Las tropas israelíes han avanzado por primera vez en el Líbano más allá del río Litani, una frontera natural que el propio Gobierno del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, había fijado como límite de la ofensiva terrestre y como línea hasta la que, supuestamente, llegarían sus tropas.
"Nuestras fuerzas han cruzado el Litani y avanzado hacia las tierras altas", aseguró Netanyahu durante una visita a la frontera norte de Israel. "También estamos llevando a cabo operaciones en Beirut, en el valle de Bekaa y a lo largo de todo el frente con el Líbano, mientras asestamos duros golpes a Hezbolá", añadió.
Este mismo viernes, el jefe del Estado Mayor del Ejército israelí, Eyal Zamir, prometió "intensificar el daño causado a Hezbolá", en lo que se considera un regreso total a la guerra. "Nuestro objetivo es claro: intensificar el daño causado a Hezbolá, alejar la amenaza terrorista de nuestra población civil y fortalecer la defensa de las comunidades del norte", dijo durante una visita a las tropas israelíes desplegadas en la zona disputada de las granjas de Shebaa.

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Las intenciones de Israel en el Líbano no han sido un secreto. Ya el pasado mes de abril —cuando Estados Unidos e Irán acordaron un alto el fuego— el Ejecutivo israelí publicó un mapa del sur del Líbano dividido por una línea amarilla, similar a la utilizada en la Franja de Gaza, que separaba el país en la zona en la que operaría Israel y el resto del territorio. Esa línea se extendía de este a oeste y penetraba entre cinco y diez kilómetros en el país, en una zona donde Israel aspira a crear una "zona de seguridad" o buffer zone. Con el nuevo avance, sin embargo, ese límite ha quedado superado y el mapa del país árabe se ha vuelto a transformar.
El mapa ya incluía alrededor de 47 municipios, algunos de ellos completamente destruidos, para impedir —según las fuentes de seguridad israelíes— cualquier actividad de Hezbolá. Desde entonces, Israel ha ordenado la evacuación de toda la población del sur y ha tomado su control militar, asentándose y arrasando el territorio.
El padre Antonios-Id Farah, cura de la parroquia de San Jorge ubicada en Qlaiaa, es uno de los testigos más directos de la destrucción que la guerra ha provocado en este punto del país. Trabaja en las mismas zonas donde está delimitada la línea azul por donde operan las tropas de la OTAN que han velado sin éxito por el mantenimiento de la paz entre Hezbolá e Israel.
A pesar de que asegura a El Confidencial que se encuentra bien y que por el momento no ha recibido órdenes de evacuación, afirma que ninguno de los vecinos del pueblo "no puede salir ni volver a entrar" por "los bombardeos constantes en todas las calles", asegura. "Nuestra zona está cerrada a todas las direcciones", afirma.
Guerra contra las infraestructuras básicas
El avance israelí está tomando otro cariz. "La guerra contra Hezbolá", declarada por Israel, no solo continúa, sino que está ampliando cada vez más sus objetivos. El pasado martes, Israel bombardeó las inmediaciones de la presa de Qaraoun, el mayor embalse de agua del Líbano que supone una infraestructura clave para la seguridad hídrica y energética del país.
La Autoridad del río Litani denunció, además, que las carreteras que conducen a esta infraestructura, así como varias instalaciones asociadas, habían sufrido "ataques reiterados". "Cualquier ataque directo o indirecto contra la presa de Qaraoun o sus instalaciones podría acarrear riesgos catastróficos", aseguró la agencia oficial libanesa National News Agency.

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Sin embargo, todo parece indicar que los ataques no solo se van a limitar a los embalses. Esta misma semana —y antes de volver a la dureza de los ataques— Ben Gvir daba un paso más allá e instaba al Ejecutivo a "cortar el suministro eléctrico al Líbano" y avanzar hasta el río Zahrani.
"Israel debe volver a una guerra encarnizada", aseguró. "Es hora de que el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, dé un puñetazo sobre la mesa ante el presidente estadounidense, Donald Trump, y le comunique que volvemos a la guerra en el Líbano", afirmó.
Israel no ha ocultado su intención de aplicar en el Líbano una estrategia similar a la ejecutada en Gaza. En octubre, tras los ataques del 7 de octubre perpetrados por Hamás, Israel lanzó su ofensiva también en el sur del Líbano contra "posiciones de Hezbolá" y, desde entonces, los bombardeos sobre las aldeas del sur y también sobre Beirut se han sucedido prácticamente sin consecuencias.
El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, también afirmó —haciendo otro paralelismo con Gaza— que las viviendas situadas en las proximidades de las aldeas serían destruidas "siguiendo el modelo de Rafah y Beit Hanoun".

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Solo durante los primeros seis meses de guerra en Gaza, cerca del 70% de la infraestructura civil de la Franja quedó destruida, según los datos de la UNRWA. Se calcula que alrededor de 1,7 millones de palestinos, cerca del 80% de la población gazatí, se han convertido en desplazados internos, muchos de ellos sin posibilidad de regresar a sus hogares. Una situación similar a la que ha sido forzada la población libanesa del sur.
Según datos de Naciones Unidas, la ofensiva israelí en Líbano ha provocado el desplazamiento de más de un millón de personas, de las cuales más del 80% carece de acceso a algún tipo de refugio. Una ocupación prolongada del sur y la imposibilidad de retorno de la población desplazada podrían derivar en una grave crisis social y política en el país, donde parte de la población ya vivía en condiciones de pobreza antes del inicio de esta guerra.
Hasta ahora, nada parece frenar el avance israelí. Aunque el cese de los ataques y la retirada de las tropas constituyen una condición clave para Irán en las negociaciones con Estados Unidos, Israel ha incumplido reiteradamente ese compromiso. También lo hizo durante el frágil alto el fuego alcanzado en abril, periodo en el que continuó ejecutando ataques que dejaron decenas de muertos.
Los israelíes tampoco quieren frenar la ofensiva ante lo que creen que supone una amenaza constante y directa contra Israel. Un reservista israelí que sirvió en el sur de Líbano durante la invasión de 1982 y posteriormente en Beirut sostiene a El Confidencial que las tropas israelíes se han convertido hoy en "blancos fáciles para los drones" en el frente libanés y defiende que Israel "debe golpear más en profundidad" para reducir esa amenaza. Según explica, la concepción tradicional de la seguridad basada en el control territorial "ya no funciona", porque "los drones y los misiles sobrevuelan simplemente a las fuerzas sobre el terreno".

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En su opinión, el primer ministro israelí está tomando decisiones "tratando de proyectar una imagen de fuerza". El hecho de que también en esta semana Netanyahu haya ordenado al Ejército ampliar en un 70% la ocupación en el territorio gazatí —pese a las negociaciones del alto el fuego entre EEUU e Irán— puede considerarse como una demostración más de fuerza. Pero sobre un territorio en el que priman los escombros y la destrucción.
Esta teoría tendría sentido en caso de que Washington reanude los ataques contra Irán, aunque advierte que tanto Netanyahu como el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, están difundiendo "muchas noticias falsas al respecto".
Paralelamente a los ataques, una delegación de representantes libaneses e israelíes está manteniendo contactos en Washington para tratar de establecer un nuevo mecanismo de coordinación en materia de seguridad después de que, hace dos semanas, ambas partes habían acordado crear un sistema de coordinación entre las Fuerzas Armadas Libanesas y las Fuerzas de Defensa de Israel. Los detalles de esta cooperación siguen manteniéndose en secreto.