Como si fuera un bloguero de raza, me ha dado por lanzarme a la noche en busca de experiencias. En realidad nunca he dejado de hacerlo, pero después de veinte años en los que, como las cabras, he ido tirando al monte Libredón del casco histórico, mis zapatos han vuelto a pisar el pegadizo suelo de las galerías del Ensanche compostelano, ese submundo interior repleto de pequeños bares en las inmediaciones de la plaza Roxa. De alguna manera me debía ese viaje a las catacumbas de mi vida tardoadolescente. Quién sabe, si me hubiese saltado aquellos primeros escarceos en las barras quizás hoy fuese un acaudalado deportista retirado a punto de sacarse el título de entrenador, o un brillante cirujano con un chalé de piedra en Ames y un monovolumen con tres filas de asientos para mi dulce mujer y una recua de niños. Pero no, siendo todavía menor de edad me dejé atrapar por las redes marineras del Berberecho, que para mi sorpresa siguen allí en el techo tres décadas después. Sospecho que ya no pescan como a finales de los 80, que eran años loquísimos y de verdaderas multitudes, pero percibo que el bar de Juan y Nieves todavía es el primer refugio de juventud de muchos estudiantes, como fue nuestro caso. Sus dueños conservan su entrañable mala hostia y encajan con cintura todas las cretinadas propias de esas edades. Recuerdo que los viernes, después de comprar unos pitillos sueltos en el quiosco, nos atrincherábamos en sus mesas bajas a soplar Submarinos y a destripar pipas, que eran el vicio menos peligroso. Tenía 16 años y creo que entonces era legal beber alcohol, y si no, a nadie le importaba. Como ahora, había poco dinero, así que bajarse con pajitas entre cuatro mastuerzos una jarra de cerveza vitaminada con Larios (costaba 250 pesetas-1,50 euros) era un buen negocio para el gaznate. Cuando llevábamos un par de rondas tocaba aliviar en los baños, que no se lo pierdan, están exactamente igual: oscuros, malolientes y con una de esas plataformas de caída libre con un agujero en el suelo que creía extinguidas en la hostelería del siglo XXI.
Siguiendo mis propias huellas de dinosaurio continué por la calle abajo y me dirigí a la que era otra de nuestras paradas habituales. Me quedé en mitad de la escalera. Debí sospecharlo al asomarme y no escuchar los latigazos del futbolín: el Faíscas lleva unos cinco años cerrado. Me lo contó David, el propietario del Gasteiz, que me pilló husmeando por las galerías Pasaje y que me afeó con mucha amabilidad el no haber incluido a su bar en el artículo sobre los locales que resisten la crisis. Solo con la caña a la que insistió en invitarme no me hubiera ganado para la causa, pero me gustó su honestidad y el hecho de que estuviese sonando la Credence. Él mismo, que lleva veinte años bregando en la noche, lamentaba que los locales vecinos estuvieran chapados desde mucho tiempo atrás: nada menos que el Merliño, que ponía un curioso vino que llamaban Blues por 50 pesetas (0,30 céntimos), y el Pachi´s, que abrió a principios de los 90 como abrevadero universitario de referencia. Entre unos y otros, en mi época juntaban más tropa que la que me encontré en mi revival de jueves noche por el sur de la ciudad. En ese páramo deteriorado, el Gasteiz sigue respirando, así que sirvan estas líneas para reparar mi error por haberlo ignorado como superviviente de un pasado que irá ensombreciéndose a medida que avance en mi nostálgica ronda.
Las galerías Goya las creía fenecidas. No es así. Claudicaron y han vuelto a abrir al público. Me adentré hasta el fondo a la izquierda en busca del Carallete, que era otra de mis debilidades y mantiene vivo el nombre. Ha cambiado mucho y ahora también abre como after. No me veo, no me veo… Los espacios de los locales son los mismos, pero han cambiado su aspecto y creo que también su espíritu, por eso me flojea la memoria: ¿El de la esquina era el Topolino? El del fondo a la derecha… ¿el Tonos? ¿o era el Tubo´s? Me pierdo. Ahora solo alardean de poner copas a 3 euros. Qué incautos. En mis tiempos, siempre que el Gita o el Lage no te dieran el palo, 500 pesetas llegaban para todo lo anterior y para seguir la ronda en las galerías vecinas por el Picapeixe, donde ponían Agua de Valencia, o por el Cotón, que ya tenía licores de todos los sabores y que con su sobriedad de pueblo competía con la imaginativa coctelería de la Cantina y del Brétema, que le daban cosa fina al taco de tequila y a los Cerebritos (Baileys, granadina y sabe Dios qué), una cochinada sin precedentes en mi estómago.
Todo sigue vivo en mi memoria, pero los locales están vacíos, así que decidí abordar a un guardia seguridad que me recomendó que no buscase más: “Están todos cerrados, dónde va”, me dice, para enseguida corregirse. “Bueno, A Cova da Vella sigue abriendo los fines de semana, pero tiene unos horarios raros”. Es cierto. La taberna forrada de madera y decorada con aperos de labranza sigue en la brecha. Nada ha cambiado allí dentro: desde la puerta, sin llegar a entrar, veo el banco en el que nos solíamos sentar. Y me imagino a todos mis amigos allí, tomando quintos de Estrella, riéndonos y charlando, delgaditos como éramos, descifrando qué íbamos a hacer de nuestras vidas. Ellos fueron lo mejor de aquellos años. Y ninguno tiene un monovolumen con tres filas de asientos. Los muy golfos.
Buenas noches.


































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