
Che Guevara, in a very Humanitarians of Tinder-esque picture.
Sergioski02vaya, al parecer no lo hacia solo "por la causa"

Che Guevara, in a very Humanitarians of Tinder-esque picture.

Vladimir y Vera Nabokov. Foto: Cordon.
Imaginen los cincos color azul cielo de tormenta de verano e imaginen los días de la semana colocados en una espiral hacia lo alto del monte Olimpo. Imaginen lo cursis que podemos llegar a ser. Imaginen a Vladimir Nabokov discutiendo con Vera el color de sus letras, VN. Esto último imagínenlo con un poco de ayuda, lean la transcripción de la entrevista concedida por Nabokov a la BBC en 1962. Allí cuenta que comparte sinestesia con su mujer y su hijo, y que el color que cada uno de ellos asigna a los diferentes grafemas es distinto. Así resulta fácil pensar en Vladimir y Vera en plena conversación cromática: «Oh, this isn’t that color, this is this color».
Imaginen a un genio pensando. Y ese genio tiene sinestesia. Que no es más que la mezcla de los sentidos, la interrupción de unos sentidos con otros. Cuando los sentidos no entienden de fronteras, aparece la sinestesia. Lo cuenta Rust Cohle en la serie de la HBO True Detective, en el episodio 3 de la primera temporada, tranquilamente, como no podía ser de otro modo, sin darle importancia, para explicar las cosas que de verdad merecen la pena. Y la pregunta que le hace Lori —«So, when something feels good, it means that it feels twice as good, but in two different ways?»— es la forma más precisa de explicar cómo se siente la sinestesia, y al final, no es una pregunta. Queda en el aire si cuando algo resulta molesto se convierte en dos veces desagradable.
Un sentido, de los cinco que tenemos, interpreta sensaciones capturadas por otro sentido. Eso es todo. Eso es tanto. Ver en color los números escritos, saborear algunas palabras escuchadas, tocar sabores, oler la música. Y así. Está demostrado empíricamente que en las personas sinestésicas se activan simultáneamente dos o más zonas del córtex cerebral, de manera que una persona con sinestesia activa las mismas áreas del cerebro cuando por ejemplo percibe un número de un color determinado que una persona no sinestésica cuando percibe de forma real ese color. Llanamente esta es la base científica de la sinestesia. Y tan llanamente, porque esta afirmación supone una simplificación, elevada a la máxima potencia, de los procesos cerebrales que se esconden detrás de un fenómeno como la sinestesia. Pero deja claro que no es una asociación de la memoria, como pudiera parecer.
Es el olor a amarillo de la jacaranda en primavera, es el sabor ácido de la palabra cocotología, son los meses del año sobre los pasos de una escalera. Y lo cursis que estamos siendo.
Todos nacemos sinestésicos, usted también, pero las conexiones neuronales cambian a medida que el cerebro se va desarrollando; solo uno de cada dos mil adultos la conserva, lo que viene a ser el 0,05% de la población (1). Eso implica que lo más fácil es que conozca a alguien con sinestesia, y puede que sea de su círculo más cercano. Quizá ese alguien ni siquiera lo sepa.
En ocasiones esta cualidad se atribuye a los artistas, o por lo menos a personas con un potencial artístico mayor que el del resto de la población. Es muy probable que esta afirmación que relaciona a las personas con sinestesia con un rico mundo creativo no sea cierta, como tampoco lo es su tendencia a ser zurdos, sus problemas de lateralidad o su mayor propensión a la depresión. Y es que aparece aquí el denominado survivorship bias, que hace que el foco se centre en aspectos que llaman más la atención, dejando a un lado otras características que pueden ser bastante más significativas en el común de los sinestésicos y, coómo no, olvidando otros aspectos frecuentes y seguramente mucho más relevantes del conjunto de los artistas. ¿Quién incluye en la biografía de un artista su no sinestesia? Es muy fácil caer en este tipo de sesgo cuando buscamos en internet información sobre el tema y encontramos una lista de personas famosas con sinestesia como Charles Baudelaire, Marcel Proust, Arthur Rimbaud, Jimi Hendrix, el ya citado Nabokov, etc., todos con profesiones relacionadas con el mundo arte.
Afortunadamente, profundizando un poco más en el tema, se están llevando a cabo diferentes estudios del fenómeno en varias universidades, entre ellas alguna española (como la Universidad de Granada), que están poniendo el rigor científico necesario en cualquier estudio. Se puede encontrar literatura de calidad, artículos científicos en la red, que permiten dar un paso atrás para coger un poco de perspectiva y alejarnos del postureo en el que nos puede meter la red y que está tan de moda. Y en el que incluso estas líneas nos pueden enredar.
No es un fenómeno que implique distinción alguna en la sociedad, no al menos distinción si no se busca, porque en YouTube hay algunos vídeos donde personas anónimas explican las bondades de su sinestesia y alardean, de forma poco discreta en ocasiones, lo artistas que se sienten, lo especial que es ver los números de colores, oler la música, incluso ver el aura de las personas. ¿Alguien da más? Daniel Tammet siempre da más, pero de verdad. Su caso es llevar al extremo esta característica de los sentidos y alejarnos un poco de lo cotidiano. Pero merece la pena.
Daniel Tammet tiene síndrome de Asperger y precisamente nació un día azul, habla once idiomas, es un genio de las matemáticas y usa la sinestesia para hacer cálculos, para recordar decimales del número pi, para hacérselo más fácil a la memoria. Tiene varios libros publicados donde relata diferentes experiencias de su vida, la forma en que convive con sus rarezas y la manera de sacar partido a su inteligencia desbordante. De verdad, Tammet no representa el prototipo de sinestésico, solo es the boy with the incredible brain (2) y, además, tiene sinestesia.
El tema, llevado por segunda vez a un punto radical, fue tratado por Alexander Luria con su paciente S, que también tenía una memoria prodigiosa, de tal forma que para recordar algo, además de escucharlo o leerlo, lo relacionaba con un sabor, un color o incluso con su sentido del tacto. Esto le permitía llegar a recordar prácticamente todo lo que experimentaba, y además sentir lo que recordaba. No obstante, S tenía otra serie de problemas que le complicaban la existencia, más allá de la sinestesia y de lo que se pretende exponer aquí.
También Oliver Sacks en su libro Musicofilia recoge en alguno de sus relatos de pacientes con trastornos neurológicos la sinestesia, a través de historias clínicas como la de Sue B, que describe así su experiencia «[…] cuando oigo música, veo pequeños círculos o barras de luz verticales que se hacen más blancas o más brillantes, o más plateadas, en las notas más altas y adquieren un delicioso marrón intenso en las más bajas […]»
Entonces, imaginen a cualquier persona pensando. Y esa persona tiene sinestesia. Los rasgos comunes de la sinestesia, a los que hacía referencia unos párrafos atrás son, entre otros, su carácter permanente e involuntario, en principio se sostienen en el tiempo, el mismo estímulo causa la misma reacción y esta ocurre de forma automática, siendo difícil suprimirla de manera consciente. Es unidireccional, un estímulo causa una reacción, pero la reacción evocada no provoca al estímulo. Tiene carácter idiosincrásico, al igual que el matrimonio Nabokov, las sensaciones que producen ciertos estímulos varían de una persona a otra. Otro aspecto a destacar es su carácter emocional, hace sentir que lo experimentado es real, que no es una invención de la mente, y puede que este último punto sea el que haga difícil darse cuenta de que se tiene sinestesia.
Mucha gente con sinestesia cree que es algo que le ocurre a todo el mundo, de ahí que puede que el sinestésico que por estadística probablemente conozca ni siquiera lo sepa. Es un fenómeno sutil, además de interesante y en ciertos aspectos envidiable. Envidiable por la posibilidad que aporta de experimentar con un sentido lo que capta otro, sin necesidad de recurrir a sustancias alucinógenas, se entiende. Consumiendo sustancias como el LSD se pueden llegar a vivir experiencias sinestésicas (sinestesia inducida por drogas); sin embargo no se sostienen en el tiempo, una vez que pasa el efecto de la sustancia tomada la sinestesia desaparece. Es una posibilidad que siempre está ahí.
Aunque no es menester llegar a los niveles de genialidad de Tammet, a la sinestesia se le puede dar uso, y me refiero a un uso más cotidiano. Ponga un sinestésico en su vida, por ejemplo a la hora de memorizar fechas, de saber qué lugar ocupa una letra en el abecedario, de encontrar un seis en un mar de ochos, de recordar el color del mejor olor del verano. Y es que depende del tipo de sinestesia que se tenga (grafema-color que es la más común, gustativo-táctil, temporo-espacial, tacto-espejo, músicogustativa, etc.) podrá sacar mayor o menor partido al sinestésico de su vida. Y es una manera de hablar, usada como recurso, la sinestesia tiene tanto valor como el que la persona sinestésica sea capaz de darle.
La sinestesia grafema-color es la más habitual y es de la que habla Nabokov en la entrevista para la BBC; supone la asociación de un símbolo con un color. Las letras, los números, aunque impresos en negro, el sinestésico los «ve» en color.
Otro tipo de sinestesia bastante común es la temporo-espacial, que permite usar el espacio para colocar el tiempo, los números, las letras, etc. Normalmente esta posición del espacio es muy concreta y detallada.

Ejemplo de sinestesia temporo-espacial. (CC)
El hecho de que los sentidos se mezclen puede generar en la persona que lo sufre ciertas reacciones más acentuadas que en el sujeto normal. Si el chirrido que hace una puerta mal engrasada produce sabor amargo o un violín desafinado genera un color desagradable, esto puede suponer sensaciones más negativas para la persona que lo padece, más allá del desagrado que supone para las personas no sinestésicas.
De alguna manera este fenómeno da sentido real y literal a expresiones cotidianas, a la sinestesia literaria. Hace palpable el discurso que Gabriel García Márquez arrojó al mar en una botella dirigida al dios de las palabras en el I Congreso Internacional de la Lengua Española: «¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cerveza que sabe a beso?». Eso y lo contrario. Ya ven lo cursis que podemos llegar a ser, pero no dejen de imaginar.
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(1) Callejas, A. & Lupiáñez. Sinestesia. El color de las palabras, el sabor de la música, el lugar del tiempo. Alianza Editorial. Madrid, 2012.
(2) The boy with the incredible brain es un documental de Five Channel sobre Tammet.
La entrada Ponga un sinestésico en su vida aparece primero en Jot Down Cultural Magazine.
Sergioski02buenaaaaaaaaaaa

Así también pondrías la pegatina en tu coche, sinvergüenza??
Hay un run-run que recorre Europa y que ha dado su primer estallido importante en el Reino Unido. Algunos creen que es un corriente de ultra-derecha que ha invocado el fantasma de Hitler. Otros creen que es una xenofobia resucitada de las mejores épocas de Japón. Otros creen que es una conspiración del Kremlin para sabotear el poder europeo. La verdad es mucho más sencilla: La Unión Europea vive desconectada.
En su fantasía inspirada por el famoso artículo de Francis Fukuyama, la UE progresivamente ha ido tachando los antiguos dogmas, valores y tradiciones occidentales de remanentes caducos y muchas veces perjudiciales. El cambio de valores, a priori, no es malo; después de todo, la esclavitud fue una tradición milenaria que por fortuna se acabó eliminando en la esfera civilizada (aunque continue persistiendo fuera de ella). Pero en una obcecada cruzada para llegar a un estado superior de civilización a golpe de decreto y adoctrinamiento, la UE ha hecho lo que en inglés se conoce como “throwing the bathwater out with the baby”, es decir, ha dedicido que todo el ideario clásico debe eliminarse, sin parar a examinar si hay partes que sea bueno (o indispensable) conservar.
Esta marea de renovación forzosa ideológica ha calado fuerte entre las élites gubernamentales, las intelectuales, la prensa y los políticos de izquierdas, gente doctrinariamente más afín a la idea de una transformación dirigida por “la gente correcta” para mejorar el mundo. Esto ha provocado en estos mismos círculos un efecto de “groupthink” añadido al de la noble cruzada, donde al percibir que la gente de su entorno piensa las mismas ideas correctas se asume que toda la población también lo va a hacer, excepto los “desviados”, los herejes que trabajan contra un mundo mejor, a los que se tacha de “xenófobos”, “filonazis”, “neoliberales”, entre otros términos inprecisamente usados. Lo que importa no es si el adjetivo es objetivamente correcto, es tachar a la persona objetivo de enemiga del progreso para cortar cualquier obstáculo para la cruzada.
La marea de indoctrinación no cala por igual, sin embargo, en las clases mal llamadas “populares”, que muy a pesar de la UE no reciben la misma dosis de reeducación y que muchas veces tienen que vivir con las malas decisiones de sus gobernantes europeos. Esas clases no están caracterizadas por estado financiero, sino por la distancia entre ellos y los metafóricos altavoces de la ideología europea. Muchas de ellas consideran, por tradición y experiencia, propios y funcionales los valores clásicos y ven con perplejidad creciente como su élite no solamente trabaja contra ellos y sus intereses sino que no comprende ni acepta su existencia.
¿Es de extrañar, entonces, que por doquier asciendan líderes y partidos “populistas” que, con ideologías (más o menos simplistas según el caso) más próximas a las clases “populares” escuchen sus problemas y preocupaciones, y es de extrañar que dichas clases sigan a los líderes y promuevan sus soluciones (más o menos buenas)? Es inevitable, y algo que los dirigentes europeos deberían aprender de la historia.
Inevitablemente, cuando se habla de populismo sale la figura de Hitler y demás demagogos de infamia. Aunque es parte de la estrategia de demonizar al hereje, es una comparación hasta cierto punto válida, ya que realmente Hitler usó esta estrategia para alzarse en el poder. No se mencionan tanto otras figuras que hicieron lo propio y que han alcanzado buena fama histórica, reformadores, activistas, líderes que derrocaron regímenes caducos. El populismo no es bueno ni malo, todo depende de quien tome el micrófono mediante él.
Nos encontramos con que la Unión Europea y sus círculos ideológicamente afines tienen una elección a hacer: Quién toma el micrófono. O la Unión Europea y sus “iluminados” descienden de las nubes al mundo real y empiezan a escuchar a los herejes, o otros lo harán. No lo hicieron en Gran Bretaña, no lo hacen en Francia, no lo hacen en Holanda ni en Polonia ni en Hungría. Empieza a hacerse tarde, pero aún hay tiempo. Si no, la historia vendrá a buscarles como a tantos otros que se desconectaron del mundo.
Sergioski02La APP de Samer
Fragment Agency acaba de lanzar una app que facilitará a sus usuarios resolver una de las necesidades ancestrales del ser humano: hacer pis y obrar en un entorno tranquilo e higiénico. Disponible ya en la Apple Store y muy pronto en la plataforma Android, YouPee permite conocer los servicios más cercanos al lugar en el […]
Este post YouPee: la app para encontrar un WC que te sacará de más de un apuro, escrito por Eduardo Bravo, se publicó originalmente en Yorokobu.
Sergioski02que ternura, son felices solo con un lapiz, a veces pienso que nos complicamos mucho la vida en occidente

Sergioski02joder, ya tenemos ganador





5 for 1! A new Humanitarians of Tinder record!
Sergioski02a mi que me registren



Cristo del Otero (Palencia)
Oficialmente llamado Monumento al Sagrado Corazón de Jesús, esta enorme escultura es un símbolo indiscutible de la ciudad de Palencia, que se encuentra en un otero (cerro) a las afueras. Fue construido en 1931 según el proyecto del escultor local Victorio Macho, y representa al cristo en actitud de bendecir la ciudad. A sus pies hay excavada una ermita (llamada de Santa María del Otero) con un mirador a la entrada y un pequeño museo donde se encuentran los proyectos de su autor, responsable de obras como el monumento a Benito Pérez Galdós y a Ramón y Cajal, ambos en El Retiro en Madrid o la fuente en honor a Concha Espina, en Santander. No obstante quizá su obra más significativa sea este cristo de Palencia, a cuyos pies pidió ser enterrado.
La estatua tiene más de 20 m de altura, encontrándose por tanto entre las más altas del mundo pero dista de ser la primera como se afirma en algunos folletos turísticos: solo en Europa hay una que la supera (la escultura polaca de Cristo Rey). Sí es evidentemente el cristo más alto de España.
En el proyecto inicial se querían incrustar en los ojos del cristo unos bloques de marfil y mármol, pero al ser insuficiente el presupuesto las cuencas vacías pasaron a ser ventanas. Desde 2014 cuenta con un sistema de iluminación inteligente policromática.
Más info: Wikipedia, Wikimedia Commons, Google Maps
Sergioski02vuelve claudia!!!!!!!!!!!!!
En un kilómetro cuadrado de Madrid hay más de 5.000 personas de media. En algunas poblaciones entre Guadalajara y Teruel, lo que se ha llamado ‘la Siberia española’, hay menos de una. La península ofrece un territorio compacto, casi cuadrado, bendecido con buen clima, orografía más o menos regular y contrastes climáticos poco problemáticos. Sin embargo, de puertas adentro, el esquema sociopolítico dista de tanta regularidad: no es que España sea un país de contrastes, es que es un país radicalmente desequilibrado.
No es únicamente una cuestión de población, ni siquiera de densidad. Es normal que en una sociedad como esta las grandes capitales concentren a la población y dejen vastas áreas rurales casi despobladas. En EEUU, por ejemplo, eso ha condicionado históricamente la forma de construir (mayoritariamente en horizontal) y la forma de vivir (no se vive tanto en las ciudades, sino en urbanizaciones donde el suelo pertenece a la familia).
Esos desequilibrios son típicos, y más acusados, en países de gran extensión (como EEUU o, por ejemplo, Rusia) o en aquellos más pobres (Filipinas concentra casi un 15% de su enorme población —para un país tan pequeño— sólo en la capital). España, sin embargo, ni es grande ni es pobre. Pero es desigual.
Podría decirse que el esquema básico español de organización recae en la provincia: tiene instituciones propias con dotación económica (las diputaciones), sirve de unidad territorial, tienen tamaños más o menos semejantes y sirven, además, de base política, ya que las circunscripciones estatales coinciden con ellas —además de las dos ciudades autónomas, que por su peculiaridad son caso aparte—.
Y es esa uniformidad aparente la que desenmascara la primera desigualdad, la obvia, la de la población. Hay capitales de provincia ridículamente pequeñas (como Teruel o Soria, que no llega apenas a los 40.000 habitantes) que, pese a su tamaño, concentran las instituciones propias de la capitalidad. Eso no sólo provoca desfases internos (un porcentaje elevado de la población es funcionaria, lo que hace que suba el precio medio de un municipio de este tipo), sino también externos: en el caso de Soria la provincia ni siquiera llega a los cien mil habitantes, lo que implica que uno de cada tres sorianos vive en la capital.
La citada base política se construyó sobre esta retícula provincial. La idea era que el Congreso se convirtiera en una cámara en la que todos los rincones del país tuviera voz. Por eso se otorgó un mínimo de dos escaños a todas las provincias y se repartió el resto en función de la población. Eso genera, en consecuencia, enormes distorsiones: provincias con poblaciones sensiblemente diferentes que llevan los mismos diputados al Congreso y rincones muy despoblados con una representación desproporcionada.
Pero, ¿cuál es el mapa real de peso político en España? Según el BOE para las elecciones de este 26 de junio, las provincias de Madrid y Barcelona —dos de 52 circunscripciones— se reparten un quinto de la Cámara, con un 10% y un 8% de los escaños. A una enorme distancia, dos provincias valencianas (Valencia y Alicante) y dos andaluzas (Sevilla y Málaga) suman, entre las cuatro, otro 15% (4,5%, 3,4%, 3,4% y 3,1% de diputados, respectivamente). En total, seis provincias —de 52— de cuatro autonomías —de un total de 17— concentran un tercio del poder legislativo del país.
El mapa es un calco de la clasificación de provincias por población, aunque con los porcentajes muy cambiados. Según los últimos datos del INE (1 de enero de 2015), las seis provincias con mayor población son Madrid (6,3 millones), Barcelona (5,4), Valencia (2,5), Sevilla (1,9), Alicante (1,8) y Málaga (1,6).
Al contrario de lo que pueda parecer, si se compara el porcentaje de escaños que elige cada provincia respecto al total con el porcentaje de población que tiene sobre el total, el resultado es que Madrid y Barcelona son, con diferencia, las que tienen una representatividad más aminorada. Por contra, Badajoz, Huelva, Cádiz o Málaga (que no es pequeña) saldrían beneficiadas. Sólo Lleida tiene un 0% de desviación: igual porcentaje de escaños que de población.
El reparto de escaños, aunque distorsionado por esa ‘base’ de dos diputados para todos, es un reflejo aproximado de los desequilibrios de la población. Pero ¿qué sucede con la economía? El esquema se repite. Según datos del INE, actualizados al año 2013, las provincias de Madrid y Barcelona concentran un tercio del PIB estatal (un 18% y un 13%, respectivamente). Sólo cuatro provincias más superan el 3%: de nuevo Valencia (5%), Sevilla (3,3%), Alicante (3%) y, en lugar de Málaga —que no llega—, Vizcaya (3%).
Este mapa ya no es tan similar al de la población: destaca en sexta posición Vizcaya, que tiene menos población que Murcia o Cádiz, pero aporta mucho más a la riqueza del país, por poner un ejemplo.
Población, poder político y músculo económico. Esas serían las tres grandes variables que definen el mapa del poder en España. Pero hay una cuarta variable, alejada de los grandes números, que también sirve de retrato de la desigualdad del país: el deporte. No tiene el peso ni la importancia de esas grandes variables, ni de la educación o la sanidad, pero sí atrae atención y genera visibilidad y riqueza sobre determinados territorios y ciudades, especialmente allí donde no se destaca en lo demás. Pero hay rincones del país que ni siquiera tienen eso.
Tomando las más importantes competiciones profesionales por equipos se observa que hay provincias enteras que no tienen ni un sólo representante. Es el caso, por ejemplo, de Ávila, Segovia o Zamora, que no tienen a un sólo equipo de fútbol profesional (en Primera, Segunda o Segunda B), ni un equipo profesional de baloncesto (en ACB o LEB Oro), ni en balonmano o fútbol sala. Nada. No hay ni población (no llegan a medio millón de habitantes entre las tres provincias), ni se genera riqueza (no llegan al 1% entre las tres) y tienen un poder político muy limitado (eligen, juntas, a nueve diputados). A la lista cabría sumar a Teruel, que tampoco compite en deportes.
Hay casos de otras provincias que ‘casi’ aparecen en ese erial deportivo de la mano del político y el económico: Cuenca se juega tener a un equipo en 2ª B y tiene uno en la máxima categoría del balonmano español), Huelva mantiene a duras penas a un equipo en 2ªB, Oursense tiene a un equipo de baloncesto en LEB Oro que casi sube a ACB. En el lado contrario, Barcelona suma hasta 17 equipos en esas competiciones y divisiones, por los 13 de Madrid y los 10 (aunque muchos en 2ªB de fútbol) de Vizcaya.
En Siberia ni hay gente, ni hay poder político, ni hay competiciones deportivos. Al menos no en la Siberia española.
Este post La ‘Siberia española’: un país desigual en política, economía… y deporte, escrito por Borja Ventura, se publicó originalmente en Yorokobu.
Sergioski02alguien lo ha conseguido ya por la internet?
En pleno verano de 2015 Canadá dio una alegría a sus mujeres. A partir del 1 de julio no pagarían impuestos por los productos de higiene femenina. Políticos de Australia y Reino Unido comenzaron a debatir si sería esa una buena línea a seguir en sus respectivos países. En España, la asociación de consumidores Facua reclamaba que el IVA que se aplica a compresas y tampones se redujese al 4% (el tipo impositivo de los productos de primera necesidad).

Aquí no ocurrió nada: a los productos de higiene femenina se les siguió aplicando el IVA reducido del 10%, como si la regla fuera una elección. Parece obvio que no lo es, pero recordarlo de vez en cuando no deja de ser necesario en un país en el que a los tampones se les aplica el mismo IVA que al caviar y en el que ni siquiera se puede aspirar a lograr lo que han conseguido las canadienses: el tipo impositivo mínimo en España es del 4%.
La repercusión de la noticia es inabarcable a gran escala, pero ese día algo nació en Madrid. Varias mujeres se preguntaron, ante la decisión del gobierno canadiense, si no podrían ellas hacer algo al respecto. A partir de entonces, y con la firme convicción de que un mundo de posibilidades se acababa de abrir ante ellas, consultaron el precio de los tampones en un supermercado canadiense y en uno cercano. No fue una sorpresa: comprar tampones en Canadá les costaría menos que hacerlo en una tienda de su barrio.

«¿Y si comprásemos los tampones en Canadá para pagar menos?», se dijeron. Siguieron dando vueltas al asunto y cada vez lo veían más claro: «¿Y si organizamos un pedido masivo y colaborativo para así concienciar y reivindicar que el IVA de los tampones y productos de higiene femenina es abusivo?». A todas les pareció muy lógico.
Así surgió Tampons from Canada, el proyecto que desde La Despensa han catalogado como «el primer pedido de tampones masivo a Canadá». Para difundir su idea y ampliar el pedido, han creado la web Tampons from Canada, algunos carteles y un vídeo que comienza así: «Mujeres de España, ya sangramos bastante. Unámonos para que el Gobierno no nos sangre más».
Además, la periodista Celia Blanco ha lanzado una petición en Change.org que ya ha recogido más de 100.000 firmas y que llegará a los responsables de los principales partidos políticos.

Con un humor muy reivindicativo, desde La Despensa pretenden convencer a los candidatos a la presidencia del Gobierno de que las escuchen, que sepan que sangrar todos los meses durante unos 35 años no es una elección y que a los tampones, compresas y copas menstruales se les debería aplicar un IVA del 4%, como el pan y otros productos de primera necesidad.
«Hemos lanzado el proyecto, de momento, como un aviso (no queremos que suene a amenaza) para conseguir firmas en Change.org y poder llevar el proyecto al Congreso. De momento, sólo uno lleva en su programa la bajada del IVA a estos productos», explican las responsables de La Despensa, la agencia publicitaria que ha ideado la campaña.

Como parte de su estrategia, han escrito a los líderes de los cuatro principales partidos políticos. Aunque ninguno les ha devuelto el tuit, no pierden la esperanza: «De momento, no hemos tenido respuesta».
Pero ellas sólo acaban de empezar. «Una vez pasadas las elecciones y cuando los partidos se sienten a formar gobierno, seguiremos presionando a través de redes sociales y medios de opinión para conseguir que en el pacto de gobierno se incluya la bajada de IVA. Si no se consigue, organizaremos el pedido, que aún está por definir», remachan.

Si consiguen su objetivo, «el primer pedido de tampones masivo a Canadá» no será una realidad. O no lo será para ellas. Si los responsables de la toma de decisiones no atienden su petición, cualquier mujer podrá participar en el pedido que llevarían a cabo porque «bastante nos duelen los riñones, para que nos duela también la riñonera».
Este post Si en España los tampones se gravan como el caviar, ¿por qué no pedirlos a Canadá?, escrito por Virginia Mendoza, se publicó originalmente en Yorokobu.
Las letras han invadido la página de anuncios Craiglist, desterrando las imágenes y los espacios en blanco. Los titulares en mayúsculas, en negrita y subrayados recargan el famoso agregador Drudge Report sin ni siquiera haberse dignado a pactar un tamaño con las fotos. Los colores chillones de Adult Swim aturden a los humanos que visitan la web. Últimamente, hasta Bloomberg Businessweek se atreve a desobedecer las normas para que el diseño web entre por los ojos.


Mientras algunos diseñadores seguían ciñéndose diariamente el corsé de WordPress, otros comenzaron a manifestarse contra las plantillas armados con pocas líneas de código y un HTML básico. Pascal Deville, director creativo de una agencia de publicidad suiza, se percató del levantamiento en 2014.
Fue entonces cuando decidió reunir a los disidentes en Brutalist Websites, una página que se rebela contra los cánones en forma y fondo. Desde entonces, la ha llenado con decenas de ejemplos flagrantes de esta desagradable moda, a la que él mismo ha denominado brutalismo web, una tendencia que podría convertirse en la pesadilla de los diseñadores más escrupulosos.

Ahora bien, ¿qué une al simplista equino con las extremidades más largas del mundo de endless.horse con la profusión de objetos ordinarios pegados cual collage de AllHeels o el texto en Times New Roman que protagoniza en solitario I’m fucking a webmaster?

«Les importa un rábano la experiencia de usuario, la facilidad de uso y el estado de la cuestión en las reglas de diseño. Así que no es un término definido por un diseño, sino por una cierta actitud a la hora de ocuparse de una tecnología o un material dado», explica Deville a Yorokobu.

Si la cruda belleza del hormigón visto que entusiasmaba a Le Corbusier acabó sirviendo para denunciar la ligereza del primer movimiento moderno, su traslación a la web puede ser vista «como una reacción de una generación más joven a la claridad, el optimismo y la frivolidad del diseño web de hoy en día». En el siglo XXI, parece lógico que el brutalismo arquitectónico haya empapado también los cimientos digitales con hiperenlaces azules que no tratan de ocultar su identidad.

«Es la única respuesta al diseño basado en el hype», defiende en Brutalist Websites Cristóbal Jiménez, un diseñador cuya página personal ha prescindido de márgenes. «Es una reacción al profesionalismo, a la digestibilidad, a la facilidad de consumo, a la estandarización, a la monotonalidad, al buen diseño». Así ha definido el brutalismo web Jacob Tobin, creador de una página enemiga de los interlineados y defensora de las luces parpadeantes: Truly Bald.


El esfuerzo de Pascal Deville por unir a los cabecillas de este movimiento ya ha tenido su recompensa. Los usuarios del popular foro Hacker News, claro exponente de brutalismo, se hicieron eco de su página y 100.000 personas la visitaron en tan sólo 24 horas. ¿Demuestra este éxito que los internautas también nos hemos cansado de las armónicas páginas que han vendido su alma a los banners?
Deville está convencido de que estas webs horrendas sí transmitirán a algunos «una cierta humanidad y personalidad» por «la belleza del pensamiento que está detrás de ellas». ¿No es loable que alguien se haya molestado en crear PostHTML.org, una web plagada de carpetas amarillas a las que los usuarios pueden enviar contenido por FTP?

Aunque el aspecto descuidado de estas webs recuerda a sus orígenes en los años 90, Deville no cree que los diseñadores pretendan homenajear aquella época con sus criaturas. «Es una generación de jóvenes diseñadores que nunca ha tenido que ocuparse de las limitaciones visuales o técnicas del diseño web», asegura.
Pese a ello, el diseño de aquel periodo les ha influenciado irremediablemente. El artista conceptual Ryder Ripps ha desarrollado una web brutalista porque «todas las personas inteligentes en internet lo hacen». Él pone como ejemplo la del mismísimo padre de las tres uves dobles, Tim Berners-Lee, por la que no parece haber pasado el tiempo desde 1997.

«[Se trata de] una llamada recordando lo que la World Wide Web realmente es: links para hacer clic y un montón de posibilidades para la gente creativa como yo», defiende Deville. Él mismo se ha contagiado del espíritu de este brutalismo que ha encontrado en los muros virtuales.
Entre otras creaciones, ha desarrollado una página que descontextualiza las noticias del New York Times ofreciendo solo las imágenes del día o un plugin en el que Facebook agradece los ‘Me gusta’ con una ventosidad.
¿Puede haber una mayor expresión de humanidad en el superficial universo de manos azules que una sonora flatulencia? Huyendo de las reglas, el horrendo look del brutalismo web acaba empatizando con nosotros con su imperfecto HTML.
Este post Brutalismo web: vuelve el horrendo ‘look’ de las páginas de los 90, escrito por Cristina Sánchez, se publicó originalmente en Yorokobu.
Sergioski02no tengo ni idea de la veracidad de esta movida, pero esta el mundo loco en internet. Creeeis que estos son los hijos feos del anonimato?
Sergioski02vida freelance, idilica, penosa, o ni tanto ni tan calvo?
Omertà! Sealed lips ladies
and gentlemen! Our thing!
Tom Wolfe (Tiny Mummies!…)
Es un clamor casi diario, y todos los profesionales independientes tienen que escucharlo pacientemente y hasta asentir con aprobación: el empleo es inseguro y precario, los clientes van a sangrarte porque eres un proveedor minúsculo (¡Idiota! ¡Pagarás por trabajar!), los ingresos son bajísimos, la competencia es caníbal (¡No eres el primero que lo intenta!), las horas de trabajo se vuelven excesivas y detrás de la decisión de abandonar la gran empresa sólo pueden existir dos motivos verdaderos: el fracaso o la crisis. Ha llegado el momento de que los freelance felices y orgullosos rompan su silencio.
Lo primero que hay que decir es que cada vez son más los que eligen prescindir voluntariamente de la supervisión paternalista de un jefe al que no pueden admirar porque sólo se fascina de sí mismo, del ambiente pesado, requemado y cenizo de los sectores en reestructuración, de la burocracia friendly de la gran empresa o la gran administración (que, como los mafiosos de las películas, ofrecen ‘protección y seguridad’ a cambio de un buen pedazo de nuestras vidas) y de la pesadilla de las políticas de oficina como plato único para el desayuno, la comida y la cena. Visto así, no es extraño que asimilen el contrato indefinido con una especie de cadena perpetua prorrogable sin nostalgia posible. ¡Pero qué bien nos lo pasábamos en el patio de la prisión!
Existen muy pocos estudios sobre los profesionales independientes y cualificados (conocidos también como iPros) y muchos menos sobre aquellos a los que les encanta serlo: parece dar igual que la mitad de los freelance estadounidenses —más de 20 millones de personas— digan que no renunciarían por nada a seguir siéndolo, según las cifras de Freelancer Union y Upwork. Es una muestra más de que la sociedad, los políticos y las empresas desconfían de un segmento que cuestiona muchas de sus convicciones más arraigadas sobre el sueño laboral de cualquiera. Prefieren hablar exclusivamente del precariado o de la terrible condena de la temporalidad indeseada. Mejor lo malo conocido.
Cada vez son más los que eligen prescindir voluntariamente de la supervisión paternalista de un jefe
Los propios economistas no están mejor orientados. Ni saben dónde ubicar a los profesionales independientes (¿cómo van a ser empresarios si no tienen empresa y muchas veces no quieren tenerla?) ni han encontrado la forma de medir su impacto (¿qué van a aportar —y cómo vamos a medirlo— si no crean empleos directos?). Muchos altos directivos no los entienden porque están programados para no comprender que sus empleados los abandonen libremente en tiempos de turbulencias y no lo hagan ni para marcharse a la competencia ni para montar sus propias empresas.
La existencia de los iPros también desafía las percepciones de unos emprendedores que, precisamente porque creen que carecen de prejuicios, son mucho menos conscientes y también menos capaces de combatirlos. Para ellos, un profesional independiente debe desear, por decreto, abrir su propia startup, desarrollarla rápidamente y bien ‘forrarse’ vendiéndola, bien mantenerse al frente de ella como el gran timonel de una idea fantástica con decenas (cuando no cientos) de trabajadores.
También para ellos, los profesionales independientes tienen que clasificarse, según sus categorías y los cánones que dictan sus ombligos, en emprendedores sin financiación, emprendedores sin ambición, emprendedores sin talento, emprendedores sin buenas ideas o emprendedores sin buenos socios. Silicon Valley tolera muchas razas, muchos credos, muchos proyectos y muchas tecnologías, pero no tolera lo que no entiende. Y es peligroso porque sólo se comprende a sí mismo y a los que son como él y por eso ansía redefinirlo todo (la palabra clave es disrupción) para reconstruirlo a su imagen y semejanza. Quieren ser Dios e imponer el monoteísmo.
¿Pero qué le pasa a ese zarrapastroso ejército de Pancho Villa que son los freelances?, se preguntan bajo el sol metálico de Cupertino o Mountain View. ¿Acaso no les gusta vivir atados indefinidamente a nuestras salas de ping-pong, a los edificios planos como un CD o a nuestras zonas verdes trufadas de capitalismo zen? ¡Prefieren dormir en el suelo a trabajar por la noche como hacemos tantas veces nosotros para salvar el mundo! ¡Cuánta arrogancia freelance! ¡Cuánto elitismo!
Les resulta indigerible que alguien prefiera subcontratar únicamente las tareas que no son el núcleo de su negocio y jamás el resto, aunque eso suponga no crecer como un culturista saturado de hormonas que busque una calidad casi artesanal en su trabajo más que pegar un sonoro pelotazo con una innovación memorable y disruptiva o que aspire a trabajar por pequeños proyectos y no al servicio de una gran misión (y un gran cliente y un Querido Líder) que lo absorba durante años como si fuera el desagüe de una trituradora.
Silicon Valley tolera muchas razas, muchos credos, muchos proyectos y muchas tecnologías, pero no tolera lo que no entiende
Es inevitable en este punto citar a los clásicos y aquí se impone mencionar a George Clooney en Abierto hasta el amanecer. Ante los clientes que quieren succionar por completo la atención, la imaginación y los deseos de un profesional independiente a largo plazo, la reacción interior de los freelances orgullosos de serlo es muy similar a la de Clooney cuando Salma Hayek, transmutada en criatura vampírica, le dice: «Bienvenido a la esclavitud». Clooney responde con su encanto habitual: «No, gracias; ya estuve casado una vez». Casado con el jefe que sólo se admiraba a sí mismo, con la empresa requemada por el fuego de la reestructuración, con el laberinto donde mueren por pura congelación las ideas revolucionarias.
A muchos emprendedores, especialmente en Estados Unidos, también les cuesta asimilar que estos profesionales exijan acceder a los servicios públicos que pagan con sus impuestos casi como un empleado por cuenta ajena o que busquen nuevos foros y plataformas (los colegios profesionales les parecen tan pretenciosos y aburridos como las grandes empresas para las que trabajan sus socios) y aliviar así la soledad colaborando con otros como ellos. No, Sam, no: eso no es ser un risk-taker. And I don’t like it at all!
Oh, Sam, es verdad. Los iPros no suelen ser llaneros solitarios, ni sienten que estén librando una guerra contra el mundo para conquistar todas las conciencias o revolucionar todo el mercado, ni basan sus relaciones en la competencia cruda, sino en una mezcla de rivalidad y colaboración marcada por una especial relación de respeto y compromiso mutuo entre ellos y sus clientes. Tampoco tienen alergia al Estado porque sí, aunque se desesperen con los burócratas, los de la administración y los de esos mamuts petrificados, sepultados e inmensos —mucho menos bellos en realidad—, que son los departamentos de contabilidad de las multinacionales.
En esta marea negra de incomprensión que aceptan como parte del paisaje, oscila el péndulo de su felicidad, tan cierto, poderoso y frágil como los latidos del corazón de un bebé. Miran a su alrededor y cuando les cuentan las mil penurias de muchos de sus colegas —dentro y fuera del paraíso quebradizo del contrato indefinido— cambian de color como camaleones. Se tiñen de oscuridad, dicen absurdamente que a ellos también les va mal, que viven aplastados por el mañana, un mañana que vete tú a saber si les traerá un mendrugo de pan a cambio de jornadas interminables. Casi se parecen a los desesperados estibadores del puerto de Nueva York en la Ley del silencio. Aquellos sí que eran falsos autónomos.
Por supuesto, la realidad de los iPros felices va por dentro. Perciben la forma en la que su buen hacer fortalece sus marcas día tras día, consolidan las relaciones con los clientes con los que se sienten a gusto trabajando (abandonarán las otras mucho antes de que se vuelvan tóxicas) y se ven reflejados en lo que hacen hasta el punto de que les cuesta distinguir a veces entre productos, servicios y creaciones (esto significa que, cuando les rechazan un trabajo, a veces se confunden creyendo que los censuran a ellos). Una ilustradora me dijo una vez: «Me pidieron que pusiese más color en un dibujo… ¡Más color! ¡En mi dibujo!». Puede intuirse lo que ella interpretó. Esos paletos le estaban exigiendo que se pintase las uñas de colores antes de amputarle la mano. ¡De colores! ¡A mí!
Los iPros felices perciben la forma en la que su buen hacer fortalece sus marcas día tras día, consolidan las relaciones con los clientes con los que se sienten a gusto trabajando y se ven reflejados en lo que hacen hasta el punto de que les cuesta distinguir a veces entre productos, servicios y creaciones
A veces, los trabajadores independientes exitosos dan tanta pena y fingen tan bien que les ofrecen un contrato indefinido por caridad o les dan explicaciones por no poder hacerlo. Obviamente, en una sociedad que los considera poco menos que un ‘expediente x’, no saben cómo rechazar la oferta sin parecer prepotentes o estúpidos. Oficialmente, ellos son unos sufridores…, pero a diferencia de otros, ellos sufren en público y estallan de alegría en privado. ¿Qué podría pasarles si por una vez dijeran la verdad…, si dejaran de reírse, como psicópatas, en silencio?
Probablemente, les ocurriría algo parecido a la anécdota que compartió conmigo uno de los mejores traductores de España, que había sido freelance mucho antes de que nadie utilizara el palabro en nuestro país. Me contó que hace años, dándole vueltas a un problema de traducción, cruzó sin mirar una gran calle del centro de Barcelona y lo atropelló una moto. Al mismo tiempo que los llevaban a los dos en la ambulancia —a él junto al conductor, porque no tenía más que rasguños, y al motorista, muy dolorido, en la camilla de la parte de atrás— siguió pensando en el complejo problema y encontró mágicamente la solución. Mientras sentía que la felicidad le recorría por las venas y gritaba para sus adentros «¡Eureka!», el conductor le dio su versión a un compañero: «Un “hijo de puta” había cruzado el semáforo en rojo».
Este post Cállate: si eres freelance, no puedes ser feliz, escrito por Gonzalo Toca, se publicó originalmente en Yorokobu.

Thor. Imagen: Marvel Studios.
El cañón de una pistola apunta al vacío. Suenan las primeras notas de un riff de Monty Norman. Se oyen pasos, y una figura armada con una Walther PPK irrumpe caminando con indiferencia en ese marco circular. Veloz, mortal y certera, ya nos ha metido una bala entre ceja y ceja antes de que nuestro cerebro pueda procesar un pequeño detalle: se trata de una mujer. Corría la no-noticia en internet como un reguero de pólvora: en pleno vacío de poder en el MI-6, sin saber si Daniel Craig regresaría para encarnar a James Bond por quinta vez, y en medio de la ensalada de nombres que siempre circulan en estos casos como posibles candidatos (de Tom Hiddleston a Jamie Bell), Gillian Anderson se postulaba a sí misma, medio en broma medio en serio, para ocupar el puesto de 007. Y en las redes sociales se desataba el infierno.
Apenas unos días después el fandom volvía a montar en cólera, esta vez por la elección de una actriz negra para interpretar a Hermione Granger en la secuela teatral de Harry Potter. En este caso ni siquiera se trataba de un cambio en la obra original, puesto que, como se apresuró a aclarar la propia J. K. Rowling, ella jamás especificó en las novelas el color de piel de Hermione. Sucede que, sencillamente, ante la falta de una mención expresa a ello, todos asumimos por defecto que era blanca, del mismo modo que tanta gente dio por hecho que Dumbledore era heterosexual. Igual ahí también hay un problema de mentalidad, y lo que es seguro es que la culpa no la tiene Rowling o sus actrices.
Es bien sabido que nada hay más peligroso que un fan purista. De pronto, los foros de debate, los comentarios de artículos en la web y hasta el bar del spot de Ciudadanos se llenaron de furibundos objetores a la posibilidad del cambio de sexo o raza de un personaje de ficción. Pero, ¿qué importa el color de piel de Hermione? ¿Por qué no sería un problema que existiera una James Bond mujer? Y, sobre todo, ¿por qué sería positivo que fuera así? En primer lugar conviene echar la vista atrás, porque de ocurrir, no sería la primera vez que se alteran rasgos esenciales de un personaje, por uno u otro motivo, para adaptarse a los tiempos. Sucede que, en una sociedad patriarcal, la cultura y el ocio están diseñados mayoritariamente por hombres y para hombres. La figura de referencia es la masculina (y blanca), y la mujer (y cualquier otra raza) representa la otredad. En un contexto así, que ha sido la norma desde el amanecer del ser humano, los seres ficticios que pueblan nuestros distintos imaginarios son mayoritariamente hombres caucásicos. Las religiones monoteístas tienen como eje a un ser de claros rasgos masculinos (Alanis Morrissette es un Dios non-canon a estos efectos), y en las politeístas el papel femenino suele estar relegado a un discreto segundo plano en el mejor de los casos, o a receptora de los fluidos de Zeus en el peor.
En el mundo actual, los mitos de la cultura pop han venido a ocupar, en muchos sentidos, el lugar de las mitologías religiosas. Al menos, en lo que se refiere a su utilidad como parábolas morales capaces de llegar a todos los estratos de la sociedad, como arquetipos compartidos y perpetuados en el tiempo y como pilares de un imaginario popular común. Superman es el nuevo Hércules (Grant Morrison elaboró esta idea en su magnífico All Star Superman); Peter Parker podría ser un moderno Aquiles y Thor sería el nuevo… eh…. Thor. Los superhéroes son la cara más visible de esa equivalencia, pero no son los únicos: Luke Skywalker, Indiana Jones, Son Goku o Harry Potter también tienen su merecido lugar en este panteón. Y, por supuesto, James Bond. Por eso no basta, como reclaman algunos, con crear personajes nuevos que vengan a aumentar la diversidad de raza, género u orientación sexual. Bienvenido sea, por supuesto, el nuevo trío protagonista de Star Wars, formado por una mujer, un latino y un negro. Bienvenida sea Imperator Furiosa en Mad Max, convirtiendo a Max Rockatansky en un secundario de su propia saga. Pero la representatividad no puede acabar ahí. No es suficiente porque hoy puedes crear un personaje nuevo, pero no puedes «decidir» crear un mito popular. Y ese catálogo sigue siendo obscenamente masculino. Hay que moldear los viejos panteones para introducir esa diversidad que siempre se les ha negado. No es grave; es más, ni siquiera es nada nuevo. Echemos un poco la vista atrás.
Black power
A principios de los años setenta, dentro del llamado «cine de explotación», nació en Estados Unidos el término blaxploitation para referirse a todas aquellas películas que colocaban a la comunidad afroamericana en una posición de absoluto protagonismo y trataban de aprovechar su cultura y sus modas. Eran cintas llenas de acción, peinados afro y música funk. Y, aunque muchas de ellas eran policíacas, en realidad la blaxploitation fue alcanzando poco a poco a todos los géneros. En ese contexto, y en plena decadencia del cine de terror de productoras británicas como Hammer y Amicus, alguien tuvo la idea de filmar una versión de Drácula en la que el vampiro titular no fuera un noble de Transilvania que llega a Londres, sino un príncipe africano que siembra el terror en la comunidad negra de Los Ángeles. El film fue dirigido en 1972 por William Crain, y no está claro si su título era una absoluta estupidez o una genialidad de marketing: Blacula. El caso es que la película tuvo tirón suficiente para producir una secuela al año siguiente, Scream, Blacula, Scream, e incluso inspiró toda una serie de cintas blaxploitation de terror.

Blacula. Imagen: American International Pictures.
Tampoco era la primera vez que se daba una transposición así en el cine con un personaje mítico: ya en 1954, Otto Preminger había adaptado a la pantalla el musical de Broadway Carmen Jones, una transposición de la Carmen de Merimée/Bizet al entorno afroamericano en plena Segunda Guerra Mundial. Quizá hoy el personaje no tiene la difusión de la que pueda gozar un James Bond, pero históricamente hablar de Carmen es casi como hablar del mito del Don Juan. Tampoco debemos olvidar obras como El mago (The Wiz), la versión de Sidney Lumet de El mago de Oz en la que Dorothy es una joven de Harlem y absolutamente todos los personajes están interpretados por actores negros (entre los que se cuentan Diana Ross, Michael Jackson o Richard Pryor). En cualquier caso, y al margen del resultado de cada una de estas películas en términos artísticos, no parece que obras como Drácula, Carmen o El mago de Oz hayan quedado arruinadas para siempre.
Al final, la calidad de cada obra es independiente de este tipo de decisiones. Por muchas protestas iniciales, y por muchas male tears que derramara Dirk Benedict, cuando Ronald D. Moore abordó el remake de Battlestar Galactica y decidió convertir en mujer al personaje de Starbuck (interpretado por el muy macho Benedict en los años setenta y por Katee Sackhoff en la nueva versión) el resultado fue muy superior al de la obra original. Es verdad que aquel espanto setentero que conocimos en España con el nombre de Galáctica, estrella de combate solo podía mejorar, pero lo cierto es que el (cuestionable) encanto naíf de aquella dio lugar a una de las mejores series de principios del siglo XXI, entre otras cosas gracias a un tratamiento inesperadamente progresista de los roles de género.

Battlestar Galactica. Imagen: SyFy.
Los ejemplos se suceden, y sin excepción todos han tenido a una legión de fans protestando por los cambios. Incluso hay actores que parecen haberse especializado en estas lides: precisamente otro de los nombres que suenan con fuerza para ser el nuevo Bond es Idris Elba, que ya se encargó de dar vida en el Universo Marvel a un Heimdall mucho más negro que el de los tebeos, y que se encuentra ahora rodando la adaptación de La Torre Oscura de Stephen King, donde encarnará al pistolero Roland de Gilead, también sometido a racebending para la ocasión. Merece la pena detenerse en el caso de Heimdall en Thor: las quejas se aferraron entonces al pobre argumento de que un dios nórdico no podía ser negro, sin pararse a pensar que a) los supuestos «dioses nórdicos» de Marvel son en realidad alienígenas y b) de existir, un dios no tiene por qué compartir el color de piel de quien le idolatra. Sea como sea, si Elba acaba encarnando al agente 007 se habrá marcado un hat-trick negrizador. Eso tiene que ser algún récord.
Viñetas y celuloide
Pero nos vamos a quedar en los superhéroes un rato más, dado que, como decíamos, son la cara más visible de esta «mitología moderna», y por tanto caldo de cultivo para distintas operaciones de puesta al día. En su momento también fue motivo de grito en el cielo la aparición, en el cómic The Ultimates, de una versión afroamericana de Nick Furia, dibujada por Bryan Hitch con unos rasgos sospechosamente parecidos a los de Samuel L. Jackson. Cuando, unos años después, el propio Jackson irrumpió en la escena final de Iron Man interpretando al personaje, el público ovacionó de forma unánime su aparición. Moraleja: a todo se acostumbra uno, nadie sale herido de estas cosas. Otro tanto pasó con la Antorcha Humana en la última versión de Los 4 Fantásticos: primero todo fueron críticas furibundas por el cambio de raza, y tras estrenarse todo fueron… críticas furibundas, vale, pero por el resto de la película (disclaimer: un servidor defenderá siempre que, a pesar de su tercio final, no era tan mala).
El último personaje Marvel en someterse a un cambio de género y raza, todo a la vez, es el Anciano de la próxima Doctor Extraño: en los cómics, un venerable hechicero de origen tibetano, que tomará en la gran pantalla los rasgos de Tilda Swinton. Aunque aún es pronto para saber cómo estará concebido el personaje en el film, Swinton ha declarado que el género del Anciano está «únicamente en la mirada del espectador», y el productor Kevin Feige ha respaldado esta afirmación al sostener que «el sexo del personaje no importa». Pero al cambiar también sus orígenes para que no fuera asiático, surgieron a la vez las acusaciones de racismo (moraleja 2: hagas lo que hagas, siempre habrá alguien a quien no le parezca bien). Podríamos argumentar que el Anciano de los tebeos era un estereotipo racial (¿maestro de las artes místicas viejo y oriental? ¡Venga ya!) y el whitewashing del personaje sirve en este caso para deshacer un agravio. Lo mismo podría aplicarse al Mandarín interpretado por Ben Kingsley en Iron Man 3, pero lo cierto es que resulta difícil culpar a quien se muestre suspicaz con estas operaciones, tras décadas de utilizar actores caucásicos para papeles de otras razas. Incluso los responsables de la reciente Dioses de Egipto (¡2016!) tuvieron que pedir perdón por plagar de intérpretes blancos una película que se desarrolla en el África de hace miles de años.

Doctor Extraño. Imagen: Marvel Studios.
El cambio simultáneo de sexo y raza en Doctor Extraño puede resultar sorprendente, pero tampoco es la primera vez que vemos algo así. En la serie de televisión Elementary (2012), que traslada al personaje de Sherlock Holmes a la Nueva York actual, el buen doctor Watson se convierte en una mujer de rasgos asiáticos y aviesa mirada tarantiniana. Aquí, Lucy Liu deja a un lado la katana de Kill Bill y se encarga de vigilar la rehabilitación del drogadicto Sherlock. Y no es el único personaje de Elementary con un género distinto al original, pero nos ahorraremos los detalles para no incurrir en spoilers. No es que sea una gran serie, y avergüenza un poco compararla con la inmensa Sherlock de la BBC, pero es un procedimental entretenido y más que digno, y ninguno de sus problemas (que son muchos) es la aparición de una doctora Watson con tacones y padres chinos. Solo cabe lamentar que fuera el fiel doctor, y no el personaje central de la serie, el objeto del cambio: pensemos en cuántas niñas y mujeres podrían identificarse con una detective consultora S. Holmes, igual que hizo en su infancia el que escribe estas líneas. Y además, eso permitiría subvertir de un modo interesante la tradicional misoginia del personaje. ¿Recuerdan qué otro héroe al servicio de su majestad británica muestra un machismo muy poco recomendable como ejemplo de comportamiento? No sé ustedes, pero yo me muero de curiosidad por ver qué haría Gillian Anderson con ese material. Y puestos a especular, ¿qué posibilidades dramáticas abriría, por ejemplo, una Jane Bond bisexual? (tampoco me verán protestar contra las iniciativas para convertir a Elsa de Frozen en lesbiana o darle un novio al Capitán América). Quienes se quejan de que la «manía» de feminizar personajes denota falta de ideas, parecen no darse cuenta de que hacer mujer a James Bond es una idea. Una que puede sacar a la saga de los repetitivos esquemas de siempre. Y frente a los que gritan «¡traición!» ante la idea de que Anderson o Elba arruinen sin remedio a su personaje favorito, conviene recordar que ya Sean Connery, el primero de los Bond cinematográficos, se alejaba bastante del original de las novelas de Ian Fleming. ¿Al final, James Bond es un hombre alto o bajo? ¿Rubio o moreno? ¿Fornido o más delgado? Ha sido todo eso, y puede ser muchas más cosas aún. Y hagan lo que hagan, difícilmente será peor que la etapa de Roger Moore.
Y es que los iconos, por el mero hecho de serlo, se prestan a variaciones e interpretaciones constantes, aunque a veces estas no despierten ningún revuelo: ¿cuántos actores han interpretado ya a Spiderman, a Batman o al propio 007? Este último, precisamente, se caracteriza por periódicos cambios de rostro, sin los cuales no habría sido posible la longevidad de la franquicia. Lo mismo ocurre con otro de los emblemas de la cultura audiovisual inglesa: Doctor Who. Su personaje protagonista ha sido encarnado ya por más de una docena de actores, y el actual showrunner de la serie, Steven Moffat, ha abierto expresamente la puerta a una futura versión femenina del Doctor. También nos llegará en unos meses la versión gender-flip de Cazafantasmas, un remake vilipendiado desde el primer momento, como cuenta Diego Cuevas aquí. Lo más suave que se ha dicho del film (recordemos: ¡aún no estrenado!) de Paul Feig es que resulta innecesario. ¿Acaso era «necesario» el original? ¿Qué hace necesaria a una película? Podríamos haber vivido todos estos años sin Egon, Ray, Beckman y Winston, que Gozer el Gozeriano no habría destruido el mundo. Probablemente. Pero no es una cuestión de necesidad, sino de posibilidad. Los Lumière no inventaron el cine porque lo necesitaban: lo inventaron porque podían. Y hoy podemos empezar, poco a poco, a corregir siglos de desigualdades, por mucho camino que nos quede por delante. Así que dejemos hacer a los héroes lo que mejor saben, que es convertir el mundo en un lugar mejor.

Elementary. Imagen: CBS.
La entrada Mujeres espía y dioses negros: introduciendo la diversidad en los mitos pop aparece primero en Jot Down Cultural Magazine.
Sergioski02joer lo sovietico es el nuevo japo
Los obreros de la extinta Unión Soviética pasaban dos semanas al año en un balneario, para reponer fuerzas. Formaba parte de su calendario laboral: un periodo de ocio para incrementar su productividad. Los trabajadores de las industrias más duras, como la minería, tenían prioridad sobre el resto. En estos sanatorios fuertemente medicalizados hasta las exposiciones al sol estaban supervisadas por personal sanitario, que igualmente dirigía los baños termales, los tratamientos con barro y una estricta dieta. Un equipo de seis fotógrafos y una periodista trabaja ahora sobre el terreno para documentar la arquitectura y recrear la vida en estos edificios, que comenzaron a salpicar el paisaje de la URSS a principios de los años veinte, muy poco después de la Revolución Bolchevique, normalmente cerca del mar o en las montañas. En los noventa llegaron a albergar a medio millón de huéspedes al mismo tiempo.


Aún quedan en pie muchos de los cientos de sanatorios que se construyeron por todo el país. Algunos siguen siendo del Estado mientras que otros han pasado a manos privadas. De algunos solo quedan las ruinas mientras que otros han sido completamente renovados. Aunque «la mayoría no ha cambiado prácticamente nada, de manera que los huéspedes pueden disfrutar de la misma decoración y tratamientos que durante la época soviética», describe Maryam Omidi, la periodista que lidera el proyecto. Terapias extravagantes, con sanguijuelas, cuevas de sal, baños de dióxido de carbono. Naftalan, ciudad autónoma de la actual Azerbaiyán, abundante en crudo, era conocida por sus populares y enormes balnearios de petróleo. «Se le llamaba el aceite milagroso y se decía que era excelente para la piel, que era eficaz contra la psoriasis, la artritis y el reuma», añade.



Omidi junto con los fotógrafos rusos Egor Rogalev, Olya Ivanova y Dmitry Lookianov, el británico Michal Solarski, la francesa Claudine Doury y el alemán René Fietzek, tienen planeado viajar a la mayoría de las 14 repúblicas de la antigua URSS, no a todas, para retratar sus mejores balnearios. «Si bien la arquitectura soviética evoca a menudo imágenes de bloques de construcción monolíticos, los sanatorios de la época se encuentran entre las más diversas y creativas estructuras arquitectónicas», escribe Omidi.
«Nuestro objetivo es mostrar los más impactantes arquitectónicamente, en las localizaciones más bonitas, más que visitar todos y cada uno de los 14 países», aclara. Sí cuentan con desplazarse a Rusia, Ucrania, Azerbaiyán, Armenia, Georgia, Tayikistán, Kirguistán, Kazajistán, Uzbekistán, Letonia o Lituania. Plasmarán el resultado en un libro que, si todo va bien, será publicado por la editorial londinense Fuel en la primavera de 2017. Además, Calvert 22 Galería, a cargo de la Fundación Calvert 22, será la anfitriona de una fiesta de lanzamiento.


Durante su investigación, el equipo se encontrará con sanatorios que continúan en marcha sin la dimensión ideológica de sus orígenes. «Son más relajados», admite Omidi. Es verdad que a los pacientes los sigue revisando un médico que les diseña programas personalizados, pero pueden pasar el día como les venga en ganas, y disfrutar de su ocio en paz. «En general, quienes los visitan tienden a ser personas mayores, con el objetivo de descansar y recuperarse», informa la periodista. Se ven pocas parejas jóvenes, o familias con niños pequeños. Y es muy muy raro que los extranjeros asomen por allí. «¡Espero que con la publicación de nuestro libro, esto cambie!», enfatiza.
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Este post Tomar las aguas en un sanatorio soviético, escrito por Elena Sevillano, se publicó originalmente en Yorokobu.
Sergioski02el mejor momento para ir a orlando si eres mexicano gay
Estamos viendo vuelos para el próximo año:
Una vez en la página de la aerolínea, hay que escoger ésta promoción:
Te dejamos fechas de ejemplo que encontramos por éste precio:
Saliendo de CDMX:
Abril 6 – 10
Abril 20 – 25
Abril 27 – 30
Mayo 4 – 7
Mayo 11 – 14
Mayo 16 – 21
Mayo 25 – 30
Junio 1 – 4
y más!
Saliendo de Guadalajara:
Abril 24 – 28
Abril 28 – Mayo 1
Mayo 5 – 8
Mayo 12 – 15
Mayo 19 – 22
Mayo 26- 29
Junio 9 – 12
y más!
Imagen de Ejemplo desde Cd. de México:

Imagen de Ejemplo desde Guadalajara:

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