
Natalie Portman Hard Nips
Sergioski02Esta chica tiene magia en todo lo que hace
"El truco que os voy a dejar es en ambas direcciones. Yo os lo voy a describir como si llegarais a Barcelona y queréis ir al centro, o simplemente a cualquier parte de la ciudad, por un euro o si me apuras gratis."
"Desde febrero, y una vez al mes, las mujeres que corren organizamos quedadas runners en Madrid y en otras ciudades españolas. El objetivo : que cada vez sean más las mujeres que optan por un estilo de vida saludable a través de uno de los mejores ejercicios cardiovasculares que existen : correr. Además, enseñamos a las chicas ejercicios de fuerza, técnica de carrera y estiramientos."
Sergioski02Lectura obligatoria de la HR
Hijo de una serbia y un croata, casado con una musulmana, la de Goran Bregovic (Sarajevo, 1950) es una de esas familias mixtas balcánicas que solo pueden identificarse con Yugoslavia. Él siempre insiste en que esa sigue siendo su nacionalidad, pero no desde una perspectiva política, sino como un sentimiento, un lugar emotivo. Eso que muchos de sus compatriotas recuerdan como «The good old times». Y la banda sonora de aquellos tiempos tenía un grupo que destacó por encima de todos, Bijelo Dugme, la banda rockera de Goran Bregovic. Años después, mientras las guerras hundieron la región y segaron miles de vidas, él se reinventó a sí mismo e internacionalizó la música tradicional de los Balcanes, primero con el cine de Emir Kusturica, después con sus orquestas. Ahora es un artista conocido en todo el mundo.
Cuéntanos la historia de tu familia.
Mi madre era serbia. Su padre, mi abuelo, en la Primera Guerra Mundial estuvo en el frente de Salónica. Y luego, en la segunda, luchó contra los nazis con los partisanos. Murió en la batalla del río Sutjeska, en 1943. Mientras él combatía en la guerra, a mi madre y a mi abuela se las llevaron al campo de concentración de Jasenovac, pero fueron canjeadas en el último momento por prisioneros alemanes. Si no hubiese sido por ese intercambio, no estaríamos hablando aquí ahora. Después de la guerra, mi madre para sobrevivir fue traficante de tabaco de Herzegovina a Belgrado. Llevaba la mercancía en ferrocarril y saltaba del tren en marcha antes de llegar a las estaciones.
El hermano de mi madre, mi tío, también fue partisano. Artillero. Al terminar la guerra, como era joven, se quedó de juerga por ahí y tardó más días que los demás soldados en llegar a casa. Cuando por fin apareció, le cogió mi abuela y le dio una paliza. Abofeteó a todo un artillero partisano victorioso, esa era mi abuela.
Esta rama de mi familia, la materna, viene de la frontera con Montenegro, donde todo el mundo es altísimo. Como ves, yo he salido más a mi padre, soy más pequeño. Mi padre era croata. Fue el único de su pueblo, Zagorje, que se unió a los partisanos y llegó luego a coronel. En el pueblo decían de cachondeo que se fue con ellos solo porque con los antifascistas estaban las mejores tías.
Los militares en Yugoslavia, cuando se jubilaban, podían elegir donde vivir. Mi padre primero se fue a Split, pero cuando se vio a sí mismo plantando tomates en la terraza del piso, se dio cuenta de que eso no era lo que quería hacer el resto de su vida. Además, el cura de Zagorje le había pedido que por favor volviera porque no tenía ningún partisano enterrado en el cementerio. Pero hubo un motivo mucho más importante para regresar.
Mi padre bebía mucho, por eso mi madre se divorció de él. Pero en aquella época en Yugoslavia la mayoría de los militares eran alcohólicos. Yo tenía diez años y mi hermano cinco cuando se separaron. Fue una pena porque entre mis padres existía un amor muy grande; un amor que sufrió por el alcohol, pero que luego quedó confirmado por los hechos. Cuando mi madre enfermó de leucemia, la ingresaron en el hospital de Split. La segunda mujer de mi padre me contó que descubrió que por las noches se escapaba. Un día decidió seguirle para ver adónde iba y se encontró con que se pasaba toda la noche fumando enfrente de la ventana del hospital donde estaba ingresada mi madre.
Lo curioso es que, con el divorcio, del disgusto, mi padre había dejado el alcohol, pero tras la muerte de mi madre, decidió finalmente volver al pueblo, puso unos viñedos, esperó unos años a sacar el primer vino y volvió a beber. Se tomaba cerca de mil litros de vino al año. Todo lo que le daba la viña. Murió feliz en ese pueblo.
Pero el amor entre mi padre y mi madre se acabó por el alcohol. Por eso luego yo llamé así a un disco. Y tuve que añadir una explicación en el libreto para que la gente no pensase que con esas canciones les invitaba a beber, sino que tenía otro significado más sentimental.
Te echaron del conservatorio por no tener talento y ser un vago.
No creo que en las escuelas de música se exija tener mucho talento (risas), pero sí. Yo era muy vago para el solfeo. Tocaba el violín y tenía que dar demasiado solfeo. Ahora estoy notando que a mis hijas, hoy en día, también les cae muy mal el solfeo. Por eso me echaron. Luego quise matricularme en la escuela de arte, pero mi tía le dijo a mi madre que ahí solo entraban maricones, de modo que terminé en la escuela técnica. No tenía vocación, fue por un arreglo que hice con mi madre. Me matriculé ahí a cambio de que me dejase llevar el pelo largo. Los niños hacen muchos tratos de ese tipo con sus padres. La moda para mi madre en aquel momento era Jovanka Broz, y le copiaba el look como muchas mujeres en la Yugoslavia comunista. Porque la mujer de Tito era como un icono fashion en aquella época. Por supuesto, el colegio técnico se me dio muy mal y también me echaron de ahí. No entiendo cómo alguien puede acabar eso, a mí me parecía imposible.
Trabajabas con dieciséis años.
Cuando se divorciaron mis padres, mi madre tenía que mantener toda la casa, a mi hermano y a mí. Se tuvo que ir al mar a trabajar. Yo me quedé en Sarajevo y tuve que empezar a currar muy pronto. Pero me gustaba la sensación de tener mi propio dinero y no tener que rendir cuentas ante nadie. De esta manera, con quince años empecé a tocar en una kafana (restaurante balcánico donde nunca falta música) en una estación de autobús en Konjic, un pueblo bosnio bajando hacia el mar.
¿Qué recuerdas de las movilizaciones estudiantiles de 1968, que en Yugoslavia fueron importantes?
Recuerdo todo aquello perfectamente. La tía de la que yo estaba enamorado entonces estaba enamorada del tío que llevaba las protestas. Yo iba a las manifestaciones por ella y tenía que soportar que los policías me pegasen como locos y comerme el gas que nos echaban. En aquella época tenía también una orquesta, como ahora, pero sin trompetas, porque las hacíamos con la boca. Éramos jóvenes… El caso es que iba por las noches debajo del balcón de esa chica a cantarle canciones con la orquesta y ella… nada. Estaba enamorada de este tío. Hace unos años conocí en Bruselas a uno de los líderes de las protestas de mayo del 68 en Francia, Daniel Cohn-Bendit, Dani «el Rojo», que llegó a eurodiputado. Me preguntó qué opinaba de aquella época y le contesté que me parecía el periodo más estúpido de la historia humana.
En esos años, has confesado que lo que te perdía era el LSD.
Con dieciséis o diecisiete años había dejado las kafanas para tocar en bares de striptease. Primero en Croacia y después en Italia, en Nápoles, donde se nos llevó un tío que nos vio tocar. No te puedes imaginar lo que era salir del país. Dejar el comunismo y entrar en ese Disneyland. Era incapaz de resistirme a las tentaciones. Lo que más recuerdo, fíjate, es que en ese viaje fue la primera vez que vimos pan tostado en nuestra vida. ¡Nos pusimos a comerlo como locos! También jugábamos al pinball día y noche, porque de eso tampoco había en Yugoslavia. Y luego estaba el LSD. Esos años setenta fueron los más locos de mi vida.
Allí en Nápoles, además, descubrimos a Cream. Aprendimos a tocar música de forma más libre. Por primera vez encontré algo que iba más allá del pop de estrofa-estribillo. Nos pusimos a tocar esa nueva música inmediatamente. Supongo que por eso y por el LSD nos echaron del bar. Nos quedamos sin dinero y tuvimos que llamar a nuestros padres para que nos rescataran. Le prometí a mi madre que dejaba la música y que iba a estudiar. Fueron cuatro años en los que no toqué nada, fui al instituto y llegué a la universidad. Pero en la facultad en el último año nos juntarnos otra vez la pandilla de amigos que nos habíamos escapado a Italia, volvimos a tocar y nos pusimos de nombre Bijelo Dugme (botón blanco) y no terminé la carrera, me convertí en una estrella en cuestión de días.
Sarajevo en los años setenta era una ciudad con una vida cultural alucinante.
Se tocaba mucho, pero sobre todo se recitaba mucha poesía. A los recitales de poesía que se hacían por las noches iban miles de personas, eran como conciertos de rock. Había una generación fantástica de poetas, de Dusko Trifunovic o Rajko Nogo al famoso Radovan Karadzic. Durante la guerra, me encontré con Karadzic en Belgrado, entonces él era el presidente de los serbios de Bosnia y poco tiempo después el criminal más buscado por La Haya. Yo le conocía como poeta. Ya sabes cómo es alguna gente, bajo condiciones buenas, sacan lo mejor de sí; bajo las malas…
Karadzic podría ser ahora el psiquiatra que escribía poesía si no hubiese sido por la guerra. Igual que muchos de mis profesores de la universidad. Si no fuese por la guerra podrían tener unas vidas normales, en todos los bandos, en el serbio, el croata y el musulmán. Pero cuando empezaron los enfrentamientos y la guerra, todos intentaron ajustarse a esas nuevas condiciones y unos estuvieron a la altura y otros no.
En aquel Sarajevo, yo tocaba en muchos grupos, pero como era un chico de la periferia, siempre estaba con grupos de la periferia. A los diecisiete años empezaron a ficharme grupos buenos del centro y me mudé al corazón de la ciudad. Siempre ha existido una separación entre centro y periferia; una separación mucho mayor y más importante que la que pudiera haber entre diferentes tribus urbanas.
Te interesaba el socialismo, aunque fuera en un sentido kitsch.
Era tan exagerado que me tenía que gustar. Me vestía con un abrigo alemán de cuero largo, por debajo de la rodilla, como el de Tito. Con ese abrigo me sentía tan importante como un monumento. La verdad es que las simplificaciones me dan miedo, pero dentro de la estética socialista se difundía un gran ideal, teníamos unas metas más importantes que las pequeñas tragedias personales. Era ambicioso, pero me parecía que tenía sentido en un país como el nuestro donde las cosas siempre solo podían ir a peor. Ese periodo del comunismo y Tito para mí es el mejor periodo que conocemos de nuestra historia.

¿Qué opinas de Tito?
En la historia no se dan casos en que los grandes políticos vengan de los países que no tienen fuerza o no son tan poderosos como puedan serlo, por ejemplo, Rusia o Alemania. Porque la política es fuerza, en diferentes formas, pero fuerza. Y Tito fue el primero en la historia que no tuvo ninguna fuerza detrás, pero llegó a ser muy importante en el mundo. Figúrate que Nikita Kruschev, el sucesor de Stalin, antes de entrar en Budapest con su ejército, atravesó en avión una tormenta y aterrizó en Brioni para ver a Tito y que le diera permiso. Cuando murió Tito, yo estaba en Suiza y la televisión dio su entierro todo el día. Como político era extraordinariamente talentoso. Pienso que a lo mejor perdió la oportunidad de introducirnos en la democracia con menos dolor, pero es evidente que él sabía más de nosotros que nosotros mismos. Puede que simplemente no se atreviera a hacer nada porque sabía con qué jauría tenía que lidiar. De hecho, todo esto luego se confirmó.
Tito llamó a tu grupo, a Bijelo Dugme, para que tocaseis para él.
En el 75, el nieto de Tito estaba siempre cantando una canción de Bijelo Dugme, «Tako ti je mala moja kad ljubi Bosanac». Como no paraba de cantarla, Tito pidió que le trajera a ese grupo para escucharlo él. El sitio elegido fue el Teatro Nacional de Zagreb, en Croacia. Pero la actuación duró solo unos segundos porque rápidamente Tito se llevó la mano al oído indicando que eso era demasiado alto para él. Así que nos sacaron en el acto del escenario. Creo que es el récord mundial del concierto más corto.
Llegasteis a grabar en Estados Unidos.
A los Estados Unidos íbamos porque la discográfica ganaba tanto dinero que nos inventábamos motivos para hacer viajes de placer. Fuimos por capricho puro a grabar en el mejor estudio americano. Nos criticaron mucho, pero como siempre nos estaban criticando… Éramos demasiado grandes para que todos pudieran querernos, pero esto es normal en un país pequeño.
Pero un día decidisteis iros a hacer trabajos comunitarios.
Creo que lo necesitábamos como grupo, porque estábamos demasiado locos, todo era lujo, y teníamos que bajar un poco a la tierra. Así que decidimos irnos a hacer trabajos comunitarios y, ciertamente, no nos vino mal estar un mes durmiendo en barracones. Estuvimos construyendo una carretera. Nos hicimos heridas en las manos y no tocamos música para nada. El rock and roll era demasiado, queríamos tranquilizarnos un poco. Echar el ancla. Dormir en ese sitio y comer con todos los obreros de una cazuela enorme, estar con las chicas que no se depilan las piernas ni los sobacos. Volver a unas coordenadas normales, para no olvidar de dónde vienes.
El concierto de despedida antes de que te fueras a la mili reunió a setenta mil personas.
Pensaba que tenía que organizar algo grande antes de irme al ejército. Afortunadamente, solo tuve que estar un año porque había pasado por la universidad, pero normalmente se iban dos. Fue una experiencia surrealista. Pero allí te encuentras o ves lo que es realmente tu país. Me enviaron a Nis, durmiendo en una habitación con ciento tres personas. Imagina lo que era eso. En cada momento, por lo menos, veinte estaban haciéndose pajas. ¿Qué veinte? ¡Cuarenta mínimo! Por no hablar de lo demás, tenías que acostumbrarte a otro modo de vida. Ay, esa masa, que es tan fácil dirigirla, estando ahí te das cuenta de lo sencillo que es luego mandarlos a la guerra. Esa gente, que considera que sabe leer y escribir, pero en realidad son tan incultos que no cuesta nada llevarlos a la muerte.
En el cuartel éramos mil ochocientos soldados. Teníamos una biblioteca de la que habían robado todo, menos Marx, Lenin y Tito (risas) algo de Dostoievski y a los escritores latinoamericanos, que todavía no eran famosos y nadie quería llevárselos. Así que de esa manera pasé el tiempo, leyendo esos libros. Dostoievski, que no leería en mi vida normal, pero como no había otra cosa… y los sudamericanos.
Luego me sentía muy mal viendo a los albaneses solos y aislados en sus pandillas, ya que nadie de nosotros hablaba su idioma. Esto me motivó, o sentí la necesidad de hacer una canción en albanés. Utilicé unas frases y palabras que ellos solían cantar y la compuse. Gracias a este gesto, años después siempre tuve el burek gratis en una de las mejores pastelerías de Zagreb. Ya sabes que las mejores panaderías y pastelerías de Yugoslavia eran las de los albaneses.
¿No tuviste problemas en el ejército por ser quien eras?
Querían que tocase y yo no quería. Al final tuve que organizar un coro, pero lo hice mixto. Mezclado con las chicas del instituto y los soldados. Era muy simpático porque cada semana venían al cuartel treinta chicas, era genial para la tropa. Duró tres meses, hasta que un oficial empezó a maltratarme preguntándome con quién me juntaba cuando estaba en Londres, todo para joderme porque era rockero y estaba grabando mucho fuera del país. Recuerdo también a un director de cine que se negó a jurar bandera y toda la vida tuvo problemas por eso. Además, estando yo en la mili, se murió mi madre, con mi hermano también en el ejército. En general, no fue el periodo favorito de mi vida.

No estaban mal los impuestos que pagabas en Yugoslavia.
Tuve que registrar la empresa de explotación de Bijelo Dugme en Eslovenia, porque en Bosnia pagaba un 90% de impuestos. En cualquier caso, fuimos los primeros que demostramos que era posible vivir del rock and roll. Antes de nosotros a nadie se le hubiese pasado por la cabeza. Todos tocaban rock por las chicas, luego terminaban la facultad y trabajaban en puestos de trabajo normales. Pero el arte, en el comunismo, era una motivación muy grande. Por rechazo al régimen o por otros motivos, pero cuando cayó el comunismo, toda esta escena desapareció con él. Los artistas todavía están buscando un motivo para hacer música o arte en general. Por eso me gusta mucho lo que llega de China, donde también hay esa rebeldía hacia el sistema.
Nosotros siempre andábamos bordeando esa fina línea de lo que estaba permitido y lo que no, y los que la cruzaban lo pasaban fatal. A mí me faltó poco en el último LP, porque ya podía sentir el olor de la guerra. Quise que la portada del disco me la hiciera Misa Popovic, un artista prohibido en Yugoslavia, quería una foto suya en la que salía gente durmiendo en un parque con el diario Politika en la cabeza, y también quise grabar con los niños del orfanato de Sarajevo. Pero la policía terminó hablando con mi mánager y Misa Popovic me dijo: «Hijo, meterte en esto no lo necesitas en la vida». Hoy, desde esta perspectiva, todo parece muy gracioso, pero en esa época era como cuando un perro mea su territorio, estás dejando como unas huellas detrás de ti para que los otros te puedan seguir.
También tuve problemas por juntar dos canciones nacionalistas prohibidas serbias y croatas. Las grabé en Grecia, sin ninguna connotación, de hecho como canción suena muy bien y muy natural. La música es la primera forma que tuvieron los hombres de comunicarse. No es casual que la música perteneciese antes a la religión que a las lenguas. La música no tiene esos problemas de ideología que tenemos nosotros. Si hablas bien esa lengua que se llama música te puedes entender con todos.
¿Cómo era el modo de vida de rock stars en un país comunista?
La policía siempre estaba detrás de nosotros. Siempre. Sobre todo por las drogas. Por eso le impuse a mi grupo la norma de que nunca podían estar con chicas menores y tener drogas porque siempre iba a andar la policía encima. Pero cuando me fui al ejército les pillaron con droga y entonces mi batería terminó tres años en la cárcel de Zenica. Nunca se recuperó de esa experiencia. Imagina, si en el comunismo la calle era la cárcel, hazte una idea de cómo eran las cárceles del comunismo. Se suicidó años después. No pudo superarlo.
Al final fuiste aparcando Bijelo Dugme. Dijiste que si no llega a ser por la guerra desde los noventa habrías hecho vida de jubilado.
Como te he comentado, siempre tuve el problema de los impuestos, me parecía ridículo trabajar por el 10% de lo que generaba. Me puse a sacar discos cada dos o tres años y, mientras tanto, hacía alpinismo, crucé el océano navegando, fui presidente de un club de boxeo, hacía joyas… Pero cada dos o tres años tenía que disfrazarme de guitarrista guapo. Para mí era como una obligación, por eso ahora disfruto tanto de lo que tengo. Siempre he mirado a Pink Floyd como una carrera ideal, que no sabes cómo son en realidad, les ves en el escenario con sus camisas blancas y luego por la calle no los reconocerías.
Y la guerra, aunque sea algo terrible, al final la entiendes como un estado natural de la humanidad. Pasan los siglos y todo se derrumba y reconstruye una y otra vez. Es una forma terrible que tiene la civilización de avanzar. Yo, por suerte, cuando estalló la guerra en Yugoslavia, estaba en París; la guerra empezó cuando estaba editando la banda sonora de Arizona Dream. Sarajevo estaba bloqueada, incluso si hubiera querido no habría podido volver ahí. Sin embargo, desde entonces, aunque fuese a la fuerza, mi carrera se vio renovada y relanzada por otros caminos.
¿Qué opinas del actual auge del nacionalismo en Europa?
En los temas de nacionalismo hay cosas que no se pueden explicar. Los alemanes son uno de los pueblos más educados y cultos del mundo, pero pasaron por su periodo de Hitler. Eso es lo terrible, porque lo lógico sería que solo los ignorantes cayeran en esas trampas, en los sentimientos de odio y chovinismo. Por otro lado, la democracia también tiene sus peligros. Uno de los más grandes filósofos, Aristóteles, estaba más por la dictadura ilustrada.
El problema con la humanidad es que avanza en todos los sentidos menos en el político. El último pensamiento político fresco es el de Karl Marx. Desde el siglo XIX la humanidad se ha desarrollado mucho, pero la política no se ha movido ni un ápice. Se enseña que el capitalismo es vital, pero si analizas ese sistema desde el punto de vista humano, deberían prohibirlo punto por punto y, por desgracia, es lo único que funciona.
La suerte es que el mundo está lleno de bombas atómicas porque si no, desde hace mucho tiempo, habría estallado ya una nueva guerra mundial. Hay un ciclo, como dijo Marx, en el que el capitalismo se pone su propia soga al cuello y ese ciclo hace mucho tiempo que ha llegado a su fin. Deberíamos derrumbarlo y construirlo otra vez. Porque en la naturaleza del capitalismo está la guerra y solo las bombas atómicas nos están salvando de que estalle. Y cuando los musulmanes también la tengan, espero que las guerras pequeñas también paren. A lo mejor ahí está la clave de la humanidad, en que todos nos armemos de bombas atómicas y podamos vivir en paz.
Es muy difícil encontrar una fórmula para manejar la humanidad, que es tan horrorosa y está formada por tipos de gente tan diferentes.
Dices que sigues sintiéndote ciudadano yugoslavo, pero como una emoción, no como algo político.
Yugoslavia era un territorio y una emoción y hoy en día sigue significando eso. Por eso ya no escribo textos en el idioma de Yugoslavia, porque ya no existe. Escribo en romaní, que es el único idioma que se sigue hablando en todos los territorios que formaban Yugoslavia. Al menos no tiene esos problemas que tienen el idioma serbio, el croata, el bosnio y el montenegrino, que están trabajando día a día para diferenciarse entre sí en lugar de potenciar lo que tienen en común.

El cine de Kusturica sirvió para que tu trabajo se conociera en todo el mundo, pero luego rompisteis. ¿Qué fue lo mejor y lo peor de tu relación con él?
No existe nada malo. Pero diez años son muchos años, ahora cuando lo pienso me doy cuenta de que fue demasiado tiempo. El cine es un ambiente tan histérico que una amistad de esa duración es casi una eternidad. No se mantienen ni los matrimonios, menos las amistades tan cercanas como la nuestra. Después de la grabación de Underground fue suficiente para él y para mí.
Underground la produjo un alemán. Un día me senté con él a repasar todas las películas que se hicieron en Yugoslavia, porque este productor quería hacer una retrospectiva de la cinematografía yugoslava, y vi todo lo que se hizo. Hasta las películas porno de antes de la guerra. Y en todo ello solo hay un par de películas que destacan: las de Kusturica. Él es una gran excepción en una gran nada. Hizo la mejor fotografía, la mejor edición, la mejor escenografía… Fue el mejor de todos los que estudiaron con él en Praga.
Pero Underground fue una película catárquica. La temática, de lo que iba realmente, era lo que estaba pasando entonces. Hablaba del momento actual del país. Era todo tan histérico que tenía que acabar. Yo estaba harto del equipo que formamos y ellos hartos de mí. Kusturica necesitaba un cambio, pero nosotros también.
Cuando Kusturica ganó su primera Palma de Oro en Cannes, se quedó en su casa cambiando el parqué. ¿Qué significado tenía eso?
No quería ir a Cannes para que en Sarajevo dijeran «mira este…», que le acusaran de convertirse en un pijo que ahora iba caminando de esmoquin sobre la alfombra roja. Sacar cojones así en una ciudad pequeña no se hacía. El era de Sarajevo y sabía ser de Sarajevo. Cannes es también un pueblo pequeño, pero bueno.
Dices que el alcohol no se puede separar de la cultura balcánica.
Cada cultura va con alguna droga. Desde en India, que usan opiáceos que te bajan el ánimo, pasando por la cocaína en Latinoamérica que te lo sube, hasta nuestra rakija (licor de frutas) que llevamos mil años bebiéndola y seguro que ya tenemos algún daño en el cerebro por ese alcohol.
Mi álbum Alkohol no fue nada premeditado y planificado. Surgió cuando estaba tocando en el Festival de la Trompeta de Guca, en Serbia. No quise hacer un concierto habitual y nos pusimos a tocar cosas más especiales, como algo de Bijelo Dugme, canciones que había escrito para Grecia o Turquía, también material que tocábamos en el backstage para nosotros, todo al margen de lo profesional de ese momento.
Y en los contratos que firmo siempre figura que tiene que haber alcohol en el escenario, el único lugar donde bebo. Fuera no porque soy hijo de un alcohólico. El caso es que en Guca me animé y me puse a darle dinero a mis músicos sobre el escenario. A veces lo hago, siempre sube la atmósfera. Luego cuando vi el vídeo me di cuenta de que repartí un montón de pasta, el alcohol me sentaba muy bien esos días, y también de que debería sacar ese material como un álbum.
Y la segunda parte del disco quisiste que fuera un homenaje al pueblo romaní.
La segunda parte del álbum iba a ser un concierto de violines que me habían encargado de la Unión de Filarmónicas Europeas. El concierto iba sobre los tres textos sagrados. Sabes que hay tres formas de tocar el violín, la clásica, como los católicos, la forma en la que lo tocan los judíos y el estilo oriental, como lo tocan los musulmanes. La orquesta en ese momento tenía a un búlgaro que era capaz de tocar de las tres maneras, pero luego cuando entré en el estudio pensé: ¿quién coño bebería con esto? Yo seguro que no.
Justo en ese momento surgieron los problemas con los gitanos de toda Europa, les estaban echando de todas partes. Y pensé que esa segunda parte del disco podría servir para recordarnos que los gitanos no son personas que deban ser expulsadas de ningún lado, sino un pueblo que ha dejado un sello en la cultura allá donde haya estado. Ya era hora de que Europa reconociera el peso cultural de los romaníes, empezando por ejemplo por Charles Chaplin. Imagina que los franceses hubiesen echado a todos los gitanos que huían de Franco. ¿Podrían presumir ahora de tener a los Gypsy Kings? ¡Y una polla!
Llamé a los romaníes que conocía, a los que considero que tienen algo especial, y por eso la segunda parte del álbum se llama Champagne para los gypsies.
Y recorriste las cocinas de los romaníes de toda Europa.
Sí, porque la experiencia con los gitanos es que es mejor no meterlos en el estudio. Incluso en mi orquesta, que se convirtió en una orquesta profesional, en el estudio están a mitad de ánimo. Cuando más se motivan es cuando ven a mujeres bailando mientras ellos tocan. Con la música balcánica no es como en una discoteca que se baila con una coreografía o una rutina, que cada chica la ha ensayado delante de su espejo antes de irse a la discoteca, aquí el rollo es que todo el mundo es sexy mientras baila. No sé por qué, pero es así.
En general, he tenido muchos problemas trabajando con ellos. En Underground tuvimos suerte porque los que hacían la película sabían cómo iba el tema. Un viernes, la orquesta dijo que había una boda y que se piraban. Pero les habían cogido el pasaporte al firmar el contrato y con eso salvaron el rodaje.
A mí me pasaron cosas así un par de veces. Con mi trompeta de Nis, por ejemplo, cuando estábamos yendo a hacer la ópera Karmen y él tenía el papel principal, porque era guapo y alto, no se presentó en el aeropuerto. Al hacer la escala en París me llamó por teléfono y me dijo que tenía problemas con su mujer, una discusión. Y en ese sistema de valores, si tienes un estreno y hay una discusión con tu mujer, es más importante resolver el problema con la mujer. El otro trompetista que tenía tuvo que preparar el papel en el avión.
Otra vez pasé por una situación en la que uno quería irse a casa, pero quedaban tres días para volver. Se empeñó en que justo ese día se tenía que marchar, intenté convencerle de que solo quedaban tres para volver, pero cogió el instrumento, lo estampó contra la pared y se fue. Ellos son cowboys. A cada uno de nosotros nos gustaría alguna vez estar así de libre.
Trabajaste con el gran Saban Bajramovic, el rey de los gitanos.
Lo último que grabó Saban antes de morir fue en mi disco. Sufría una especie de derrames cerebrales y tenía dificultad a la hora de memorizar cosas. Entonces su hija, que iba al conservatorio, intentaba ayudarle a recordar mientras grababan. Luego Saban escribió la canción «Ema con dos pistolas» en homenaje a la caña que le metió para que no se le olvidara el texto.
Yo también escribo en romaní, pero mis canciones no son como las suyas, que tienen la temática gitana auténtica. Las mías solo tienen el idioma. Las de Saban hablan de la verdadera vida de los romaníes, de que la mujer se le pone enferma y tienen que vender un niño para poder pagar el hospital. Los temas difíciles de esta gente.
Es una pena que Saban sea tan poco conocido fuera de Serbia y los Balcanes.
Eso es normal porque viene de un sitio que es muy pequeño. Lo raro es que eso no me haya pasado a mí también, que soy un compositor de una cultura tan pequeña. Si compras un libro de la historia de los compositores no hay ningún yugoslavo, así que lo mío sí que es un milagro.
¿Por qué es tan importante la trompeta y los metales en general en la música balcánica?
Los trompetitas balcánicos tienen una historia similar a los del jazz. Los negros se llevaban las trompetas de las bandas militares a casa y así empezó el jazz. Pues lo mismo que los negros, los gitanos. Les daban a ellos las trompetas porque en una tarde aprendían a tocarlas. Y los gitanos empezaban como los trompetistas en el ejército porque en esa época no había colegios de música. Una vez formados, pasaron a tocar en las bodas.
Ahora, la mayoría de la música de los gitanos ha terminado en las kafanas, que es un triste final para la música. No obstante, la música que es con trompetas de los gitanos ha sobrevivido, porque nunca podrá entrar en una kafana.
¿Porque los instrumentos son muy grandes?
No, porque tienen que escupir y nadie normal puede comer con diez gitanos escupiendo alrededor de la mesa. Gracias a eso se quedó fuera de ese destino. Creo que con el flamenco ocurre algo parecido. Una vez en Barcelona, un mánager me llevó a escuchar flamenco a su barrio. Era un local muy pequeño. Era la primera vez que escuchaba flamenco en directo y fue como sexo salvaje. Era tan bueno. No recuerdo que me hayan dado nunca una dosis de música tan buena como en ese bar de veinte mesas. Ni siquiera tenían escenario, estaban por todo el bar y le daban a todo lo que encontraban… mesas, sillas. Espero que los del flamenco también empiecen a escupir para que su música no quede confinada en sus kafanas.
También trabajaste con Iggy Pop, el padrino del punk.
Hay muchos de esos personajes a los que yo les pediría un autógrafo en el aeropuerto si los viera con los que luego he tenido la oportunidad de trabajar. Porque yo no soy una estrella que va por ahí rodeada de mánagers. Para hacer algo juntos solo hay que hablar conmigo, es fácil. Cuando hacían la audición de Arizona Dream, que se publicó en el New Yorker, Iggy vino, se puso en la cabeza una calabaza y cantó «God bless America» y todos empezaron a decir que deberíamos grabar algo juntos. Le mandé tres canciones mías de Bijelo Dugme con la traducción de las letras y él me llamó al día siguiente. Me dijo que estaba tomando café en East Village, donde siempre lo toma, sabía que un camarero era serbio, le preguntó por mí y le dijo que Bregovic era un dios. Iggy me dijo entonces: si el camarero piensa que tú eres Dios, vamos a trabajar juntos. En esa época él estaba limpio. No quería ir a ningún estudio donde estuvieran fumando porros y terminamos en los de Philip Glass, donde nadie se droga.
Y con Eric Clapton.
Volvamos al bar de striptease, cuando Cream cambió nuestros conceptos sobre la forma de tocar música. Entonces yo pensaba que Clapton era el personaje más importante en mi vida. Si no hubiese sido por él y Cream, seguiría tocando en locales de striptease, donde las mujeres son guapas, te dan buen dinero y la vida es confortable, pero un día te levantas por la mañana con setenta años y sigues en el bar de striptease.
Pues hace no mucho, los que hacían mi página web, me dijeron que un tío de nombre Eric Clapton había llamado y que quería verme. Les dije: llamadle a ver quién es y, efectivamente, era él. Iba a Belgrado y quería ver si yo estaba por ahí en ese momento. Nos encontramos en el backstage de su concierto y, por supuesto, nunca le dije que era la persona más importante de mi vida, porque eso lo hacen las chicas, yo no, pero fue realmente muy emocionante.
Me dijo que Scorsese le había pasado mi primer disco y que desde entonces siempre los compraba. Nunca se me ocurrió que alguien como él pudiese escuchar nuestra música. Me preguntó si nos podíamos ver al día siguiente, antes de coger el avión, a tomar un café. Vino a mi estudio antes de ir al aeropuerto y no les dije a mis asistentes que iba a aparecer, se quedaron todos alucinando cuando lo vieron. Me cantó algunas canciones mías. Creo que a cada uno de nosotros algún día se nos cierran las elipsis, ese deseo que guardas desde hace tantos años al final se resuelve de alguna manera.
Mejor fue lo que me pasó con Ernesto Sábato. Cuando toqué por primera vez en Buenos Aires, me dijeron en el hotel antes de entrar que tenía una carta. La abrí y decía: «Muchas veces su música me ayudó en momentos de depresión, soy demasiado viejo para ir a su concierto, pero le deseo toda la felicidad en la vida. Firmado: Ernesto Sábato». Y dentro estaba el libro Alejandra, que precisamente era uno de los libros que robé del cuartel del ejército donde hice la mili, de los pocos que habían quedado en esa biblioteca porque entonces nadie lo conocía.
Le escribí una carta explicándole lo de la mili, cómo encontré su libro, que era una biblioteca enorme donde solo quedaban un par de libros que nadie quería robar. Después de eso le presté ese libro a mucha gente y luego se quedó en mi biblioteca personal. Pero cuando empezó la guerra, desapareció todo de mi casa de Sarajevo, incluidos los libros. Entonces ya no me veía con ganas para empezar una segunda biblioteca, pero con esa carta me entraron fuerzas, fue como una señal. Todo se puede volver a empezar por segunda vez.
Fotografía: Guadalupe de la Vallina
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"Bangkok es una ciudad brillante. ¿Las luces verdes que hay fuera de la ciudad? Ni idea". (@astro_reid)Si os fijáis en la imagen de Tailandia captada desde el satélite se observan unas misteriosas luces verdes sobre el mar. A principios de año, en otro vídeo captado desde la ISS a su paso por la zona, se captaba la misma imagen que tanto intrigaba a Wiseman.


Se pregunta el autor argentino Hernán Casciari en el prólogo de este libro que «de qué se trata la vida de hoy». «¿Es verdad que se coge mucho mejor y más fácil que antes? ¿Es cierto que la inteligencia ha vuelto a ser una herramienta de poder? ¿Realmente los jóvenes son capaces de ver futbol, apostar en Bwin y tuitear sobre otro tema, todo al mismo tiempo? ¿Qué carajos son todas esas sagas fantásticas de nombres tan raros?»… Según el porteño, «la modernidad es una carrera de relevos eterna», en la que todos participamos, pero de la que «nunca sabrás el resultado». Él ha encontrado en Cinismo Ilustrado, la nueva publicación gráfica del mexicano Eduardo Salles (1987), el referente para afrontar todas las incertezas del presente. Según afirma, «un talento clásico», que «posee las herramientas de la ironía actuales».
Salles es una eminencia digital en esto de dibujar cotidianidades con mensaje en las redes. Le avalan 849.000 seguidores en Facebook, 68.600 de twitter y un alcance de entre dos y cinco millones de personas por semana. Le han buscado marcas como Nike, Google y PlayStation y ha colaborado con sus dibujos en medios como Letras Libres, Picnic y Orsai.Este publicista, que actualmente trabaja para la agencia de Innovación Flock y que se define como «cuentista diletante, partidario del sabotaje cultural y la procastinación», ha utilizado en total cinco años de trabajo en su blog -del mismo nombre que el libro- como materia prima para seleccionar las viñetas que incorpora al encuadernado, publicado con la editorial independiente Tumbona Ediciones. Opina que el secreto de su tirón es algo tan sencillo como «retratar lo cotidiano».
Eduardo, ¿por qué el nombre de Cinismo Ilustrado? ¿Piensas que vivimos en una sociedad cínica?
No, para nada. No pretendo calificar a la sociedad de nada. La parte de ‘Ilustrado’ es porque me gustaba el juego de palabras, ‘ilustrado de sabiduría, e ilustrado de dibujar’; y la parte de ´Cinismo’, es porque creo que el cinismo no es otra cosa que una honestidad incómoda. Esa honestidad que no te puede caer bien porque es indiscreta, pero que de ser de alguien que quieres, la llamarías honestidad.
¿Qué tiene que ver eso con la tecnología? Porque muchos de tus dibujos están relacionados con nuestra relación con ellas. ¿Estás peleado con ellas?
Las amo, en realidad. Siempre digo que si yo hubiera nacido en otra época, hubiera acabado haciendo trabajo burocrático en alguna sede de gobierno. Así que he tenido suerte. Las nuevas tecnologías lo permiten todo: publicar cuando quieras, crear cuando quieras, llegar al público, darte a conocer… Son una valiosa forma de descubrir y dar talento, el mejor beneficio que ha dado este siglo.
Como en muchas de tus creaciones las satirizas, pensaba que eras algo así como un detractor. Entonces, ¿piensas que el mundo, para el que maneje bien esas nuevas tecnologías, es más fácil y mejor? ¿O crees que hay algo que sí hayamos perdido por culpa del desarrollo?
Soy un creyente de que el ser humano es el ser humano. Y la tecnología ha llegado para resolvernos problemas, y también para dar nuevos problemas que luego buscaremos resolver. Como antes el problema era saber cómo cazar un mamut, y se tenía que resolver, ahora nos enfrentamos a otros, como poder dedicarnos a lo que nos gusta, ser felices, aprender lo que queremos… Lo único que ha pasado es que tanto los problemas como las formas de abordarlos vienen en otros formatos. Es decir, preocupaciones sigue habiendo y siempre habrá, y la tecnología, en esta época, ha cambiado nuestra forma de afrontarlas, nuestra forma de generarlas y hasta nuestra forma de expresarlas. Eso es todo.
Quieres decir que tus dibujos, en vez de denunciar ‘todo lo nuevo’ que nos inunda, ¿son simplemente un reflejo de lo que ocurre?
Yo creo que hay dos posturas para visualizar esos cambios que vivimos. Están los que creen que cualquier tiempo pasado fue mejor, y los que opinan que cualquier cosa nueva será mejor. ¿Quién tiene razón? Ninguno. O todos. Unos denuncian que por culpa de las tecnologías la gente ya casi no se comunica cara a cara, que ni se saluda por la calle… y también es verdad que gracias a esos avances podemos hacer más cosas que nunca, y mejor. Unos dicen que nos hemos desahumanizado por estar delante de la pantalla, y sin embargo gracias a internet nos comunicamos más y desde más lejos que nunca. Lo que quiero decir es que no veo que el cambio sea ni positivo ni negativo. Se trata, simplemente, del ser humano viviendo en un nuevo contexto.
Eduardo, y todas las ideas originales que tienes para hacer tus ilustraciones, ¿de dónde sacas tantas? ¿en que te inspiras?
La gran mayoría son cosas que observo en el día a día. Me gusta ver las cosas como si fuera un estudio antropológico. Mi inspiración es la sociedad en sí, las cotidianidades. Mi trabajo consiste en encontrarle lo bonito a lo cotidiano, esas cosas, que por diarias, nunca percibimos su importancia. Y es precisamente en esas pequeñas cosas donde están los nervios de la humanidad, situaciones que generan fenómenos muy interesantes.
En el libro, además, incluyes algunos comentarios de gente que ha respondido con mayor o menor compostura a tus dibujos. Siendo un autor tan seguido, que te ve tanta gente, ¿qué opinas de las críticas y los elogios que te lanzan en la red? ¿Qué aprendes de ellos?
El aprendizaje en este caso no está tanto en clavarse en lo que dice alguien sobre tu ilustración, sino simplemente en que lo diga. Compartir una imagen es muy fácil, pero tomarte tus minutos para comentarla, eso quiere decir que algo te consterna. Eso me hace darme cuenta de qué tanto puede valer una imagen para mover conciencias, cada persona las entiende luego con toda su capacidad de interpretación. Eso enriquece a todos.
Oye, ¿y a qué viene el plátano de la portada?
Es un dibujo de Andy Warhol, siempre le he considerado el mayor humorista del arte. Con esta portada le quiero hacer un homenaje no solo a él, sino a la cáscara de plátano como icono del humor más burdo, el barato, el simplón… el pastelazo en la cara. Eso es lo que quiere hacer Cinismo Ilustrado.
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Vas por la carretera a bordo de tu coche sin conductor, uno de esos supermodernos que negocian los obstáculos y son capaces de reaccionar ante cualquier cambio. Te aproximas a un túnel. De pronto, un niño pequeño se cruza frente al coche. La situación es tal, que si el coche sigue su marcha, atropellará al niño, matándolo. Pero si se desvía para salvarlo, se estrellará inevitablemente contra las paredes y te matará a ti.
¿Qué debe hacer el coche?
Ésa es la pregunta de Should your driverless car kill you to save a child?. Se trata de un experimento mental, por supuesto. En muchas circunstancias reales habrá una tercera, cuarta o enésima opción. Pero inevitablemente, en algún momento se dará ese caso: una muerte segura para uno de los implicados.
Estamos acostumbrados a considerar que los únicos actores en una situación ética son los seres humanos. Pero cada vez es más evidente que a medida que vamos delegando poder de decisión a las máquinas, en situaciones cada vez más complicadas en las que resulta difícil establecer reglas de antemano, será habitual que las máquinas tengan que resolver problemas éticos. Precisamente Isaac Asimov, el primero en adoptar las leyes de la robótica, se escribió una buena serie de cuentos elucubrando sobre ese tipo de escenarios.
En cualquier caso, si esa situación es una posibilidad, habrá que decirle a la máquina qué debe hacer. El autor se pregunta si será el diseñador del dispositivo o el usuario. En el primer caso, no está muy claro que uno se sienta seguro sabiendo que una empresa ha decidido que según ciertas circunstancias tu muerte es la consecuencia más “ética”. Por otra parte, si decide el usuario, la situación es prácticamente como ir ahora mismo en tu coche y no hacer ni el más mínimo esfuerzo por desviarte o desviarte y sacrificarte por otro.
Es una situación muy complicada. El autor señala que habría que examinar primero los dilemas éticos que se plantean en medicina y evaluar las soluciones que allí se aplican. Como bien dice, si la decisión es de los diseñadores se está evitando que el usuario tome unas decisiones que son muy complejas y personales. Si eres tú el que decides no girar el volante, al menos habrás decidido tú y la responsabilidad será totalmente tuya.
Me resulta una situación especialmente compleja, porque como decía aquel filósofo, inventar una tecnología es inventar el accidente de esa tecnología. Si inventar el avión implica inventar el accidente de aviación, el coche autónomo implica el accidente de un coche autónomo que toma decisiones y resuelva problemas que ni siquiera nosotros tenemos claro cómo resolver (y que, como buen accidente, incluso podría equivocarse). Quizá sí es cierto que lo mejor sea permitir que cada usuario decida según su conciencia. O la sociedad podría decidir en su conjunto que una opción es mejor que otra y establecer que todos los coches deben hacer lo mismo.
Pero por desgracia en ese segundo caso, estamos hablando por ahora de un experimento mental. Cada uno, ahora mismo, sentado frente a su mesa o leyendo este texto en un móvil, puede tomar una decisión que considere más o menos firme. Cambia un par de detalles en el escenario (no es un niño, es un adulto) y muchas decisiones podrían virar, y la solución acordada anteriormente ya podría no valer. Y eso sin contar que probablemente años y años de legislación en zonas afines (en qué sentido es uno responsable o no de ciertas consecuencias) deberían tenerse en cuenta en este tipo de casos. Estoy seguro de que muchas disciplinas, ajenas a la tecnología y la ética, podrían aportar puntos de vista interesantes y necesarios.
Por lo demás, concluye:
None of this simplifies the design of autonomous cars. But making technology work well requires that we move beyond technical considerations in design to make it both trustworthy and ethically sound. We should work toward enabling users to exercise their autonomy where appropriate when using technology. When robot cars must kill, there are good reasons why designers should not be the ones picking victims.
Evidentemente, el coche siempre podría lanzar un dado. Sospecho que la solución estocástica no contentaría a nadie.
Parece mentira que el hombre haya llegado a la Luna hace casi medio siglo y todavía no seamos capaces de encontrar un váter. Que en casa es muy fácil, pero es que no compensan los sudores que pasa uno cuando la fiera que lleva dentro se manifiesta mientras pasea por la acera. Menos mal que nos quedan los desarrolladores. Aplicaciones como AirPnP, líder en esta rizadura del rizo en la economía colaborativa, mapean sanitarios de alquiler para dispuestos a pagar por un relajo.
La idea es simple: una especie de AirBnB (la conocida plataforma de alquiler de vivienda) pero en modalidad lavabo. Los usuarios que quieran pueden ofertar unos minutos en su baño, del que deben garantizar que esté limpio y aseado. El resto de público sabe que en ese lugar del mapa, a cambio del precio anunciado, pueden encontrar el rinconcito que extrañaban de su casa.
Otros sitios, como Flushd, o Baños Cercanos (México) han desarrollado la opción anunciando váteres gratuitos, o váteres de establecimientos (con sus respectivos horarios), e incluso hay una página llamada AirWC en la que no sólo se puede rentar el excusado sino que también se puede pagar por apoyo emocional al prestador del agujero. Sin embargo, todo eso es la evolución natural de la idea por la que apostaron dos jóvenes estadounidenses un día que se metieron en apuros y vejigas llenas.
Max Gaudin y Travis Laurendine, naturales de Nueva Orleans, un buen día se bajaron la bragueta donde no se debía cuando andaban de paso por el carnaval de Luisiana. Las multas por orinar en la calle en Estados Unidos pueden provocar, además de la anécdota, un motivo suficiente para buscar soluciones que prevengan nuevos desfalcos en la cuenta. «¿Dónde va la gente a hacerlo cuando no saben dónde pueden?», dicen los creadores.
De ahí nació su empresa. Empezaron poniéndose en contacto con gente de su propia ciudad para saber quién estaría dispuesto a prestar su sanitario a vientres con urgencia. Las ofertas, que podrían ser de particulares, de bares, de oficinas o de quien fuera que tuviera un váter, empezaron a llegar poco a poco y ya son casi 350 baños los que Air PnP tiene distribuídos en países como Canadá, Irán, Taiwán, Japón y Rusia. En Europa ya son más de 120 los sanitarios inscritos y en México hay uno. Por ejemplo los mexicanos que anden de urgencia y tengan esta app deben saber que tienen un baño donde evacuar en Sinaloa.
«A menudo los usuarios que prestan su baño son bares, pero también hay muchas oficinas y muchos particulares», esgrime Gaudin. «A veces ofrecen un baño de manera gratuita. Y el máximo que se puede solicitar por uno son cinco dólares», añade. Hay incluso quien puede subir la tarifa a cambio de aumentar considerablemente los minutos que uno puede pasar en su excusado.
Para los exigentes a la hora de elegir el lugar donde se bajarse las enaguas, estas páginas ofrecen foto del lugar en cuestión y se puede entrar a indagar lo que opina el resto de público que ha dejado por ahí sus remanentes.
Los momentos de agonía terminaron. Antes de apretarte el cinto, pídele un milagro a tu iPphone.
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Jueves por la tarde. En lo alto del Morro da Providência, la primera favela que surgió en Rio de Janeiro a finales del siglo XIX, un grupo de jóvenes armados de ordenadores, amplificador y proyector se apresuran para acabar el ensayo de un peculiar espectáculo que está a punto de comenzar.
La pequeña iglesia que domina la plaza está pintada con colores chillones. De repente, el proyector se apaga y la iglesia vuelve a su estado natural: blanca y convencional. Al rato, el proyector vuelve a encenderse y la iglesia recupera su aspecto psicodélico ante la mirada atónita de decenas de niños que corretean por el local.
La primera proyección del Rio Mapping Festival arranca al ritmo de la música electrónica, creando un ambiente insólito para los moradores de esta favela, poco acostumbrados a este tipo de función.
El Rio Mapping Festival es un evento internacional que durante la tercera semana de agosto ha llevado hasta Rio de Janeiro a los grandes nombres del mapping, entre ellos Telenoika, un colectivo de Barcelona.
Se trata de una práctica artística que consiste en proyectar imágenes sobre superficies reales, generalmente inanimadas, para conseguir efectos de movimiento o 3D.
En el caso del Morro da Providência, la superficie escogida es la fachada de una iglesia, sobre la que cuatro videoartistas, los VJs, proyectan sus creaciones.
«Como propuesta me parece muy interesante, mucho más que haber hecho un mapping en un superedificio en el centro de Río. Luego, como experiencia personal, me parece muy enriquecedor conocer una realidad distinta porque al final viajas por ciudades y, dentro de lo globalizado, las ciudades se parecen mucho. Poder estar en este tipo de realidades sorprende», asegura Omar, 34 años y miembro de Telenoika. Ha viajado desde Barcelona junto a Marc Pitarch para mostrar su trabajo en el Rio Mapping Festival.
«Es increíble esta mezcla de dos mundos que jamás se tocarían», comenta un estupefacto Marc, 32 años. «Yo me siento un poco intruso aquí, un europeo en medio de una favela. Y creo que los moradores también están muy sorprendidos de ver esta proyección sobre su iglesia. Es un encuentro fantástico», añade.
Sorprendidos es un eufemismo. Un grupo de mayores contempla boquiabierto la sucesión de imágenes en la fachada de la iglesia, que la convierten en decenas de iglesias distintas. «Estos gringos hacen cosas locas en nuestra favela», dice uno de ellos.
No le falta la razón. Desde que el gobierno local decidió construir un teleférico para impulsar el turismo en esta favela ‘pacificada’, la vida de esta comunidad ha cambiado radicalmente. Unas 800 casas han sido marcadas por el Ayuntamiento y poco a poco están siendo demolidas a pesar de las protestas de sus dueños, que nunca tuvieron los certificados de propiedad pertinentes. En la favela las casas eran construidas de forma precaria y nadie se preocupaba por el papeleo.
El Ayuntamiento de Río asegura que las demoliciones se llevan a cabo por razones de seguridad. Los habitantes de la favela tienen otra explicación: especulación inmobiliaria. «Debajo de nuestra favela están haciendo las obras del Porto Olímpico. Está claro que quieren echarnos de aquí para hacer un barrio residencial», afirma Fátima, moradora de toda la vida. «Además, el teleférico ni siquiera llega a la cima de la favela. Lo han hecho para los turistas: solo conduce hasta el mirador. Los que viven arriba del todo van a tener que seguir subiendo a pie, cargados como mulas», agrega.
Desde que ha empezado este proceso de rehabilitación, según el Ayuntamiento, o de desahucios forzosos, según los moradores, varios artistas han hecho intervenciones en esta favela, que tiene un peso importante en la historia de la ciudad precisamente por haber sido la primera. Entre ellos Vilhs, un creador portugués que hace dos años talló la imagen de seis moradores que habían perdido su casa en las fachadas de lo que quedaba de ellas.
El día de la proyección de mapping, Edinho, uno de los moradores retratados por Vilhs, se acerca curioso a los jóvenes VJs con un libro debajo del brazo: es un fotolibro sobre la obra de Vilhs. En él, el último capítulo de la vida de Edinho está contado en imágenes. «Se ha convertido en una celebridad desde que participó en el proyecto del gringo», bromean sus amigos.
La proyección de videomapping continúa al ritmo de una capoeira. Omar y Marc son presentados como estrellas por el organizador del evento, Paulinho Sacramento. Este artista visual y cineasta de 39 años se empezó a interesar por el mapping hace una década y conoció las creaciones de Telenoika a través de internet. «Fue uno de los primeros colectivos que investigué. Vi un trabajo suyo que me fascinó, muy punk, mucho ruido… Cuando supe que iba a organizar el festival, les busqué para invitarles. Es la realización de un sueño haber visto un trabajo en internet que considero maravilloso y tenerlos ahora aquí, en Río de Janeiro», señala Paulinho.
Tiene sentido lo que dice. Telenoika es pionera de este género. Hace 14 años, organizaron uno de los primeros festivales de Vijing del mundo. Fue precisamente en Barcelona. »Telenoika nació a finales de los 90 porque un grupo de personas interesadas en las nuevas tecnologías y en el audiovisual en directo, decidieron montar un festival, que se llamó Videa. En Barcelona no había nada de eso», cuenta Omar. «La escena del mapping de alguna manera empezó allí. Fue un encuentro que sirvió para desarrollar un tipo de código, un software, que luego pasó a ser un estándar en el Vjing», explica Marc.
Omar estudió Imagen y Sonido. Marc es músico y trabaja como psicólogo. Juntos han creado un montaje que hace referencia al 23 de agosto, el día de la abolición de la esclavitud. El lugar escogido para la proyección es el Real Gabinete Portugués de Lectura, una biblioteca fundada en 1837 por un grupo de inmigrantes portugueses, refugiados políticos en Brasil.
Pero el Rio Mapping Festival ha sido más que proyecciones. Durante una semana, los VJs invitados han ofrecido talleres gratuitos en varios puntos de la ciudad. Lo interesante es que todos se han desarrollado en la zona norte de Río, un área periférica que nunca es incluida en los circuitos oficiales de cultura. «La acogida ha sido excelente. Estamos muy felices. Todos los workshops, por muy lejos que estuviesen, se han llenado. Un día fuimos a Santa Cruz, a dos horas de Río de Janeiro, y había más de 25 participantes, todos de Río», relata con entusiasmo Paulinho, el creador del festival.
«La experiencia ha sido muy interesante, sobre todo por el sitio en el que lo hemos hecho (el barrio de Penha) y porque todos los workshops son gratuitos», afirma Omar. «Es una manera de acercar las nuevas tecnologías y los medios de creación a gente que probablemente no tendría acceso a ello. El nivel de los participantes era bajo: algunos hacían cosas de diseño gráfico, pero no tenía mucha idea de videomapping. La aceptación ha sido genial. Hemos conseguido transmitirles algún que otro conocimiento técnico, que de cara al mapping son muy importantes. Les hemos explicado nuestros trucos, nuestra manera de trabajar, efectos que hacemos, nuestra dinámica de trabajo», concluye Omar.
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Irvine Welsh (Leith, Edimburgo, 1958) es un escritor escocés de clase obrera, autor de siete novelas y de cuatro colecciones de cuentos, todas traducidas al español y publicadas por Anagrama. La novela que le lanzó a la fama es, claro está, Trainspotting (1993) que a su vez generó el popularísimo film de Danny Boyle. Welsh es un autor peculiar: abandonó los estudios a los dieciséis, se metió en la heroína, emergió de la heroína, se desplazó a Londres en 1978 y formó parte de dos bandas punk menores, le arrestaron por diversos crímenes, se reformó (en cierto modo) y empezó a trabajar de especulador inmobiliario, regresó a Edimburgo, se hizo funcionario y luego se apuntó a un MBA universitario. Mientras estudiaba para dicho máster, Welsh escribió la famosa novela «que empieza con T» y que lo convertiría en narrador a tiempo completo. Welsh es fan del acid house y de la música disco, escribe a menudo en dialecto escocés (transcrito fonéticamente) y la mayoría de sus obras están centradas en el mundo de las casas baratas de su Edimburgo natal. También suele hablar de drogas, hooligans, drogas, peleas, policías corruptos, pornógrafos accidentales, clubs, drogas, criminales, camellos, funcionarios alcohólicos y, más recientemente, sobre la vida sexual de los hermanos siameses. Con o sin drogas.
Welsh vive en la actualidad en Miami, junto a su esposa, y goza de una existencia de «gentilhombre ocioso» (en sus palabras). Mi encuentro con él tiene lugar en la terraza del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), un sábado de mayo del 2014, con ocasión de su participación en el festival Primera Persona. Irvine Welsh es un conversador distendido, vivaz y audaz, siempre generoso y apasionado y rebosante de anecdotario vital. Lo que sigue ahora es una hora de charla sobre batallas, bagajes, éxtasis, familia, baile y certezas de juventud. Y también algo de literatura, no crean.
Para comenzar, me gustaría hacer una especie de viaje al pasado. He leído muchas de las entrevistas que te han hecho y prácticamente nunca te preguntan acerca de tus años de formación. Lo que quiero saber es cómo eras realmente de niño, cómo fue crecer en Leith en una familia de clase obrera. ¿Qué recuerdas de esa etapa?
Mi familia era bastante extensa y, evidentemente, yo vivía en casa de mis padres, pero en el fondo también crecí en muchas otras casas, con mis tías, mis tíos, mis abuelos y otros familiares que vivían en el mismo barrio. Mi padre y sus hermanos también se criaron con dos de mis tías. Todos vivíamos en la misma zona, había un sentimiento como de centralización, de colectividad…
Cercano a las ideas comunistas…
Sí, de alguna manera era así, también por razones políticas. En Leith se dice: «Nunca cagues en la puerta de otro, y comparte siempre los regalos de Navidad». Pasé bastante tiempo en casa de mi tía Joyce y todos los sábados comía en casa de mi tía Betty antes de ir al fútbol con mis primos. En ese contexto me sentía muy acompañado, pues siempre tenía cerca amigos y vecinos. Sin embargo, los niños ya no tienen esa sensación de seguridad en sus comunidades. Especialmente en el Reino Unido y Estados Unidos a los niños se les enseña a percibir amenazas por todas partes. Sus padres los sobreprotegen y los controlan casi de una manera policial. Cuando yo era niño, corríamos como locos por las calles, sin miedo, porque sabíamos que nos protegeríamos los unos a los otros. No concebíamos que un pedófilo pudiera pillarnos en la calle, porque nuestro gran grupo de amigos podría acabar con él al momento.
Tendría que ser una operación montada a gran escala: un pedófilo secuestrando a veinte niños de golpe.
Tantos chavales merodeando por las calles… Éramos casi como la policía, lo teníamos todo bajo control. El único punto negativo de todo esto es que era muy fácil terminar convirtiéndose en una banda. Recuerdo perfectamente el momento crucial en el que pasamos de ser niños que jugaban en la calle a formar una pandilla. Fue en la Noche de Guy Fawkes (1). Lo recuerdo como algo colosal. Todas las bandas de niños íbamos a la playa arrastrando toda la leña que podíamos. Lo normal es que otras bandas intentasen robárnosla, así que la cosa solía acabar con grandes batallas de palos. Si éramos menos que los otros, lo dejábamos todo y nos íbamos corriendo. Si éramos más, intentábamos defendernos de la mejor manera posible hasta que llegaba el grito inevitable «¡Ladrones, ladrones!». En ese momento, cogías todo lo que podías del resto de grupos para añadirlo al tuyo. Recuerdo un día de verano en el que íbamos cargados de palos y nos topamos con los chicos de otra banda justo enfrente, al otro lado de la calle. Siempre nos zurrábamos con ellos, pero aquel día pasó algo rarísimo: cruzaron y nos dijeron «tenemos nuestros palos, vamos juntos a Pennywell Road a acabar con los Pilkintons». Fue un momento grandioso, no sé si todo el mundo lo sintió, pero allí mismo pensé: «acabamos de convertirnos en una puta banda».
¿Cuántos años tenías entonces?
Aquí ya teníamos unos doce años. Antes, a los nueve más o menos nos metíamos en pequeñas peleas de niños. A los doce años, en secundaria, la cosa se convirtió en algo más serio. De repente, habíamos pasado de ser niños un poco traviesos a ser unos malditos psicópatas que sembraban el pánico. El gradiente es realmente insignificante. Todos llegábamos a casa completamente excitados, aunque las reacciones de nuestros padres podían ser muy diversas: «Has vuelto a pelearte, ¡entra en casa ahora mismo!», y entonces sabías que nunca más pisarías la calle. Con suerte, hasta podrías convertirte en un chaval aplicado y todo eso. En otros casos, los padres decían: «Bien hecho, hijo. Acaba con esos bastardos, y la próxima vez no olvides coger una puta navaja» [ríe]. Los míos eran más en plan: «No ha estado mal, pero, ¿qué has sacado en claro de todo esto?» [ríe].
Esto último anula lo que te iba a preguntar: ¿Eras un niño responsable o más bien problemático?
Era un niño bastante extraño.
¿Te gustaba más estar en casa o en la calle?
Ahí está precisamente el motivo por el que era raro. Y eso nos lleva al motivo por el que he escrito The sex lives of siamese twins. Era como si tuviese un hermano siamés, y a uno le gustase el deporte y al otro el arte. Yo estaba dentro de los dos mundos. Me encantaba estar con mis compañeros de fútbol, ir a los billares y a clubes de boxeo, pero a la vez amaba la música y la literatura, escribía y pintaba. Me sentía a gusto entre la gente creativa, entre artistas. Me gustaba hablar con ellos y compartir de algún modo su angustia interior. Amaba ambos mundos por igual. Sin embargo, tras esto me topé con algo que odio. En el mundo del deporte parece que solo puedes ser el típico ceporro sin demasiadas inquietudes intelectuales, lleno de certezas y estrecho de miras. Y del otro lado, la imagen que se tiene de los artistas es de personas débiles y ñoñas, con muchos problemas imaginados en la cabeza. Así que no conseguía completarme en ninguno de los dos mundos, no encontraba un hogar feliz en ninguno de los dos. Detesto el modo en que la sociedad intenta imponernos estos estereotipos, cómo intenta especializarnos en vez de favorecer personas completas desde todos los ángulos.
¿En algún momento alguno de los dos lados de tu personalidad devoró al otro? En mi adolescencia, por ejemplo, alternaba mi afición por la literatura con el hecho de pertenecer a un grupo de mods y skinheads. Al final, el grupo acabo monopolizando mi vida y visión, y pasé cinco años sin leer. ¿Viviste algo parecido?
No, de hecho siempre estuve militantemente convencido de que ambos mundos podían ser compatibles. Y lo sigo estando. La mayoría de los amigos con los que crecí son matones ex-hooligans, y casi todos trabajan en la construcción; son unos monstruos enormes. Me ven como uno de ellos, pero la verdad es que yo siempre he sido el rarito. Ahora eso les encanta, de acuerdo, con el tiempo han acabado por apreciarlo. Podríamos decir que han vivido tanto tiempo con ello que han acabado por aceptar y celebrar mi lado excéntrico. Por otro lado, mis amigos del mundo del arte y la literatura me ven como un pirado violento y peligroso, con un pasado complicado pero valiente y aceptado en el mundo artístico. Es curioso cómo paso de ser un intelectual flácido a un tío duro que no teme decir lo que piensa, sin dejar de ser yo mismo [ríe]. A veces, durante el Festival de Edimburgo, mezclo a mis amigos de toda la vida con mis amigos de los círculos artísticos de Londres y nos vamos a beber. Nunca hay problemas, porque la gente se ha vuelto más generosa con los años, pero es casi como si alguien de Marte y alguien de Venus intentasen hablar.
De hecho, hace veinte años, probablemente esos amigos arty de Londres habrían sido vapuleados por los otros, también amigos tuyos.
Sí. Eso me hace reír mucho, pero acabo teniendo dos personalidades, en el pub. Un instante estoy diciendo: «Oh, Under the skin, que filme más fantástico, Jonathan Glazer lo hace de maravilla», y entonces tengo que volverme y decir: «Malditos cabrones del Aberdeen, si nos cruzamos hoy con ellos te juro que van a pillar…» [carcajada].
¿Recuerdas tu adolescencia como un periodo excitante? ¿Miras hacia atrás con melancolía?
Como a todos los adolescentes, lo que más me interesaba era tirarme a todas las chicas que pudiera…
Follar y rocanrolear.
Sí, y las dos acciones son parte de la misma cosa. Esa era mi motivación.
¿Perteneciste a alguna subcultura?
Primero fui punk, todo el mundo era punk, era algo que daba mucha energía. Y también fui skinhead. De hecho aún lo soy [se toca el cráneo y se carcajea]. Claro que lo de ahora no es una decisión. Pero a pesar de todo lo del punk siempre he amado la música disco y bailar, venía del rollo northern soul y para mí aquello fue algo muy grande. Me encantan Nile Rodgers, Chic, Donna Summer y los Bee Gees. Una de las mejores cosas del mundo es la primera escena de Fiebre del sábado noche, cuando John Travolta baja por la calle con un bote de pintura en la mano mientras suena «Staying Alive». Es una fusión imbatible de cine y música.
Y cultura obrera.
Y cultura obrera. En cierto modo viene de la cultura mod, del hecho de vestirte de forma elegante y de salir el viernes por la noche. Encontré mujeres fantásticas en la escena punk, pero la manera en que vestían… No me gustaba nada. Para los chicos estaba bien, pero no lo encontraba atractivo en ellas. Yo me ponía mis calcetines disco para ir a bailar, pero cagado por si alguno de mis colegas punks me pillaba. Ahí sí que se habría acabado la partida [risas]. Pero me encantaba ir a clubs como el Cavendish y bailar como un loco toda la noche.

Puede que para la gente como nosotros, que salíamos con tíos más duros y no podíamos mostrar ninguna rendija de debilidad o duda, bailar fuera la única manera de expresar ese otro lado del que hablabas antes. Teníamos que parecer tan masculinos siempre, que de alguna forma bailando…
Efectivamente. En el punk, te metes en pogos, saltas, escupes, tiras cosas… Y todo eso es muy divertido, sin duda. Hay mucha energía en el rock’n’roll. En las gradas del fútbol era algo parecido: golpes, empujones, berridos. Sin embargo la música disco era diferente, bailabas cerca de las chicas y todo eso, les mostrabas tu corazón. Ya sabes, northern soul, disco, más tarde llegó el acid house, y todo a su alrededor era la bomba. Siempre me ha gustado la música que me imprime ganas de bailar. Cuando eres joven, la vida es como un supermercado de experiencias, y yo gravitaba alrededor de tipos que pensaban parecido a mí. Tenía mis amigos deportistas y mis amigos artistas y mis amigos matones, pero gravitaba hacia los chavales raros e inconformistas que no pertenecían completamente a una única categoría. A quienes les gustan los libros y los discos, pero que también se apuntan a cualquier chifladura.
Cuando yo salía con skinheads pensaba que algún día iba a tener que contar yo mismo esas historias que corrían el riesgo de desaparecer, porque no son la materia que suele interesar a los literatos. ¿En algún momento sentiste que merecía la pena conservar o escribir todas esas experiencias acumuladas?
Siempre me han considerado alguien complicado respecto a la amistad y el amor. La mayoría de parejas que he tenido ha encontrado enormes dificultades en aceptar una dicotomía: que puedo ser alguien agradable y tener amigos y decirles que son los mejores y les quiero, pero llega un día en el que necesito desaparecer durante largos periodos de tiempo. Y me desvanezco, sin despedirme de nadie. Creo que lo que llevaba haciendo toda la vida en ese tipo de situaciones era prepararme para ser escritor. Antes no me daba cuenta, no era intencionado. No me sentaba con un boli y un papel y empezaba a relatar mis experiencias, sino que solo pensaba, horas y horas. Lo que hacía entonces, y me doy cuenta ahora, era básicamente escribir sin bolígrafo ni papel, tratar de memorizar todas esas historias y personajes que iba conociendo. Pero esa actitud conlleva un precio que tienes que pagar. Durante la adolescencia tenía entrenamiento de fútbol varios días a la semana. Era genial, pasaba tiempo con mis amigos, me divertía, pero de repente dejó de interesarme y empecé a darme cuenta de que quería pasar más tiempo conmigo mismo. Solo. Pensando. Dejé de ir a entrenar o jugar para estar sentado solo en mi habitación, durante semanas. Pasado un tiempo mis padres me dijeron: «¿Qué haces ahí todo el día? Ya está bien, sal de tu cuarto». Y pensé que tenían razón, así que salí como si nada. Cuando volví a entrenar, había perdido mi sitio. «Desapareciste de repente, por lo que te hemos reemplazado. Estás fuera del equipo». Me sentó fatal. Me parecía incomprensible. ¿Por qué no puedo volver a como estaba antes, como si no hubiese pasado nada? A veces, cuando estamos en modo individualista y solo pensamos en nosotros mismos, no nos damos cuenta del efecto que puede tener esta actitud sobre la gente que nos rodea. Me recuerda a mi época con las drogas, cuando me metía heroína. Allí sí que la cagué a lo grande.
¿Qué edad tenías?
No mucho más de veinte años. En lugar de pensar en lo que hacía, cuando alguien me decía que iba a preocupar a mi madre yo respondía: «Lo único que hago es divertirme. Esto no le debería importar a nadie más que a mí. Me lo estoy pasando de miedo».
¿A quién le importa si me desangro, malditos entrometidos?
Eso [ríe]. «No puedo ni cruzar la calle, y estoy lleno de costras. Me lo estoy pasando en grande. ¿Por qué todo el mundo intenta meterse en mi vida?». En el fondo, es una parte de ser joven, el no mirar a tu alrededor. Tu narcisismo egoísta te impide ver cómo estás haciendo sufrir a la gente que te rodea. En cierto modo creo que por eso seguiré creando personajes jóvenes hasta que me muera. Adoro esa sensación de inmortalidad, de «A la mierda, haré lo que me dé la gana».
Porque la pasión se pierde un poco con los años, ¿no?
Bueno, al envejecer te das cuenta de que tus recursos físicos y mentales no son infinitos. Empiezas a pensar en la necesidad de cuidarte, de divertirte pero con cierta medida. A veces sales y te diviertes, pero no continuamente, como un centrocampista que entra y sale del área multitud de veces en un partido. He conseguido mantener esa joie de vivre que tenía y meterla en mi escritura. Ahora disfruto más de lo que hago y confío más en ello. Desde que fui a los Estados Unidos y empecé a trabajar en películas rodeado de gente, recuperé la sensación de equipo que tenía cuando jugaba al fútbol, aunque sigo necesitando mis momentos de soledad. A veces me digo: «a la mierda, voy a escribir una novela yo solo y que les zurzan». Por añadidura, al hacerte mayor debes tener en cuenta que el efecto de las drogas y la bebida es diferente. El subidón es distinto. Te das cuenta de que estás hasta las narices de ciertas cosas.
Con los años, se descubre su lado patético.
Te dices: «No puedo seguir haciendo esta basura». Y las resacas son mucho más extremas. Sencillamente, deja de valer la pena. Ya no cumple su antigua función. Te provocan otros efectos.
De jóvenes, a los diecisiete años o así, los hombres somos bastante burros, pero ¿acaso no echas de menos aquellas certezas, las formas de experimentar con lo extremo, la idea de confiar ciegamente en algo, sin ninguna duda?
Lo que amo de ser joven es precisamente la forma en que podías odiar algo ciegamente. «Eso es una puta mierda», y punto.
Yo ya no consigo odiar así.
No, claro. Ahora admiras esa pasión y certezas que uno tiene sobre el mundo cuando es adolescente. Pero has de haber poseído aquel tipo de pasión descontrolada para luego apreciar la ambigüedad de las cosas como adulto y decirte que aquella visión de las cosas ya no funciona. Cuando ves a un chaval borracho por la calle, puede que pienses en los viejos tiempos, que los eches de menos, y te digas: «Vaya farra se ha metido el amigo». Sin embargo, si a quien ves es a un tío de mi edad piensas que es lamentable: «Joder con el anciano alcohólico, qué puta pena» [ríe]. Y exactamente lo mismo sucede con las opiniones apasionadas. Si las suelta un chaval joven, te dices: «Joder, qué claro lo tiene el renacuajo». Pero si el que refunfuña es un tipo de mi edad, lo que pensarás es: «Maldito carcamal amargado» [carcajada]. La juventud y ser joven y tener ese bagaje son cosas maravillosas. Es un gran legado. Ahora mismo, siento bastante lástima por los jóvenes. Siguen pasándoselo en grande, pero siento que les han robado la cultura. Nada es específicamente suyo. Estoy seguro que aquí en Barcelona aún encontraríamos grupos de chavales que se reúnen en torno a algo, que desarrollan inquietudes comunes…
Un secreto compartido.
Claro. Lo malo es que en Edimburgo, Berlín o Boston todos hacen exactamente lo mismo, tienen una cultura globalizada. Hace años ese tipo de culturas eran una cosa más intrínsecamente local, desarrollaban más particularidades únicas. Hace algunos años, después de escribir mi antepenúltimo libro, me preguntaron mi opinión sobre cómo veía a los jóvenes autores. Respondí que en el nuevo milenio solo he estado interesado por dos libros. El primero es The Old Neighborhood, de Bill Hillmann. En él habla de crecer en Chicago en una familia multirracial entre finales de los ochenta y principios de los noventa, y todos los problemas que rodean a los protagonistas, metidos en pandillas. El segundo se titula The Brief History of the Seven Killings. En él, el autor jamaicano Marlon James escribe sobre Kingston y el intento de asesinato a Bob Marley en que estuvo implicada la CIA. Lo interesante de estos dos jóvenes autores treintañeros (bueno, al menos son jóvenes para mí) es que podríamos decir que ambos escriben novelas históricas, de un lado las luchas interraciales en Chicago a mediados de los ochenta, y del otro un intento de asesinato real en los años setenta en el que se da voz a agentes de la CIA, a Bob Marley e incluso a la Miss Mundo Cindy Breakspeare (2). En las dos novelas, fantásticas ambas, autores jóvenes escriben hechos históricos donde todo es local, sitios únicos, y no se mencionan tecnologías actuales como internet o los teléfonos móviles. Es muy importante que la gente escriba sobre este tipo de situaciones o atmósferas tan propias, tan locales. Pero también es triste que esta generación tenga que saquear el pasado buscando algo que contar, porque el pasado es más vibrante y excitante que lo que tenemos hoy. Ahora mismo las novelas están plagadas de héroes genéricos. Da igual que la acción se desarrolle en Barcelona o Chicago o Londres, porque podría ser el mismo lugar. Tengo la sensación de que la gente se ha cansado de esta homogeneización online. De hecho se vuelven a comprar libros, el vinilo ha regresado y las salas de conciertos se llenan. En Edimburgo aparecen grupos de música muy interesantes por todas partes y la gente abarrota sus bolos. También en Liverpool, donde estuve la semana pasada. Nadie se queda en casa mirando una pantalla de ordenador.
Porque es totalmente deprimente.
Sí. Todo el día viendo listas de esto o aquello. Escuchas música, pero no entiendes de dónde surge. Y supongo que aquí es igual. Al descargar música evidentemente puedes escucharla, pero nunca comprenderás su contexto. El consumismo acabará por vencer a ITunes. Puede estar muy bien poder hacer listas de reproducción en internet, para un personaje por ejemplo, pero la gente necesita poseer cosas, quieren lo físico, el objeto. Y quieres salir y experimentar algo, estar en un concierto, no en tu habitación. Peter Hooton, de The Farm, me decía el otro día que hacía mucho tiempo que no veía a tantas buenas bandas en Liverpool.
Ahora que has mencionado estas dos novelas recientes de otros autores, me gustaría preguntarte si en algún momento sentiste cierto vértigo o miedo al escribir Trainspotting. Perdón por mencionar Trainspotting.
[Carcajada] ¡La palabra que empieza con T!
Sí, me siento como si tuviese que pedir disculpas. Pero has dicho en varias ocasiones que para escribir la novela tomaste a gente aleatoria de Leith y de tu juventud en general. Después, usaste otro tipo de voces ajenas a ti: el policía de Escoria, por ejemplo. Pero cuando volvías a tu juventud para revivirla escribiéndola por primera vez, ¿experimentaste cierto vértigo?
Sí. Y no quiero parecer despreciativo o peyorativo, pero después de la novela sentí que me estaba convirtiendo en un escritor profesional. Pasé a pensar primero en la calidad de los personajes y la historia más que en mí mismo o en mi propia cultura. Es algo que sucede casi de forma subconsciente, pero al mismo tiempo tiene lugar una paradoja. Cuando escribí este nuevo libro sobre dos jóvenes americanas, se lo pasé a mi mujer porque es americana y treintañera, y pensé que podría ayudarme. Al preguntarle qué le había parecido, me dijo que me había encontrado más en esos dos personajes que en cualquier otra cosa que hubiera escrito. Creo que cuando escribes sobre algo que has vivido, sobre tu vida, haces esfuerzos por ocultarte. Sin embargo, al escribir sobre algo que no tiene nada que ver contigo, de alguna manera te expones mucho más sin necesidad de escribirlo.
Lo entiendo: tienes menos miedo de exponer tus sentimientos o tus miedos más profundos porque nadie pensará que escribes sobre ti mismo.
Bueno, ahora sí lo pensarán, gracias a ti. Porque acabas de hacérmelo confesar [carcajadas].
Lo siento. ¿Alguna vez has sentido la necesidad de crear un alter ego?
Creo que al fin y al cabo es lo que siempre he hecho. Me hace pensar en las radios antiguas, en las que había muchísimas cadenas, pero al final siempre elegimos las doce que realmente nos gustan. Es lo mismo que las personas, todos estamos compuestos de un número infinito de personajes.
De diferentes versiones de nosotros mismos.
Eso es. Salimos a la calle y actuamos según nuestros comportamientos habituales. Al escribir, miramos a otra gente, pero en realidad lo que estamos mirando son aspectos de nosotros mismos que puede que nunca hayamos utilizado, o hayamos utilizado en contadas ocasiones. Todos los personajes parten de esos rasgos, todos sienten lo mismo que tú y que el resto del mundo, pues al final todas las personas son más o menos lo mismo. Todos tenemos el mismo ancho de banda.
¿Estás de acuerdo con Kurt Vonnegut cuando dijo que el primer mandamiento del escritor es escribir sobre las cosas que conoce?
En parte sí. Pero además siempre hay que luchar por conseguir más información, hablar con otra gente y aprender de los demás. Normalmente no hago grandes investigaciones sino que simplemente lo que hago es salir por ahí y conocer a gente. Durante el proceso de escritura del libro del que hablábamos, The sex lives of siamese twins, quedé con una amiga lesbiana en Miami. Hablamos sobre el libro, y luego fuimos juntos a un club de lesbianas en el que los hombres solo pueden entrar si van acompañados por una mujer que sea miembro del local. Y allí estaba yo; un cincuentón calvo rodeado de lesbianas treintañeras, completamente fuera de lugar y dando la nota. Ellas me tranquilizaron y se mostraron tal y como son. Las vi relacionarse, hablar de sus sentimientos. No eran un montón de tipas grandes con la cabeza rapada y mirándose desde sus sofás, en plan cruising, algo completamente agresivo y obvio. Nunca habría imaginado que fueran tan directas, se escogían, se miraban, sonreían y listo. No existía ni siquiera la pantomima de simular una conversación de ascensor, del estilo «Hola, ¿vienes por aquí a menudo?». Simplemente se miraban y se iban cogidas de la mano. Cuando me hube acostumbrado a este hecho, bastante intimidante para un hombre mayor como yo (no era el único, pero tampoco había muchos más hombres), lo que me sorprendió de veras fue la atmósfera, bastante acogedora dentro del contexto, bastante cálida, mucho más de lo que habría imaginado. Pensaba que me mirarían mal, o que me increparían con algo como «Eh, tío, ¿qué coño haces aquí?». En lugar de eso recibí un «Hola, ¿qué tal?», abrazos, y vasos que se levantaban para brindar. El ambiente era fantástico. Podría pasar el resto de mi vida allí.
Te entiendo. Siento envidia al entrar en locales de veinteañeros y no percibir la atmósfera violenta que había en los ochenta. Antes, en los bares a menudo había alguien preparado para darte en la nuca con un taburete, lo que no propiciaba un ambiente muy acogedor. En ese sentido no miro al pasado con nostalgia. ¿Sientes algo parecido? ¿Era el ambiente que tú viviste muy hostil?
Creo que prácticamente todo el mundo se ha metido en peleas en su adolescencia. Todo el mundo se metía en peleas cuando yo era joven, pero nunca me gustó especialmente.
¿Eras bueno peleando?
No, definitivamente era y soy terrible. Sigo yendo al club de boxeo, y desde que era adolescente conozco bien la técnica. Sé cómo pelear y sé cómo se colocan un buen gancho y un buen directo. También he hecho kickboxing. Y sin embargo, soy el típico tío a quien le entra el pánico en caso de pelea callejera. He pasado mucho tiempo aprendiendo a pelear en clubs de boxeo thai, y a pesar de ello en las peleas de verdad siempre termino en medio de los dos bandos, de un lado para otro y con cara de gilipollas. Creo que tiene que ver con mi incapacidad de mantener la compostura y no parecer sobreexcitado, que es lo que tienen los buenos luchadores.
También hay un momento en que piensas, «¿Qué coño estoy haciendo aquí metido? Esto es ridículo».
Eso es. «Por Dios, acabo de terminar una película, ¿qué hago aquí en mitad de la calle?». Además, solo la gente realmente comprometida y con disciplina son normalmente buenos luchadores. Yo hago boxeo y artes marciales, y controlo el medio, pero en la calle soy incapaz de aplicar todo eso, creo que nunca podría, y posiblemente tampoco sería capaz de escoger bandos [ríe]. Habiendo crecido en la calle, creo que el miedo a la violencia ha sido mayor que la violencia en sí; cuando la cosa estallaba de veras, los resultados eran generalmente cómicos. Las peleas eran habituales y generalmente no demasiado peligrosas, de vez en cuando alguien terminaba apuñalado gravemente, pero lo habitual era no pasar de narices o bocas hinchadas, y de llegar a casa con un zapato de menos, y lloriqueando. La violencia era de tebeo, a menudo. Pero el miedo a que sucediese algo era a la vez horrible y excitante.

Se ha hablado mucho de cómo el éxtasis y el acid house cambiaron a los chavales, especialmente a los hinchas de fútbol.
La violencia desapareció por completo. De repente la gente se daba abrazos con extraños, y yo mismo lo llevo haciendo desde entonces. El éxtasis me cambió, y para bien. Muchos de mis colegas entraron también en ese mundo. Eran gente que trabajaba en construcción, casuals de futbol, tipos bebedores. Salíamos con nuestras novias o mujeres y nos separábamos por sexos en mesas diferentes. Aunque yo las llevaba viendo desde muchos años atrás, no conocía realmente a ninguna de ellas. No hablábamos. De repente empezamos a tomar éxtasis como locos, y entonces me sentaba con ellas y manteníamos las mejores conversaciones que había tenido nunca. Mis amigos venían a hablar conmigo y yo les decía «¡Lárgate de aquí, colega! Estas mujeres son mucho más interesantes que vosotros! ¿Cómo es que no había visto nunca a tu mujer, con la que llevas casado diez años, y es preciosa, maravillosa y fascinante, y llevo hablando contigo sobre fútbol, sobre jodido fútbol, diez años?». Aquello fue una gran revelación. Esa droga me ayudó a romper todas las barreras, de repente estábamos todos mezclados, éramos una pandilla mezclada. Antes del acid house vivíamos en apartheid sexual. Después, me encantaba ir con chicas a raves y fiestas en casas. Pensaba: «Joder, ojalá estas chicas fuesen mis mejores amigos». Recuerdo que cuando ya vivía en Londres iba con chicas a todas partes, nunca llamaba a mis colegas. Quería pasar tiempo con ellas y que me mimasen, y mantener buenas conversaciones.
Tengo diez años menos que tú, y crecí en una época en que ya nadie veía la parte romántica de la heroína, sino solo los hombres en chándal y sin dientes que morían en la calle. Ninguno de mis amigos se fascinó por el caballo, porque los ejemplos eran terribles. Sin embargo la gente de una generación mayor veía a Lou Reed y a Bowie, y la heroína tenía para ellos una aureola romántica, intelectual. ¿Lo recuerdas así?
Puede ser. Eso le sucedió a gente que tenía cinco años menos que yo. Creo que en ese aspecto tuve mucha, mucha suerte. De una forma extraña, pero la tuve. Para empezar era una época pre-sida, y además el material era muy bueno.
¿Te refieres a la calidad?
Sí. Eran drogas puras, no cortadas, así que no eran tan tóxicas. Era una subcultura realmente pequeña y todo el mundo sabía más o menos lo que estaba haciendo. Sin embargo reconozco que entré por una cuestión de oposición y por pura ignorancia. No solo ignorancia personal, sino de toda la sociedad. Recuerdo perfectamente a mis padres y a mis profesores cuando me decían: «No fumes marihuana, eso te matará». Tú entonces vas y fumas un poco y te sientes de perlas. Vale, me han mentido. Luego te dicen: «No tomes ácido, acabarás lanzándote de un edificio». Sin embargo, cuando lo tomas piensas: «Coño, esto es la hostia, todos estos colores… Creo que no voy a tirarme de un edificio; de hecho soy bastante feliz, ahora mismo». Después de eso viene lo de: «No tomes speed, te dará un ataque al corazón». Vas, lo tomas y pasas una noche entera bailando como un loco. Y entonces llega el: «Ni se te ocurra tomar heroína, te engancharás y te acabará matando». Y, de repente, tenían razón. Se habían equivocado tantas veces antes que esperabas que esta fuese una más. Sin embargo, en ese punto ya nadie podía ayudarte. No existía verdadera formación o educación sobre el mundo de las drogas en mi época. Al menos los métodos existentes no funcionaron conmigo ni con mucha otra gente. Estuve en ese mundo alrededor de dos años. El primero de ellos disfruté de veras y, si quieres que te diga la verdad, aunque ya estaba cayendo no era consciente de ello. Solo lo fui durante el segundo año. Entonces me di cuenta de lo alejado que había estado de la realidad. De mi entorno, mi salud, mis finanzas… Todo se iba a la mierda. También descubrí que detrás de los adictos a largo plazo había siempre algo que los hacía seguir metidos en drogas. Habían sufrido abusos de niños, sufrían ansiedad o depresión, siempre había algo más. Era como si se estuviesen automedicando para curar un dolor interior. La gente como yo, por otro lado, entraba por estupidez, y por tanto no había ninguna razón oculta para mantenerse metido en ellas el resto de una vida. Y aunque es difícil escapar de la heroína, porque físicamente es muy adictiva, es perfectamente posible. El síndrome de abstinencia es espantoso, pero puedes hacerlo. Lo que es peor es continuar, de hecho. Porque al cabo de poco lo único que te aporta aquello es tristeza y mal rollo. El principal motivo por el que la gente está enganchada a la heroína es la gestión del dolor, principalmente el dolor psicológico. La ausencia de perspectivas laborales o educativas, el acabar encontrando un trabajo de mierda, estar endeudado con los bancos el resto de tu vida, acaba alienándote del todo. Nada tiene sentido. La heroína, sin embargo, te proporciona una narrativa y una obligación: tienes que levantarte por la mañana para ir a buscar drogas. Y tu día consiste en intrigar con diferentes personas del submundo hasta acabar consiguiéndolas. Eso es una raison d’etre ideal para tirar adelante. Algo que hacer, por lo menos. Cuando no existe nada más, la heroína gana por defecto.
Después de casi una hora de entrevista, acabo de darme cuenta de que hemos hablado de temas que nunca tengo oportunidad de tratar con otros escritores. Eso me lleva a preguntarme cómo te ves con relación a otros escritores británicos, gente con quien no tienes nada en común. Me pregunto si estando con gente como Salman Rushdie o Will Self te has sentido alguna vez fuera de lugar…
En la escena literaria londinense lo más importante es la clase a la que perteneces. Los escritores son de clase media-alta, criados en despachos llenos de libros, y su identidad es la del gentilhombre escritor. Esa es una perspectiva mayoritaria en la escena literaria: lectores de periódicos sesudos, Booker Prize, Channel 4, buenas universidades… Es esa mentalidad. De vez en cuando se filtran otras voces. Mi ventaja es que soy escocés, y allí ya había una tradición establecida de escritores de clase obrera como Robert Burns o James Kelman. En Inglaterra, por el contrario, autores como Kevin Sampson o John King están marginados, pues hablan de mundos que no encajan con el Booker Prize. Por el contrario, todos los escritores escoceses que publicaban cuando yo llegué, Gordon Legge, Janice Galloway, James Kelman, Alan Warner o Alasdair Gray, tenían orígenes humildes. La ascendencia de clase obrera era mayoritaria allí. Y eso no ha cambiado en la actualidad con gente como Alan Bissett, Louise Welsh o Ian Morrissey. Solo este último podría pertenecer a la clase media.
Dentro de la etiqueta de clase obrera hay una gran diversidad que no debe confundirse con ignorancia. La población en mi país se apoya en la tradición de la Ilustración escocesa del siglo XVII, cuando tras la revolución de John Knox todo el mundo en el país iba al colegio, y podía leer y escribir, mientras que en Inglaterra la mayoría de la gente eran campesinos iletrados. Esta tradición democrática y cultural, junto con la herencia de la transmisión oral, se mantienen vigentes hoy en día. Por tanto, es más aceptado ser un escritor de clase obrera en Escocia que en Inglaterra. Mis orígenes fueron una ventaja, en este sentido. Los escritores irlandeses, escoceses o galeses somos vistos casi como escritores de cualquier otro país de la Commonwealth, de la misma manera en que se leen y publican voces caribeñas o australianas. No dejamos de ser algo exótico dentro del establishment inglés, donde la mayoría de las novelas lo único que muestran es a gente de clase media enamorándose y desenamorándose.
En Notting Hill. Con Hugh Grant en el filme adaptado de la novela.
Sí. El truco es meter voces diversas, del Caribe o de India o australianas, pero al modo imperialista. Las voces escocesas o irlandesas se utilizan así, solo para darle toque exótico a las novelas de clase media, para aportar algo de salsa, nada más. Reconozco que tuve mucha suerte, pues las películas de Trainspotting y ahora también Filth tuvieron muchísimo éxito. Gracias a ese impacto pude contactar con una audiencia de clase obrera. De hecho hay mucha gente que no está interesada en la literatura en general, y sin embargo lee mis libros. Es como si hubiera conseguido trascender ese mundillo literario de alguna manera. Es cierto que siempre estás comprometido con él, pero dentro hay muchos grados. Al final tu dependencia con el patrón puede afectar enormemente a tu escritura.
Que alguien te diga «No leo demasiado, pero me encantan tus libros» es uno de los grandes triunfos de un escritor.
Es genial, es todo lo que quieres. Creo que la gente leería más si tuvieran acceso a cosas más relevantes culturalmente para sus vidas. Me dicen esto continuamente, de hecho. Y ese es mi gran subidón.
¿Cómo viviste el hecho de tener éxito comercialmente? ¿Te creó conflictos internos? Porque los escritores de clase obrera criados en música pop siempre anhelamos llegar al Top Ten.
Siempre es duro lidiar con el éxito comercial pues siempre será importante ganar dinero para poder seguir escribiendo, y tener el tiempo para ello sin preocuparte de alquileres y facturas, o de buscar otro trabajo que te dé estabilidad. Pero me he dado cuenta de algo: cuando vendí las primeras diez mil copias de Trainspotting, era un héroe en Edimburgo: «Nos has puesto en el mapa, enhorabuena». A las cien mil la gente ya empezaba a gruñir. Recuerda: era el mismo libro. Y al millón de copias me reprochaban directamente que les había robado su cultura. Y en parte es cierto. El libro sigue siendo el mismo, pero siento que como consecuencia de su viaje, de la película de Danny Boyle, el poster con Ewan McGregor, y el anuncio de trenes de Richard Branson (3), el libro ya ni siquiera me pertenece. Es un fenómeno global. Evidentemente siempre quedará algo mío en él, pero la idea del autor como alguien que controla todo el proceso es falsa. Es la propia naturaleza del capitalismo. En cuanto algo está dentro de una bolsa y entra en el mercado, ya no hay nada que hacer, es un tren que ya ha salido.
Una última pregunta: ¿Cuál fue tu gran momento de epifanía cultural en la adolescencia, aunque entonces no te dieras cuenta? En mi caso fue escuchando «In the city», de The Jam.
El mío probablemente fue viendo a David Bowie cantar «Starman» en Top Of The Pops junto a Mick Ronson.
Morrissey dice lo mismo.
Recuerdo la reacción de mi padre mientras veía la actuación. Lo odió, y por consiguiente yo lo adoré. Fue tan simple como eso. Y le agradezco haber tenido esa reacción, porque de lo contrario no habría vuelto a escuchar a Bowie en la vida, ni me habría convertido en lo que soy.
Fotografía: Alberto Gamazo
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(1) También llamada Noche de las Hogueras. Fiesta equivalente a San Juan en España. Se celebra en Reino Unido el 5 de noviembre para conmemorar el intento fallido de Guy Fawkes ese mismo día en 1605 de volar el Palacio de Westminster. También se conoce como la conspiración de la pólvora.
(2) Miss Mundo de origen jamaicano que tuvo un hijo fruto de su relación con Bob Marley.
(3) El fundador de Virgin utilizó Trainspotting para un célebre anuncio de la TV británica.
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¿Es posible imaginar a Heisenberg sin sombrero pork pie y con el bigotito de Mr. White? Cuesta hacerlo. Cada cambio de actitud de Walter White ante el mundo adquiere una formación capilar: el bigote tímido, la controladora barba candado y la barba del santón hindú, propia del hombre con paz consigo mismo.
EL BIGOTE DE MR. WHITE
Hace tiempo que el bigote desapareció de la circulación. En ocasiones regresa, de visita, para unas fotos en Instagram. El bigote ha quedado para el monologuista que pretende hacerse pasar por un señor mayor y para el cincuentón con el labio superior amplio. Si acaso, el bigote aparece acompañando una barba de chivo, y en este estado es adoptado por futbolistas, aprendices de escritor influenciados por Bécquer y galanes de telenovelas ambientadas en entornos rústicos.

En el caso de Mr. White, el bigotito le permite ocultar un rostro entre anodino y afable. Un bigotito que avejenta demasiado y que lo coloca en una posición de debilidad ante los demás. Un gurú espiritual escogerá un rasurado perfecto o una barba, rara vez un bigote. Un bigote arcaico —como la mayoría—, pero que impone es propio del chuloputas o del motero o el bigote de entrenador de fútbol.
El bigotito de Walter White es pequeño, escaso, y nadie con un bigote ridículo puede imponer su voluntad sobre los demás, salvo Hitler. El bigotito de Mr. White podría aspirar como mucho a un Ministerio. Bigote propio de un llorón que solo se dignifica con un sombrero pork pie, aquí comienza la leyenda de Heisenberg.
BARBA CANDADO
La cabeza calva y el bigotito no casan bien en un rostro demacrado, salvo que uno quiera ofrecer el aspecto de un profesor de música en un campo de concentración.

El paso de Walter White a Heisenberg se completa necesariamente con una barba candado. Una barba candado pone años al joven y da prestancia al adulto. Es propia de mafiosos de Miami, galanes latinoamericanos y cantantes pop. Una barba candado es el arreglado pero informal de las barbas, porque exige un número de cuidados diarios que el dueño de una barba completa puede eludir por un tiempo.

Con esta barba, Walter White deja atrás la imagen tristona con su bigotito (tan triste como el que luce Joaquín Phoenix en Her —otro ejemplo de cómo un hombre con cara de vicio, se dulcifica con un bigotito). Mr. White con el bigotito no hubiera sido tomado en serio por los truhanes y villanos que mueven el negocio de las drogas.
Ahora, la barba candado enmarca cada una de las palabras de Heisenberg como si verdades absolutas. Una isla pilosa donde a veces los labios se comportan con la indiferencia cruel de un volcán. El sombrero pork pie sigue teniendo peso en la imagen de Heisenberg, pero pierde cierto lustre ante la barba candado. El conjunto es una máscara de villano.
BARBA DE NÁUFRAGO
Oculto en una casita rodeada de nieve y nada, Walter White acaba sus días con una barba náufraga, barba de conde de Montecristo confinado entre paredes rocosas. Aunque el conde de Montecristo fue encerrado de manera injusta, para ambos hombres el resultado es idéntico: meses para urdir una venganza que se llevará a cabo con igual precisión que falta de pasión. Barba que reclama justicia.

También la barba del loco, del borracho que ha adquirido la paz consigo mismo y no se anda con rodeos para confesar sus flaquezas y sus errores.
Una barba tan poderosa que anula por completo el significado del sombrero pork pie en la mitología de Heisenberg. Walter White con barba profusa y pork pie se acercaría a la imagen de un viejo escritor de fantasía: un Alan Moore, un Terry Pratchett, un George R. R. Martin, todos ellos amigos de las barbas y los sombreros.
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A principios de agosto estuve en Londres para, entre otras cosas (sobre todo, comer), participar en 512 Hours, la perfomance de Marina Abramović en la galería Serpentine (la verdad es que no tuve que hacer cola: ese día fui de los primeros en entrar).
Ahora, gracias a Hyperallergic (que parece tenerle cierta tirria a Marina Abramović o serán imaginaciones mías) descubro que en algún momento, muy cerca de la galería, una perrita vestida de rojo y con peluca parodiaba con el título Marina Abramopug: The Artist is Present otra de las famosas performances de Marina Abramović.
De haberlo sabido, también habría ido corriendo al salir de la galería. Todo sea por tener la experiencia completa.
Y he descubierto que hay toda una corriente de parodias de esa famosa performance, usando distintos elementos (más o menos animados) para sustituir a la artista:
The Plant is Present from Meghan Moe Beitiks on Vimeo.
“Un nuevo prototipo de ladrillo de huecos hexagonales, desarrollado por investigadores de la Universidad Politécnica de Madrid, ha sido premiado y galardonado con la mención de honor como uno de los mejores proyectos en materia de investigación en la Joint International Conference on Mechanical, Design Engineering & Advanced Manufacturing, celebrada en Toulouse, Francia, el mes de junio.
La investigación ha demostrado que el aislamiento acústico del nuevo tipo de ladrillo, del mismo ancho que el convencional, supera hasta en más de cuatro veces al tradicional, cuyas celdas son rectángulos de lados paralelos a las caras exteriores del ladrillo. Además, se ha comprobado que esta modificación no conlleva incremento alguno en costes de fabricación o venta.”
“…buscando que la onda recorriese la máxima distancia, se estudiaron varias posiciones y deformaciones posibles de los hexágonos. Así, por ejemplo, se observa que el desarrollo del camino que recorre la onda, utilizando hexágonos de lado paralelo a la cara del ladrillo, se maximiza girando los hexágonos 90º sexagesimales.”
“Como diseño final se ha determinado una geometría de celdas hexagonales no regulares, que multiplica por más de cuatro la distancia recorrida por la onda sonora entre caras de un tabique.”
“Ya hay empresas tanto nacionales como internacionales interesadas en la patente, por lo que se están empezando a diseñar las boquillas de las máquinas extrusoras para proceder a su fabricación. Los primeros prototipos, permitirán conocer su comportamiento en obra y seguir con más labores de investigación para mejorarlo.”
Interesantísima línea de investigación la llevada a cabo por este grupo de investigadores, pretendiendo aumentar el confort acústico desde la premisa de no generar sobrecoste material y de fabricación.
La entrada Ladrillo de celda hexagonal. Nuevas geometrías contra el ruido aparece primero en más que verde.



Que Judson Beamount se insertase en el mundo de la arquitectura canina con estas roulottes de diseño respondía a la misma pregunta que el escultor y diseñador se hizo hace unos 28 años, justo al terminar sus estudios de arte: «¿Por qué el arte no puede ser mobiliario y el mobiliario no puede ser arte?»
Desde entonces, según Jessica Roncin, portavoz del estudio Straight Line Design que lidera Judson, su jefe no ha parado de ver películas de género fantástico y, sobre todo, dibujos animados, para buscar fuentes de inspiración para sus creaciones, sin olvidar a sus grandes referentes en la arquitectura como Frank Gehry.
Entre juguetes y muebles de marcado carácter infantil, el diseñador decidió lanzar una línea de caravanas para perros. «Quería que fueran personalizables al 100% para que los canes se sintieran a gusto en su casa».
Obviamente, son los dueños los que deciden los detalles con los que sus mascotas, supuestamente, se sentirán más cómodos, pero pueden hacerlo entre multitud de opciones: elegir el color de las paredes, el tipo de suelo (plaqueta, parquet, moqueta…), la posibilidad de incorporar luz interior o altavoces wireless, la placa…
«Todos los materiales que se emplean en su construcción son eco-friendly, como el aluminio reciclable, la madera contrachapada o el aluminio laminado», concluye Jessica.
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Las imágenes del asesinato de James Foley, uno de esos periodistas que dignifican el oficio y, según quienes le conocían, una de esas personas que dignifican la especie, son repugnantes. También asquea el jolgorio con que se difunden por la red. No creo, sin embargo, que convenga evitar su visión, porque contienen un elemento informativo relevante. Se trata del discurso del asesino, parte del cual Foley fue forzado a recitar. Ya saben, la culpa de todo es de Estados Unidos y de Occidente en general, de las agresiones imperialistas, de la arrogancia de los infieles, etcétera. Es bueno recordar lo que dicen los sociópatas del Califato y compararlo con un cierto discurso, frecuente entre la izquierda europea, en el que aparecen argumentos similares. Se trata de un discurso tan obtuso e impresentable como el del sociópata británico que decapitó a Foley.
Seamos claros: en el mundo islámico habitan los nuevos bárbaros. La gran mayoría de los musulmanes son gente pacífica y más o menos razonable, como lo eran la mayoría de las tribus bárbaras que se acumulaban junto a las fronteras del Imperio romano y se adentraban poco a poco en él, sin especiales problemas de convivencia. El colapso de Roma y del imperio de occidente no se debió a una voluntad específica de invadir y destruir por parte de esas tribus, que en cualquier caso se regían por valores incompatibles con la civilización romana (igual que ocurre ahora con el islam y los valores de libertad y representación democrática), sino a las guerras internas de los bárbaros. El empuje de nuevos grupos procedentes de Asia provocó el caos más allá del limes y ese caos se derramó sobre una Roma decadente, dispuesta a pactar lo que fuera porque se sentía incapaz de defenderse.
La situación, ahora, no es muy distinta. El islam sufre una compleja y violentísima guerra interna, cuyo eje más visible, pero no único, es el enfrentamiento entre el sunismo, tradicionalmente dominante, y el chiísmo, revitalizado desde la revolución islámica iraní de 1979. Esa fue la única revolución del siglo XX, como subrayaba el historiador Eric Hobsbawm, que no se remitió ni de lejos a los valores de la Ilustración, la razón y las libertades, sino todo lo contrario. El chiísmo ha desarrollado grupos fanáticos como los Guardianes de la Revolución en Irán o Hezbolá en Líbano; del sunismo están surgiendo aberraciones cada vez más estrambóticas, desde Al Qaeda al Estado Islámico.
Estados Unidos y sus aliados, lo que llamamos Occidente, han cometido gravísimos errores y agresiones intolerables. Por supuesto. Francia y Gran Bretaña se repartieron sin escrúpulos las ruinas del imperio otomano (1916) y sometieron de mala manera a las poblaciones locales; Washington aupó a la atroz dinastía wahabista de los Saud (1932) a cambio de explotaciones petrolíferas; la CIA acabó con Mohamed Mossadegh (1967) y destruyó las expectativas de un Irán libre; Jimmy Carter y Ronald Reagan armaron y financiaron a los muyahidines en Afganistán desde 1979; George W. Bush organizó dos invasiones, la de Afganistán (2001) y la de Irak (2003), extremadamente cruentas en lo militar y fallidas en lo político. Existen muchos más ejemplos. Pero debemos ser conscientes de que el problema musulmán viene de muy lejos y es musulmán, no occidental. El islam ha sido incapaz de confrontarse con la modernidad y en su expresión más contemporánea, la que arranca con la descolonización, ha rebotado sin cesar entre las dictaduras nacionalistas y las llamaradas hiperreligiosas. La clave está ahí.
Existen países musulmanes no estrictamente calamitosos, como Indonesia o Marruecos. El panorama global sí lo es. La llamada primavera árabe, un proceso antiautoritario rápidamente sofocado (aunque no extinguido) por las tensiones de fondo, demostró que son pocos los que reclaman libertades. Por debajo del macroconflicto histórico, la guerra entre suníes y chiíes por el dominio geoestratégico y religioso, hierven casi todos los problemas concebibles: la citada e interminable pugna entre militares e islamistas, una corrupción prodigiosa, una evidente incapacidad para alcanzar un aceptable desarrollo económico, una natalidad desbocada y, muy al fondo, el empecinamiento en mirar al pasado y no extraer de él más que recuerdos de humillaciones, reales o inventadas, que exigen venganza. La crueldad casi caricaturesca de las bandas ultrayihadistas (el gran Jon Lee Anderson las compara, en un muy recomendable artículo publicado en The New Yorker, con Los Zetas del narcotráfico mexicano) se ha convertido en un lenguaje, un mensaje y un programa político. Más allá de los degüellos, decapitaciones, crucifixiones y torturas diversas no hay nada más que ensoñaciones de un pasado remoto, frustración, estupidez y furia en estado puro.
No vale la explicación de que las sociedades violentas, como las árabes, generan violencia. Hasta una cuarta parte de los efectivos del Estado Islámico, unos dos mil o tres mil, proceden de Europa. De Londres, de Madrid, de París, de Milán, de Barcelona. De ciudades abiertas y tolerantes. Tampoco vale esgrimir la tragedia palestina: esa tragedia es real, muy real, pero los países árabes no son menos despiadados que Israel cuando se trata de los palestinos. Israel se ha convertido en una coartada cómoda para justificar un inmenso fracaso colectivo.
El hundimiento de las sociedades musulmanas es rápido y generalizado. Siria, Libia, Sudán, Irak, Egipto, son en la práctica estados fallidos, como Afganistán. Pakistán representa el peor peligro de crisis nuclear. Los países más ricos, los que disponen de tesoros fabulosos gracias al petróleo, hacen lo posible por empeorar las cosas exportando fanatismo (caso del wahabismo saudí) o financiando a los fanáticos (Catar ha sustituido a Siria como patrón de Hamás y respalda de forma encubierta a los sociópatas del Califato). La frustración acumulada por los nuevos bárbaros lleva tiempo derramándose sobre Europa y, en menor medida, sobre Estados Unidos. Es el gran problema contemporáneo y conviene encararlo con lucidez y sin gilipolleces bondadosas.
No, el responsable de los atentados del 11-M no fue Aznar por sumarse a la invasión de Irak: fueron los yihadistas. No, los estadounidenses no se buscaron los atentados del 11-S: fueron los yihadistas. Si esa minoría fanática e hiperactiva, que dura ya bastantes generaciones y acumula rabia y locura, no es derrotada y suprimida, el caos musulmán se desplomará definitivamente sobre el planeta. La tolerancia con otras culturas carece de sentido cuando hablamos de teocracias delirantes, déspotas grotescos, opresión y miseria. La represión sanguinaria de El Assad, la brutalidad de Al-Sisi, el sectarismo de los Hermanos Musulmanes, el fundamentalismo saudí, la diplomacia criminal de Catar y la locura asesina del Estado Islámico son lados distintos de una misma figura geométrica. Esta es una guerra por la civilización. El tipo de guerra que perdió Roma.
"Los madrileños lo tienen claro. Hemos salidos a preguntarle cuáles son sus 'truquinis' para seguir usando autobuses y Metro sin perder un riñón. Esto es lo que nos han contado... "

“Las escuelas y la biblioteca que Díebédo Francis Keré (Gando, Burkina Faso, 1965) ha levantado en su pueblo han sido construidas por toda la comunidad: los hombres hacían el barro y las mujeres alisaban el suelo. Pero antes, este arquitecto formado en Berlín se encargaba de reunir el dinero. Con proyectos en China y Ginebra, dice que con las ganancias que logre construirá más en África. ¿Por qué? Él fue el primero de su pueblo en aprender a leer y escribir. Lo consiguió con el esfuerzo de todos. Y quiere devolver el favor.”
Extracto de “Entrevista a Kéré: arquitectura y comunidad” por Anatxu Zabalbeascoa.

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Existe la inteligencia artificial y la biomecánica, pero no hay una solución para el ruido del tubo de vapor que calienta la leche en el bar… O la máquina de moler café.
Hay auriculares con reducción activa de ruido pero no un cable que no se enrolle.
Estamos en 2014 y aún no está resuelta la gestión de la miel. Asunto mayor. Ni para servirla cómodamente en la cuajada sin hilillo, ni para conseguir un cierre que no cristalice y fragüe.
No está resuelto el recuperar un mail o un mensaje con garantías. Aún nadie ha instalado la opción ‘shit happens’ que te dé al menos 20 segundos desde que envías hasta que te das cuenta de que has copiado al gerente en ese vídeo en el que sale su mujer con 20 años menos en las fiestas del pueblo, haciéndose una camiseta mojada.
Hacer la cama ha sido, es y seguirá siendo un coñazo para la humanidad. Aún no hemos dado con la fórmula para dormir y levantarnos sin más, y sin que tu casa parezca la de un estudiante universitario.
No existe ropa que no se arrugue. Aparte del neopreno y la lycra. No a todo el mundo le sientan tan bien y, además, tampoco veo reuniones de oficina con gente vestida de elástico.
Una bolsa para los congelados que de verdad te permita parar a comprar el periódico y tomarte un cerveza de vuelta a casa sin el agobio de que el Häagen-Dasz se eche a perder…
Cerremos ya el debate de si el melón con jamón es elegante o chabacano, y centrémonos en conseguir un sistema fiable para saber si el melón es bueno o está pepino antes de abrirlo.
Pensemos en la opción de borrado de tinta en el papel (un súper Tipp-Ex total) o tinta de impresora que se borre al cabo de un mes y puedas reutilizar el papel.
Gafas universales, zapatos crecederos para niños, un sistema para resolver el tema del dobladillo de los pantalones, un palo de escoba que no se salga, una llave única para todas tus cosas, o una puerta que no se cierre si te dejas las llaves dentro…
Aún hay temas muy importantes para la humanidad a los que nadie presta atención. A estas cosas hay que meterle aún muchas horas. Dejémonos de genomas humanos, de si el iPhone 6 tendrá 5 pulgadas o si el índice Brent sube o baja.
¡Botijo que no gotee ya!
Imagen: Suttherstock
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Fotografía: Oyvind Solstad (CC).
Si levanto la vista un poco y miro más allá de la pantalla de mi portátil en el momento de escribir estas líneas todo lo que puedo ver es un Mediterráneo brillante que desfila a ciento cincuenta kilómetros por hora. Intermitente, deslumbra, entre túneles y calas. Cuento asientos y cabezas en mi coche del tren que me (que nos) lleva de Barcelona a Valencia. Me pregunto cuántos de mis compañeros de viaje no están yendo, sino que están volviendo a casa. Hoy es 29 de julio y, como quien dice, empiezan las vacaciones. También para nosotros, los emigrantes.
Fue en 2009 cuando comenzamos a ser más los que nos íbamos que los que llegábamos, pero es desde 2012 que la diferencia se ha convertido en algo más que anecdótica. Mientras que la caída de inmigrantes se ha relajado, la salida de residentes se viene acelerando. El año pasado fueron 547.000 personas las que salieron de España para no volver (pronto, al menos). Y hay que tener en cuenta que estos datos están, muy probablemente, lejos de las cifras reales: al fin y al cabo dependen de que quienes se van hagan el esfuerzo de registrarse en el lugar de destino, de decir que aquí estoy yo. Lo cual muchos no hacen por falta de costumbre, porque les conviene estar empadronados en su ciudad de origen, por no ver o no conocer los beneficios, o simplemente porque no lo necesitan.
Cabe aclarar antes de proseguir que la mayoría de estas salidas no son tales, sino que se trata de retornos. Volver cuando las cosas van más mal que bien en la tierra de acogida, y más bien que mal en la de origen. El 87,6% de la emigración desde 2008 es de personas que no nacieron en España. Se trata en muchos casos de familias enteras, como atestigua el hecho de que la mayoría de emigrantes con pasaporte español son menores de quince años. Desde que comenzó la crisis, más de 140.000 chavales de esas edades se han marchado. En un país que hasta ahora había dependido de sus inmigrantes para no caer en un envejecimiento soporífero a la par que peligroso, esta es una pérdida que se pagará cara en el futuro.
Pero no es en esta sangría demográfica en la que se centran los medios, ni los debates de barra de bar. Son los jóvenes que se van quienes acaparan las conversaciones sobre la emigración, pobladas de padres y madres a medio camino entre el orgullo y la desazón. Los jóvenes y los no tan jóvenes: un tercio de las salidas del país entre 2008 y 2013 han sido de personas entre veinticinco y cuarenta y cuatro años. Sin embargo, apenas un 5,5% ha correspondido a los más benjamines (quince a veinticuatro años). Amparo González, que sabe bastante de estas cosas, considera que estos datos sugieren un perfil de emigrante patrio cualificado y preparado que no sale para mejorar y volver, sino para, simplemente, buscarse la vida. Por una vez, los datos confirman la impresión de nuestro entorno: el chico de veintitantos o treintaitantos (¡o la pareja!) que se larga porque aquí no tiene cómo ganarse el pan a pesar de disponer en su haber de todos los másters del universo conocido. No se escapa quien está aún estudiando ni quien no tiene la suficiente cualificación o conocimiento de idiomas como para encontrar un trabajo digno allá arriba. Tampoco quien se metió en una hipoteca con el dinero que ganaba alicatando otras. No. Se va quien puede.
Se marcha el futuro, claman muchos. Se nos escapa el talento entre los poros de Schengen. Nos hemos pasado años invirtiendo en educar a nuestros cachorros para que se vayan ahora. Aunque, la verdad, no hemos invertido demasiado ni demasiado bien cuando nos comparamos con otros muchos países. Precisamente aquellos que ahora reciben sangre fresca española. Es, de acuerdo con este relato, el nuevo gran drama nacional. Lo mejor de cada casa se larga. Una generación perdida.
Pero la verdad, para variar, es más compleja. Para empezar, es necesario aceptar que la emigración tiene consecuencias ambiguas. Resulta relativamente fácil tildar de alarmistas, proteccionistas o dueños de mentes cerradas a quienes claman contra la fuga de cerebros. «Movilidad exterior», la llama el director general del INJUVE esta misma semana. Así la llamó primero Fátima Báñez con un descaro no intencionado que en realidad, me temo, pretendía ser lenguaje políticamente correcto. En 2012 lo hizo el ministro de Educación, Wert, de una manera más elegante, cuando afirmó que «el hecho de que haya jóvenes con capacidad y voluntad de movilidad, que dominen idiomas extranjeros, que tengan la voluntad de salir fuera, que quieran ensanchar sus horizontes profesionales, nunca puede considerarse un fenómeno negativo». Algo de razón no le faltaba. Pero en realidad depende de con qué situación alternativa comparamos la actual. Quienes esgrimen este argumento imaginan como alternativa un mundo de fronteras cerradas y países autosuficientes, sin intercambio de población entre ellos, así sea temporal. Están discutiendo con argumentos más del estilo de partidos como el Frente Nacional francés: Estados nación puros frente a una sana relación que enriquecería a ambas partes. Ahí pocos pretenden rebatirles. La trampa es que hay una tercera posibilidad de la cual no hablan, en la cual España atraería tanto talento como el que exporta. Un país abierto al exterior que no tenga que lamentar que sus jóvenes salgan a conocer mundo, tal vez para no volver. Pero esa no es la situación de hoy en nuestro país. Hoy quien se va lo hace porque se enfrenta a una tasa de paro absurda, a un 90% de contratos temporales mes a mes, a una desigualdad creciente. Se le llama «fuga de cerebros», aunque le ponga los pelos de punta a Urosa, porque se van más de los que vienen. Como dice Wert y sugieren otros, no cabe apenarse porque tengamos personas dispuestas a irse y a mejorar. Jamás. Lo que hay que lamentar es por qué lo hacen.
Permítanme que recurra de nuevo a Amparo González: quienes se van de un país no suelen hacerlo porque son pobres de necesidad, sino porque encuentran dificultades casi insalvables para cumplir con todas las expectativas que su educación y entorno inmediato les ha generado. La emigración tiene lugar por la sed de desarrollo. Y la realidad es que España ha puesto enormes barreras al crecimiento económico y profesional de sus jóvenes. Los costes de la crisis han sido soportados de manera desproporcionada por ellos, por los inmigrantes y por otros colectivos en riesgo de exclusión. Pero, como decíamos arriba, son jóvenes y emigrantes quien pueden escapar del castigo. Y lo hacen. Sin embargo, son pocos los que escapan a su país de origen de manera indefinida.
Siempre queda algo atrás. Familia, amigos, la tierra de uno, una cuenta de banco, la necesidad de volver para ir al médico, para hacer papeleo, para cuidar a un familiar o para llevar a cabo algún trabajillo. La expectativa de volver para labrarse un futuro donde uno quiera. Es por ello que cuando uno emigra los vínculos con su país de origen no desaparecen, sino que cambian. También en la forma en que uno ve y toma parte en la política nacional. La socialización política de una generación entera de españoles está siendo moldeada por la crisis económica y la falta de expectativas. Quienes no estudiaron se hallan perdidos esperando a una recuperación mágica que no acaba de llegar. Quienes ya no pueden seguir estudiando se ven obligados a saltar de trabajo temporal en trabajo temporal, de beca en beca o de país en país. Quienes ahora comienzan a estudiar y a ser conscientes de la parte más política del mundo que les rodea miran a sus hermanos mayores, a sus primos, a los hijos de los amigos de sus padres, cómo esperan o saltan. Y tragan saliva mientras cuentan los días que intentan alargar al máximo hasta que llegue la hora de que ellos también se enfrenten a la realidad. Esperando que para entonces la cosa haya cambiado.

Fotografía: CORBIS.
Que la cosa cambie. Expectativas, oportunidades y futuro es lo que falta en España y lo que sacó, probablemente, a tantas personas a la calle en mayo de 2011. La emigración de una parte de la juventud es la punta de lanza de esta falta de oportunidades. El fenómeno, además de servir como referencia informal para millones de jóvenes, ha sido y es uno de los argumentos más fuertes de entre los esgrimidos por aquellos que piensan (que pensamos) que estamos saliendo de esta crisis en falso. Pero la emigración joven no solo ha sido objeto político: también se ha convertido en sujeto. Muchos de los que se han ido lo han hecho probablemente hastiados y cansados de cualquier cosa que tenga que ver con España, pero otros han decidido aprovechar la oportunidad para activarse políticamente. Ahí van un par de ejemplos ilustrativos: «No nos vamos, nos echan» es el nombre de una campaña del colectivo Juventud Sin Futuro para denunciar lo que ellos consideran que es más una estafa que una crisis. La Marea Granate es una plataforma relativamente difusa con presencia en múltiples ciudades, en principio dedicada a informar y a defender los derechos de los emigrantes españoles (sobre todo los jóvenes), pero que en la práctica ha tomado voz en asuntos tan generales como los recortes o la corrupción. Incluso existen «círculos de Podemos» formados por emigrantes en distintas ciudades foráneas. El de la participación desde fuera, o al retorno, es un fenómeno relativamente bien estudiado en la literatura sobre emigración de países en vías de desarrollo. Los resultados parecen apuntar que un gran número de emigrantes suele construir y mantener redes de influencia política sobre el lugar de origen, muchas veces basadas en sus experiencias y aprendizajes más allá de sus fronteras, que pueden acabar influyendo de manera importante en un determinado proceso de reforma. Quizá, en la escala de un país desarrollado y democrático, cabe esperar algo similar en España.
El hilo conductor de las iniciativas mencionadas, así como de otras muchas, es una definición bastante particular, pero también cada vez más extendida, de la causa última de los problemas de España: un grupo relativamente reducido de ciudadanos privilegiados (una élite, una casta) ha montado un sistema en contra de todos los demás, que solo nos hemos dado cuenta del engaño, de la estafa, después de 2008. Los jóvenes han quedado particularmente mal parados en esta historia: tras toda una infancia y una adolescencia de altas expectativas y duro trabajo para convertirse en «la generación más preparada de la historia», se han quedado con un montón de promesas vacías desvaneciéndose ante ellos. Ellos, que no tuvieron la oportunidad de participar, de influir, de cambiar las cosas, se han encontrado con el sistema cayéndose sobre sus espaldas. AVEs, aeropuertos, pelotazos urbanísticos, Endesas, Iberdrolas, comisiones del 3%… todo iría en un mismo saco. Y aunque los jóvenes han sido quienes más han perdido, y por eso mismo muchos hemos tenido que poner tierra de por medio, en realidad todos nos hemos visto perjudicados. Menos los pocos privilegiados que dirigen el show, claro.
Cada vez que escucho un retazo de este relato (que no tiene por qué ser mayoritariamente aceptado, pero que sí planea sobre todas las discusiones y los debates) no puedo evitar revolverme en mi asiento. No me siento a gusto con el papel de inocente que ha tenido que huir, desplazando la responsabilidad a una entelequia malvada. Resulta difícil imaginar por qué reemplazar a los actuales dirigentes por otras personas supuestamente surgidas del «pueblo» (otra entelequia) va a producir un resultado distinto. Antes de 2008 la mayor parte de ese pueblo parecía bastante contento con los líderes existentes, otorgándoles incluso mayorías absolutas arrolladoras. Incluyendo muchos de los (no tan) jóvenes emigrados. Quizá sería útil pensar en términos de equilibrio beneficioso para ambas partes que en cierto momento se quebró, y asumir que aquellas reglas de juego necesitan reformarse para que no vuelva a suceder. Es bien cierto que la mayoría de los que ahora tenemos que elegir entre irnos o saltar de mata en mata en un mercado de trabajo caóticamente precario nos beneficiamos más bien poco del equilibrio de los años de la burbuja. Pero eso no nos exime de comprender en qué consistieron los errores de España para volver a caer en ellos. Al contrario: si acaso nos hace más responsables. No se trata de sustituir la leyenda de la casta malvada por una fiera lucha generacional en la cual todos saldrían perdiendo. Los jóvenes no pueden cambiar el sistema sin el voto de los mayores, los mayores no pueden pagar las pensiones sin que los jóvenes encuentren un futuro.
La emigración es un juego de redes. Muchos se van porque su entorno se ha ido antes que ellos, y la mayoría se dirigen hacia donde tienen amigos, conocidos que les puedan facilitar el aterrizaje. Eso quiere decir que cuando los primeros empiezan a irse, los siguientes cada vez se atreven más y más. Y quienes se quedan en tierra no pueden evitar, creo, una cierta sensación de desazón. Quizás incluso desamparo. O más bien melancolía de lo que no será. Mientras el tren entra en la estación prefabricada de Joaquín Sorolla en Valencia pienso en algo que mi madre me ha dicho varias veces desde que me fui: «si os vais todos, quién va a arreglar todo esto». Es una frase que contiene un país: una generación que se marcha o que piensa seriamente en irse (según datos ofrecidos por González, en 2012 el 48% de los españoles afirmaron ante una encuesta del CIS que estarían dispuestos a emigrar), otra que quedará atrás, y un futuro entre medias que queda suspendido entre interrogantes. Para darle una respuesta sólida hará falta algo más que lanzar un dedo acusador hacia un punto impreciso de España.

Fotografía: Robert S. Donovan (CC).
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