La idea lleva tiempo en mi cabeza, aleteando, y quizá la formulé por primera vez con Rompe Raplh, la película de Disney sobre videojuegos que se impuso, en cuanto a cantidad de hype y de coñazo que daba la gente, a películas como El Hobbit o Django Desencadenado. No estamos diciendo que a gente que le gustan los videojuegos prefiriese la película Disney a alguna película de Sofia Coppola, no, estamos hablando de que el mismo “público objetivo” que debería estar entusiasmado con la obra de Tolkien en cines, o con Tarantino, estaba que no cagaba con una película Disney bastante correcta. Correcta y gracias. En serio.
Y ejemplos los hay a patadas. Hay gente que dice que su serie favorita actual es Hora de Aventuras, y eso me preocupa, no porque la serie no me guste, sino porque ahora mismo hay tantas series, tantas producciones tan diversas y de calidades tan altas (también hay mierda, como en todas partes) que me resulta muy confuso que haya gente para la que lo mejor que nos puede ofrecer el audiovisual estos años sea un producto infantil, por bueno que sea este. ¡My Little Pony! ¿Qué nos está pasando? Y0 lo he venido a llamar el Síndrome de Hora de Aventuras.
Por supuesto, los de marketing lo saben. ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿Primero un grupo de veinteañeros comienzan a reivindicar productos infantiles y entonces les sacuden con más productos del estilo y con merchandising realmente caro orientado a gente con poder adquisitivo? ¿O es que directamente, viendo el potencial de una generación con complejo de Peter Pan, aparecen cada vez más productos orientados a llenar ese hueco que nuestras infancias nunca terminadas están reclamando? ¿Desde cuándo se da esta situación?
Ojo, vamos a separar las cosas. No estoy hablando del nostálgico fenómeno de lo retro, o de las docenas de franquicias televisivas de los 80 y los 90 que están viendo su oportunidad de aparecer en la gran pantalla. Esto de lo que hablo es un fenómeno distinto y que, creo yo, no tiene precedente generacional (como si lo tiene lo nostálgico). Hablamos de productos actuales, franquicias actuales y modelos actuales de entretenimiento infantil, pero extrañamente orientados para un público adulto. Hablamos de un público adulto que no está viendo cosas de su generación, sino que se baja de Internet lo que los niños de ahora ven en la televisión.
Cuando Lego saca cajas de juegos por valor de 200 o 500 dólares (y los llama “productos exclusivos”) no está pensando en un padre que se lo compra a su hijo por Navidad. Está pensando en un veinteañero o incluso treintañero friki que cobra un sueldo que se gasta en pijadas. No te compres una figura, compra un Lego. Por algo esos precios solo se ven en productos de la franquicia Star Wars o en Lego de El señor de los anillos. Nadie va a comprar un furry de Lego de 199$ más gastos de envío. Si Las Crónicas PSN se hubieran dibujado dentro de 10 años, los protagonistas serían adictos a Disney Channel y a Cartoon Network. Y no se trata de una falta de calidad, de hecho hay buena calidad, ¿pero de verdad es normal que genere más expectación la programación infantil que la “adulta?
En los 90 series como Animaniacs, Batman TAS o El Pato Darkwing eran tan buenas como lo pueden ser las de ahora, pero no creo que hubiera un gran público de gente que pasaba ampliamente los 20 años viéndolas. Quizá la de Batman un poco, pero una cosa marginal, dudo que nadie hace 15 años considerase “La máscara del fantasma” como la mejor película de Batman jamás hecha. Ahora me creo que para algunos Rompe Ralph ha sido la película del año 2012, y eso me preocupa. ¿Qué nos ha pasado? Como generación, o generaciones, como grupo, ¿qué clase de complejo de Peter Pan se ha apoderado de nosotros?
Habrá quien quiera presentarlo como una pérdida de los prejuicios definitiva, la libertad (¡al fin!) de valorar de forma objetiva, sin dejar que nos empañe su público objetivo, la calidad de la producción infantil. Pero yo lo que veo es la creación de nuevos prejuicios, de nuevos sistema de análisis de la producción audiovisual que prima y enaltece lo infantil por encima de producciones de mayor calidad destinadas para adultos. Nos ha fascinado tanto poder disfrutar de producciones infantiles que quizá no las estamos juzgando desde la libertad, sino desde la necesidad de concederles un crédito mayor por ser capaz de trascender la barrera de la edad. Y tampoco es justo que tengamos más ganas de ver Gravity Falls que Black Mirror.
¿A qué viene esta fascinación por lo infantil ahora? ¿Por qué a nosotros? ¿Qué tendría que decir Freud a todo esto? ¿Es culpa de todas aquellas adolescentes que llevaban estampados, carpetas y mochilas de Piolín? Quizá es eso, nuestra adolescencia ha acabado por asociar aquellas cosas de dibujos animados con la explosión hormonal, y en realidad todos nos sentimos extrañamente atraídos por los productos infantiles, a los que oscuramente asociamos con nuestra primera sexualidad.
Igual algunos pensáis que estoy exagerando. Que no es para tanto. Que realmente Hora de Aventuras es la mejor serie televisiva de los últimos años, que Rompe Ralph es la mejor película del año pasado, que yo es que lo odio todo, y ahora me ha dado por odiar a los niños. Pero, ¿qué os voy a decir? A mí me parece que algo ha pasado, que esto no ha pasado siempre, que es un fenómeno nuevo. Y no lo entiendo, a pesar de que soy consciente de que yo mismo estoy atrapado en esa dinámica, en esa trampa infantil en la que ha caído mi generación. Solo estoy planteando ideas, pero lo que de verdad me interesa es lo que tiene que decir la gente. Muchos seguramente se han dado por aludidos en este texto, y quiero saber qué ven ellos en este tema, cómo lo entienden. Porque igual es que arrastramos todos un trauma, igual es una ingeniosa manera de trabajar por parte de los técnicos de marketing de algunas de las empresas más importantes de entretenimiento. O igual es sencillamente que soy (somos) gilipollas.

¿Breaking Bad? ¡No tengas prejuicios, deja de ver aburridas series para adultos y disfruta de Hora de Aventuras!
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