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Cómo leer a las personas e influir en ellas | VERDADES (in)CÓMODAS con Juanma García PINCHO
¿Cuántas veces te has encontrado con que aquello que una persona dice con palabras y lo que te transmite su voz o la postura de su cuerpo son cosas distintas?
En este episodio hablamos sobre cómo leer la Comunicación No Consciente de las personas para poder influir en ellas. Conocer este lenguaje nos ayuda a resolver conflictos, dirigir negociaciones y crear mejores relaciones tanto personales como profesionales.
Juanma García, “Pincho” es especialista en Ciencias del Comportamiento y Comunicación No Consciente. Ex miembro de la Guardia Civil y formado en investigación y análisis conductual con referentes internacionales como el FBI y Paul Ekman. Lleva años dedicado a entender algo muy concreto: lo que las personas dicen sin palabras. Es autor del libro “Ciencias del comportamiento. Domina la comunicación no consciente para leer a las personas e influir en ellas”.
VERDADES (in)CÓMODAS es un podcast dirigido y presentado por Mireia Chaos.
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Dirección Creativa: Mireia Chaos.
Estudio, edición y producción: LASTCRIT Barcelona.
Software Developers Say AI Is Rotting Their Brains
Tech company executives are confident that AI will completely transform the economy and point to the changes they see in-house to prove that this change is coming fast. At Meta, Google, Microsoft, and others, leadership says that AI generates a growing share of the overall code, which makes it cheaper and faster to produce. The implication is that if this AI is good enough that tech companies are using it internally to improve efficiency and reduce headcount, it’s only a matter of time until every other industry is similarly transformed.
Developers who are told to use AI whether they like it or not, however, tell a different story. On Reddit, Hacker News and other places where people in software development talk to each other, more and more people are becoming disillusioned with the promise of code generated by large language models. Developers talk not just about how the AI output is often flawed, but that using AI to get the job done is often a more time consuming, harder, and more frustrating experience because they have to go through the output and fix its mistakes. More concerning, developers who use AI at work report that they feel like they are de-skilling themselves and losing their ability to do their jobs as well as they used to.
“We're being told to use [AI] agents for broad changes across our codebase. There's no way to evaluate whether that much code is well-written or secure—especially when hundreds of other programmers in the company are doing the same,” a UX designer at a midsized tech company told me. 404 Media granted all the developers we talked to for this story anonymity because they signed non-disclosure agreements or because they fear retribution from their employers. “We're building a rat's nest of tech debt that will be impossible to untangle when these models become prohibitively expensive (any minute now...).”
The actual quality of output doesn't matter as much as our willingness to participate.
Tech company executives love to brag about how much of the code at their company is AI-generated. In April, Google said that three quarters of new code at the company was generated by AI. Last year, Microsoft CEO Satya Nadella said up to 30 percent of the company’s code was generated by AI. Microsoft’s CTO Kevin Scott said he expects 95 percent of all code at the company to be AI-generated by 2030. Meta’s Mark Zuckerberg said last year he expects AI to write most of the code improving AI within 12-18 months. Anthropic says 90 percent of the code written by most if its team is AI generated. Tech companies have also been bragging about their “tokenmaxxing,” or how much money they’re spending on AI tools instead of human employees.
Predictably, the huge spike in productivity that these companies claim their own AI products have enabled hasn’t resulted in more or better products, shorter work weeks, or better consumer experiences. Mostly, AI implementation in tech companies has been used to justify multiple massive rounds of layoffs. To name just a few examples where tech companies said they reduced headcount because of AI use, more recently, Meta said it would cut 10 percent of its workforce (around 8,000 people), Microsoft said it would offer voluntary retirement to 7 percent of its American workforce (around 125,000 people). Snapchat said it would lay off 16 percent of its full-time staffers (about 1,000 people).
La AIE advierte que las reservas de petróleo se reducen a un ritmo récord y prevé un pico de precios antes del verano
La Agencia Internacional de la Energía ha publicado hoy su análisis mensual sobre el mercado del petróleo, correspondiente a abril, y el balance sigue siendo demoledor. La guerra en Irán y el cierre del estrecho de Ormuz ha supuesto en marzo y abril una pérdida acumulada de suministro de los productores del Golfo de más de mil millones de barriles, el equivalente a 14 millones de barriles diarios de crudo (la producción mundial ronda los 100 millones al día). Una crisis de suministro sin precedentes ante la que el mundo está encontrando algunas alternativas de alivio: el resto de países productores está bombeando a toda máquina y los consumidores han ajustado la demanda. Es decir, los altos precios del petróleo y sus derivados están destruyendo demanda y forzando un menor consumo, lo que ayuda a rebajar el déficit de suministro y a aliviar, relativamente, el shock energético.
Igualdad volverá a adjudicar a Vodafone el contrato de las pulseras antimaltrato
El Ministerio de Igualdad ha propuesto la adjudicación del nuevo contrato para la gestión del sistema de seguimiento telemático de maltratadores a la unión temporal de empresas (UTE) integrada por Vodafone España y Securitas Seguridad España. La decisión, pendiente de la adjudicación final, otorga la continuidad al actual prestador del sistema de pulseras de control telemático para casos de violencia de género y sexual, que operará bajo un presupuesto base de 71,3 millones de euros, con posibilidad de alcanzar los 111 millones de euros mediante dos prórrogas anuales adicionales. La operadora renovará de esta forma la gestión del sistema de seguridad a pesar de los fallos técnicos registrados en 2025 que le llevaron a ser sancionada por el departamento que dirige Ana Redondo.
La Justicia archiva la denuncia contra el Real Madrid y su director general por los conciertos del Santiago Bernabéu
El chándal de Maduro llega al Air Force One: Marco Rubio posa con la ya famosa ropa de Nike
Son muchas las horas de vuelo que separan Washington de Pekín. Ha sido ese tiempo en el aire el que ha utilizado el secretario de Estado, Marco Rubio, para fotografiarse con el ya famoso chándal que vestía Nicolás Maduro cuando se publicaron las primeras fotografías de su captura en enero en una operación relámpago del Ejército de EEUU sobre Caracas.
La imagen ha sido publicada por el director de Comunicaciones de la Casa Blanca, Steven Cheung, en su perfil de Twitter durante el viaje de la delegación de Estados Unidos para comenzar la visita oficial de Donald Trump al país asiático. "¡El secretario Rubio luciendo espectacular el Nike Tech 'Venezuela' en el Air Force One!", celebraba Cheung en un mensaje. En la imagen vertical, Rubio aparece en pie y apoyando la espalda sobre una pared del avión presidencial en la que se aprecia todo el conjunto y unas zapatillas de Adidas grises a juego.
Secretary Rubio rocking the Nike Tech ‘Venezuela’ on Air Force One! 😂 pic.twitter.com/yi1b1mR8M0
— Steven Cheung (@StevenCheung47) May 12, 2026
El modelo deportivo de Nike ya se había hecho viral en su momento cuando se publicaron las primeras imágenes del mandatario venezolano caído. Una campaña no buscada por Nike que llevó a que se agotaran parte de sus existencias durante aquellas fechas.
Las instantáneas, más allá de la vestimenta, tuvieron un gran impacto mediático, puesto que se veía a Maduro esposado y con los ojos tapados mientras era transportado rumbo a Estados Unidos. Ante una operación sin apenas precedentes, era la confirmación de que seguía vivo y sería encarcelado en un país extranjero. Y fueron difundidas directamente por el propio presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con un mensaje sin apenas detalles que decía: "Nicolás Maduro a bordo del USS Iwo Jima".
La nueva imagen publicada del secretario de Estado coincide con los crecientes rumores de que presente una campaña a las primarias republicanas para ser el candidato a las elecciones de 2028 y así sustituir a Trump al frente del partido. Rubio no ha confirmado nada y fuentes de su entorno han asegurado a medios estadounidenses que el político de ascendencia cubana no quiere competir contra el vicepresidente, JD Vance, en este proceso si se presenta.
Sin embargo, las especulaciones han crecido después de que publicase recientemente un vídeo en redes sociales en el que compartía su visión sobre el futuro de Estados Unidos, sumado a varias fotografías mucho más desenfadadas que compartió la semana pasada en las que aparecía actuando como DJ en una boda. Unas publicaciones fuera de lo habitual en los mensajes que venía compartiendo hasta ahora.
Ahora, con esta nueva fotografía en chándal, resalta uno de los mayores logros de su carrera. Muchos lo sitúan como pieza clave en la operación contra Maduro y el éxito de la misma propulsó su popularidad en Estados Unidos y entre los estamentos republicanos. También le ha valido la máxima confianza de Donald Trump, pese a ser una figura que viene de fuera del movimiento MAGA, los seguidores acérrimos del mandatario estadounidense.
Mientras, fiel a su estilo de enfrentar a los suyos, Trump juega a impulsar como posibles sucesores a Vance y a Rubio, sin acabar de confirmar su apoyo por ninguno de los dos. Por ahora, la popularidad de Vance atraviesa momentos complicados por su posición con la guerra de Irán. Pese a haber sido un firme defensor de que EEUU no intervenga en países extranjeros, ha apoyado la decisión de su jefe de comenzar una guerra en Oriente Medio, contradiciendo todas sus declaraciones pasadas.
En cambio, la visión geopolítica de Rubio encaja más con las posturas tradicionales más militaristas de los republicanos estadounidenses, por lo que no está sufriendo tanto desgaste. Ahora, según se acerca el proceso de primarias republicanas, queda por ver si pronto decide dar un paso al frente o continúa manteniendo un perfil bajo mientras promueve su propia agenda dentro de la Administración Trump.
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¿Existe la andropausia?
A partir de los cuarenta o cincuenta años, muchos hombres empiezan a notar cambios que antes no sentían: menos energía, dificultad para concentrarse, alteraciones del sueño, disminución del deseo sexual, etcétera. El término «andropausia» lleva décadas circulando en conversaciones de salud, artículos de divulgación y anuncios de suplementos un tanto fraudulentos, pero su uso sigue generando un importante debate entre los especialistas. ¿Se trata de un fenómeno real o es solo una etiqueta comercial sin respaldo científico?
La respuesta, como suele ocurrir en medicina, tiene matices. Lo que sí existe es un descenso progresivo de la testosterona a medida que los hombres envejecen. Sin embargo, lo que no está tan claro es que ese descenso sea equivalente a la menopausia femenina ni que justifique tratamientos hormonales generalizados. El European Male Aging Study, uno de los trabajos más amplios sobre el tema, sitúa la prevalencia del hipogonadismo de inicio tardío —el nombre técnico que prefieren los especialistas— en torno al 2% en hombres de entre 40 y 80 años cuando se exigen criterios estrictos de diagnóstico. La cifra sube si se relajan esos criterios, pero sigue siendo muy inferior a lo que cierta industria del bienestar masculino querría hacernos creer.
Qué dice la ciencia sobre la andropausia
La testosterona comienza a disminuir aproximadamente a partir de los 30 años, a un ritmo cercano al 1% anual. A los 70, un hombre tiene, de media, entre un 20% y un 30% menos de esta hormona que en su juventud. Sin embargo, a diferencia de la menopausia —un proceso relativamente brusco que marca el fin de la fertilidad femenina—, el declive androgénico es gradual, silencioso y variable: algunos hombres mantienen niveles saludables hasta edades muy avanzadas, mientras que otros experimentan caídas más pronunciadas.
La testosterona comienza a disminuir aproximadamente a partir de los 30 años, a un ritmo cercano al 1% anual
El problema real es que no hay consenso sobre cuánta testosterona es «normal». Las guías de la Asociación Europea de Urología, la Sociedad Británica de Medicina Sexual y la Asociación Americana de Urología manejan umbrales distintos, expresados incluso en unidades diferentes, lo que dificulta las comparaciones. En 2023, la Asociación Europea de Urología elevó su umbral de referencia, lo que automáticamente convirtió a más hombres en candidatos a tratamiento sin que hubiera cambiado nada en sus cuerpos. Este tipo de decisiones alimenta la sospecha de que parte del interés en la andropausia responde más a lógicas comerciales que a necesidades clínicas.
Por otro lado, cuando los niveles de testosterona bajan de forma significativa y sostenida, pueden aparecer síntomas: reducción del deseo sexual, disfunción eréctil, pérdida de masa muscular, aumento de grasa abdominal, fatiga persistente, irritabilidad o dificultades de concentración. Un estudio publicado en Frontiers in Endocrinology estima que entre el 35% y el 50% de los hombres con hipogonadismo confirmado presentan síntomas depresivos. Pero aquí viene el matiz importante: muchos de estos síntomas también se explican por otras causas frecuentes a partir de los 50, como la diabetes, la hipertensión, la obesidad, la apnea del sueño o la depresión. Atribuirlo todo a la testosterona sería simplificar en exceso.
El diagnóstico riguroso exige dos condiciones, que son la presencia de síntomas clínicos y confirmación mediante análisis de sangre realizados por la mañana —cuando los niveles hormonales son más altos— y en al menos dos ocasiones distintas. Solo cuando ambos criterios se cumplen y se han descartado otras patologías, tiene sentido hablar de deficiencia androgénica del envejecimiento masculino.
La eterna pregunta: ¿cómo se trata?
Pero, entonces, si hay un diagnóstico claro, ¿conviene tratar con testosterona? La evidencia científica muestra beneficios moderados en algunos ámbitos: mejora de la libido, aumento de la densidad ósea y, posiblemente, de la masa muscular. Pero también señala riesgos diversos. Por ejemplo, la terapia de reemplazo hormonal está contraindicada en hombres con antecedentes de cáncer de próstata, enfermedades cardiovasculares graves, problemas hepáticos o renales. Este tipo de tratamientos también está unido una posible asociación con síntomas depresivos y conductas de autolesión en determinados grupos, lo que obliga a una prescripción cuidadosa y personalizada.
Lo que los especialistas desaconsejan de forma unánime es recurrir a suplementos que prometen elevar la testosterona de manera «natural». Ingredientes como el zinc, el fenogreco, el Tribulus terrestris o la maca aparecen en decenas de productos comercializados como vigorizantes masculinos, pero ninguno cuenta con evidencia suficiente para respaldar sus promesas. En el peor de los casos, algunos productos vendidos en plataformas extranjeras contienen directamente testosterona sin declarar, lo que supone un riesgo serio para la salud.
Los hombres hablan menos de su salud, consultan más tarde y tienden a minimizar sus síntomas
¿Qué funciona entonces? Las intervenciones con más respaldo científico son, como siempre, las más efectivas: ejercicio físico regular —especialmente el entrenamiento de fuerza—, alimentación equilibrada, control del peso, sueño de calidad y atención a la salud mental. La obesidad visceral, por ejemplo, favorece la conversión de testosterona en estrógeno, mientras que el estrés crónico eleva el cortisol, una hormona que interfiere con el equilibrio hormonal.
Quizá, entonces, el mayor problema generado por la andropausia no sea médico, sino cultural. Los hombres hablan menos de su salud, consultan más tarde y tienden a minimizar sus síntomas. Y ese silencio, por supuesto, tiene consecuencias. Sin ir más lejos, en España, ocho de cada diez suicidios corresponden a varones, y la franja de edad con mayor ideación suicida coincide con el momento en que el declive hormonal empieza a ser clínicamente relevante. La andropausia (o, mejor dicho, el hipogonadismo tardío) existe según la ciencia, pero igual nos sigue haciendo falta hablar sobre ella.
La entrada ¿Existe la andropausia? se publicó primero en Ethic.
Sabotaje encubierto: La táctica más peligrosa que usan los psicópatas y narcisistas
La entrada Sabotaje encubierto: La táctica más peligrosa que usan los psicópatas y narcisistas se publicó primero en Rincón de la Psicología por Jennifer Delgado.

Hay personas que no levantan mucho la voz ni amenazan abiertamente, pero aun así consiguen lo que desean porque influyen en cómo te sientes, cómo te relacionas con los demás e incluso cómo te percibes a ti mismo. La ciencia tiene un nombre para este tipo de dinámicas: agresión relacional. No media la violencia física ni verbal y tampoco hay de conflictos explícitos, es un fenómeno más silencioso y difícil de detectar y, precisamente por eso, más peligroso.
Dañar sin que se note
La agresión relacional incluye conductas como difundir rumores, excluir a alguien de un grupo, ignorarlo deliberadamente o sabotear sus relaciones sociales. Son acciones que no dejan marcas visibles, pero sus consecuencias emocionales son profundas.
De hecho, la investigación no deja lugar a dudas: aunque estas dinámicas pasen desapercibidas, tienen efectos reales y medibles en las víctimas. Quien sufre una agresión relacional tiene más probabilidades de desarrollar síntomas de ansiedad, depresión, soledad y desesperanza.
Es probable que lo hayas visto o incluso vivido en contextos de trabajo, en un grupo de amigos o incluso en el ámbito familiar. Sucede cuando, por ejemplo, en un grupo dejan de incluirte en las decisiones importantes sin darte una explicación. Cuando alguien empieza a reinterpretar lo que dices con los demás para que parezca ofensivo o realiza comentarios pasivo-agresivos que te hacen quedar mal.
Nada de esto parece agresión en el sentido clásico, pero psicológicamente lo es porque terminan teniendo un efecto desestabilizador. Te hacen dudar de ti mismo porque no hay un hecho claro que puedas señalar como la causa, no se ha producido una agresión explícita y a veces ni siquiera sabes quién es el “culpable”. Solo hay señales difusas, silencios incómodos y cambios en la actitud de los demás. Y eso genera una forma de desgaste psicológico que proviene de la sensación de estar siendo desplazado sin poder entender por qué.
Por desgracia, este tipo de agresión funciona por su carácter ambiguo. La falta de claridad protege a quien la ejerce, porque siempre puede negarlo o reinterpretarlo. “No es para tanto”, “te lo estás tomando mal” o “son imaginaciones tuyas” se convierten en respuestas habituales. Y con el tiempo, la víctima no solo sufre el rechazo social, sino también la erosión de su propia percepción de la realidad.
Y lo más inquietante es que este tipo de comportamiento no es casual, sino que puede ser una estrategia consciente de algunas personas.
La ciencia detrás de la manipulación social
Un amplio estudio realizado en la Universidad Deakin con más de 2.000 adultos ha analizado cómo ciertos rasgos de personalidad influyen en este tipo de conductas. Y los resultados son bastante claros: las personas con rasgos de la llamada Tríada Oscura (psicopatía, maquiavelismo y narcisismo) tienen más probabilidades de recurrir a la agresión relacional.
Pero lo importante no es solo quién lo hace, sino cómo lo hace.
Las personas con estos rasgos prefieren formas de agresión encubiertas y difíciles de detectar que podríamos calificar como “socialmente limpias”. No confrontan directamente, sino que mueven los hilos por detrás del telón, manteniendo una fachada de amabilidad.
Para controlar la dinámica social recurren a mecanismos indirectos como la exclusión progresiva, manipular la información o crear de alianzas estratégicas dentro del grupo. Son formas de influencia que operan en segundo plano, pero que reorganizan por completo las relaciones.
Ciertas características de personalidad facilitan esa agresión relacional. La psicopatía, por ejemplo, se ha asociado con una escasa empatía y la ausencia de remordimiento, lo que crea las condiciones psicológicas para dañar los vínculos sin experimentar culpa. El maquiavelismo, en cambio, añade una capa estratégica porque permite manipular a los demás manteniendo una imagen aceptable. Y el narcisismo actúa como el motor impulsor ya que introduce la necesidad de estatus, control y validación.
En conjunto, estas características funcionan como una especie de “caja de herramientas social” para manipular a los demás y conseguir sus objetivos.
Al final, la agresión relacional no siempre se reconoce porque no necesita ser evidente para ser efectiva. Funciona precisamente en ese espacio ambiguo donde nadie levanta la voz, pero las relaciones se reordenan en silencio. Quizá la clave no sea solo identificar a quienes la utilizan, sino prestar más atención a cómo nos sentimos en determinados entornos: si encogidos, confundidos o constantemente en duda. A veces, el mejor indicador no es lo que se dice, sino lo que empieza a desaparecer sin explicación.
Referencia:
Patafio, B. (2025) Dark and light personalities: A utilitarian perspective on their impact on relational aggression. Personality and Individual Differences; 242: 113209.
La entrada Sabotaje encubierto: La táctica más peligrosa que usan los psicópatas y narcisistas se publicó primero en Rincón de la Psicología por Jennifer Delgado.
Por qué esperar a "quererte" para tener pareja es un error psicológico
Es una frase muy repetida… pero psicológicamente es incompleta.
La autoestima no se construye aislándote del mundo ni solo repitiéndote afirmaciones positivas. Se construye, en gran parte, a través de los vínculos.
Por eso las relaciones sanas pueden reparar muchísimo: sentirte querido, respetado y elegido también te ayuda a aprender a quererte.
Ahora bien, una autoestima más sólida también influye en las parejas que eliges, en los límites que pones y en lo que estás dispuesto a tolerar.
Es un bucle: las relaciones impactan en tu autoestima y tu autoestima impacta en tus relaciones.
Pero no, no necesitas quererte perfectamente para merecer amor.
Si quieres entender cómo se forma realmente la autoestima y cómo trabajarla, pronto impartiré una clase sobre ello en Mindhunt Academy.
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No, no voy a poner faltas de ortografía para demostrar que soy humano
El artículo de Jordi Pérez Colomé en El País, «Las erratas como símbolo de prestigio: cómo escribir para que no parezca IA«, me ha dejado una sensación entre el cansancio, la irritación y la tristeza. La idea de que, en plena explosión de la inteligencia artificial generativa, algunos empiecen a introducir erratas deliberadamente para que sus textos parezcan «más humanos» es una de esas distopías absurdas que, precisamente por absurdas, terminan describiendo muy bien una época.
Vivimos instalados en una sospecha permanente. Ya no se lee un texto para preguntarse si dice algo interesante, si está bien argumentado, si aporta algo o si invita a pensar. Se lee, demasiadas veces, como quien pasa un detector de metales: buscando la prueba, el rastro, el supuesto tic, la señal que permita levantar el dedo y decir: «esto lo ha escrito una inteligencia artificial». Es la nueva policía del estilo, una inquisición de andar por casa armada con intuiciones bastante pobres, detectores que no funcionan y una curiosa superioridad moral.
No hay semana en la que no reciba un mensaje, un comentario o una insinuación acusándome de escribir con inteligencia artificial. Y la verdad es que empieza a cansar. Mucho. No porque me moleste que alguien piense que uso inteligencia artificial: la uso, por supuesto que la uso. Me molestan la simpleza del razonamiento, la acusación barata, la idea de que cualquier texto bien documentado, corregido, estructurado o con enlaces adecuados deba ser sospechoso. Me molesta esa pulsión de convertir una herramienta en una prueba de culpabilidad.
Llevo escribiendo más de un artículo diario desde 2003. Eso son casi veinte años antes de que ChatGPT apareciese en noviembre de 2022. Veinte años escribiendo, documentando, enlazando, argumentando, equivocándome, rectificando, aprendiendo y publicando. Francamente, creo que eso debería concederme algo de crédito. No mucho, si no quieres. Pero al menos el suficiente como para no tener que ensuciar deliberadamente mis textos con faltas de ortografía para demostrar que sigo siendo una persona.
Porque no, no voy a hacerlo. No pienso introducir erratas, torpezas o descuidos calculados para parecer «auténtico». No pienso degradar mi escritura para adaptarme a la paranoia de quienes confunden imperfección con humanidad. La humanidad de un texto no está en una tilde que falta ni en una coma mal puesta. Está en la intención, en la trayectoria, en la capacidad de construir una mirada, en la responsabilidad de sostener una idea y en la posibilidad de responder por ella.
Sí, uso inteligencia artificial, y mucho, pero no para escribir. La uso para documentarme mejor, para encontrar fuentes que antes me habría costado más tiempo localizar, para que agentes configurados por mí y bajo mis instrucciones busquen artículos que puedan ampliar o contrastar lo que estoy pensando. La uso para revisar ortografía y gramática. La uso, en ocasiones, para que otro agente, entrenado con mis propios artículos, me sugiera pequeños ajustes de estructura o me señale puntos débiles, basándose en la comparación con mis artículos más exitosos o con más lecturas. A veces, incluso, al terminar un texto, se lo copio a un agente que lo critica y me dice qué ángulos no he considerado. Después leo esa crítica y, si me parece pertinente, escribo un párrafo adicional, matizo una idea o refuerzo un argumento. Yo. Con estos deditos.
¿Y qué? Eso no convierte el artículo en «AI slop«. Eso no significa que el texto lo haya escrito una máquina. Significa que escribo en 2026, no en 1996. Significa que utilizo las herramientas disponibles para hacer mejor mi trabajo, exactamente igual que en su momento utilicé buscadores, gestores de referencias, correctores ortográficos, bases de datos académicas, lectores RSS o traductores automáticos. La diferencia es de potencia, no de naturaleza. Y quien no entienda eso, en realidad no está defendiendo la escritura humana: está defendiendo una visión romántica, artesanal y profundamente equivocada del trabajo intelectual.
El problema no es usar inteligencia artificial. El problema es delegar el pensamiento. El problema es entregar a una máquina la responsabilidad de decidir qué quieres decir, por qué lo quieres decir y desde dónde lo dices. Yo no escribo para llenar una página. Escribo para aprender, para ordenar ideas, para pensar, para después poder explicar esas ideas en clase o en una conferencia. Si una inteligencia artificial escribiese por mí, yo no habría internalizado nada. No podría defender el texto, no podría discutirlo, no podría usarlo como parte de mi proceso docente. Sería una impostura inútil.
Por eso la distinción relevante no es «con inteligencia artificial» o «sin inteligencia artificial». Esa distinción es infantil. La pregunta relevante es otra: ¿quién piensa? ¿Quién decide? ¿Quién asume la responsabilidad intelectual del texto? ¿Quién puede explicar por qué está ahí cada argumento, cada enlace, cada ejemplo y cada conclusión? Esa es la conversación que deberíamos estar teniendo, no esta especie de concurso ridículo para ver quién logra sonar lo bastante imperfecto como para ser aceptado como humano.
Además, la propia industria y la academia saben perfectamente que los detectores de texto generado por inteligencia artificial no son una solución fiable. OpenAI reconoce en su guía para educadores
que esos detectores no son suficientemente fiables y que pueden etiquetar texto humano como generado por máquinas. MIT Sloan lo dice de manera aún más directa en un recurso titulado «AI detectors don’t work«. Estudios como el publicado en Patterns sobre el sesgo de los detectores contra escritores no nativos en inglés muestran, además, que esas herramientas pueden ser injustas y discriminatorias: penalizan estilos más simples o más estructurados, y convierten en sospechosas a personas que simplemente escriben de manera clara.
Turnitin, una de las compañías más utilizadas en entornos educativos, advierte que sus modelos no deberían usarse como única base para tomar medidas contra un estudiante, algo que recoge también el ABA Journal. UNESCO, en su guía sobre inteligencia artificial generativa en educación e investigación, insiste en un enfoque centrado en las personas, en la transparencia y en el uso significativo de estas herramientas. En otras palabras: las instituciones serias no dicen «prohibamos, sospechemos y acusemos». Dicen «aprendamos a usar, a declarar, a evaluar procesos y a formar criterio».
Pero la cultura popular va por otro lado. Va por el camino fácil de la sospecha. Por el «esto suena a ChatGPT», porque lo digo yo. O por el detector milagroso. O por la búsqueda de tics estilísticos. O por la idea absurda de que un guion largo, una estructura ordenada o una conclusión redonda son ya indicios de culpabilidad. O ahora, según parece, por la reivindicación de la errata como certificado de humanidad. Hemos llegado al punto en que escribir bien puede ser sospechoso y escribir mal puede ser una estrategia reputacional. No se me ocurre mejor descripción de una sociedad confundida.
Lo más irónico es que muchos de quienes acusan a otros de usar inteligencia artificial lo hacen desde una ignorancia bastante notable sobre cómo funciona realmente la escritura. Escribir nunca ha sido un acto puro, aislado o místico. Escribir es conversar con fuentes, con lecturas previas, con notas, con editores, con correctores, con alumnos, con colegas, con críticas y con uno mismo. La inteligencia artificial se inserta en ese proceso como una herramienta más. Extraordinariamente poderosa, sí, pero no como una sustitución inevitable del autor. Que algunos la usen para sustituirse a sí mismos no significa que todos lo hagamos. Y menos los que más perjudicados podríamos salir si lo hiciéramos.
La autenticidad no está en rechazar las herramientas. Está en no abdicar del criterio. Está en no confundir asistencia con autoría. Está en poder decir: esta idea es mía, esta estructura la he decidido yo, esta fuente la he elegido yo, esta conclusión la sostengo yo. Y está también en aceptar que escribir con herramientas mejores puede producir textos mejores. Más largos, quizá. Más documentados. Más matizados. Más revisados. ¿Desde cuándo eso es un problema?
Me niego a participar en la teatralización de la imperfección. No voy a escribir peor para parecer más humano. Antes tenía más typos, ahora tengo menos porque me los corrige un agente. Antes ilustraba con aburridas ilustraciones de repositorio, ahora ilustro con inteligencia artificial, porque nunca he sido ilustrador ni considero que las ilustraciones sean lo que define mis artículos. Simplemente, me es más cómodo y me gusta más así. Y no, decididamente no voy a dejar faltas para tranquilizar a quienes han decidido que la corrección es sospechosa. No voy a convertir mi escritura en una coartada contra una acusación mal formulada. Si alguien quiere creer que un texto mío lo ha escrito una máquina porque está bien enlazado, porque no tiene faltas o porque incorpora puntos de vista adicionales, que lo crea. El problema no está en mi texto. Está en su incapacidad para entender cómo se trabaja hoy.
La inteligencia artificial obliga a repensar muchas cosas: la enseñanza, la evaluación, la autoría, la transparencia, el aprendizaje, la creatividad y la responsabilidad. Pero repensarlas no significa caer en una histeria permanente ni transformar cada texto en una escena del crimen, ni llegar a la página de un autor como un histérico maleducado gritando «esto es AI slop!!» Significa asumir que las herramientas han cambiado y que, por tanto, también debe cambiar nuestra forma de valorar el trabajo intelectual.
Yo seguiré escribiendo. Seguiré usando inteligencia artificial cuando me ayude a documentarme mejor, a corregir mejor, a contrastar mejor o a pensar mejor. Seguiré siendo yo quien decide qué se publica y qué no. Y seguiré negándome a aceptar que la humanidad de un texto se mida por su descuido.
Porque si hemos llegado al punto en que para parecer humanos tenemos que escribir peor, el problema no lo tiene la inteligencia artificial. Lo tenemos nosotros.
ACTUALIZACIÓN (22/05/2026): Fede Durán comenta este artículo en el suyo en El Mundo, «¿Puede la IA escribir mejor que el mejor de los escritores?»
This article is also openly available in English on my Medium page if you use this link, «How about a few deliferate mistales to make my writing seem more authentic?»
🟢 Una cuestión de fe
El vídeo explora la idea de que todos somos ateos frente a miles de dioses ajenos, y plantea la fe como un fenómeno cercano al enamoramiento: algo que no se decide, sino que se siente. Apoyándose en pensadores como Søren Kierkegaard, Blaise Pascal, Paul Tillich o Viktor Frankl, se analiza el papel de la fe como estructura psicológica que reduce la ansiedad, genera comunidad y ayuda a soportar el dolor.
Una reflexión honesta sobre por qué la fe sigue existiendo, qué aporta realmente y qué ocurre cuando uno no logra sentirla. Al final, cada persona encuentra su propia forma de enfrentarse al caos y construir sentido.
Este tipo usó IA para meterse a sí mismo en Juego de Tronos y arreglarlo todo.
¿Cómo definimos ahora las estaciones?
Uno de los elementos más visibles del cambio climático antropogénico (causado por el ser humano) es el aumento de la temperatura, que a su vez modifica la forma y extensión de las cuatro estaciones. ¿Las consecuencias? Veranos más largos, que se desplazan hacia la primavera y el otoño, inviernos más cortos, primaveras adelantadas y otoños retrasados.
Estudiar de manera precisa cómo, cuánto, a qué ritmo y con qué intensidad se están produciendo esos cambios y se proyecta que sucedan en el futuro tiene un interés enorme debido a sus numerosas consecuencias. No sólo para los ecosistemas naturales, sino en el consumo y gestión de la energía, el confort de la población o la alteración del ciclo anual y sus efectos.
El concepto o definición de verano o invierno es intuitivo y aparentemente sencillo. Sin embargo, definir y calcular de manera rigurosa y objetiva las estaciones resulta muy complejo; hay muchas sutilezas y matices a tener en cuenta. De hecho, no existe un consenso en la comunidad científica ni en los centros de estudio climático a la hora de determinarlo.
¿Cómo definimos un día de verano?
Existen múltiples formas de aproximarse a la definición de las estaciones, según el enfoque que se utilice. Por un lado está el astronómico o climático: desde la astronomía, se determina con los solsticios y equinocios, o desde la climatología, con periodos fijos de tres meses.
Estas definiciones son, por tanto, invariables. Así, el verano dura astronómicamente desde el 21 de junio al 21 de septiembre (con ligeras variaciones entre años). Y desde el punto de vista climático, corresponde a los meses de junio, julio y agosto.
Por otro lado, está la definición meteorológica o térmica. Determinar si un día concreto, más allá del calendario fijo, corresponde a condiciones de verano, otoño, invierno o primavera podría conseguirse a partir del comportamiento de su temperatura (media, máxima o mínima) diaria.
Así, una definición extendida entre la comunidad científica determina como día de verano aquel en el que la temperatura máxima supera los 25ºC. Este valor es un promedio muy global a nivel planetario. No obstante, resulta lógico que quienes viven en una zona de montaña, desértica o cerca de los polos o del ecuador no estén totalmente de acuerdo con que esa temperatura sea la que defina sus días de estío. Entre otros ejemplos, el servicio meteorológico sueco establece el comienzo de la estación a partir de 10ºC de temperatura media diaria.
Algunos trabajos proponen obtener el valor numérico en cada región a través de su promedio climatológico de temperatura (30-40 años más recientes), aunque no existe una propuesta general para la extensión de la zona y el periodo a emplear. En España, se ha estudiado tanto mediante medias de tres meses como a partir de la media entre junio y septiembre.
Además, está la posibilidad de emplear el percentil 75 de temperatura máxima o mínima o media. Suponiendo que las temperaturas evolucionan como una oscilación suave y homogénea a lo largo del año, dividiéndose en cuatro partes iguales el ciclo anual, ese percentil 75 correspondería al 25 % de los días más cálidos, es decir, los días de verano.
Los inviernos, definidos a partir de los valores del siglo XX, prácticamente habrán desaparecido en la península ibérica a finales del siglo XXI
Existe otra propuesta interesante: analizar las estaciones a través de la distribución de frecuencias de la temperatura diaria en el año. Su forma es más o menos simétrica, con un máximo central (suma de días de primavera y otoño) y dos colas (verano e invierno). Los cambios proyectados por el calentamiento global tanto en el valor medio como en el ancho de esa distribución, que se muestran en los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), pueden ser útiles para estudiar cambios en las estaciones.
También existen trabajos que estudian las estaciones desde otras perspectivas muy distintas, como la fenológica: según el crecimiento de la vegetación y la floración. Como ejemplo ilustrativo, el cerezo japonés, con más de 1.000 años de datos, permite analizar la evolución estacional de la temperatura en escalas temporales enormes.
Si bien estos estudios son limitados en cuanto a su representatividad para grandes regiones, muestran de manera muy clara la conexión de los ecosistemas naturales y calentamiento global.
¿Cómo están cambiando las estaciones debido al calentamiento global?
Determinar el inicio y fin de una estación se vuelve una tarea más complicada si se tiene en cuenta que el cambio climático antropogénico está transformando los patrones. Múltiples estudios indican cambios muy significativos en la duración y extensión de las estaciones, y en particular del verano: más de un día por año de aumento en las últimas tres décadas en múltiples megaciudades (Sidney, Minneapolis, Tokio); incremento de al menos una semana en la mayor parte del hemisferio norte en las décadas recientes; o en torno a 2,5 días por década en Europa en los últimos 70 años.
Si ponemos el foco en España, los veranos de Castilla-La Mancha, por ejemplo, se han alargado 7 días por década de media en los últimos 40 años.
Estudiando las proyecciones futuras, los inviernos, definidos a partir de los valores del siglo XX, prácticamente habrán desaparecido en la península ibérica a finales del siglo XXI. A nivel global, cualquiera de las proyecciones de emisiones de gases de efecto invernadero obtienen veranos que duran en torno a 6 meses e inviernos de menos de 2.
El calentamiento global, por tanto, ya ha alterado de manera significativa las estaciones, en particular las más extremas (verano y el invierno). Entre las diferentes líneas de investigación, los expertos se están centrando en varios aspectos:
- Estudiar de forma más detallada los ritmos de cambio a escala más local.
- Analizar la sensibilidad de los cambios a los diferentes escenarios de emisiones de gases de efecto invernadero.
- Hacer más precisas las diferentes metodologías para estimar las estaciones, su variabilidad y consistencia.
- Analizar mejor las estaciones como primavera y otoño, para conocer hasta qué punto se van a ver alteradas, acortadas, desplazadas o el paso de condiciones invernales a veraniegas y viceversa pueda ser más brusco.
Sólo profundizando en estos patrones se podrán precisar sus impactos y mejorar las medidas de adaptación en el contexto del cambio climático.
Enrique Sánchez Sánchez es catedrático Física de la Tierra, Facultad CC Ambientales y Bioquímica, Universidad de Castilla-La Mancha. Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
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ignorante, tonto, idiota o estúpido… ¿Cuál tienes cerca?
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Worst candidate ever.

Llama “accidente laboral” a la muerte de 2 guardias civiles de un cuerpo que lleva mucho tiempo quejándose de falta de medios.
Es igual que llamar “accidente” a lo de Adamuz conociendo el lamentable estado de las vías, y llamar “accidente” también al apagón después de muchos avisos de que iba a pasar.
La inacción, la negligencia, los políticos incompetentes… provocan muertes.
Ver post completo: Worst candidate ever.
“Si te pillan con 3.000 kgs de hаchís te pueden caer de 1 a 3 años, pero en un mes puedo ganar hasta 150.000€. La protección en España es debilísima los guardias civiles no tienen medios. El narcotráfico se ha permitido desde arriba”.
82 millones de personas pierden su hogar sin cruzar una frontera: la crisis silenciosa del desplazamiento interno
Más s de 82 millones de personas viven desplazadas dentro de sus propios países, lejos de sus casas, de sus barrios, de sus tierras o de sus escuelas. Son desplazados internos: personas obligadas a huir por guerras, violencia, persecuciones, inundaciones, ciclones, terremotos o incendios, pero que no han atravesado una frontera internacional. El último informe del Internal Displacement Monitoring Centre —IDMC— pone cifras a una emergencia global que suele permanecer fuera del foco
Sindicatos policiales denuncian que tres de los cuatro escoltas de Begoña Gómez fueron apartados tras el abordaje de Vito Quiles
El sindicato de la Policía Nacional JUPOL denuncia que tres de los agentes del dispositivo de escolta de la mujer del presidente Pedro Sánchez han sido "castigados" y otro ha puesto su cargo a disposición tras sentirse "ofendido".
etiquetas: jupol, sindicato, escoltas, vito quiles, begoña gómez
» noticia original (www.lasexta.com)
Encontramos cientos de enormes fosas comunes antiguas escondidas en el desierto del Sahara (ENG)
Grandes fosas comunes circulares llenas de huesos de personas y animales, a menudo cuidadosamente dispuestos alrededor de una persona clave en el centro. Probablemente construidos entre el cuarto y el tercer milenio a. C., todos estos monumentos funerarios de tipo "recinto" tienen un gran muro circular, algunos de hasta 80 metros de diámetro, con humanos y su ganado vacuno, ovino y caprino enterrados en su interior.
etiquetas: sahara, fosas comunes, nomadas
» noticia original (theconversation.com)
Australia solo ha necesitado dos años para que las baterías sustituyan al gas
Australia ha reducido casi a la mitad la generación con gas en solo dos años gracias al auge de las renovables y las baterías . En Queensland, las baterías ya cubren los picos de demanda, desplomando los precios eléctricos hasta 65 AUD/MWh en 2026. La solar y la eólica crecieron un 24%, mientras el gas cayó a mínimos de dos décadas. Las baterías suavizan los precios, reducen la necesidad de centrales térmicas y permiten almacenar excedentes, aunque parte de la energía renovable aún se desperdicia por falta de red.
etiquetas: australia, baterias, gas, energia electrica
» noticia original (forococheselectricos.com)
La violencia invisible de tener que ser productivos/as todo el tiempo
Si descanso demasiado aparece culpa. Si paro, ansiedad. Si no aprovecho el tiempo, siento que estoy fallando en algo aunque no sepa muy bien en qué. Y durante mucho tiempo pensé que eso era simplemente responsabilidad, madurez o ganas de superarme. Pero no. Muchas veces la autoexigencia no tiene que ver con querer crecer. Tiene que ver con haber aprendido a sobrevivir así.
Creo que a muchas personas nos pasa algo parecido: vivimos agotadas y aun así sentimos que deberíamos poder más.
Miguel Gómez Garrido: “El trabajo nos angustia cuando lo tenemos y cuando no lo tenemos”
Ha escrito por las tardes, en sus ratos libres, después de currar como auxiliar administrativo las mañanas de lunes a viernes. Se sabe con suerte por el «irrisorio» alquiler que paga en Conde de Peñalver (Madrid). No todo el mundo podría permitirse pararse a pensar durante años qué significa el trabajo y hasta qué punto la meritocracia es una de las ideologías que dominan la sociedad. El periodista Miguel Gómez Garrido acaba de publicar La cultura del desesfuerzo. Meritocracia, trabajo y otras trampas (Siglo XXI, 2026), un viaje en forma de ensayo ameno a través de las falsas promesas del trabajo, el tiempo libre y la hiperproductividad. Incluso se atreve a apostar por un futuro que merezca la pena vivir a través de lo que llama «cultura del esfuerzo común».
Con referencias constantes a autores clásicos y contemporáneos, Gómez también da viva cuenta de ser un pensador de su tiempo, encontrando en personajes como el Santa de Los lunes al sol y las letras de Estopa y Robe Iniesta aquello que puede explicar el mundo. Es una tarde primaveral de principios de mayo y la cafetería de Lavapiés en la que responde a estas preguntas es demasiado moderna tanto para el entrevistado como para el entrevistador. Este periodista de 32 años mueve las manos al hablar, las entrelaza y las utiliza para taparse por unos segundos la cara al reflexionar sobre la libertad. Mira al frente casi todo el tiempo, aunque sus palabras no rehúsan la confrontación.
Define el trabajo como una trampa. ¿Por qué?
Porque no deja de realizar promesas que luego no se corresponden con el resultado. Estamos en un punto en que no sabemos muy bien qué es el trabajo. La gente te felicita cuando te jubilas, pero también cuando te contratan. ¿Qué está sucediendo ahí? El trabajo nos angustia cuando lo tenemos y cuando no lo tenemos, ahí está la trampa, en todo eso que nos promete y que nunca nos permite alcanzar.
Uno de los aspectos más llamativos de su libro es que consigue deconstruir la cultura del esfuerzo, desnudarla, para señalar directamente a quién beneficia y a costa de quién lo hace. ¿Cómo ha podido llegar la masa obrera a creerse que se es mejor, que se merece más, cuanto mayor sea el esfuerzo?
Es lógico. Tiene mucho más sentido pensar que lo que vas a hacer tiene un sentido. Es un mecanismo normal, de recompensa. De hecho, lo contrario es lo que toda la vida hemos llamado «alienación». Siempre nos hemos quejado de que el trabajo no tiene sentido, de que no lo entendíamos, pero es un espacio en el que vas a estar muchísimas horas de tu vida. Necesitas creer que lo que haces es útil, convencerte y preocuparte de que lo estás haciendo bien.
Aquí entra en juego algo esencial: el tiempo. Según un informe de Santalucía Espacio Futuro, un 60% de los trabajadores prioriza el horario y la flexibilidad frente al salario. Usted lo resume así: «Los que tienen un peluco de quince mil euros no fichan. El tiempo es suyo». ¿Priorizar el goce y defender el tiempo es una forma de revelarse contra la cultura del esfuerzo?
Sin duda. Es algo que ya pasa, un anhelo en presente. Es una pulsión que la pandemia vino a confirmar. Ahí vimos cómo la gente está deseosa de tener más tiempo para sí misma, y esto procede del mismo éxito del neoliberalismo.
¿Cómo si el neoliberalismo muriera de éxito?
El neoliberalismo nos animó a que nuestra identidad tuviera muchas más piezas que las de antes, es más compleja. No queremos trabajar tanto porque no tenemos tiempo para hacer otras cosas, en parte porque ahora tenemos muchas más posibilidades que antes. Eso hace que la idea del trabajo se le quede corta hasta a las personas más apasionadas de su trabajo. Esta sensación de que tenemos menos tiempo se explica en que queremos hacer más cosas, así el trabajo se desplaza de ese centro en el que estaba antes.
La hiperproductividad está tan enraizada en el día a día que muchas personas ni siquiera saben qué hacer con su tiempo libre. Mi madre es profesora de adultos, funcionaria, y suele decir que a ella no le importaría seguir dando clase cuando se jubile, sin cobrar. También noto cierto temor en ella al momento de la jubilación. ¿Hay algo de revolucionario en el aburrirse?
Yo creo que no. Sigo la idea de Emilio Santiago y César Rendueles y creo que deberíamos separar la idea de que queremos trabajar menos de la idea de que eso significará no hacer nada. Solo vamos a poder conquistar el derecho al aburrimiento apacible, no ansiógeno, sino feliz, si por el camino somos capaces de decir: «No, perdona, mamá. Cuando te jubiles podrás hacer muchísimas cosas porque la sociedad está llena de necesidades, inquietudes y posibilidades».
Está claro que cuando nos quitamos el yugo del trabajo y de la productividad podremos hacer las cosas de forma más tranquila. Podremos no sentirnos mal cuando necesitamos descansar, por ejemplo. Y aquí está un poco mi beef con Juan Evaristo Valls. No se trata de salirnos del trabajo para tumbarnos y no hacer nada. Desde mi punto de vista, estamos deseando hacer muchas cosas con nuestro tiempo libre.
¿Cuál es el reto aquí?
Que la siguiente generación no lo pase tan mal una vez que deja el trabajo, lo que también es normal que ocurra cuando la mayor parte de tu vida ha girado en torno a él. Nuestros padres son los primeros que querrían hacer muchísimas cosas que ahora no pueden, pero hay que convencerles de que tienen derecho para ello.
Ya lo ha mencionado. El filósofo Juan Evaristo Valls escribió El derecho a las cosas bellas. Vindicación de la vida holgada(Ariel, 2025). El autor dijo en una entrevista en La Marea que «una sociedad más perezosa nos llevaría a desplazar el capital del centro para entender la vida como descanso, placidez, repleta de vínculos improductivos y repleta de relaciones de cuidado». ¿Usted qué cree que pasaría si todos nos «desesforzáramos» un poco más? ¿Es algo utópico?
No creo que sea para nada utópico, ya estamos viendo un montón de ejemplos. Una gran parte de este movimiento de priorizar el tiempo al trabajo no viene de una organización explícita, es una corriente, una pulsión que ha crecido en la gente de manera orgánica. Poco a poco vemos cómo la gente no se cree ese discurso de que uno es lo que es en su puesto laboral. De alguna manera, se ha instaurado el sentido común y es una de las cosas que más esperanza a me generan.
Sobre qué pasaría si nos «desesforzáramos» más, pues nada. La sociedad seguiría funcionando y el agua seguiría fluyendo por las cañerías. Pienso que, si debemos entender el esfuerzo de alguna forma, es que debe ir hacia las personas a través de canales comunes. Esa es la manera de que todo funcione mientras nos esforzamos un poco menos. No olvidemos que el esfuerzo, aunque pensamos que es la norma, debería ser la excepción. Y luego también podríamos pensar por qué la mayor parte de los esfuerzos son individuales, no colectivos para un fin común.
Afirma que «la cultura del esfuerzo es una de las estrategias con las que el liberalismo trata de convencerte de que sí te da a elegir». ¿Vivimos en la ilusión de ser libres?
Yo creo que somos más libres de lo que pensamos. Cuando la gente asume los postulados de la cultura del esfuerzo, no es porque sea tonta o esté alienada. Me repito, pero creo que lo hace porque psicológica, vital y socialmente le va a granjear mayor beneficio. Tenemos que ser capaces de construir una alternativa a eso.
El médico Eduardo Vara, autor de Maldito trabajo. Sobrevivir a la cultura del sacrificio y repensar la vocación(Ariel, 2024), señaló en una entrevista en Ethic que «intentar mejorar constantemente es perjudicial para el trabajador». ¿Existe algún límite en ese «mejorar constantemente»?
Cuando uno se pregunta por la mejora y por la constancia, habría que preguntarse qué es mejorar y con qué intensidad puede hacerlo, y, sobre todo, a costa de qué. Esa es la respuesta que debemos encontrar como sociedad. Si los rendimientos de una empresa mejoran porque un empleado trabaja tres horas más a la semana, ¿es una mejora o un empeoramiento?
A mí también me jode el imperativo de insuficiencia que hay constantemente. Parece que tenemos un software instalado de mejora continua e infinita, y eso es devastador a nivel humano. No hago una enmienda a la totalidad sobre esto, pero sí tendríamos que empezar a aceptar algunos de nuestros defectos y límites.

Pero muchas veces la izquierda compra esta forma de entender el ascenso social a través de la meritocracia. La clase obrera es la que se esfuerza de verdad, no los ricos, no los poderosos.
La izquierda ha podido legitimar la cultural del esfuerzo a nivel histórico con lemas como «la tierra para quien la trabaja», y eso tenía todo el sentido del mundo. Defendíamos ese principio con el objetivo no tanto de estar más orgullosos de nuestro trabajo, sino de trabajar menos, repartirlo, llegar a construir una sociedad en la que el trabajo no fuera, ni mucho menos, la actividad central. Ahora bien, eso no significa que queramos ser clase obrera para siempre, porque la lucha tendría que seguir centrada en destruir las clases.
De hecho, seguimos trabajando casi la misma jornada que hace un siglo, cuando se conquistaron las ocho horas.
Hemos llegado a un punto en que la exigencia de acortar el horario laboral es algo muy residual. Ni siquiera los sindicatos mayoritarios la defienden con ahínco.
Volvamos a uno de los principales conceptos que aporta en su ensayo. Para darle la vuelta a la idea añade un adjetivo que lo cambia todo: propugna la cultura del esfuerzo común. ¿A qué se refiere exactamente?
Lo puedes llamar progreso, Estado, fraternidad… Lo que quieras, pero siempre buscando entre todos una manera planificada para evitar duplicidades y competencias absurdas. Si tienes un servicio postal que funciona bien, no es necesario que existan otros tantos que se encarguen de lo mismo. Es tan sencillo como eso.
La cultura del esfuerzo común lo que intenta es hacer pensar qué necesitamos como comunidad y sumar esfuerzos para no tener que estar tirando de heroicidades para conseguir los objetivos. Nada más y nada menos. Quiero una vida que merezca la pena ser vivida, que no sea una oda al sacrificio.
Desde el plano más personal, ¿ha merecido la pena el esfuerzo que ha hecho para escribir este libro? ¿Cómo lo ha hecho para capear esta contradicción?
Sí que ha merecido la pena. Yo he necesitado reconciliar todo ese esfuerzo con el proyecto político que presento en el libro, y eso es lo que quiero que suceda en la sociedad. La cultura del esfuerzo común nos tiene que ayudar a que cada uno pueda desarrollar sus pasiones e intereses con toda la intensidad y ganas del mundo, aunque se le den de pena. Tenemos que sacar nuestras aficiones, nuestros pasatiempos, de las garras del trabajo. Lo que tenemos que hacer es crear las condiciones para que yo pueda no vender ni un solo ejemplar de este libro y que no pase absolutamente nada.
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Punto muerto en el golfo
La campaña conjunta de Estados Unidos e Israel fue un éxito táctico indiscutible. Destruyeron bases de misiles, fábricas de cohetes, defensas antiaéreas e instalaciones nucleares, eliminaron también al líder supremo junto con toda la cúpula del régimen. Netanyahu habló de romper la barrera del miedo, aunque reconoció que la tarea estaba lejos de rematarse. La barrera parece que se ha roto, pero romperla no equivale a vencer.
La contrapropuesta iraní entregada este fin de semana la han desechado ya en Washington. Los iraníes exigen el levantamiento total de sanciones, rechazan desmantelar sus instalaciones nucleares, quieren conservar sus reservas de uranio enriquecido y pretenden vincular el acuerdo a un alto el fuego en el Líbano. La oferta es tan ambiciosa porque el régimen está convencido de que Trump quiere salir del embrollo cuanto antes. Esto es algo que el propio Trump ha admitido. Ahí tenemos su intención de eliminar temporalmente el impuesto federal sobre la gasolina, una demostración de que está sufriendo muchas presiones internas.
El centro de gravedad del conflicto está en el doble bloqueo. Estados Unidos asfixia los puertos iraníes mientras Irán mantiene cerrado el estrecho de Ormuz. La operación de escolta naval, bautizada como Project Freedom, parece calcada de otra que Ronald Reagan puso en marcha en los años 80, pero hoy EEUU tiene menos efectivos en el golfo y el enemigo dispone hoy de drones, misiles antibuque y minas que han hecho del tránsito por Ormuz un riesgo que ningún naviero quiere correr.
La escala máxima de presión militar ya se ha empleado sin éxito. A Trump le queda volver a bombardear, esperar o firmar un acuerdo de mínimos que sus enemigos presentarán sin duda como una humillante capitulación. Ninguno de los objetivos estratégicos iniciales se ha cumplido. Ni han renunciado al programa nuclear, ni al desmantelamiento de su arsenal balístico, ni han abandonado a su suerte a Hezbolá y a los hutíes.
Los aliados están perdiendo la paciencia y la confianza en EEUU. Los Emiratos han recibido casi tres mil ataques, incluso durante el alto el fuego, estos últimos la Casa Blanca los ha calificado como menores. En Abu Dabi, Riad y Doha están empezando a acordarse de Hosni Mubarak, que fue aliado de EEUU hasta que decidieron prescindir de él. La misma duda asalta a los europeos y los japoneses. Trump viaja esta semana a China buscando que Xi Jinping presione a los ayatolás, pero ese favor tendrá seguramente un precio muy elevado.
Se perfilan tres escenarios. El primero un acuerdo cosmético que Trump venda como victoria, el segundo una reanudación de los bombardeos con imprevisibles consecuencias, y el tercero la prolongación indefinida del limbo en el que nos encontramos ahora mismo. Esta es la opción que más conviene a Irán ya que piensan en el largo plazo. Lo que se dirime no es solo la voluntad de Trump ni la resistencia del régimen, sino la credibilidad de EEUU como aliado, algo que durante 80 años fue la divisa más sólida del sistema internacional.
En La ContraRéplica:
0:00 Introducción
3:54 Punto muerto en el golfo
34:58 El abandono de Jon González
39:14 Efectos del 15-M
48:14 La vida privada de los políticos
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