Durante las primeras décadas del siglo XX, las calles de Los Ángeles todavía mezclaban automóviles, tranvías eléctricos, carros de caballos y toda clase de inventos extravagantes. En ese escenario surgió una de las fotografías más curiosas de la época: un policía motorizado de la ciudad detenía por exceso de velocidad en 1930 a un pequeño vehículo tirado por una avestruz.
El enorme Hummer se convirtió en un icono gracias a tres cosas: La Guerra del Golfo, el cine y el “cachas” Arnold Scharzenegger, que pidió una versión civil porque le parecía “muy práctico” … vivir para ver. Este mastodonte terminó fracasando. Pero unos gallegos de Santiago de Compostela decidieron hacer algo parecido, pero bien hecho… y triunfaron. Te contamos los detalles. Valen la pena.
Un test que se ha convertido ya en un indispensable para la industria. El Club del Automóvil de Noruega lleva desde 2020 realizando una sencilla prueba: cogen los coches eléctricos más representativos del mercado, los recargan por completo y les ponen a hacer kilómetros. Todos al mismo tiempo y por el mismo recorrido.
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Protegidas en una gran estructura de vidrio crecen cientos de plantas de tomate. Pero no se trata de un invernadero común. Cada variable, desde el nivel de gases hasta el color de la luz, es monitoreada por sensores que envían la información a computadoras. Los datos alimentan algoritmos perfeccionados con inteligencia artificial. El resultado es una producción hasta cinco veces mayor que la de un invernadero de baja tecnología en América Latina. Las plantas se encuentran en el campus de la Universidad de Wageningen.
El mapa muestra 27 de las divinidades más importantes del panteón egipcio, así como su distribución a lo largo del Nilo, desde el delta hasta su primera catarata. Los dioses en la antigüedad surgieron ligados a un territorio y un pequeño grupo. A medida que los lazos se extendían y los desplazamientos de unas ciudades a otras también, fueron expandiéndose los cultos por territorios mucho más extensos
El mundo ha consumido los inventarios de petróleo a una velocidad récord a medida que la guerra de Irán estrangula los flujos procedentes del Golfo Pérsico, mermando el propio amortiguador que protege contra las crisis de suministro. La rápida reducción de las reservas significa que el riesgo de subidas de precios y escasez aún más extremas está cada vez más cerca, dejando a gobiernos e industrias con menos opciones para amortiguar el impacto de la pérdida de más de mil millones de barriles de suministro, a dos meses del casi cierre del Estrec
Irán amenazó a Bahrein con cerrarle “para siempre” el estrecho de Ormuz, tras respaldar junto a Estados Unidos una resolución presentada ante el Consejo de Seguridad de la ONU sobre libertad de navegación.
Esta entrevista con Hernán Zin se publicó originalmente en la revista de La Marea. Puedes conseguir un ejemplar y suscribirte en nuestro kiosco.
«Estoy muy cabreado». Hernán Zin (Buenos Aires, 1971) no oculta que le hierve la sangre cuando habla de Gaza. Allí rodó en 2014 un aclamado documental, Nacido en Gaza, en el que mostraba el impacto que la violencia y la ocupación israelí tenían sobre un grupo de niños palestinos. Diez años después, en mitad del genocidio, se reencuentra con tres de ellos (Mohamed, Bisan y Udai) para hacer la segunda parte: Todos somos Gaza. Esta vez no ha podido rodar en persona, porque la entrada a la Franja está prohibida para la prensa extranjera. Ha tenido que hacerlo a distancia, dirigiendo a su equipo por teléfono, temiendo continuamente por su suerte. Su director de fotografía, Ebrahem Abu Eshieba, fue asesinado durante el rodaje. La experiencia ha reabierto la herida del estrés postraumático, un trastorno que arrastra tras muchos años como reportero en zonas de conflicto. Pero lo de Gaza, dice, no tiene comparación con nada que haya visto antes.
¿Retomar la historia de los niños de Nacido en Gaza era algo que tenía clavado? ¿Mantuvo el contacto con ellos a lo largo de estos años?
Sí, mantuve el contacto. Siempre tuve el deseo de contar cómo había sido su vida bajo el bloqueo, pero no esperaba hacerlo en estas circunstancias. Aunque el genocidio siempre estuvo ahí. Desde que llegué allí por primera vez entendí que había una voluntad de erradicar a esta población encerrándola, cortándole el agua, la electricidad, el acceso a los alimentos, a las medicinas, a los libros. Era un genocidio a cámara lenta. Siempre fue un genocidio.
En situaciones así, ¿se piensa en ayudar a la gente a salir de allí?
Yo nunca quise sacarlos de allí. Se saca a los heridos, eso sí. Pero nunca he pensado en protegerlos sacándolos de allí. Eso sería un triunfo del sionismo. En este caso, o en Congo, o en Afganistán, o en Somalia, lo que quiero es que el país esté bien y que prospere. Y que se termine con la violencia y con todo el negocio que hay detrás. Yo lo que quiero es sacar a los colonizadores, no a los oprimidos. La gente se quiere ir y van a acabar yéndose todos, lo entiendo, pero la solución no es esa. Imagine que sacáramos a todos los que han sido masacrados en Ruanda o en Myanmar. Ganarían los que tienen poder.
Usted nunca ha compartido esa premisa periodística de no implicarse demasiado en la noticia que está contando.
No, pero es que yo no me considero periodista. Yo soy un contador de historias. Hay compañeros periodistas que bromean conmigo diciendo: «Tú siempre estás con las víctimas». Me parece bien. Uno cuenta la parte militar, otro cuenta la parte política y yo estoy con las víctimas. Esa es mi vocación. Que cada uno cuente lo suyo. Yo tomé partido hace mucho tiempo, la primera vez que visité un barrio de chabolas en Calcuta. Estoy con los oprimidos. Ese es mi punto de vista narrativo.
Hay un momento del documental en el que Mohamed dice: «Que Dios perdone a quien nos está haciendo esto». Me sorprendió no ver maldiciones contra Israel en la película. ¿Las ha cortado o no las había?
Yo nunca las he oído, al menos entre la gente que yo conozco. Otra cosa es ir a una manifestación de Hamás, allí puedes oír todo tipo de proclamas. Pero en Gaza la gente es bastante moderada. Hay mucho más odio en Israel. Yo recibo cien amenazas de muerte al día, me llaman antisemita a todas horas… Ves mucha más violencia del lado de los agresores. Ocurre en todos los conflictos, no sólo en Gaza.
La primera parte, Nacido en Gaza, ha tenido un éxito extraordinario en Netflix.
Sí, se estrenó en la plataforma en 2018 y en 2023 la reventó. Estuvo entre lo más visto en muchos países. Se pasó en la ONU, en el Banco Mundial… Y sigo recibiendo miles de peticiones para proyectarla. Ahí fue cuando entendí que estaba obligado a hacer una segunda parte. Desgraciadamente, los derechos se cumplieron el año pasado y Netflix no ha querido renovarlos.
¿Por razones políticas?
No lo sé. Tampoco quieren la segunda parte.
Conociendo el éxito internacional que ha tenido Nacido en Gaza, ¿le han llamado para hacer entrevistas de promoción de esta segunda parte en Estados Unidos, Argentina o Alemania?
Por ahora, de esos países sólo recibo insultos y amenazas. Lo de Alemania es lo que más me sorprende. En Argentina, en cambio, siempre ha sido así. Mi primer libro sobre Gaza es de 2006 y no lo pude presentar en Buenos Aires porque amenazaron de muerte a mi familia. Lo presenté en México y en Madrid. Argentina está perdida. Está tomada por el sionismo. De hecho, ahora cualquier crítica se considera un crimen antisemita, como en Estados Unidos. Aunque allí sí me han entrevistado muchas veces. En España no sabemos la suerte que tenemos de poder estar hablando de esto libremente. Ayer estuve en la radio pública y pude decir todo lo que quise. Le aseguro que eso no pasa en Francia ni en Alemania.
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El documental es durísimo, pero tengo la impresión de que podía haber sido más sangriento y usted no ha querido.
No, porque mi objetivo es que la gente lo vea. Además, las guerras no son como se ven en el cine. En una calle de Sarajevo o de Alepo pueden estar cayendo bombas y a 15 minutos de distancia puede haber gente de fiesta. En Kiev viven con normalidad y en el Donbás están bajo el fuego. La guerra es un caos y allí nadie entiende nada. En medio de la guerra también puedes encontrar momentos de felicidad o de amor. Siempre lo he visto. Habrá que retratarlo todo, ¿no? Incluso en la guerra, la vida sigue. Aunque esto no es una guerra, es un genocidio.
Los grandes medios de comunicación no han mostrado todo el horror de ese genocidio. ¿La profesión periodística ha fracasado?
La profesión periodística lleva fracasando allí desde 1948.
Me refería al hecho de no publicar fotos de niños muertos. Eso, quizás, ha provocado que haya más niños muertos.
Eso es así. Es un debate muy antiguo. Pero en este caso es mucho más sutil. Hay estudios del tratamiento que se hace del pueblo palestino en el New York Times y en otros grandes medios de habla inglesa y es escandaloso. El 90% de las noticias hablan de Israel y el 10% de Palestina. Se cosifica a los palestinos. Es todo de un racismo vergonzoso. Pero no se debe sólo a un sentimiento de culpa por el Holocausto. Recuerdo que en 2006 yo llevé un reportaje sobre Gaza a la redacción de Clarín y me dijeron: «Si publicamos esto, se van todos los anunciantes. Nos lo han dicho». El pueblo palestino está vendido. Vendido por los árabes, por los europeos, por los americanos… Está vendido al sistema financiero. El sionismo tiene mucho poder.
Pero las imágenes de la hambruna sí se publicaron. Eso fue lo que provocó manifestaciones masivas en todo el mundo y que se acelerara ese paripé llamado «plan de paz».
Sí, es curioso. No sé por qué tuvieron tanto impacto las fotos del hambre y no el asesinato masivo de todos los días. No tengo explicación para eso. El mundo despierta cuando ve que están disparando a las personas hambrientas que van a un centro de ayuda a buscar una bolsa de harina. España no tardó tanto. Siempre tuvo una postura muy humana respecto a Palestina. Por eso el sionismo ha llegado aquí con tanta fuerza. Primero de la mano de Aznar y ahora con Ayuso. Por eso han comprado tantas voluntades. Por eso han metido dinero en OK Diario, por ejemplo. Han desembarcado financieramente y lo han hecho muy bien. Con dinero, con empresas, con fundaciones. Han venido muchos argentinos millonarios a Madrid y están haciendo lobby. Quieren que esto sea Argentina o Estados Unidos, pero les va a costar. En cualquier caso, a pesar de lo mucho que han gastado en propaganda, en Gaza se les ha caído la máscara. El que no quiera ver lo que es el sionismo, el que no tome partido, es una persona desalmada, sin criterio, sin humanidad, sin compás moral. Yo recuerdo ir a Israel y que me dijeran: «En España sois muy antisemitas». No somos antisemitas, simplemente vemos la verdad. Nos tienen atravesados. Ojalá no consigan silenciarnos, pero nunca se sabe. Quizás dentro de dos años no podamos estar hablando así. O quizás sí, pero usted podría acabar en la calle.
¿Ha notado esa presión a la hora de hacer Todos somos Gaza?
En términos cuantitativos, no, porque la subvención que teníamos de la Comunidad de Madrid era muy pequeña. Pero nos la retiraron igualmente. Por la cara. Parece que ahora en la Comunidad de Madrid saben mucho de relaciones internacionales. Se ponen a hablar de lo que es o no es un genocidio. Es absurdo. Yo les pago para que hagan carreteras y hospitales, no para que opinen. Oyes hablar a Ayuso y a Almeida y… es tremendo. ¡Cómo se ha equivocado la derecha española con este tema! No entienden que el 80% de los españoles está a favor de Gaza. Son muy torpes.
Y aún no han cometido el mismo error con el Sáhara Occidental, pero no hay que descartarlo.
No lo han cometido porque eso no está en la agenda. Si el PP gobernara probablemente destinaríamos el 5% del PIB a las armas. Han entrado en el juego de esa ultraderecha que lo que busca es echarle la culpa de todo a los inmigrantes. Todos han entrado en el modelo Trump: decir tonterías y burradas para hacer ruido y estar siempre en los titulares de prensa, negar el cambio climático, negar los derechos de las minorías, dar rienda libre a las grandes compañías tecnológicas… Es un modelo muy dañino para el futuro de la humanidad. Mire cómo se ha desnaturalizado Europa, que era un faro de libertad y de derechos humanos. Ahora la clase media no puede pagar una casa. Estamos acorralados. Los siguientes somos nosotros. No al nivel de Gaza, claro. Gaza es el laboratorio. Allí prueban las armas, las escuchas, el reconocimiento facial, la IA… y después se vende a todo el mundo. Las acciones de Elbit Systems han subido un 80% en un año. La bolsa de Tel Aviv ha subido un 200%. Es un gran negocio.
A usted le han prohibido la entrada en India por los reportajes que hizo sobre la violencia contra las mujeres. ¿Le ha pasado lo mismo con Israel? ¿Allí puede entrar?
Seguramente no me dejen. [Señala su móvil] Ahora todos estamos controlados. Tampoco me apetece ir. Hace 20 años allí había una izquierda civilizada. Estaba el movimiento Paz Ahora. Había oenegés como B’Tselem, que eran propalestinas y estaban en contra de la ocupación. Gente con la que yo he trabajado y que estaba preocupada por crear un Estado plurinacional, como Gideon Levy o Meir Margalit. Pero esas personas ahora también están acorraladas. No hay nada que hacer.
¿Usted cree que la solución de los dos Estados es factible?
¿Y dónde van a estar esos dos Estados? Si apenas han dejado un 15% de territorio para los gazatíes en una Franja que ya antes era el sitio más superpoblado del mundo. De aquí a dos años no quedará nada de Palestina. Se cumplirá el sueño del Gran Israel.
¿No quedará ni siquiera Cisjordania?
El futuro de Cisjordania es casi peor. Los colonos están matando gente todos los días. La gente está huyendo. El problema es que ni en Jordania ni en Egipto los quieren. Pero Estados Unidos está presionando para que los dejen salir. Palestina va a desaparecer. Y sobre la solución de los dos Estados… la verdad es que no debería ser así, debería ser un Estado palestino con población judía, como fue siempre. Pero, bueno, pongámonos en el caso de que haya dos Estados. ¿Quién va a indemnizar, económica y moralmente, a los palestinos por todo lo que les han arrebatado? Estamos hablando de reparaciones de miles de millones, como las del Holocausto. ¿Quién va a pagar? Los árabes les han dado la espalda. Europa se ha escorado a la derecha de manera totalmente autodestructiva. Alemania apuesta ahora por fabricar armamento, ya que los coches chinos se han comido su mercado. Yo pensé que las guerras se acabarían en el siglo XXI y que, como reportero de guerra, me quedaría en paro, pero no. ¿Qué necesidad tenemos de hacer la guerra ahora? ¿Con quién? ¿Por qué? Ucrania, Sudán, Congo, Gaza… todo se podría arreglar rápidamente dialogando. Es muy triste.
Ha explicado que Israel mata a gente muy concreta para evitar la reconstrucción de Palestina.
Sí, al principio usaron una IA que se llama Lavender y que hace un análisis de los daños colaterales que puede tener una víctima dependiendo de su nivel social y de su rango. Usaron drones cuadricópteros que entraban en las casas y mataban a familias enteras. Así aniquilaron a todos: ingenieros, arquitectos, médicos… A los médicos los secuestraban. A Ebrahem, nuestro director de fotografía, lo matan en el ataque de un comando al hospital Nasser. Entraron y le pegaron siete tiros. Y al médico que estaba con él le dispararon en las piernas y se lo llevaron. Pero no estoy revelando nada. Lo dijo Yoav Gallant. Lo han dicho ellos mismos: «No puede quedar un niño vivo. Son todos terroristas. Hay que matarlos a todos». Están haciendo lo mismo que hizo Hitler en 1939: destruir la inteligencia, eliminar a la clase media culta, con estudios. Y en Palestina, como no hay otra cosa que hacer, estudian mucho. El estudio es una pasión. Tienen el mayor número de doctorados del mundo. Casi todos los que vienen a España, por ejemplo, son médicos.
El caso de Bisan es muy significativo. Estudia sin parar. Cuando caen las bombas, siempre le pillan con el libro en la mano.
Bisan se preparaba para un examen y lo hizo por Internet. Pero hackearon su cuenta y ahora tiene que volver a hacerlo. Para que vea hasta qué nivel de maldad llegan. Una tía que se pasa todo el genocidio estudiando, sin luz, sin agua, sin comida… Nosotros le comprábamos la comida y la medicación que aún necesita. Van a destruirlos. La gente no lo ve, pero los van a exterminar. Como a los indígenas americanos. Es la misma mentalidad colonizadora y racista del siglo XIX. Siento ser portador de malas noticias, pero ya dije hace un año que el genocidio había ganado, y todo el mundo se me echó al cuello. Llevo 20 años documentándolo y esto terminará dentro de dos o tres años con la desaparición de Palestina. ¿No lo estáis viendo? Lo han hecho así para que no haya nada que reconstruir. Ciudad de Gaza, Beit Hanoun, Rafah, Jabalia… todo son escombros. ¿Qué vas a reconstruir ahí?
Hemos visto imágenes muy impactantes de otros conflictos. Beirut completamente calcinada, por ejemplo, pero tengo la impresión de que nada se puede comparar a lo de Gaza.
Nada, nada. No hay comparación posible. Nunca se vio nada igual. Ni lo de Dresde. Ni lo de Hiroshima y Nagasaki. El equivalente ha sido el de varias bombas atómicas. Y además con descaro, a la vista de todos. Por eso digo que vivimos una época complicada y que todos somos Gaza. Porque también van a por nosotros. No con drones como en Gaza, pero si con la IA y con la acumulación de capital. Hoy en día el trabajo no vale nada. Lo que vale es el capital, con el que un fondo de inversión, incluso un particular, puede comprar 1.500 pisos de una tacada. O la gente se pone en pie y los Estados intervienen para hacer un mundo con reglas o esto se va al garete.
Hernán Zin en un momento de la entrevista. ÁLVARO MINGUITO
Usted decide dejar de cubrir zonas de conflicto en 2018, cuando estrena el documental Morir para contar, en el que aparecen dos amigos suyos que morirían poco después en Burkina Faso, David Beriain y Roberto Fraile.
Sí, ese documental era mi despedida. Tuve un accidente en 2012 y ya entonces pensé en retirarme, pero me agarró Siria y me agarró Gaza, y continué. En 2018 me separé de la cantante Bebe, que era mi pareja, terminé Nacido en Siria, que ganó todos los premios, y me encontré solo en mi casa. Y entonces pensé: «Ahora me pego un tiro. No tengo más futuro». Era producto del estrés postraumático. Luego escribí una novela y al poco tiempo llega la COVID-19 y me llama Netflix para hacer otro documental [titulado 2020]. Y me paso un año metido en hospitales y en ambulancias. Y ahora, otra vez Gaza. Durante todo este tiempo yo quería dedicarme exclusivamente a hacer ficción, pero no he podido. Cuando matan a David y a Roberto [en 2021], fui corriendo a mi psiquiatra y me inyectó valium porque ese día sufrí uno de los mayores bajones de mi vida. Los dos eran amigos muy, muy queridos. Compartimos mucho tiempo y muchas risas en el Congo, en Afganistán… Pero con Roberto yo tenía una conexión especial. Y ese día ni siquiera fui capaz de llamar a su familia. Me duele en el alma. Era un tipo muy grande.
Dado el coste personal que ha tenido que pagar, ¿ha pensado alguna vez que podría haber hecho su trabajo de otra manera y que le hubiera hecho menos daño?
Sí, claro que lo he pensado. [Silencio] Podía haberlo hecho con más moderación. Bueno… [Suspira] Fue una vida bien vivida. Pero el coste familiar ha sido terrible. A mis padres hace 13 años que no los veo. Ahora los veré, pero cuando yo me meto en algo, me vuelco completamente. Ese ha sido el mayor sacrificio, la familia. Pero, bueno, lo mío es una vocación, una llamada, una misión. Admiro a la gente que puede desconectar e ir a tomar cañas con los amigos, pero yo no puedo hacerlo. Nací con una misión. No me arrepiento.
¿Y ahora qué planes tiene?
Acabo de terminar mi primera comedia. Me ha venido muy bien a nivel espiritual. Es una historia de tres capítulos que hemos rodado en Lanzarote. Con un fondo social, porque trata de la inmigración, pero en tono de comedia. Estoy muy contento. Creo que hay que desmontar de una vez este mensaje contra la inmigración. Me tienen frito estos pijos que tienen una filipina sirviendo en casa, la comida se la lleva un guatemalteco, el césped se lo corta un marroquí… pero luego votan a Vox. Estoy muy harto ya del efecto Trump.
Udai, Bisan y Mohamed
Cuando se rodó Nacido en Gaza, en 2014, Mohamed era un niño de apenas 12 años. Y ya trabajaba. Rebuscaba entre la basura envases que se pudieran reciclar o reutilizar. Recorría Ciudad de Gaza de arriba abajo con un viejo caballo que tiraba de su carro. Una década después, es padre de dos hijos por los que sigue trabajando incansablemente, buscando comida, buscando transporte, jugándose la vida en las colas de los centros de ayuda.
El antes y el después de Mohamed, Bisan y Udai, los tres protagonistas de ‘Todos somos Gaza’. FLAMINGO COMUNICACIÓN
Bisan era incluso más pequeña entonces. Una bomba israelí destruyó su casa. Sólo ella salió viva de los escombros. Hoy es una estudiante infatigable. Las secuelas de aquel trauma aún son visibles en su rostro: una ceja y un párpado quedaron seriamente dañados.
Udai jugaba entre las casas derruidas. Era un niño risueño, pero tras su sonrisa se traslucía una tristeza indefinible. Acababan de matar a su hermano mayor. Luego fueron cayendo todos los demás, uno tras otro. La heladería de su padre fue bombardeada trece veces, y fue reconstruida otras tantas. Ya veinteañero, en mitad del genocidio, no puede ocultar su felicidad porque está comprometido con una chica. Y está profundamente enamorado.
«Lo que más me gusta de ellos es que siguen teniendo la misma esencia que cuando los conocí hace 11 años», cuenta Zin. «Udai tiene la misma timidez, la misma candidez. Mohamed es un luchador. No para ni un instante. Y Bisan es una tía que quiere estudiar y que tiene la cabeza muy bien puesta. Tendrán sus traumas internos, obviamente, pero son un ejemplo para la humanidad. Esa es la parte luminosa de la película. La vida les ha dado unas hostias que nosotros no somos capaces ni de imaginar. Han perdido a media familia, la casa, los recuerdos, lo han perdido todo. Y no van de víctimas. Tienen una dignidad y una resiliencia increíbles».
En el sur del Líbano, el llamado “alto el fuego” esta sirviendo más para prolongar la guerra que para detenerla. A ambos lados de la mal llamada zona de seguridad, el ejército israelí sigue sembrando destrucción. Crónica de una tregua mortífera.
Este episodio no solo retrata una (mala) forma de hacer publicidad, también muestra hasta qué punto la protección del consumidor sigue dependiendo de que un particular decida reclamar.
Arkopharma –empresa que se dedica a vender complementos alimenticios con una querencia llamativa por apurar el mensaje publicitario– puso recientemente en el mercado un producto para “el control del peso” en cuyo nombre aparecía la mención a “GLP-1”. Tras la reclamación que presenté ante Autocontrol la empresa ha eliminado la mención “GLP-1” del nombre de su producto, ha modificado la nota de prensa con la que lo presentó y ha cancelado la difusión de su versión original. En este post te explico tanto el proceso, como la fea realidad que se pone de relieve.
Los porqués de mi reclamación
La reclamación partió de una reflexión evidente: Si Arkopharma comercializa un complemento alimenticio envuelto en un discurso que lo aproxima al universo farmacológico de los análogos del GLP-1, el producto recibe un alcance sanitario difícilmente compatible con la prudencia exigible en este tipo de productos y los consumidores podrían verse engañados.
En concreto, mi reclamación hizo referencia a cuatro cuestiones:
Infracción de la normativa aplicable a complementos alimenticios y a la publicidad de alimentos.
Infracción del Reglamento (CE) 1924/2006 sobre declaraciones nutricionales y de propiedades saludables.
Infracción del Real Decreto 1907/1996 sobre publicidad con pretendida finalidad sanitaria.
Carácter engañoso de la comunicación comercial según el Código de Conducta Publicitaria de AUTOCONTROL.
En este enlace puedes encontrar el escrito que dirigí a Autocontrol y los argumentos en los que apoyé mi reclamación.
El resultado de mi reclamación
Tras informar Autocontrol a Arkopharma de esta reclamación, la parte reclamada comunicó por escrito la adopción de varias medidas correctoras: la eliminación de “GLP-1” del nombre del producto, la modificación de la nota de prensa, la cancelación de la difusión de la versión original y el refuerzo de sus procedimientos internos de validación. Con base en ello, el procedimiento se archivó conforme al reglamento de Autocontrol, que prevé precisamente esa salida cuando la empresa acepta la reclamación y se compromete a cesar en la conducta cuestionada.
En este enlace puedes encontrar el escrito en el que Autocontrol me comunica estos hechos.
Detalle de algunas de las perlas de la nota de prensa del producto
El comportamiento de Arkopharma responde a un (feo) patrón
La nota de prensa original (ver en este enlace) no presentaba el producto como un simple complemento alimenticio formulado con extractos vegetales, sino como algo bastante más ambicioso. Hablaba del “primer saciante natural que actúa sobre GLP-1”, decía que estaba “indicado tras un tratamiento con análogos del GLP-1”, le atribuía efectos sobre la saciedad, el perfil lipídico, la hipertensión arterial y el control del peso, e insertaba el producto en un relato marcadamente fisiológico y (falsamente) farmacológico.
Arkopharma comunica que rectifica la publicidad reclamada cuyo efecto es que el procedimiento se archive, que no haya resolución y que su forma de proceder trascienda lo menos posible
Lo sucedido ahora no debería analizarse como un episodio aislado. En mi caso, al menos, se suma a una serie de antecedentes que he venido documentando desde hace años en este mismo blog a propósito de algunas campañas publicitarias de Arkopharma que fueron objeto de reclamación (y con éxito). No es necesario convertir este artículo en un inventario exhaustivo de agravios para advertir una pauta preocupante: mensajes promocionales que tensan la legalidad o, cuando menos, la prudencia exigible, y que solo se corrigen cuando alguien decide señalarlos de forma expresa (estos son los enlaces 1, 2 y 3 sobre las anteriores irregularidades señaladas en el caso de Arkopharma).
Eso es, precisamente, lo que hace reprobable esta forma de actuar. No tanto un error aislado, que cualquiera puede cometer, como la impresión de que hay un guion que se repite: primero se lanza una comunicación publicitaria especialmente agresiva; después se aprovecha su circulación y su impacto; y, si finalmente alguien reclama con fundamento, se corrige lo imprescindible para cerrar el problema. No es una hipótesis abstracta. Es una forma de funcionamiento que, vista en serie, es reprobable y resulta difícil no juzgar de forma crítica.
Lo más inquietante no es solo la reiteración del patrón, sino la normalidad con la que parece asumirse. Como si en este sector se hubiera aceptado que empujar el mensaje más allá de lo razonable forma parte del juego, siempre que luego se esté dispuesto a retirar lo más discutible si alguien se toma la molestia de protestar.
Detalle de algunas de las perlas de la nota de prensa del producto
El problema de fondo: no solo es este tipo de empresas, también es el sistema
Pero más allá de la empresa, Autocontrol y el reclamante (un servidor), hay más implicados en esta película.
El primer actor, está claro, es la empresa que decide qué mensaje lanza, cómo lo envuelve y hasta dónde quiere tensar la cuerda publicitaria. El segundo es quien reclama, en este caso (yo) un particular, que dedica tiempo, trabajo y esfuerzo a examinar la publicidad, reunir argumentos y activar un mecanismo de corrección. El tercero es Autocontrol, que tramita la reclamación y ofrece una vía de rectificación. Y el cuarto, demasiado a menudo ausente, es la administración sanitaria, cuya intervención debería ser mucho más visible cuando están en juego mensajes comerciales dirigidos al consumidor en un terreno tan sensible como el de la salud, el adelgazamiento y los complementos alimenticios. Este es el verdadero nudo del problema.
La autorregulación no debería ser la principal barrera de contención ni, desde luego, el único muro que se interpone entre una campaña discutible y el consumidor. Cuando la protección efectiva depende, en la práctica, de que un particular reclame, el sistema traslada una carga impropia a quien menos capacidad tiene para soportarla.
Dicho de otro modo: el consumidor medio no tiene por qué conocer los matices regulatorios, ni distinguir con facilidad entre una alegación admisible, una exageración comercial y una presentación impropia de un complemento alimenticio que le lleve a engaño. Para eso existen normas, autoridades y (debería haber) mecanismos de control. Si la corrección del mensaje solo llega cuando un particular detecta el exceso, lo documenta y se embarca en una reclamación, algo falla en el sistema de protección al consumidor.
Y así, suma y sigue, Arkopharma no recibe sanción, ni multa, ni apercibimiento… se va de rositas
Y todavía hay un elemento más irritante. En otros ámbitos regulados, la infracción no se neutraliza simplemente retirando a tiempo el exceso más llamativo. Por ejemplo, en el ámbito de las infracciones de tráfico, nadie imagina un sistema en el que bastara con abrocharse el cinturón o frenar para que la velocidad sea la adecuada y que así el asunto quedara zanjado. No, en el tráfico las multas existen, son dolorosas y temidas. Sin embargo, en la publicidad de productos relacionados con la salud y el control del peso, la sensación que queda demasiadas veces es otra: se corrige lo justo, se archiva el expediente y el coste real para quien se excedió en el mensaje resulta sumamente rentable.
Por eso la cuestión no es solo qué hizo Arkopharma, sino que el marco de control (inexistente) no genera consecuencias suficientemente disuasorias. Entonces, la rectificación deja de ser un remedio y corre el riesgo de convertirse en parte del propio modelo de negocio publicitario.
A Arkopharma es fácil pillarle con “el carrito del helao”… y no pasa nada
En la actividad de Autocontrol no ha habido un pronunciamiento de fondo sobre la legalidad del mensaje original, porque la empresa optó por rectificar antes de llegar a ese punto. Pero sería un error leer ese archivo como si no hubiera pasado nada. Pasó, y pasó bastante. Arkopharma retiró “GLP-1” del nombre del producto, corrigió la nota de prensa, canceló la difusión de su versión original y anunció medidas internas para que no vuelva a ocurrir. Eso no es insignificante. Pero sí insuficiente a mi modo de ver.
Este desenlace revela que determinados mensajes pueden circular hasta que alguien los cuestiona. Revela que la rectificación llega, en ocasiones, solo después de la impugnación. Y revela también que, una vez corregido el exceso más visible, el sistema puede dar el asunto por cerrado sin una consecuencia pública verdaderamente ejemplarizante.
Por eso este episodio no debería interesar solo por lo que dice de Arkopharma. Debería interesar por lo que dice de un ecosistema en el que la vigilancia efectiva de la publicidad sanitaria o parasanitaria parece descansar demasiado en la perseverancia de unos pocos. Y eso, en última instancia, deja a los consumidores en una posición injusta: expuestos primero al mensaje y protegidos solo después, si es que alguien decide dar batalla.
Lo sucedido no debería tranquilizar a nadie. Debería preocuparnos. Porque si para corregir una publicidad de este tipo hace falta que un particular la detecte, la estudie y la impugne, entonces no estamos ante un sistema que protege bien al consumidor, sino ante uno que llega tarde y exige demasiado a quien menos debería cargar con esa tarea.
Por cierto, ¿soy yo el único que pone en duda el presunto interés que manifiesta Arkopharma para reforzar los procedimientos internos de validación con el fin de evitar que esto vuelva a ocurrir? Me lo decís en comentarios.
El periodista Patrick Radden Keefe investiga en su libro 'London Falling' la vida y la muerte de Zac Brettler, un joven británico que se hizo pasar por hijo de un oligarca ruso en Londres, y retrata el cambio de una ciudad marcada por las finanzas sin regulación, el lavado de dinero, las apariencias, el fraude y el miedo de políticos y policías
Así se convirtió Londres en capital de oligarcas de Putin
A las dos y veintitrés de la madrugada del 29 de noviembre de 2019, una cámara de la sede de los espías británicos grabó la imagen de un joven en un balcón del quinto piso de un edificio de fachada ondulada, piedra clara y aluminio bronceado junto al Támesis. La figura se asomó, primero por el centro y luego por una esquina. Volvió al punto de partida y saltó al río. Se llamaba Zac Brettler, tenía 19 años y no era quien decía ser.
El misterio de ese salto vertebra el nuevo libro del periodista Patrick Radden Keefe,London Falling, que se acaba de publicar en inglés y se editará en español y en catalán en otoño (el autor lo presentará en octubre en Barcelona, donde escribió el manuscrito durante una estancia en el Centro de Cultura Contemporánea). Keefe, reportero de The New Yorker, es autor de No digas nada, sobre un asesinato sin resolver del IRA, y El imperio del dolor, sobre la familia Sackler, propietaria de la farmacéutica ligada a la crisis de los opiáceos.
El reportero estadounidense llegó a la historia que cuenta ahora durante el rodaje en Londres de la serie sobre No digas nada, en verano de 2023. Un hombre amigo del director de la serie se le acercó a conversar en una espera. Hablaron de una rabina de la ciudad conocida por ambos y casi por casualidad el espontáneo mencionó a la familia Brettler.
Así empezaron 18 meses de investigación exhaustiva sobre un caso en el que ningún otro periodista había indagado hasta entonces. La muerte de Zac Brettler había quedado sin resolver, según una investigación oficial, y su vida seguía llena de incógnitas. Después de su desaparición, sus padres habían descubierto que el joven se hacía pasar por el hijo de un oligarca ruso conectado con Roman Abramovich, entonces propietario del Chelsea, y que había acabado en un círculo de truhanes ricos de Londres. Cuando Keefe empezó a tirar del hilo no había salido ni un breve en ningún medio británico.
El edificio de apartamentos de lujo Riverwalk, en Londres, durante su construcción en junio de 2015.
Las sombras detrás de la opulencia
London Falling desentraña algunos de los misterios de la vida y la muerte de Zac Brettler, pero también retrata la corrupción económica y moral de una ciudad convertida en una fachada de opulencia que encubre un mundo oscuro de mansiones fantasma vacías, empresas pantalla, oligarcas, asesinos, gánster de medio pelo y policías incompetentes o cómplices.
El libro relata el cambio radical de una ciudad portuaria e industrial convertida en el centro de las finanzas mundiales por la desregulación de Margaret Thatcher de 1986. Llegaron los brokers estadounidenses sin horarios y las fortunas de pseudo empresarios que habían rapiñado lo que quedaba de la Unión Soviética o los restos del imperio británico en India, Uganda y Oriente Próximo. Y fueron acogidos con los brazos abiertos por el establishment vetusto y en parte arruinado del Reino Unido en declive. Durante años, este proceso fue a más y se mezcló con la política, como han contado también otros libros, en particular los de Oliver Bullough, Tom Burgis, Catherine Belton y Heidi Blake.
En plena crisis financiera, el Gobierno británico en 2008 lanzó las llamadas golden visas (visados dorados) para vender el derecho a la residencia a cualquiera que pusiera la promesa (a menudo era solo eso) de unos millones de libras por delante.
“Londres es para el multimillonario como la jungla de Sumatra para el orangután… Estamos orgullosos de ello, bueno, tenemos sentimientos encontrados”, dijo Boris Johnson en 2014, cuando era alcalde de la capital. “La presencia de estas criaturas exóticas, los multimillonarios, es buena para todo el ecosistema… Pedirle a la gente que te traiga el coche delante de la puerta del hotel, o lo que quiera que hagan, suma a la actividad económica de la ciudad”.
Era el apogeo de la venta de permisos de residencia, entradas a clubes y escuelas privadas, apartamentos de lujo y, sobre todo, lo que Keefe describe como “el encanto del cuento de hadas de la cucharilla de plata” que seguía y sigue rentando al país entre la pompa, los títulos nobiliarios y el pasado a veces de cartón piedra.
Una historia muy londinense
La historia de Zac Brettler tiene que ver con su personalidad, su familia, el algoritmo de las redes sociales, la obsesión local por las clases y los complejos adolescentes difíciles de dilucidar, pero también con la ciudad donde creció. Lo que le pasó también se explica con la mezcla de inutilidad, falta de recursos y conexiones oscuras de las autoridades. Londres no es el único lugar que puede ser descrito así, pero al autor solo se le ocurre uno tal vez parecido.
“Es una historia muy específicamente londinense”, explica Patrick Radden Keefe a elDiario.es durante una presentación del libro esta semana en Bath. “Fue curioso durante la gira del libro en Estados Unidos porque, en la ciudad de Nueva York, donde hay una enorme cantidad de riqueza y muchos problemas de este tipo, creo que la gente no conectaba emocionalmente con esto de la misma manera. Pero en Miami, cuando describía el barrio de Mayfair, todas las cabezas en la sala asentían. Era bastante curioso… Miami: el último refugio de los canallas”.
Keefe recuerda que vivió en Londres a principios de este siglo y desde entonces ha visto cómo ha cambiado la ciudad: “El Londres donde creció Zac, en particular esa zona del oeste de Londres por donde se movía, era un mundo de supercoches y consumo ostentoso. Era muy distinto en comparación con lo que habían conocido sus padres, había a su alrededor una exhibición ostentosa de riqueza en plena calle”.
El periodista Patrick Radden Keefe durante la presentación de su libro este jueves en Bath, Inglaterra.
El mundo de los ultrarricos
Cuando apenas era un adolescente, Zac entró en un colegio privado a las afueras de Londres donde compartía clase con hijos de millonarios en una ciudad que no le hacía ascos al blanqueo de capitales. “No filtramos dinero de la mafia porque no se puede. No se sabe de dónde llega el dinero”, decía años antes en The Guardian un responsable del reclutamiento para escuelas privadas.
El mundo de los ultrarricos misteriosos no era el de Zac, que venía de una familia adinerada pero parca en sus costumbres.
A su padre, Matthew, le había ido muy bien en la City acumulando dinero y posición. Su madre, Rachelle, hija de un respetado y acomodado rabino, escribía en una revista para ricos y sobre ricos del Financial Times. Su familia vivía en un apartamento en una de las mejores zonas de Londres y se podía permitir pagar decenas de miles de libras al año para la educación de sus hijos, pero no paseaba en Maserati ni tenía casas en islas caribeñas ni derrochaba dinero en clubs de moda.
En medio de su obsesión por los coches y la opulencia visible, Zac se interesó por Vladímir Putin, a quien decía admirar, y sus conexiones o supuestas conexiones en Londres, entre lo que veía a su alrededor y las fantasías en redes sociales. Sus fingidas raíces rusas lo llevaron por el peor camino posible.
La conexión rusa
La pasividad con la que la policía de Londres trató la investigación durante meses hizo sospechar a los padres de Zac que podían estar ante un nuevo caso en que las autoridades evitaban investigar episodios de violencia contra ciudadanos rusos o su entorno. El libro cita varias muertes que, según la CIA, fueron asesinatos, y, según Scotland Yard, suicidios o muertes por causas naturales.
Keefe describe con cuidado y sutileza los misterios alrededor de las muertes de varias personas relacionadas con Rusia y va desentrañando algunos enigmas. El periodista es cuidadoso al escribir y también al hablar en público de estas conexiones.
“Quiero ser muy cuidadoso sobre esto”, dice en Bath al ser interrogado sobre este asunto. “No hubo ninguna implicación rusa en la muerte de Zac. Quiero dejar esto completamente claro. Pero sí creo que hay cierto comportamiento aprendido por parte de la policía metropolitana de Londres: una suerte de pasividad adquirida, una tendencia a decir, ‘mira, si se trata de un asesinato corriente, un suicidio evidente o agresión típica, sabemos qué hacer. Pero si algo tiene un atisbo de algo más exótico, que puede ser difícil de perseguir para la Fiscalía, nuestra inclinación es decir que tal vez fue un suicidio, tal vez esto no es algo a lo que tengamos que mirar”.
Mirar hacia otro lado
Keefe retrata una policía, pero también una comunidad de empresarios, políticos e incluso periodistas que están acostumbrados a mirar para otro lado. O a quedarse en la superficie de la riqueza aparente. También la complicidad de una generación de jóvenes profesionales “moralmente flexibles” que creció con el dinero que ha cambiado radicalmente la ciudad en este siglo y borra las fronteras entre lo admirable y lo criminal.
“Londres es un lugar tan bonito que mientras paseas por la ciudad puede resultar fácil olvidar que gran parte fue construida sobre el saqueo imperial. Londres es la capital de fachadas impecables, a menudo pintadas en tonos crema o marfil, como de pastel de bodas: la estética dominante de la ciudad es un blanqueo literal”, escribe Keefe. “Lavar algo —sea dinero o reputación— es mezclar lo sucio con lo limpio, y una de las consecuencias de la nueva identidad de Londres como una lavandería de dinero sucio abierta 24 horas es que la ciudad está llena de maleantes con pretensiones de respetabilidad y de empresarios que parecen un poco turbios”.
Un grupo de manifestantes protesta en una mansión de un oligarca ruso en Londres, el 4 de marzo de 2022, días después de la invasión rusa a gran escala de Ucrania.
Keefe cita en el libro un informe sobre la influencia del dinero “corrupto” en la política británica escrito por Margaret Hodge, miembro de la Cámara de los Lores y empresaria del acero que fue diputada laborista entre 1994 y 2024. Se titula Perdiendo nuestra brújula moral y dice en la introducción: “Nuestras estructuras corporativas, nuestro floreciente mercado inmobiliario y nuestro ejército de facilitadores en el exitoso sector de los servicios financieros sirven para facilitar la corrupción, la financiación del terrorismo y el blanqueo de capitales”. Un donante del Partido Conservador fue acusado después de intentar silenciar a Hodge con una querella mordaza.
El Reino Unido prometió limpiar el país, y en particular Londres, de dinero ruso dudoso después de la invasión a gran escala de Ucrania en 2022 —la de 2014 no les importó tanto como tampoco los asesinatos relacionados con el Kremlin en suelo británico—. Más allá de las sanciones y los vetos a los empresarios más famosos, Keefe refleja dudas de que haya habido un cambio tan sustancial. Cita a un millonario ruso que comenta que cuando los servidores públicos desarrollaron un “apetito por la corrupción” en su país se empezaron a parecer a “la gente que ha bebido sangre, no podían parar”.
Y los rastros que quedan del caso que Keefe investiga muestran que, sea ruso, saudí, indio o local, un dinero opaco se sustituye con el siguiente con naturalidad y pocas repercusiones.
Poder y secretismo
Los padres de Zac, que se entregaron a su propia investigación, y el libro de Keefe desvelan un “entramado de poder y secretismo” que ellos mismos no esperaban encontrar.
Los enigmas que persisten, escribe el reportero, tienen que ver con una ciudad que no conocían, “el poder maligno de la metrópolis – las mansiones vacías, la cuentas en paraísos fiscales, el dinero sucio, las empresas pantalla anónimas, los empresarios amorales, los delincuentes depredadores, las autoridades incompetentes, la grandeza de todas esas superficies deslumbrantes que ocultan un inframundo de sombras”.
Durante la presentación en Bath, un lector le preguntó si no está recibiendo también amenazas y si teme por su seguridad después de entrevistar y escribir sobre mafiosos, tramposos y policías turbios.
“He escrito sobre gánster, pesos pesados de cárteles de drogas, todo tipo de gente que ha hecho cosas muy malas… La única gente que me ha amenazado alguna vez es gente rica. Habitualmente, van a los abogados”, explica Keefe.
Aun así, el periodista dice ser muy cuidadoso tanto en sus citas —suele avisar sobre sus movimientos y toma precauciones sobre el lugar y las circunstancias— como en las expectativas de las entrevistas. También cree que su actual fama o el no vivir en el Reino Unido le dan algo de protección. Y, medio en broma, medio en serio, dice: “Si me cayera por una ventana, dejando de lado a las fuerzas del orden, mis 50 mejores amigos son periodistas de investigación”.
¿Qué hay realmente detrás de la sensación de que nunca es suficiente? En este video exploramos la psicología de las personas que nunca están satisfechas con su cuerpo, incluso cuando aparentemente “todo está bien”.
No se trata solo de disciplina, ni de esfuerzo, ni siquiera de resultados visibles. Se trata de un proceso mental constante: pensar, analizar, corregir… y nunca terminar de sentir que es suficiente.
A lo largo del video verás por qué este patrón no tiene tanto que ver con el cuerpo… como con la forma en la que te miras a ti mismo.
Porque hay algo que muchas personas no ven: puedes cambiar lo de fuera… sin cambiar lo que sientes por dentro.
CAPÍTULOS:
00:00 El inicio del control 01:18 El esfuerzo por hacerlo perfecto 02:41 Cuando el problema no es la disciplina 04:05 El agotamiento mental constante 05:42 Cuando nunca es suficiente
Referencias:
Cash, T. F. (2004). Body Image: Past, Present, and Future Fairburn, C. G. (2008). Cognitive Behavior Therapy and Eating Disorders Neff, K. (2011). Self-Compassion: The Proven Power of Being Kind to Yourself Higgins, E. T. (1987). Self-Discrepancy Theory American Psychological Association (APA) – Body Image & Self-Evaluation
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El txantxangorri, el diminuto petirrojo de pecho rojizo que revolotea por jardines y bosques de Euskadi, es mucho más que un ave común para la cultura vasca. Su figura está ligada a una de las leyendas más queridas del territorio. Según la tradición vasca, el pequeño pájaro adquirió su característico color rojo al intentar aliviar el sufrimiento de Jesús durante la crucifixión. Movido por la compasión, se acercó al madero para retirar con su pico parte de la corona de espinas. Al hacerlo, una gota de sangre cayó sobre su pecho, tiñéndolo para siempre.
En los últimos años, el petirrojo se ha convertido también en símbolo oficial. Bajo la iniciativa “Euskararen txantxangorria”, administraciones y entidades lo utilizan para invitar a hablar en euskera en oficinas, transportes, centros sanitarios, colegios y universidades. La idea es clara: un ave pequeña, hermosa y visible que necesita cuidado frente a lenguas más poderosas. Un recordatorio constante del País Vasco y de su idioma.
Manolo García protagonizó este jueves un momento viral durante el concierto de El Último de la Fila en Barcelona. El cantante, de 70 años, se lanzó desde el escenario al público en pleno subidón rockero, pero los asistentes reaccionaron tarde y no llegaron a sujetarlo. La caída, grabada por varios presentes, desató una avalancha de comentarios en redes sociales. Entre el susto y las bromas, el inesperado salto del artista acabó convertido en una de las escenas más comentadas de la noche.
Un informe de la Eurocámara critica la corrupción, las amenazas a la independencia judicial y el abuso de los decretos ley por parte del Gobierno de Sánchez.
El informe fue presentado en la Comisión de Libertades, Justicia e Interior del Parlamento Europeo. texto señala "el nivel de corrupción en España", "las amenazas a la independencia judicial", "el sesgo sectario de la radio y la televisión públicas" y el "sistema de elección del Consejo General del poder judicial".
Además, el informe muestra preocupación por "el abuso de los decretos ley
etiquetas: estado de derecho, parlamento europeo, pedro sánchez, corrupción
ABC ha acusado a la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) de violar sus derechos de libertad de expresión, lo que podría abrir la puerta a una larga batalla legal de alto nivel entre la cadena y la administración Trump. La compañía afirmó en un escrito presentado ante la agencia que los reguladores estaban teniendo un “efecto disuasorio” sobre la libertad de expresión al intentar castigar contenidos políticos con los que no estaban de acuerdo. El documento, hecho público el viernes, es la defensa más contundente de cualquier cadena de TV.
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La libertad ha sido un episodio. «Episodio» significa «entreacto». La sensación de libertad se ubica en el tránsito de una forma de vida a otra, hasta que finalmente se muestra como una forma de coacción. Así, a la liberación sigue una nueva sumisión. Este es el destino del sujeto, que literalmente significa «estar sometido».
Hoy creemos que no somos un sujeto sometido, sino un proyecto libre que constantemente se replantea y se reinventa. Este tránsito del sujeto al proyecto va acompañado de la sensación de libertad. Pues bien, el propio proyecto se muestra como una figura de coacción, incluso como una forma eficiente de subjetivación y de sometimiento. El yo como proyecto, que cree haberse liberado de las coacciones externas y de las coerciones ajenas, se somete a coacciones internas y a coerciones propias en forma de una coacción al rendimiento y la optimización.
Vivimos una fase histórica especial en la que la libertad misma da lugar a coacciones. La libertad del poder hacer genera incluso más coacciones que el disciplinario deber. El deber tiene un límite. El poder hacer, por el contrario, no tiene ninguno. Es por ello por lo que la coacción que proviene del poder hacer es ilimitada. Nos encontramos, por tanto, en una situación paradójica. La libertad es la contrafigura de la coacción. La libertad, que ha de ser lo contrario de la coacción, genera coacciones. Enfermedades como la depresión y el síndrome de burnout son la expresión de una crisis profunda de la libertad. Son un signo patológico de que hoy la libertad se convierte, por diferentes vías, en coacción.
El sujeto del rendimiento, que se pretende libre, es en realidad un esclavo. Es un esclavo absoluto, en la medida en que sin amo alguno se explota a sí mismo de forma voluntaria. No tiene frente a sí un amo que lo obligue a trabajar. El sujeto del rendimiento absolutiza la mera vida y trabaja. La mera vida y el trabajo son las caras de la misma moneda. La salud representa el ideal de la mera vida. Al esclavo neoliberal le es extraña la soberanía, incluso la libertad del amo que, según la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel, no trabaja y únicamente goza. Esta soberanía del amo consiste en que se eleva sobre la propia vida e incluso acepta la muerte. Este exceso, esta forma de vida y de goce, le es extraño al esclavo trabajador preocupado por la mera vida. Frente a la presunción de Hegel, el trabajo no lo hace libre. Sigue siendo un esclavo. El esclavo de Hegel obliga también al amo a trabajar. La dialéctica del amo y el esclavo conduce a la totalización del trabajo.
El sujeto neoliberal como empresario de sí mismo no es capaz de establecer con los otros relaciones que sean libres de cualquier finalidad. Entre empresarios no surge una amistad sin fin alguno. Sin embargo, ser libre significa estar entre amigos. «Libertad» y «amigo» tienen en el indoeuropeo la misma raíz. La libertad es, fundamentalmente, una palabra relacional. Uno se siente libre solo en una relación lograda, en una coexistencia satisfactoria. El aislamiento total al que nos conduce el régimen liberal no nos hace realmente libres. En este sentido, hoy se plantea la cuestión de si no deberíamos redefinir, reinventar la libertad para escapar a la fatal dialéctica que la convierte en coacción.
El neoliberalismo es un sistema muy eficiente, incluso inteligente, para explotar la libertad. Se explota todo aquello que pertenece a prácticas y formas de libertad, como la emoción, el juego y la comunicación. No es eficiente explotar a alguien contra su voluntad. En la explotación ajena, el producto final es nimio. Solo la explotación de la libertad genera el mayor rendimiento.
Curiosamente, también Marx define la libertad como una relación lograda con el otro:
“Solamente dentro de la comunidad con otros todo individuo tiene los medios necesarios para desarrollar sus dotes en todos los sentidos; solamente dentro de la comunidad es posible, por tanto, la libertad personal”
En consecuencia, ser libre no significa otra cosa que realizarse mutuamente. La libertad es un sinónimo de libertad lograda.
La libertad individual representa para Marx una astucia, una trampa del capital. La «libre competencia», que descansa en la idea de la libertad individual, es solo «la relación del capital consigo mismo como otro capital, vale decir, el comportamiento real del capital en cuanto capital». El capital realiza su reproducción relacionándose consigo mismo como otro capital por medio de la competencia. El capital copula con el otro de sí mismo por mediación de la libertad individual. Mientras se compite libremente, el capital aumenta. La libertad individual es una esclavitud en la medida en que el capital la acapara para su propia proliferación. Así, para reproducirse, el capital explota la libertad del individuo: «En la libre competencia no se pone como libres a los individuos, sino que se pone como libre al capital».
Por mediación de la libertad individual se realiza la libertad del capital. De este modo, el individuo libre es degradado a órgano sexual del capital. La libertad individual confiere al capital una subjetividad «automática» que lo impulsa a la reproducción activa. Así, el capital «pare» continuamente «crías vivientes». La libertad individual, que hoy adopta una forma excesiva, no es en último término otra cosa que el exceso del capital.
En un comunicado, aseguran que han sido ellos quienes han pedido a los organizadores de los Premios que retiren la invitación a Ayuso debido a las declaraciones "desafortunadas" de los últimos meses, dicen, y para prevenir que el evento sea utilizado como plataforma política en lugar de la celebración del cine.
La presidenta acusaba en un comunicado a Claudia Sheinbaum de "amenazar" a los organizadores de los premios Platino del Cine en caso de que acudiese Ayuso.
etiquetas: premios platino, isabel díaz ayuso, méxico, política
Las recientes medidas políticas —desde los estrictos requisitos de verificación de la edad establecidos en la Ley de Seguridad en Internet del Reino Unido hasta las prohibiciones generalizadas de las plataformas para jóvenes en Francia y España— se presentan como medidas de protección, pero corren el riesgo de afianzar la vigilancia y el control, al tiempo que fomentan las restricciones sobre las herramientas más relacionadas con los derechos a la privacidad y a la libertad de expresión. El último punto álgido son las VPN.
La web oficial del gestor de descargas fue comprometida el 6 de mayo y distribuyó instaladores para Windows y Linux con malware. El fallo, una vulnerabilidad sin parchear, permitió a los atacantes reemplazar los archivos sin autenticación. Los desarrolladores insisten: no ejecute. JDownloader, el programa que ha salvado más archivos de la papelera que el botón de 'Ctrl+Z', acaba de ser la puerta de entrada para un malware. Durante unas horas, los instaladores oficiales de la web distribuían código malicioso porque los servidores fueron comprome
Observadores documentaron cómo dos satélites rusos se ubicaron a solo 3 metros de distancia en la órbita baja de la Tierra. Una maniobra de alta precisión cuya motivación se desconoce
Lo que estamos viendo es extraordinariamente grave. No se trata únicamente de desacreditar a determinadas figuras incómodas, sino de lanzar un mensaje disciplinador a toda la arquitectura internacional de derechos humanos: quien ose investigar a Israel será castigado. La ofensiva contra Albanese y contra la Corte Penal Internacional constituye un ataque frontal contra el derecho internacional
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La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) desempeñó un papel crucial y determinante en la derrota del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Su contribución, tanto en términos de sacrificio humano como de esfuerzos militares, fue esencial para poner fin a la amenaza del Tercer Reich y sus aliados. Desde entonces, el 9 de mayo se celebra como el Día de la Victoria, una fecha que conmemora la rendición incondicional de la Alemania nazi ante la URSS y el reconocimiento especial al heroísmo soviético.
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