He quedado con los amigos de mi padre porque los míos están incomunicados, están en internet, y hemos acordado que para conocer el mal del que es capaz el hombre basta con mirar dentro de uno. Eso ahora está muy mal visto, ya nos hemos ideado y preferimos señalar porque instalados en nuestro perfil hemos decidido que nadie va a cambiarnos el individuo, tan cómodo en su ser estándar. Pero con la fiebre vuelve a emerger la certeza: el ser humano al que hemos llegado es la peor encarnación de ser humano que ha conocido la historia de la humanidad. El más miserable, el más nocivo para sus semejantes y, por encima de todo, el más idiota. Siempre fue así y siempre irá a más, me apuntan los amigos de mi padre. Y ahora escribo esto con guantes blancos.
Recuerdo, en la muerte Michael Jackson, que bastaba sentarse en un bar para oír, de las mesas próximas, conjuras y chascarrillos fundados en los lavaderos de la televisión matinal y en la necedad de algunos editorialistas, en eso que llaman opinión pública y que suele ser, siempre y a lo que sea que ataña, un cúmulo de sandeces rendidas al mismo sesgo ideológico: la codicia y el caiga quien caiga. El duelo colectivo, el desamparo, la confusión e incluso la histeria parecían comprensibles en la muerte del niño del mundo, el embajador de la infancia que nos quisimos un poco todos, pero recuerdo esas voces estorbando su descanso y no puedo evitar que se me encarame la misma náusea de entonces.
Michael Jackson vivía afectado de sunamismo. Nada es lo mismo que el sunamismo. El sunamismo es referencia a Abisag la Sunamita, última mujer del rey Salomón, con la que se casó por su juventud. A Salomón, por cierto, se le atribuye la autoría del Cantar de los cantares, el texto erótico más famoso de la historia (contenido en el Antiguo Testamento, escrito en hebreo y fechado entre el 400 y el 200 a. de C.) y a decir de algunos homenaje a Abisag. Otros erotómanos de fiabilidad aseguran que se trata de una ficción literaria, pero, como sea, se trata de un texto muy bello. Leedlo, es probable que esté en internet. En internet no está todo pero esto es probable que esté porque va de follar. Existe otra inspiración para el principio del sunamismo en el padre de Salomón, el Rey David, que al parecer en su ancianidad necesitaba una virgen cerca del lecho a modo de calefacción. Esto a mí me parece muy dulce. Fue con la asistencia de la misma Abisag, a quien nunca conoció carnalmente, como el rey fecundó a Betsabé, de quien nacería Salomón. Unamuno también habla del sunamismo en alguna parte pero no recuerdo dónde; lo busco luego y os digo.
Según algunos expertos en patologías, no sé si sexuales o afectivas, el sunamismo lleva a los individuos que lo acusan a rodearse de personas jóvenes e incluso de niños para de algún modo sentir que siguen habitando la única etapa limpia de la vida de los hombres. Su motor sería semejante al que lleva a algunas personas a utilizar cremas anti arrugas o a intervenirse las patas de gallo quirúrgicamente, pero con métodos menos invasivos y de manera más sentida. Mientras los de las cremas se quedan en la superficie, el “sunamista” padece el auténtico dolor del mundo adulto, una melancolía que pretende exorcizar vampirizando la energía de esos jóvenes con los que puede llegar a yacer sin que necesariamente exista contacto sexual alguno, ni directo ni indirecto. Y cito a mi amigo Jesús Palacios dando en el clavo en unos correos que al respecto intercambiamos por esas fechas: “Eso explica por qué Jacko no tenía ningún escrúpulo, rubor o problema en admitir ante las cámaras que dormía con niños, pues tenía la conciencia perfectamente tranquila respecto a sus intenciones. Obviamente, el sunamismo de Jacko está en completa sintonía con su complejo de Peter Pan, así como con su muerte a los 50 años, al borde de lo que en otros tiempos hubiera sido vejez y hoy asumimos como madurez”.
Extremando el diagnóstico podemos aventurar que Michael Jackson, quien invirtió toda su voluntad en la resistencia a crecer, debió de morir si no entero al menos virgen, pese a la actitud propia y ajena que hizo de su figura ídolo, mamarracho y luego mártir. Es difícil habitar un mundo higiénico cuando se vive rodeado de adultos ruines y fatigados, pero él al menos intentó blanquearse y perseveró en el moonwalk, que es una sublimación del hacer camino al andar. Hoy, si estamos en un bar, yo pongo la mano al fuego: este tío jamás le hizo mal a un niño. Pero estamos en internet.
Con el advenimiento de internet, la palabra “pedofilia” (no más que una orientación, para muchos estética, que se confunde siempre con “pederastia”, la que en verdad define el daño y el delito, aunque los medios utilicen ambos términos indistintamente en beneficio de la confusión) se amplificó como el mayor satán imaginable, lo que esperaba a la vuelta de la esquina, el peligro más probable si osábamos abismarnos en esa nueva herramienta que el poder creyó temible, entre otras cosas porque se auguraba con muchas posibilidades para el afinado de los criterios, para la educación del pensamiento individual y no tan dirigido. Internet prometía unas libertades pero sobre todo una liberación, la independencia de unos poderes de los que veníamos siendo siervos voluntarios desde hacía demasiado tiempo. El poder, lo que sea el poder, temblaba, de pronto necesitaba inculcar nuevos miedos, ganar tiempo, pero lo que el poder no tenía en cuenta era lo rápido que se hace el hombre a los atuendos de esclavo, lo mucho que le gusta delegar.
Ahora, hoy mismo, cuando escribo este texto que no publicaré hasta dentro de unos días para que no forme parte, la horda está discutiendo en las redes qué hacer con un cineasta que presuntamente abusó de su hijastra hará veinte años. Las redes, atomización del “pásalo” de toda la vida, donde el “no nos moverán” se entiende como un “todos quietos”, están resultando la mejor prolongación hacia la nada que se haya sintetizado jamás, y allí está ahora la horda que si toma que gira a partir de un texto lamentable y efectista que la hijastra, ahora casada por supuesto felizmente, ahora que ya no es una niña y ha perdido, como lo pierden tantos adultos, el respeto a la niña que fue, ha lanzado a la jauría de jueces de internet, a este lugar donde todo iba a ser bucear entre corales pero ha resultado un chapotear en orillas caldosas.
La hijastra (hijastra es una palabra que condenaréis dentro de nada, daos cuenta, en cuanto escuchéis que suena como un trapo, pero de momento vamos a usarla) relata que el cineasta le puso un dedo en la boca y en verdad no cuenta nada más, salvo que no le gustaba meterse en la cama de su padrastro (algo que hacen muchos niños los domingos por la mañana), y con ello monta un drama ambiguo y la tropa de oficinistas le baila el agua. A mí me da igual, hago broma, no quiero ser frívolo pero hago broma, porque la hijastra luego dice que mientras el mundo celebraba el arte de su padrastro (su padrastro ha hecho muy buenas películas, aunque ahora no sé si fue padrastro o padre adoptivo) ella lo pasaba muy mal, y ya delatándose neurótica completa como su madre, que se quedó sonada de los tripis que se metió con Peter Sellers y de los sopapos que le debió de arrear Frank Sinatra (Mia Farrow tiene quince o veinte hijos, no me jodas, los va adoptando por ahí como a perretes, la desalmada), nos impele a condenarlo como artista, nos pide que le hagamos el vacío. La hijastra, en fin (o tal vez hija adoptiva, me cago en la puta), suena como una chiflada pero eso es lo de menos, porque el personal no está dispuesto a desperdiciar su carnada aunque venga podrida de gusanos.
En De nens, la imprescindible (y uso este adjetivo con plena conciencia, no como lo usa la propaganda) y nunca bien atendida película del siempre lúcido Joaquim Jordà acerca del presunto caso de pederastia que sacudió el barrio chino de Barcelona en los años noventa, una película que no se difunde porque da miedo, porque delata dónde está el auténtico peligro, el director irrumpe en cámara y explica que a los nueve años, internado antes de las vacaciones, un cura se le metió en la ducha y le enjabonó con delicadeza y etcétera. Cuenta Jordà que a la vuelta de su vacación al cura le habían dado puerta porque al parecer había hecho lo mismo con otros niños, y aventura que si entonces a él le hubiera esperado un equipo de psicólogos, policías y terapeutas para preguntarle cómo tenía la picha el cura, si se la había tocado o se la había dejado de tocar, hoy tal vez estaría traumatizado. Sin embargo, triste como se encontraba en aquel internado tras una vida campestre y de libertad, no había percibido ningún daño ni entiende hoy la visita del cura como agresión y sí con agradecimiento. Cada uno es como es. Jordà fue un hombre de humor, sensibilidad, talento e inteligencia, un hombre bueno y valiente que si hoy es capaz de asustaros es porque sois escoria moral. No me refiero a ti, lector, no te molestes; me refiero a ti, lector.
A diferencia de vosotros, yo no sé si hubo o no delito en el caso del cineasta judío más allá de unas caricias traumáticas en tiempos en que todo se pretende traumático. Hoy, con el caso vencido, me suena más probable que los problemas derivados de la hijastra provengan, antes que de un exceso de afecto, una fascinación, unos mimos desviados o un desarreglo libidinoso, del apabullante y despiadado circo mediático que se organizó en su momento, de todo este ruido alrededor en el que ahora ella colabora presa de algún síndrome estúpido o malicioso. No lo sé, no tengo ni idea de nada, como vosotros, y me da igual como a vosotros, porque os da igual, ya os habéis olvidado, habrá ganado el Barça, pero sí sé que tanto ella como vosotros, los periodistas que habéis recogido esta “noticia”, los activistas digitales, dactilares o lo que seáis, me dais el miedo que dan los cobardes.
No sé desde cuándo ocurre esto, que las mayores atrocidades se cometan en nombre de los niños, que se apele a los niños para legitimar miedos adultos, para validar vuestras prohibiciones, vuestras guerras, vuestra alergia al pensamiento, que uséis a los niños como escudo, como condena del otro, como entretenimiento y como confort de conciencias, no sé desde cuándo ocurre pero siento el mordisco del miedo cuando os veo promover maratones benéficos que sostienen y perpetúan esta manera de vivir en sociedad, cuando fomentáis la caridad en que os educó la Iglesia, repantigados en esa miseria que tan bien nos viene. Estáis todos muy guapos, estáis tan guapos como Audrey Hepburn haciéndose fotos con los negritos, evangelizando, atizando los fuegos equivocados, activando las alarmas erróneas, apropiándoos de la desgracia ajena para certificaros en ella, pidiendo empatía con víctimas reales o no, eso es lo de menos mientras funcionen como débiles a los que instrumentalizar para que mantengan saludables vuestras psicopatías, vuestra figuración de un orden, poniendo el grito en el cielo para seguir creyendo que no habéis perdido la pasión.
Ya no somos niños. Ya nada es lo mismo, tampoco, que el idealismo.
La amenaza de la pedofilia tal y como ahora se entiende la propagaron en los titulares los mismos que se inventaron el lenguaje políticamente correcto. Todo esto lo inventó el mismo tío que te apunta el nombre en el vaso del Starbucks, que es un vasito de papel mojado carísimo. No se fuma pero tienes wifi. El término lo vaciaron de sentido los mismos que restaron importancia al asesinato, llamándolo machista o de género o doméstico o de domingo para sacarle partido, y la plebe, de la misma manera en que cambió por lotería sus aspiraciones, se iba a apropiar de esas palabras mágicas de hacer mamarrachos, numerarios sin ningún interés en desplazar el poder mientras se les permita mantener el suyo (adquisitivo, le dicen), la bicoca, la pamplina, el rollo.
En Google puedes buscar el olor del tamarindo pero internet no te lo trae, no sirve. Internet sirvió primero para sacudirse de encima la podredumbre de la prensa porque ya podíamos consultar aquí la cartelera, aunque pronto íbamos a dejar de ir al cine. Todo lo que hacemos en internet estamos dejando de hacerlo en otra parte, pero es que se está tan bien aquí… Aquí se aturde toda intención, se forma a cínicos y se precipitan las conductas delatoras, el espionaje horizontal releva a las amistades y se alienta la caza de brujas. ¡Se alientan todas y todos contentos! Y habiendo delegado en otros la tarea de la vigilancia, uno ya no debe mantenerse alerta ante las propias inercias, y así el intelectual puede dedicarse a desfilar con andares largos de arrogancia, creyendo el foso pasarela, promoviendo no más que la idea de sí, de un yo conciliador, sensato y aséptico con cuello mao, que no dice palabrotas y no monta en cólera, cuando nada hay menos civilizado y más temible que no mostrarse nunca colérico como esta turba muerta de miedo ante cualquier traza de lo que entiende por irracionalidad, aquí donde nadie recuerda que nuestras tatarabuelas nos toqueteaban la picha en el parque para que dejásemos de llorar, cuando todavía no éramos libres como ahora, libres y estúpidos como estamos resultando ser en internet, donde se multiplica el efecto mando a distancia, donde la anestesia resulta mucho más suave y efectiva que la televisiva porque ahora se formula en esta sensación de elegir y de estar siendo “plural”, como mis cojones que son dos y valetudinarios.
Ya solo somos la suma de todos. Somos todo el rato la hidra mordiéndose la cola.
Lo que quiero deciros a algunos de vosotros, lo que os grito en letra pequeña a los que no me oís entre el bullicio, es que no sabríais ni besar a un niño y que yo os quitaría el derecho, porque sois nocivos y reduccionistas como los violadores que reclamáis cada día, sois frágiles y sonáis perturbados como las víctimas que reclamáis cada día para perseverar en vuestro miedo a explicaros nada, en vuestro pánico atroz a comprender. Sois, además, obscenos y reversibles, con vuestras izquierdas y vuestras derechas grotescas. Con vosotros no se puede hablar pero una cosa os voy a pedir: dejad a los niños en paz, ni se os ocurra volver a mentar a los niños en nombre de nada. No toquéis a los niños. Esos pequeños seres os vienen grandes, así que liberadlos de vosotros y no permitáis que acaben convirtiéndose en lo que sois. Callaos la puta boca o juro que saldré de internet y os arrancaré los pulmones con estos guantes blancos míos.