegurar que no encontraríamos ni medio sabio, e incluso ni un tercio de sabio. Así, indudablemente, la principal de las tantas alabanzas de Baco es su capacidad de anular por poco tiempo las penas del alma. Según la expresión común, una vez dormida la mona, las preocupaciones vuelven rápidamente. ¿Acaso no es mi ayuda mucho más bondadosa y eficaz? Yo llego a colmar el alma de una embriaguez de placeres, delicias y éxtasis, sin ningún interés. Y no permito que ningún mortal se vea privado de mi bondad, mientras que los demás dioses siempre tienen sus favoritos. No en todo lugar se da ese v...