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The Frightnrs have made a splendid debut album, but it’s an open question if listeners will be able to listen past the story behind it and hear it for what it really is. The story is a biggie: hailing from Queens, New York, the Frightnrs were a band that re- created the sound of vintage rocksteady and early reggae with striking accuracy and genuine sincerity.
After the Frightnrs made a name for themselves on the New York club circuit, they were tapped to cut an album for Daptone Records, the celebrated retro-soul label. During the sessions for the album, lead singer Dan Klein began experiencing serious health problems, and he received a shattering diagnosis: Klein had contracted ALS (amyotrophic lateral sclerosis), the neurodegenerative condition sometimes known as “Lou Gehrig’s Disease.”
While Klein rallied his strength to complete the album, ALS claimed him three months before Nothing More to Say was released, and in the eyes of many it will be seen as an obituary rather than the work of a tough, very talented band. Good reggae and rocksteady (the sound that was the missing link between the end of the ska era and the beginning of reggae) is all about nuance, and the Frightnrs have nuance in abundance.
The rhythm section (Preet Patel on bass and Rich Terrana on drums) is outstanding, capturing the deep space of authentic Jamaican grooves with authority and a brilliant intuitive feel, and Chuck Patel’s keyboards show he’s listened to more than his share of vintage rocksteady and reggae and absorbed the influences into a style of his own. And Klein’s vocals are outstanding, fitting the mood and the feel of this music without affectation or clichés, and that these performances were the work of a man who was literally fighting for his life is truly amazing. Nine of the 11 songs on the album are originals, and it’s difficult to tell the covers from the band’s own work; they respect this music as players, and as composers they understand its internal logic. Victor Axelrod’s production is clear, dry, and accurate, and the final product is a superb example of a new band building something powerful from the sounds of the past.
Dan Klein’s passing means we may never get another Frightnrs album, and certainly not one with this lineup. But this is music about life, and the passion and gritty joy of Nothing More to Say are what make it essential listening, regardless of the fate of the lead vocalist.
Son pollos con una misión; agitar tus caderas y traerte diversión. El combo británico MFC Chicken, una de las mejores bandas que ha dado el rocknroll de los últimos años, hace un alto en su extensa gira española para ofrecer un concierto a toda pluma desde nuestro escenario subterráneo.
Playlist (todas las canciones por MFC Chicken); Goin’ chicken crazy (disco), Hooch party (disco). Primer set en directo; Royal we, Chicken in a hurry, New socks, Voodoo chicken, Every girl in the tube, Beach Party. Segundo set en directo; Chicken shack, lake bears, Blackout drunk, Take it or lose it, Bad news from the clinic, Chicken baby chicken.
Harold McGee on egg temperatures, pH, cooking methods, and color.
El sueño del esperanto, que podría traducirse como esperanza, se amontonó en la cámara de las grandes utopías fracasadas del siglo XX. Sin embargo, su legado sigue aún hoy vivo y puede decirse que se trata de la lengua inventada con más éxito de la Historia. En este artículo seguimos sus pasos desde su origen hasta su situación actual.
La Danza de Henri Matisse es quizá uno de los mejores ejemplos pictóricos del fauvismo, una corriente artística que aspiraba a captar la esencia de la vida, lo primitivo, lo fiero (recordemos que el origen semántico del movimiento es les fauves, literalmente ‘las fieras’ en francés). El esperanto buscaba en cierta forma llegar a lo radical, a lo esencial de la lengua, que es la comunicación entre personas. El creador de este movimiento lingüístico soñaba con una humanidad danzando unida sin renunciar por ello a la diversidad.
Cuentan las escrituras bíblicas que Dios castigó a los hombres con la diversidad lingüística para condenarlos a la incomprensión. Los hijos de Noé debían ser los encargados de procrear y llenar la Tierra, pero en su lugar decidieron construir una torre que los llevara a las puertas del cielo. Su desobediencia y arrogancia fue castigada con la incapacidad de comunicarse y, por extensión, la imposibilidad de coordinarse para terminar la ansiada Torre de Babel.
Este es uno de los grandes mitos que buscan explicar el origen de la diversidad de lenguas. Interpretaciones posteriores señalaban que, lejos de ser un castigo de Yahvé, tal diversidad era en realidad un regalo de la divinidad, que trataba de ayudar a los hombres con la especialización. Aunque es innegable la riqueza que supone esta, no cabe duda de que la lengua ha servido también como elemento de desunión y enfrentamiento. Si bien es verdad que la comprensión es una cuestión de voluntad, el hecho de compartir las mismas herramientas lingüísticas allana mucho el camino.
Si llevamos la cuestión de la diversidad lingüística al terreno de las relaciones internacionales, vemos que es crucial en la comunicación intercultural y en la conformación del relato político de los Estados nación. La relación entre la lengua y el nacionalismo es engorrosa y establecer patrones que se repitan en todo el mundo es difícil, y se complica aún más por el hecho de que esta no es una relación cerrada en la que una preceda al otro o viceversa. A finales del siglo XIX, vemos, por ejemplo, cómo en la construcción del Estado alemán se buscó unificar la lengua artificialmente para hermanar a nivel comunicativo a las diferentes repúblicas prusianas. Gozar de una lengua común, o por lo menos de una lengua de referencia, se veía necesario para un proyecto nacional que quería echar a andar.
La oleada de descolonizaciones en el siguiente siglo trajo bajo el brazo nuevos reclamos. La unidad nacional iba a realizarse en muchos casos atendiendo a las fronteras trazadas por la metrópoli, uniendo bajo un mismo proyecto político a grupos étnicos diferentes que no compartían ni lengua ni religión. En aras de convenir una lengua oficial neutral, se utilizó la de los colonizadores, aun bajo la crítica de que iba contra la autodeterminación cultural del nuevo Estado. Los conflictos étnicos posteriores iban a revelar como problemáticas las nuevas fronteras artificiales y la lengua iba a ser utilizada de un modo u otro como un instrumento importante en la autodeterminación.
No puede inferirse que la lengua sea un elemento indispensable en los conflictos nacionalistas ni que todas las lenguas den alas a un proyecto nacional, pero no cabe duda de que es un factor que juega un papel importante. De forma un tanto anecdótica, tras la Guerra de los Balcanes, muchos exyugoslavos decían que eran hermanos de sangre, primos de lengua y extraños de cultura, lo que nos enseña que, de una forma u otra, la cuestión idiomática emerge.
Ludwig Lazarus Zamenhof nació el 15 de diciembre de 1859 en Bialystok, hoy parte de Polonia. En aquel momento convivían en esta localidad rusos, polacos y alemanes, además de una importante comunidad de judíos cuya principal lengua era el yiddish. Aunque la mayor parte de los habitantes de esta región hablaban fluidamente en más de un idioma, con frecuencia se producían disputas entre estas comunidades, y las diferencias lingüísticas no hacían sino dificultar la cohabitación. Zamenhof era políglota: hablaba ruso, polaco y alemán, conocía bien el hebreo, el latín y el francés y, de forma algo más superficial, el italiano, el inglés y el griego. Desde muy joven era consciente de las dificultades de coexistir en tal diversidad: los prejuicios y las ideas preconcebidas afloraban repetidamente, enmarañadas además por la incomprensión lingüística. Las clases más populares no podían permitirse una educación en la que se los educara en cuatro o cinco lenguas diferentes y la búsqueda de reafirmación identitaria hacía además que cada grupo tratara de reivindicar su lengua sobre las demás, enrocándose en un sentir comunitario de enfrentamiento con los otros grupos.
Por aquella época, los proyectos nacionales liberales se propagaban por Europa, con Alemania e Italia como referentes. El prestigio de los artistas y pensadores que reivindicaban las lenguas nacionales no dejaba de aumentar y se terminaron de consolidar los Estados nación como unidades políticas indiscutibles de la nueva era histórica.
El entendimiento entre comunidades no era una de las máximas aspiraciones de los nuevos Estados, como se vio más adelante con las dos guerras mundiales. Zamenhof, en el convencimiento de que muchas animadversiones nacían de la incomprensión, consideraba que era necesaria la invención de una lengua universal que hiciera las veces de puente entre los diferentes pueblos para aminorar las hostilidades y facilitar la convivencia.
No es ningún secreto que Zamenhof, que firmaba con el seudónimo de Doctor Esperanto, era un idealista; de hecho, el nombre mismo de la lengua que inventó, el esperanto, significaba literalmente ‘esperanzado’. La simbología que rodea a los esperantistas siempre hace referencia a la esperanza, empezando con el color verde de su bandera. El blanco sobre el que está la estrella alude a las aspiraciones de paz del movimiento y la estrella de cinco puntas busca enfocar a los cinco continentes.
Zamenhof no fue el primero en llevar adelante la idea de cimentar una lengua universal; este ha sido un propósito frecuente desde hace siglos. Platón se planteaba ya cuál era la lengua más cercana al mundo de las ideas y en el siglo II d. C. muchos pensadores dejaron planteado el proyecto de construir una. Más cercano a la época del Dr. Esperanto estaría el volapuk, una lengua inventada por el sacerdote alemán Johann Schleyer en el siglo XIX que tuvo relativo éxito, salvo por sus reticencias a la hora de aceptar modificaciones de sus seguidores, lo que terminó por dispersar a sus hablantes. El volapuk surgía de la simplificación del inglés y del alemán. Zamenhof, como Schleyer, trataba de buscar la simplificación y la facilitación de la lengua. Las normas gramaticales, sintácticas, fonéticas y ortográficas debían ser regulares y repetitivas, de modo que cualquiera con algo de voluntad pudiera aprenderlas.
En la formación del esperanto concedió además importancia a dos principios: el de neutralidad y el de flexibilidad. Frente al volapuk, el esperanto es una lengua abierta a cambios, ya que su creador creía en la evolución natural de las lenguas. En cuanto a la neutralidad, Zamenhof sabía que era importante para la expansión del esperanto que no se asemejara demasiado a ninguna de las lenguas de las naciones hegemónicas; para ello, se esforzó en mezclar las lenguas romances con las germánicas, utilizando también las eslavas, para culminar en un compuesto híbrido.
El primer congreso mundial de esperantistas tuvo lugar en 1905 en una localidad al norte de Francia llamada Bolougne-sur-Mer. Después habría numerosos congresos que congregarían a los hablantes, los cuales, rebosantes de ilusión, pretendían divulgar la que creían lengua de la paz. El esperanto buscaba una expansión horizontal y vertical: vertical, porque quería democratizar los recursos lingüísticos y ser lo suficientemente fácil como para poder ser estudiada en pocos años, llegando así a las clases más bajas, y horizontal en tanto que ambicionaba una expansión planetaria, un idioma con el que cualquier persona de cualquier clase social pudiese comunicarse con otra con la que no compartiese ni estatus ni Estado.
El idealismo bienintencionado de Zamenhof iba a chocar con las atrocidades de la Gran Guerra. El creador del esperanto moriría el año 1917 en Varsovia tras ser testigo del desencuentro entre sus ideales y la cruenta realidad. Algunos regímenes de la época expresaron explícitamente su rechazo a esta lengua prohibiendo la venta de libros en esperanto y persiguiendo a sus hablantes. Haciendo uso de su simbología, el régimen japonés comparaba a los esperantistas con sandías: verdes por fuera, pero rojos por dentro. En Europa, los nazis llegaron a considerar el esperanto una conspiración judía que exterminar. La II Guerra Mundial y el comienzo de la Guerra Fría iban a terminar de desplazar y arrinconar al movimiento, sepultando también la ideología que lo sustentaba.
Para ampliar: “Atlas de las Utopías”, Le Monde Diplomatique, 2014

Durante el periodo que abarca las dos guerras mundiales y la Guerra Fría, los esperantistas fueron a ratos perseguidos, a ratos ignorados y a ratos criticados por su utópica y trasnochada quimera. El nacionalismo se había terminado imponiendo frente al cosmopolitismo y, aunque algunos socialistas y comunistas se interesaron por esta lengua, que pretendía, como su ideología, ser internacional, la era Stalin terminó por debilitar esta atracción.
La caída de la URSS y la consolidación de Estados Unidos como poder hegemónico han asentado el inglés como lingua franca. Aunque por número de hablantes va después del chino y del español, es innegable que es una lengua puente en la comunicación entre países. En la clasificación de idiomas más hablados estaría primero el mandarín, seguido del español y, en tercer lugar, el inglés. Sin embargo, otras clasificaciones manejan datos por los que, si se considerasen el urdu y el hindi en una misma categoría, como lengua indostánica, esta alcanzaría los 970 millones de hablantes, superando al español y dejando el inglés en cuarto lugar.
En los comienzos del esperanto, el idioma que parecía que iba a rivalizar como lengua internacional era el francés. De hecho, a pesar de que muchas conferencias de esperanto se realizaron en el país galo, el nacionalismo francés veía con recelo el avance de esta lengua, que competiría con el francés como lengua indiscutible de la diplomacia. De Gaulle despreció públicamente a los esperantistas en varias ocasiones.
Vídeo: De Gaulle se ríe de las lenguas inventadas
Los esperantistas niegan que el hecho de que el inglés se haya establecido como lengua predilecta en las relaciones internacionales haya desbancado definitivamente su proyecto y defienden por el contrario que hoy más que nunca es necesaria una lengua universal, neutral y accesible. Este objetivo refleja más un ensueño que una voluntad real, pero lo que sí ha logrado el esperanto es consolidar una red internacional de esperantistas que permanecen en contacto permanente gracias a las nuevas tecnologías. Algunos de ellos presumen de haberse adelantado a la red couchsurfing con Parporta Servo.

Internet ha servido además de plataforma para reavivar muchas de las nociones universalistas dormidas y ha hecho posible acceder a cursos, diccionarios y foros de esta lengua, además de facilitar el intercambio de experiencias culturales relacionadas. Hoy en día, se calcula que la cifra de hablantes llega a los dos millones, pero muchos expertos creen que esta puede aumentar por el fácil acceso que permiten hoy las redes y el relativamente poco tiempo que lleva aprender esta lengua. El número de hablantes ha crecido desde principios del siglo XX muy por encima del de la población mundial, aunque muy lejos de sus expectativas primeras.
Se pueden hacer numerosas críticas al esperanto, en parte entendibles por el contexto en el que se creó como lengua, pero que pesan en su desarrollo y evolución. La primera de ellas es que, aunque pretende ser ‘neutral’, es una lengua desarrollada a partir de las europeas, especialmente a partir de las lenguas romances, germánicas y, en menor medida, eslavas. Las lenguas africanas y asiáticas no se ven, por tanto, representadas de igual forma en esta lengua.
Zamenhof quiso prescindir de las complicadas terminaciones eslavas para buscar una mayor simplicidad, sacrificando para ello la precisión; en esta falta de rigor reside la segunda crítica. En tercer lugar, podría aducirse que, al igual que el latín se transformó en diferentes lenguas que, aunque compartían raíz, fueron evolucionado separadamente, podría ocurrir lo propio con el esperanto. Esta crítica aparece algo debilitada por la existencia de internet, que influye en la desterritorialización de la lengua.
Existe una relación interesante entre lenguaje y globalización, porque da lugar a dos efectos aparentemente contrapuestos: la desterritorialización y la reterritorialización. Se difuminan las ideas, tan fijadas, de que a un territorio le corresponde una experiencia cultural concreta, una identidad. Los avances en materia de comunicación y transporte vacían de sentido esta lógica transformando la experiencia cultural de los territorios. Entran en juego dinámicas contradictorias propias de la globalización, a saber, la homogeneización a la vez que se celebra y se fomenta la diferenciación a nivel local.
Esta desterritorialización puede tener tanto efectos positivos como negativos para el esperanto, aunque este, al no ser nativo de ningún lugar, nunca ha estado propiamente territorializado. A su alrededor se ha creado una cultura con artistas que disfrutan con esta lengua y escriben canciones, libros, poesías… Aquí merece la pena señalar que Zamenhof escribió libros y poesía en esperanto, algo que para muchos expertos supuso la materialización y relativo éxito de su proyecto frente a otros que aspiraban también a la universalización. El hecho de que utilizara la lengua sirvió como testimonio de que podía darle vida más allá de los manuales y normas teóricas. No puede decirse que el esperanto triunfara: no se ha convertido en un idioma universal ni muchos menos ha conseguido un entorno mundial de armonía y paz. Pero sí puede decirse que es la lengua inventada que más éxito ha tenido.
El esperanto nunca buscó convertirse en un lenguaje nativo —aunque hay algunos cientos de familias que enseñan a sus hijos esperanto como lengua materna—, sino que pretendía ser la segunda opción predilecta para que la humanidad se pudiera entender. Zamenhof era defensor de la diversidad, como se demuestra en las cartas que escribió poco antes de morir y durante la Gran Guerra, en las que pedía a los diplomáticos que se esforzaran por proteger a las minorías y promover la tolerancia en aras de lograr una paz duradera.
Es absurdo entender la lengua como un ente al margen de lo social, una estructura inventada cuyas dinámicas van por libre. Es imposible separar lo lingüístico de lo social, y quizá la supervivencia del esperanto haya tenido mucho que ver con la filosofía y el corpus teórico que conlleva hablarlo: saber esperanto es, a fin de cuentas, una postura ideológica. He aquí la respuesta a por qué alguien estudiaría hoy esperanto habiéndose consolidado el inglés como lengua internacional predilecta.
Curiosamente, encontramos otra imagen bíblica que hace referencia a la lengua: Dios concedió al Espíritu Santo el don de lenguas para difundir la palabra divina. El esperanto era quizá la reinterpretación terrenal de este mito, siendo la humanidad la mensajera y la paz, el mensaje.
Canción: Himno del esperanto
La entrada ¿Qué fue del esperanto? aparece primero en El Orden Mundial en el S.XXI.
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La autora bebiendo un poquito de leche materna
La ventosa del sacaleches se acopla al pezón, se pulsa el botón y un ruido infernal, mecánico y a la vez animal, retumba en el despacho en el que estamos encerradas. He venido a mediodía al trabajo de mi amiga Marina, madre de una niña de dos años a la que está empezando a destetar. Tras la puerta del despacho, se oye el ruido habitual de una agencia de publicidad a la hora de comer: gente entrando y saliendo, microondas funcionando a todo trapo, risas.
El pezón de Marina es succionado una y otra vez por el sacaleches. En el fondo del recipiente de la máquina, comienza a almacenarse muy lentamente un fondillo de leche. Al cabo de unos quince minutos el vasito está casi lleno. Marina detiene la máquina y deja el vaso sobre la mesa. Lo observo con curiosidad. Tiene el aspecto de un vaso de leche muy desnatada. Siento cierta culpabilidad, como si estuviese robando algo que no me corresponde, a pesar de que Marina me ha insistido en que tiene leche de sobra.

Su objetivo es ir cortando paulatinamente con la lactancia. Este experimento al que se ha prestado es, según sus propias palabras, "una ceremonia de despedida que no hace daño a nadie, ¿no?". Creo que en ese '¿no?' final de Marina se esconde cierta inseguridad y algo de miedo a que a la gente le parezca una asquerosidad, algo contra natura, como aquella vez que conté un parto natural que había visto en directo y se armó la de Dios.
Antes de iniciar el experimento de tomar leche materna durante una semana, he querido hacer un repaso de las diversas situaciones históricas, literarias o cinematográficas en las que un adulto ha tomado leche humana. Se dice que cuando el obispo de Chalon visitó Cîteaux, el joven San Bernardo, que aún era sencillamente un monje jovenzuelo llamado Bernardo, recibió por parte del abad el encargo de predicar. Estaba muy nervioso porque no debía ser muy apañado con la oratoria y temía defraudar al obispo, así que pasó la noche rezando. En sueños se le apareció la Virgen, que le dio el don de la elocuencia al ponerle en la boca leche de su pecho. De hecho, hay multitud de imágenes pictóricas en las que se muestra ese momento: el joven San Bernardo arrodillado y la Virgen proyectando un chorro de leche que hace un arco para caer en la boca de un monje arrodillado.

También en el cuadro de Caravaggio, "Cimon y Pero", se muestra cómo Pero da de mamar a su padre, que ha sido condenado a la muerte por hambre. En el final de "Las Uvas de la Ira", de Steinbeck, hay un momento muy impactante en que la hija mayor de la familia protagonista, a la que se le ha muerto su bebé recién nacido, ofrece leche de su pecho a un hombre al borde de la muerte por inanición. Una escena que fue suprimida en la adaptación cinematográfica de John Ford, en 1940.

Cimon y Pero
Y después está la relación erótica con la idea de una teta que echa leche. El componente sensual, animal, salvaje, que se muestra en "La teta y la luna", de Bigas Luna, por ejemplo. Creo que casi cada vez que una amiga ha tenido un bebé, le he preguntado al padre si había probado la leche del pecho de su pareja, y la respuesta siempre ha sido afirmativa. Muchas veces, este amamantamiento adulto se lleva a cabo de forma puntual, por simple curiosidad, pero cuando la práctica se convierte en fetiche, recibe el nombre de lactafilia.
En mi caso no se da ninguna de esas posibilidades. Quizás, si tuviese que elegir una de ellas, la situación más cercana sería la de San Bernardo, que necesitaba la leche como elixir de la oratoria. Mi experimento es investigar en el mundo del tráfico de leche materna, sus posibles aplicaciones en adultos y el fundamento médico de todo este asunto, mientras tomo cada mañana un vaso de leche materna de mi amiga Marina.
Me llevo a los labios el vaso de la leche de mi amiga con cierta aprensión. El líquido está tibio, ligeramente dulce, como una horchata muy aguada. La sensación no es muy distinta de la de beber una leche de avena o arroz, aunque cuando termino de bebérmela aprecio un regustillo animal. Miro a Marina, que me sonríe. Ella ha bebido su propia leche muchas veces, e incluso ha llegado a cocinar con ella. "Tengo tanta que no sé qué hacer. La niña no da abasto, y me da pena tirarla".
De hecho, el resto de la semana la pasaré tomando leche congelada que Marina ha ido guardando en estos últimos meses, y que me ha traído en una neverita portátil. Hay seis botes de cristal que contienen aproximadamente 50 ml de leche, cada uno etiquetado con la fecha de extracción.
Esta vez, por ser mi pérdida de virginidad lactante, he querido darme un homenaje y tomarla fresca, recién salida de la teta. El resto de los días, mi ritual matutino será siempre el mismo: levantarme con los ojos legañosos por el ruido de un taladro percutor, pegar la cabeza al suelo y maldecir muy fuerte para que me oigan desde las obras del piso de abajo, mear y poner a descongelar al baño María un bote de leche fabricada por el cuerpo de mi amiga Marina.
Los primeros días la tomo sola, mirando por la ventana con aire soñador, como si estuviese bebiendo una pócima de eterna juventud que fuese a restablecerme todas las neuronas asesinadas a cañonazos por aquellos carnavales de los quince en los que nos dio por esnifar cloretilo. Entregada a la magia del placebo, los primeros días me siento con más energía, más lúcida y purificada. Mi habitual agotamiento después de dos horas de Pilates desaparece. Después hablo con una especialista en el tema y mi bienestar se evapora.
Alba Padró, asesora de lactancia, IBCLC (International Board Certified Lactation Consultant) y cofundadora de LactApp, asegura que los beneficios que se le atribuyen a la leche materna son ciertos, pero sólo para los lactantes. "Es cierto que a veces puede paliar los efectos de la quimioterapia –ojo, no curar– y que algunas personas en esta situación la compran para poder tomarla durante el tratamiento. Pero, respecto a los deportistas, que son otro sector que también se ha lanzado a la demanda de leche materna, hay un error de base importante. Es muy poco probable que tu sensación de mayor energía provenga de la leche". Mi gozo en un pozo. Alba Padró me explica que la leche humana es de las leches de los diferentes mamíferos que menos proteínas tiene, porque las crías humanas tienen un crecimiento muy lento, y esto hace que la leche no necesite tener tanta concentración de proteínas. "Por ponerte un ejemplo, la leche de una vaca, una liebre o incluso un ratón tiene muchísimos más nutrientes que la leche de una mujer", asegura.

A pesar de haber perdido toda fe en las magníficas propiedades que la leche materna puede tener en mi organismo, sigo adelante con mi plan de tomar un vaso de leche materna cada mañana. Como la confianza en su condición de elixir celestial se ha ido mermando, también la manera de tomarla va cayendo poco a poco en la cutrez: el cuarto día ya la mezclo con el café y me la tomo a toda prisa, de un trago y quemándome la lengua porque llego tarde a mi cita con Marga Cáceres.
Marga acaba de pasar un año de quimioterapia para tratar un cáncer de mama –felizmente superado–, y, durante todo este tiempo, ha estado tomando una dosis diaria de 100 ml de leche materna. "Al principio, antes de empezar a tomar la leche, tenía unos efectos secundarios espantosos. Muchas náuseas, mucha descomposición... Todo esto desapareció cuando empecé con la leche materna. Quizás fue casualidad, no lo sé, pero el caso es que los efectos posteriores de la quimio no eran ni la mitad de malos que los del principio", explica Marga.
Cuando le pregunto dónde consiguió la leche, Marga se encoge de hombros y me hace un gesto de resignación, como queriendo decir "qué remedio". "Tenía una amiga que tenía una conocida que tenía leche para parar un tren –me confiesa–, así que empecé a comprársela a ella. La verdad es que, estando en la situación que estaba, no me planteé mucho si aquello estaba bien o mal. Ella me aseguró que tenía mucha leche y que no le venía mal el dinero, y a mí me vino de maravilla".
Durante casi un año, Marga estuvo comprando de forma irregular (según el ritmo de sus ciclos de quimioterapia) leche materna a su proveedora, lo que, calculando los 15 euros que ésta le cobraba, y la media de 20 días al mes que solía tomar leche, le suponía más de 300 euros al mes. Al explicárselo a Alba, ella reconoce que el mercado libre de leche materna en España va en aumento: "en nuestro país es alegal (es decir, que no existe una regulación de la compra-venta de leche materna), pero en EEUU sí que se vende la leche materna, algunas veces a precios astronómicos. Pero hay un par de estudios que señalan que las leches vendidas por internet son peligrosas, pues suelen estar contaminadas de forma accidental de bacterias o incluso rebajadas con agua o leche de vaca. Cuando algo es alegal, el problema es que no hay una legislación específica que lo regule, cosa que crea todo tipo de irregularidades".

De hecho, muchas personas que compran leche materna, abrazando la idea de que es una especie de medicina milagrosa, se olvidan de que "ese milagroso elixir blanco que les salvará" es uno de los fluidos a través de los cuales pueden transmitirse determinadas enfermedades, como el VIH, la sífilis, la hepatitis o el virus linfotrófico de células T humanas. En mi caso, antes de empezar a tomar la leche de Marina, hablé claramente con ella de este punto, y me vi en la extraña situación de exigirle a mi querida amiga una prueba de su salud. Esto nos puso en una situación bastante extraña. De pronto le estaba pidiendo a una colega que me mostrase sus analíticas. De alguna manera, era como si estuviésemos a punto de follar sin condón.
En el caso de la gente que compra leche a amigos de conocidos, o por internet, el tema sanitario es más complicado. En España existen bancos de leche legales que certifican que su leche está libre de enfermedades, bacterias y adulteraciones, pero el acceso a estos bancos está restringido únicamente a la alimentación de bebés. El resto de personas que, por una razón u otra, deseen comprar leche materna, deberán hacerlo por la vía alegal/ilegal, que no les puede garantizar la calidad y la pureza de su producto.
En Estados Unidos, donde impera el liberalismo económico más salvaje, las páginas de venta de leche proliferan por doquier, y algunas de ellas cuentan con un determinado número de pruebas y certificados que la vendedora debe presentar para poder vender su leche. Sumergirse en estas páginas de venta es entrar en una especie de mercado medieval en el que unas lozanas tenderas alaban a gritos las bondades de su producto.
"Produzco demasiada leche al día –dice una madre de Denver, Colorado–. Alimento con ella a mi bebé de tres meses y a mi niño de dos años, y aun así me sobra. No tomo drogas ni alcohol. Soy joven y estoy sana, como puede verse en mis análisis. Me gustaría poder vender a alguien que viva o pueda trasladarse a cualquier punto del metro de Denver. ABSTENERSE: Lactafílicos, fetichistas. No enviaré fotos, ni vídeos. Si no tienes un bebé y no puedes pagar vía Paypal, olvídate. No te daré mi leche".
Otras anunciantes ponen anuncios más breves, pero muestran fotos de sus rollizos bebés, vendiendo por todo lo alto la calidad nutritiva de su leche. En casi todos los anuncios recalcan su decisión de no vender leche a fetichistas de la lactancia. Algunas, incluso, se niegan a vender a cocineros o restaurantes. De vez en cuando, hurgando mucho en estas páginas, se encuentran anuncios más descriptivos e inquietantes, que parecen abiertos a más posibilidades. Una mujer del Estado de Washington dice lo siguiente en su inquietante anuncio:
"Tengo la leche más cremosa y dulce que puedas imaginar. Es muy nutritiva. Mi hijo mayor es muy alto, y el más pequeño va por el mismo camino. No podrás creer lo cremosa que es".
Sin embargo, a pesar de los peligros de ser estafado con una leche "muy cremosa", pero quizás falsa, o adulterada o incluso infectada con algún virus, el mercado negro del llamado "oro líquido" va en aumento. En algunos gimnasios ya se habla de ello como algo habitual, una nueva moda, una opción más, como comer tortillas de claras, arroz con pollo o batidos de proteínas. Según la especialista Alba Padró, "es posible que la leche materna permita, como mucho, una recuperación en sales minerales, pero no es nada que no pueda hacer un preparado específico para deportistas. Creo que es una moda, ideas sin ningún tipo de fundamento que de pronto empiezan a difundirse... Claro que es un superalimento, pero sólo para los bebés".
Mis dos últimos días de la semana tomando leche materna, siendo consciente de lo inocuo de mi tratamiento personal inventado, el reto ha perdido casi todo el sentido, así que cojo los dos botes de leche que me quedan, los caliento al baño María y les echo dos cucharadas de cacao. Salgo al balcón a tomarme mi Colacao materno. Por debajo de mi ventana, pasa un niño en chándal y batita de guardería, en un carrito empujado por su padre, mientras toma un enorme biberón. Alza los ojos y me ve. Por alguna razón extraña, no deja de mirarme, llegando incluso a incorporarse un poco en su sillita y girar el cuerpo para no perderme de vista. Frunzo el ceño, le miro interrogante, pero él sigue con la vista clavada en mi balcón. ¿Qué pasa con este niño? ¿Acaso huele que estoy tomando una droga destinada a él? Le sonrío un poco asustada y entro en casa.
Fotografía: Jorge Quiñoa

Javier Lucini (Madrid, 1973) se describe a sí mismo como «traductor, escritor, faquir retirado y amigo de un indio». Además de todo eso, también es junto a Nacho Reig, Rosa van Wyk e Iban Sainz Jaio uno de los fundadores de Dirty Works, la única editorial que existe en España dedicada en exclusiva a lo que podríamos llamar gótico sureño contemporáneo.
Apasionado de la cultura tradicional norteamericana, Lucini se ha enfrentado tanto a los apaches como a Johnny Cash, de quien es un ferviente seguidor. Su paso por editoriales como Mono Azul y Acuarela lo han convertido en uno de los mejores traductores de este país, y su nombre se encuentra ya indisolublemente asociado al de Harry Crews y Larry Brown, dos gigantes de la literatura sureña más cafre.
Aprovechamos la visita de Lucini al Festival Bookstock de Sevilla para charlar con él, largo y tendido, sobre esos «trabajos sucios» que se trae últimamente entre manos.
Disculpa que empecemos así la entrevista, pero traes cara de cansado.
No, disculpadme vosotros, pero es que hace un rato, como quien dice, he terminado de celebrar el cumpleaños de Bilbo Bolsón. Estábamos anoche ya a punto de irnos para el hotel cuando de repente nos cruzamos por la calle con un chavalín tambaleante que llevaba una botella en la mano. Le preguntamos dónde podíamos tomar la última, porque antes nos habían mandado a un sitio de música electrónica horrible y nos habíamos quedado con las ganas, y nos dijo: «Yo vengo de celebrar el cumpleaños de Bilbo Bolsón. Podéis ir allí». Me fijo en la indumentaria del chaval, y veo que la botella que lleva es de hidromiel [risas]. Nos dio las indicaciones para llegar al sitio, que se llamaba —no os lo perdáis— El Dragón Verde, y allí que fuimos. Todavía no éramos conscientes de la verdadera dimensión del asunto, pero nada más llegar, en la puerta principal, vimos un cartel tallado en piedra anunciando, efectivamente, el cumpleaños de Bilbo Bolsón, y dentro había un montón gente disfrazada de elfo, de hobbit, de orco… Era un sitio como gótico-medieval, decorado al efecto. Y nada, ciento once años celebramos. ¡Cómo pasa el tiempo! [risas]. Gandalf no vino, y la hidromiel ya se había acabado, pero nada más entrar en el local estaba sonando Johnny Cash. Así que al menos descubrimos que en la Comarca lo que se escucha es country, nada de Enya ni música de gaitas [risas].
Bueno, eso lo explica todo. Además, qué casualidad que en el cumpleaños de Bilbo Bolsón sonara Johnny Cash, un personaje tan importante para ti.
Sí, es verdad. A mí siempre me ha encantado su música, sobre todo desde que salieron los discos que produjo Rick Rubin para el sello American Recordings. Esos discos en su día me volaron la cabeza, hasta el punto de que decidí ir a ver a Johnny Cash a su casa. Ya teníamos el billete para Nueva York, y desde allí pretendíamos bajar hasta Nashville. No es que quisiera ir a darle el coñazo al hombre, porque hacía poco que había muerto June Carter, pero sí que me apetecía al menos estrecharle la mano y darle las gracias porque siempre ha sido para mí una figura emblemática. Así que teníamos todo preparado, y el hombre se murió como dos semanas antes de salir para Estados Unidos. Fuimos a Nashville de todos modos, ya en plan como los dos japoneses esos que salen en Mystery Train, que van a Memphis a ver los estudios de Sun Records y tal, porque queríamos ver la famosa casa del lago, esa que luego quemó el hijoputa de Barry Gibb [risas].
A cambio de no poder verlo, sí que puedo decir que en Nueva York conocimos a su hija, a Rosanne Cash. En esa época estábamos haciendo un cómic sobre Johnny Cash para Acuarela, la editorial en la que trabajaba antes, y con ella hubo muy buen rollo. Le gustó mucho.
De Johnny Cash tradujiste también su biografía.
Sí, también para Acuarela. Traduje de hecho su primera biografía, una que escribió en el año 1979. Aquello se publicó cuando Johnny Cash empezó a hacerse muy famoso en España, por la película y tal. Global Rhythm sacó otro libro parecido más o menos al mismo tiempo.
En verdad yo llevo mucho tiempo escribiendo un libro sobre «mi Johnny Cash», lo que pasa que con el rollo de la editorial no puedo dedicarle todo el tiempo que quisiera. La historia de este libro es muy curiosa, porque empezó como un artículo para El Estado Mental, cuando se publicaba en papel. Me dijeron: «Oye, ¿por qué no te escribes algo sobre Johnny Cash, de tu viaje y tal?», y dije: «Venga, vale. Vamos para allá». El de la revista me dijo que si iba a hacer un artículo sobre Johnny Cash tenía que ser «el artículo definitivo de Johnny Cash». Y así lo titulé [risas]. Lo que ha pasado es que el artículo se me ha ido de las manos, lo he extendido mucho, así que ya no será el artículo definitivo sino el libro definitivo de Johnny Cash.
Esto ya me ha pasado otras veces. Cuando empecé a colaborar para Mono Azul, una editorial sevillana que ya no existe, me encargaron un prólogo para las memorias de Gerónimo. Empecé a escribir ese prólogo y hubo un momento en que tuve que llamar al editor para decirle que iba por la página quinientos, y que quizás se me había ido aquello de las manos [risas].
Tu libro «definitivo» de Johnny Cash, ¿saldrá en Dirty Works?
No lo sé, no creo. Ya me han propuesto sacarlo en otro sitios, y me parece que prefiero mantener cierta distancia entre lo que escribo y lo que publico, para que no huela la cosa.
Además, rompería un poco la línea editorial que tenéis ahora, que solo publicáis narrativa extranjera.
En el fondo no dejaría de ser un libro sureño. Y lo que estoy escribiendo es un poco extraño, la verdad, así que creo que podría encajar bien con nuestra línea editorial. Pero bueno, si puede salir por otro lado, mejor. Que se coma el marrón otro [risas].
Nos consta que tu visita frustrada para ver a Johnny Cash no fue tu primer viaje a Estados Unidos. ¿Cómo surgieron tus Apacherías?
Apacherías es un libro que gira en torno a los apaches, pero que me sirvió para hablar de todas las tribus norteamericanas. El origen de este libro fue el prólogo que os he contado antes sobre Gerónimo, que había escrito sus propias memorias, y cuando las leí me quedé fascinado. Yo había estado viajando por las reservas indias, y encontré ese libro en la tienda de regalos que hay al lado de la batalla de Little Big Horn, donde el general Custer perdió contra los indios. Lo bonito de Estados Unidos es que normalmente son más interesantes las tiendas de los sitios que los sitios en sí, porque allí te hacen un museo de la cosa más peregrina. Me acuerdo de que en Arizona visité un museo que se había hecho en un sitio que fue donde a Billy el Niño se le rompió el carromato en el que huía. Y de aquello solo quedaba una rueda. El museo no tenía ningún interés especial, porque lo único que había allí era la rueda esa. Pero luego estaba la tienda de regalos, que era espectacular: libros, fotografías… En fin, que encontré el libro de Gerónimo en una tienda de regalos de esas, y me quedé fascinado. Y de ahí surgió el tema.
Luego continué viajando por Montana. En Nevada hay un pueblo, Elko, donde está la reserva de los shoshone y donde hay una comunidad vasca increíble. Había como competiciones de bertsolaris con los de las otras reservas, que bajaban de la montaña para competir. Y esa era un poco la tónica de mi viaje, y de ahí salió un libraco que se publicó en Mono Azul. Pero como la editorial ya no existe y el libro está desaparecido en combate, he pensado en reeditarlo. Además en su momento ganó el premio al mejor libro de viajes del año y funcionó muy bien. Han pasado muchas cosas desde entonces en las reservas y molaría, sí, reeditarlo y ampliarlo con todo lo que ha pasado. Y lo haremos.

Esa fascinación que tienes por todo lo norteamericano y sus tradiciones, ¿de dónde viene?
Pues no os sabría decir, la verdad, porque yo soy de Madrid [risas]. Yo creo que viene de mi abuelo, que le encantaban las películas del Oeste desde siempre. Trabajaba en una prisión de mujeres en Tenerife, y las presas le querían mucho porque era un tipo entrañable. Cuando Johnny Cash vino a España, al programa Sábado Noche, yo llegué a fantasear: «Joder, ojalá mi abuelo contratara a Johnny Cash para que tocara en la prisión» [risas]. A él le encantaba ese mundo, y me hablaba mucho de los indios. Sobre todo de los guanches que había allí en Canarias, y de los guanches que viajaron a Estados Unidos para matar indios. Siempre estuvo del lado de los indios.
Luego, cuando era niño, iba a todas las fiestas disfrazado de indio. Una vez, con ocho años, me llevaron a un concurso, y allí había otro dos chavales vestidos también de indio, pero iban más maqueaos que yo. Recuerdo que cuando dieron el primer premio dijeron: «¡El mejor disfraz de la fiesta es el de indio!»», y yo fui todo contento a recoger el premio pero, de repente, otro niño indio me hizo así en el hombro… [da un golpe con la mano]. Luego me di cuenta, al escribir el libro, de que ese niño iba más de sioux, que tienen un look más aparente, porque llevan su penacho de plumas y sus abalorios, y yo iba más como de indio navajo pobretón, y por eso no gané [risas].
Pero por encima de todo está la música sureña. Todo eso del blues, el jazz, el country, siempre me ha fascinado. Y todo lo anterior confluye en Dirty Works.
¿En qué momento decides canalizar toda esta pasión por la cultura norteamericana y volcarla en el mundo editorial?
Todo surgió cuando empecé a trabajar en Mono Azul. Su editor, Jabo H. Pizarroso, me propuso dirigir una colección de literatura norteamericana de la época de Melville y tal. Sacamos cinco libros, que también traduje, en los que el diseño intentaba ser un poco más divertido…
Mono Azul fue de hecho una de las primeras editoriales independientes que empezó a innovar un poco en ese aspecto.
Sí, además fue en la época en la que UDL empezó a trabajar con todas estas nuevas editoriales. También aquello se nos fue de las manos, porque tirábamos cuatro mil ejemplares de una edición y luego vendíamos cien, con suerte… Uno vale, pero si se van acumulando esas cosas, al final es una locura. De hecho Mono Azul quebró, y entonces pasé a trabajar en la editorial Acuarela, con Tomás Cobos, Amador Fernández-Savater y Abel Hernández Pozuelo, que eran amigos. Ellos ya llevaban un tiempo con la editorial, pero en plan: «A ver, ¿cuánto dinero tienes?», y «pues mira, con eso da para sacar este libro». Nunca tuvo afán de convertirse en algo grande. Cuando entré a trabajar con ellos, lo primero que hice fue traducir la biografía de Johnny Cash, que inauguró la colección RECorridos, dedicada a la música. Y luego ya nos aliamos con Machado, que quiso coeditar con nosotros y el ritmo de edición subió.
Lo de Acuarela nos resultó siempre un poco extraño, porque también era un sello de música.
Sí. A la vez, Jesús Llorente creó el sello de música y la editorial en principio estaba vinculada, pero llegó un momento en que tuvimos que separarlo para llevar cada uno sus cuentas, porque si no aquello era un desastre. Y el sello de música sigue, no sé cómo, pero sigue. Cuando hace un año dejé Acuarela para montar Dirty Works todavía seguían allí trabajando por lo menos seis personas, pero poco a poco ha ido cayendo gente.
En la colección RECorridos»sacáis dos libros brutales, que además os ponen bastante en el mapa: Rotten, la biografía de John Lydon; y Really The Blues, las memorias de Mezz Mezzrow, que rescatáis con nueva traducción firmada por ti, porque la que había…
Sí, era una mierda. Tan mierda que había incluso capítulos que el antiguo traductor se había saltado, no porque no fueran interesantes, sino por lo complicados que eran de traducir. Porque claro, en ese libro escriben como hablan, hacen virguerías con el idioma. La primera edición se publicó en Muchnik, cuando estaba con Anaya, y el traductor debió de pensar: «Bah, de esto no se va a enterar nadie», porque además era el típico libro de cubeta de El Corte Inglés, que se compraba por un euro, que fue al desguace directamente. Es acojonante darte de cuenta de que falta texto en una edición. Pero es verdad que es un libro muy complicado de traducir. Incluso en el texto original en inglés venía un glosario para que el propio lector angloparlante pudiera entender bien cómo se trapicheaba la droga en Chicago en los años cuarenta. En aquella primera edición venía una frase de Tom Waits y un prólogo de Barry Gifford, y eso sí lo respetamos. Pero vamos, que ese libro estaba ya descatalogado, en liquidación, y no sé muy bien quién nos habló de él. Creo que fue el propio Abel, que dijo: «Yo creo que este libro es increíble, tenemos que recuperarlo». Funcionó muy bien además, y ahora al menos tiene una traducción digna.

Por lo que os hemos leído, Dirty Works nace de una necesidad de hacer las cosas a vuestra manera, un poco en plan canalla, hasta el punto de que vuestro distribuidor se echó las manos a la cabeza cuando le contasteis cómo ibais a funcionar.
Así es. El proyecto se cuece un día que mis socios, Nacho Reig y Rosa van Wyk —que son pareja y viven en Mújica, al lado de Guernica— de camino a Toledo hacen una parada en Madrid. Y quedamos los tres. Tenía una hora libre y me pillaron en un momento de desencanto laboral, y les dije: «Vamos a un bar que conozco que se llama La Esquinita, y nos tomamos una cerveza». Empecé a soltar lo más grande, a cagarme en todo, y Nacho, que se ha dedicado toda la vida al cine y venía también quemado de lo suyo, se unió a la fiesta, porque también es de los de «no me gusta mi gremio». En un momento dado Rosa se fue al baño, y cuando volvió ya teníamos montada la empresa [risas]. Ella, que ha vivido toda la vida en Londres y es de Sudáfrica, cuando se enteró de lo que habíamos decidido, dijo: «Vale, pero que esta no sea la típica conversación española». Ellos siguieron para Toledo, y a los dos días ya estábamos con todos los papeles hechos y la empresa montada.
Con Nacho tengo además una anécdota muy curiosa: él había rodado una película llamada Amerikanuak, sobre la vida de los inmigrantes vascos de Elko, que se llegó incluso a presentar en el Festival de Cine de Donosti. Pero lo curioso es que cuando yo estuve allí, en Elko, rodando mi documental indio, me enteré de que había otro equipo de cine enfrente rodando lo de los vascos, ¡y era él! [risas]. Algo así pasaba también en una película belga, cuyo título no me acuerdo, en la que un equipo de cine iba siguiendo a un asesino a sueldo, iban grabando la vida cotidiana del serial killer, con el tipo desayunando y tal. Y hay un momento en la película en que se cruzan con otro equipo de cine que va siguiendo, también, a otro serial killer, y cuando se encuentran actúan como si fuera una cosa corporativa, en plan: «Hola, ¿cómo te va?». Era una película acojonante. En fin, el caso es que Nacho venía del mundo del cine y estaba también hasta los huevos, no quería saber nada más de aquello, y así surgió Dirty Works.
A Nacho le gustaba mucho Larry Brown, y en concreto un libro suyo de cuentos buenísimo que había sacado Bartleby: Amor malo y feroz. Pero nunca volvieron a publicar nada más de él. Y me acuerdo de que Nacho me decía: «Si tuviese pasta, my friend, te cogía a ti de traductor y te pagaba para que me hicieses traducciones de Larry Brown para mí solo. Además en plan millonario: una edición de un solo ejemplar, una buena edición, con depósito legal y todo…» [risas]. Y al final es lo que hemos hecho, aunque lógicamente no sacamos solo un ejemplar. Pero el plan de la editorial siempre ha sido: «Vamos a traducir las cosas que nos gustaría leer y que no se traducen, pero haciéndolo para nosotros». El primer título de Dirty Works fue la primera novela de Larry Brown, Trabajo sucio, que gracias a dios da nombre a la editorial porque estuvo a punto de llamarse El Alambique [risas]. Eso hubiera sido ya la ruina. Dijimos tantas tonterías y tantos nombres para la editorial que al final optamos por llamarla «Trabajos sucios», en honor al primer libro que sacamos. Y ahora nos parece que Dirty Works no suena nada mal.
Empezasteis con una campaña promocional bastante fuerte, con vídeos y mucho merchandising.
Sí, desde el principio quisimos que la cosa tuviese buen aspecto, nos gusta mucho cuidar la estética. Nacho viene del cine y Rosa del diseño, así que nos basamos mucho en las páginas web de las series de televisión o de lanzamiento de alguna película. Queríamos que nuestra web tuviera una estética que no se pareciese a la de una editorial. Queríamos una editorial que se pareciese lo menos posible a una editorial, y de ahí surgieron dos blogs: uno de música que llevo yo, y uno de series que lleva Nacho. La idea es acompañar la salida del libro con contenidos adicionales. Si sacamos un libro de Larry Brown, también traducimos entrevistas que le han hecho o artículos que él ha escrito, para que todo sea un poco más completo.
Desde el principio queríamos hacer libros que nos gustasen mucho, que tuviesen una buena y bonita textura. Pero la distribuidora nos decía: «Sois muy sobrios, no metéis nada de fajas». La primera reunión con ellos fue surrealista, porque nos pusieron de ejemplo la mierda que hicieron con el libro de Agassi, que para la promo sacaron un álbum como de plastiquillo con una frase, no me acuerdo de quién era, pero era una horterada de dimensiones descomunales. Nos decían que hiciéramos eso, una faja en la que alguien reconocido recomendase los libros. Y luego, con las citas de atrás lo mismo, que si tenían que ser de gente conocida y tal. Con la coña esta de las fajas, yo propuse que para el próximo libro íbamos a sacar una con una frase de, por ejemplo, Álex de la Iglesia que dijera: «Cómo molan los Dirty Works, que te dejan al final del libro dos páginas negras de cortesía para limpiarte el culo» [risas]. Es que eso de las fajas no tiene nada que ver con nosotros.
También nos decían que, por lo menos, pusiéramos dentro del libro las cubiertas de los anteriores publicados, para que así se viera que teníamos un catálogo. Y tampoco pasamos por ahí. Qué puta obsesión de llenarlo todo con cosas, ¡pero si a nosotros nos gusta el negro!
Pero en alguna cosa habréis tenido que ceder.
No, ceder no hemos cedido en nada. Otra cosa es que no siempre hayamos podido elegir lo que más nos gustaba, por cuestiones económicas. Cuando estábamos eligiendo el tipo de papel que queríamos usar para nuestros libros, solíamos entrar en las librerías para toquetear las páginas de otras editoriales, para palpar así todas las texturas posibles. Era muy gracioso vernos, con estas pintas, toqueteando y olisqueando todos los libros [se levanta y empieza a toquetear extintores]. El día más surrealista fue en La Central de Barcelona, donde entramos un poquito tocados del día anterior, y nos fuimos desplegando por toda la librería, cada uno por un lado, como rodeándola. Cada uno tocaba sus libros, e íbamos avisándonos cuando encontrábamos un papel que nos gustaba, en plan: «Eh, tío, mira, ven, ven». Y el de la puerta de seguridad flipaba muchísimo, viendo a dos tíos tan grandes oliendo libros [risas].
Y sí, al final, por un tema de pasta, no hemos podido utilizar un papel a la altura del que queríamos, porque nosotros hemos empezado de cero, cero, cero. Poniendo cada uno lo poco que tenía ahorrado. Estamos ahora empezando a levantar el vuelo, pero todavía nos queda un poquito. De hecho, ninguno de los tres vive todavía de la editorial. Nuestro objetivo es que Dirty Works funcione algún día como La Felguera. Los dos primeros libros que publicamos están un poco dedicados a Servando Rocha, que es nuestro amigo, por todo lo que ha hecho por nosotros. Es el maestro, una máquina, no solo por lo bien que edita sino por el concepto que tiene de editorial y de vida. Nosotros queremos formar una familia Dirty. En nuestro caso un poco más disfuncional que la de La Felguera, pero familia al fin y al cabo. Desde el principio le hemos fusilado casi todo, diciéndole: «El papel que tú utilizas nos gusta, y te lo vamos a copiar. El de cubierta también». Es más, nosotros trabajamos con Kadmos, la imprenta de Salamanca, gracias a su contacto. Le decíamos: «¡Queremos ser como tú, Servando!». Es que funcionan muy bien, con toda esa secta que se ha generado en torno a ellos, que son gente muy fiel. Muchas veces sacan un libro y antes de que llegue a la librería ya han cubierto los gastos con la venta directa desde la página web, que es algo que nosotros también tenemos. Menos mal que es buena gente y no se enfada, porque les estamos copiando todo.

¿Cómo das abasto, siendo editor y a la vez traductor?
Sí, es verdad. Yo hago casi todas las traducciones. Algunas las ha hecho Tomás, que trabajaba conmigo en Acuarela y que es un traductor excepcional. Y ya le he tirado el anzuelo a Inga Pellisa para que traduzca a nuestra primera mujer Dirty, Bonnie Jo Campbell. Siempre nos decían: «Sois un poco masculinos, ¿no?», aunque solo lleváramos dos libros [risas]. Pero ya tenemos a varias autoras que, a su lado, Harry Crews se queda, vamos, como un niño haciendo la primera comunión.
Lo que pasa que este año hemos sacado seis libros, que para nosotros es un trabajo descomunal, porque los últimos han salido muy seguidos, y no nos ha dado tiempo de disfrutar de ellos. No hemos podido darle a cada uno su tiempo, su espacio. También vinieron dos autores de los seis que tenemos, de los cuales tres están muertos y uno no se sabe qué pasó con él. Pero a los dos vivos hemos tenido la suerte de traerlos a España y conocerlos en persona.
¿Cómo pudisteis montar eso?
Pues mirad, fue una cosa fantástica. Alan Heathcock, el de Volt, que vive en Idaho, iba a dar un curso en Francia, un taller de escritura, así que traerlo desde allí era muy barato. Le cogimos un piso en Madrid, y el tío encantado de venir. Cuando se enteró de esto Mark Richard se picó, y nos dijo: «Yo tengo muchas de conocer a Heathcock. He leído su libro y me ha gustado mucho», pero como vive en Los Ángeles le dijimos que nosotros no podíamos traerlo desde allí, que no teníamos presupuesto para tanto. Pero el tío nos dijo que se lo pagaba todo él, que necesitaba unas vacaciones. Y así fue. Se pagó el hotel, el viaje y todo lo que consumimos, que no fue poco [risas].
Mark estaba muy agradecido con nosotros, porque había abandonado un poco la escritura y el libro que le hemos publicado es de hace ventipico años. Le hacía mucha gracia que hubiese unos tíos en el otro lado del mundo que lo quisiesen recuperar. Estaba fascinado con nosotros, y nosotros en verdad teníamos el miedo típico de pensar: «¿Y si es un gilipollas?» [risas]. Pero resulta que estamos publicando gente con la que da gusto irse de cañas. Pero claro, con el peligro de que nos maten en el intento.
Con Mark tuvimos un día de sinceridad absoluta en la terraza del hotel donde se quedaba. Nos dijo: «Joder, esta es la mejor semana de mi vida y, ¿sabéis qué? Los derechos de mis otros libros, os los regalo». Nosotros le dijimos que mejor lo hablábamos mañana, cuando no estuviéramos borrachos. Nos dio apurillo y le dijimos: «No, lo hacemos bien, como hemos hecho este, porque al final esto son derechos de autor y tal». El tío entendió nuestro apuro y nos contestó: «Vale, vale, os entiendo. ¡Un dólar! Os lo vendo todo por un dólar». Y, efectivamente, así ha sido. Él decía que sabía que su agente le iba a matar, pero que le daba igual. Y ese mismo día nos compró entradas a todos para ir a ver la exposición de El Bosco, en el Museo del Prado, el día de la inauguración. No sé cómo lo hizo, pero lo consiguió. Fuimos allí en comandita con él y cuando estábamos a punto de pasar por el arco detector de metales, nos echa para un lado y nos dice: «¿Pensáis que dejarán pasar con esto?», y saca el tío un pedazo de cuchillo enorme. Y nosotros: «Pero Mark, ¿a dónde vas con eso?». Y nos contestó: «¡Es que soy de Louisiana!» [risas]. Pero lo más gracioso no fue eso, sino que al final entramos, le enseñamos el cuchillo al de seguridad, y va el tío y nos dice: «Sí, sí, no hay problema». Lo deja a un lado del arco, y tras pasar Mark, coge y le devuelve el cuchillo por el otro lado. Entonces, ¿para qué tanta parafernalia? [risas]. Y antes de irse nos compró un cuchillo a cada uno en una tienda de Madrid. Así que, aunque no soy de Louisiana, ya tengo mi cuchillo para cualquier eventualidad: para despellejar un caimán, por ejemplo, o lo que surja… Ahora no lo llevo encima, ¿eh? [risas].
Conocer a Mark Richard ha sido increíble. Ahora se dedica a hacer series de televisión en Hollywood. Se había ido a buscar localizaciones a México para una movida de zombis, y me recomendó una novela de César Aira que yo no sabía ni que existía. El tío es un crack. Nos ha escrito un prólogo para lo nuevo de Larry Brown que vamos a sacar, y eso que hace tiempo que dejó de escribir. Pero Mark conoció mucho a Larry Brown, fueron de hecho buenos amigos y tiene muchas anécdotas con él, muchas cartas. Estuvo en su funeral, porque Mark es predicador. Tiene su anillo oficial y todo. Ha oficiado tres funerales y una boda.
Casi al revés que la película.
Sí. Nos contó de hecho una anécdota con Larry Brown, en un funeral al que fueron todos, y al terminar, se llevaron las cenizas para esparcirlas por los pantanos de Louisiana, ya en la parte que pega al mar. Las mujeres habían prepararon todo, y se quedaron en la orilla. Y los hombres se montaron en una barquita de remos, con las cenizas, para tirarlas al agua. Pero en verdad iban todos borrachos, y de repente un tiburón empieza a circular alrededor de ellos. Y los tíos, borrachos como cubas, sin saber qué hacer. Hasta que Mark dice: «Tranquilos, que los tiburones estos no hacen nada. Si no tenemos nada de comida en el bote nos respetarán». Y uno de ellos empieza a ponerse nerviosete, y dice: «Yo sí llevo comida». Tenía el tío en el bolsillo un bocadillo de no sé qué [risas], y las mujeres, desde la orilla, viéndolo todo, preguntándose que qué coño hacían, porque al final salieron las cenizas volando, con el tiburón detrás [risas]. De ese nivel son las anécdotas de Mark.
De hecho, en el prólogo que nos ha escrito cuenta anécdotas de ese tipo. Tiene una foto en la que sale él bailando con Larry Brown en el garaje, los dos muy borrachos. A ver si la encuentra, porque me encantaría rescatarla. Por lo visto sus mujeres se odiaban. La mujer de Larry Brown siempre odió a la de Mark Richard, y la de Mark Richard a la de Larry Brown, porque cuando se juntaban eran, ¡uuufff! Me recuerda un poco a mi relación con mi socio, que somos muy de juntarnos a beber y que se te vaya, y que haya tiburones dando vueltas [risas].
Luego Mark Richard también conoció a Harry Crews. Coincidieron en Oxford, en el pueblo de Faulkner, porque durante unos años Barry Hannah —un autor que podría ser un futuro Dirty— organizó unos cursos allí de escritura sureña, y los invitó a todos. Sobre esto hay otra anécdota preciosa: a Larry Brown le flipaba Harry Crews. Lo admiraba muchísimo. A Mark Richard también le gusta Harry Crews, pero tampoco es que sea uno de sus autores favoritos. Un día, en uno de estos cursos en Oxford, invitaron a Harry Crews a dar una charla, y coincidió que Mark Richard estaba allí. Larry Brown se puso muy nervioso porque por fin iba a conocer a su ídolo. Fueron los dos juntos a buscarlo al aeropuerto, pararon a comprar cerveza —porque esta gente es muy de cerveza— y por lo visto, cuando llegaron al aeropuerto, se encontraron a Harry Crews giradísimo, en una de estas movidas que le daban. Fue en la época en la que se puso la cresta, y para Larry Brown fue muy decepcionante. Nos lo contó Mark: «Lo sentí mucho por Larry, porque realmente él le tenía una admiración brutal, y me dio mucha pena que el otro fuese como era».
Es que Harry Crews fue un personaje muy difícil. Cuando yo lo empecé a publicar en Acuarela todavía vivía. Kiko Amat y Miqui Otero lo querían traer para Primera Persona, el festival ese que se hace en Barcelona donde le hacen una entrevista y no sé qué. Kiko me llamó para que le diera un teléfono o una dirección donde poder localizarlo, porque iba a ir a Estados Unidos y quería aprovecha la visita para hacerle una entrevista, y le dije: «Mira, yo te lo voy a dar y te voy a decir lo que va a pasar. Te va a coger el teléfono él, en persona, y va a ser el hombre más amable del mundo, que para eso existe eso de la hospitalidad sureña. Te va a decir que sí, puede que incluso te pregunte por tu ciudad y por tu familia, y va a quedar contigo. Pero vas a ir y no va a aparecer», porque eso es exactamente lo que le pasó a un periodista francés, que quedó con él, fue a su casa, llamó a la puerta contentísimo… pero nadie le abrió. Harry Crews no apareció. Se tuvo que volver a Francia con todo pagado por la revista, y sin nada sobre lo que escribir. Salvo lo del plantón, claro. Le conté esto a Kiko y me dijo: «Ah, bueno. Entonces no me des el teléfono» [risas]. Y al poco se murió.
En fin, que este año sacaremos nuevo libro de Larry Brown y nuevo libro de Mark Richard —ese que nos ha salido «tan caro»—. Intentaremos sacar menos libros para centrarnos más en viajar, conocer gente, libreros, etc., que es algo que este primer año no hemos podido hacer.

De hecho estáis de turné con la furgoneta haciendo una especie de gira ibérica.
Sí, hemos empezado por el sur. Yo siempre cito la canción de Tom Petty de «Southern Accent» que cantó Johnny Cash, y que para mí será siempre una canción de Johnny Cash más que de Tom Petty. Johnny Cash es que ha robado muchas novias, porque cualquier canción cantada por él suena mejor que la original. Pero sí, la gira la empezamos en Málaga, en El Rincón de la Victoria, donde hay unos chavales que han montado allí una librería increíble: La Mínima. Son una pareja extraordinaria. Son maestros de circo, de los que dan clases a los hijos de artistas de circo. Tienen su propio carromato, con aulas para los críos. Llevan siete años viajando por España, y ahora han montado esta librería, casi a pie de mar. Es una librería-bar, la única librería del pueblo, y tienen allí un catálogo espectacular. Son supermajetes además. Fue curioso porque nos dijeron que si íbamos allí a presentar nuestro catálogo íbamos a vender un montón, y allá que fuimos. Cuando llegamos, empezó a entrar gente pero con una media de edad de sesenta años o así, y pensamos que íbamos a vender una mierda. Proyectamos un vídeo con todos estos gamberros haciendo barbaridades y decíamos: «Estos señores se van a asustar». Pero qué va, la gente superinquieta, preguntando muy interesada. Todos se fueron con un libro de Dirty Works.
Luego nos fuimos a Córdoba, invitados por Bandaaparte, que es una editorial hermana. Son muy amigos, y nos han estado acogiendo en su casa. Luego hemos venido con ellos para Sevilla, aquí al Bookstock, y luego iremos a Plasencia, Salamanca y Segovia, para visitar a las tres librerías que se han asociado bajo el nombre de «La Conspiración de la Pólvora». Y acabaremos en Albacete, en la librería Nemo, que son gente que desde el principio contactó con nosotros porque les gustaban muchos los libros que hacíamos, y nos pedían también nuestras camisetas y tal. Respondieron de puta madre, así que lo teníamos pendiente. Luego vamos a montar otra más por el norte, cuando nos recuperemos del sur.
Hasta eso lo estáis haciendo al revés que los demás, porque el primer terreno que se lanzan a conquistar las editoriales de nuevo cuño no suele ser el de las librerías.
Es verdad, pero al final el que vende el libro es el librero. Es el que te lo va a colocar bien si tú lo tratas bien. En todo este proceso de ir derivando el trabajo a otra gente, el librero es al final el que está a pie de calle, y es el que sabe lo que se vende en su librería y lo que no.
O sea, que os preocupa más estar en cualquiera de estas librerías que en la sección de novedades de El Corte Inglés.
Sin duda. UDL nos coloca muy bien en las cuentas grandes, porque ya tienen un canal de difusión, pero nos queda todavía mucho por llegar porque hay librerías en las que no estamos. También estamos ahí apretándole las clavijas a UDL porque, por ejemplo, fuimos a la librería más importante de Burgos y no sabían ni quiénes éramos. A UDL le estamos apretando para que lo hagan un poco mejor, pero nosotros, en lo que podamos, también tenemos que ir abriendo camino por otros sitios.
Al principio yo creo que UDL no nos supo vender bien, no sabían muy bien qué hacíamos. También es verdad, y supongo que es normal, que todo el mundo tiene preferencias. Ellos venden mucho mejor los libros de Rey Lear, de Periférica, ese tipo de cosas. Eso sí saben venderlo muy bien, pero nosotros tuvimos con ellos al principio nuestros más y menos, porque no sabían lo que éramos. En una reunión con ellos cometieron un error muy grave. Hicimos un vídeo promocional con Ignatius Farray, que es amigo de toda la vida, un vídeo que teníamos colgado en nuestra web desde hacía tiempo, y la chica de UDL nos dijo un día: «Ayer vi el vídeo con el humorista ese». Y entonces le dije: «¿Me estás diciendo que llevamos un año trabajando juntos, y que ayer entraste por primera vez en nuestra web?». Mal. La verdad es que nos está costando mucho que nos muevan bien.
Luego también hay gente que piensa que estamos especializados en novela negra, porque como los libros son de color negro, pues novela negra. Incluso una de las subdelegadas de la distribuidora también nos quería vender en las tiendas de cómics y tal, como si fuéramos unos fanzineros. Si vendes así nuestro producto, pues el sesenta por ciento de las librerías no van a querer nuestros libros, porque… ¡que no coño, que no somos fanzineros!
Pues aprovecha ahora: ¿cómo os gustaría que os vendieran? ¿Con quién queréis que os identifique la gente?
Nuestra línea editorial se mueve en el terreno del gótico sureño posmoderno. Aunque aquí todo lo inventó ya Flannery O’Connor. Todos nuestros libros son muy hijos de ella, y de Faulkner. Son como mamá y papá.
Pero sí, tenemos que aprender a vender mejor la idea de quiénes somos. A lo mejor hemos fallado en eso y no hemos sabido transmitirlo bien, de ahí lo de viajar y conocer a la gente en persona. Por eso hemos montado un vídeo donde recogemos entrevistas a Harry Crews y a Larry Brown, para que la gente vea quiénes somos.
Y en prensa, ¿qué impacto habéis tenido?
La verdad es que nos han tratado de puta madre, porque toda la gente que ha hablado de nosotros ha hablado bien. No hemos tenido por ahora ningún problema, aunque también es verdad que lo que ha salido en prensa ha sido muy puntual, de cuando hemos publicado alguna novedad y tal…
Luego están los blogueros, claro, donde hay gente para echarle de comer aparte. Gente que se está haciendo gratis una biblioteca de libros por la cara, que te escriben y te dicen: «Oye, ¿me puedes mandar los seis libros que habéis sacado, que tengo que hacer una reseña en una página que tengo y tiene no sé cuántos miles de visitas?». Cuando estaba en Acuarela los enviábamos siempre, porque picas y lo mandas a casi todo el mundo. Pero cuando ves las mierdas de reseñas que te hacen, dices: «Mira, no, cómpratelo». Yo hago un blog de música y no voy pidiendo los discos a la gente. Te los mando si realmente te curras tu texto. No te estoy diciendo que me pongas bien. Ponme a parir si quieres, y si lo haces con gracia y con sentido, y te lo curras, pues de puta madre. Pero si no, prefiero regalarle el libro a un librero que a uno de estos figuras. Así que esta es la asignatura pendiente.

Vuestros libros plantean un universo muy concreto. ¿Qué recomiendas tú para empezar con Dirty Works?
Yo creo que deben empezar por Trabajo sucio. Los libros hablan entre sí porque tienen un poco que ver unos con otros: este conoce a este, o aquel a tal. Y eso que Trabajo sucio no es el más digerible de los seis que hemos sacado hasta la fecha. Quizás el más asequible sea la autobiografía de Óscar Zeta Acosta, que como está ligado a la película Miedo y asco en Las Vegas y se trata de un personaje un poco más conocido, pues se puede tener una referencia más clara de él. Con ese libro sí que hicimos una pequeña concesión al «fajismo» pero sin poner faja. Por detrás, en la contra, pusimos una cita de Benicio del Toro hablando de quién es este señor. Intentamos incluso ponernos en contacto con él, pero al final no pudimos. Como seguramente rescatemos el otro libro de Acosta, nos encantaría sacarlo con un texto de Benicio del Toro sobre cómo fue interpretar a Zeta Acosta en la película.
Después de Trabajo sucio, yo recomendaría Volt, que para nuestra sorpresa no se ha vendido tanto como esperábamos, ya que era el libro más premiado de todos los que hemos sacado. Ha sido también muy recomendado por Donald Ray Pollock, que le hizo la crítica en el New York Times. Además Heathcock es un autor con una proyección muy potente ahora en Estados Unidos. Está acabando su novela, de casi seiscientas páginas. Me contó un poco de qué iba, y tiene una pinta increíble. Lo comparan mucho con Cormac McCarthy. A mí Volt es el que más me gusta, por cómo ha quedado de diseño y todo eso. Tenemos la suerte de que, a pesar de que no se ha vendido como esperábamos, ahora están haciendo una adaptación cinematográfica del primer relato del libro, y Heathcock está metido también en el guion. Va a ser una película muy potente. Nos contó los actores que se estaban barajando para el protagonista y eran nombres como Tom Hardy, Leonardo Di Caprio… y en seguida nos dijimos: «¡Joder, a ver si la hacen pronto y ahí sí que ponemos una faja!» [risas]. Eso nos daría un subidón, la verdad, y eso que parece que hacemos las cosas como si no quisiéramos ganar dinero. Por ejemplo, de Larry Brown vamos a sacar ahora Padre e hijo, su tercera novela. Nos hemos saltado una, y mucha gente nos pregunta que por qué, y la razón es que se acaba de hacer una película basada en el libro que ha tenido mucho éxito: Joe. Para colmo la peli es buenísima, con Nicolas Cage.
Hablando de Nicolas Cage, como abogado vuestro os recomiendo dos páginas de Facebook: una que se llama «Nicholas Cage es todo el mundo», en la que se ve al tipo haciendo de cristo crucificado, de Blancanieves, de lo que sea… es la hostia; y otra que se llama: «La misma foto de Jeff Goldblum todos los días», que también es espectacular.
El catálogo de Dirty Works presenta ciertas similitudes estéticas con la colección «Al margen» de Sajalín. Quizás ellos están más centrados que vosotros en la literatura de rescate, porque en vuestro catálogo al menos se pueden encontrar escritores vivos. ¿Es esta la línea editorial que queréis seguir explotando?
No. Nuestro funcionamiento consiste en que yo me pongo a bichear, y voy leyendo y encontrando, pero no es buscado. Es verdad que desde el principio nos han relacionado con Sajalín, pero creo que somos diferentes. Yo a Dani lo conozco desde hace tiempo. De hecho participamos los dos en un combate cuerpo a cuerpo entre Edward Bunker y Harry Crews (ganó Harry Crews, por cierto). Por otro lado, Bunker es un autor muy Dirty.
Ahora va a salir otra editorial que tiene muy buena pinta, con una estética muy cañera, y creo que va a estar en la misma línea que nosotros. Se llama Underwood, y van a empezar publicando Fat City. Está bien que haya editoriales así. Ahora bien, hay mucho hijo de puta en el sector editorial, hay muchos buitres. Sobre esto, Marta, mi chica, siempre me echa la bronca y me dice: «¡No digas nada!». Con los amigos, por supuesto, me llevo bien, pero creo que amigos de verdad solo tengo a Dani de Sajalín y a Servando de La Felguera. Son de los pocos. Porque luego a mí me han hecho cosas muy feas en este sector.
Cuéntanos alguna.
Llevábamos ya publicados dos libros de Harry Crews en Acuarela, y estaba en la imprenta, a punto de salir, el de Una Infancia. Me llamó alguien que yo pensé que era mi amigo, que era buena gente, y me preguntó si íbamos a publicar ese libro. No diré de qué editorial es, pero el caso es que le dije que sí, y que se lo mandaba, porque al día siguiente salía de imprenta y estaba de puta madre. Ni siquiera me agradeció el gesto de habérselo mandado, y me enteré por otra gente que había alguien que había estado buscando publicarlo. Y resulta que era él. Las cosas no se hacen así. Si me lo hubiera dicho a la primera, le habría contestado: «Tío, yo no soy el dueño de Harry Crews, pero por lo menos dímelo». Dime que vas a sacar un libro de Harry Crews y yo te diré: «Ole tus cojones». A mí qué más me da, si hay un montón de autores. A mí no se me va a ir esto al garete por eso. Si lo sacas tú, yo saco otro. ¡Si hay un montón! Lo que pasa es que hay mucha gente que no trabaja. O sea, que no lee, que solo publican lo que les mandan las agencias o los libros recomendados por gente que lee para ellos. Nosotros, como buceamos y nos metemos ahí en el lodazal, pues encontramos un montón de cosas.
A ver, en este círculo de las editoriales independientes el ambiente es diferente. Hay buen rollo entre los que más o menos solemos vernos en las ferias y tal, pero también hay cada… ¡uff! En fin, que para tener amigos hay que irse a otro lado.
Hablando del ambiente entre editoriales, con Valdemar siempre habéis tenido buen rollo, ¿no?
Sí, a Rafa hay que meterlo en el grupo de amigos, es verdad. Y eso que lo conozco hace no mucho, pero desde el principio le ha gustado nuestra editorial. Le daba al «me gusta» a todo, y cuando lo conocí en persona descubrí que es un tío excepcional. Desde entonces, cada vez que sacamos algo, él hace una publicación con su muñequito de pincho al lado, y se nota que la gente le hace caso. Estamos superagradecidos.
Antes he citado a los editores que considero amigos; es decir, que si no fuesen editores seguirían siendo amigos. Y decía que no hay caballerosidad en este negocio, y que hay mucho hijoputismo, pero lo peor que tiene nuestro sector editorial son los dinosaurios, que deberían extinguirse ya con la última glaciación. Las editoriales que eran independientes hace años se han convertido ahora en una puta mierda. Como Anagrama, sin ir más lejos. Toda esa gente tiene ya que empezar a dejar espacio a lo que viene, que es muy fuerte y está dando vida a las librerías.

¿Tenéis en mente seguir con Harry Crews?
Sí, sí. Y no solo seguir con él, pues sacaremos uno nuevo este curso, sino recuperar los que ya traduje para Acuarela y Machado. Me gustaría hacerlo cuando ya tengamos tanto dinero que nos de igual sacar un libro u otro. Larry Brown y Harry Crews lo van a acaparar todo.
¿El que salió de Larry Brown en Bartleby también lo reeditaríais?
Pues me encantaría. Lo que pasa es que la historia de ese libro es la historia del tesón del traductor. Existe porque el traductor lo quiso. En el prólogo al libro explica cómo fue su aventura. Descubrió a Larry Brown en un viaje que hizo a Estados Unidos, lo tradujo por su cuenta y mandó su traducción a un montón de editoriales. Y todos se la rechazaban. Hasta que llegó a manos de Bartleby, que lo publicó gracias a que el traductor dio el coñazo. Lo mandó como a treinta editoriales y ¡joder! A mí no me llegó en ningún momento, ¿eh? [risas].
Hablando de traducciones, ¿por qué los traduces tú casi todos? ¿Porque no quieres soltarlos o porque si no no sale rentable la cosa?
La opción B [risas]. Es que si no no hubiésemos podido sacar los libros que hemos sacado. Está siendo duro sacar esto adelante, porque claro, yo no cobro las traducciones. No me voy a pagar a mí mismo. A Tomás le pedimos que nos echara una mano con uno porque yo ya no daba abasto. Pero hombre, a Harry Crews y a Larry Brown me gustaría seguir traduciéndolos yo. Y creo que está bien además, que cuando un traductor le ha pillado bien el punto a un autor siga traduciéndolo él.
Estaba hablando antes con Raquel Vicedo de las malas traducciones y le decía: «Tendríamos que tener una lista negra de traductores para así no comernos los marrones». Hay cada traducción por ahí de flipar, y eso te puede reventar un libro porque al final es otro acto de fe más: «¿Estoy leyendo este libro o lo que alguien se ha inventado?». Y no hablo solo de estilos, sino de cosas literales.
Recuerdo que a nosotros nos tradujeron una vez la expresión cold turkey (el mono, síndrome de abstinencia), como «pavo frío». Así tal cual, hicieron una traducción literal, y eso son mierdas que al lector le sacan de la lectura. Yo leo el libro antes y, claro, cuando luego leo una traducción me remito a las sensaciones que he tenido al leerlo en inglés. Eso me ha pasado con un libro que íbamos a sacar, que al final no lo sacamos porque la traducción era… en fin. Cuando la leí, para nada me daba la sensación que me había dado el libro al leerlo en inglés. Me pareció hasta aburrido, y me preguntaba qué cojones había pasado ahí.
¿Eso lo haces con todos los libros que editas, los traduzcas tú o no?
Sí. Recuerdo que estando en Acuarela tuvimos que pagarle la traducción a un tipo, decirle que sí, que estaba muy bien, y luego lo retradujimos entero, porque no había por dónde cogerlo.
En el blog que tenías en Acuarela colgaste una vez un texto académico en el que te habías basado para enfrentarte a la traducción del inglés sureño.
Es que la literatura sureña es muy complicada de traducir. Tú coges traducciones de Faulkner de los años setenta u ochenta y ves que lo castellanizan todo. Por ejemplo, John es Juan. Y luego, cuando ves los diálogos, parecen los tíos extremeños [risas].
Sobre Cuerpo, el primer libro que publicamos de Harry Crews, hay estudios relacionados con el lenguaje que se usa en la novela. Sobre cómo Crews subvierte el lenguaje para que suene como habla la gente. Allí hay muchos que hablan como los de Rústicos en Dinerolandia. En esa novela sale un negro con un acento muy marcado, y Harry Crews lo distingue al escribir. Y claro, en la editorial nos planteamos cómo íbamos a hacerlo. Al final nos inventamos una fórmula que más o menos reflejaba esos detalles, distinguiendo los diferentes acentos. Quedábamos los tres de Acuarela, con una botella de whisky, o con cerveza, y nos poníamos a leerlo en voz alta, y luego jijiji, jajaja, y así fue como se tradujeron esos diálogos. Porque al principio parecían andaluces, luego parecían cubanos… [risas].
Por ejemplo, el libro que ha sacado ahora Malpaso escrito por un jamaicano lo ha traducido Javier Calvo, pero la parte en jamaicano la ha hecho Wendy Guerra, traduciéndolo todo al cubano. En uno que sacamos nosotros de Harry Crews también había un jamaicano y, hablando con Tomás Cobos, que es el que más sabe de reggae y de Jamaica del mundo, le dijimos: «Tú que tienes amigos jamaicanos, ¿tienes alguno que viva aquí en Madrid para oírle cómo habla español, para ver si…?». Y lo hacemos así, buscando ese tipo de cosas hasta encontrar la mejor solución, porque si no suena todo simplemente a paleto. Como los negros de las novelas de Faulkner, que traducidos son… ¡Como si bastase con quitar la ese del final de las palabras! Así puede funcionar para un determinado personaje, pero no para todos. Suenan a paletos pero a lo mejor no lo son. Son gente del sur, y tienen un acento muy especial, y es complicado, la verdad. Porque los libros que sacamos nosotros son todos del sur de los Estados Unidos, y Harry Crews es autor muy cabrón para traducir.
Llegó la hora de la pregunta del millón: ¿qué libro clásico se te ha atragantado?
Os he leído esta pregunta en varias entrevistas y traía la respuesta preparada: no tengo ni puta idea. Yo siempre me acabo los libros. No sé si será porque soy idiota o porque tengo un sentimiento judeocristiano de culpa. Os puedo contar, a cambio, la experiencia lectora más desoladora que he tenido en mi vida, de un día que me fui a Nueva York con un puto libro de Antonio Muñoz Molina: Ventanas de Manhattan. Empecé a leerme ese libro y, en serio, me quería ir de Nueva York [risas]. Tal cual, ¿eh? Porque hay cosas de las que uno habla y aunque estén mal contadas siguen molando. Pero es que ese libro me transmitió un tedio que me hizo que me pareciera fea la ciudad, sin nada de glamur, me olía todo a aceituna… [risas]. Es el peor libro que he leído en mi vida. Además me pillé gran rebote leyéndolo, porque, ¿a mí qué cojones me importa que tú estés dirigiendo El Cervantes en Manhattan? ¡Qué coñazo tío! ¡No le des a eso una importancia que no tiene! Así que fue un error muy grande, porque me lo llevé pensado que era un libro muy molón y al final me jodió el viaje. ¡Qué hijo de puta! [risas].

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Imagen vía Antena 3
El 26 de junio de 2014 Diego "El Cigala" armó uno de los cristos televisivos más memorables de la década. Su demencial participación en "El Hormiguero", fruto de un estado alterado que convirtió Twitter en un desfile de teorías sobre qué había tomado antes de entrar en plató, llegó incluso a mosquear a Pablo Motos, sobrepasado por las reacciones imprevisibles de un invitado que no parecía dispuesto a seguir el guión pautado.
Hay que entenderlo: "El Hormiguero" es un programa para todos los públicos, en especial el más joven del target comercial, y aquella imagen de rock star pasada de vueltas y totalmente desfasada contradecía el espíritu del espacio y ponía en peligro su estatus de producto blanco y limpio.
Pero la cosa funcionó. Muchos aún recordamos aquello como uno de los episodios más desternillantes de la televisión reciente, y el propio Motos así pareció entenderlo cuando el 28 de mayo de 2015, en su regreso al programa tras aquella noche histórica, el propio presentador le recordó los greatest hits de su aparición estelar. Y no solo eso, sino que "El Cigala" demostró que lo de aquella intervención dantesca no había sido casualidad ni fruto de la improvisación: por segunda vez consecutiva, el cantaor volvió a provocar todo tipo de reacciones en Twitter. Unos se quejaron indignados; otros, por el contrario, pedían "el número de teléfono del camello de El Cigala".
Y así es como un incidente inesperado se ha acabado convirtiendo en un running gag con síntomas de agotamiento. Gag que ayer vivió su tercera entrega, indudablemente la más contenida y autoconsciente de las tres.
El Cigala demostró que podías derrumbar de un plumazo el concepto televisivo de "El Hormiguero"
Desde el momento en que el artista admitía haberse "tomado ya un par o tres de copas" para justificar sus movimientos y ademanes, un guiño a los que le acusaron de ir mamado o fumado, ya tenías claro que se había perdido parte de la magia de las dos veladas anteriores. Ayer "El Cigala" estuvo mucho más cerca de la autoparodia que del subidón incontrolable, y eso se notó de forma clara en el programa. El cantante sigue teniendo gracia, pero no es lo mismo que antes: ahora se limita a seguir las pautas marcadas por Motos, que ató en corto al invitado señalándole qué anécdotas tenía que contar, cuándo tocaba un chiste sobre gitanos o cuándo había que ponerse más serio y solemne.
Lo de menos es si ayer se había tomado una copa de más o si en su primera visita al programa se había excedido con la medicación. Hay decenas de artistas que han pasado por platós de televisión puestos hasta las cejas y ni tan siquiera nos hemos enterado; o incluso algunos que pese a ir más dopados que Lance Armstrong nos han aburrido como a una ostra.
El tema de fondo, lo que verdaderamente me fascinó de todo esto en su momento, es que El Cigala demostró que podías derrumbar de un plumazo el concepto televisivo de "El Hormiguero". Un programa guionizado hasta el mínimo detalle, incluso basado en la repetición de ensayos previos, y siempre custodiado por su presentador, vio cómo hasta en dos ocasiones un cantaor convertía su esquema inamovible en un caos incontrolable.
Especialmente en su primera visita de esta trilogía: aquella noche vimos el miedo en los ojos de Pablo Motos, el canguelo indescriptible de quien no sabe si podrá reconducir la situación, el rictus de pánico de quien teme que todo se vaya al garete.
Lo que no tiene tanta gracia es ver a Pablo Motos plenamente integrado en esa dinámica, seguro de sí mismo y relajado, consciente de que ha conseguido amansar a la fiera
Ayer, por el contrario, nos encontramos a un Cigala comedido, suave, poco estridente. Domesticado. ¿Previsible? También. Y por mucho que en Twitter se siguieran haciendo las bromas de hace dos años, y la gente siguiera insistiendo en qué tipo de substancias toma antes de entrar en directo, a mí me pareció su versión más contenida. "El Cigala" de ayer era un straight edge radical fan de Earth Crisis comparado con el de la primera visita, para entendernos. Sí, hizo el show, rió a carcajada limpia, se movió sin parar y ofreció el espectáculo habitual, pero por el camino se ha perdido aquella chispa inicial que nos ponía burros. Le disfrazaron de indio sioux, estiraron el chicle de "Atrássss", volvieron a hablar de su tío Tito, imitó el acento colombiano y dominicano, no entendió por qué una de las hormigas ahora está obesa (como es lógico, no está al tanto de quién es Petancas) y nos regaló un nuevo intento de hit con "Cigalalízate"...
Pero no fue lo mismo. Reímos porque el tipo hace gracia sin tan siquiera pretenderlo, porque a fin de cuentas Diego El Cigala es un tipo rotundamente gracioso y divertido diga lo que diga. Lo que no tiene tanta gracia es ver a Pablo Motos plenamente integrado en esa dinámica, seguro de sí mismo y relajado, consciente de que ha conseguido amansar a la fiera y que él y su equipo de guionistas son quienes mandan en ese plató, y no un cantaor pasado de vueltas.
Echémosle la culpa al impacto inmediato y arrollador de las redes sociales, que lo amplifican todo hasta el infinito, a la difusión que consiguen los medios digitales especializados en televisión, a un manager prudente o a un presentador con ganas de tenerlo todo bajo su control, pero es evidente que, entre todos, nos hemos cargado el gag.

Fotografía de Fran Russo cedida por la familia de Yoshiro Tachibana.
«Lo que intentaba era dar felicidad a la gente. Él sacaba lo mejor de sí y lo plasmaba con formas y colores luminosos. Y siempre decía: “¡Vive, vive!”. Fíjate en aquel cuadro de allí, qué intensidad…», Paz Puertas habla apresuradamente, sin espacio apenas para el aliento. Señala las pinturas de su marido como quien señala un horizonte al atardecer o un ave muy extraña, es decir, con admiración. Su esposo era un artista, «un hombre del Renacimiento», que pintaba para la gente que amaba la luz, un anómalo creador que encontró en Muxía un buen refugio para vivir los días. Hace solo unos pocos meses, el pintor japonés Yoshiro Tachibana (Kobe, 1941 – Muxía 2016) fallecía en su vivienda encastrada en el monte O Corpiño. Nino, como le llamaban todos aquellos que le querían, forma ya parte del patrimonio cultural de Muxía, una pequeña población pesquera coruñesa, cercana a Finisterre.
El periplo europeo
La biografía de Yoshiro está repleta de azares desde el mismo día de su nacimiento: el pintor que buscó constantemente la paz incluso en el nombre de la mujer con la llegó a casarse, nació solo una semana después de uno de los episodios bélicos más insignes de nuestro tiempo, el feroz bombardeo sobre Pearl Harbour. Su infancia se desenvolvió entre el hambre de la posguerra y el desfile de soldados norteamericanos. Confiando en los genes —Nino era hijo del pintor y catedrático Nakaba Tachibana— pronto se dio a la pintura. El mismo año que estrenaba mayoría de edad, inauguraba su pasión por Cézanne y Van Gogh. Dos años después, en la Escuela de Bellas Artes de Tokio, comienza a vibrar con la obra de Paul Klee. Un temblor que le duró hasta el final de sus días. Pero en Tokio encontró algo más: «Fue a Tokio a estudiar pintura pero se encontró con el flamenco. Fundó la peña flamenca Nana y conoció a los artistas españoles más importantes del momento: Marisol, El Habichuela, etc…», cuenta Taro Tachibana, uno de los tres hijos del pintor.
En el simbólico año 1968, fecha que conmocionó al mundo y que todavía sigue despertando nostalgia para quienes la vivieron, Nino se incorporó al grupo de pintores anarquistas Bandera Negra. Con ellos combatió, a través del arte y de la reflexión, para que cesara la Guerra de Vietnam. Los cinco años posteriores, desde 1969 hasta 1974, Tachibana no dejó de viajar: Rusia, Hamburgo, Oslo (donde se fascina con las pinturas de Edward Munch) o Kiel (donde conoce la obra de Emil Nolde) son solo algunos de esos lugares. Nino ejerció entonces todo tipo de trabajos: desde Dj en un barco noruego hasta cocinero en un restaurante alemán.
En aquel tiempo también hizo su primer viaje a España: «Partió de Toledo y para ir a Andalucía se fue a comprar una bicicleta», cuenta Taro. «Lo que él no sabía es quién era la persona que se la había vendido». No era otra que Federico Martín Bahamontes, el mítico ciclista español que ganó el Tour de Francia de 1959. En Andalucía se reuniría con la familia Habichuela y pintaría los paisajes, señoríos y mayorazgos de Villaharta. La siguiente ocasión que Nino visitó España, decidió quedarse en ella: «En principio, él vino a España atraído por el flamenco, no por Galicia», apunta Paz. Encontró en Galicia una región extraña, melancólica y silenciosa que le recordaba a su tierra natal: «Yo creo que los japoneses se parecen a los gallegos; ellos son más refinados y sofisticados que nosotros, pero nos parecemos».
Hijo ilustre de Muxía

Fotografía de Fran Russo cedida por la familia de Yoshiro Tachibana.
Muxía late a otro ritmo. Una velocidad disímil que, lejos de los vaivenes y chirridos de las ciudades, se impone en este pueblo de poco más de mil setecientos habitantes. A Muxía han acudido regularmente peregrinos que perseguían el misticismo más limpio, la paz más certera, la tranquilidad más ansiada. Uno de esos peregrinos fue Nino: «Un japonés en la Muxía de 1974 era como un extraterrestre», afirma Taro. Fue un amigo de Nino, el pintor Fuji, el que le sugirió entre dos localidades: Muxía o Laxe. Se decidió por la primera y, sin saberlo, llegó el día de la Romería de la Virgen de la Barca, la fiesta más importante de la Costa da Morte. Es fácil imaginar al veinteañero japonés deslumbrado por las notas bulliciosas y optimistas de los mozos que, a golpe de bombo y gaita, vibran de algarabía y jaleo. «Los gallegos tenemos mucha más intensidad que los andaluces porque somos más controlados. Él llegó y vio todo eso: las lucecitas como un paraguas, la gente corriendo a la Barca los tullidos…», relata Paz con los ojos repletos de chispas.
Nino llegó en el mítico autocar Celta, el único que por entonces conseguía arribar hasta aquella localidad. Durante el trayecto conoció a Santiago, el que después iba a convertirse en su cuñado. «Ser extranjero en tiempo de Franco no era fácil pero la gente lo aceptó desde el primer minuto. No sé el motivo. Tal vez por su personalidad y porque Nino traía cosas nuevas», afirma Javier Puertas, el otro cuñado de Tachibana. En Muxía conoció a Paz, una orensana que veraneaba en esta localidad. Juntos tuvieron tres hijos: Taro, Ziro y Namia. Ninguno se hizo pintor.
La familia Tachibana conversa y recuerda a Nino en la misma casa que él construyó. Los vecinos le ayudaron a subir los materiales hasta la colina que acogería un hogar en el que plasmaría toda su filosofía. «Al principio todo esto era piedra y aloe vera. Ahora mira, es casi un bosque, repleto de árboles y florestas», señala su hijo Taro. La capacidad que tuvo el pintor de esculpir el paisaje como si cincelara mármol fue realmente asombrosa. «Todo lo que tenía se lo gastaba en árboles. La naturaleza la vivía intensamente con su gran dedicación. Siempre decía que él nunca le fallaba a los animales ni a las plantas», explica su viuda. «Cuando cortábamos las ramas de árbol sufría y nos reñía, no nos dejaba podarlos», confirma su hijo. Su perro siempre le acompañaba al subir el monte o cuando se convertía, de pronto, en un explorador y surcaba los mares con el bote de madera que él mismo se había construido: «Es curioso, su perro agonizó y murió al mismo tiempo que Nino. Estuvieron diecisiete años juntos», revela María Jesús Pedrido, amiga de la familia.
La pintura de Nino

El guardián del agua sagrada, de Yoshiro Tachibana.
El estilo de Yoshiro Tachibana mezclaba la abstracción y la figuración basadas en el minimalismo, el concepto de vacío, el primitivismo salvaje y la iconografía medieval. Poseía una mística maravillosa que tenía como inspiración la naturaleza y luz de su entorno. «La mujer es luz. Por eso retrato mucho el carácter femenino en mis cuadros», afirmaba el pintor. Y, en efecto, tal y como indica su mujer Paz, «la mujer y, sobre todo, la niña era lo primero para él; con cada niña que pintaba, se estaba pintando él mismo».
En su mesilla de noche siempre tenía una obra clásica que le obsesionaba, el llamado Beato de Facundo o Beato de Liébana, un manuscrito iluminado del siglo XI que lleva el nombre de su copista, Beato de San Isidoro de León. «No consigo el rojo de Facundo», recuerda Paz que le gritaba Nino nervioso cuando observaba el rojo vivaz de la ilustración del Apocalipsis de San Juan que contenía la obra. Pintaba con piezas de Bach, Mozart o Albinoni de fondo. «Tuvo una época en la que escuchaba mucho a Chavela Vargas, cuando quiso visitar México, y, por supuesto, el flamenco de Camarón o de Pericón de Cádiz», recuerda Paz, al tiempo que sonríe rememorando a su hija Namia en Kobe, bailando flamenco con el kimono puesto. Le gustaba cocinar el pulpo y el pescado. Echaba de menos el arroz blanco de su tierra a la que volvía cada dos años para no acumular morriña. Nunca pudo acostumbrarse a las comidas con pan.
Nino vivió el desastre Prestige como una de las grandes tragedias de su vida. Una de sus obras, El guardián del agua sagrada, homenajea a los voluntarios y recuerda esta catástrofe medioambiental. «Ahí puede verse un ser gigantesco que protege a la madre tierra, alejando con furia a la civilización actual del petróleo», explica su viuda.
En 1987 hizo un viaje a Sri Lanka para empaparse del budismo primitivo y volver al origen, recuperar el instinto más puro del hombre para pintar como un niño. Él mismo, como profesor de dibujo en Muxía, se encargó de transmitir a los más pequeños una sencilla lección: pintar con la creatividad, imaginación y libertad de un niño. «Todos fuimos a clase de pintura con él. Toda una generación lo recuerda como el mejor profesor del mundo», afirma Lisi Búa, otra vecina muxiana. Nino murió en familia, rodeado de naturaleza, sin estridencias ni focos, exactamente del mismo modo que había vivido. No en vano su apellido ya le sirvió de guía: «Tachibana significa en japonés “naranjo silvestre”», explica Paz. Nino, el poeta de la naturaleza. El pintor salvaje.

Fotografía de Fran Russo cedida por la familia de Yoshiro Tachibana.
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Esta semana hemos recibido un impacto con la noticia de la muerte de Steve Dillon. Creador gráfico de Predicador, corresponsable de la mejor etapa de Punisher, dueño de un estilo único y distintivo y colaborador excepcional de guionistas como Garth Ennis, la ausencia de Dillon deja un vacío que al comic mainstream le costará superar.
En nuestro post colectivo de hoy hemos desempolvado algunos de los mejores momentos de la carrera de Steve Dillon o, al menos, algunos de los que más nos han impactado. En todos notaréis elementos comunes: la economía de medios, el humor soterrado, la precisión gráfica y expresiva... Sirvan estos pocos ejemplos como el recuerdo canino al responsable de algunos de los mejores tebeos de los últimos años.

Steve Dillon pertenece a ese grupo de dibujantes británicos de línea no ya trazada, sino delineada. Como el Dave Gibbons de Watchmen o el Brian Bolland de La broma asesina, Dillon sólo pasaba el lápiz donde había que pasarlo, donde definía el límite de una figura. Son dibujantes que ni añaden manchas o ruido para ser más expresivos (como haría Bill Sienkiewicz), ni omiten elementos para ser más elegantes (como Frank Quitely y sus fondos vacíos). En el caso de Dillon, la ausencia de sombras, de masas de negro, hacía que sus personajes incluso pareciesen estar a medio camino del dibujo animado y el realista. ¡Y menudo dibujo animado!
Me explico. En la serie limitada de 12 números Bienvenido a casa, Frank, Garth Ennis llevaba al Castigador a un lugar inédito. La tecnología de ciencia ficción y los villanos mutantes que nos volvían loquitos en los noventa eran cosa del pasado. El Castigador pasaba a ser un psicópata que se cargaba a mafiosos “de pacotilla” (¿dónde estaban Puzzle, Kingpin y los demás?) utilizando armamento de pacotilla (¿sólo rifles y granadas?). Y encima había chistes. Chistes. Steve Dillon encajaba perfectamente ahí. Cuando el Castigador le parte el cuello a Eddie Gnucci, vemos perfectamente qué ha pasado con cada vértebra. Sabemos lo profundo que ha entrado un puñal en el cerebro de un matón de Bobbie Gnucci. Sentimos lástima por el malnacido de Carlo Gnucci llorando como un crío cuando cae al vacío. Y al mismo tiempo, nos reímos de lo patéticos que son los mafiosos a los que tritura Frank Castle con sus propias manos. ¿Dibujos animados? Steve Dillon hizo el mejor tebeo de acción con un estilo de dibujo animado. Y eso es algo digno de ver. Pablo Vicente

Resulta complicado elegir un momento concreto en la carrera de un dibujante como Steve Dillon. No es que fuese extremadamente prolífico, pero su trayectoria ha sido inusualmente sólida para un autor afincado en lo mainstream, produciendo página tras página sin apenas altibajos y con una coherencia narrativa más propia de un autor que de un artesano acomodado a las exigencias del mercado. A pesar de alcanzar el éxito y llegar al gran público bajo sellos editoriales norteamericanos, su peculiar grafismo europeo forjado en las páginas de 2000AD jamás se vió comprometido o adoctrinado. Una serie dibujada por Steve Dillon era garantía de frescura, personalidad y diversión.
Personalmente, la característica que más me fascina de su obra es el equilibrio. Su arte presenta una fachada hierática bajo la cual se oculta un universo visual tremendamente expresivo, lleno de personajes con los que el lector logra empatizar al primer golpe de vista. Esta inteligente treta estilística también la aplicaba a sus diseños de página, a su narrativa, pues Dillon jugaba constantemente con la combinación de lo estático y lo dinámico para generar contrastes y cambios de ritmo, lo cual lo convertía en un autor especialmente adecuado para el humor de Garth Ennis.
Y esto nos lleva a Herr Starr, el gran villano de Predicador. Parémonos un momento a pensar en el enorme reto de tener que dar vida a un personaje equivalente al Coyote del Correcaminos, que sufre derrotas y mutilaciones constantes como si de un running gag se tratase y que a pesar de todo siga resultando carismático y amenazante en todo momento. Dillon no solo lo logró, sino que a través de su juego de contrastes hizo de Herr Starr un antagonista inolvidable, capaz de hacernos pasar de la carcajada a la compasión en cuestión de segundos y protagonista absoluto de algunos de los momentos más divertidos que recuerdo haber leído en un tebeo, como el tridente de páginas donde el pobre Herr Starr intenta disimular la última humillación a la que fue sometido mediante una solución… eh… creativa. Nacho MG

Me siento un poco culpable al escribir esto. Manda huevos, dado que hablamos de una obra entre cuyos temas está la culpa (así como la religión que le sirve de sustrato), pero es lo que hay. Confieso que, en su momento, nunca le hice demasiado caso a Predicador: en aquellos años, servidor estaba a otras cosas muy distintas sin salir del panorama Vertigo (sí, hablo de Sandman: ¿pasa algo?) y la creación de Ennis y Dillon le parecía demasiado basada en los viejos tópicos del alcohol, los tiros y las tías como para serle de interés. Demasiado hetero, básicamente, en el peor y más hegemónico sentido del término.
Sin embargo, sí hay algunas escenas del tebeo que recuerdo haber disfrutado bastante cuando llegaron a las tiendas. Y, de entre ellas, la primera que me ha venido a la memoria es aquella en la que, explicando su pasado, el vampiro Cassidy cuenta cómo su hermano le salvó de perecer en Irlanda durante la masacre del Motín de Pascua. Una salvación que consistió en huir de la Oficina General de Correos de Dublín el 28 de abril de 1916 (hace cien años y unos meses, como quien dice) justo antes de que las tropas británicas hicieran trizas a los Irish Volunteers. La guinda de la tarta, para colmo, era ese infortunado encuentro entre la rodilla del hermano en cuestión (ahora, en la inevitable wiki, leo que su nombre era Pete) y la entrepierna de Michael Collins. El Gran Hombre, el padre de la patria irlandesa, reducido a la nada por un rodillazo en los huevos.
¿Un detalle marginal dentro de una historia mucho más amplia? Pues sí, y de qué manera. Pero, dado que los padres del cordero se apellidaban “Ellis” y “Dillon”, el rodillazo no era sólo un chiste bruto a costa de una suceso y de una figura históricos: el Collins dibujado en aquellas viñetas no se parecía en nada a Liam Neeson, sino al militarote de mandíbula cuadrada que fue en la vida real, mientras que su actitud no era la del héroe y mártir ensalzado por Irlanda y por los independentistas del Ulster, sino la de un caudillo ansioso de carne para la picadora. Si Joyce sugería cambiar de tema cuando no se podía cambiar de país, Garth Ennis y Steve Dillon aconsejaban arrearle en la entrepierna a ese mismo país para después salir por piernas. Sabio consejo. Yago García

Imaginad por un momento a un chico que hasta entonces sólo había leído de forma habitual dos tipos de tebeos: los de Mortadelo y Filemón y los de superhéroes (sobre todo Spider-man). Que con dieciséis años y algo de dinero ahorrado, decide ampliar sus miras, vete a saber por qué, en la tienda de cómics junto al instituto. Y que por casualidad escoge el Hellblazer de Garth Ennis.
Aunque por entonces ya me gustaba analizar lo que estaba leyendo con ojo clínico para convertirme en un guionista de cómics, lo que enseguida me llamó la atención fue el dibujo de Steve Dillon. En esa época donde su trazo estaba más cargado, se dependía menos del color por ordenador y estaba agrupado con el guionista que mejor ha sabido sacarle partido, me quedé fascinado por su capacidad para la truculencia y los arranques súbitos de violencia.
Porque Dillon había nacido para emparejarse con Ennis. Sus caras, inmediatamente reconocibles, expresaban con nitidez los sentimientos ante la barbarie que le pedía el guionista. Creo, sin temor a equivocarme, que Dillon era el mejor dibujante de caras de sorpresa que ha tenido el medio en mucho tiempo. Y creo que su titánico talento para la caracterización hacían que uno se compadeciera, odiara o temiera a John Constantine en el transcurso de 22 páginas.
Pero como dibujante superlativo, su talento no se quedaba ahí. Podría haberse ido a lo fácil y mendigar proyectos por la línea Vertigo de DC, siempre al borde de lo sobrenatural, pero cuando se atrevió con Punisher descubrí una nueva faceta suya, que era la evolución natural de esos estallidos que había presenciado en su Hellblazer. Aunque eso sea una historia que mis compañeros abordarán mejor que yo. Adrián Álvarez

Nunca me gustaron los tebeos de Vértigo. Eran feos y, para la economía de un chaval de trece años, especialmente caros. Sin embargo sí que conocía a John Constantine, o Konstantin, como lo llamaban en las historias del Fanhunter que por aquel entonces comenzaba a editar Planeta. Fue ahí, camuflado como un inocente narizón, donde descubrí a ese detective-brujo que fumaba como un carretero, se parecía a Sting y la lió parda en Newcastle. Eso sí, seguía sin haber leído ninguna de aquellas historias, de las que hablaba Cels Piñol en sus aventuras y columnas de opinión.
No fue hasta años más tarde cuando, gracias a un cambio de derechos y vía boletín de Discoplay, pude acceder a decenas de aquellos prestigiosos librillos a precio de saldo. Entraron entonces por la puerta grande Spider Jerusalem y, sobretodo, el reverendo Jesse Custer y los suyos. Aún no se han publicado los estudios sobre el impacto cerebral que la serie de Ennis y Dillon puede causar en las retinas de un chaval de apenas veinte años, pero todo llegará.
Por primera vez, el dibujo era recargado pero limpio, los persones hieráticos, sí, las posturas tensas y los mentones prominentes, pero el ritmo era tranquilo y sosegado. Lo justo para que, a vuelta de página, el trazo de Steve Dillon te reventase la cabeza con las ideas de borracho-irlandés-con-una-botella-rota-en-la-mano que se le ocurrían a Garth Ennis.
Como hice el camino a la inversa, hasta que mi economía no me permitió hincarle el diente a los generosos recopilatorios de la etapa de Ennis en Hellblazer no pude comprobar que todo lo que me había fascinado diez años atrás estaba ya hecho un cuarto de siglo antes: el cinismo, la violencia desatada, los comentarios vitriólicos… Todo nace de la dupla que desarrollaron narrando las desventuras de aquel detective que podía perfectamente desenterrar a un familiar para saldar cuentas del pasado mientras le caen gusanos de la nariz como inventarse cualquier excusa argumental para poner en viñetas el conflicto entre católicos y protestantes. Y es fácil quedarse con lo epatante de los dibujos de Dillon, con los cráneos abiertos, las caras de asco y los puñetazos rompetabiques, pero si uno se para a pensar y analizar sus páginas, su genio brillaba especialmente cuando se detenía a contar lo contrario.
Y para eso solo hace falta un cuarentón deprimido, una tarde de perros y, lo más aterrador de todo, el maldito pasado. Pedro Toro

No voy a entrar en lo que este cómic significa para mí, ni en lo mucho que he sentido la muerte de Steve Dillon, porque entonces es posible que me dé la lloradera y no sea capaz de avanzar ni una frase, así que vamos al grano. El dibujo de ahí arriba se empleó como base para un póster que DC lanzó en 1999, hacia el final de la andadura de la serie, pero en la versión que se puso a la venta hay un par de diferencias: por un lado está la desaparición de todo el cuarto inferior -¿adelantándose unos años a la fiebre antitabaco de Marvel?- y por otro, y más importante, está el parche en el ojo de Jesse. Imagino que se añadiría para adecuar la imagen del personaje a la que entonces tenía en la historia, pero ese simple detalle convierte la feliz estampa original, tan parecida a cierta fotografía que aparece en el cómic, en una ventana a un universo alternativo. Un Elseworlds de la línea Vertigo. Tampoco voy a entrar aquí en más detalles por si aún no lo has leído, pero si lo has hecho sabrás que esa instantánea de Jesse, Tulip y Cassidy, sonriendo juntos detrás del parche, es tan tristemente imposible como ahora por desgracia la de un Dillon sesentón. Al final me va a dar. Andrés Abel


Llegué a Madrid a principios de 2002 con cuatro duros en el bolsillo, un vídeo y 200 cintas VHS. Durante mi primer semestre me alojé en una residencia que estaba a la altura de Gran Vía con San Bernardo, y creo que tardé como nueve minutos en salir a pasear y descubrir Elektra. Luego llegarían las demás, pero estaba a doscientos metros de distancia y se convirtió en mi lugar habitual de peregrinación durante una temporada. Nada más entrar, de entre todo el material que había ahí, lo que me llamó la atención fue Predicador. Ni Marvel, ni DC, nada de peña con capa. En aquel momento estaban publicados como tres cuartos de material, así que empecé desde el principio. Números de mil pelas que se despegaban como si fueran de tercera mano. Daba igual, aquello era un no poder parar a razón de veinte pavos semanales. Desde el primer número me cautivó la manera en la que Dillon dibujaba a personajes terribles, mongólicos, psicópatas... porque ahí no se libraba ni dios. Caraculo, la niña ciclópea, los detectives sexuales, el sádico con un guante de mierda, los muchachotes, la abuela... ¿cómo demonios era posible encariñarse con semejantes aberraciones? La respuesta era fácil: dibujando de la hostia. Lento pero seguro. Buen viaje, maldito loco. Gracias por alguno de los mejores días de mi vida. Kiko Vega
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Ken Crossland has a good explainer piece on the Hillary Clinton email issue that conservatives have used to bludgeon her campaign for months.
Hillary Clinton isn’t a technophile. She viewed her set-up as a means to an end. Was it working? Great. Did she care how it worked? No. It’s likely as simple as that. ...
I’m pretty convinced, viewing the evidence, that Hillary Clinton believes she’s in the right with her email server, that it helped her do her job well, and that it kept America safe. What irks the public is that we know that she knows that we know that Clinton doesn’t actually care that she used a private server, and the only thing she laments is that it blew up in her face.

Things Jack Chick hated (a partial list): Dungeons and Dragons, Roman Catholics, Freemasons, Muslims, Jews and Satan. (more…)

No one is sure how 51 year old British man ended up dead, pantsless, tied to a bench in front of the Malaga airport with luncheon meat on his buttocks and his penis in a can of tuna fish. (more…)

The 281 People, Places and Things Donald Trump Has Insulted on Twitter: A Complete List [Jasmine C. Lee and Kevin Quealy/New York Times]
If you’re going to record an explosion in 2016, the best way to do it is in HD. A Kurdish turret gunner records the destruction of a Daesh suicide bomber barreling towards their position. The entire thing is caught on what appears to be some sort of GoPro mounted on the weapon in his turret.
He can barely contain his excitement when the vehicle explodes, and I don’t blame him. These guys are mopping up in Mosul, and I hope they finish up soon. Keep up the great work Peshmerga. You guys are awesome.
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Tenemos mucho que agradecer a la píldora: supuesta liberación sexual, mejora de los derechos reproductivos y, en algunos casos, dolores menstruales menos espantosos, entre otras cosas. Pero en los 60 años que han transcurrido desde que pasó a estar ampliamente disponible, ha habido una terrible falta de innovación en los métodos anticonceptivos. Con 100 millones de usuarias en todo el mundo, las grandes empresas farmacéuticas han continuado beneficiándose del extendido uso de la píldora sin enfrentarse apenas a competencia alguna.
Una de las áreas que ha visto algo de movimiento recientemente es el uso de métodos anticonceptivos a más largo plazo. Un número cada vez mayor de mujeres se decantan por el DIU y por los implantes. Pero a pesar de la extendida disponibilidad de estos otros métodos, cuya eficacia ha sido ampliamente demostrada en el mundo occidental, muchas mujeres también se están decantando por métodos menos investigados.
Uno de estos métodos es la planificación familiar natural, que vuelve a estar de moda gracias a diversas aplicaciones que simplifican el largo proceso de llevar un seguimiento del ciclo menstrual para predecir en qué fechas se tienen más probabilidades de quedarse embarazada.
La historia racista y sexista sobre la ocultación de los efectos de la píldora
Una de esas aplicaciones, llamada Natural Cycles, sobrepasó en marzo de este año las 100.000 usuarias. Todo lo que tienes que hacer es introducir un termómetro en tu boca cada mañana antes de salir de la cama y de que empieces a moverte demasiado y registrar los resultados. Su algoritmo emplea estos resultados para conocer tu cuerpo y así poder decirte cuándo puedes esperar la regla exactamente y cuándo llegan tus seis días fértiles del mes.
Si no introduces suficientes datos, simplemente te ofrecerá más "días rojos" cuando no resulte seguro tener sexo sin protección. Este método se ha unido a un creciente mercado de aplicaciones que llevan un seguimiento de la menstruación y la fertilidad como Eve by Glow, Kindara y CycleBeads, que se autoproclaman como métodos de planificación familiar efectivos no hormonales.
Aparte del hecho de que estas aplicaciones siguen depositando gran parte ―si no toda― de la responsabilidad de la contracepción sobre las mujeres, también ponen de manifiesto otro enorme problema de los anticonceptivos: el riesgo de fallo por parte del usuario.
Cuando los investigadores y los médicos hablan sobre diferentes métodos de planificación familiar, normalmente emplean dos mediciones: el fallo por parte del usuario y el fallo del método. La principal razón de que no funcionen los métodos anticonceptivos es el fallo por parte del usuario, no el fallo del método. Recordar tomarse una pastilla cada día es una cosa, pero recordar tomarte la temperatura y esperar que lo hayas anotado todo bien es otra muy distinta.
Laura*, de 27 años, dejó de tomar la píldora por la ansiedad, el aumento de peso y los cambios de humor que le producía. Ahora utiliza Natural Cycles. "No es que sea la cosa más cómoda del mundo", afirma. "Recurrí a este método pensando que sería muy fácil, pero ahora me preocupa no estar siguiendo las instrucciones de forma adecuada. Y también es muy fácil olvidarse de hacerlo. A menudo voy al baño y entonces me doy cuenta de que tenía que haberme tomado la temperatura primero".
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Las usuarias de Natural Cycles miden su temperatura con un termómetro todos los días. Foto vía Natural Cycles
La doctora experta en conocimiento de la fertilidad Sarah Panzetta lleva empleando la planificación familiar natural desde que sospechó haberse quedado embarazada mientras tomaba la píldora en 1996 y recientemente ha empezado a usar también una app. Pero ni siquiera ella se siente completamente cómoda con el auge de estos métodos: "El potencial es increíble, pero creo que la realidad no está a la altura de las necesidades reales de las mujeres", afirma. "Una de las cosas que más me preocupan sobre algunas de las aplicaciones y algunos de los métodos anticonceptivos naturales es que las personas pueden entusiasmarse demasiado con ellos y descartar completamente la píldora y otras formas de contracepción".
Entonces, ¿deberíamos recibir con los brazos abiertos estas innovaciones tecnológicas, incluso aunque se basen en métodos más tradicionales de planificación familiar? La Dra. Philippa Kaye, experta en embarazo y salud femenina, así lo cree: "Las mujeres llevan haciéndolo desde hace tiempo. Puede que no haya sido mediante una app, pero han medido su temperatura y han observado su flujo vaginal. Es posible que esto sea de ayuda, pero no creo que sea la respuesta a la contracepción".
Y, por supuesto, también está la pequeña cuestión del estilo de vida. Si estás en una relación estable y confías en que serás capaz de tomarte la temperatura todas las mañanas, los métodos anticonceptivos naturales pueden ser fantásticos. Pero si sales de fiesta, bebes mucho y no crees que puedas acordarte de tomarte la temperatura todos los días, te encontrarás con un montón de "días rojos" en los que no podrás tener sexo sin protección.
El controvertido anticonceptivo que destruye tu cuerpo
Raoul Scherwitzl, la mitad masculina del matrimonio de físicos que desarrollaron Natural Cycles, sigue pensando que este método es más sencillo de usar que la píldora. "A diferencia de la píldora, que debes tomar cada día, no tienes que introducir datos todos los días en la app. No pasa nada si te saltas algunos días, como los fines de semana por ejemplo", afirma. "Cuanto más limpios sean los datos, más días verdes habrá. Así que si no realizas la medición casi nunca o sales todos los días de fiesta, tendrás datos muy fluctuantes o ningún dato en absoluto, por lo que habrá un montón de días rojos".
Eve by Glow y Natural Cycles llevan a cabo investigaciones y ensayos clínicos para poder mejorar su oferta. "En un mes tendremos un nuevo estudio clínico que muestra que contamos con una tasa de fallo tan baja como la píldora anticonceptiva", explica Scherwitzl. Afirma que su investigación demuestra que solo cinco mujeres de cada 1.000 que no estén tratando de concebir se quedarán embarazadas en el espacio de un año, siempre y cuando utilicen la app de forma correcta. Eso supone una posibilidad del 0,5 por ciento de embarazo no deseado. Si comparamos esas estadísticas con la fiabilidad de otros métodos anticonceptivos (según el NHS, o Servicio Nacional Británico de Atención Sanitaria, los preservativos son fiables en un 98 por ciento y la píldora en un 99 por ciento, si se emplean correctamente), la diferencia es mínima. Pero, una vez más, estamos hablando de la eficacia del método, no de la eficacia del usuario.
Riesgos aparte, cualquier cosa que nos ayude a comprender mejor la planificación familiar y el cuerpo femenino es, obviamente, algo bueno. Conforme estas empresas recaban datos de cientos de miles de mujeres ―datos que, a pesar de las preocupaciones en torno a la confidencialidad, las políticas de privacidad tanto de Eve by Glow como de Natural Cycles aseguran que son anónimos y no se transmiten a terceros sin el consentimiento del usuario―, solo podemos estar aproximándonos a un momento en el que las mujeres no tengan que utilizar métodos anticonceptivos que no se ajusten a ellas simplemente por falta de opciones.
Mientras tanto, la tan esperada píldora masculina sigue en desarrollo.

El pasado sábado, 22 de octubre de 2016, las redes sociales transmitían a toda velocidad la inesperada y luctuosa noticia de la desaparición del ilustrador británico Steve Dillon. La nueva, ciertamente mala, había sido comunicada por la familia del dibujante, que sin entrar en detalles venía a recordar que el caballero había gozado de una salud precaria en los últimos años, aunque esto no le hubiera impedido seguir al pie del cañón hasta prácticamente el final.
Cuando pienso en Steve Dillon me vienen a la mente las dos obras por las que conocí su labor, en la transición entre el siglo-milenio pasado y el presente. Por un lado, Predicador, la historia de Jesse Custer, Tulip y Cassidy que mezclaba el duelo religioso entre cielo e infierno con la estética y las reminiscencias de las películas del oeste; por otro, Castigador, el relanzamiento de las aventuras de un Frank Castle que había llegado al año 2000 bastante agotado. En ambas ocasiones, su nombre estuvo unido al del escritor y paisano Garth Ennis. Los guiones de Ennis -pródigos en ocasiones en una brutalidad y violencia tan exageradas que sobrepasaban lo grotesco- encontraron en los dibujos de Dillon el complemento perfecto. Don Steve practicaba un estilo único y difícilmente imitable que, personalmente, se me antojaba «feísta». Las mujeres no eran hermosas; los hombres no eran atractivos y todos podían ser profundamente desagradables en su vulgaridad. En una industria dominada por los cuerpos diez (especialmente en los noventa del siglo pasado) Dillon aportaba la necesaria dosis de realismo que le hacía tan adecuado para las obras que le dieron fama y prestigio y tan poco adecuado para los pijamas de toda la vida. Gran narrador, pocos de sus colegas tenían el grado de dominio de las expresiones faciales y del lenguaje corporal de la figura como él. Sin embargo, como recordaban los colegas de esta santa casa virtual, Steve Dillon fue mucho más.
Nacido en la localidad inglesa de Luton en 1962, Steve Dillon iniciaría su carrera muy prontamente, en cabeceras que forman parte de la historia del tebeo británico como 2000 AD o en la división insular de Marvel. En 1988 fundaría junto al dibujante Brett Ewins el semanario Deadline, una publicación que combinaba artículos y tebeos y que durante sus siete años de existencia influyó profundamente en el sector. Cosas de la vida, Ewins, falleció el año pasado a una edad igualmente temprana, víctima de una variedad de cáncer. En un año y medio, el cómic británico pierde a dos caballeros que hicieron bastante por la divulgación y promoción del noveno arte en las islas.
Steve Dillon ya no está, pero queda su trabajo con personajes como el Juez Dredd, John Constantine, los Thunderbolts o Lobezno. Su estilo gustaba a una parte de la parroquia como echaba para atrás a otro sector de la feligresía, y ello es quizá muestra de que su labor consiguió que nadie quedara indiferente y que defensores y detractores estuvieran de acuerdo en un punto: la naturaleza única de su dibujo.


Ahí fuera hay una historia en la que intervienen Donald Trump, Facebook, Jane Fonda, Siria, Gadafi, Carrie, el LSD, Reagan, la Primavera Árabe, las torres gemelas y tú. Esta historia deja a Pynchon a la altura de Kevin Smith. Es la historia de por qué tanto los políticos, como los periodistas, los artistas y el pueblo hemos decidido aceptar una versión ridículamente simplificada de nuestra historia reciente. Somos incapaces de entender lo que está sucediendo.
Hypernormalisation. Adam Curtis. 2016.

For the most part, there’s no wrong way to inhabit a haunted house. See some pissed off ghosts, try not to die, and you’re good. There is, however, one ironclad law that must be obeyed without question: DO NOT FEED THE HOUSE.
Venezuela, en 1992, estaba sumergida en la peor crisis de representatividad que experimentaba la socialdemocracia. El descontento popular se alimentaba en cada esquina. Los jóvenes, desencantados de la bonanza petrolera, empezaron a buscar nuevos referentes en los cuales albergar esa rebeldía. El punk empezó a sonar con fuerza y un joven citadino se preparó para tomar por asalto el cielo. Miguel Vivenes fue un punk que formó parte del Colectivo Rajatabla, un grupo de jóvenes vinculados a los partidos marxistas-leninistas muy activos en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Su nombre se debe a un café que se encontraba en el centro cultural Bellas Artes de Caracas, uno de los pocos espacios de la ciudad donde era tolerada su estética.
De izquierda a derecha: Kresta Castellanos, Miguel «Culebra» Vivenes, dos hombres sin identificar y Elías Yánez
Este colectivo fue celebre por mezclar de forma azarosa la estética punk, el uso de frases e iconos anarquistas con una militancia vertical propia del marxismo. Su símbolo era una adaptación punk del logo de la Liga Socialista y crearon un circuito al cual bautizaron pomposamente como «rock radical», del cual salieron bandas como Holocausto, Odio qué?, Venezuela HC, En Contra, 27F, Víctimas de la Democracia, Deskarriados, Devastación y Acción Directa. Al mismo tiempo, editaban los fanzines Acción de Masacre, Anacreonte en horas muertas o Caracas Resiste y Ataka. Estribilloscomo «Cuba Sí… Yankees No», y muchos otros, se hicieron populares entre los «pelo pincho» que pululaban en el café.
Video donde se ve a los integrantes del Colectivo Rajatabla en la Plaza de los Museos de Bellas Artes.
Culebra era apodado por amigos «pelo lindo», «el llanero» y «osito». Estos eran los alias con lo que era conocido en la Dirección General Sectorial de los Servicios de Inteligencia y Prevención (DISIP). Era un asiduo de los jueves culturales o las jornadas de protestas violentas que se escenificaban en la entrada de Plaza Venezuela de la UCV. Junto a otros, se dedicaba el cuarto día de la semana a cerrar calles y generar disturbios junto a anarquistas para «sacar músculo» y combatir al sistema.
Miguel «Culebra» Vivenes de perfil, con camisa blanca y chaqueta negra de cuero, en un concierto en el Museo Alejandro Otero de Caracas
Sin embargo, la capucha y la molotov no eran suficientes para Culebra. En la madrugada del 27 de noviembre de 1992, junto a un contingente de civiles y militares, se adentró hasta las antenas repetidoras de Mecedores en el Cerro el Ávila para poder controlar la señal de los canales de televisión y así emitir mensajes a un grupo de militares alzados.
Video grabado por el Teniente coronel Hugo Chávez Frías desde la cárcel de Sabaneta en Barquisimeto. También se puede observar a civiles y militares alzados dentro de Venezolana de Televisión (VTV):
El levantamiento había sido advertido y los rebeldes solo lograron controlar el canal de televisión nacional, trasmitir mensajes por un par de horas y destrozar el mobiliario de la emisora. La intentona culminó a las 12 del medio día con un saldo de 171 muertos (142 civiles y 29 militares), daños materiales y una sociedad alterada al experimentar un segundo intento de golpe de estado en menos de diez meses. Vivenes fue condenado junto a cuarenta civiles por esta nueva tentativa en la jurisdicción militar, que se sumaba a la iniciada por la logia militar del Movimiento Bolivariano el 4 de febrero de ese año. La condena fue lapidaria: catorce años de prisión por participar en una rebelión militar. No obstante, el proceso de derrumbe de la socialdemocracia jugó a su favor. Un año después su causa es sobreseída por el gobierno de Rafael Caldera, alcanzando la libertad e integrándose al equipo de trabajo del alcalde de libertador, Aristóbulo Isturiz, hoy vicepresidente de la República.
Tropas leales al gobierno de Carlos Andrés Pérez detienen a civiles durante el alzamiento
Pero los días de Culebra estaban contados: fue asesinado en la autopista cercana a la base aérea Libertador en Caracas, mientras manejaba casualmente un jeep. Su muerte fue objeto de múltiples rumores, algunos afirman que fue un ajuste de cuentas entre grupos armados. Otros afirmaron que fue por una deuda de drogas. Sea cual fuese el móvil de su asesinato, el mismo jamás se esclareció ni formó parte de las Comisiones de Justicia y la Verdad.
Saqueos en el sector popular de Catia durante el alzamiento militar
Hoy Miguel Vivenes es un completo extraño para los jóvenes afines al gobierno que se han formado durante los últimos diecisiete años de hegemonía bolivariana. Mientras abundan los carteles y loas a los militares caídos durante ambos alzamientos, escasamente se sabe de un colectivo que lleva su nombre y de un mural pintado en una zona popular. La moraleja: el poder paga muy mal a quien bien le sirve.