Mami, ya estoy lista para cambiar de cinturón. Genial, vamos a la otra punta de la ciudad, a Sarandí, la Patria Grande. Ahí está el Dojo de Taekwondo en donde se rinde. Serena y conciliadora, le cuesta el enfrentamiento, con la excusa del deporte y a pura patada está aprendiendo. Nació en Argentina, se lo debemos.
En auto y en el viaje suena Violetta para la menor, el sol entra por la ventana en este otoño aprimaverado y la mayor se duerme envuelta por los nervios y su traje blanco. Yo pienso. Vengo golpeada. Se me mezclan las intenciones. Qué pena no saber más de política, en estos días se me hace necesario y leo, busco, miro, analizo, comparo. Me declaro sin opciones a la vista y no quiero elegir lo menos malo.
Estoy tan oscura que en cualquier momento me postulo para algún cargo.
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¡Pero vos sos buena, no podés ser de derecha!
Tenía muy pocos años, acné y la sospecha de muchas ideas que hoy confirmo cuando un amigo, en una noche desvelada, me tiró esa frase, sorprendido, indignado. Le expliqué que no, que no era de derecha, que alcanzaba con rascar un poco para notarlo. Que no era de nada, pero tampoco hubiera tenido nada malo serlo. Y que lo de buena, gracias pero tampoco.
Hoy, décadas después, sigo sin sentirme cómoda en el grupo de “la gente” ni en el grupo de “el pueblo”. Estaría buenísimo, porque en estos días hubo muchos dirigentes políticos que hablaron hasta por los codos de lo que cada uno de estos grupos quería y necesitaba y pensaba y decía. Pero no.
No tengo problemas con el relato, a nadie puede no gustarle, el tema es que cubre, como un velo, a la novia fea que muere debajo. Me da una tristeza. Cuando el relato es ficcional, la realidad irrumpe, lo interrumpe, de modo dramático, como un grito. Como un tren, responsabilidad del Estado, que se estampa por descuido y mafia y mata gente que luego no puede quejarse porque el mismo Estado quiere ser querellante en la causa que debería condenarlo. Y que por las dudas, anula las cautelares.
O se invierte en el transporte público o se estampa contra la pared. Las dos cosas no pueden ser.
Interrumpe, irrumpe, como una ciudad tapada por el agua y una Argentina solidaria que se levanta para darle colchones a los inundados y a muchos pobres que no tenían colchón ni siquiera mojado. Y ni eso fue en paz. Resulta que nuestros representantes estaban vacacionando, no, en las Termas de Colón no, afuera vacacionaban, como para demostrar que no hay cepo como dijo la Presidenta en Harvard, todo al servicio de la patria. Y porque se tiran los muertos como si fueran flores pero podridas o de las berretas de plástico. Y atrás de los muertos revoleados, la gente intentando ayudar sin tener que ponerse las pecheras de nadie porque les tapa el corazón.
Y el relato se convierte en un monólogo monocorde y esquizofrénico, tatuado con sangre, que nunca nombra aquello que lo desguazó, que lo dejó sin audio, como un silencio enterrado, una pausa detenida, un reloj que se suspende y que después atrasa, como cuando te explota una bomba tan cerca que no la oís porque te dejó sorda.
O muerta.
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Llegamos, hace calor y los alumnos se forman. Se dividen por color de cinto, mi hija de 11 queda entonces rodeada de hombres más grandes que yo. La última vez ya me ocurrió esto de preocuparme. Si la tocan salto la soga que divide a los alumnos de los espectadores y los mato, decido de modo poco pedagógico. Confío sin embargo en que todo va a salir bien, la maternidad no puede estar embadurnada de desesperanza, no combinan.
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Esta sensación de orfandad política, de detestar los extremos que me tironean, en nada se parece a la tibieza. La tibieza es justamente no discutir, no ser capaz. Ser tibio es no ver por cobardía y necedad. Necesito ver más claro porque la extensión del tiempo se recrea cuando criás, porque el futuro que te preocupa nunca es el tuyo y porque trabajás dejando tu vida para cultivar aquello que no vas a ver. Como los héroes. O los patriotas.
Si tuviera que definirme, con la impunidad de me da estar llegando a los 40, diría que soy una mujer que cree. Pero los políticos con los que comparto contemporaneidad me han dejado dos opciones: Ser anarquista o monje de clausura.
Una decepción, un cansancio. Una pena además, porque apalancada en esa mirada honestamente esperanzadora que la pongo a todo, yo les creí.
Hoy me dicen que puedo comer con 6 pesos por día y mi Presidenta se conmueve más con la empleada de un baño en Venezuela que con los miles y miles de todos y todas que salen a la calle a pedir, a grandes rasgos, que también se los escuche a ellos. Como si darles pelota a “estos” la obligara a dejar de darle pelota a “los otros”. O somos un pueblo o somos dos bandos.
Conforman un equipo de idiotas que no se saben ni los números que inventan, que tienen el descaro de decir que medio país golpea la cacerola porque se quiere ir a Miami. Ellos, tan patriotas que postean su populismo desde un iphone 5 que no declararon en la aduana. Nos hemos acostumbrado, agotados de tanta dialéctica combativa. No nos asombra que vivan en mansiones nacionales y populares porque total casi todos los politicos aquí lo han hecho.
Semejante reducción es como decir que todos los que apoyan a este modelo lo hacen porque viven del estado. Y son tan pero tan estúpidos que nos detenemos en la incapacidad peligrosa de esta gente porque nos asombra sin llegar a ahondar más. El problema no es que el ministro de economía sea un débil mental, caprichoso y poco preparado. Los problemas son: Que no atienden al periodismo que no les chupa las partes, que no se habla de inflación ni de nada que no convenga, que los números que se informan son falsos y que no le sirven a nadie para planificar nada y que si, bueno, el ministro es un débil mental. Pero ni llegamos a eso, nos hiperventilamos, tomamos aire, y ahí nomás nos llega el kilombo que le sigue. Y se van superando y ahí somos ecúmenicos, los desastres son multipartidarios.
Postulan, por adhesión o por omisión, que si no votaste “bien” ahora no podés hacer nada, a comerla aunque te den arcadas. Me pregunto si todos sabemos que no debería ser así. Yo por ejemplo no tengo vocación política, tengo otras. Entonces, que me arme mi propio partido o que espere quietita y en silencio a la próxima votación es como que el doctor me diga que agarre y que me arme mi propia rutina para la quimio del cáncer viste, porque él me propone meter la cabeza en un microondas y a mi no me parece lo mejor. Aunque no sepa de medicina. Y aunque no tenga acceso a la quimioterapia. O qué el médico de guardia diga que aunque vé que me sangra un ojo tengo el otro, así que no va a hacer nada, y entonces, que mi única opción sea esperar que termine su turno en silencio y quietita, aunque me muera en el proceso.
La democracia se ejerce a diario. Es una conversación. Y aquí ya no se conversa. Eso me angustia de un modo abrumador. O agreden o mienten. Y en el medio, otra vez, la nada.
Mi presidenta twittea desaforadamente, usando figuras del realismo mágico como si fuera Isabel Allende y se pregunta, nos pregunta, cómo dormirán los violentos, y mientras, lo veo a su Moreno mafioso, agresivo al punto de redefinir la palabra, y no logro resolver internamente si mi Presidenta no sabe, es cínica o si lo mandó al ministro a hacer el curso de El arte de vivir para que al menos respire entre matoneada y matoneada. Me desvela ese tweet en particular. Necesito un gesto de amor. Un símbolo de paz.
La Ley de Medios se convierte en una epopeya y luego concentran el monopolio más grande de medios en un soldado de su regimiento. A mi me gustaban muchas cosas de esa ley de medios. Una desilusión.
Mi presidenta habla de inclusión pero silencia, desaparece de la palabra, a cualquiera que no piense como ella.
Declaran enemigos particulares y ponen mi país al servicio de esa pelea, y perdemos todos. No estamos en igualdad de condiciones. Puedo, o quiero, elegir qué diario leer. Pero no puedo elegir un Indec que no delire. Me viene dado. Puedo elegir atenderme en el sistema de salud privado. Como mi Presidenta, que habla canchera del sistema de salud público y trae a su hijo en avión para atenderse en el Hospital Austral, en donde además se operó ella misma. Mis hijas van al mismo colegio al que iba Flor. Nosotros, ella y yo, podemos elegir estas cuestiones, muchos, tantos otros, no. Pero no puedo elegir el sistema dedesagüe o los recursos dispuestos en los trenes. O si soy diabético o no.
Mi presidenta es un vacío de silencio. Qué pena. Yo quería creerle pero elijo ver despiadadamente porque si no veo no puedo creer en nada más. No me sirve el relato de mentira. No hace falta tener una licenciatura en comunicación para saber que algunos silencios están más cargados de sentido que mucho de lo que se dice. Hoy leí que de una percha dibujada sólo puede colgar ropa de mentira. Y no pude más que sentir el frío de la desnudez.
Mi Presidenta ignora y desconoce al tipo que luego se convierte en Papa. La hubiera preferido, mil veces, coherente, lejana, que con gorrito enseñándole a un argentino que vive a mate lo que es un termo. Y con ella, en ese cambio abrupto e inenarrable, toda su gente que ahora va a misa luego de haber dicho barbaridades. Como Boudou. Boudou es aún, incomprensiblemente, el vice de mi Presidenta. El vice de todos, el segundo al mando. A veces pienso que lo están guardando para sacrificarlo, como el cerdo más gordo, cuando el calendario electoral queme. La última nave.
No me gusta que me mientan, y cuando la mentira es tanta sólo puedo creer aquello que veo, con todo el resto me guardo, con justa razón, el derecho a la duda. No creo que estemos bien ni que vayamos a mejorar. Pero eso no me hace condenar a los que creen que si, ni amar menos a mi país ni ser más o menos solidaria e inclusiva. Tienen que existir zonas en el medio entre los que pensamos diferente para trabajar juntos, porque muchos de los fines son iguales. Si no existieran esas zonas de paz la humanidad no hubiera llegado hasta aquí.
Ahora, si esta unión está denostada desde nuestro líderes tenemos problemas más graves que la afiliación partidaria.
Se excitan hasta el orgasmo cada vez que algún opuesto mete la pata (Si, seguido). Y exigen castigos y denuncias que callaron cobardemente cuando el pelotudo era propio. Y les vemos lo hilos, y se los vemos porque creo que a esta altura ya no les importa.
Estamos jodidos. Heridos de una muerte dolorosa e infértil. ¿Quién se banca un renacimiento?
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Comienza el examen. Se escucha la voz del Sabon que va marcando figuras. Algo me tapa la visión, mi mirada es selectiva, abro el plano y veo, entre mi hija y yo, a una chica de unos 25 años, pelo prolijamente atado y un movimiento espasmódico que desentona con la quietud de la rutina. Le tiemblan las manos, que las tiene agarrotadas, tiene las rodillas para siempre flexionadas y se para como en puntas de pie. Camina torcida. Se forman todos y se cae. El Sabon la mira sin pena. El resto cortamos la respiración hasta que se levanta con una dificultad lenta, torpe y transpirada. Se pone en posición y su continuo movimiento la deja como una imagen borrosa, fuera de foco que, sin embargo, está más definida que cualquiera de los 30 integrantes que está dando ese examen. Hace un rato que no miro a mi hija. Comienza oficialmente la evalución.
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Se me pide, porque me quejo, que reconozca lo hecho. Eso cuando no me atacan sin ni siquiera contemplar mis argumentos o mis dudas. Y tengo la sensación de la argentina gloriosa sólo da lo que le sobra y pide lo que le falta pero no va más allá. Porque no entiendo por qué debo felicitarlos por el matrimonio igualitario o por los derechos humanos o por la moivilidad de los jubilados. Nos conformamos con poco, tal vez porque creemos que de verdad somos mucho. Dije mucho, no muchos. No estoy dispuesta a felicitarlos por hacer aquello que deben, aquello por lo que se les paga. Y no es excusa que otros no lo hayan hecho. El “roban pero hacen” me parece una patada en la cabeza. Es como esas mujeres que dicen, me engaña pero mirá, me tiene como una reina en el barrio privado. Idiotas. El “roban pero hacen” es burgués. Que todo se llame Néstor K es como que yo quiera ponerle mi nombre a cada reporte que hago en el trabajo o a cada tarta de jamón y queso que horneo para la cena de mi familia. Los carteles de “Aquí también la nación crece” me parecen obsecuentes y me subestiman. Ese cartel mejorando una ruta que tiene que estar bien para que nadie se mate es como si yo le pusiera una vincha a la menor que diga “Acá también mamá es grosa” cada vez que le paso el peine fino. Somos culpables, por comodidad, desconocimiento y omisión.
Pero aquellos que se ofrecieron para representarnos tienen, además de un trabajo, una responsabilidad. Una gran responsabilidad. La ignorancia, la ceguera, incluso la enfermedad, no son excusas. Son agravantes.
No quiero que me den la razón. No necesito que estemos de acuerdo. Alcanza con que no me mientan.
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La mayor está justo delante de esta chica. Que pena que esté de espaldas a semejante esfuerzo. Toda una metáfora. Y que diferencia de recursos para un mismo fin. (Sigo pelotudamente metafórica). Me gustaría que la vea, no sé si yo soy capáz de darle un ejemplo semejante. Los héroes son siempre la gente común. Los próceres son del pasado. Es hija mía, así que contengo el aire cada vez que se da vuelta y espero que no la tire a la mierda de una patada que bastante tiene esta mujer con las veces que se cae sola. No la toca pero se detiene cuando ve la imposibilidad de la compañera y le da lugar. Mide. 11 años tiene mi hija, ahí si que veo clara la década ganada. ¿En qué momento hemos perdido esa lucidez los crecidos? La chica va siempre más lento que el resto. Cada vez que se cae se levanta con una dificultad conmovedora pero sin cara de sufrimiento. Y termina la figura que la tiró al piso. No pasa a la siguiente hasta no haber cerrar la que la enredó hasta caer. El examen es largo porque se hace en sus términos. En sus tiempo. Y nadie se queja.
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La verdad es que, sin hacer apología, no espero nada de la clase política en general. Pertenezco a ese grupo puteado por la Opo y por los Oficialistas. Soy una tipa común que quiere a su país y que no concibe otro sistema para vivir que la democracia. La democracia es el gobierno de la mayoría, que no se parece ni un poquito al “que se joda todo el resto”. La esperanza apasionada de mi vida se basa, en gran medida, en la racionalidad bestial que tengo para analizar fríamente y para no pedirle nunca peras a ningún olmo. La democracia se vive a diario, zurdos, cabecitas y oligarcas. Y el pueblo. Y la gente.
Mi angustia hoy no pasa por ahí. Es más, creo que el “mamá quiero ser diputado” es el nuevo “mamá soy gay”. Creo en la gente, tengo mis serias dudas sobre el don de gente de los políticos nacionales. Habrá excepciones, quiera algún Dios que no se los coman crudos. Ahora me encuentro rodeada de gente buena que agrede a gente buena. ¿En qué momento ocurrió esto? Estamos de espaldas y preparados para caminar los 10 pasos de un duelo. Matar o morir no es construir ni conversar. Somos una Argentina incapaz de abrazar al que piensa diferente. Cómo puede ser, si todos queremos lo mismo: Cárcel para los delincuentes, trabajo, respeto y derechos para todos. Libertad. Un país con buena gente.
Somos reinas de la bellezas que abogamos por la paz en el mundo pero que hoy no logramos hablar del tema sin agraviar al que está en la otra orilla. Ni el fútbol nos dividió así. ¿En qué momento lo permitimos? ¿Qué nos tenía tan ocupados o tan distraídos?
Me cuesta comprender a aquellos que de verdad creen en los precios congelados, porque al chino vamos casi todos. Pero puedo entender que crean que son detalles al servicio de “la revolución”. Yo no puedo alinearme, creo que no hay excusa para que gobernante mienta. La desaparición de la verdad, el silencio, no debería ser una opción en este país que aún no encuentra a sus desaparecidos. Soy una romántica.
Somos nosotros los que podemos engendrar a nuevos políticos, estos no sirven. Hoy veía a Píparo. Ella logró cambios. Claro que no todos tienen la capacidad de convertir el dolor en lucha. Y más vale que no hay mamparas en los bancos ni nuevas leyes que valgan la vida de ese hijo. Ni la de ninguno. Es que el “roban pero hacen” es una ruleta rusa, y del otro lado del arma siempre estamos nosotros. Muchos otros sufridos quedan en el camino del luto o del destrato o de la injusticia. O peor, del olvido. Esto también es Argentina.
No entiendo cómo permitimos que la Rosadita se allane cuatro días después. De casualidad no había ahí una casa depilatoria con oferta en la tira de cola, como para que sea todo más limpito, viste. Gils Carbó nombró a un fiscal que no investiga a Báez aunque la caratula lleva su nombre y mientras nosotros discutimos si Lanata toma merca o no. Le pedimos más a los periodistas que los políticos. Estamos locos. Como si, además, el vitae de quien denuncia anulara la denuncia. A Magnetto, a Baez y a Cristina. Que los investiguen a todos. Y que les caiga todo el peso de la ley, como una tormenta.
Insisto y distingo, para aquellos que tenían que velar por los intereses de todos los argentinos deseo de corazón que la ley los destroce. Porque corresponde y porque no es lo mismo. Como un padre que viola a sus hijos. La corrupción mata. Y si es institucional mata incluso a los que aún no nacieron. Y si quedan libres que sea por inocencia y no porque prescribió la acusación.
Respeto, defiendo y pongo el corazón, en el que honestamente, piensa diferente. Sé que creer en la revolución es más o menos como creer en Dios. Y sé también que si mi Dios es el Manosanta de Olmedo y nunca estoy dispuesta a reconocerlo, soy responsable de mi vida eterna de cartón. Somos cómplices. Podés comer siempre el Big Mac que mientras estuvimos en el ranking mundial costaba ridículamente la mitad que el resto de las hamburguesas de Mc Donalds, pero no me digas que no ves los carteles luminosos con los precios de los otros combos.
De a ratos creo que aunque alguien trajera una Ouija y “El” bajara para confesar en vivo y en prime time igual habría gente que seguiría negando el delito. Como para nombrar algo de lo negado. Y lo que se niega, en este gobierno, por lo menos se nombra. No todo, ya lo dijimos, tiene la misma suerte.
Y somos tan cómodos que nos entrenemos con el nabo del rodete y el delincuente de la cueva. Sabemos que Karina Olga no sabe nada pero de nada y que la cartera Hermes de Iliana es falsa.
Nos detenemos en cualquier cosa con tal de no ocuparnos de nuestras propias equivocaciones.
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Comienza en el examen la parte de combate. El Sabon le dice al señor que pelea con lisiada que le pegue, que deje de tener cuidado. Suena raro. Pero ella más que nadie se merece que le igualen las condiciones, aunque duela. Se debe haber caído aproximadamente 10 veces, y todo el tiempo soporto nuestra mirada apuntada, sumada a la de los profesores. Es mucho más de lo que uno espera de los que nos gobiernan y de los que pretenden hacerlo.
Le estoy por preguntar si tiene vocación política, pero me da no sé qué interrumpirla…
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La esperanza se alimenta, rezá me dice una amiga. Difícil mientras se vota a las apuradas el fin de la república, mientras hay leyes que esperan hace años, como la de fertilidad. Y los que nos representan se escapan como ratas en lugar de hablar con los que velan la noche al borde del Congreso como si fuera el límite de un abismo. Es que pareciera, por ejemplo, que la inundación, que no fue sólo en La Plata como dice Clarín ni fue sólo en el Dot como dice Tiempo Argentino, fue hace mil años y en realidad no se terminaron ni de secar las bombachas. Somos horribles.
Me duelen el cinismo y la violencia. La soberbia y la inoperancia, el silencio y el desprecio y el destrato de quienes, por pura vocación, deberían amarnos con locura.
Y soy culpable de mi propia oscuridad por haber perdido el foco.
Por no pedirle peras al olmo tal vez dejé de regar el peral. Es todo un trabajo, y empiezo a temer que frente a la chica que está rindiendo empecemos a ver, como es una película absurda, si se cae más para la derecha o más para la izquierda para decidir si nos conmueven o no su actitud y su voluntad. Su superación. Su don.
Si, somos un pueblo solidario, pero también somos un pueblo pelotudo y hoy, encima, partido y con modos de pandilla.
La ecuación no es democracia o golpe, a quién se le ocurre? Es resignación o debate, que no es ni parecido. No discuto con gente que no apoya la democracia y no discuto con gente que ante cualquier crítica te tilda de golpista. Me parece chato y sobre todo, me parecen lo mismo. De verdad estamos dispuestos a creer que la única opción a este gobierno es la dictadura, como tanto se repite? Si así fuera, con dolor deberíamos admitir que en 10 años de gobierno los K no han sabido construir democracia. Y que nosotros permitimos que eso ocurra.
En estos días me hubiera gustado saber más, conocer más, entender más, para poder escribir mejor. Acá parece que se trata de quién la tiene más grande, la caja digo. Como ya la tenemos a Máxima no queremos otra monarquía.
La corrupción mata de modos diferentes. La vida misma y la esperanza.
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Termina el examen, nuestra hija se lució. Cada uno desde su lugar, dando lo mejor que puede. Sólo que a algunos les cuesta el doble. O el quintuple. Transpirada y contenta, con el cinturón nuevo, volvemos a casa. La chica que tiembla y que miramos durante una hora larga, avergonzados por nuestra queja diaria, se pierde en la multitud.
Nos subimos al auto, la última vez que fuimos a rendir nos chocaron y todavía sigue el auto abollado como un recordatorio, una cicatriz. Igual volvimos, qué bueno, porque valió la pena. Le hablamos a las nenas de esa mujer valiente que convierte lo cotidiano en proeza. Juanita, que trabaja en casa los jueves y que nos cuenta que en su barrio muchos van a la marcha del gobierno porque no les pagan pero les dan mercadería, y que eso es mejor que la plata, porque con la plata se compra cada vez menos, y que le chupa un huevo lo que pasa en el Congreso porque la verdad es que ni hace 100 años ni ahora esas leyes le llegan a ella, no tiene una imposibilidad física, pero también es una super héroe.
Mi marido pone música linda, de la que me gusta, tenemos un rato de ruta. Me sabe triste, me quiere tanto. La menor agotada de hacer lío y de estar a upa se duerme y la mayor mira, lejana, por la ventana. Su esfuerzo valió la pena. No tengo derecho a no creer. Pero por un rato juego a que soy una política y no escucho ni hablo de lo que me angustia, con la ilusión de que lo que no se nombra, no sea.
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Me dura poco, el miedo se combate hablando aunque te baje el número de amigos en Facebook. Y la calle perdida se gana caminándola. Y el odio se combate abrazando. Así de cursi.
La angustia persiste, escribir siempre me ayuda. Siento que es un momento complejo para estar aquí y ahora. Me sobrevuela un sentimiento de impotente injusticia. Creo que el tiempo nos va a ayudar a poner las cosas en su lugar y espero que hayamos aprendido algo. Ojala no perdamos la vida en el proceso.
Hace poco la mayor vino con una tarea que consistía en preguntarles a los abuelos en donde estaban en la época de la dictadura. Las preguntas “inocentes” (Cómo se vestían, si festejaron el mundial, si salían de noche, etc.) dolían e invitaban a la reflexión. Y exigían una respuesta.
Quiero tener una respuesta para cuando mis nietos me pregunten en dónde estaba en este momento tan delicado de la historia, que no, no es una dictadura y que no, no está llena de golpistas. Los tiempos cambian, las crisis también.
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Abuela, ¿eras del pueblo o de la gente? ¿En que bando estabas?
Nena, estaba escribiendo boludeces, intentando entablar conversaciones. Angustiada pero creyente.
Y llevando a mis hijas a Sarandí para que no pierdan la esperanza en las personas, aunque los políticos también lo sean.