David Hajdu explora en La plaga de los cómics una de las épocas más sombrías de la cultura de masas norteamericana: aquellos meses en los que, en pos de la moral y las buenas costumbres, miles de cómics fueron quemados en hogueras públicas y el Congreso de Estados Unidos terminó por prohibirlos acabando con las carreras de cientos de dibujantes, guionistas y editores.
«Creo que, comparado con la industria del cómic, Hitler era un principiante», aseguraba el psiquiatra Fredric Wertham en Seduction of the Innocent (La seducción de los inocentes), un ensayo publicado en 1954. Quizás era demasiado pronto para hablar de la banalización del nazismo, pero lo que sí que constataba la declaración de Wertham era que las cosas estaban yendo demasiado lejos. «Ha llegado la hora de que prohibamos los comic books en los quioscos de prensa y en las tiendas de chucherías». Estas consignas animaron a una comisión de investigación del Congreso de los Estados Unidos contra la industria del cómic a la creación del Comics Code Authority –Autoridad del Código de Cómics, CCA por sus siglas en inglés o, popularmente conocido como, el Comics Code—. Pero, para entender cómo se llegó a esto, es mejor que retrocedamos un poco en el tiempo y comencemos esta historia por el principio.
«Los comic books no sólo inspiran el mal, sino que sugiere la forma que debe tomar dicho mal» —Fredric Wertham, psiquiatra—
Las tiras de prensa llevaban conviviendo con la sociedad estadounidense desde finales del siglo XIX, cuando el editor Joseph Pulitzer intentó atraer a las clases bajas y aumentar así las ventas de su periódico, con un dominical a color en el que se incluían historias ilustradas que inmigrantes y trabajadores fácilmente podían entender gracias a un lenguaje sencillo. «Los cómics le ofrecían a su público una mirada paródica sobre sí mismo, plasmada mediante el lenguaje de la caricatura y el disparate. En aquellas historietas, la mofa resultaba familiar; era íntima, cercana, afectuosa y despiadada», explica David Hajdu en La plaga de los cómics (Es Pop Ediciones, 2018). Así, comenzaron a popularizarse series como The Yellow Kid (El Chico Amarillo), Little Nemo o Krazy Kat. Tres décadas más tarde, personajes de tiras diarias que hoy consideramos historia pasarían a formar una parte esencial de muchos periódicos. Sólo en 1929 aparecieron por primera vez en la prensa personajes tan icónicos como Dick Tracy, de Chester Gould o Tarzan, de Harold Foster, y poco después Flash Gordon, de Alex Raymond.
La popularidad de las tiras de prensa a finales de los años treinta no dejaba de aumentar, los superhéroes acababan de llegar al mercado de los cómics y la necesidad de un formato que permitiese la independencia de las tiras diarias de los periódicos o las páginas para niños de los suplementos dominicales era cada vez mayor. La llegada del comic book, o grapa, era inminente. Su éxito, también. «A mediados de los años cuarenta, los comic books eran la forma de entretenimiento más popular en Estados Unidos. Vendían entre ochenta y cien millones de ejemplares semanales y lo habitual era que cada uno de esos ejemplares fuera pasando, en préstamo o intercambio, por las manos de entre seis y diez lectores», apunta Hajdu.
Primer round
Y la popularidad, si algo atrae, son las críticas. Es cierto que desde el nacimiento del cómic a finales del siglo XIX siempre había habido voces discrepantes con el medio, pero podemos considerar que la del periodista Sterling North fue una de las que se escuchó más alto. El 8 de mayo de 1940, el Daily News publicó una columna en la que North advertía de cómo, cada mes, «un millón de dólares era hurtado de los bolsillos de los niños de América» a cambio de «heroicidades como las de Superman, mujeres voluptuosas ligeras de ropa, ráfagas de metralletas, “justicieros” encapuchados y propaganda política barata». Algo que consideraba totalmente inadmisible. En menos de un año, Una desgracia nacional –que es el título que llevó aquella columna– había sido reproducida en cerca de cuarenta periódicos.
Mientras periodistas y bibliotecarios se rebelaron contra los cómics, la comunidad psiquiátrica y psicológica enviaba mensajes conciliadores. Lauretta Bender, una psiquiatra infantil, fue de las primeras en pronunciarse: los tebeos tenían muchos beneficios y pocos riesgos. Pero lo que hizo que el debate sobre la idoneidad o no de los tebeos cesara no fue la ciencia, sino el estallido de la Segunda Guerra Mundial. «Del mismo modo que la Primera Guerra había apagado las críticas incipientes contra las tiras de prensa, la Segunda acalló el debate sobre los comic books antes de que hubiera llegado a prender. De hecho, los superhéroes comenzaremos a ser vistos como un concepto profundamente patriótico: un símbolo propio, simple y democrático del poder y la firmeza de Estados Unidos», afirma Hadju. El primer asalto estaba superado.
La fiebre del oro de los tebeos
Las ciento cincuenta cabeceras de comic books que había en 1937, se habían convertido en casi setecientas en 1940, con el consecuente aumento de trabajadores. Se podía hablar ya, claramente, de la industria del cómic. Una industria que, sin unas directrices establecidas y una escasa obligación de rendir cuentas dentro del negocio, caminaba «enloquecida de especulación, experimentación, recompensas fáciles y cierta anarquía estética», según señala el escritor estadounidense. Al fin y al cabo, aquellos dibujantes y guionistas estaban inventando un medio, un lenguaje, que era consumido por millones de personas sobre la marcha.
En 1948, Detroit se convirtió en la primera ciudad en perseguir los tebeos, prohibiendo la venta de treinta y seis cabeceras
A la anarquía estética se añadían entonces otros factores sociales que permitían que los contenidos de algunos de aquellos tebeos se tornaran hacia historias de crímenes, vicios, lujuria y horror. Por un lado, «a diferencia del cine, la radio y la televisión, los cómics no estaban sometidos a ningún mecanismo efectivo de control y regulación», señala Hadju. Por otro, la sociedad estadounidense de los años cuarenta aún no había constituido la idea de una cultura juvenil tal como la conocemos ahora. Los tebeos, como algunos aún creen, estaban considerados como algo insustancial e inofensivo que cualquier niño podía comprar en un quiosco o tienda de chucherías. Claro, que hoy ya sabemos lo poco inocentes que son los caramelos.
Segundo round
La Iglesia Católica fue, según apunta Hadju en el libro, una de las primeras instituciones culturales en reconocer la eficacia del cómic para atraer a las masas de jóvenes y comenzaron a repartir ejemplares de tebeos educativos como Historias de la Biblia en imágenes en sus escuelas dominicales. Sin embargo, el romance entre Iglesia y cómic no duró mucho y en 1942, la Organización Nacional para una Literatura Decente –un nuevo nombre para algo viejo: autoridades católicas censurando libros– incluyó Sensation Comics, la colección que publicaba Wonder Woman, entre sus títulos prohibidos. «La polémica sobre los cómics fue saltando, sección por sección, desde la última página de los periódicos hasta la primera plana; de las reseñas de libros y las columnas de religión a la sección “para mujeres”, y de ahí a la de noticias propiamente dichas», explica Hadju.
A comienzos de 1948, el jefe de la policía de Detroit hizo un llamamiento para limpiar la ciudad de comics books. En abril, se convirtió en la primera ciudad en perseguir los tebeos, prohibiendo la venta de treinta y seis cabeceras. Cuatro días más tarde, lo harían en Mt. Prospect, Illinois, y a finales de año serían más de cincuenta municipios. La guerra contra los cómics había empezado, aunque dibujantes, guionistas y editores estaban demasiado ocupados trabajando como para preocuparse por ella.
El centenar de leyes promulgadas para prohibir la venta de tebeos y la llegada del comics code acabó con la carrera de más de 800 personas
Con semejante panorama, todo apuntaba a que era el momento idóneo para que el psiquiatra Frederic Wertham hiciera su aparición estelar. En medio de una psicosis generalizada por el miedo a la delincuencia juvenil agudizada por la posguerra y el nacimiento de un nuevo (y recatado) estilo de vida americano, Wertham declaraba en un artículo de la revista Time que «los comic books no sólo inspiran el mal, sino que sugieren la forma que debe tomar dicho mal». En ese mismo artículo, recoge Hajdu, se había expuesto que las historietas contenían un exceso de «imágenes de palizas, tiroteos, estrangulamientos, charcos de sangre y muertes por tortura». La relación entre delincuencia juvenil y cómics había quedado ya establecida y esta vez por una fuente de ciencia, a diferencia de los discursos religioso en contra de los cómics o los vilipendios de bibliotecarios o periodistas. Tan solo hicieron falta algunas noticias de sucesos más para que la opinión popular se pusiera en contra de los cómics. Unos argumentos que tristemente tienen un paralelismo inevitable con los que, a comienzos del siglo XXI, se arrojaron en contra de la industria del videojuego.
Fuera de combate
El centenar de leyes promulgadas para prohibir la venta de tebeos y la llegada del comics code acabó con la carrera de más de ochocientas personas, la mayoría dibujantes, guionistas y editores. E incluso, como apunta Hadju, las oficinas de EC, una de las editoriales más arriesgadas y provocadoras –hogar de clásicos como Tales from the Crypt o la revista MAD–, fueron registradas por la policía de la ciudad de Nueva York. El Código creado en 1954 incluía medidas como que los crímenes nunca serían representados de modo que creasen simpatía por el crimen; la prohibición de usar las palabras “horror” o “terror” en los títulos; no permitir escenas demasiado sangrientas, la depravación, la lujuria o el sadismo; los muertos vivientes o la desnudez en cualquier forma. A pesar de todo, para Fredric Wertham no fue más que una ineficiente medida a medias ¯\_(ツ)_/¯.