En la Biblioteca Reina Sofía dedicamos nuestro último punto de interés a las ciudades. Hemos seleccionado un conjunto de libros donde la ciudad de un modo u otro se vuelve la protagonista: ya sean obras literarias (novelas, cómic, poesía…) o estudios sobre las ciudades como fenómeno social y humano. Además, en particular, hemos querido seleccionar algunas obras literarias en las que Valladolid es el escenario fundamental.
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El tema no es baladí, y es que la escritura y las ciudades, así como la creación de espacios para la conservación de esos registros escritos (que corresponde a lo que hoy denominamos archivos y bibliotecas), tienen orígenes compartidos: los primeros escritos los encontramos en las antiguas ciudades Mesopotámicas, y desde entonces han ido evolucionando y transformándose a la par a lo largo de la historia.
En la Antigua Grecia, la tradición literaria se inicia ya con Odiseo tratando, contra titanes y cíclopes, retornar a su Ítaca tras la guerra de Troya. Más tarde, los filósofos dedicaron sus escritos y reflexiones a la pólis, sometiendo a crítica la existente, tratando de discernir cómo sería la ideal. También en el teatro la vida urbana ocupa un papel clave: Arístófanes parodiando a dos expedicionarios que vuelan fuera de Atenas tratando de fundar una nueva ciudad donde vivir felices, Antígona desafiando las leyes de la pólis y otros tantos personajes expulsados de sus límites…
Dando un salto de siglos, la novela también nace y crece con el bullicio de las ciudades modernas, donde los procesos de industrialización atraerán a ingentes cantidades de población. Los escritores, deambulando por las calles, perdidos entre las masas, resguardándose en los cafés y nutriéndose en las bibliotecas que se abrían al fin al público, se afanarán por capturar ese nuevo rostro colectivo, las grandes esperanzas y las ilusiones perdidas que generaba.
Hay libros que sitúan sus ciudades en el mapa y que trazan mapas de las mismas, permitiendo descubrir recorridos e historias que de otro modo nos resultarían invisibles. Rescatan su alma, más allá de las calles y los edificios, y es que al fin y al cabo, una ciudad se compone de miles de relatos, que se tejen día a día, entre sus habitantes.
Pero al mismo tiempo los libros también transforman e influyen en la historia y la vida de las ciudades. Incluso ellos mismos erigen algunas: ciudades inventadas, soñadas, deseadas, infiernos terrenales… utopías y distopías, cuya influencia ha inspirado a su vez sin duda a proyectos urbanos y arquitectónicos, y ha dado forma a nuestras más hondas expectativas y temores respecto a las ciudades que habitamos.
Por otro lado, como se dijo respecto a los filósofos antiguos, la escritura también es lugar de detención y reflexión. Los libros nos acercan a las ciudades, pero también nos permiten tomar distancia y perspectiva. Algo más urgente que nunca ante todos los retos a los que se enfrentan hoy las urbes del mundo (la desigualdad, el cambio climático, el deterioro de los vínculos sociales…).
Así, los libros nos permiten, a través de sus páginas, recorrer ciudades, huir de la propia, y en ocasiones nos impulsan a movernos del sitio y visitarlas, o a volver sobre la misma con otros ojos (y andares), viajes que a su vez, en ocasiones, se transforman en nuevos relatos que dejan huella sobre el papel.
Podemos pensar entonces en la biblioteca, con sus estanterías rebosantes, como un territorio en que se conjugan otros muchos pertenecientes a tiempos pasados, presentes y futuros, así como posibilidades nunca cumplidas.
Decía María Zambrano que:
“una ciudad sin escritores queda vaciada de su esencia de ciudad, y aparece como un complejo aglomerado, como algo que puede cambiarse, trasmutarse o desaparecer sin que su vacío se note. Una ciudad sin escritor es un templo vacío, una plaza sin centro, o quizá con el centro desplazado y puesto al margen, esquinado, para dejar su lugar, todo el lugar, a algo cuyo nombre no está siquiera bien catalogado, algo para lo que, en realidad, no hay palabra”.
Lo mismo podríamos decir de las bibliotecas, encargadas de custodiar la memoria de una ciudad, y de otras miles, como si de una ciudad en sí misma se tratase, compuesta entre sus estantes y pasillos, liberada de fronteras espaciales y temporales, de infinitas ciudades.
Terminamos, así, con una invitación a que recorráis vuestra ciudad hasta esos espacios esenciales de la misma que son las bibliotecas y empezar, entonces, tras su puertas, el descubrimiento de otras tantas urbes por recorrer.
Texto: Alba Baro Vaquero