O café en Portugal é unha cousa moi seria, que bo está! E aínda por → Seguir lendo
Shared posts
The Real Reason You Love or Hate Marmite
There are few spreads as divisive as Marmite, that tamarind-hued paste native to Britain. Slather it on an crisp piece of toast and you’re either asking for declarations of ecstasy or revulsion. Some find Marmite too astringent to stomach; others believe it to be a delightfully savory jam substitute. (I should disclose that I fall in the former camp.)
Last week, Unilever, the manufacturer of Marmite in the U.K., and genetic testing service DNAFit partnered together for the “Marmite Gene Project,” attached to a larger, robust marketing campaign for Marmite. “Just Try It,” its slogan goads. The multipartite campaign involves a genetic test where consumers can learn whether they’re born with a genetic predisposition towards Marmite. Simply swab your cheek, mail your saliva, and wait five days before you know your faction, a way of reducing your appetite or distaste for Marmite to a cruel calculus.
It's bolstered by rigorous scientific inquiry: Researchers established these genetic links through surveying 261 healthy adults (men and women alike) across the U.K., subjecting them to taste-tests followed by a survey indicating their reactions to eating Marmite. They mapped these reactions against each participant's genetic makeup, allowing scientists to determine that likes or dislikes of Marmite are informed by the presence of 15 single nucleotide polymorphisms (SNPs).
Lovers and haters can coexist in the same family, as the ad above dramatizes. Accompanying this genetic test is a facial recognition test, TasteFace, that assesses your look of disgust as you taste a spoonful of Marmite. It's got a delightful retro aesthetic lifted from a Super Nintendo game; simply give the site access to your computer camera and have your poker face at the ready.
Our appetites are not, of course, inflexible; they change and shift as we get older, and those of us who aren’t predisposed to loving Marmite may come around eventually. “Like anything in genetics, taste preference is dictated by both nature and nurture,” Thomas Roos, one of the minds behind the project at DNAFit, explained. The kit, which only ships within the U.K. has an astronomical asking price of £89.99. That's the equivalent of $118.62. Pretty pricey! Frankly, I’d rather buy Marmite.
Love or hate Marmite? Let us know in the comments.
Otro juicio de faltas se cierne sobre mi persona.

Otro juicio de faltas se cierne sobre mi persona.
Burger King USA ha ofrecido Whoppers gratis a quien hiciera público su despido en redes sociales

La cadena de comida rápida y ultraprocesada Burger King ha dado una vuelta de tuerca a la publicidad que pretende hacerse viral, a costa de bromear sobre la pérdida de empleo.
La campaña #WhopperSeverance, lanzada en Estados Unidos entre el 29 de agosto y el 1 de septiembre, ofrecía una hamburguesa Whopper gratis (precio medio en local: dos euros) a quien anunciara públicamente en Linkedin que había sido despedido.
No por solidaridad o paliar un momento de hambre... sino por el chiste "Ever been fired?" ("¿Ha sido despedido?") Fire is kinda our thing" ("El fuego es lo nuestro"). ¿En serio era necesario este chascarrillo?
Hamburguesas a cambio de un despido
Al margen de las últimas evidencias científicas de la relación entre el consumo de carne procesada y el cáncer colorrectal... los chicos de publicidad de Burger King han puesto "toda la carne en el asador" (otro chiste) para revolucionar las redes sociales con su campaña #WhopperSeverance.
Durante solo cuatro días (entre el 29 de agosto y el 1 de septiembre) y con 2.500 unidades Whopper disponibles para los primeros clientes que entrasen en la promoción, Burger King bromeaba sobre los despidos (en inglés "fired") y su técnica a la brasa. Ni Paco Martínez Soria habría superado eso.
Ever been fired? Fire is kinda our thing. Your chance to get a free flame-grilled Whopper at https://t.co/5vnMycW01f #WhopperSeverance pic.twitter.com/1e8ZyxXvX9
— Burger King (@BurgerKing) 29 de agosto de 2017

La "gracia" de la promoción iba más allá y exigía a los participantes que anunciaran en la red profesional Linkedin su despido y lo compartieran públicamente.
También se habilitó una web específica para participar y comentar como anécdota el motivo del fin del contrato. Con la que está cayendo; muy gracioso todo.
"Entonces. ¿Tengo que avergonzarme y admitir que me han despedido por una hamburguesa de dos dólares? Un despido ya es bastante malo como para tener que comer vuestra comida", comentaba un usuario en Twitter.
Quizás los publicistas de Burger King podrían haber conseguido repercusión -positiva, a ser posible- si hubieran donado esas 2.500 hamburguesas sobrantes a los desplazados por el huracán Harvey, como hizo esta fábrica de cerveza que enlató agua potable. Es una idea.
No es la primera vez que Burger King busca generar ruido con publicidad de este tipo. Según explica la web Marketing Directo, ya en 2009 lanzaron la campaña "Whopper Sacrifice”, que consistía en eliminar a 10 amigos de Facebook a cambio de otra hamburguesa gratis. Como Los Juegos del Hambre, pero en suave.
El responsable de márketing de Burger King en España, Fernando Machado, explicaba en esa entrevista el motivo de este tipo de promociones:
"Siempre estamos buscando nuevas ideas. Y esta pretende demostrar lo mucho que a la gente le gusta un Whopper. Sabemos que es una pena estar despedido, pero que te den un Whopper gratis, no".
Bien. Nos gustaría saber qué sucedería si esto se propone en España, con más de tres millones de personas sin empleo. Habría que reflexionar sobre esto y sobre los límites de la publicidad.
Imágenes | Twitter Burger King | Burger King Facebook
En Directo al Paladar | Qué es un alimento ultraprocesado y por qué deberíamos reducir su consumo
En Directo al Paladar | ¿Qué tipo de carne procesada es la que dice la OMS que produce cáncer?
También te recomendamos
Épico es lo que se está liando con Playerunknown’s Battlegrounds
Burger King dirá no a las grasas trans a finales del 2008
-
La noticia
Burger King USA ha ofrecido Whoppers gratis a quien hiciera público su despido en redes sociales
fue publicada originalmente en
Directo al Paladar
por
Beatriz Portinari
.
¿Por qué nos dan miedo los payasos? Un terror con raíz histórica
Estamos todos de acuerdo. Nos dan pánico. Sus caras grotescamente pintarrajeadas, su ropa colorida y desproporcionada, sus pelazos del infierno, sus carcajadas que parecen salidas de la mismísima boca del infierno… los payasos son el material con el que se construyen las pesadillas infantiles y no tan infantiles. Indagamos en el origen de esos miedos.
Reconozcamos que algo falla en todo esto de la coulrofobia, el miedo irracional a los payasos. Los zombis, los vampiros, los aparecidos, los monstruos gigantes nos dan miedo porque se supone que han sido creados para ello. Hayan nacido como advertencia, como moraleja o como mero entretenimiento morboso, su propósito es para provocar inquietud, pero no sucede así con los payasos. La cultura pop ha pervertido su intención original, y por eso hay asociaciones de payasos tirándose de los pelos por culpa de It y su demencial record de recaudación.
La postura oficial, cada vez más reducida, es que los payasos son color y diversión e inocencia, y la prueba está en la gran cantidad de marcas comerciales que siguen usando payasos como mascotas. ¿Cuándo se torció entonces esta visión del payaso como algo alegre y divertido? ¿En qué momento se convirtieron en los Jinetes del Apocalipsis con zapatones? Un artículo de Smithsonian.com tiene la respuesta.
Al parecer, el pánico a los payasos surge… en la vida real. Primero tenemos que tener claro el origen mismo del payaso, que no fue en el circo (un espectáculo relativamente reciente) sino que se remonta a las cortes y al papel del bufón como único censor posible para las libertinas costumbres de los regentes de todas las épocas y nacionalidades: de los faraones egipcios a los reyes medievales, pasando por los emperadores chinos, el payaso de la corte siempre podía burlarse con formas que a otros les costaría la cabeza. Y por eso son maleducados, agresivos, gritones. Porque pueden.
GEORGIE, TU MADRE PARA MÍ ECH LO MÁCH IMPORTANTE
TIENECH QUE ACEPTARLO
AHORA CHOY TU PADRE pic.twitter.com/BrhShxurm2— Oscar (@SyntheticAway) September 9, 2017
Más acorde con la imagen actual del payaso tenemos a la primera superestrella del gremio: Joseph Grimaldi, un popularísimo clown teatral de la Inglaterra del siglo XIX, que hoy sigue siendo un icono mítico en Londres. Fue Grimaldi quien empezó a maquillarse con un agresivo tono blanco y rojo, y una cresta mohicana azul adornaba su cabeza. Parodiaba las modas de entonces y hacía un slapstick agresivo y tremendo, con volteretas de campana, bofetadas y trompazos mil. Pero su vida privada, muy aireada en la época, no fue especialmente feliz: su padre le maltrataba, su mujer murió al dar a luz, su hijo murió adicto al alcohol, como lo era él mismo y las décadas en escena acabaron dejándole irreparables secuelas físicas. Murió arruinado. Charles Dickens se inspiró en su hijo, también payaso, para un personaje de Los papeles póstumos del Club Pickwick (1837), y por eso en el imaginario popular británico, el payaso va indisociablemente unido a un lado macabro y oscuro.
Y mientras, Francia. En París, Jean-Gaspard Debureau popularizó el icono del Pierrot, el payaso blanco de la Comedia del Arte, asentando de forma definitiva su estética de “payaso listo”. Debureau era tan famoso en su país como Grimaldi lo era en el suyo, pero la tragedia tampoco estaba alejada de su figura: en 1836 mató accidentalmente a un niño tras golpearle con un bastón después de que éste le insultara. No muy agradable.

Joseph Grimaldi
Poco después se popularizó el circo, donde los payasos servían como entretenimientos entre números de lo que, esencialmente era, en sus inicios, una exhibición ecuestre. Y por eso los modales exagerados, grandilocuentes y gritones de los payasos: tenían que hacerse entender en escenarios mucho más grandes y excesivos que los de los teatros, para que contrastaran con la precisión y la firmeza de los acróbatas.
Y en los años sesenta del siglo XX llega el payaso más famoso de la historia de Estados Unidos: el televisivo Bozo, con ese estilo de homeless tan propio de los circos norteamericanos. Es más o menos la época en la que nace Ronald McDonald, el payaso-mascota de McDonald’s… y John Wayne Gacy, el primer serial killer superestrella. John Wayne Gacy era el típico asesino en serie del que sus vecinos dicen en las noticias que nunca lo habrían sospechado de él, pero asesinó a una treintena de jovencitos en Chicago… mientras hacía servicios a la comunidad como el queridísimo Pogo el payaso. Una vez en la cárcel, y antes de ser ejecutado, pintó cuadros de un feísmo espeluznante, muchos de ellos protagonizados por payasos tan siniestros como él.
Con Wayne Gacy, el lado oscuro del payaso estaba aquí para no irse nunca más. John Wayne Gacy fue, posiblemente, responsable de que para la psique colectiva norteamericana, los payasos se convirtieran en seres bajo sospecha. Todo ese maquillaje, esas risas exageradas, esa grandilocuencia, esa simpatía forzada… ¿no estarán ocultando algo? El paso a la cultura popular, después de ello, estaba cantado, y esa parte la conocéis de sobra: desde el Capitán Spaulding de La casa de los 1000 cadáveres a Pennywise de It, pasando por los Killer Klowns from Outer Space o recientes mutaciones más retorcidas, como el siniestro muñeco a control remoto de Saw. Toda una panoplia de caras pintadas y sonrisas excesivas.
¿Luz, color y fantasía? Nos da la risa.
La entrada ¿Por qué nos dan miedo los payasos? Un terror con raíz histórica aparece primero en Canino.
De cuando robábamos en el Games Workshop
La "etapa Games Workshop" es un paso clave y esencial en el crecimiento de una persona, sobre todo durante esa edad en la que lo único que inunda los cerebros de los adolescentes son los genitales ajenos llamada adolescencia.
Con este panorama, la fantasía juega un papel clave a la hora de generar un balance entre los horrores y demencias de la edad adulta (sexo, violencia, drogas y dinero) y la pureza e inocencia de la infancia (magia, duendes, magia, duendes).
MIRA: Cosplay en España
Mientras unos se liaban porros de hachís en los bancos del parque o se pasaban las noches de los viernes bebiendo cubatas baratos e intentando "enrollarse" con gente que también se pasaba las tardes liando porros en el parque, otros librábamos épicos partidos de Blood Bowl (una especie de rugby hiperviolento ambientado en un sucedáneo de la Tierra Media) o inolvidables batallas enmarcadas en el lejano y oscuro año 40.000, donde solo existe la guerra y el horror.

Games Wokshop fue la compañía inglesa que creó el universo en el que se encontraban todos esos wargames (Warhammer, Warhammer 40.000, Epic 40.000, Blood Bowl…) que ocuparon gran parte de nuestro tiempo y que, pese a lo que pueda parecer, terminaron guiándonos sosegadamente hacia esos mismos parajes oscuros de la madurez a los que nuestros compañeros ya habían sucumbido.
La compañía empezó a abrir sucursales en varios países y en España llegó durante los años noventa, y fue a finales de esta época cuando realmente yo y mis colegas nos enganchamos. Evidentemente, durante esa época, no teníamos ni un duro y es sabido que esta afición requería de cierta inversión que la gran mayoría de nosotros no nos podíamos permitir, es por eso que nos vimos obligados a tomar medidas.
Sí, Games Wokshop —esa fuente de fantasía e imaginación desbordada que tanto me esfuerzo en establecer como antónimo a la aburrida y apática vida adulta que se supone que debemos llevar— nos obligó a cruzar el umbral de la inocencia y penetrar en las viles costumbres de la peor madurez imaginable. Menudo oxímoron.

Para lograr completar nuestros ejércitos de batalla nos cargábamos de agallas y cruzábamos las acristaladas puertas del local con una serenidad que correría peligro justo en el momento en el que ejecutásemos el terrible acto.
Al llegar, primero deambulábamos un rato por la tienda, pese a que ya sabíamos perfectamente lo que queríamos. Llevábamos meses soñando con esos windriders de los Eldars, joder. No éramos ladrones profesionales y justo después de introducirnos un blíster de miniaturas en el interior de nuestros pantalones nos poníamos un poco nerviosos y queríamos abandonar el local de ipso facto. Pedíamos la retirada cuando nuestros compañeros aún no se habían agenciado sus historias.
Recuerdo perfectamente el cuartillo donde a veces los empleados nos metían para cachearnos: era una trastienda pequeña, de dos metros cuadrados, en la que me sentía un criminal, pese a que yo era una persona muy correcta. Es que no es que robásemos mucho pero siempre nos veían por ahí dando vueltas y mirando figuritas. No íbamos siempre a la tienda con intención de agenciarnos algo, normalmente íbamos con propósitos educativos, para aprender sobre el arte del juego y familiarizarnos con todos los batallones existentes, solo que a veces sentíamos esa fuerza que nos obligaba a mejorar nuestros ejércitos y que solamente podíamos conquistar mediante la ilegalidad.

En casa había desarrollado algunas técnicas y estrategias sobre el papel —había hecho mapas del asunto— que NUNCA llevaría a cabo. Picarescas que incluían distracciones con petardos; atuendos extremadamente holgados; perros; forzar una afluencia de gente inaudita dentro del local y cualquier otra cosa que se le pudiera ocurrir a la mente de un adolescente. Todas estas técnicas me parecían brillantes pero nunca logré convencer a mis colegas para que las ejecutásemos y nos limitábamos a meternos cosas entro de los pantalones o chaquetas.
Luego estaban esos tíos. Había gente (compañeros de clase, conocidos del barrio de alguien, primos de uno o del otro…) que se dedicaban a hacer el trabajo sucio a cambio de una compensación económica que, evidentemente, no superaba el importe original del producto robado. Como una especie de Robin Hoods a sueldo, estas personas —profesionales del hurto— podían adquirir todo tipo de productos, desde pequeños blísteres o cajas, códex o pinturas hasta materiales de más abultada envergadura.

Dicen que unos de estos tipos (uno de los ladrones por encargo) terminó enganchándose al Warhammer 40.000 y un día se robó para sí mismo una enorme caja con el reglamento y el juego básico (algo que debe medir como casi un metro de largo). Entró, lo cogió y se largó corriendo, sin vacilar. Hizo un trabajo muy limpio. Había otro tipo experto en robar códex (esto es como el manual de uso de una raza concreta) y otro que se llevaba las figuritas pintadas por los trabajadores de la tienda, esas que se utilizaban para librar batallas en el mismo local de Games Workshop.
Evidentemente no estoy animando a nadie a cometer estos crímenes, simplemente digo que supusieron un mecanismo más para trascender hacia otro plano mental de madurez. El flirtear con el mal es algo básico —incluso obligatorio— para gestar una personalidad completa y, ¡qué coño!, ahora recuerdo esos momentos de saqueo con absoluta ternura.
Robert Crumb Loved Thick Women way before our Kardashian Era
Newsflash: Love for BBWs far predated Kim K. Here, Kristen Cochrane discusses how Robert Crumb’s illustrations of voluptuous women changed they way she thinks about her own body, and the language that we use to talk about the curvy female form, which is both fetishized and criticized. When I pitched writing this article on the cartoonist Robert Crumb to my Slut-in-Chief Karley Sciortino, I was nervous, as his representations of women can be—and have been—viewed as sexist and degrading towards…
The post Robert Crumb Loved Thick Women way before our Kardashian Era appeared first on SLUTEVER.
Roll of the Dice
Roll of the Dice originally appeared on MyConfinedSpace NSFW on September 8, 2017.
There's No Such Thing as a Good Dog
People love to tell me how lucky I am to have a good dog like Wiley. But they're dead wrong—there was no luck involved. Wiley's good behavior and good temperament are products of four years of hard work, nothing else. The more people who understand this, the more people there will be who have "good" dogs too.
The Rise of Baking Powder
Really not kidding about the chapstick
"It's-a me, Mario!"
The Tiny Country that Feeds the World
Frank Viviano of National Geographic gives us the scoop. Check out the stunning photos by Luca Locatelli as well.
"Banks of what appear to be gargantuan mirrors stretch across the countryside, glinting when the sun shines and glowing with eerie interior light when night falls. They are Holland's extraordinary greenhouse complexes, some of them covering 175 acres.
These climate-controlled farms enable a country located a scant thousand miles from the Arctic Circle to be a global leader in exports of a fair-weather fruit: the tomato. The Dutch are also the world's top exporter of potatoes and onions and the second largest exporter of vegetables overall in terms of value. More than a third of all global trade in vegetable seeds originates in the Netherlands."
---
"The global average yield of potatoes per acre is about nine tons. Van den Borne's fields reliably produce more than 20.
That copious output is made all the more remarkable by the other side of the balance sheet: inputs. Almost two decades ago, the Dutch made a national commitment to sustainable agriculture under the rallying cry "Twice as much food using half as many resources." Since 2000, van den Borne and many of his fellow farmers have reduced dependence on water for key crops by as much as 90 percent. They've almost completely eliminated the use of chemical pesticides on plants in greenhouses, and since 2009 Dutch poultry and livestock producers have cut their use of antibiotics by as much as 60 percent."
Grossophobia
The book is currently only available in French.
Subprime borrowers didn't cause the subprime crisis
"Eight spices?! Some must be doubles. Or-a-gano? What the hell?!"
Voynich: final answer?
TLDR: it's Latin, but very abbreviated through the use of ligatures. It's a book of medical recipes, long on herbal baths, and borrows recognisable chunks from known manuscripts such as the Trotula, ultimately from Galen, Pliny, and Hippocrates. Its nature has been obscured by cropping which removed essential headings, loss of the index, and by some sections being out of order.
Gaydar
A classifier could correctly distinguish between gay and heterosexual men in 81% of cases, and in 74% of cases for women. Human judges achieved much lower accuracy: 61% for men and 54% for women. The accuracy of the algorithm increased to 91% and 83%, respectively, given five facial images per person.
The Mystery of Silphium, the Lost Roman Herb
The BBC looks at this legendary plant, compares it to the American huckleberry*, another wild plant that has never been successfully domesticated, and reminds us that even if we could bring silphium back, we might not really enjoy it after all. (Then again, garum is making its own comeback.) (Previously, 2006)
*I'm yours.
The Japanese Origins of Modern Fine Dining
"Around the world, a single aesthetic dominates the uppermost echelons of fine dining: The courses will be small and many. The plates and vessels will be distinct, often rustic, and sometimes surprising. The elaborate plating demands precision, either to execute a clever visual joke, or to produce a heart-stopping evocation of terroir. And all of these bites tell a story — of an ingredient, a person, or a very specific place. Each of these stories is unique, but not so unique that Central in Lima cannot be compared to Gaggan in Bangkok. Where, exactly, did this intense, exacting, intellectual form of haute cuisine come from?"
Canciones con historia: «What’s the Frequency, Kenneth?»

Dan Rather, presentador de las noticias nocturnas de la CBS durante los ochenta. En un universo paralelo, también era conocido como Kenneth Burrows. Imagen: CBS.
Nueva York, 4 de octubre de 1986. Las once de la noche, más o menos. El famoso presentador de televisión Dan Rather, el rostro de las noticias nocturnas en la cadena nacional CBS, caminaba por la famosa calle Park Avenue, de camino a su casa. Cuando pasaba junto al Rockefeller Center, oyó que alguien levantaba la voz. Dos individuos de aspecto convencional, a quien describió como «bien vestidos», se le acercaron. Uno de ellos, visiblemente alterado, se estaba dirigiendo directamente a él, aunque empleando otro nombre y haciéndole una extraña pregunta: Kenneth, what is the frequency? («Kenneth, ¿cuál es la frecuencia?»). El periodista, sorprendido, respondió que debía de estar confundiéndolo con otra persona. Sin previo aviso, el desconocido tumbó a Rather de un puñetazo en la mandíbula; una vez tendido en el suelo, el presentador recibió más golpes y patadas. El atacante continuaba repitiendo la incomprensible pregunta: What’s the frequency, Kenneth? What’s the frequency, Kenneth? El segundo desconocido, al parecer, no participó en el ataque, aunque tampoco hizo nada por detenerlo.
El portero del edificio contiguo vio la escena desde el portal y usó su intercomunicador para avisar a Bob Sestak, su jefe de conserjería. Sestak apareció corriendo y salió a la calle para socorrer a Rather; el agresor huyó al verlo aparecer. No se lo pudo atrapar y nadie consiguió identificarlo. Tampoco se supo más de la persona que lo estaba acompañando. Dan Rather fue tratado en un hospital, aunque se le dio el alta con rapidez; por fortuna, las heridas físicas no eran lo graves que podían haber sido. Un ojo morado, rozaduras y una hinchazón en la mandíbula, pero ningún hueso roto ni hemorragias internas. El presentador, aunque comprensiblemente aturdido por el inexplicable asalto, quiso volver de inmediato al trabajo. La CBS, tras concederle unos días de reposo, lo reincorporó a su puesto; fue enviado a Islandia para cubrir la cumbre soviético-estadounidense de Reikiavik, el entonces vital encuentro entre Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov. Entre tanto, la nación recibía con interesado pasmo los detalles del suceso.
Todo el mundo quería saber quién, y por qué, le había dado una paliza a unos de los periodistas más famosos del país, y qué había querido decir con aquella misteriosa pregunta sobre una frecuencia. Un portavoz de la policía dijo a la prensa que no era posible sacar conclusiones con la información de la que se disponía: «Podría tratarse de un ataque aleatorio, o podría ser que el señor Rather fuese el objetivo premeditado; no lo sabemos todavía». Desde la CBS supusieron que se trataba de un malentendido, y portavoces de la cadena recordaron que el asaltante no se había dirigido al presentador por su nombre, sino por el nombre de «Kenneth», que no tenía ninguna relación aparente con él. Siendo un presentador tan, tan famoso, era poco probable que un estadounidense de a pie lo hubiese confundido con otra persona, aunque esa parecía ser la única opción que explicaba la extraña frase que había acompañado la paliza. El propio Rather afirmaba no tener ni la más remota idea de lo que había provocado la agresión: «¿Quién sabe por qué suceden estas cosas, verdad?», dijo.
Antes de la era de internet y de los memes, el misterioso ataque captó la atención del público y se convirtió en insólita discusión de primera plana. Los detalles proporcionados por Rather eran tan raros que mucha gente pensó que se los había inventado, aunque Bob Sestak, el hombre que lo había auxiliado, ratificó su versión. En especial, era la misteriosa pregunta What’s the frequency, Kenneth? la que excitó la imaginación del público. La frase era tan sonora y sorprendente que se convirtió en objeto de chascarrillos televisivos y chistes varios. Nadie sabía en qué sentido había sido usada (como veremos más adelante, el significado era mucho más alucinógeno de lo que nadie podía haber supuesto), así que había interpretaciones para todos los gustos, y hasta terminó introduciéndose en el acervo popular. No solo era llamativa, sino que las iniciales de what’s the frequency eran W. T. F., la mismas usadas para la frase what the fuck («pero qué coño»). Así pues, la frase terminó siendo el equivalente de what the fuck, Kenneth?, y el propio nombre «Kenneth» fue usado, de forma jocosa, como sinónimo de tonto o despistado, de alguien que no se está percatando de nada.
Del lenguaje común, la frase pasó a la música gracias a Michael Stipe, cantante de la banda R.E.M. Se sentía muy intrigado por el proceso que había transformado un incidente inexplicable en una parte de la cultura popular. Dando por hecho que el agresor había confundido a Dan Rather con algún otro individuo, Stipe dijo: «Es el principal acto surrealista sin resolver del siglo XX. Un malentendido terroríficamente aleatorio, amplificado por los medios, y simple y llanamente chocante». Aquel interés se tradujo en una letra, y sus compañeros de grupo se encargaron de ponerle música. Titulada así, «What’s the Frequency, Kenneth?», se convertiría en el primer sencillo de su nuevo álbum, Monster. Era 1994, y habían pasado unos ocho años desde el suceso, pero por entonces los R.E.M. eran uno de los grupos de rock más exitosos del mundo, así que el que usaran aquella frase refrescó la memoria del incidente para una nueva. En realidad, Stipe no escribió la letra para describir el asunto Rather, sino que, a su manera, utilizó la conocida frase para ilustrar la desconexión entre la mentalidad de una persona de edad madura y la de los más jóvenes. En España, claro, el título nos sonaba aún más extraño. Recuerdo bien escucharla por primera vez; no tenía ni idea del incidente de Dan Rather, y el título del tema me pareció raro de narices, pero las letras incomprensibles eran algo habitual en R.E.M., así que pensé que «What’s the Frequency, Kenneth?» era otra más de sus ocurrencias sin sentido. En cualquier caso, la canción me gustó, y me sigue gustando, mucho.
Como curiosidad, la propia grabación del tema fue también accidentada. Aunque es difícil percibirlo si no se presta atención, quizá logren notar que el ritmo es un poco más lento en la parte final que al principio. Esto resulta bastante sorprendente, porque lo habitual es lo contrario, que se busque acelerar un tema hacia el final, ya que eso ayuda a reforzar la sensación de clímax, y también suele ocurrir de forma natural cuando se graba en directo. La leve, pero perceptible, ralentización de la canción era una anomalía. Y resultó que los R.E.M. no la habían buscado a propósito. Fue el bajista Mike Mills quien comenzó a tocar más despacio mientras grababan la toma. Los demás, incluido el batería, se acomodaron a su ritmo. Además notaron que el rostro de Mills estaba adoptando una mueca extraña. Cuando terminaron de tocar, resultaba evidente que el bajista estaba sufriendo un intenso dolor. Se lo llevaron al hospital, donde le diagnosticaron una apendicitis y le operaron de urgencia. Cuando se recuperó, el grupo ya tenía una gira programada y nunca volvieron al estudio para regrabar el tema, que se quedó así, y así fue publicado en disco. Cuando escuchen la parte final, pues, admiren el hecho de que el pobre Mills fuese capaz de tocar su parte hasta el final, mientras se retorcía presa de un repentino dolor. Otra curiosidad, esta vez referente al videoclip, es que la guitarra que Peter Buck llevaba colgada había pertenecido a Kurt Cobain, que se había quitado la vida unos meses antes. Era notoria su amistad con los miembros de R.E.M., y Courtney Love le regaló la antigua a Buck. Este la lució en el videoclip como homenaje, aunque tenía que tocarla boca abajo y con las cuerdas cambiadas, porque la guitarra de Cobain era para zurdos.
El LP Monster fue número uno en Estados Unidos y algunos otros países, repitiendo el enorme éxito de los dos anteriores álbumes de la banda: Out of Time, el que los había convertido en una atracción de primer orden gracias al bombazo internacional de «Losing my Religion» (lo más viejos recordarán que sonaba, ¡en todas partes!), y Automatic for the People, que había consolidado ese impacto gracias a temas como «Man on the Moon» o la balada «Everybody Hurts». Así pues, el que R.E.M. titulasen un tema con la frase pronunciada por el hombre que lo había atacado tenía que llegar a oídos de Dan Rather. Quizá algunos esperaban que el presentador se lo tomase a mal, porque era sabido que tenía bastante mal genio entre bastidores, lo cual llegó a causarle problemas con sus superiores en más de una ocasión. Pero eso no sucedió: Rather dijo que la canción le gustaba mucho y también elogió el resto del álbum, calificándolo como «monstruoso», en referencia al propio título del disco.
No solamente se lo tomó bien, sino que, tiempo después, accedió a aparecer junto a la propia banda en televisión, cantando él mismo algunos versos del tema. El pobre Rather hizo lo que pudo; es obvio que la música no era lo suyo, y resulta gracioso ver a Michael Stipe marcándole las entradas con un «one, two, three, for», y gesticulando para que Rather consiga meter la letra a tiempo. En cualquier caso, a Rather casi no se lo oye. Primero porque, visiblemente nervioso, canta a un lado del micrófono y no delante del mismo (hablamos de un presentador de televisión, así que lo hizo más por miedo que por desconocimiento). Y en segundo lugar, porque los técnicos le habían puesto el volumen muy bajo, quizá previendo que empezase ya de primeras con algún gallo. Bien, Rather no tenía sentido de la melodía o el ritmo, y desde luego parecía apabullado por la idea de aparecer en pantalla junto a uno de los grupos más famosos del planeta, pero haciéndolo demostró bastante sentido del humor. La aparición se produjo en el programa de David Letterman (años atrás, había sido el primero en dar a los R.E.M. la oportunidad de salir en la televisión nacional), quien no anunció qué era lo que iban a ver los espectadores, y se limitó a presentar la miniactuación diciendo: «Vean esto y díganme si no se trata de algo extraño». Fue sin duda un momento entrañable.
Cuando Dan Rather y R.E.M. aparecieron juntos interpretando la canción el misterio sobre el ataque continuaba sin resolver, pero se avecinaban novedades. Rather no había vuelto a sufrir asaltos, así que la cosa había quedado como una anécdota desagradable rodeada por una fascinante aureola de leyenda urbana, pero sin mayores consecuencias… al menos que supiera la opinión pública.
Un par de años después, un periodista llamado Frank Bruni reveló la supuesta identidad del atacante en un artículo publicado por el New York Times: «Durante una década», escribió Bruni, «la frase What’s the frequency, Kenneth? evolucionó desde ser una incomprensible declaración pronunciada durante un crimen inexplicable (…) hasta formar parte del núcleo del folclore kitsch, inmortalizado como título de un popular éxito por la banda de rock R.E.M. (…) Algunos detractores injustamente la desecharon como apócrifa, y se convirtió en una rareza sin sentido y un misterio sin resolver». Después de una década de conjeturas, Bruni señalaba a un tal William Tager como autor de la agresión. Había dado con su identidad porque Tager había sido detenido bajo otra acusación —en este caso mucho más grave: un asesinato—, y durante los interrogatorios y exámenes psiquiátricos, confesó que había sido él quien le había propinado la paliza a Dan Rather. Cuando, a raíz del artículo, se le mostraron fotografías de Tager a Dan Rather, el presentador lo reconoció al instante y declaró: «No tengo duda alguna de que es él».
La historia de William Tager dejó a todo el mundo atónito, porque parecía sacada de una novela de Stephen King. Si el asunto había parecido un misterio extraño, se tornaría aún más extraño al ser desvelado.
En 1994, el año de publicación del disco Monster, Tager había intentado colarse en los estudios de la NBC en Nueva York. Un empleado de la cadena lo vio, se interpuso en su camino y trató de echarlo. De repente, Tager sacó una pistola y disparó: la víctima falleció a causa de los balazos. Cuando Tager fue detenido, la policía notó que parecía sufrir de delirios paranoides, así que lo pusieron en manos de un médico para que realizase un informe pericial. Un psiquiatra forense lo entrevistó para descubrir sus motivaciones. Y Tager dio unas aberrantes explicaciones para sus agresiones: aseguraba que las cadenas de televisión estaban metiéndose en su cabeza mediante la emisión de ondas, y todo por orden de su archienemigo, el vicepresidente del gobierno mundial que imperaba en el año 2265, de donde él mismo aseguraba proceder. Había intentado colarse en la NBC para intentar averiguar la frecuencia concreta de las ondas con las que lo obligaban a escuchar mensajes amenazantes llegados del siglo XXIII.
Sus delirios resultaron ser dignos de un fascinante argumento de ciencia ficción. Según su relato, en el futuro estaba en la cárcel, mientras el mundo entero era dominado por un régimen autoritario global. Ese gobierno había pasado ciento cincuenta años desarrollando un ambicioso proyecto para crear un portal interdimensional que permitiese viajar en el tiempo. Cuando por fin terminaron la construcción del portal, Tager se ofreció voluntario para realizar el peligroso viaje inaugural hacia el pasado, a cambio de que su condena carcelaria fuese conmutada en el momento en que lograse regresar de su viaje. Para ello, el gobierno lo sometió a un exhaustivo entrenamiento. Poco antes de emprender el viaje, Tager recibió la visita del vicepresidente del gobierno mundial, a quien describió como «un tejano de cabello oscuro y sonrisa alienígena», auténtico eje del gobierno y el hombre más poderoso del mundo. El vicepresidente advirtió a Tager de que estaba obligado a regresar del pasado para ofrecer un informe completo del viaje; no debía ceder a la tentación de quedarse viviendo en el siglo XX, pues se le había implantado un chip que podía ser utilizado para enviar mensajes a su cabeza y así obligarlo a volver. Solo si regresaba se le quitaría el chip y se le ofrecería el perdón total.
Así, el intrépido viajero dio un salto de casi trescientos años, apareciendo en Nueva York el 1 de enero de 1986. Empezó a explorar un mundo que para él era desconocido. Y todo iba bien, hasta que un día cometió el error de intentar meter monedas en un parquímetro que ya no estaba en servicio, lo cual, según su versión, fue motivo bastante para que la policía lo detuviese y un tribunal lo sentenciase a treinta días de prisión. Tager, el viajero del tiempo, protestó airadamente ante el tribunal: si lo mantenían en una celda durante todo un mes, no podría regresar al futuro en la fecha prevista, y el futuro gobierno mundial usaría el chip insertado en su cerebro para martirizarlo. Sorprendido ante tan sentida y aberrante protesta, el juez ordenó un examen psiquiátrico de Tager. Como era patente su desorden mental, la sentencia (suponemos que en realidad impuesta por resistencia a la autoridad o por intentar retirar monedas en vez de meterlas, como contaba él) fue reducida a la mitad. Eso no impidió que Tager perdiese la primera oportunidad de volver al futuro, puesto que el viaje debía emprenderse en unas ventanas temporales determinadas. Salió de su celda pero, dada su tardanza, un enfurecido vicepresidente comenzó a enviarle aterradores mensajes telepáticos, insultándolo y amenazándolo. Sumido en un terrible estado de ansiedad, mortificado por la voz en su cabeza, Tager apenas podía dormir por las noches. Todavía le quedaba un tiempo hasta que se abriese una nueva «ventana» para regresar al futuro, y entretanto tendría que padecer aquella insoportable tortura. Dedujo que necesitaba averiguar la frecuencia concreta en la que le eran enviados esos mensajes, para poder neutralizarlos y obtener algo de paz.
Diez meses después de su aparición en el siglo XX, el crononauta William Tager caminaba por Manhattan cuando, incrédulo, vio a su archienemigo caminando por la calle. Era él, que había venido del futuro para intentar llevárselo de vuelta, o tal vez para matarlo. Allí lo tenía, en carne y hueso: el vicepresidente del gobierno mundial del año 2265, Kenneth Burrows.
Desesperado, Tager empezó a gritarle: «¡Kenneth! ¿Cuál es la frecuencia, Kenneth?». Y Kenneth, con su pelo oscuro y su acento tejano, fingió no conocerlo: «Creo que me está confundiendo con otra persona». Tager lo golpeó, y siguió golpeándolo, preguntando por la frecuencia en que eran enviados los mensajes, pero Burrows no soltaba prenda. Al final, cuando apareció gente para ayudar al vicepresidente, Tager huyó. Poco después se dio cuenta de que, seguramente, aquel no era el verdadero Kenneth Burrows. El vicepresidente nunca se hubiese sometido a los riesgos de un viaje en el tiempo. Tenía que ser un doble, un clon que Burrows utilizaba para vigilarlo. Tager había cometido un error, y además se sentía algo confuiso por el hecho de que el vicepresidente se pareciese tanto al presentador Dan Rather. Aterrorizado, Tager comenzó a deambular por la ciudad. Pasaron los días. Se dio cuenta de que, en su confusión, había dejado escapar la última «ventana», la última oportunidad para regresar a su época. Los mensajes telepáticos, pues, empeoraron. Tager vivía como un vagabundo, robando comida allá donde podía; de vez en cuando era detenido por esos robos, y encerrado durante una temporada en algún hospital psiquiátrico. Así pasó varios años, entrando y saliendo de celdas, sin encontrar un modo de volver a su siglo, perdido en un mundo hostil y extraño, con la amenazante voz de Burrows siempre metida en el cráneo.
Decidido a poner fin a su calvario, visitó varias bibliotecas, buscando información sobre ondas electromagnéticas. Entendió que los mensajes del futuro tenían que estar siendo enviados a su cabeza mediante las emisiones de televisión, aunque ningún espectador, salvo él, podía oírlos, ya que hubiesen necesitado un chip del futuro para captarlos. En su alucinada mente, la conclusión caía por su propio peso: en alguna de aquellas emisoras tenía que esconderse un cómplice de Burrows, como aquel Dan Rather clónico al que había atacado años antes, pero que manejaba las ondas entre bastidores. Empezó a merodear por los alrededores de los estudios. Un día, mientras acechaba las instalaciones de la NBC, las caóticas diatribas telepáticas del vicepresidente cambiaron de naturaleza, y se convirtieron de repente en mensajes pregrabados que se repetían cada veinte minutos. Así, Tager supo que estaba cerca de su objetivo. Todo lo que necesitaba era entrar, y podría descubrir al autor material de las retransmisiones. Un empleado de la NBC salió a su encuentro, impidiéndole acceder al recinto. Tager sacó la pistola que llevaba consigo y le disparó. Cuando llegó la policía, se declaró culpable. En su imaginación enferma, había matado al cómplice de una futura dictadura planetaria.

Imagen: Warner Bros. Records.
El caso de William Tager conmocionó al país, y más aún cuando se comprobó el parecido y la coincidencia en el tiempo con otro crimen sucedido en Canadá, donde un individuo llamado Jeffrey Arenburg también se presentó en la entrada de una emisora de televisión, armado con un rifle, y disparó a uno de los presentadores más queridos de la cadena, el periodista deportivo Brian Smith, que murió como consecuencia de las heridas. Tras su detención, Arenburg aseguró que la televisión estaba enviando señales a su cabeza. Se había presentado varias veces en los edificios de emisoras locales y hasta en el parlamento canadiense, exigiendo entrevistarse con determinadas autoridades o periodistas, aunque siempre lo habían expulsado. La noche del crimen llevaba con él una lista de presentadores, y al parecer disparó a Smith porque este fue el primero al que reconoció; el pobre Brian Smith tuvo la mala suerte de salir del edificio en el momento equivocado. Arenburg fue exonerado del crimen debido a que padecía esquizofrenia y no estaba en posesión de sus facultades mentales. Lo internaron en un psiquiátrico, y ya de paso en Canadá se discutió mucho sobre la necesidad de aumentar el control sobre la tenencia de armas, porque había quedado patente que cualquier desequilibrado podía tenerlas en casa.
En cuanto a William Tager, su apoteósico relato y el hecho de que mostraba claros síntomas de esquizofrenia sirvieron como atenuante durante el juicio por asesinato; fue sentenciado a un mínimo de quince años de prisión. En su celda, Tager pasaba el tiempo escribiendo textos y dibujando cómics en los que desarrollaba una y otra vez los mismos delirios. En 2007, con un informe psiquiátrico favorable, solicitó la libertad condicional, que le fue denegada. En el 2010 se presentó a otra revisión y esa vez sí le permitieron salir a la calle. Tenía por entonces sesenta y tres años. A día de hoy, que se sepa, sigue viviendo en Nueva York. Siempre ha declinado hablar con la prensa y no se sabe mucho sobre él, excepto que fue liberado bajo una cláusula especial de buen comportamiento, y con la obligación de cumplir a rajatabla varias condiciones: no puede conducir, no puede beber alcohol (ni siquiera puede poner un pie en un bar donde se sirva bebida), ha de realizarse pruebas periódicas para detectar un posible consumo de alcohol u otras sustancias, tiene una hora límite para volver a casa, y ha de presentarse a las sesiones de terapia estipuladas. Hoy, si es que sigue vivo, es un hombre septuagenario que, hasta donde se sabe, no ha vuelto a causar problemas. Eso sí, nunca se lo ha acusado formalmente de agredir a Dan Rather, quien supongo tenía más bien pocas ganas de remover el asunto presentando una demanda, no fuese que Tager volviese a verlo convertido en el malvado Kenneth Burrows. En fin, como ven, la realidad supera la más rara de las letras de canciones. Siempre me he preguntado qué piensa William Tager sobre la canción. Quién sabe si alguna vez se haya colado entre el público de un concierto para escuchar en directo la más famosa frase que pronunció en su vida.
Matadero Cinco: un soldado perdido en el tiempo

Kurt Vonnegut, ca. 1985. Fotografía: Cordon Press.
Alemania, febrero de 1945. La ciudad de Dresde era un gigantesco hospital de campaña, sus edificios, convertidos en refugio para los heridos del frente oriental. El abastecimiento de comida, cada vez más escaso. Muchas fábricas ya habían sido destruidas por las bombas aliadas. Pero Dresde mantenía un nudo ferroviario que podía dañar los intereses soviéticos, cuyo ejército ya se encontraba a las puertas de Silesia. La inteligencia británica decidió reabrir la Operación Thunderclap del 44, rendir por aire los enclaves del oeste, pero esta vez solo las ciudades más importantes. Para acelerar en el tiempo el final de la guerra, decidieron bombardear Dresde, conocida como la Florencia del Elba por la enorme cantidad de museos y monumentos, una ciudad repleta de belleza. La noche del 13 de febrero, los pathfinders británicos arrasaron Dresde en dos oleadas de bombas incendiarias. Dejaron casas y seres vivos consumidos por una lluvia de fuego gigantesca que succionó el oxígeno e hizo explotar todo lo que había debajo. Al día siguiente, los cazas norteamericanos dejaron caer otras tantas toneladas de bombas sobre diversos objetivos en la ciudad y sus alrededores. A causa de la nube de humo y las condiciones climáticas, algunas bombas se desviaron, llegando hasta Praga.
Durante mucho tiempo, este episodio del fin de la Segunda Guerra Mundial quedó oculto por los acontecimientos de Hiroshima y Nagasaki del verano del 45. Pocos datos se ofrecieron con precisión, especialmente el número de víctimas. Eran casi todos civiles o soldados heridos y la ciudad, su centro urbano, un lugar de gran valor histórico que no poseía interés militar alguno, salvo la venganza del mando británico por los raids alemanes. Los libros hablaron de ciento treinta mil personas muertas, mientras que las cifras oficiales oscilan entre las veinticinco y las sesenta mil. Las pocas imágenes que hay de Dresde tras los bombardeos son terribles, y cuesta imaginar la reacción de los escasísimos supervivientes.
Por puro azar o broma del destino, uno de esos supervivientes fue un soldado norteamericano. Dejémoslo más bien en un crío de diecisiete años, sin la más mínima habilidad militar, que había sido hecho prisionero por los alemanes en Bélgica y trasladado a Dresde para trabajar en una fábrica de jarabe para preparados de vitaminas. Se salvó de morir en estos pavorosos ataques porque corrió a esconderse con sus compañeros en un enorme almacén de carne del antiguo matadero de la ciudad, donde los alemanes los tenían confinados, excavado en la piedra bajo la ciudad. El Matadero n.º 5. El prisionero se llamaba Kurt Vonnegut y venía, sí, de una familia de inmigrantes alemanes que se habían instalado y prosperado en Indianápolis. Ya convertido en escritor, tardó veinte años en llevar a una novela lo que había vivido aquellos días en Europa. Sobre todo, lo que vio nada más subir del improvisado refugio, entre el telón de humo que tapaba el sol. Lo que quedaba de Dresde. Según él, no había mucha diferencia entre la superficie de la Luna y aquello, salvo que el suelo estaba caliente y los pies se hundían en una papilla de cenizas.
Un escritor con semejante experiencia a sus espaldas podría haber aprovechado para formar parte de la lista de autores que han retratado estos acontecimientos, aunque desde distintas posturas ideológicas, siempre con una mirada épica sobre la batalla y sus trágicos desenlaces (desde Jünger a Hemingway). Pero Kurt Vonnegut no era un escritor como ellos. Sus recuerdos de la Segunda Guerra Mundial suponían un peso que le resultaba imposible de reproducir con palabras. En el primer capítulo de Matadero Cinco, que sirve como asidero explicativo de donde parte esta increíble historia, Vonnegut expone la dificultad que le supuso describir lo indescriptible, la contemplación de una ciudad destruida hasta los cimientos, confundiéndose el polvo de los edificios con el de los huesos de los muertos, o cómo antes de llegar a Dresde pasó unos días infames en un campo de concentración para soldados, donde se alumbraban con velas hechas de sebo humano. En el estilo satírico que le hizo mundialmente famoso, el autor explica que él quería hacerse rico con un libro en esa tradición de la literatura bélica, pero tras escribir cientos, miles de páginas, no le salía. ¿Cómo era posible escribir sobre una matanza de este calibre? En sus propias palabras, «No se puede decir nada inteligente».
También deja clara la intención en estas primeras páginas. La novela puede y va a ser muchas cosas, pero por encima de todo es un desesperado alegato antibelicista, una narración que mostrará un mensaje mil veces repetido, pero no por ello escuchado lo suficiente: el absurdo, más trágico que la propia muerte, de las campañas militares. La sucesión de hechos espantosos y situaciones ridículas, a la que vez que idiotas, no exentos de comicidad que rodean a cualquier enfrentamiento de esta clase. Los seres humanos lo sabemos, pero volveremos a la guerra una y otra vez, en un ciclo imperturbable de locura y desgracia.
Matadero Cinco tiene otro título: La cruzada de los niños, en referencia a la edad de los soldados que, como Vonnegut, participaron en la batalla de las Ardenas. En ese primer capítulo nos muestra otros ejemplos de fanatismo loco, por ejemplo, la «cruzada» medieval en la que se embaucó a miles de niños que creían que iban a luchar en Tierra Santa, cuando en realidad, y después de un viaje penoso, serían vendidos como esclavos en África. A lo largo del libro aparecerán mencionados títulos de novelas muy célebres ambientadas en una guerra y más casos de traumas, como el del escritor Ferdinand Céline, quien, tras ser herido en la Primera Guerra Mundial, quedó perturbado, obsesionado por el tiempo y la muerte. El autor también se detiene en la historia de Dresde y repasa sus etapas de esplendor artístico, así como anteriores episodios de destrucción, como el incendio de la guerra de los Siete Años, en el que también quedó reducida a escombros. Igual que fueron devastadas Sodoma y Gomorra, con una lluvia de fuego. Vonnegut incide de esta manera en el aspecto cíclico de la historia, en la incansable e imbatible estupidez humana y la inevitabilidad de los acontecimientos. Las tres ideas sobre las que está construida Matadero Cinco.
Pero esa novela convencional sobre la guerra termina en el capítulo primero. A continuación se despliega una historia que tiene más que ver en el tono con crudas narraciones picarescas, tipo El aventurero Simplicíssimus (Von Grimmelshausen, 1668), o sátiras contemporáneas de Matadero Cinco, como la novela Trampa 22, de Joseph Heller (Catch-22, 1961). Esto es algo totalmente diferente. Vonnegut describirá las penalidades del soldado adolescente desde que es lanzado en paracaídas sobre algún punto de Luxemburgo en el invierno de 1944, pero no se limita a estos hechos, sino que pondrá delante de nosotros la vida entera de su protagonista, porque esta experiencia resonará y volverá a lo largo de todos los días, para que intentemos comprender con él de qué manera ha cambiado su percepción del mundo, cómo se ha trastocado su mente y la realidad. Y nos lo narra de forma no lineal sino a saltos temporales, tal y como los vive Billy Pilgrim, el alter ego de Kurt Vonnegut en la novela. El autor se desdobla en este personaje, muy típico de su literatura, un pobre hombre sobrepasado por las circunstancias, pero además se reencarna un par de veces a lo largo de la narración, apareciendo como él mismo y como el veterano escritor de ciencia ficción Kilgore Trout. Trout, uno de los más celebrados personajes de Vonnegut, está inspirado tanto en él mismo como en su amigo el escritor Theodore Sturgeon (llevando al límite la broma, el autor Philip José Farmer publicaría en forma de novela del espacio uno de los títulos que Vonnegut atribuye a Trout en su novela Dios le bendiga, Mr. Rosewater (1965), con ese mismo seudónimo: Venus en la concha, en 1975). El personaje del señor Rosewater, por cierto, también aparece en Matadero Cinco, un recurso habitual. De esta forma, escritor y personaje recorren un ciclo de realidad-ficción congruente con el de espacio-tiempo.
El soldado Pilgrim (‘peregrino’) experimenta en plena batalla un extraño fenómeno. Es capaz de ver su vida pasada y futura, puede sentirse y verse antes de nacer, saber cuándo y cómo va a morir, qué pasa después de la muerte, así como revivir episodios de su pasado o contemplar con todo detalle experiencias de su futuro. Una explicación racional a estos viajes en el tiempo la daría cualquiera, aludiendo a una herida de guerra o un profundo shock traumático, pero eso es lo de menos, porque la capacidad de Billy Pilgrim de ver el tiempo y ser consciente de que todo está escrito es la filosofía de Vonnegut que subyace en Matadero Cinco. Un determinismo fatalista del que solo cabe aprovechar los escasos momentos felices.
Desde la batalla de las Ardenas, Billy Pilgrim entra y sale de diferentes épocas de su vida con un parpadeo. Lo hace de tal forma que puede presenciar el momento de la muerte de su padre o volver a un instante de sus días como bebé. Así, vuelve a repetir de forma infinita todos los instantes de su vida. En un contrasentido humorístico, se dedicará profesionalmente a la gestión de una cadena de ópticas (un cargo millonario que recibe, de forma totalmente casual, de su yerno) y está empeñado en hacer que sus compatriotas obtengan una visión clara del mundo. Él, que ve las cosas de esta forma tan peculiar. Y si lo de los viajes en el tiempo ya es extraño, cuando Pilgrim es un hombre maduro, casado y con dos hijos, van y aparecen los extraterrestres. No aparecen de forma casual: es durante la fiesta de aniversario de su boda, y en un instante que hace saltar la emoción que el protagonista ha estado guardando desde los días de la guerra, cuando Billy es abducido por una nave espacial y es trasladado al planeta Tralfamador. Allí, los extraterrestres, unos seres de medio metro que parecen desatascadores puestos al revés, pero de color verde, encierran a Pilgrim con una famosa actriz de Hollywood, ambos desnudos, en una cúpula geodésica del zoo, para que los tralfamadorianos se entretengan observando las curiosas costumbres de los dos terrícolas, y a cambio le ofrecen información acerca de su mundo y la sabiduría que han acumulado tras recorrer el universo. La cúpula fue un invento de Buckmisnter Fuller, el arquitecto visionario que desarrolló soluciones para un planeta sostenible y creía que la guerra desaparecería. Será uno de los pocos lugares felices donde viva Pilgrim, que desde los episodios de la guerra vagará por su biografía sin tener conciencia de lo que hace. Se casa con una mujer a la que no quiere, sus hijos serán dos extraños y los acontecimientos del mundo habrán dejado de tener el menor interés.
La novela se desliza por la ciencia ficción, no como simple recurso cómico para aligerar la terrible experiencia del soldado Pilgrim, sino como la única salida que el escritor y también protagonista de los acontecimientos de Dresde encuentra para dar sentido a una vida absurda que culmina en la muerte. En el psiquiátrico donde es recluido tras volver a casa, Billy Pilgrim canaliza sus pesadillas en la lectura de las space operas de Kilgore Trout, el veterano escritor de sci-fi que no ha logrado el éxito comercial. Las historias de robots e invasores del espacio se mezclan con los acontecimientos de la vida de Pilgrim, que son, a su vez, los hechos de la biografía de Vonnegut. Como otros compañeros de generación (Robert Sheckley), el autor escribió la mayor parte de sus libros en clave de ciencia ficción, con un profundo mensaje crítico sobre la sociedad estadounidense. Los mensajes religiosos del cristianismo se subliman en relatos pulp sobre máquinas del tiempo, sus experiencias en Tralfamador se convierten en un novela de Trout titulada El gran tablero, los marcianos devienen en dependientes de librerías de revistas porno, y los militares son constantemente ridiculizados, por ejemplo, a través de Joseph W. Campbell Jr., el histriónico jefe de los Free American Corps, un desertor que se ha pasado a los nazis para luchar contra los comunistas y quiere devolver a sus compatriotas el orgullo perdido. (Salvo en el uniforme y una fantasía como de superhéroe entre cowboy y mando de las SS, el discurso recuerda y mucho al actual presidente de los Estados Unidos. Recomiendo vivamente la novela de Vonnegut donde Campbell es el protagonista absoluto, Madre noche [1961]).
Matadero Cinco se cierra en uno de sus numerosos círculos. Las últimas páginas son las más duras, un viaje a un planeta de sabios tralfamadorianos que conocen la cuarta dimensión. En ellas se revela el corazón de las tinieblas de este viaje del soldado Pilgrim. No se encuentra al final de su vida, sino justo al principio, cuando él y los supervivientes de la destrucción de Dresde tienen que cavar entre las ruinas y encontrar a los muertos, miles de cadáveres reunidos bajos refugios inútiles. La muerte es un absurdo inevitable que solo pueden controlar ciertas entidades extraterrestres con conocimientos superiores a los nuestros. Los seres humanos podemos sobrellevarla de diversas formas —con la religión, el amor a los semejantes, la locura, los tebeos de ciencia ficción o el existencialismo filosófico—, pero lo que no se puede superar son los efectos de la guerra.
Así es la vida
La novela se publicó en un momento crucial de la historia. Kennedy y Martin Luther King habían sido asesinados y la guerra de Vietnam era duramente contestada en la calle. Un relato sobre un episodio tan espantoso, que la opinión pública no conocía, escrito con la mirada sabia y humorística de su autor, en el mejor estilo de escritores como Mark Twain o Cervantes, le convirtió en un ídolo de la contracultura. Por ser «antiamericana», «ofensiva en el lenguaje» y posiblemente también «comunista», Matadero Cinco fue y sigue siendo perseguida por la censura (en algunos lugares de Estados Unidos han llegado a quemarla en público), pero es una obra a la que hay que volver, por el valor literario y por el testimonio personal. Kurt Vonnegut murió hace diez años, pero yo también creo en la noción del tiempo tralfamadoriana. Las ideas e imágenes de su obra son momentos únicos que permanecerán siempre y al mismo tiempo. And so it goes…
Este artículo es un avance de nuestra revista trimestral dedicada a las guerras #JD20, disponible ya en nuestra store.
Game of Thrones' Dragonstone is a real place. Thousands of fans might ruin it.
San Juan de Gaztelugatxe is a Basque church in Spain— and the site of Daenerys Targaryen’s Season Seven base.
Daenerys Targaryen came home across the Narrow Sea to Dragonstone in season seven of Game of Thrones. From Dorne to the Iron Islands to the North, visitors arrived to bend the knee.
Now that’s happening in real life as well, as Game of Thrones acolytes come to bend the knee at the actual location of Dragonstone — the steps leading to San Juan de Gaztelugatxe, a church and one-time monastery, near the village of Bakio in the Basque region of Spain. Some 75,000 tourists walked, literally, in the steps of Daenerys this July.
According to the Spanish daily El Pais, that means some 2,400 people a day, made the monumental schlep up a narrow and crumbling flight of ancient stairs in order to feel a touch closer to the mother of dragons. (The steps are real; the palace, in the show, is computer generated).
(HBO)
Those 241 steps that Daenerys and Jon Snow walk are part of the very real, roughly 1,000-year-old, man-made land bridge leading out to a monastery named for Saint John the Baptist, which is tethered to the coast by a wisp of land and a bridge.
In a millennium of pilgrimages, San Juan de Gaztelugatxe has never seen tourism numbers like these. But even the name sounds like it hails from Game of Thrones: Gaztelugatxe, in Euskera, the Basque native tongue, literally means “Castle Rock.”
Traditionally, visitors and pilgrims have come to San Juan de Gaztelugatxe to have their chance to ring the church’s bell at the end of the long and winding walk for luck and to keep away the evil eye. Thus far it has been clanging nonstop all summer. According to El Pais, local tourism authorities, meanwhile, are struggling to find a way to keep the landmark from physically crumbling under the pressure of so many visitors. Plans are being mulled to curtail the number of cars, or even to levy a fee to walk the steps. It’s currently free, for the brave and hearty souls that make the trek.
Before Game of Thrones, the trip to San Juan de Gaztelugatxe was off the beaten path, about an hour from Bilbao, and down a narrow strip of country highway populated by Basque bicyclists, and nearly as many sheep. It’s gorgeous and remote and a reminder of an era when calls to a monotheistic God included plenty of prayer for sailors to return from a sea that brought as much sorrow as it did riches. These days, additional prayer might be necessary — to keep this charming landmark as wild and beautiful as it has always been, before the Targaryens made landfall.
CK#115: Compositores pop, canciones de éxito y creadores de hits
Crear una canción de éxito no es fácil, amigos. En Campamento Krypton nos hemos propuesto crear un temazo y nos hemos fijado en unos cuantos maestros del hit. De la clase y la elegancia de Cole Porter y Bacharach a los éxitos Motown de Holland/Dozier/Holland y los pepinazos de Max Martin, pasando por nuestros Manuel Alejandro y Algueró o los hiperbólicos Diane Warren o Desmond Child. ¡Todo éxitos en este podcast!
El compositor de canciones es a menudo una figura semidesconocida que suele trabajar en la sombra del artista de pop. No obstante, como escucharéis en el podcast, la impronta de creador de canciones es tan fuerte que incluso marca un estilo o sonido. Desde principios del siglo, grandes profesionales han originado un cancionero de música popular y “estándares” que han servido de base a la música que hoy disfrutamos. Ahí tenemos el caso de grandes como Cole Porter o el trio Holland/Dozier/Holland.
En nuestro país Raphael, Marisol, Jeanette, Julio Iglesias o Rocío Jurado han confiado en maestros tan prolíficos como Augusto Algueró o Manuel Alejandro. Sin ellos, esa música que amaban nuestros padres no sería tan sentida, hiperbólica y eterna.
Si hablamos de música hiperbólica, no podemos dejar de citar al bueno de Jim Steinman que no sólo convirtió a Meat Loaf en lo que es sino que compuso los temas de la mítica Calles de Fuego. ¿Y qué podemos decir de Giorgio Moroder? Uno de los creadores de la música electrónica, pasó del disco al pop de sintetizadores para crear temazos para bandas sonoras y ser reivindicado continuamente por Daft Punk.
¿Os habéis fijado en los créditos de las canciones de Sir Elton John? Bernie Taupin ha escrito las letras de todos sus grandes éxitos pero poco más sabemos de un tipo discreto pero con una peculiar fijación. También oculto tras los grandes éxitos de Bon Jovi, Kiss o Aerosmith está Desmond Child, un profesional camaleónico que ha conseguido a los tiempos que corren.
¿Necesitas un baladón para tu blockbuster de verano? Diane Warren lleva años siendo la mejor especialista en esas artes. Como no menos solicitado es el sueco Max Martin, el sonido de las más importantes boy bands le debe tanto como cualquiera de las divas pop que arrasan a día de hoy en las listas de éxitos.
Viru y Lynnot, con la ayuda de Julián Almazán de Teenage Thunder y Poptardas, os invitan a este jukebox lleno de maestros de los “oohs” y “yeahs”.
Un paseo polas merendas de Compostela

A torta de fresa do Airas Nunes. Foto: Iván Barreiro
Setembro! Momento de reencontros na escola, na oficina e nas nosas cafeterías favoritas de Compostela. Para o máis cru do cru inverno que mellor plan que o de refuxiarse en locais con encanto, para gozar dun anaco de torta e dunha boa cunca de café mentres lemos un libro ou permanecemos á calor dunha conversa con quen cada un prefira.
Vexamos a nosa selección de sitios da cidade para pasar esas longas e chuviosas tardes que están por chegar. Un paseo por diferentes zonas xa que, como todo nesta vida, isto das merendas tamén vai por barrios. Aquí tedes a vosa propia ruta do pracer. There we go!:
ENSANCHE
Comezamos na rúa Frei Rosendo Salvado, nun dos locais que ilustran este artigo: A Mora. Desde 1924 é un sitio frecuentado por estudantes e non tan estudantes para tomarse un café á primeira hora da mañá ou polas tardes. O seu autoservizo tipo americano fomenta o dinamismo do lugar. Tomámonos un café, miramos os apuntamentos de clase e continuamos coa nosa xornada. Destaca a súa torta de Santiago entre a infinidade de doces que podedes atopar. Ten un local irmán na Rúa do Vilar.
De camiño ao Campus Sur, atoparemos o Tosta e Tostiña (Avda. da Coruña, 3), “local docemente ambientado”, tal como eles mesmos definen este establecemento con gran variedade de tortas, tamén por encargo. Moi preto de alí, na rúa Rosalía de Castro, abriu en 2013 Tartitis. É unha pequena cafetería en tons pastel e mensaxes amables onde atoparemos tortas, cupcakes e galletas caseiras. Tamén ofrece mesas doces que animarán calquera evento.
La Cibeles (Montero Ríos, 37), un local dotado de cores luminosas desde a súa recente reapertura, e The Smart Bar (San Pedro de Mezonzo, 5) cunha gran oferta de zumes naturais e iPads, son mostras da nova vida do Ensanche, con propostas novas que hai que coñecer.
En Doutor Teixeiro destaca o Reno, co seu inconfundible neón na porta. É un lugar con xente dende pola mañá ata pola noite xa que aquí reúnense tanto executivos para o café de media mañá ou o afterwork coma familias con nenos. Decoración que nos leva a unha biblioteca particular, mobiliario moi cómodo e unha boa selección de revistas para ler mentres tomamos café e torta. Un local perfecto para días fríos, quizais pola súa luz tenue e a sensación de intimidade que regala ao visitante.
SAN CLEMENTE-GALERAS
A policía é máis doce que nunca desde que ten en fronte o Madia Leva (Rodrigo de Padrón, 2). É un sitio tranquilo de madeira suave e luminosa onde gozaremos dun café ou dun bo viño con tapa se a tarde se alonga.
Paseando por San Clemente cara a Galeras, visitaremos o Lusco & Fusco (Campo de San Clemente, 11), que xa protagonizou a nosa sección A Merendar! A súa dona é Jessica, unha intrépida americana namorada de Compostela e que quixo traer o mellor das merendas do seu país. Lusco & Fusco é unha viaxe pola ruta 66 con parada en Twin Peaks. Deliciosa a súa torta de arandos e cereixa e os seus scones, caseiros como o resto da repostaría da casa. Ademais, no inverno acolle reunións para charlar en inglés ou perderse nun dos libros que nos presta á calor da cheminea.
Un pouco máis abaixo de Lusco & Fusco, temos o Café Tertulia (Pombal, 2), imprescindible para composteláns e visitantes. Un sitio atendido polo sempre amable John e o seu equipo, onde nos atoparemos como na casa, coas súas mesas de mantel azul e encantadores recunchos de pedra, perfectos para acomodarse no inverno. John confesa que o café “é a especialidade da casa. Poñemos moito corazón e orgullo e gústanos pensar que é un agarimo e unha arte que só se consegue conxugando moitos detalles. Tamén destacan os biscoitos de laranxa, chocolate, cenoria con noces e agora de té matcha”.
Deixamos o Café Tertulia e continuamos o noso paseo na Rúa das Galeras. No número 22 chegaremos á porta branca de El Romero, do que me confeso namorada dende que o descubrín un pouco por casualidade. A súa decoración victoriana e sobria seducen a calquera amante da elegancia e do repouso. Gozaremos da súa repostaría de elaboración propia en vaixelas de flores, sentados en sofás de veludo ou, en días de sol, na súa terraza. Un lugar perfecto para esconderse xa que é unha terraza de pequeno tamaño con 3 ou 4 mesas que convidan ao descanso mirando a través do enreixado ao xardín privado que se abre ante nós. Ás veces pasa un gato, ás veces escóitanse as campás da Catedral. É, simplemente, delicioso.
E se tedes ganas de sentirvos transportados aos clubs ingleses do século XIX, nada mellor que a cafetería do hotel Palacio da Carmen (Oblatas, s/n). Silencio e distinción.
CASCO VELLO
Entramos no espírito puramente compostelán mergullándonos no Casco Vello. Poucas cousas hai máis románticas que pasear polas pedras milenarias, tomándose un descanso á calor de calquera das preciosas cafeterías que se presentan no noso camiño.
A nosa primeira parada será en Airas Nunes (Vilar, 17), un deses sitios míticos que todo compostelán debería visitar pola súa torta de fresa (esta redactora certifica o impresionante sabor e aspecto das fresas naturais que se agochan na suave masa rosa), que ademais vos quedará monísima en Instagram, e os seus sofás baixo o lucernario. Unha quedaría alí tardes enteiras simplemente sen facer nada, cunha fumarenta infusión e unha porción de pastel.
En Caldeireiría 42 entraremos no Serendipia Café, un local de dous pisos e moi espazoso perfecto para grupos de amigos con ganas dun café, unha infusión ou unha Red Velvet.
No número 49 está o Blu Café, un refuxio exquisitamente decorado cunha preciosa terraza interior. Outra terraza interior que tamén fará as delicias de calquera fan das merendas é a do Recantos (San Miguel Dos Agros, 2).
Para os larpeiros do chocolate temos a chocolataría Metate (Preguntoiro, 12), un clásico en Compostela. E se o que vos gusta son as novas experiencias, pasádevos por La Flor (Casas Reais, 25), máis coñecida como restaurante pero que tamén vos sorprenderá á hora da merenda.
Ata aquí a nosa viaxe pola Compostela máis doce. Espéranos un gran outono así que a gozar dun café lembrando o que dicía Sherlock Holmes sobre esta beberaxe: “Non hai nada como unha cunca de café para estimular as células do cerebro”.
La entrada Un paseo polas merendas de Compostela se publicó primero en Pincha.
BigMou, xerente do Argentinos Burguer: “Gústanos moito que a xente se manche as mans comendo”

Gonzalo, do Argentinos Burguer. Foto: Iván Barreiro
Por Rebeca Munín
Gonzalo ten pinta de ser un bo tipo. Simpático, moi amable coa clientela… contesta ás miñas preguntas sen descoidar nin un segundo o que pasa en Argentinos Burguer. El é agora o encargado desta hamburguesería estrandense que abriron seus pais no 1980, converténdoa nunha das primeiras de toda Galicia. Mentres falamos non podo evitar mirar ao seu brazo. Que é o que asoma pola manga da camiseta? É unha porción de pizza? “Si”, confírmame entre risos. “Como me dixo o tatuador, non podía facer outra cousa. A paixón e o amor que teño pola pizza vén desde pequeno!”. E é que ‘o fillo do xefe’ – que é como se define a si mesmo no Facebook – leva toda a vida entre fogóns. O seu é ser un perfecto anfitrión. E abofé que o consigue.
E logo… de onde vén o de ‘BigMou’?
Vén de cando tiña eu sobre 15 anos e sempre estaba a broma entre os rapaces do instituto de que eu tiña unha hamburguesía e era gordito. A un ocorréuselle chamarme Mozzarela. De aí saíu Mozzarelo, Mochi… e ao final quedou en Mou. E o de ‘big’ é porque son gordocho e grande (volven os risos).
Cousas de rapaces entón. Pero non foi nada traumático, non si?
Non, para nada! (gargallada). É un alcume que me din cariñosamente.
Falando xa de Argentinos Burguer, por que escollíchedes estes pratos para @JuanEAT_o?
Un é un dos buques insignia desta casa, que é a hamburguesa. En concreto, puxémoslle a @JuanEAT_o a Oh Brother. É unha hamburguesa cunha carne galega de calidade, que leva un pan artesán de trigo galego, que nos fai unha panadería de aquí. Leva aguacate, queixo Cortes de Muar e un picado que facemos con jalapeño, cebola vermella, pimento morrón e aceite de oliva.
Soa moi ben… Que máis probou?
Un sándwich de pastrami, un embutido típico da Europa do Leste. Cando estes europeos emigraron a Estados Unidos trasladaron alí o pastrami e fíxose moi famoso. Hai uns anos fixemos unha viaxe toda a familia a Nova Iorque, coa intención de buscar ideas, recoller sabores… Coñecimos este bocadillo e decidimos incorporalo á carta. Leva pastrani polaco que nos envían desde Barcelona, porque facelo é moi complicado. Necesita varios días de curación, unha temperatura axeitada… Tamén probou unha pizza de salmón. É un tipo de pizza que busca diferenciarse. Por un lado cociñamos a base, con mozzarella fresca de búfala, e neste caso non botamos tomate. E logo poñemos o salmón e o queixo ricotta fresco. Por último, tomou un bocadillo de albóndegas ou Panini de Polpette. É un prato italiano que xurdiu a raíz dunhas xornadas italianas que facemos no mes de xaneiro.
Como vemos, a cociña de Argentinos Burguer é moi internacional…
Si, evidentemente o noso non é a cociña tradicional galega (ri). Aínda que nos gusta moito, eh! Ás veces intentamos utilizala. Por exemplo, hai un tempo fixemos un sándwich de xarrete, cun guiso tradicional. Pero no lugar de servilo nun prato, servímolo nun bocadillo. Gústanos moito que a xente se manche as mans comendo. E iso plasmámolo na nosa carta. Digamos que non somos de morro fino (sorrí).
E sempre estades viaxando para traer novas propostas?
Si, meus pais desde pequenos animáronnos a miña irmá e a min a viaxar e a probar outras cociñas, outras culturas… Ademais miña nai é arxentina, filla dunha italiana e dun aragonés. Meu pai é un galego que emigrou a Arxentina con cinco anos. É un namorado de Italia. Cando chegaron a Galicia no 1980 abriron o Argentinos Burguer. Sempre nos gustou moito viaxar e facémolo sempre que temos ocasión.
Ademais da cociña norteamericana e italiana, que outras cociñas hai na vosa carta?
Temos unha parte de cociña non mexicana pura pero si un tex-mex. Porque eu desde pequeno son un amante do picante. Aos meus pais sempre lles chamaba a atención como un rapaz de cinco anos quixera botarlle picante a todo o que comera (risos). Tamén intentamos saír do noso guión cando se dá a ocasión. Temos feito xornadas de cociña asiática, que funcionou ben pero non nos manexabamos tan cómodos e entón non a incorporamos. Algunha vez si que facemos algo de ramen, cociña chino-americana…
Sempre soubeches que acabarías dedicándote á hostelería?
Non. Tiven unha época de estar perdido no deserto (ri de novo). Estiven traballando tres anos nun casino de cuprier, na Illa da Toxa. Pero a miña nai rompeu o tendón de Aquiles e tiven que deixalo e vir para aquí. Agora meu pai xa está retirado e son eu o que se ocupa do negocio.
Pero é unha profesión que mamaches desde pequeno…
Si. Con cinco ou seis anos cargaba a máquina de tabaco, separaba as moedas para que tiveran cambio, cargaba as neveiras de Coca Cola… E con doce anos xa lle botaba unha man aos meus pais lavando pratos. Con 16 era o camareiro das fins de semana. E logo xa cando tiven que vir polo problema da miña nai empeceime a formar no servizo de sala. Fixen cursos de coctelería, sumillería, protocolo en hostelería… E aí foi cando me din de conta que por moito que quixera escapar, este era o meu sitio. De feito, estudiei un ciclo de administrativo e fixen as prácticas nun concello. Aos seis meses de estar eu no restaurante, chamáronme dunha empresa que traballaba con ese concello para ofrecerme un posto. Pero non o collín porque eses tres meses metido nunha oficiña foron os máis aburridos da miña vida (risos).
Que é o que ten de bo a hostalería?
Tenche que gustar e telo que levar no sangue. Fai pouco lin unha entrevista a David de Jorge na que dicía que sabía desde pequeno que sería cociñeiro porque lle gustaba ser anfitrión dos amigos dos seus pais. E iso é un pouco o que me pasa. Se hai unha comidas cos colegas, encárgome eu de organizalo todo. E iso meu pai tamén mo inculcou moito. A el gústalle moito o servizo clásico, da hostelería clásica, de ser servizal, trinchar na mesa…
Cales son os vindeiros obxectivos no Argentinos Burguer?
O máis inminente é o cambio de carta. Levamos moitos anos metendo propostas que non había. Por exemplo, fumos os primeiros en facer kebab. Fumos sumando, sumando… e tiñamos unha carta demasiado extensa. Entón agora recortamos pratos, centrándonos máis no que nos gusta, que é a comida de rúa, as hamburguesas, pizzas o mexicano… E temos a idea de facela máis dinámica, cunhas suxerencias semanais ou mensuais. Incluso tocando un pouco a cociña tradicional pero ao noso estilo. En setembro imos pechar 20 días e voltaremos en outubro, que será cando empecemos cos pratos tamén de tempada.
Tendes idea de abrir outros negocios?
(Sorrí) Proxectos sempre hai. Estivemos nunha etapa que nos quixemos centrar no Argentinos Burguer, asentalo ben e enfocalo cara o que queriamos. Ese obxectivo está xa medio cumplido e agora teño ideas pero non con este mesmo concepto, senón algo diferente. Aínda é pronto para anuncialo. Se vai para adiante, avisareite!
(E eu prometo contárvolo a vós ;-)!)
La entrada BigMou, xerente do Argentinos Burguer: “Gústanos moito que a xente se manche as mans comendo” se publicó primero en Pincha.
Nova carta en Argentinos Burguer
@JuanEAT_o esperando polos pratos do Argentinos Burguer. Foto: Iván Barreiro
Cando cheguei ao Argentinos Burguer o seu xerente, BigMou, fíxome unha pregunta: “Ves con fame?”. “Si, claro! Dálle lume”, respondín. Cando vin entrar os catro pratos representativos da carta deste local da Estrada, pensei: Coitadiño de min! Foi unha enchenta!
Coas propostas enriba da mesa e o fotógrafo tirándolle fotos, o primeiro que chamou a miña atención foi a Hamburguesa Oh Brother. Estaba no seu punto, como a min me gusta, ben xugosa. E cun pan artesán que estaba boísimo. O único apunte é que o preparado da salsa caseira pode resultar algo picante. Pero para os que gocen cos sabores fortes é todo un manxar.
O segundo bocado foi para o bocadillo de albóndegas (Panini de Polpette). Mi madriña que boas estaban! Aínda que eu quitaríalle un pouco de salsa, pero iso é porque non me levo moi ben cos tomates J Ademais, ao tardar un pouquechiño en probalo, o pan estaba enchoupado na salsa e rompía. Penso que non puiden gozar del como debería. Terei que voltar…
En terceiro lugar, fun a polo sándwich de pastrami. Para min, o noso xamón asado polaco. Un prato rotundo, no que se combinan moi ben os pepinillos, a mostaza e a rúcula, nun pan de molde feito a medida para aguantar con todo.
Despois boteime á pizza. Tratábase dunha base fina, con bordes non pronunciados e unha cocción no seu punto. Enriba, salmón e queixo ricotta. Salmón quente en láminas? Non! A sorpresa e orixinalidade deste prato está en que os dous produtos están fríos, botados enriba da masa despois de cociñala. E o resultado é moi bo. Neste caso o salmón estaba pouco salgado e combinado co ricotta, que é como o requeixo pero máis doce, resultaba delicioso. O único problema desta pizza é o de sempre: que o salmón gusta ou non gusta. Se non es deste peixe, non o pidas.
Por último, aínda que non o vedes nas fotos, esta comida remateina cun flan de doce de leite con nata que tiña o caramelo máis rico que probei na miña vida. E así, cheo como un petouco e máis feliz cunha perdiz, volvín para casa. Moitas grazas a Argentinos Burguer polo tempo e a dedicación!
Datos
Lugar: Argentinos Burger (Avenida Benito Vigo, 70 – A Estrada)
Pratos: Hamburguesa Oh Brother (9,90 €), Sandwich de Pastrami (7€), Pizza de Salmón (11,50€) e Panini de Polpette (7 €).
Valoración: 9 estrelas
Fotos: Iván Barreiro
La entrada Nova carta en Argentinos Burguer se publicó primero en Pincha.
Familia Franco: Devolvan as estatuas roubadas do mestre Mateo!

“Que devolvan o roubado!”. Esta foi o lema de numerosas pancartas que este xoves encheron a porta de entrada ao Museo da Catedral de...
Por Redacción
Trees 1. A su Sombra

Edición original: Trees, Vol. 1 TP.
Edición nacional/ España: Norma Editorial (2017).
Guión: Warren Ellis.
Dibujo: Jason Howard.
Entintado: Jason Howard.
Color: Jason Howard.
Formato: Tomo rústica de 168 páginas a color.
Precio: 18 euros.
Con el cambio de pensamiento, cuando la humanidad dio por hecho que su planeta, no solo es el centro del universo, si no que no es más que una mísera parte del un inabarcable universo que escapa a su limitada razón surgió nuevos tipos de medio alrededor de la indiferencia. Uno de los sentimientos más inherentes al esta raza es el ego, Creamos monumentos alrededor de una figura a la que adoramos, generamos ídolos, basado únicamente en la arbitrariedad de nuestras emociones…
Siempre hemos necesitado una guía algo que dé significado a nuestra existencia, que haya una explicación superior a todo el sufrimiento que concentra este mundo, que hay una razón detrás de todo. Estamos programados para ello, y por ello nos cuesta tanto asumir la nada, y todo el nihilismo y el relativismo que a ello nos conduce. El carpe diem, que es la opción mayoritaria, tan solo es un sedante que lleva nuestra atención o la nubla de una verdad demasiado lesiva, pero que en todo caso, no la anula.
Ese terror no solo nos conduce a la idea de que somos completamente insignificantes, que no importamos nada y que si desapareciésemos, no solo no supondría un cambio significativo para el universo, si no que ni se inmutaría (con lo que cualquier explicación superior ligada a la espiritualidad carece del más mínimo sentido, pero no solo eso, sino que además cualquier clase de moral quedaría en entredicho, puesto que al final todos terminamos igual y no tiene ninguna diferencia real comportarse de una manera u otra). No importamos nada y somos productos del error, como un hijo no deseado, o del azar.
¿Y si en el mundo surgieran unos monolitos que sean la representación simbólica de todo ello? ¿Cómo reaccionaríamos ante semejante golpe al status quo?
Trees nos plantea una sociedad en el que alrededor del globo han surgido una serie de monolitos (que recuerdan a los de 2001: Una Odisea en el Espacio, todo sea dicho), de origen desconocido, supuestamente extraterrestre, a los que los humanos han bautizado como “árboles. Consecuencia de que no hayan hecho absolutamente nada, desde que aparecieron, es que es la demostración irrefutable del absurdo nuestra existencia.
Warren Ellis vuelve a su género predilecto y vuelve a plantearnos temas (conspiraciones que mueven la sociedad, la obsesión, la lucha del individuo, la verdad oculta detrás de lo que conocemos…) que, como cualquier conocedor de su obra sabrá, no son nuevos dentro de toda su prolífica obra. Tampoco usa recursos especialmente novedosos: dotar al lector con la menor información posible con el fin de tener el recurso de interés de la sorpresa, desubicar al lector completamente en un principio, que se siente perdido ante el aluvión de peripecias que suceden frente a sus ojos, como si le faltase parte de la información, como si hubiese irrumpido con la fiesta ya empezada…
Pero lejos de aburguesarse, nos deleita con una jugarreta narrativa que no había empleado jamás hasta este momento. Como lector es inevitable que me evocase en el momento en el que lo leí a RR Martin, o incluso a Psicosis, la película de Alfred Hitchcock, pero meditándolo me resulta incluso más atrevido lo que hace Warren Ellis aquí, ya que arrasa con todo completamente con todo, dejándose a sí mismo poco margen de movimiento para la continuidad de la serie. Es una jugada muy efectista (aunque perfectamente coherente y bien cimentada), pero que puede afectar a largo plazo y, a juzgar el hecho de que la serie esté inconclusa y que lleva sin publicarse desde hace un año, me hace sospechar puede que el autor no supiese exactamente lo que se traía entre manos.
El guionista nos sitúa, con mucho acierto, en puntos de vista muy dispares. Los protagonistas no podrían ser más variopintos: un artista chino que, no solo va del pueblo a la ciudad, sino que debe descubrir su identidad sexual, un científico cuya obsesión pondrá en peligro las investigaciones de todo el equipo, un periodista que vive de primera mano los peligrosos movimientos geopolíticos de un dictador africano y una mujer que recibirá unas cuantas lecciones de autosuficiencia de un anciano, en un contexto de un pueblo recóndito italiano que está controlado por un grupo fascista. Todas esas ubicaciones en distintos puntos del globo, el hecho de que se nos posicione en la perspectiva de las personas de a pie, con conflictos completamente distintos, aunque partan del mismo detonante (los árboles que dan título a la serie) logran hacer de este mundo uno muy vivo, habitado por persona de verdad que tienen conflictos en los que nos podemos ver reflejados en mayor o menor medida.
Ellis, a su vez, construye un relato a fuego lento en el que lo primordial es la caracterización de sus personajes. Aunque el lector no comprende del todo que sentido tiene de cara a la perspectiva global, habiendo unas tramas que sí entiende que sean más importantes, y otras completamente complementarias o prescindibles, en el climax del tomo se sorprende al ver lo que ha estado cocinando Warren Ellis. Juega con sus expectativas y, como suele ser habitual, no decepciona.
Trees es un estudio antropológico con base especulativa. Analiza cual sería la respuesta ante una prueba innegable que equilibra la balanza existencialista hacia un lado. Y lo hace desde el cubismo y logrando plasmar distintas culturas de forma integradora y, sobre todo, respetuosa.
Los lápices son de Jason Howard. Tiene un estilo feísta y cartoon, pero sin ello sacrificar un cuidado máximo al detalle. Primero, logra que sus personajes sean muy expresivos, y también que cada uno tenga sus rasgos diferenciadores, tanto raciales como de caracterización propia. Por otro lado, raro es ver algún fondo vacío dentro de las viñetas y si lo son, tienen cierta carga expresiva (que está apoyado por un exquisito uso de los colores, apoyando el simbolismo que tiene cada uno de los personajes de Trees). Howard, a su vez, sabe perfectamente que aquí la estrella es el guionista y se ajusta a las necesidades de la narrativa, sin querer sobresaltar ni intentar traicionar a las intenciones de la historia.
La esperadísima edición de Norma Editorial nos llega con más retraso del que le hubiese gustado al lector (de todos es conocidos los problema de derechos que ha tenido esta obra en este país. Hasta que no cayó en manos de Norma, no ha podido ver la luz) está mimada e incluye todas las portadas de la serie. Aunque, hasta cierto punto, se echan en falta algunos extras que sí incluyen los tomos de otras de sus series, lo cierto es que la espera ha merecido mucho la pena y Norma ha lanzado una edición más que notable.
Warren Ellis vuelve a demostrar porque es uno de los escritores más reverenciados de la industria. Trees es una de sus mejores creaciones contemporáneas. Una obra compleja, osada, adulta, contemplativa y estimulante. Imprescindible, tanto para los admiradores del escritor inglés, como para cualquier lector de ciencia ficción.
Review: Legend of the Five Rings
Quinns: Phew! I birthed two of the year’s toughest reviews last week, but there’s no rest for the wicked. Today we’ve got some coverage that a lot of people have been asking for.
Remember when Fantasy Flight Games bought the rights to 1996 collectible card game Netrunner and released a new edition that took over my life? Well, Legend of the Five Rings (henceforth “L5R”) is them doing that again. This was originally a 1995 card game, but any week now shops will receive FFG’s beautimus new edition using the Living Card Game business model of releasing fixed expansions rather than randomised boosters. This makes it cheap compared to most collectable card games, albeit still expensive compared to board games.
In other words, we could have a hit on our hands. Have Fantasy Flight folded the original game’s steel into a captivating card katana?
Let’s find out.
SO, in L5R two players sit down to fight a conflict between two clans of Rokugan, a world easily imagined as “Japan meets Game of Thrones”. If you’ve played Magic: The Gathering or Hearthstone then the basics will be familiar. Players spend resources to put character cards into play, and then attack and block with those characters.
In all other respects, sitting down to play L5R after learning Hearthstone is like riding a biycycle and then climbing into the driver’s seat of a miniature submarine. You’ll run your fingers over all the displays and dials, giddy but out of your depth, and perhaps fretful at just how deep you’re expected to go.
First, players in L5R each select a stronghold card and five provinces. The provinces are placed face-down and the stronghold sits atop one of them, as seen above.
To win the game a player first has to use their characters to attack three provinces with enough force that they “break”, which unlocks the stronghold as an area you can attack. By then attacking the stronghold and breaking it like a big stone egg, you win the game.
Those province cards that you picked? They’re essentially traps that fire whenever your opponent attacks.
Next, let’s put both of our decks out. That’s right. Each player has TWO DECKS. CAN YOU BELIEVE?
THERE THEY ARE. BELIEVE IT.
The darker one on the left is your Conflict Deck, which is used in the normal manner See below:
You draw a hand of cards from it that might include characters, events or equipment, and you can parachute these cards onto the table whenever you like.
Since you can play these cards at almost any time, this immediately creates a challenge of wanting to play cards at the last possible moment to give your opponent no time to duck the consequences, without waiting so long that the opportunity leaves the table (probably because your opponent played a Conflict card of their own).
This immediately makes L5R very, very interactive. Think of it like tennis. There’s a basic back-and-forth structure during rounds where I attack, then you attack, and so on, but this hand of cards enables you to smash the ball, do a dropshot or dictate the tempo.
The white deck is your Dynasty Deck, which contains your coolest politicians and deadliest warriors. These cards are dealt out onto your four provinces (see above) where they function as a second hand of cards that can only be purchased at the start of a turn. Also, if your opponent is petrified of one card in particular then they can make a concerted effort to break that province and force you to discard the card resting on top of it. But ALSO, that might mean you neglect to buy a really good character so your opponent attacks there so they trigger the province’s ability that you know is going to be a problem for their deck. WHEELS WITHIN WHEELS.
Both Conflict and Dynasty cards are paid for using Fate, which are the pretty little lotus tokens. Each player gets a set quantity of Fate each turn (a ‘bouquet’, if you will), and you almost always have more cards than you have Fate, which immediately creates a challenge of figuring out where to spend it.
…Which brings me to the rule that’s going to make some readers’ heads explode. When you play a character, you also decide how much additional Fate to place on the card. See below.
At the end of each turn, you remove one Fate token from every character. If the character has no Fate tokens, their time on this fretful stage is over and they are, at last, removed from play.
Now, obviously this means that if I don’t put any fate on my characters I can play more of them, buying me a single, absolutely brutal turn, but if you survive it, I’m in deep trouble. But putting lots of fate on a few good characters also makes them a juicy target for poisoning and assassination-type cards, which can make for heartbreaking losses. But again, this is an amount of freedom I’m not used to having from a card game. Not for nothing, L5Ris a CCG that remembers to be a clever game.
After you’ve waddled through a confusing first couple of games you’ll quickly realise that the randomness inherent in the genre simply feels like weather, rather than something that restricts your options. You always have traps, you always have characters, you always have events and you always have the money to pay for them.
Which is good, because this is a long-ass game. Matches can last 90 minutes for new players, or 45 minutes if you’re experienced. Randomness would have destroyed it.
Next, let’s add Honor and Honor Dials to our table. Oho! Did you think we were done with set-up, my student? You make your sensei laugh!
Honor is probably my favourite mechanic in the game, because it’s a resource that does nothing. Each turn players secretly bid using their dials, reveal the bids, and draw that many Conflict cards, but the higher bid has to pay the difference in Honor to their opponent. Duels let players bid honor and add it to their character’s stats, enabling you to win a duel if you fight dishonorably. Also, a ton of cards let players snatch a little extra honor here and there.
And all of it does nothing! Nothing at all. Oh- but if you ever run out of honor, you instantly lose the game. And if you ever reach 25 honor, you instantly win.
Finally, there are the philosophical Five Rings to think about: Earth, Fire, Wind, Water and Void. When you declare an attack you also select a ring which enacts a power if you win. If you choose Void, you can remove Fate from your opponent’s characters. If you choose Earth, you can force them to discard a card while you draw one. That kind of thing.
There are other rules I won’t go into, like Holdings, claiming the Imperial Favor and honoring and dishonoring individual characters, because it all boils down to this: Learning L5R takes time. But once you’ve learned it, it offers players more tactical options than any other game of its ilk. It’s chin-stroking and slow, yes, but also elegant. It wears its theme – a political conflict fought across years – comfortably, like a layered kimono.
And speaking of elegance, my god, I like looking at this game. The card backs and templating are the nicest of any card game I’ve ever seen. Which is something of a saving grace, because my god, this game looks troublingly messy mid-match, don’t you think?
Though I should probably be talking about the front of the cards and not the back, eh? On that note, I love getting to spend more time with the seven Great Clans of Rokugan. I used to play the old L5R roleplaying game and this game reminded me why. The noble artisans of the Crane clan! The treacherous plots of the Scorpion clan. The thuggish Crab, and the nomadic, empurpled Unicorn.
There’s a wealth of tactics packed into the core set, too. Every clan feels distinct already, with the Dragon clan demanding that players field a limited number of enlightened, multi-faceted monks, or the Lion clan offering all-out aggression. The core set contains some 244 cards, most of them unique, all of them lovely to look at, and lets two players immediately begin playing and seeing what each clan is about. I’ve seen some complaining online that you need two core sets to build a “real” deck and three core sets to build a competitive one, which in this case I think is a pretty silly thing to be upset about. If you want to know more, see Appendix A.
(Yes, this is the first SU&SD review with appendices. God help me.)
So, let’s do a mid-review recap. What have we got here? Well, an absolutely terrible game for people just looking for a funtime card game, since it takes about an hour to learn, two more hours to BEGIN to feel comfortable, and then another four hours for all the mechanics and cards to start to coalesce and you’re truly playing, and not just constantly thinking “But what about this option?”, your gameplan sputtering like a misfiring motor.
But this same involved ruleset should be deeply appealing for people looking for their next game to play often, at a casual or competitive level.
This isn’t a card game promising rich complexity- it’s already there. I attended a tournament where each of the hundred attendees played with just one core set (yes, the infamous chanting occurred, see appendix B) and it already felt like an intriguingly broad and thought-provoking realm, one that I was slowly exploring and mapping with each new game. When I reviewed the Star Wars LCG or I messed around with Magic: The Gathering, my initial games felt impotent, where I would lose and have no idea if I did anything wrong. With L5R, I was seeing mistakes the very instant I made them, which made for a positive, satisfying learning experience.
SO! A lot of people have been asking if I’m going to be continue exploring Rokugan. Am I going to play this game like I played Netrunner?
It’s certainly the best candidate for an obsession since Netrunner. But answering that question still feels heavy to me. It feels heavy as heavy as the game does. And I think that must be because my answer is “No.”
Here’s the thing. I got addicted to Netrunner for the same reason that soccer is the world’s most popular sport, or that League of Legends is the most popular videogame. It’s fast-paced, and it’s exhilarating. Do you see how I haven’t described fun at any point during this review? No. I’ve described something that sounds like a tea ceremony- pretty, delicate, slow, and rewarding on a cerebral level. It’s like chess. And while you or I might play a game of chess occasionally (perhaps you’re on holiday, you spy a tattered chess set in the bar…), we’re unlikely to dedicate time to it without a good reason (say, you’re writing a really awesome article).
Let me tell you a story. I was playing a game of L5R recently and I was quite enjoying myself. My stoic Crab warriors were mounting a steely defense, which is the clan’s central conceit, and after a few turns of foiling my opponent’s advances I played a sequence of cards that sacrificed half of my warriors to inflict still-greater losses on my foe. I then used the Fate tokens that I’d sequestered away last turn to deploy the largest army I’ve ever had in L5R. It was a truly dramatic turn, both mechanically and in terms of storytelling. The Crab were marching down from their battlements to burn their oppressors to the ground.
…And then my opponent played a sequence of cards that emptied his hand, making a last stand by playing far more warriors than I would have expected. Our two armies were facing off, and the next round would be the most involved and delicate 15 minutes of L5R I’d ever played.
And I looked at all of our characters, all of the options, all of the steps we’d have to perform to draw this battle to a close, and I thought – clear as a bell – “Oh, f*** this.”
I’ve used the analogy before that games are like engines where you put energy in and, ideally, you get more out than you put in. I think in that moment I was frustrated because of how inefficient this particular engine felt to me. I’d put everything I could into the machinations of this game, and what did it produce? A turn where even more was expected of me if I wanted to simply stay in the game. I guess I like my engines to be a little more generous?
In conclusion then, if you take intrinsic pleasure in competing, planning and taking your opponents apart with cool, logical thinking, L5R is a sight to be seen. For a lot of people, it’s going to be an absolute treat. If you’re in the market for an obsession, I think you should unquestionably buy a single Core Set and find out if it’s for you.
But it’s not for me. There’s too little laughter and surprise. This game offers enlightenment, when what I want is duende. It offers mastery, when what I want is to express myself.
Frankly, it offers a contest, when what I want is a good time.
Appendix A: On purchasing multiple core sets
OK! So, in the past, Fantasy Flight have done some dodgy stuff with players needing multiple core sets. Netrunner’s core set was criminal. It had a full 3 copies of lots of cards, 2 copies of others and 1 of the very best cards. This meant you bought two core sets and had a lot of duplicates you didn’t need, and you were basically buying a third core set for seven cards, and about 250 cards that you didn’t want. I never bothered, but a lot of people did.
With L5R, the core set’s smaller and more affordable than most board games, and you can buy one core set and play a perfectly representative 2 player game to see if this hobby’s for you, BUT almost all of the cards inside it are one-offs, so buying two more core sets gives you very few duplicates. For people who balk at the idea of paying £90 for a full set of 600 cards, that’s about as good a deal as you’re going to find in any collectable card game anywhere.
And for those of you annoyed at the environmental impact of throwing away the extra manuals, dials and tokens you get when you buy additional core sets? It’s not perfect, but it seems like a weird hill to die on. Overly-large board game boxes represent a far bigger waste of cardstock.
Appendix B: Chanting at tournaments
I had a couple of requests that I cover this. Legend of the Five Rings has a certain amount of pageantry to its tournaments. The champions get to make decisions that permanently impact the lore of the world, but there’s also a more playful side to events. Our tournament kicked off with a super fun in-character speech from the attendees, the esteemed “Hatamoto” players (people who’ve gone undefeated in a tournament) were encouraged to stand up so everyone can see them, and then the players were led in a chant of:
“UTZ!” “BANZAI!” “UTZ!” “BANZAI!” “UTZ!” “BANZAI!”
Now, I have no idea if this is right or wrong, but I do know that chanting in Japanese at an event exclusively attended by white men and women made me feel a tiny bit weird. My usual headcheck for this is “How would I feel if I brought a Japanese-English friend to the event?” and my answer is “Even more weird.”
Personally, I found the game’s cover art to be a little more questionable. I think it’s fantastic to have a fantasy world that draws on Asian conventions instead of Western ones. But in a game that almost exclusively depicts Asian men and women, don’t then put white people on the cover!
It’s such a lovely piece of art. I just wish she looked a little bit less like a cosplayer.

















